PRIMERA PLÁTICA EN STRESA
Amigos: En mis pláticas, no voy a tejer una teoría intelectual. Hablaré de mi propia experiencia, la cual no nace de ideas intelectuales, sino que es real. Por favor, no piensen en mí como en un filósofo que expone un nuevo conjunto de ideas para que el intelecto de ustedes pueda hacer malabares con ellas. Eso no es lo que voy a ofrecerles. Más bien, quisiera explicar que la verdad, la vida de plenitud y riqueza interna, no puede ser realizada por intermedio de otra persona, mediante la imitación o mediante alguna forma de autoridad. Casi todos nosotros sentimos, ocasionalmente, que hay una vida verdadera, algo eterno, pero los instantes en que sentimos eso son tan raros, que este algo eterno retrocede más y más dentro del trasfondo y nos parece cada vez menos una realidad. Y bien, para mí existe esa realidad, una realidad viviente y eterna, llámenla Dios, inmortalidad, eternidad o como quieran llamarla. Existe algo viviente, creativo, que no puede ser descrito, porque la realidad elude cualquier descripción. Ninguna descripción de la verdad puede ser duradera, porque sólo puede ser una ilusión hecha de palabras. Uno no puede conocer el amor mediante la descripción de otro; para conocer el amor, uno mismo debe experimentarlo. No podemos conocer el gusto de la sal hasta que hemos probado la sal por nosotros mismos. Sin embargo, gastamos nuestro tiempo buscando una descripción de la verdad, en vez de tratar de descubrir la manera de realizarla. Digo que no puedo describir, no puedo poner en palabras esa realidad viviente que está más allá de toda idea de progreso, de crecimiento. Cuídense del hombre que trata de describir esa realidad viviente, porque ésta no puede ser descrita; debe ser experimentada, vivida. Esta realización de la verdad, de lo eterno, no se encuentra en el movimiento del tiempo, el cual no es sino un hábito de la mente. Cuando ustedes dicen que realizarán la verdad en el curso del tiempo, o sea, en algún futuro, entonces sólo están posponiendo esa comprensión que siempre debe estar en el presente. Pero si la mente comprende la integridad de la vida y está libre de la división del tiempo en pasado, presente y futuro, entonces adviene la realización de esa realidad viva y eterna.
SEGUNDA PLÁTICA EN ALPINO Amigos: Hoy voy a hablar acerca de lo que llaman evolución. Es un asunto difícil de discutir y ustedes pueden tomar en sentido erróneo lo que voy a decir. Si no me entienden del todo, por favor, formúlenme preguntas después. Para la mayoría de nosotros, la idea de la evolución implica una serie de logros, o sea, logros nacidos de la continua opción entre lo que llamarnos no esencial y lo esencial. Implica vivir lo no esencial y moverse hacia lo esencial. A esta serie de logros continuos que resulta de optar, la llamamos evolución. Toda nuestra estructura de pensamiento se basa en esta idea de progreso y logro espiritual, en la idea de crecer más y más dentro de lo esencial, como resaltado de la continua opción. Así pues, pensamos en la acción como en una serie de logros, ¿no es así? Ahora bien, cuando consideramos el crecimiento o la evolución como una serie de logros, es natural que nuestras acciones jamás sean completas; siempre crecen de lo inferior a lo superior, siempre trepando, avanzando. Por lo tanto, si vivimos bajo ese concepto, nuestra acción nos esclaviza, es un constante, incesante, infinito esfuerzo, y ese esfuerzo se vuelve siempre hacia la seguridad. Naturalmente, cuando existe esta búsqueda de seguridad, hay temor, y este temor crea la conciencia continua de lo que llamamos el “yo”. ¿No es así? Las mentes de casi todos nosotros están atrapadas en esta idea del logro, de la realización, del trepar más y más alto, es decir, en la idea de escoger entre lo esencial y lo no esencial. Y puesto que esta opción, este progreso al que llamamos acción, no es otra cosa que una lucha incesante, un esfuerzo continuo, nuestras vidas también son un esfuerzo incesante y no un libre, espontáneo fluir de la acción. Quiero diferenciar entre acción y logro o realización. El logro es una finalidad, mientras que la acción, para mí, es infinita. Ustedes comprenderán esta distinción a medida que prosigamos. Pero, primeramente, entendamos que esto es lo que queremos decir por evolución: un continuo movimiento, a través de la opción, hacia lo que llamamos esencial, persiguiendo siempre logros más y más grandes.
La suprema bendición -y esto para mí no es una mera teoría- es vivir sin esfuerzo. Ahora voy a explicar lo que entiendo por esfuerzo. Para la mayoría de ustedes, el esfuerzo no es sino opción. Viven a base de opción, tienen que elegir. Pero, ¿por qué eligen? ¿Por qué hay una necesidad que los impulsa, los impele, los fuerza a elegir? Yo digo que esta necesidad de elegir existe mientras uno es consciente de su vacuidad, de su soledad interna; esa insuficiencia lo obliga a elegir, a hacer un esfuerzo. La cuestión no es, entonces, cómo llenar esa vacuidad sino, más bien, cuál es la causa de esa vacuidad. Para mí, la vacuidad es la acción que nace de elegir en procura de ganar. El resultado de esa acción que nace de elegir, es la vacuidad. Y cuando hay vacuidad, se suscita la pregunta: “¿Cómo puedo llenar ese vacío? ¿Cómo puedo librarme de esa soledad, de ese sentimiento de insuficiencia?” A mi entender, no es una cuestión de llenar el vacío, porque uno jamás puede llenarlo. Sin embargo, es lo que la mayoría de las personas trata de hacer. Por medio de la sensación, de la excitación, del placer, por medio de la ternura o de la negligencia, tratan de llenar ese vacío, de aminorar ese sentimiento de vacuidad. Pero nunca llenarán esa vacuidad, porque tratan de llenarla con una acción que nace de las opciones. La vacuidad existe mientras la acción se basa en las opciones, en el agrado y el desagrado, en la atracción y la repulsión. Ustedes optan, eligen, porque esto no les agrada y aquello les agrada; no están satisfechos con esto, pero quieren satisfacerse con eso otro. O tienen miedo de algo y escapan de ello. Para la mayoría de la gente, la acción se basa en la atracción y la repulsión y, por lo tanto, en el miedo.
Ahora bien, ¿qué sucede cuando uno descarta esto y elige aquello? Basa sus acciones meramente en la atracción y la repulsión y, con eso, está creando un opuesto. En consecuencia, existe esta continua opción, la cual implica esfuerzo. En tanto uno elija, en tanto exista la opción, tiene que haber dualidad. Uno podrá pensar que ha optado por lo esencial, pero a causa de que su elección ha nacido de la atracción y la repulsión, del deseo y el temor, crea meramente otra vez lo no esencial. Eso es la vida de ustedes. Un día quieren esto, lo eligen porque les gusta y lo desean porque les brinda alegría y satisfacción. Al día siguiente están hartos de ello, ya no significa nada para ustedes y lo descartan, a fin de elegir otra cosa. De este modo, su opción se basa en la continua sensación; eligen basados en la conciencia de la dualidad, y esta elección sólo perpetúa los opuestos. Mientras elijan entre opuestos no hay discernimiento y, en consecuencia, tiene que haber esfuerzo, esfuerzo perpetuo, constantes opuestos y dualidad. Esa opción es, por lo tanto, incesante, y el esfuerzo que ustedes hacen es ininterrumpido. Tal acción es siempre finita, siempre lo es en términos de logro; por consiguiente, esa vacuidad que experimentan existirá siempre. Pero si la mente está libre de la opción, si tiene la capacidad de discernir, entonces la acción es infinita. Explicaré esto nuevamente. Como he dicho, si uno afirma: “Deseo esta cosa”, en esa opción ha creado un opuesto. Además, después de esa opción crea otro opuesto, y así va de un opuesto a otro, mediante un proceso de esfuerzo ininterrumpido. Ese proceso es nuestra vida, y en él hay lucha incesante y aflicción, conflicto y sufrimiento. Si uno se da cuenta de eso, si de verdad siente con todo el ser -o sea, tanto emocional como mentalmente- la futilidad de la opción, entonces no elige más; entonces hay discernimiento, hay una respuesta intuitiva que está libre de toda opción, y eso es percepción alerta. Si uno se da cuenta de que su opción nacida de los opuestos no hace sino crear otro opuesto, entonces percibe lo que es verdadero. Pero la mayoría de ustedes no tiene ni la intensidad del deseo ni la percepción alerta, porque anhelan el opuesto, anhelan la sensación. Por lo tanto, jamás alcanzan el discernimiento, jamás llegan a tener esa rica, plena percepción sensible que libera a la mente de los opuestos. En esa libertad respecto de los opuestos, la acción ya no es más un logro, sino una realización plena nacida del discernimiento, que es infinito. Entonces la acción surge de nuestra propia plenitud, y en una acción así no hay opción y, por ende, no hay esfuerzo. Para conocer semejante plenitud, seemejante realidad, tenemos que hallarnos en un estado de intensa percepción alerta, la cual puede alcanzarse sólo cuando nos enfrentamos con una crisis. La mayoría de ustedes se enfrenta con una crisis, ya sea en relación con el dinero, con las personas, con el amor o con la muerte. Y cuando están atrapados en una crisis semejante, tienen que optar, tienen que decidir. ¿Cómo deciden? La decisión que toman emana del temor, del deseo, de la sensación. De modo que están meramente posponiendo, optan por lo que es conveniente, placentero; por lo tanto, sólo están creando otra oscuridad a través de la cual tienen que pasar. Únicamente cuando perciben el absurdo de su actual existencia, cuando lo perciben no sólo con el intelecto sino con la totalidad de la mente y del corazón, cuando de verdad perciben lo absurdo de este continuo optar, entonces, desde esa percepción alerta, nace el discernimiento. Entonces ya no optan; actúan. Es fácil dar ejemplos, pero no daré ninguno porque a menudo confunden. De modo que, para mí, la percepción alerta no resulta del esfuerzo por estar alerta; adviene por sí misma cuando estamos conscientes con la totalidad del ser, cuando nos damos cuenta de la inutilidad de la opción. Actualmente optamos eligiendo entre dos cosas, entre dos cursos de acción; elegimos entre esto y aquello, uno lo comprendemos, lo otro no. Con el resultado de una acción semejante, esperamos llenar nuestra vida. Actuamos de acuerdo con nuestros anhelos, nuestros deseos. Naturalmente, cuando ese deseo se ve satisfecho, la acción llega a su fin. Entonces, puesto que seguimos sintiéndonos solos, aislados, buscamos otra acción, otra satisfacción. Cada uno de ustedes se enfrenta con una dualidad en la acción, optando entre hacer esto o aquello; pero cuando perciban la futilidad de la opción, cuando estén alerta con todo el ser, sin esfuerzo alguno, entonces conocerán el verdadero discernimiento. Pueden poner a prueba esto sólo cuando se encuentran realmente en una crisis; no pueden hacerlo con el intelecto, cómodamente sentados e imaginando un conflicto mental. Pueden aprehender la verdad de esto sólo cuando están cara a cara con una insistente exigencia de opción, cuando tienen que decidir, cuando todo el ser requiere acción. Si en ese instante perciben con la totalidad del ser y se dan cuenta de la futilidad de la opción, entonces de ello brota la flor de la intuición, la flor del discernimiento. La acción que nace de eso es infinita; entonces la acción es la vida misma. No hay división entre la acción y el actor, es todo un continuo. No existe esa satisfacción temporaria que pronto desaparece.
Pregunta: Explique, por favor, qué quiere usted decir cuando sostiene que la autodisciplina es inútil. ¿Qué entiende por autodisciplina?
KRISHNAMURTI: Si usted ha comprendido lo que he estado diciendo, verá la inutilidad de la autodisciplina. Pero explicaré esto nuevamente y trataré de aclararlo. ¿Por qué piensa usted que debe disciplinarse? ¿Respecto de qué desea disciplinarse? Cuando dice: “Debo disciplinarme”, sostiene ante sí mismo un modelo al que piensa que tiene que ajustarse. La autodisciplina existe cuando usted anhela llenar ese vacío interno, cuando se aferra a cierta descripción de lo que es Dios, de lo que es la verdad, cuando abriga determinados conjuntos de patrones morales que usted mismo se fuerza a aceptar como guías. Es decir, que su acción está regulada, controlada por el deseo de amoldarse. Pero si la acción nace del discernimiento, entonces no hay disciplina. Por favor, entienda lo que quiero significar por discernimiento. No diga: “He aprendido a tocar el piano. ¿No implica disciplina eso?” O: “He estudiado matemáticas. ¿Acaso eso no es disciplina?” No me estoy refiriendo al estudio de una técnica, el cual no puede ser llamado disciplina. Hablo acerca de la conducta en la vida. ¿He aclarado eso? Me temo que la mayoría de ustedes no lo ha comprendido, porque estar libre de la idea de autodisciplina es sumamente difícil, puesto que desde la infancia hemos sido esclavos de la disciplina, del control. Librarse de la idea de disciplina no quiere decir que deban pasarse a lo opuesto, que deban volverse caóticos. Lo que sostengo es que, cuando hay discernimiento, no se necesita la autodisciplina; entonces no existe la autodisciplina. Casi todos ustedes están atrapados en el hábito de la disciplina. En primer lugar, sustentan una representación mental de lo que es correcto, de lo que es verdadero, de lo que debería ser un buen carácter. Y tratan de ajustar sus acciones a esta representación mental. Actúan meramente conforme a una imagen mental que conservan. En tanto tengan una idea preconcebida de lo que es verdadero -y casi todos ustedes tienen esa idea-, están obligados a actuar de acuerdo con ella. Muy pocos estamos conscientes de que actuamos conforme a un patrón, pero cuando nos damos cuenta de que actuamos de ese modo, entonces ya no copiamos ni imitamos; nuestra propia acción revela aquello que es verdadero. Ustedes saben, nuestro entrenamiento físico, nuestra preparación religiosa y moral tienden a moldearnos conforme a un patrón. Desde la infancia, casi todos hemos sido educados para encajar en un molde social, religioso o económico, y muy pocos tenemos conciencia de esto. La disciplina se ha vuelto un hábito, y somos inconscientes de ese hábito. Sólo cuando ustedes se den cuenta de que se disciplinan conforme a un patrón, su acción nacerá del discernimiento. Así que, en primer lugar, tienen que comprender por qué se disciplinan, no por qué deben o no deben disciplinarse. ¿Qué le ha sucedido al hombre en el curso de todos los siglos de autodisciplina? Se ha vuelto más una máquina y menos un ser humano; ha adquirido meramente una mayor habilidad en la imitación, en ser una máquina. La autodisciplina, o sea, el amoldarse a una representación mental establecida, ya sea por uno mismo o por algún otro, no genera armonía; sólo genera caos.
¿Qué sucede cuando intentamos disciplinarnos a nosotros mismos? Nuestra acción está creando siempre vacuidad interna porque tratamos de ajustarla a un patrón. Pero si nos damos cuenta de que actuamos conforme a un patrón -un patrón de nuestra propia hechura o creado por algún otro-, entonces percibiremos la falsedad de la imitación, y nuestra acción nacerá del discernimiento, o sea, de la armonía de nuestra mente y nuestro corazón. Ahora bien, mentalmente quieren ustedes actuar de cierta manera, pero emocionalmente no desean lo mismo, y de aquí resulta el conflicto. A fin de superar ese conflicto procuran asegurarse en la autoridad, y esa autoridad se convierte en la norma a la que se ajustan. En consecuencia, no actúan según lo que realmente sienten y piensan; su acción está motivada por el temor, por el deseo de seguridad, y de una acción así nace la autodisciplina. ¿Entienden? ¿Saben?, comprender con toda la intensidad de nuestro ser es algo muy distinto de una comprensión meramente intelectual. Cuando la gente dice: “Comprendo”, por lo general sólo comprende intelectualmente. Pero el análisis intelectual no los liberará de este hábito de la autodisciplina. Cuando están actuando, no digan: “Debo ver si esta acción ha nacido de la autodisciplina, si está de acuerdo con su modelo”. Un intento así sólo impide la verdadera acción. Pero si al actuar están atentos a la imitación, entonces la acción que emprendan será espontánea.
Como he dicho, si examinan cada acto para determinar si ha nacido de la autodisciplina, de la imitación, sus acciones se vuelven más y más limitadas; entonces hay obstrucción, resistencia. No actúan en absoluto genuinamente. Pero si se dan cuenta, con todo el ser, de lo inútil que es el imitar, el amoldarse, entonces su acción no será imitativa, no estará entorpecida, trabada. Cuanto más analiza uno su acción, menos actúa. ¿No es así? Para mí, el análisis de nuestras acciones no libera a la mente de la imitación, que es amoldamiento, autodisciplina; lo que libera a la mente de la imitación es el estar atentos, alerta con todo el ser en el momento en que actuamos. A mi entender, el autoanálisis frustra la acción, destruye el vivir completo. Tal vez no estén de acuerdo con esto, pero tengan la bondad de escuchar lo que voy a decir, antes de decidir si están o no están de acuerdo. Digo que este continuo proceso de autoanálisis, que es autodisciplina, pone constantemente una limitación al libre fluir de la vida, que es acción. Porque la autodisciplina se basa en la idea del logro, no en la idea de integridad de acción. ¿Alcanzan a ver la diferencia? En un caso, hay una serie de logros y, por lo tanto, existe siempre una finalidad; mientras que en el otro, la acción nace del discernimiento, y una acción así es armoniosa y, por consiguiente, infinita. ¿He aclarado esto? Obsérvese a sí mismo la próxima vez que diga: “No debo”. La autodisciplina, el “debo” y el “no debo”, se basan en la idea del logro. Cuando uno se da cuenta de la futilidad del logro -cuando se percata de esto con todo su ser, tanto emocional como intelectualmente-, entonces ya no hay más “debo” y “no debo”. Ahora está usted preso en este intento de amoldarse a una imagen que guarda en su mente, tiene el hábito de pensar “debo” o “no debo”. Por lo tanto, la próxima vez que diga esto, percíbase claramente a sí mismo, y en esa percepción alerta discernirá lo que es verdadero y se liberará del obstáculo que implican el “debo” y el “no debo”.
Pregunta: Usted dice que nadie puede ayudar a otro. Entonces, ¿por qué viaja por todo el mundo dirigiéndose a la gente?
KRISHNAMURTI: ¿Necesita eso ser contestado? Implica muchísimo, si usted lo comprende. Como sabe, la mayoría de nosotros desea adquirir la sabiduría o la verdad por intermedio de algún agente externo. Ningún otro puede convertirlo a usted en un artista, sólo usted mismo puede hacerlo. Eso es lo que quiero decir: yo puedo darle la pintura, los pinceles y la tela, pero usted mismo tiene que llegar a ser el artista, el pintor. Yo no puedo convertirlo en un artista. Ahora bien, en sus intentos de volverse espirituales, casi todos ustedes buscan maestros, salvadores, pero yo digo que ninguno en el mundo puede librarlos del conflicto del dolor. Alguien puede darles los materiales, las herramientas, pero nadie puede darles la llama del vivir creativo. Usted sabe, nosotros pensamos en términos de técnica, pero la técnica no es lo que viene primero. Primero deben tener la llama del deseo, luego sigue la técnica. “Pero”, dicen ustedes, “déjeme aprender. Si me enseñan la técnica de la pintura, entonces seré capaz de pintar”. Hay muchos libros que describen la técnica de la pintura, pero el aprender meramente la técnica no hará de usted un artista creativo. Cuando uno permanece enteramente solo, sin la técnica, sin maestros, únicamente entonces puede encontrar la verdad. Ante todo, comprendamos esto. Ahora basa usted sus ideas en el amoldamiento. Piensa que hay un patrón, un camino mediante el cual puede encontrar la verdad; pero si examina esto, descubrirá que no hay sendero que conduzca a la verdad. Para poder ser conducido a la verdad, usted debe saber qué es la verdad, y el líder que lo conduce también debe saberlo. ¿No es así? Yo digo que un hombre que enseña la verdad puede ser que la tenga, pero si ofrece conducirlo hacia la verdad y usted es conducido, entonces ambos están en una ilusión. ¿Cómo puede uno conocer la verdad si todavía está preso en la ilusión? Si la verdad está ahí, se expresa a sí misma. Un gran poeta tiene el deseo, la llama del escribir creativo y escribe. Si usted tiene ese deseo, aprende la técnica. Yo siento que nadie puede conducir a otro hacia la verdad, porque la verdad es infinita; es una tierra sin senderos, y nadie puede decirle a usted cómo encontrarla. Nadie puede enseñarle a ser un artista; otro sólo puede darle los pinceles y la tela y mostrarle los colores que hay que usar. Nadie me enseñó, se lo aseguro, ni he aprendido de los libros lo que digo. Pero he observado, me he abierto paso y he tratado de descubrir. Sólo cuando usted está absolutamente desnudo, libre de todas las técnicas, libre de todos los maestros, puede descubrir.
4 de julio de 1933