CAPÍTULO 16 J.K. - ¿PUEDE EL PENSAMIENTO RESOLVER NUESTROS PROBLEMAS? -

 CAPÍTULO XVI 

¿PUEDE EL PENSAMIENTO RESOLVER NUESTROS PROBLEMAS? 

El pensamiento no ha resuelto nuestros problemas, ni creo que jamás los resolverá. Hemos contado con el intelecto para que nos muestre cómo salir de nuestra complejidad. Cuanto más astuto, repugnante y sutil es el intelecto, mayor es la variedad de sistemas, de teorías y de ideas. Y las ideas no resuelven ninguno de nuestros problemas humanos; jamás lo han hecho ni jamás lo harán. En la mente no está la solución; la senda del pensamiento no es, evidentemente, la vía de salida de nuestras dificultades. Y nosotros, a mi entender, debiéramos primero comprender este proceso del pensar; y tal vez pudiéramos ir más allá, pues cuando el pensamiento cese, nos será quizá posible hallar algo que nos ayude a resolver nuestros problemas, no sólo los individuales, sino también los colectivos. El pensamiento no ha resuelto nuestros problemas. Los intelectuales, los filósofos, los eruditos, los dirigentes políticos, no han resuelto realmente ninguno de nuestros problemas humanos, es decir, las relaciones entre vosotros y los demás, entre vosotros y yo mismo. Hasta ahora nos hemos valido de la mente, del intelecto, para ayudarnos a investigar el problema, con lo cual esperamos hallar una solución. ¿Podrá alguna vez el pensamiento disolver nuestros problemas? ¿No es el pensamiento -salvo en el laboratorio o en el tablero de dibujar- siempre autoprotector, autoperpetuador, condicionado? ¿No es egocéntrica su actividad? ¿Y puede jamás el pensamiento así resolver alguno de los problemas que el pensamiento mismo ha creado? ¿Puede la mente, que ha creado los problemas, resolver esas cosas que ella misma ha producido? Lo cierto es que el pensar es una reacción; si os hago una pregunta, a eso respondéis. Respondes según vuestra memoria, vuestros prejuicios, vuestra educación, de acuerdo con el clima, a todo el trasfondo de vuestro condicionamiento; contestáis de acuerdo con eso, de acuerdo con eso pensáis. El centro de este trasfondo es el “yo”, en el proceso de la acción. Mientras ese trasfondo no sea comprendido, mientras ese proceso de pensar, ese “yo” que crea el problema, no sea comprendido y no se le ponga fin, tendremos forzosamente conflicto dentro y fuera de nosotros mismos, en el pensamiento, en la emoción, en la acción. Ninguna solución de ningún género, por inteligente y bien pensada que sea, jamás podrá dar fin al conflicto entre hombre y hombre, entre vosotros y yo. Y comprendiendo esto, dándonos cuenta de cómo y de qué fuente el pensamiento surge, nos preguntamos luego: ¿podrá jamás el pensamiento cesar? Ese es uno de los problemas, ¿verdad? ¿Puede el pensamiento resolver nuestros problemas? ¿Pensando acerca del problema lo habéis resuelto? ¿Los problemas de cualquier género -económicos, sociales, religiosos- han sido realmente resueltos alguna vez por el pensamiento? En vuestra vida diaria, cuanto más pensáis en un problema, tanto más complejo, irresoluble e incierto se vuelve. ¿No es eso así en la realidad de nuestra vida diaria? Puede que, al reflexionar sobre ciertas facetas del problema, veáis más claramente el punto de vista de otra persona. Pero el pensamiento no puede ver la totalidad y la plenitud del problema; sólo puede ver parcialmente, y una respuesta parcial no es una respuesta completa y por lo tanto no es una solución. Cuanto más pensamos acerca de un problema, cuanto más lo investigamos, analizamos y discutimos, tanto más complejo se vuelve. ¿Será, pues, posible mirar el problema de un modo comprensivo, total? ¿Y cómo será ello posible? Porque ésa, a mi entender, es nuestra principal dificultad. Nuestros problemas se multiplican; hay inminente peligro de guerra, toda clase de perturbaciones en nuestra vida de relación, ¿y cómo podremos comprender todo eso comprensivamente, como un todo? Es evidente que eso puede ser resuelto tan sólo cuando podemos mirarlo como un todo, no en compartimentos, no dividido. ¿Y cuándo es eso posible? Sólo resulta posible, ciertamente, cuando el proceso de pensar -que tiene su origen en el “yo”, en el ego, en el trasfondo de tradición, de condicionamiento, de prejuicio, de esperanza, de desesperación- ha finalizado. ¿Podemos, pues, comprender este “yo”, no analizándolo, sino viendo la cosa tal como es, dándonos cuenta de ella como un hecho y no como una teoría? No se trata de buscar la disolución del “yo”, a fin de lograr un resultado, sino de ver la actividad del ego, del “yo”, constantemente en acción. ¿Podemos mirarlo sin hacer esfuerzo alguno para destruirlo ni para alentarlo? Ese es el problema, ¿no es así? Lo cierto es que si en cada uno de nosotros el centro del “yo” deja de existir, con su deseo de poder, de posición, de autoridad, de continuación, de autopreservación, nuestros problemas habrán terminado. El “yo” es un problema que el pensamiento no puede resolver. Debe haber una clara conciencia que no es del pensamiento. Darse cuenta, sin condenación ni justificación, de las actividades del “yo” -captarlas, nada mas- resulta suficiente. Porque si os dais cuenta a fin de descubrir cómo resolver el problema, a fin de transformarlo, a fin de producir un resultado, entonces ello sigue estando dentro del ámbito del ego, del “yo”. Mientras busquemos un resultado, sea mediante el análisis, la clara conciencia, el examen constante de cada pensamiento, seguimos dentro del campo del pensamiento, esto es, dentro del ámbito del “mí”, del “yo”, del “ego” o de lo que os plazca. Mientras exista la actividad de la mente, no puede por cierto haber amor. Cuando haya amor no tendremos problemas sociales. Pero el amor no es algo que haya de adquirirse. La mente puede buscar adquirirlo, como se adquiere una idea nueva, un artefacto nuevo, una nueva manera de pensar; pero la mente no puede hallarse en estado de amor mientras esté empeñada en lograr el amor. Mientras la mente busque hallarse en un estado de “no codicia”, ella sigue siendo codiciosa, sin duda. ¿No es así? De un modo análogo, mientras la mente anhele, desee, practique, a fin de hallarse en un estado en el que hay amor, lo cierto es que ella será una negación de ese estado, ¿verdad? Viendo, pues, este problema, este complejo problema del vivir, y dándonos cuenta del proceso de nuestro propio pensar, y comprendiendo que en realidad él no conduce a parte alguna, cuando eso lo captamos profundamente, entonces, por cierto, hay un estado de inteligencia que no es individual ni colectivo. En tal caso el problema de las relaciones del individuo con la sociedad, del individuo con la comunidad, del individuo con la realidad, cesa; porque entonces hay sólo inteligencia, la cual no es personal ni impersonal. Es esta inteligencia únicamente, en mi sentir, lo que puede resolver nuestros inmensos problemas. Y eso no puede ser un resultado; adviene tan sólo cuando comprendemos este proceso total del pensar, íntegramente, no sólo en el nivel consciente sino también en los más profundos y ocultos niveles de la conciencia. Para comprender cualquiera de estos problemas debemos tener una mente muy tranquila, muy serena, para que ella pueda mirar el problema sin interponer ideas, teorías, sin distracción alguna. Y esa es una de nuestras dificultades, porque el pensamiento ha llegado a ser una distracción. Cuando deseo comprender, examinar algo, no tengo que pensar en ello: lo miro. En el momento en que me pongo a pensar, a tener ideas, opiniones al respecto, ya me hallo en un estado de distracción, desviada la atención de aquello que debo comprender. De suerte que el pensamiento, cuando tenéis un problema, se convierte en distracción -el pensamiento es idea, opinión, juicio, comparación- que nos impide mirar y con ello comprender y resolver el problema. Mas por desgracia, para la mayoría de nosotros el pensamiento ha adquirido gran importancia. Vosotros decís: “¿Cómo puedo existir, ser, sin pensar? ¿Cómo puedo tener la mente en blanco?” Tener la mente en blanco es encontrarse en un estado de estupor, de idiotez, de lo que sea, y vuestra reacción instintiva es rechazarlo. Pero una mente muy quieta, una mente que no está distraída por su propio pensar, una mente abierta, puede por cierto mirar el problema de un modo muy directo y muy simple. Y esta capacidad de mirar sin distracción nuestros problemas, es la única solución. Para ello tiene que haber una mente quieta, una mente tranquila. Una mente así no es un resultado, no es el producto final de una práctica, de la meditación, del control. No surge mediante forma alguna de disciplina, compulsión o sublimación, ni por esfuerzo alguno del “yo”, del pensamiento; surge cuando comprendo todo el proceso de pensar, cuando puedo ver un hecho sin ninguna distracción. En ese estado de tranquilidad de una mente que está de veras en silencio, hay amor. Y el amor es lo único que puede resolver todos nuestros problemas humanos.

CAPÍTULO 15 - J.K. - EL PENSADOR Y EL PENSAMIENTO -

 CAPÍTULO XV 

EL PENSADOR Y EL PENSAMIENTO 

En todas nuestras experiencias hay siempre el experimentador, el observador que acopia más y más para sí, o hace abnegación de sí mismo. ¿No es ese un proceso equivocado? ¿Y no es ese un empeño que no hace surgir el estado creador? ¿Si es un proceso equivocado, podemos borrarlo completamente y dejarlo de lado? Eso puede tan sólo ocurrir cuando yo experimento, no como lo hace un pensador, sino cuando me doy cuenta del falso proceso y veo que sólo hay un estado en el cual el pensador es el pensamiento. Mientras yo esté experimentando, mientras esté “llegando a ser algo”, tiene que haber tal acción dualista; tiene que haber pensador y pensamiento, dos procesos separados en acción. No hay integración, siempre hay un centro que opera por medio de la voluntad, un centro de acción por ser o no ser: en lo colectivo, en lo individual, en lo nacional, y lo demás. Este es universalmente el proceso. Mientras el esfuerzo esté dividido en experimentador y experiencia, tiene que haber deterioro. La integración sólo es posible cuando el pensador ya no es el observador. Esto es, actualmente sabemos que hay el pensador y el pensamiento, el observador y lo observado, el experimentador y la experiencia; hay dos estados diferentes. Nuestro empeño es tender un puente entre los dos. La acción de la voluntad es siempre dualista. ¿Es posible ir más allá de esta voluntad que es separativa, y descubrir un estado en que no haya esa acción dualista? Eso puede hallarse tan sólo cuando experimentamos directamente el estado en que el pensador es el pensamiento. Ahora creemos que el pensamiento está separado del pensador, ¿pero es así? Nos agradaría creer que lo está porque entonces el pensador puede explicar las cosas a través de su pensamiento. El esfuerzo del pensador consiste en llegar a ser más o llegar a ser menos; y, por lo tanto, en esa lucha, en esa acción de la voluntad, en el “llegar a ser” algo, está siempre el factor de deterioro; perseguimos un proceso falso y no un proceso verdadero. ¿Hay división entre el pensador y el pensamiento? Mientras ellos estén separados, divididos, nuestro esfuerzo se disipa; perseguimos un proceso falso que es destructivo y que es el factor de deterioro. Creemos que el pensador está separado del pensamiento. Cuando hallo que soy codicioso, posesivo, brutal, pienso que yo no debiera ser todo eso. El pensador trata entonces do alterar sus pensamientos o sentimientos, y por lo tanto se hace un esfuerzo por “llegar a ser” algo; y en ese proceso de esfuerzo, él persigue la falsa ilusión de que hay dos procesos separados, mientras hay un proceso tan sólo. Creo que ahí está el principal factor de deterioro.

¿Es posible experimentar ese estado en que sólo hay una entidad y no dos procesos separados, el experimentador y la experiencia? Tal vez entonces descubriremos lo que es el ser creador; y qué es el estado en el que no hay deterioro en momento alguno, en cualesquiera relaciones en las que el hombre pueda hallarse. Soy codicioso. Yo y la codicia no son dos estados diferentes; hay sólo una cosa, y ello es la codicia. Si me doy cuenta de que soy codicioso, ¿qué acontece? Que entonces hago un esfuerzo por no ser codicioso, sea por razones sociológicas o por razones religiosas. Ese esfuerzo siempre será en un círculo limitado y pequeño; podré extender el círculo, pero él es siempre limitado. Por lo tanto el factor de deterioro está ahí. Mas cuando miro un poco más profunda y atentamente, veo que el que hace el esfuerzo es la causa de la codicia y es la codicia misma; y también veo que no hay un “yo” que exista aparte de la codicia, y que sólo hay codicia. Si me doy cuenta de que soy codicioso, de que no hay observador que sea codicioso sino que yo mismo soy la codicia, entonces toda nuestra cuestión es enteramente diferente; nuestra respuesta a ella es del todo diferente, y entonces nuestro esfuerzo no es destructivo. 

¿Qué haréis cuando todo vuestro ser es codicia, cuando cualquier acción vuestra es codicia? Pero infortunadamente no pensamos en esa dirección. Está el “yo”, el ente superior, el soldado que controla, que domina. Pura mí ese proceso es destructivo. Es una ilusión, y sabemos por qué hacemos eso. Me divido a mí mismo en lo elevado y lo bajo, a fin de continuar existiendo. Si sólo hay codicia, completamente; si no estoy “yo” gobernando la codicia, y soy por entero la codicia, ¿qué ocurre entonces? Entonces, por cierto, funciona un proceso del todo diferente, surge un problema diferente. Es ese problema lo creador, en lo cual no hay sentido de un “yo” dominando, llegando a ser algo, positiva o negativamente. Debemos realizar ese estado si quisiéramos ser creadores. En ese estado no existe el que se esfuerza. No se trata de verbalizar ni de intentar descubrir qué es ese estado; si empezáis de esa manera, lo perderéis y jamás lo encontraréis. Lo importante es ver que el autor del esfuerzo y el objeto hacia el cual él se esfuerza, son lo mismo. Eso requiere comprensión enormemente grande, vigilancia, para ver cómo la mente se divide a sí misma en lo elevado y lo bajo; lo elevado es la seguridad, la entidad permanente pero que sigue siendo un proceso de pensamiento y por lo tanto de tiempo. Si esto podemos comprenderlo como vivencia directa, veréis entonces surgir un factor del todo diferente.

 

CAPÍTULO 14 - J.K. - RELACIÓN Y AISLAMIENTO -

CAPÍTULO XIV 

RELACIÓN Y AISLAMIENTO 

La vida es experiencia, experiencia en la vida de relación. No se puede vivir en el aislamiento. La vida es, pues, convivencia, y ésta es acción. ¿Cómo puede tenerse esa capacidad para comprender la relación que es la vida? ¿No significa la relación, además de comunión con las personas, intimidad con las cosas e ideas? La vida es relación, que se expresa mediante el contacto con cosas, personas e ideas. Comprendiendo la relación, tendremos capacidad para hacer frente plena y adecuadamente a la vida. Nuestro problema no es, pues, la capacidad -ésta no es independiente de la relación- sino más bien la comprensión de la convivencia, que naturalmente producirá capacidad de pronta flexibilidad, pronta adaptación y pronta respuesta. La vida de relación es sin duda el espejo en el cual os descubrís a vosotros mismos. Sin convivencia, no sois. Ser es estar relacionado; estar relacionado es existir. Sólo existís en la relación; fuera de ella no existís, la existencia carece de sentido. No es porque pensáis que sois, que surgís a la existencia. Existís porque estáis relacionados; y es la falta de comprensión de la relación lo que causa conflictos. 

 Ahora bien: no hay comprensión de la convivencia porque nos servimos de ésta como simple medio de promover la realización, la transformación, el devenir. La convivencia, empero, es un medio de autodescubrimiento porque la relación es ser, es existencia. Sin relación, no soy. Para comprenderme a mí mismo debo comprender la relación. Ésta es el espejo en que puedo mirarme. Dicho espejo puede estar deformado o puede estar como es y reflejar lo que es. Pero la mayoría de nosotros ve en esa relación, en ese espejo, las cosas que más nos agradaría ver; no vemos lo que es. Preferimos idealizar, evadirnos, vivir en el futuro en vez de entender la convivencia en el inmediato presente. Ahora bien, si examinamos nuestra vida, nuestras relaciones con los demás, veremos que es un proceso de aislamiento. El prójimo, en realidad, no nos interesa; aunque hablemos bastante al respecto, el hecho es que no nos interesa. Sólo estamos relacionados con alguien mientras esa relación nos resulta grata, mientras nos brinda un refugio, mientras nos satisface. Pero no bien sufre ella una perturbación que a nosotros nos produce incomodidad, dejamos de lado esa relación. En otros términos: sólo hay relación mientras estamos satisfechos. Esto podrá parecer desagradable, pero si realmente examináis vuestra vida con atención, veréis que se trata de un hecho; y el eludir un hecho es vivir en la ignorancia, lo cual jamás podrá producir verdadera convivencia. 

De suerte que si echamos una mirada a nuestra vida y observamos nuestra vida de relación, vemos que ella es un proceso de erigir resistencias contra los demás, muros por encima de los cuales miramos y observamos al prójimo; y ese muro siempre lo retenemos, y detrás de él permanecemos, ya se trate de un muro psicológico, material, económico o nacional. Mientras vivimos en aislamiento, detrás de un muro, no existe la convivencia con los demás; y vivimos encerrados porque resulta mucho más satisfactorio y creemos que es mucho más seguro. El mundo está tan desgarrado, hay tanto dolor, tanta pesadumbre, guerra, destrucción y miseria, que deseamos escapar y vivir dentro de los muros de seguridad de nuestro propio ser psicológico. De suerte que, para la mayoría de nosotros, la vida de relación es en realidad un proceso de aislamiento; y es obvio que tal relación construye una sociedad que es también aisladora. Eso, exactamente, es lo que ocurre a través del mundo: permanecéis en vuestro aislamiento y extendéis la mano por sobre el muro, llamando a eso nacionalismo, fraternidad o lo que os plazca; pero lo cierto es que los gobiernos soberanos y los ejércitos continúan. Es decir, aferrándoos a vuestras propias limitaciones, creéis que podéis establecer la unidad mundial, la paz del mundo; y ello es imposible. Mientras haya una frontera -nacional, económica, religiosa o social- es un hecho evidente que no puede haber paz en el mundo.El proceso del aislamiento es el proceso de la búsqueda del poder. Y sea que uno busque el poder a titulo individual o para un grupo racial o nacional, tiene que haber aislamiento porque el deseo mismo de poder, de posición, es separatismo. Eso, en suma, es lo que cada cual desea, ¿verdad? Cada cual desea una posición fuerte en la que pueda dominar: en el hogar, en la oficina o en un régimen burocrático. Cada cual anda en busca de poder, y por el hecho de buscar el poder establecerá una sociedad basada en el poder: militar, industrial, económico, y lo demás. Ello, una vez más, es evidente. ¿El deseo de poder no es aislador por su propia naturaleza? Creo que es muy importante comprender eso; porque el hombre que desea un mundo pacifico, un mundo en el que no haya guerras, ni espantosa destrucción, ni miseria catastrófica en escala inconmensurable, tiene que comprender esta cuestión fundamental. ¿No es así? El hombre afectuoso, bondadoso, no tiene sentido alguno del poder, y por lo tanto ese hombre no está atado a ninguna nacionalidad, a ninguna bandera. Carece de bandera.

Vivir en el aislamiento es cosa inexistente; no hay país; ni pueblo, ni individuo, que pueda vivir aislado. Ello no obstante, como buscáis el poder de tantas maneras diferentes, engendráis aislamiento. El nacionalista es una maldición porque con su espíritu de nacionalismo, de patriotismo, erige un muro de aislamiento; está tan identificado con su patria que construye un muro contra las demás. ¿Y qué ocurre cuando levantáis un muro en contra de algo? Ese algo golpea constantemente contra vuestro muro. Cuando resistís a algo esa misma resistencia indica que estáis en conflicto con lo otro. De suerte que el nacionalismo, que es un proceso de aislamiento, que es el resultado del afán de poder, no puede traer paz al mundo. El hombre que es nacionalista y habla de fraternidad dice una mentira, vive en estado de contradicción. 

 Veamos ahora si se puede vivir en el mundo sin deseo de poder, de posición, de autoridad. Es evidente que sí se puede. Uno lo hace cuando no se identifica con algo más grande. Esta identificación con algo más grande -el partido, la patria, la raza, la religión, Dios- es la búsqueda de poder. Como en vosotros mismos sois vacíos, torpes, débiles, gustáis de identificaros con algo más grande. Este deseo de identificaros con algo más grande es el deseo de poder. La vida de relación es un proceso de autorrevelación; y si uno no se conoce a sí mismo, si no conoce las modalidades de la propia mente y corazón, el mero hecho de establecer un orden externo, un sistema, una fórmula sagaz, tiene muy poco sentido. Lo importante, pues, es comprenderse uno mismo en relación con los demás. Entonces la relación no se convierte en un proceso de aislamiento, sino que es un movimiento en el que descubrís vuestros propios móviles, vuestros propios pensamientos, vuestros propios empeños; y es ese descubrimiento, precisamente, que es el comienzo de la liberación, el comienzo de la transformación.

CAPÍTULO 13 - J.K. - EL DESEO -

 CAPÍTULO XIII 

EL DESEO 

Para la mayoría de nosotros, el deseo es todo un problema: el deseo de propiedad, de posición, de poder, de comodidad, de inmortalidad, de continuidad, el deseo de ser amado, de poseer algo permanente, satisfactorio, duradero, algo que esté más allá del tiempo. Ahora bien, ¿qué es el deseo? ¿Qué es esta cosa que nos impulsa, que nos compele? No quiero decir que debiéramos estar satisfechos con lo que tenemos o con lo que somos, lo cual es simplemente lo opuesto de lo que queremos. Estamos tratando de ver qué es el deseo; y si podemos examinarlo a modo de prueba, sin una idea fija, creo que causaremos una transformación que no es una mera substitución de un objeto de deseo por otro objeto de deseo. Esto último, empero, es generalmente lo que entendemos por “cambio”, ¿no es así? Estando insatisfechos con determinado objeto del deseo, le hallamos un substituto. Sin cesar nos movemos de un objeto del deseo a otro que consideramos superior, más noble, más refinado; pero, por refinado que sea, el deseo es siempre deseo, y en este movimiento del deseo hay lucha interminable, el conflicto de los opuestos. ¿No es, pues, importante averiguar qué es el deseo y si él puede ser transformado? ¿Qué es el deseo? ¿No es el símbolo y su sensación? El deseo es la sensación conjuntamente con el propósito de su logro. ¿Existe el deseo sin un símbolo, y su sensación? No, evidentemente. El símbolo podrá ser un cuadro, una persona, una palabra, un nombre, una imagen, una idea que me brinda una sensación, que me hace sentir que me gusta o me disgusta; si la sensación es agradable, yo deseo lograr, poseer, aferrar su símbolo y continuar con ese placer. De vez en cuando, de acuerdo con mis inclinaciones e intensidades, cambio el cuadro, la imagen, el objeto. De una forma de placer estoy harto, fastidiado, cansado, aburrido; busco, pues, una nueva sensación, una nueva idea, un nuevo símbolo. Rechazo la vieja sensación y me abro a una nueva, con nuevas palabras, nuevas significaciones, nuevas experiencias. Resisto a lo viejo y cedo a lo nuevo que considero superior, más noble, más satisfactorio. Así, en el deseo hay resistencia y rendición, lo cual involucra tentación; y, por supuesto, en el ceder a determinado símbolo de deseo hay siempre temor a la frustración. Si observo todo el proceso del deseo en mí mismo, veo que siempre hay un objeto hacia el cual mi mente se dirige en busca de más sensación, y que en este proceso hay involucrada resistencia, tentación y disciplina. Hay percepción, sensación, contacto y deseo, y la mente se convierte en el instrumento mecánico de este proceso, en el cual los símbolos, las palabras, los objetos, son el centro en torno del cual todo deseo, todos los empeños, todas las ambiciones se erigen; y ese centro es el “yo”. ¿Y es que yo puedo disolver ese centro del deseo, no un deseo ni un apetito o ansia en particular sino la estructura íntegra del deseo, del anhelo, de la esperanza, en la que siempre existe el temor a la frustración? Cuanto más me veo frustrado, mayor fuerza doy al “yo”. Mientras haya esperanza, anhelo, existe siempre el trasfondo del temor, el cual, una vez más, refuerza aquel centro. Y la revolución sólo es posible en aquel centro, no en la superficie, lo cual es mero proceso de distracción, un cambio superficial que conduce a una acción dañina. Cuando me doy cuenta, pues, de toda esta estructura del deseo, veo cómo mi mente ha llegado a ser un centro muerto, un proceso mecánico de memoria. Habiéndome cansado de un deseo, automáticamente quiero satisfacerme en otro. Mi mente experimenta siempre en términos de sensación, es el instrumento de la sensación. Estando aburrido de determinada sensación, busco una sensación nueva, que podrá ser lo que llamo “realización de Dios”; pero ello sigue siendo sensación. Ya me tiene harto este mundo y sus afanes, y deseo la paz, una paz que sea eterna; de suerte que medito, domino mi mente y la disciplino a fin de experimentar esa paz. La experiencia de esa paz sigue siendo sensación. Mi mente, pues, es el instrumento mecánico de la sensación, de la memoria, un centro muerto desde el cual yo actúo y pienso. Los objetos que persigo son las proyecciones de la mente como símbolos de los cuales ella deriva sensaciones. La palabra “Dios”, la palabra “amor”, la palabra “comunismo’ la palabra “democracia”, la palabra “nacionalismo”, todo estos son símbolos que despiertan sensaciones en la mente, y por lo tanto la mente se apega a ellos. Como vosotros y yo sabemos, toda sensación termina, y así pasamos de una sensación a otra; y cada sensación fortalece el hábito de buscar más sensación. De tal suerte la mente llega a ser mero instrumento de sensación y memoria, y en ese proceso estamos atrapados. Mientras la mente busque más experiencia, sólo puede pensar en términos de sensación; y a toda vivencia que sea espontánea, creativa, vital, sorprendentemente nueva, ella la reduce en seguida a sensación, y persigue esa sensación, que entonces se vuelve recuerdo. La vivencia, por lo tanto, está muerta, y la mente llega a ser como las aguas estancadas del pasado. Por poco que hayamos examinado esto profundamente, estamos familiarizados con este proceso; y parecemos incapaces de ir más allá. Y nosotros queremos ir más allá, por que estamos cansados de esta interminable rutina, de esta mecánica búsqueda de sensación. La mente, pues, proyecta la idea de la verdad, de Dios; sueña con un cambio vital y con desempeñar un papel principal en ese cambio, y así sucesivamente. De ahí que no haya nunca un estado creador. Veo desarrollarse en mí mismo este proceso del deseo, que es que se repite, que mantiene a la mente en un proceso de rutina y hace de ella un centro muerto del pasado en el que no hay espontaneidad creadora. Y también hay momentos súbitos de acción creadora, de aquello que no pertenece a la mente, ni a la memoria, ni a la sensación, ni al deseo. Nuestro problema, pues, es el de comprender el deseo, no hasta dónde debiera ir, o dónde debiera terminar, sino el de comprender todo el proceso del deseo, las ansias, los anhelos, los apetitos vehementes. Muchos de nosotros creemos que el poseer muy poco indica liberación del deseo, ¡y qué culto rendimos a los que no tienen sino pocas cosas! Un taparrabo, una túnica, simbolizan nuestro deseo de estar libres del deseo; pero esa, nuevamente, es una reacción muy superficial. ¿Por qué empezar en el nivel superficial de abandonar la posesiones materiales cuando vuestra mente está mutilada por innumerables anhelos, innumerables deseos, creencias, luchas? Es ahí, por cierto, donde la revolución debe producirse, no en lo que respecta a cuánto poseéis o qué ropa usáis, o cuántas veces coméis. Pero esas cosas signan porque nuestra mente es muy superficial. De suerte que vuestro problema y el mío consiste en ver si la mente puede alguna vez estar libre del deseo, de la sensación. La creación, por cierto, nada tiene que ver con la sensación; la realidad, Dios o lo que fuere, no es un estado que pueda experimentarse como sensación. Cuando tenéis una vivencia, ¿qué acontece? Ella os ha dado cierta sensación, un sentimiento de júbilo o de depresión. Naturalmente, tratáis de evitar, de hacer a un lado el estado de depresión; pero si es una alegría, un sentimiento de júbilo, lo perseguís. Vuestra vivencia ha producido una sensación de placer, y deseáis más; y ese “más” refuerza el centro muerto de la mente, que siempre ansía más experiencia. De ahí que la mente no pueda experimentar nada nuevo, que sea incapaz de “vivenciar” nada nuevo, porque su enfoque es siempre a través de la memoria, a través del reconocimiento; y aquello que es reconocido por medio de la memoria no es verdad, no es creación, no es realidad. Una mente así no puede tener la vivencia de la realidad, sólo puede experimentar sensaciones; y la acción creadora no es sensación, es algo eternamente nuevo de instante en instante. Ahora bien, yo me doy cuenta del estado de mi propia mente; veo que ella es el instrumento de la sensación y del deseo, o, más bien, que ella es sensación y deseo, y que se halla mecánicamente atrapada en la rutina. Una mente así es incapaz de recibir alguna vez o de sentir cabalmente lo nuevo; pues resulta obvio que lo nuevo debe ser algo que está más allá de la sensación, la cual es siempre lo viejo. De suerte que este proceso mecánico con sus sensaciones tiene que terminar, ¿no es así? El querer más, el perseguir símbolos, palabras, imágenes con sus sensaciones, todo eso tiene que acabar. Sólo entonces es posible que la mente se halle en ese estado de “creatividad” en que lo nuevo puede siempre surgir. Si queréis comprender sin estar hipnotizados por palabras, por hábitos, por ideas, y ver cuán importante es que lo nuevo actúe sobre la mente de un modo constante, entonces, tal vez, comprenderéis el proceso del deseo, la rutina, el aburrimiento, el ansia constante de experiencia. Entonces, creo, empezaréis a ver que el deseo tiene muy poca significación en la vida para un hombre que busca realmente. Es obvio que hay ciertas necesidades físicas: alimento, vestido, albergue, y todo lo demás. Pero ellas nunca se convierten para él en apetitos psicológicos, en cosas sobre las cuales la mente se erige como centro de deseo. Más allá de las necesidades físicas, cualquier forma de deseo -de grandeza, de verdad, de virtud- llega a ser un proceso psicológico por el cual la mente elabora la idea del “yo” y se fortalece en el centro.

Cuando veáis este proceso, cuando os deis realmente cuenta de él sin oposición, sin un sentido de tentación, sin resistencia, sin justificarlo ni juzgarlo, entonces descubriréis que la mente es capaz de recibir lo nuevo, y que lo nuevo nunca es una sensación; por lo tanto no puede jamás ser reconocido, experimentado nuevamente. Es un estado de ser en que la creatividad adviene espontáneamente, sin que, intervenga la memoria; y eso es la realidad. 

CAPÍTULO 12 - J.K. - LA COMPRENSIÓN -

 CAPÍTULO XII 

LA COMPRENSIÓN 

Conocernos a nosotros mismos, sin duda significa conocer nuestra relación con el mundo, no sólo con el mundo de las ideas y de las personas, sino también con la naturaleza, con las cosas que poseemos. Eso es nuestra vida; la vida es la relación con todo. ¿Y exige especialización el comprender esa relación? Evidentemente no. Lo que se requiere es una clara conciencia para hacer frente a la vida en su totalidad. ¿Cómo se puede ser consciente? Ese es nuestro problema. ¿Cómo va uno a tener esa clara conciencia, si es que puedo usar ese término sin que él signifique especialización? ¿Cómo va uno a ser capaz de enfrentarse a la vida como un todo? Ello implica no sólo relaciones personales con el prójimo sino también con la naturaleza, con las cosas que poseéis, con las ideas, y con las cosas que la mente elabora, tales como ilusiones, deseos, y lo demás. ¿Cómo puede uno tener conciencia de todo ese proceso de relaciones? Eso sin duda es nuestra vida, ¿no es así? No hay vida sin relación; y comprender esa relación no significa aislamiento. Ello requiere, por el contrario, un pleno reconocimiento o comprensión del proceso total de la vida de relación. ¿Cómo va uno a tener esa clara conciencia? ¿Cómo nos damos cuenta de alguna cosa? ¿Cómo os dais cuenta de nuestra relación con una persona? ¿Cómo percibís los árboles, el canto de un pájaro? ¿Cómo os dais cuenta de vuestras reacciones cuando leéis un periódico? ¿Y acaso nos damos cuenta de las respuestas superficiales de la mente, así como de las respuestas intimas? ¿Cómo nos damos cuenta de cualquier cosa? Primero, sin duda, nos damos cuenta de una respuesta a un estímulo, lo cual es un hecho evidente. ¿No es así? Yo veo los árboles, y hay una persona? ¿Cómo percibís los árboles, el canto de un pájaro? ¿Cómo os dais cuenta de vuestras reacciones cuando leéis un periódico? ¿Y acaso nos damos cuenta de las respuestas superficiales de la mente, así como de las respuestas intimas? ¿Cómo nos damos cuenta de cualquier cosa? Primero, sin duda, nos darnos cuenta de una respuesta a un estímulo, lo cual es un hecho evidente. ¿No es así? Yo veo los árboles, y hay una respuesta; luego viene la sensación, el contacto, la identificación y el deseo. Ese es el proceso corriente, ¿verdad? Podemos observar lo que de hecho ocurre, sin estudiar libro alguno. De suerte que, por la identificación, sentís placer y dolor. Y nuestra “capacidad” es ese interés por el placer y por evitar el dolor, ¿no es así? Si algo os interesa, si os brinda placer, inmediatamente surge la “capacidad”; hay inmediata comprensión de ese hecho; y si él es doloroso, desarróllase la “capacidad” para evitarlo. De modo que, mientras dependamos de la “capacidad” para comprendernos a nosotros mismos, creo que fracasaremos, porque la comprensión de nosotros mismos no depende de capacidad alguna. No es una técnica que, a fuerza de pulirla constantemente, desarrolláis, cultiváis y acrecentáis a través del tiempo. Esta comprensión de uno mismo puede ponerse a prueba, seguramente, en la vida de relación. Puede ponerse a prueba en nuestra manera de hablar, en nuestro modo de conducirnos. Observaos simplemente, sin condenar, sin ninguna identificación, sin comparación alguna. Observad simplemente, y veréis que ocurre una cosa extraordinaria. No sólo ponéis término a una actividad que es inconsciente -porque la mayoría de nuestras actividades son inconscientes-, no solamente ponéis término a eso, sino que, además, captáis los móviles de lo que habéis hecho, sin adquirir, sin ahondar en ello. Cuando tenéis una clara conciencia veis el proceso total de vuestro pensar y de vuestra acción; pero esto puede ocurrir tan sólo cuando no hay condenación alguna. Cuando yo condeno algo, no lo comprendo; y este es un modo de evitar toda comprensión. Creo que la mayoría de nosotros lo hace adrede; condenamos inmediatamente y creemos haber comprendido. Si en vez de condenar algo, lo consideramos, nos damos cuenta de lo que es, entonces el contenido de esa acción, su significado, empieza a revelarse. Experimentad con esto y lo veréis por vosotros mismos. Daos cuenta simplemente, sin sentido alguno de justificación; lo cual podría aparecer más bien negativo, pero no lo es. Por el contrario, tiene la cualidad de la pasividad, que es acción directa. Esto lo descubriréis si lo ponéis a prueba. Después de todo, si queréis comprender algo debéis hablaros en estado de ánimo pasivo, ¿no es así? No podéis continuar pensando en ello, especulando al respecto, poniéndolo en tela de juicio. Tenéis que ser lo bastante sensibles para captar su contenido. Es como si fuerais una placa fotográfica sensible. Si yo deseo comprenderos, tengo que ser pasivamente perceptivo; entonces empezáis a revelarme lo que sois. Eso, por cierto, no es cuestión de capacidad ni de especialización. En ese proceso empezamos a comprendernos a nosotros mismos; no sólo las capas superficiales de nuestra conciencia, sino las más profundas, lo cual es mucho más importante; porque es allí donde están nuestros móviles o intenciones, nuestros ocultos y confusos deseos, ansiedades, temores, apetitos. Puede que exteriormente tengamos dominio sobre todo eso, pero en nuestro interior todo eso está en ebullición. Mientras no lo hayamos comprendido por completo, mediante una clara conciencia, es evidente que no puede haber libertad, no puede haber felicidad, ni hay inteligencia. ¿Es la inteligencia cuestión de especialización? Entendemos por inteligencia la comprensión total de nuestro proceso. ¿Y ha de cultivarse esa inteligencia mediante alguna forma de especialización? Porque eso es lo que ocurre, ¿verdad? El sacerdote, el médico, el ingeniero, el industrial, el hombre de negocios, el profesor: nosotros tenemos la mentalidad de todas esas especialidades. Creemos que para realizar la más alta forma de inteligencia -que es la verdad, que es Dios, que no puede ser descrita- tenemos que hacernos especialistas. Estudiamos, buscamos a tientas, investigamos, y, con mentalidad de especialistas o ateniéndonos al especialista, nos estudiamos a nosotros mismos para desarrollar una capacidad que ayude a aclarar nuestros conflictos, nuestras miserias. Nuestro problema -si es que de alguna manera nos damos cuenta de ello consiste en saber si los conflictos, las miserias y las penas de nuestra existencia diaria pueden ser resueltos por otra persona; y si no pueden serlo, ¿cómo nos será posible atacarlos? Es obvio que, para comprender un problema, se requiere cierta inteligencia; y esa inteligencia no puede derivarse de la especialización ni cultivarse mediante la especialización. Ella surge tan sólo cuando captamos pasivamente el proceso total de nuestra conciencia, lo cual consiste en darnos cuenta de nosotros mismos sin opción, sin escoger entre lo bueno y lo malo. Cuando estéis pasivamente alertas, en efecto, veréis que como consecuencia de esa pasividad -que no es pereza, que no es somnolencia sino extrema vigilancia- el problema tiene un sentido completamente distinto; y ello significa que no hay ya identificación con el problema, y, por lo tanto, no hay juicio alguno; y así el problema empieza a revelar su contenido. Si podéis hacer eso constantemente, en forma continua, todo problema puede ser resuelto de manera fundamental, no superficialmente. Y esa es la dificultad, porque la mayoría de nosotros somos incapaces de estar pasivamente conscientes, dejando que el problema revele su significación sin que lo interpretemos. No sabemos cómo considerar un problema desapasionadamente. Por desgracia, no somos capaces de hacer eso, porque queremos que el problema nos brinde un resultado, deseamos una respuesta, buscamos un fin; o tratamos de interpretar el problema de acuerdo con nuestro placer o dolor; o ya tenemos la respuesta de cómo habérnoslas con el problema. Por lo tanto abordamos un problema, que siempre es nuevo, con una vieja pauta. El reto, el estimulo es siempre lo nuevo, pero nuestra respuesta es siempre lo pasado;y nuestra dificultad consiste en enfrentarnos al reto adecuadamente, esto es, plenamente. El problema es siempre un problema de relación -con las cosas, con las personas, con las ideas. No existe otro problema. Y para hacer frente a este problema de relación, con sus exigencias siempre variables, para encararlo como es debido, adecuadamente, uno tiene que captar de un modo pasivo; y esa pasividad no es cuestión de voluntad, de determinación, de disciplina. El darnos cuenta de que no estamos en actitud pasiva es el comienzo. En la comprensión de que deseamos una respuesta determinada a un problema dado, está, sin duda, el comienzo; es decir, en conocernos a nosotros mismos en relación con el problema, viendo cómo lo encaramos. Entonces, según vamos conociéndonos a nosotros mismos en relación con el problema -cómo respondemos, cuáles son nuestros diversos prejuicios y exigencias, qué perseguimos, al hacer frente al problema-, esta comprensión revelará el proceso de nuestro propio pensar, de nuestra propia naturaleza interior; y en ello hay liberación. Lo importante, por cierto, es darse cuenta sin optar, porque la opción trae conflicto. El que escoge está en confusión, y por eso escoge; si no está confuso, no hay opción. Sólo la persona que está confusa escoge lo que hará o no hará. El hombre en quien hay claridad y sencillez no escoge; lo que es, es. La acción basada en una idea es evidentemente resultado de la opción, y dicha acción no es libertadora; por el contrario, sólo crea más resistencia, más conflicto, de acuerdo con ese pensar condicionado.

Lo importante; en consecuencia, es comprender de instante en instante sin acumular la experiencia proveniente de esa comprensión; porque, en cuanto acumuláis, sólo os dais cuenta de acuerdo con esa acumulación, con esa pauta, con esa experiencia. Esto es, vuestra comprensión está condicionada por vuestra acumulación, y, por lo tanto, ya no hay observación sino simplemente interpretación. Donde hay interpretación, hay opción, y la opción trae conflicto; y en el conflicto no puede haber comprensión. La vida es cuestión de relación; y para entender esa relación, es estática, tiene que existir una comprensión que sea flexible, alerta y pasiva, no agresivamente activa. Y, como ya lo he dicho, esa comprensión pasiva no adviene por medio de disciplina o práctica alguna. Consiste simplemente en darse cuenta, de instante en instante, de nuestro pensar y sentir, y no sólo cuando estamos despiertos; porque veremos, a medida que penetremos en ello más a fondo, que empezamos a soñar, que empezamos a proyectar a lo consciente toda clase de símbolos, que interpretamos como sueños. Abrimos, pues, la puerta hacia lo inconsciente, que entonces se convierte en lo conocido; mas para encontrar lo desconocido tenemos que continuar más allá de la puerta. Esa, por cierto, es nuestra dificultad. La Realidad no es algo que pueda ser conocido por la mente, porque la mente es el resultado, la acumulación de lo conocido, de lo pasado. La mente, por lo tanto, tiene que comprenderse a sí misma y su funcionamiento, tiene que comprender su verdad; y sólo entonces es posible que lo desconocido sea.

CAPITULO 11- J.K. - LA SENCILLEZ -

 CAPÍTULO XI 

LA SENCILLEZ 

Quisiera dilucidar qué es la sencillez; y de ahí quizá podamos llegar al descubrimiento de la sensibilidad. Pensamos, al parecer, que la sencillez es mera expresión externa, vida retirada; tener pocas posesiones, andar de taparrabo, carecer de hogar, usar poca ropa, tener una exigua cuenta bancaria. Eso, evidentemente, no es sencillez. Eso es mero exhibicionismo. Y a mí me parece que la sencillez es esencial. Pero la sencillez sólo puede surgir cuando empezamos a comprender el significado del conocimiento propio. La sencillez no es mera adaptación a un patrón de vida. Se requiere mucha inteligencia para ser sencillo, y no, simplemente, amoldarse a cierta norma por meritoria que ella sea en su aspecto externo. Por desgracia, casi todos empezamos por ser sencillos en apariencia, en las cosas externas. Es relativamente fácil tener pocas cosas y estar satisfecho con ellas, contentarse con poco y hasta compartir ese poco con los demás. Pero una mera expresión externa de sencillez en las cosas, en las posesiones, no implica por cierto sencillez en el fuero íntimo. Porque, tal como el mundo es actualmente, se nos incita desde afuera, desde lo exterior, a tener más y más cosas. La vida está haciéndose cada vez más compleja. Y, con el fin de escapar a todo eso, tratamos de renunciar o de desprendernos de las cosas: automóviles, casas, organizaciones, cines, y de las innumerables circunstancias que desde lo externo se nos imponen. Creemos que seremos sencillos viviendo retirados. Muchos santos, muchos instructores, han renunciado al mundo; y me parece que tal renunciación por parte de cualquiera de nosotros no resuelve el problema. La verdadera sencillez, la sencillez fundamental, sólo puede originarse en el fuero intimo; y de ahí proviene la expresión externa. Cómo ser sencillos es entonces nuestro problema; porque esa sencillez nos hace más y más sensibles. Una mente sensible, un corazón sensible, son esenciales, pues así uno es capaz de percepción rápida, de pronta captación. Es, pues, indudable, que sólo se puede ser interiormente sencillo cuando uno comprende los innumerables impedimentos, apegos, temores, que a uno lo tienen sujeto. Pero a la mayoría de nosotros nos gusta estar sujetos a las personas, a las posesiones, a las ideas. Nos gusta ser prisioneros. Interiormente somos prisioneros, aunque en lo externo parezcamos muy sencillos. Interiormente somos prisioneros de nuestros deseos, de nuestros apetitos, de nuestros ideales, de innumerables móviles. Y la sencillez no puede hallarse a menos que seamos interiormente libres. Ella, por lo tanto, ha de empezar primero en lo interno, no en lo exterior. Hay, por cierto, una extraordinaria libertad cuando uno comprende todo el proceso del creer, cuando uno comprende por qué la mente se apega a una creencia. Y, cuando uno se ve libre de creencias, hay sencillez. Pero esa sencillez requiere inteligencia; y para ser inteligente hay que darse cuánta de los propios impedimentos. Para darse cuenta hay que estar constantemente en guardia, sin asentarse en determinada rutina, en determinado tipo de acción o de pensamiento. Porque, después de todo, lo que uno es en su interior influye sobre lo externo. La sociedad, o cualquier forma de acción, es la proyección de nosotros mismos; y, si no nos transformamos interiormente, la mera legislación significa muy poco en lo externo; puede traer ciertas reformas, ciertos reajustes, pero lo que uno es en su interior se sobrepone siempre a lo externo. Si internamente uno es codicioso, ambicioso, si persigue ciertos ideales, esa complejidad íntima terminará por trastornar, por demoler la sociedad externa, por cuidadosamente planeada que ella pueda estar. Por eso, ciertamente, uno tiene que empezar por el fuero íntimo, sin excluir ni rechazar lo externo. No hay duda de que llegáis a lo interno al comprender lo externo, al descubrir por qué el conflicto, la lucha, el dolor, existen en el mundo exterior; y a medida que esto se investiga más y más, penetra uno naturalmente en los estados psicológicos que producen los conflictos y miserias externas. La expresión externa es mero indicio de nuestro estado interior; mas para comprender ese estado íntimo, uno ha de enfocarlo a través de lo externo. Eso es lo que casi todos hacemos. Y, al comprender lo interno -no en forma exclusiva, ni rechazando lo externo, sino comprendiendo lo externo y de ese modo llegando a lo interno-, encontraremos que, al proseguir investigando las íntimas complejidades de nuestro ser, nos hacemos cada vez más sensibles y más libres. Es esa sencillez interior la que resulta esencial, porque esa sencillez despierta sensibilidad. Una mente que no es sensible, que no está alerta, perceptiva, es incapaz de receptividad, de toda acción creadora. La conformidad, como medio de llegar a la sencillez, realmente embota e insensibiliza la mente y el corazón; Cualquier forma de compulsión autoritaria -impuesta por el gobierno, por uno mismo, por el ideal de realización, y lo demás-, cualquier tipo de conformidad tiene que contribuir a la insensibilidad, a que no seamos interiormente sencillos. Exteriormente podéis someteros y dar la impresión de sencillez como lo hacen muchas personas religiosas. Ellas practican diversas disciplinas, ingresan a distintas organizaciones, meditan de una manera especial y así sucesivamente, todo lo cual les confiere una apariencia de sencillez. Pero tal conformidad no contribuye a la sencillez. Ninguna forma de compulsión puede jamás conducir a la sencillez. Al contrario: cuanto más reprimís, cuanto más substituís, cuanto más sublimáis, menos sencillez existe. Cuanto mejor comprendáis, empero, el proceso de la sublimación, de la represión, de la substitución, mayor será la posibilidad de ser sencillos. Nuestros problemas -sociales, ambientales, políticos, religiosos- son tan complejos, que sólo podemos resolverlos, no volviéndonos extraordinariamente eruditos y sagaces, sino siendo nosotros sencillos. Porque una persona sencilla ve mucho más directamente que la persona compleja; su experiencia es más directa. Ynuestra mente está tan abarrotada con un infinito conocimiento de hechos, de lo que otros han dicho, que nos hemos incapacitado para ser sencillos y tener nosotros mismos experiencia directa. Estos problemas requieren un nuevo enfoque, y tal enfoque sólo es posible cuando somos sencillos, realmente sencillos en nuestro fuero intimo. Esa sencillez llega tan sólo con el conocimiento propio, mediante la comprensión de nosotros mismos: de las modalidades de nuestro pensar y sentir, de la actividad de nuestros pensamientos, de nuestras respuestas; comprendiendo cómo nos sometemos, por miedo, a la opinión pública, a lo que otros dicen, a lo que ha dicho Buda, Cristo, los grandes santos, todo lo cual indica nuestra tendencia natural a someternos, a ponernos a salvo, a estar seguros. Y, cuando uno busca seguridad, es evidentemente porque uno se halla en un estado de temor. Y por lo tanto no hay sencillez. Si uno no es sencillo, no puede ser sensible: a los árboles, a los pájaros, a las montañas, al viento, a todas las cosas que ocurren alrededor de nosotros en el mundo. Y si no hay sencillez, no puede uno ser sensible a las profundas insinuaciones de las cosas. La mayoría de nosotros vive muy superficialmente, en el nivel superior de la conciencia. Allí tratamos de ser reflexivos o inteligentes, lo cual es sinónimo de religiosidad; allí tratamos de que nuestra mente sea sencilla, mediante la compulsión, mediante la disciplina. Pero eso no es sencillez. Cuando forzamos la mente superficial a ser sencilla, tal compulsión sólo consigue endurecer la mente, no la torna ágil flexible, lista. Ser sencillo en el proceso íntegro,total, de nuestra conciencia, es extremadamente arduo. Porque no debe existir ninguna reserva interior; tiene que haber ansia por averiguar, por descubrir el proceso de nuestro ser. Y ello significa estar alerta a toda insinuación, a toda sugerencia; darnos cuenta de nuestros temores, de nuestras esperanzas, investigar y libertarnos de todo eso cada vez más y más. Sólo entonces, cuando la mente y el corazón sean realmente sencillos, cuando estén limpios de sedimentos, seremos capaces de resolver los múltiples problemas que se nos plantean. El saber no resolverá nuestros problemas. Podéis saber, por ejemplo, que existe la reencarnación, que hay continuidad después de la muerte. Puede que lo sepáis; no digo que lo sabéis; o puede que estéis convencidos de ello. Pero eso no resuelve el problema. A la muerte no podéis hacerla a un lado mediante vuestra teoría o información, o con vuestras convicciones. Es mucho más misteriosa, mucho más honda, mucho más creadora que todo eso. Hay que tener capacidad para investigar todas esas cosas de un modo nuevo; porque es sólo a través de la experiencia directa como se resuelven nuestros problemas; y para tener experiencia directa ha de haber sencillez, lo cual significa que tiene que haber sensibilidad. El peso del saber embota la mente. Asimismo, la embotan el pasado y el futuro. Sólo una mente capaz de adaptarse de continuo al presente, de instante en instante, puede hacer frente a las poderosas influencias y presiones que el medio ejerce constantemente sobre nosotros.Por eso el hombre religioso no es, en realidad, el que viste una túnica o un taparrabo, el que come tan sólo una vez al día, o el que ha hecho innumerables votos de ser esto y de no ser aquello, sino aquel que es interiormente sencillo, aquel que no está “deviniendo” algo. Una mente así es capaz de extraordinaria receptividad, porque no tiene barreras, no tiene miedo, no va en pos de nada. Ella es, por lo tanto, capaz de recibir la gracia, de recibir a Dios, la verdad o como os plazca llamarle. Pero la mente que persigue la realidad no es una mente sencilla. La mente que busca, que escudriña, que anda a tientas, agitada, no es una mente sencilla. La mente que se ajusta a cualquier norma de autoridad, interior o externa, no puede ser sensible. Y sólo cuando la mente es de veras sensible, cuando está alerta y es consciente de todo lo que en sí misma ocurre, de sus propias respuestas, de sus pensamientos, cuando ya ha cesado en su devenir, cuando ya no se modela a sí misma para ser algo, sólo entonces es capaz de recibir aquello que es la verdad. Es sólo entonces cuando puede haber felicidad; porque la felicidad no es un fin, es la expresión de la realidad. Y cuando la mente y el corazón se han vuelto sencillos y por lo tanto sensibles -no mediante forma alguna de coacción, de dirección o de imposición-, entonces veremos que es posible atacar nuestros problemas muy sencillamente. Por complejos que sean, podremos abordarlos de un modo nuevo y verlos en forma diferente. Y eso es lo que se necesita actualmente: gente capaz de hacer frente a esta confusión externa, a esta baraúnda y antagonismo, de un modo nuevo, creativo y sencillo, no con teorías ni con fórmulas, sean de la izquierda o de la derecha. Y no podéis hacer frente a eso de un modo nuevo si no sois sencillos. Un problema sólo puede ser resuelto cuando lo abordamos de un modo nuevo.Pero no podemos abordarlo de un modo nuevo si pensamos en términos de una u otra norma de pensamiento, religioso, político o de otra índole. Por consiguiente, para ser sencillos hemos de librarnos de todas esas cosas. Por eso es tan importante que nos demos cuenta, que tengamos la capacidad de comprender el proceso de nuestro propio pensar, que nos conozcamos a nosotros mismos totalmente. De ello proviene una sencillez, una humildad que no es ni virtud ni disciplina. La humildad que se gana, deja de ser humildad. Una mente que se torna humilde, ya no es humilde. Y es sólo cuando se tiene humildad -no una humildad cultivada- cuando uno puede hacer frente a las cosas apremiantes de la vida; porque entonces no es uno mismo lo importante, no mira uno a través de las propias presiones y del sentido de la propia importancia. Uno mira el problema en sí, y entonces puede resolverlo.

CAPÍTULO 10 - J.K. - EL MIEDO

 CAPÍTULO X 

EL MIEDO 

¿Qué es el miedo? El miedo sólo puede existir con relación a algo, no aisladamente. ¿Cómo puedo tenerle miedo a la muerte, cómo puedo tener miedo de algo que no conozco? Sólo puedo tener miedo de algo que conozco. Cuando digo que la muerte me da miedo, ¿temo realmente a lo desconocido -o sea a la muerte- o tengo miedo de perder lo que he conocido? Mi miedo no es a la muerte, sino a perder mi asociación con las cosas que me pertenecen. Mi miedo existe siempre en relación con lo conocido, no con lo desconocido. Voy a averiguar cómo se está libre de miedo a lo conocido, es decir, del miedo de perder mi familia, mi reputación, mi carácter, mi cuenta bancaria, mis apetitos, etc. Podréis decir que el miedo surge de la conciencia; pero vuestra conciencia está formada por vuestro condicionamiento, de modo que la conciencia sigue siendo el resultado de lo conocido. ¿Qué es lo que yo conozco? Conocer es tener ideas, opiniones sobre las cosas, tener un sentido de continuidad de lo conocido, y nada más. Las ideas son recuerdos, resultados de la experiencia, la cual es respuesta al reto. Siento temor de lo conocido, lo que significa que temo perder personas, cosas o ideas, que temo descubrir lo que soy, que temo hallarme sin saber qué hacer, que temo el dolor que pudiera sobrevenir cuando haya perdido o no haya ganado, o no tenga más placer. Existe el miedo al dolor. El dolor físico es la respuesta nerviosa, pero el dolor psicológico se produce cuando me aferro a las cosas que me brindan satisfacción, pues entonces tengo miedo de quienquiera o de cualquier cosa que pueda quitármelas. Las acumulaciones psicológicas impiden el dolor psicológico mientras no se las perturba; esto es, yo soy un manojo de acumulaciones, de experiencias, lo cual impide cualquier forma seria de perturbación; y no quiero ser perturbado. Siento temor, por lo tanto, de quienquiera las perturbe. Mi miedo es así a lo conocido; siento temor de las acumulaciones -físicas o psicológicas- que he adquirido como medio de evitar el dolor o de impedir el sufrimiento. Pero el sufrimiento está en el proceso mismo de acumular para evitar el dolor psicológico. El conocimiento también ayuda a impedir el dolor. Así como la ciencia médica ayuda d evitar el dolor físico, las creencias ayudan a evitar el dolor psicológico, y es por eso que temo perder mis creencias, aunque no posea un conocimiento perfecto ni prueba concreta de la realidad de tales creencias. Puede que yo rechace algunas de las creencias tradicionales que me han sido inculcadas, porque mi propia experiencia me da fuerza, confianza, comprensión; pero tales creencias, y los conocimientos que he adquirido, son fundamentalmente lo mismo: un medio de evitar el dolor, el sufrimiento.El miedo existe mientras hay acumulación de lo conocido, lo cual engendra temor de perder. El miedo a lo desconocido es por tanto el temor de perder las cosas conocidas que he acumulado. La acumulación invariablemente significa temor, el cual a su vez significa dolor; y en el momento en que digo “no debo perder”, hay miedo. Aunque mi intención al acumular sea la de evitar el sufrimiento, éste es inherente al proceso de la acumulación. Las cosas mismas que yo poseo engendran miedo, es decir, dolor. La semilla de la defensa engendra la ofensa. Deseo seguridad física; establezco así un gobierno soberano, el cual necesita fuerzas armadas; y éstas significan guerra, la cual destruye la seguridad. Donde hay deseo de autoprotección, hay miedo. Cuando me doy cuenta de la falacia de reclamar seguridad, ya no acumulo. Si decís que veis eso pero que no podéis evitar de acumular, es porque en realidad no veis que, inherentemente, en la acumulación hay dolor. El miedo existe en el proceso de la acumulación, y la creencia en algo forma parte del proceso acumulativo. Mi hijo muere, y yo creo en la reencarnación para que me impida psicológicamente tener más dolor; pero en el proceso mismo de creer hay duda. Exteriormente acumulo cosas, y traigo guerra; interiormente acumulo creencias y traigo dolor. Mientras yo quiera estar en seguridad, tener cuentas bancarias, placeres, etc., mientras quiera llegar a ser algo, fisiológica o psicológicamente, tiene que haber dolor. Las cosas mismas que haga para evitar el dolor me traen miedo, dolor.El miedo surge cuando deseo adecuarme a una determinada norma de conducta. Vivir sin miedo significa vivir sin una norma determinada. Cuando exijo determinada manera de vivir, eso es en sí mismo una fuente de temor. Mi dificultad es mi deseo de vivir en un molde determinado. ¿No puedo romper el molde? Sólo puedo hacer tal cosa cuando veo la verdad: que el molde causa temor, y que este temor fortalece el molde. Si yo digo que debo romper el molde porque deseo estar libre de temor, entonces no hago más que seguir otro patrón, el cual causará más temor. Toda acción de mi parte, basada en el deseo de romper el molde, sólo creará un nuevo patrón y por lo tanto miedo. ¿Cómo habré de romper el molde sin causar miedo, es decir, sin ninguna acción consciente o inconsciente de parte mía con relación a aquella? Esto significa que no debo actuar, no debo hacer movimiento alguno para romper con la norma. ¿Qué me ocurre, pues, cuando miro simplemente el patrón de conducta sin hacer nada a su respecto? Yo veo que la mente es en sí el molde, el patrón; vive en el patrón habitual que se ha creado. De suerte que la mente misma es miedo. Cualquier cosa que la mente haga, contribuye a fortalecer un viejo patrón de conducta o a fomentar uno nuevo. Esto significa que todo lo que la mente hace para despojarse del miedo, causa miedo.El miedo encuentra diversas escapatorias. La variedad corriente es la identificación. ¿No es cierto? Identificación con la patria, con la sociedad, con una idea. ¿No habéis notado cómo respondéis cuando veis un desfile -desfile militar o procesión religiosa- o cuando el país está en peligro de ser invadido? Entonces os identificáis con el país, con una persona, con una ideología. Otras veces os identificáis con vuestro hijo, con vuestra esposa, con determinada forma de acción o de inacción. La identificación es, pues, un proceso de olvido de sí mismo. Mientras yo tengo conciencia del “yo”, sé que hay dolor, que hay lucha, que hay constante temor. Mas si puedo identificarme con algo más grande, con algo que valga la pena, con la belleza, con la vida, con la verdad, con la creencia, con el conocimiento, al menos temporariamente, hay una evasión del “yo”. ¿No es así? Si hablo de mi patria, me olvido de mí mismo temporariamente. ¿Verdad? Si puedo decir algo acerca de Dios, me olvido de mí mismo. Si puedo identificarme con mi familia, con un grupo, con determinado partido, con cierta ideología, entonces hay evasión temporaria. La identificación es una forma de escapar al “yo” en igual grado que la virtud es una forma de eludir el “yo”’ El hombre que persigue la virtud se evade del “yo” y tiene una mente estrecha. Esa no es una mente virtuosa, pues la virtud es algo que no puede ser perseguido. Cuanto más tratáis de llegar a ser virtuosos, tanto mayor es el vigor, la seguridad que dais al “yo”. De suerte que el miedo, común a la mayoría de nosotros en diferentes formas, tiene siempre que hallar una substitución, y por lo tanto ha de acrecentar nuestra lucha. Cuanto más os identificáis con una substitución mayor es la fuerza para aferraros a aquello por lo cual estáis dispuestos a luchar, a morir; porque el miedo es lo que influye. ¿Sabemos ahora qué es el miedo? ¿No es la no aceptación de lo que es?. Debemos comprender la palabra “aceptación”. No estoy empleando esa palabra en el sentido del esfuerzo que se hace por aceptar. No es cuestión de aceptar cuando soy capaz de ver lo que es. Cuando no veo claramente lo que es, entonces hago surgir el proceso de la aceptación. De suerte que el miedo es la no aceptación de lo que es. ¿Cómo puedo yo, que soy un manojo de todo estas reacciones, respuestas, recuerdos, esperanzas, depresiones, frustraciones, que soy el resultado del movimiento de la conciencia obstruida, ir más allá? ¿Puede la mente, sin esta obstrucción y estorbo, ser consciente? Sabemos qué extraordinario júbilo se produce cuando no hay estorbo. Bien sabéis que, cuando el cuerpo está en perfecta salud, hay cierto gozo y bienestar. ¿Y acaso no sabéis, cuando la mente está completamente libre, sin obstrucción alguna, cuando el centro de reconocimiento -el “yo”- no está ahí, que experimentáis cierto júbilo? ¿No habéis vivido ese estado en que el “yo” está ausente? Por cierto que todos lo hemos vivido. Sólo hay comprensión y liberación del “yo” cuando puedo mirarlo completa e integralmente como un todo; y eso puedo hacerlo únicamente cuando comprendo el proceso integro de toda actividad nacida del deseo, que es la expresión misma del pensamiento -el pensamiento no es diferente del deseo-, sin justificarlo, sin condenarlo, sin reprimirlo. Si eso puedo comprenderlo, entonces sabré que existe la posibilidad de ir más allá de las restricciones del “yo”.

LA LIBERTAD PRIMERA Y ÚLTIMA - J.K. - CAPÍTULO 1 - INTRODUCCIÓN

 

CAPÍTULO I - INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO I

INTRODUCCIÓN

Comunicarnos unos con otros, aun conociéndonos bien, es en extremo difícil. 
Podré usar palabras que para vosotros tengan diferente sentido que para mí. 
La comprensión sólo llega cuando nosotros -vosotros y yo- nos encontramos en el mismo nivel al mismo tiempo. 
Ello ocurre tan sólo cuando existe verdadero afecto entre las personas; entre marido y mujer, entre amigos íntimos. 
Esa es la verdadera comunión. 
El entendimiento instantáneo adviene cuando nos encontramos en el mismo nivel al mismo tiempo.
Resulta muy arduo establecer contacto unos con otros en forma fácil, eficaz y con efectos definitivos. 
Yo empleo palabras que son muy sencillas, que no son técnicas, porque no creo que ningún tipo técnico de expresión vaya a ayudarnos a resolver nuestros difíciles problemas.
 
No emplearé, pues, términos técnicos, ya sean de psicología o de ciencia. 
No he leído, por suerte, ningún libro sobre psicología ni libros religiosos. 

Desearía transmitir, con las palabras muy sencillas de que nos valemos en nuestra vida diaria, algo de significación más profunda; pero ello resulta muy difícil si no sabéis escuchar.

Existe un arte de escuchar.

Para escuchar de veras, habría que abandonar o hacer a un lado todos los prejuicios, formulaciones previas y diarias actividades. 

Cuando os halláis en un estado mental receptivo, las cosas pueden comprenderse con facilidad; cuando vuestra verdadera atención está puesta en algo, escucháis. 

Desgraciadamente, empero, la mayoría de nosotros escucha a través de un tamiz de resistencia.

 Nos escudamos en prejuicios religiosos o espirituales, psicológicos o científicos; o en nuestros diarios deseos, preocupaciones y temores. 

Escuchamos con todo eso por tamiz. 

De ahí que en realidad escuchemos nuestro propio ruido, nuestro propio sonido, no lo que se dice. 

Es en extremo difícil hacer a un lado nuestra educación, nuestros prejuicios, nuestras inclinaciones, nuestra resistencia, y, llegando más allá de la expresión verbal, escuchar de modo tal que comprendamos al instante. 

Esa va a ser una de nuestras dificultades.

Si, durante esta disertación, algo de lo que se dice resulta opuesto a vuestro modo de pensar y a vuestra creencia, escuchad; nada más; no resistáis. 

Podréis tener razón, y yo podré estar equivocado; pero escuchando y considerando esto juntos, vamos a descubrir qué es la verdad. 

La verdad no puede dárosla nadie.

 Tenéis que descubrirla; y, para descubrir, es preciso que haya un estado mental en el que exista la percepción directa. 

No hay percepción directa cuando hay una resistencia, un resguardo, una protección. 

La comprensión llega dándose uno cuenta de lo que es. 

Saber exactamente lo que es, lo real, lo efectivo, sin interpretarlo, sin condenarlo ni justificarlo, es, por cierto, el comienzo de la sabiduría. 

Sólo cuando empezamos a interpretar, a traducir de acuerdo con nuestro “condicionamiento”, con nuestro prejuicio, pasamos por alto la verdad. 

Ello, al fin y al cabo, es como la investigación. 

Saber lo que una cosa es, lo que ella es exactamente, requiere investigación; no podéis traducirla conforme con vuestros estados de ánimo. 

De un modo análogo, si podemos mirar, observar, escuchar, darnos cuenta de lo que es, exactamente, entonces el problema está resuelto. 

Y eso es lo que procuramos hacer en todas estas disertaciones. 

Voy a señalararos lo que es, y no a traducirlo caprichosamente; y tampoco vosotros deberíais traducirlo o interpretarlo conforme con vuestro trasfondo o educación.

¿No es posible, entonces, darse cuenta de toda cosa tal como ella es? 

Partiendo de ahí, ciertamente, puede haber comprensión. 

Reconocer, darse cuenta, descubrir lo que es, pone fin a la lucha.
 
Si yo sé que soy mentiroso, ese es un hecho que reconozco, la lucha ha terminado. 

Reconocer, darse cuenta de lo que uno es, representa ya el comienzo de la sabiduría, el comienzo de la comprensión que os libra del tiempo. 

Introducir el factor tiempo -no el tiempo en un sentido cronológico sino como medio, como proceso psicológico, proceso de la mente- es destructivo y crea confusión.

Podemos, pues, tener comprensión de lo que es, cuando lo reconocemos sin condenación, sin justificación, sin identificación. 

Saber que uno se halla en cierta condición, en cierto estado, es de por sí un proceso de liberación; pero un hombre que no se da cuenta de su condición, de su lucha, trata de ser otra cosa que lo que él es, lo cual produce hábito. 

Tengamos presente, entonces, que deseamos examinar lo que es, observar y captar exactamente qué es lo existente, sin tendencia alguna, sin darle una interpretación. 

Se necesita una mente en extremo astuta, un corazón extraordinariamente flexible, para darse cuenta de lo que es y seguirlo; porque lo que es está en movimiento constante, sufre incesante transformación; y si la mente está amarrada a la creencia, al saber, deja de seguir el veloz movimiento de lo que es. 

Lo que es no es estático, por cierto; se mueve constantemente, como veréis si lo observáis bien de cerca. 

Y para seguirlo necesitáis una mente activa y un corazón flexible, cosa imposible cuando la mente es estática, cuando ella está fija en una creencia, en un prejuicio, en una identificación; y una mente y corazón secos no pueden seguir fácilmente, velozmente, aquello que es.

Creo que uno se da cuenta sin demasiada discusión, sin excesiva expresión verbal, de que hay caos, confusión y miseria, tanto en lo individual como en lo colectivo. 

No sólo en la India sino en el mundo entero. 

En China, en América, en Inglaterra, en Alemania, en todo el mundo, hay confusión, creciente infortunio. 

Ello no es sólo nacional, cosa de aquí particularmente; ocurre en el mundo entero. 

Hay un sufrimiento extraordinariamente agudo; y él no es solo individual sino colectivo. 

Se trata, pues, de una catástrofe mundial, y resulta absurdo confinarla a una simple área geográfica, a una sección de un mapa en colores; porque entonces no entenderemos la plena significación de este sufrimiento, mundial a la vez que individual. 

Y dándonos cuenta de esta confusión, ¿cuál es hoy nuestra respuesta? ¿Cómo reaccionamos?

Hay sufrimiento: político, social, religioso. 

Todo nuestro ser psicológico está confuso, y todos los dirigentes, políticos y religiosos, nos han fallado. 

Todos los libros han perdido su significación. 

Podéis consultar la Bhagavad Gita o la Biblia, o el último tratado sobre política o psicología, y encontraréis que ellos han perdido ese timbre, esa cualidad de la verdad; se han vuelto meras palabras. 

Vosotros mismos, que sois los repetidores de esas palabras, estáis confusos e inciertos, y la simple repetición de palabras nada sugiere. 

Las palabras y los libros, por consiguiente, han perdido su valor. 

Es decir, si citáis la Biblia, o a Marx, o la Bhagavad Gita, vuestra repetición se convierte en una mentira porque vosotros mismos estáis inciertos, confusos. 

Lo que allí está escrito, en efecto, se vuelve mera propaganda; y la propaganda no es la verdad.

 De modo que, cuando repetís, habéis dejado de comprender el estado de vuestro propio ser; sólo cubrís con palabras de autoridad vuestra propia confusión. 

Lo que nosotros tratamos de hacer, empero, es comprender esta confusión y no encubrirla con citas. 

¿Cuál es, pues, vuestra respuesta a la confusión? ¿Cómo respondéis a este extraordinario caos, a esta confusión, a esta incertidumbre de la existencia? 

Daos cuenta de ella mientras yo la dilucido; seguid no mis palabras sino el pensamiento que está activo en vosotros. 

Casi todos estamos acostumbrados a ser espectadores y a no tomar parte en el juego. 

Leemos libros pero nunca escribimos libros. 

Ha llegado a ser nuestra tradición nuestro hábito nacional y universal, el de ser espectadores, el de ver jugar al fútbol, el de observar a los políticos y oradores públicos. 

Somos simples extraños que miran, y hemos perdido la capacidad creadora. 

Queremos, por lo tanto, absorber y participar.

Si no hacéis más que observar, si sois meros espectadores, perderéis enteramente el significado de la disertación; porque esto no es una conferencia que hayáis de escuchar por la fuerza del hábito. 

No voy a brindaros información que podáis recoger en una enciclopedia. 

Lo que procuramos hacer es seguirnos mutuamente los pensamientos, seguir tanto y tan profundamente como podamos las insinuaciones, las respuestas, de nuestros propios sentimientos. 

Os ruego, pues que averigüéis cuál es vuestra respuesta a este proceso, a este sufrimiento; no cuáles son las palabras de alguna otra persona, sino cómo respondéis vosotros mismos. 

Vuestra respuesta es de indiferencia si os beneficiáis con el sufrimiento con el caos, si obtenéis provecho del mismo, ya sea económico, social, político o psicológico. 

No os importa, por lo tanto, que este caos continúe. 

No hay duda de que, cuanto más perturbación y caos hay en el mundo, más busca uno seguridad. 

¿No lo habéis notado? Cuando hay confusión en el mundo -en lo psicológico y en todo lo demás- os encerráis en alguna clase de seguridad, ya sea la de una cuenta bancaria o la de una ideología; o bien recurrís a la oración, vais al templo, lo cual es en realidad escapar a lo que sucede en el mundo. 

Más y más sectas se van formando; más y más “ismos” surgen a través del mundo. 

Porque, cuanto mayor es la confusión, más necesitáis de un líder, de alguien que os guíe para salir de este revoltijo. 

Por eso apeláis a los libros de religión o a uno de los instructores más en boga; o bien actuáis y respondéis de acuerdo con un sistema que parezca resolver el problema, un sistema de izquierda o de derecha. 

Eso, exactamente, es lo que está ocurriendo.

No bien os dais cuenta de la confusión, de lo que es exactamente, procuráis esquivarlo. 

Y las sectas que os ofrecen un sistema para hallar solución al sufrimiento económico, social o religioso, son lo peor; porque entonces lo importante se vuelve el sistema, no el hombre, ya se trate de un sistema religioso o de un sistema de izquierda o de derecha. 

El sistema, la filosofía, la idea, llegan a ser lo importante, no el hombre; y en aras de la idea, de la ideología, estáis dispuestos a sacrificar a todo el género humano. 

Eso, exactamente, es lo que está sucediendo en el mundo. 

Esta no es mera interpretación mía; si lo observáis, veréis que eso, exactamente, es lo que ocurre. 

El sistema se ha vuelto lo importante. 

Por consiguiente, como el sistema es lo que importa, el hombre -vosotros y yo- perdemos significación; y los que controlan el sistema, religioso o social, de izquierda o de derecha, asumen autoridad, asumen el poder y a causa de ello os sacrifican a vosotros, al individuo. 

Eso, exactamente, es lo que está ocurriendo.

Ahora bien: ¿cuál es la causa de esta confusión, de esta miseria? ¿Cómo se ha producido esta desgracia, este sufrimiento que no sólo es íntimo sino externo, este temor y expectativa de la guerra, de la tercera guerra mundial que ya se está desencadenando? ¿Cuál es la causa de ello? 

Ella indica, por cierto, el derrumbe de todos los valores morales, espirituales, y la glorificación de todos los valores sensuales, del valor de las cosas hechas por la mano o por la mente. 

¿Qué ocurre cuando no tenemos otros valores que el valor de las cosas de los sentidos, el valor de lo producido por la mente, la mano o la máquina? 

Cuanto mayor es la significación que atribuimos al valor sensual de las cosas mayor es la confusión. ¿No es así? 

Nuevamente: esta no es una teoría mía. 

No necesitáis citar libros para descubrir que vuestros valores, vuestra riqueza, vuestra existencia social y económica, se basan en cosas hechas por la mano o por la mente. 

De modo, pues, que vivimos y funcionamos con nuestro ser impregnado de valores sensuales, lo cual significa que las cosas -las de la mente, la mano y la máquina- han llegado a ser lo importante; y cuando las cosas adquieren importancia, la creencia cobra predominante significación. 

Eso, exactamente, es lo que ocurre en el mundo, ¿verdad?

Trae, pues, confusión, el atribuir significación cada vez mayor a los valores de los sentidos; y estando en la confusión, tratamos de escapar de ella de diversas maneras, ya sea religiosas, económicas o sociales, o mediante la ambición, el poder, la busca de la realidad. 

Pero lo real está cerca: no necesitáis buscarlo; y el hombre que busca la verdad nunca la encontrará. 

La verdad está en lo que es; y en eso consiste su belleza. 

Pero no bien la concebís, no bien la buscáis, empezáis a luchar; y el que lucha no puede comprender. 

Por eso es que debemos estar en silencio, en observación, pasivamente perceptivos. 

Vemos que nuestro vivir, nuestra acción, está siempre dentro del campo de la destrucción, dentro del campo del dolor; como una ola, la confusión y el caos siempre nos alcanzan. 

No hay intervalo en la confusión de la existencia

Todo lo que actualmente hacemos parece conducir al caos, parece llevarnos al dolor y a la infelicidad. 

Mirad vuestra propia existencia y veréis que nuestro vivir está siempre al borde del dolor. 

Nuestro trabajo, nuestra actividad social, nuestra política, las diversas asambleas de naciones para poner coto a la guerra, todo ello produce más guerra. 

La destrucción es la secuela del vivir; todo lo que hacemos lleva a la muerte. 

Eso es lo que en realidad acontece.

¿Podemos poner fin de una vez a esta desgracia, y no seguir siendo atrapados de continuo por la ola de confusión y dolor? Es decir, grandes instructores, ya sea Buda o Cristo, han aparecido; ellos aceptaron la fe y se libertaron, tal vez, de la confusión y del dolor. 

Pero ellos nunca impidieron el dolor, jamás pusieron coto a la confusión. 

La confusión continúa, el dolor prosigue. 

Y si vosotros, al ver esta confusión social y económica, este caos, esta miseria, os retiráis a lo que se llama vida religiosa” y abandonáis el mundo, podréis tener la sensación de que os unís a esos grandes instructores; pero el mundo continúa con su caos, su miseria y su destrucción, con el sempiterno sufrir de sus ricos y de sus pobres. 

De modo, pues, que nuestro problema -el vuestro y el mío- consiste en saber si podemos salir de esta miseria instantáneamente. 

Si, viviendo en el mundo, rehusáis formar parte de él, ayudaréis a otros a salir de este caos, no en el futuro, ni mañana sino ahora. 

Ese, por cierto, es nuestro problema. 

La guerra, probablemente, se viene, más destructiva y aterradora en sus formas. 

Es indudable que nosotros no podemos impedirla, porque los puntos en litigio son demasiado marcados, demasiado próximos. 

Pero vosotros y yo podemos percibir la confusión y la miseria de inmediato, ¿verdad? 

Tenemos que percibirlas; y entonces estaremos en condiciones de despertar la misma comprensión de la verdad en los demás. 

En otras palabras: ¿podéis ser libres al instante? Esa, en efecto, es la única salida de esta miseria. 

La percepción sólo puede ocurrir en el presente. 

Mas si decís “lo haré mañana”, la ola de confusión os alcanza, y entonces os veis siempre envueltos en la confusión.

¿Es, pues, posible llegar a ese estado en que percibís la verdad instantáneamente, y por lo tanto ponéis fin a la confusión en vosotros mismos? Yo digo que lo es; y ese es el único camino posible. 

Digo que puede y debe hacerse, sin basarse en la suposición ni en la creencia. 

Producir esa extraordinaria revolución, que no es la revolución para deshacerse de los capitalistas e instalar otro grupo; traer esa maravillosa transformación que es la única revolución verdadera, tal es el problema.
 
Lo que generalmente se llama “revolución” es tan sólo la modificación o la continuación de la derecha de acuerdo con las ideas de la izquierda. La izquierda, después de todo, es la continuación de la derecha en forma modificada.
 
Si la derecha se basa en valores sensuales, la izquierda es mera continuación de los mismos valores sensuales, diferentes tan sólo en el grado o en la expresión. 

La verdadera revolución, pues, sólo puede llevarse a efecto cuando vosotros, individuos, os volvéis perceptivos en vuestra relación con los demás. 

Indudablemente, lo que vosotros sois en vuestra relación con los demás -con vuestra esposa, vuestro hijo, vuestro patrón, vuestro vecino-, eso es la sociedad. 

La sociedad no existe por sí misma. 

La sociedad es lo que vosotros y yo hemos creado con nuestras relaciones; es la proyección hacia fuera de todos nuestros estados psicológicos íntimos. 

De modo, pues, que si vosotros y yo no nos comprendemos a nosotros mismos, la mera transformación de lo externo -que es la proyección de lo interno- no tiene significación alguna. Es decir, no puede haber alteración ni modificación significativa de la sociedad mientras no me comprenda a mí mismo en relación con vosotros. Estando confuso en mi vida de relación, doy origen a una sociedad que es la reproducción, la expresión externa de lo que yo soy. 

Este es un hecho obvio que podemos discutir. 

Podemos dilucidar si la sociedad, la expresión externa, me ha producido a mí, o si yo he producido la sociedad.

¿No es, pues, un hecho evidente que lo que yo soy en mi relación con el prójimo crea la sociedad; y que, sin transformarme radicalmente, no podrá haber transformación de la función esencial de la sociedad? 

Cuando esperamos de un sistema la transformación de la sociedad, no hacemos sino eludir la cuestión, porque un sistema no puede transformar al hombre; siempre es el hombre quien transforma el sistema, como lo muestra la historia. 

Hasta que yo, en mi relación con vosotros, me comprenda a mí mismo, seguiré siendo la causa del caos, de la miseria, de la destrucción del miedo y de la brutalidad. 

Comprenderme a mí mismo no es cuestión de tiempo. Yo puedo comprenderme en este mismo instante. 

Si yo digo “me comprenderé a mí mismo mañana”, introduzco el caos y la miseria, mi acción es destructiva. 

En cuanto digo que “habré” de comprender, introduzco el elemento tiempo, por lo cual ya me ha alcanzado la ola de confusión y destrucción. 

La comprensión es ahora no mañana. 

“Mañana” es para la mente perezosa, la mente inactiva, la mente que no está interesada.

 Cuando estáis interesados en algo, lo hacéis instantáneamente; hay comprensión inmediata, transformación inmediata. 

Si no cambiáis ahora, jamás cambiaréis; porque el cambio que se efectúa mañana es mera modificación, no transformación. 

La transformación sólo puede producirse de inmediato; la revolución es ahora, no mañana.

Cuando eso acontece, os halláis completamente sin problemas, pues en tal caso el “yo” no se preocupa por sí mismo; y entonces estáis más allá de la ola de destrucción.



No hay comentarios.:

Publicar un comentario