OBRAS COMPLETAS - TOMO 1 - CONTINUAMOS -

 SEGUNDA PLÁTICA EN STRESA 

Pregunta: Se ha dicho que en realidad usted está encadenando al individuo, no liberándolo. ¿Es cierto esto? 

KRISHNAMURTI: Después de que yo haya contestado esta pregunta, usted mismo podrá descubrir si estoy liberando al individuo o si lo estoy encadenando. Tomemos al individuo tal como es. ¿Qué entendemos por individuo? Una persona controlada y dominada por sus temores, sus desengaños, sus anhelos, lo cual crea una serie de circunstancias que la esclavizan y la fuerzan a encajar en una estructura social. Eso es lo que entendemos por individuo. A causa de nuestros temores, de nuestras supersticiones, nuestras vanidades y nuestros anhelos, hemos creado un conjunto de circunstancias y nos hemos convertido en esclavos de ellas. Casi hemos perdido nuestra individualidad, nuestra singularidad. Cuando usted examine su acción en la vida cotidiana, verá que no es sino una reacción a una serie de patrones, de ideas. Por favor, siga lo que estoy diciendo y no diga que insto al hombre a liberarse de modo que pueda hacer lo que le plazca, de modo que pueda ocasionar ruina y desastre. En primer lugar, quiero dejar en claro que los seres humanos no somos sino reacciones a un conjunto de normas e ideas que hemos creado a causa de nuestro sufrimiento y nuestro temor, a causa de nuestra ignorancia, de nuestro deseo de posesión. A esta reacción la llamamos acción individual, pero para mí no es acción en absoluto. Es una constante reacción en la cual no hay acción positiva. Lo expondré de una manera diferente. Tal como es ahora, el hombre no es sino la vacuidad de la reacción, nada más. No actúa desde la plenitud de su naturaleza, desde su integridad, desde su sabiduría; actúa meramente desde una reacción. Yo sostengo que el caos, la completa destrucción, tienen lugar en el mundo a causa de que no actuamos desde nuestra plenitud, sino desde nuestro temor, desde la falta de comprensión. Una vez que percibamos el hecho de que lo que llamamos individualidad no es sino una serie de reacciones en las que no hay plenitud de acción, una vez que comprendamos que esa individualidad no es más que una serie de reacciones en las que hay una continua vacuidad, un vacío, entonces actuaremos armoniosamente.

¿Cómo va usted a descubrir el valor de cierta norma a la que se atiene? No lo descubrirá actuando en oposición a esa norma, sino sopesando y balanceando lo que usted realmente siente y piensa, frente a lo que esa norma exige. Encontrará que la norma exige ciertas acciones, mientras que su propia acción instintiva tiende en otra dirección. Entonces, ¿qué va usted a hacer? Si hace lo que le requiere su instinto, su acción conducirá al caos, porque nuestros instintos se han pervertido en el curso de siglos de lo que llamamos educación, educación que es enteramente falsa. Su propio instinto le exige un tipo de acción, pero la sociedad, sociedad que nosotros, individualmente, hemos creado durante siglos y a la cual nos hemos esclavizado, le exige otra clase de acción. Y cuando usted actúa de acuerdo con el conjunto de normas requeridas por la sociedad, no está actuando desde la plenitud de comprensión. Reflexionando realmente sobre las exigencias de sus instintos y sobre las exigencias de la sociedad, descubrirá usted que puede actuar con sabiduría. Esa acción libera al individuo, no lo encadena. Pero la liberación del individuo requiere gran seriedad, exige explorar intensamente en la profundidad de nuestras acciones; no es el resultado de una acción nacida de un impulso pasajero. Por lo tanto, tienen ustedes que reconocer lo que son ahora. Por bien educados que estén, sólo parcialmente son verdaderos individuos; la mayor parte de ustedes está determinada por la reacción a la sociedad que han creado. No son sino un diente en los engranajes de una tremenda máquina a la que llaman sociedad, religión, política; y mientras son un diente semejante, la acción que desarrollan nace de la limitación y conduce solamente a la falta de armonía y al conflicto. Es la acción de ustedes la que ha resultado en el caos presente. Pero si actuaran desde la propia plenitud, descubrirían el verdadero valor de la sociedad y el instinto generador de esa acción; entonces la acción sería armoniosa, no el producto de una componenda. En primer lugar, tiene usted que volverse consciente de los falsos valores establecidos a lo largo de siglos y a los cuales nos hemos esclavizado; ha de tener conciencia de los valores para poder descubrir si son falsos o verdaderos, y esto debe hacerlo usted mismo. Nadie puede hacerlo por usted, y en esto radica la grandeza y gloria del hombre. De ese modo, descubriendo el verdadero valor de las normas, uno libera a la mente de las normas falsas transmitidas en el curso de los tiempos. Pero una liberación semejante no implica una acción impetuosa, instintiva y conducente al caos; implica la acción que nace de la armonía plena de mente y corazón.

Pregunta: Usted nunca ha vivido la vida de un hombre pobre; siempre ha tenido la invisible seguridad de sus amigos ricos. Usted habla de la renuncia absoluta a cualquier clase de seguridad en la vida, pero millones de personas viven sin tal seguridad. Usted dice que uno no puede comprender aquello que no ha experimentado; en consecuencia, usted no puede saber lo que realmente son la pobreza y la inseguridad física. 

KRISHNAMURTI: Ésta es una pregunta que me formulan con frecuencia; ya la he contestado muchas veces antes, pero responderé a ella nuevamente. En primer lugar, cuando hablo de seguridad, me refiero a la seguridad que la mente establece para su propio bienestar. La seguridad física, cierto grado de bienestar físico, el hombre lo necesita para poder existir. Así que no confunda ambas cosas. Ahora bien, cada uno de ustedes está buscando no sólo seguridad física, sino también una seguridad mental, y en esa búsqueda establece la autoridad. Cuando uno comprende lo falso de la seguridad que busca, entonces esa seguridad pierde todo valor; entonces uno se da cuenta de que, si bien debe existir un mínimo de seguridad física, aun esa seguridad puede que no tenga sino poco valor. Entonces uno ya no concentra toda su mente y todo su corazón en la constante adquisición de seguridad física. Lo expondré de una manera diferente y espero que quede claro, pero cualquier cosa que uno dice puede ser fácilmente mal entendida. Tenemos que atravesar la ilusión de las palabras a fin de descubrir el pensamiento que otro desea comunicar. Espero que traten de hacerlo durante esta plática. Yo digo que la búsqueda de la virtud, que es meramente lo opuesto de lo que ustedes llaman vicio, no es sino una búsqueda de seguridad. A causa de que guardan en la mente un conjunto de normas, persiguen la virtud por la satisfacción que obtienen de ello; porque para ustedes la virtud es tan sólo un medio de obtener seguridad. No tratan de adquirir la virtud por su propio valor intrínseco, sino por lo que ella les da en cambio. Por lo tanto, sus acciones se interesan meramente en la adquisición de la virtud; en sí mismas carecen de valor. La mente de ustedes está buscando constantemente la virtud con el fin de obtener por medio de ella alguna otra cosa; así, la acción que desarrollan es siempre un escalón hacia alguna adquisición ulterior.

Puede ser que la mayoría de los que se encuentran aquí esté buscando una seguridad espiritual antes que una seguridad física. Buscan la seguridad espiritual, o bien porque ya poseen la seguridad física -una gran cuenta bancaria, una posición segura, un lugar destacado en la sociedad-, o porque no pueden obtener la seguridad física y, por lo tanto, se vuelven hacia la seguridad espiritual como un sustituto. Pero para mí no hay tal cosa como la seguridad, un refugio en el cual nuestra mente y nuestras emociones puedan encontrar consuelo. Cuando usted se da cuenta de esto, cuando su mente está libre de la idea de consuelo, entonces ya no se aferra más a la seguridad como lo hace ahora. Usted me pregunta cómo puedo comprender la pobreza cuando no la he experimentado. La respuesta es simple. Puesto que no busco ni seguridad física ni seguridad mental, para mí no tiene importancia alguna si el alimento me lo proveen mis amigos o si trabajo por él. Tiene muy poca importancia si viajo o no viajo. Si me lo piden, vengo; si no me lo piden, para mí supone muy poca diferencia. Ya que soy rico en mí mismo (no digo esto con presunción), ya que no busco seguridad, tengo muy pocas necesidades físicas. Pero si estuviera buscando el bienestar físico, pondría el acento en las necesidades físicas, haría hincapié en la pobreza. Veámoslo de otra manera. La mayor parte de nuestras disputas en todo el mundo concierne a la posesión o a la no posesión, a la adquisición de esto y a la protección de aquello. ¿Por qué ponemos semejante énfasis en la posesión? Lo hacemos porque la posesión nos da poder, placer, satisfacción, nos ofrece cierta garantía de individualidad y nos proporciona un campo para desarrollar nuestra acción, nuestra ambición. Ponemos énfasis en la posesión, a causa de lo que derivamos de ella. Pero si nos volvemos ricos en lo interno, entonces la vida fluye armoniosamente a través de nosotros; entonces la posesión o la pobreza ya no tienen gran importancia. Debido al énfasis que ponemos en la posesión, perdemos la riqueza de la vida. Mientras que si fuéramos íntegros, completos internamente, descubriríamos el valor intrínseco de todas las cosas y viviríamos en la armonía de mente y corazón.

 Pregunta: Se ha dicho que usted es la manifestación del Cristo en nuestros tiempos. ¿Qué tiene que decir a esto? Si es verdad, ¿por qué no habla del amor y la compasión?

KRISHNAMURTI: Mis amigos, ¿por qué formulan una pregunta semejante? ¿Por qué pregunta usted si soy la manifestación de Cristo? Lo pregunta porque desea que le asegure que soy o que no soy el Cristo, de modo que pueda usted juzgar lo que digo, conforme al patrón que tiene. Hay dos razones por las que formula esta pregunta: piensa que sabe lo que es el Cristo y, por lo tanto, dice: “Actuaré en conformidad”; o, si yo digo que soy el Cristo, entonces usted piensa que lo que digo es verdadero. No estoy evadiendo la pregunta, pero no voy a decirle quién soy. Eso tiene muy poca importancia y, por otra parte, ¿cómo podría usted saber qué o quién soy yo aun cuando se lo dijera? Una especulación semejante carece de significación. De modo que no nos preocupemos acerca de quién soy yo, sino veamos más bien la razón por la cual ustedes formulan esta pregunta. Quieren saber quién soy porque están inseguros respecto de ustedes mismos. No estoy diciendo si soy o si no soy el Cristo. No les doy una respuesta categórica porque para mí la pregunta no es importante. Lo que importa es si lo que digo es verdadero, y esto no depende de lo que soy. Es algo que ustedes pueden descubrir sólo si se libran de sus prejuicios y sus patrones de conducta. No pueden alcanzar la verdadera libertad respecto del prejuicio acudiendo a una autoridad, trabajando para un fin. Sin embargo, eso es lo que hacen: subrepticiamente, diligentemente, van en busca de una autoridad y, en esa búsqueda, no hacen otra cosa que convertirse a sí mismos en máquinas imitativas. Usted pregunta por qué no hablo del amor, de la compasión. ¿Habla la flor acerca de su perfume? Ella simplemente existe. He hablado acerca del amor; pero para mí lo importante no es discutir qué es el amor o qué es la compasión, sino liberar a la mente de todas las limitaciones que impiden el fluir natural de aquello que llamamos amor y compasión. Lo que es el amor, lo que es la compasión, lo sabrá usted por sí mismo cuando su mente y su corazón estén libres de la limitación que llamamos egoísmo, egolatría; entonces lo sabrá sin preguntar, sin discutir, Ahora me formula la pregunta porque piensa que puede actuar de acuerdo con lo que averigüe de mí, que entonces tendrá una autoridad que gobierne su acción.

KRISHNAMURTI: Mis amigos, ¿por qué formulan una pregunta semejante? ¿Por qué pregunta usted si soy la manifestación de Cristo? Lo pregunta porque desea que le asegure que soy o que no soy el Cristo, de modo que pueda usted juzgar lo que digo, conforme al patrón que tiene. Hay dos razones por las que formula esta pregunta: piensa que sabe lo que es el Cristo y, por lo tanto, dice: “Actuaré en conformidad”; o, si yo digo que soy el Cristo, entonces usted piensa que lo que digo es verdadero. No estoy evadiendo la pregunta, pero no voy a decirle quién soy. Eso tiene muy poca importancia y, por otra parte, ¿cómo podría usted saber qué o quién soy yo aun cuando se lo dijera? Una especulación semejante carece de significación. De modo que no nos preocupemos acerca de quién soy yo, sino veamos más bien la razón por la cual ustedes formulan esta pregunta. Quieren saber quién soy porque están inseguros respecto de ustedes mismos. No estoy diciendo si soy o si no soy el Cristo. No les doy una respuesta categórica porque para mí la pregunta no es importante. Lo que importa es si lo que digo es verdadero, y esto no depende de lo que soy. Es algo que ustedes pueden descubrir sólo si se libran de sus prejuicios y sus patrones de conducta. No pueden alcanzar la verdadera libertad respecto del prejuicio acudiendo a una autoridad, trabajando para un fin. Sin embargo, eso es lo que hacen: subrepticiamente, diligentemente, van en busca de una autoridad y, en esa búsqueda, no hacen otra cosa que convertirse a sí mismos en máquinas imitativas. Usted pregunta por qué no hablo del amor, de la compasión. ¿Habla la flor acerca de su perfume? Ella simplemente existe. He hablado acerca del amor; pero para mí lo importante no es discutir qué es el amor o qué es la compasión, sino liberar a la mente de todas las limitaciones que impiden el fluir natural de aquello que llamamos amor y compasión. Lo que es el amor, lo que es la compasión, lo sabrá usted por sí mismo cuando su mente y su corazón estén libres de la limitación que llamamos egoísmo, egolatría; entonces lo sabrá sin preguntar, sin discutir, Ahora me formula la pregunta porque piensa que puede actuar de acuerdo con lo que averigüe de mí, que entonces tendrá una autoridad que gobierne su acción.

Digo, pues, una vez más, que la verdadera pregunta no es por qué yo no hablo del amor y la compasión, sino más bien qué es lo que impide el vivir natural y armonioso del hombre, la plenitud de acción que es amor. He hablado acerca de las numerosas barreras que obstruyen nuestro vivir natural, y he explicado que un vivir así no implica una acción instintiva, caótica, sino que es un vivir rico y pleno. El vivir rico y natural ha sido obstaculizado por siglos de amoldamiento, por siglos de lo que llamamos educación, la cual no ha sido sino un proceso de fabricar innumerables máquinas humanas. Pero cuando uno comprende el origen de estas obstrucciones y barreras que hemos creado para nosotros mismos a causa del temor generado por nuestra búsqueda de seguridad, entonces se libera de ellas, entonces hay amor. Pero ésta es una comprensión que no puede ser sometida a discusiones. Nosotros no discutimos la luz del Sol. Está ahí, sentimos su calidez y percibimos su penetrante belleza. Sólo cuando el Sol está oculto discutimos a veces la luz del Sol. Lo mismo ocurre con el amor y la compasión.

Pregunta: Usted no nos ha dado nunca un concepto claro del misterio de la muerte y de la vida después de la muerte; no obstante, habla constantemente de la inmortalidad. Seguramente usted cree en la vida después de la muerte, ¿verdad? 

KRISHNAMURTI: Usted quiere saber categóricamente si hay o no hay aniquilación después de la muerte; ése es el enfoque erróneo del problema. Espero que entienda lo que digo, porque de lo contrario mi respuesta no será clara para usted y pensará que no he contestado su pregunta. Por favor, si no comprende, interrúmpame. ¿Qué quiere usted decir cuando habla de la muerte? Es su dolor por la muerte de otro y el miedo a su propia muerte. El dolor se despierta por la muerte de otro. Cuando su amigo muere, se torna usted consciente de la soledad porque ha contado con él, porque usted y él se han complementado el uno al otro, se han comprendido, apoyado y alentado el uno al otro. Así, cuando su amigo se ha ido, usted es consciente de la vacuidad; quiere que esa persona regrese para que llene la parte de su vida que llenaba antes. Usted quiere a su amigo nuevamente, pero dado que no puede tenerlo se vuelve hacia diversas ideas intelectuales, hacia diversos conceptos emocionales que, según piensa, le darán satisfacción. Acude a tales ideas en busca de alivio, de consuelo, en lugar de descubrir la causa de su sufrimiento y liberarse eternamente de la idea de la muerte. Se vuelve hacia una serie de alivios y satisfacciones que gradualmente disminuyen la intensidad de su sufrimiento; no obstante, cuando la muerte regresa, experimenta el mismo sufrimiento otra vez. Llega la muerte y le causa un intenso dolor. Alguien a quien usted amaba intensamente ha desaparecido y la ausencia de esa persona acentúa su soledad. Pero en vez de buscar la causa de esa sensación de soledad, trata de escapar de ella mediante satisfacciones mentales y emocionales. ¿Cuál es la causa de esa soledad? La seguridad puesta en otro, la insuficiencia de su propia vida, el continuo intento de eludir la vida. Usted no quiere descubrir el verdadero valor de los hechos; en cambio, atribuye un valor a lo que no es sino un concepto intelectual. Por eso, la pérdida de un amigo le ocasiona sufrimiento, porque esa pérdida lo torna plenamente consciente de su soledad.

 Luego está el miedo a nuestra propia muerte. Quiero saber si viviré después de mi muerte, si reencarnaré, si hay para mí una continuidad en alguna forma. Estoy interesado en estas esperanzas y en estos temores porque no he conocido un momento de plenitud y riqueza durante mi vida; no he conocido un solo día sin conflicto, un solo día en que me haya sentido completo en mí mismo, como una flor. Por lo tanto, tengo este intenso deseo de realización personal, un deseo que contiene la idea del tiempo. ¿Qué entendemos cuando hablamos acerca del “yo”? Uno es consciente del “yo” sólo cuando está atrapado en el conflicto de la opción, de la dualidad. En este conflicto nos volvemos conscientes de nosotros mismos y nos identificamos con una cosa u otra, y de esta continua identificación resulta la idea del “yo”. Por favor, considere esto con la mente y el corazón, porque no es una idea filosófica que pueda ser simplemente aceptada o rechazada.

Yo digo que, a causa del conflicto de la opción, la mente ha establecido la memoria, muchas capas de memoria; ha llegado a identificarse con estas capas y se llama a sí misma el “yo”, el ego. Y de aquí surge la pregunta: “¿Qué me sucederá cuando muera? ¿Tendré una oportunidad de vivir nuevamente?” Para mí, estas preguntas nacen del anhelo y de la confusión. Lo importante es liberar a la mente de este conflicto de la opción, porque sólo cuando uno se ha liberado de este modo, puede haber inmortalidad. Para la mayoría de la gente, la idea de inmortalidad es la de una continuación infinita del “yo” a través del tiempo. Pero yo sostengo que un concepto semejante es falso. “Entonces”, responde usted, “tiene que haber aniquilación total”. Yo digo que tampoco eso es verdadero. Su creencia de que la aniquilación total debe seguir a la cesación de la limitada conciencia que llamamos el “yo”, es falsa. Usted no puede comprender la inmortalidad de ese modo, porque su mente se halla presa en los opuestos. La inmortalidad está libre de todos los opuestos, es acción armoniosa en la cual la mente está por completo libre del conflicto del “yo”. Yo digo que la inmortalidad existe, inmortalidad que trasciende todas nuestras concepciones, teorías y creencias. Sólo cuando usted tenga la plena comprensión individual de los opuestos, estará libre de los opuestos. En tanto la mente siga creando conflicto a causa de la opción, tiene que haber conciencia como memoria; esta memoria es el “yo”, y el “yo” es el que teme a la muerte y anhela su propia continuación. En consecuencia, no existe la capacidad de comprender la plenitud de la acción en el presente, la cual es inmortalidad.

Según cuenta una antigua leyenda india, cierto brahmín decidió regalar algunas de sus posesiones, en cumplimiento de un sacrificio religioso. Este brahmín tenía un hijo pequeño, quien observaba a su padre y lo acosaba con muchas preguntas, hasta que el padre se sintió molesto. Finalmente, el hijo preguntó: “¿A quién vas a regalarme?” Y el padre replicó furioso: “Te entregaré a la Muerte”. Ahora bien, en los tiempos antiguos se sostenía que cualquier cosa que se dijera tenía que llevarse a cabo; por lo tanto, el brahmín tuvo que enviar a su hijo a la Muerte, de acuerdo con sus palabras irreflexivamente pronunciadas. Mientras el niño se dirigía a la casa de la Muerte, prestó atención a lo que muchos maestros tenían que decir acerca de la muerte y la vida después de la muerte. Cuando llegó a la casa de la Muerte, encontró que la Muerte se hallaba ausente; de modo que esperó tres días sin probar alimento alguno, conforme a la antigua costumbre que prohibía comer en ausencia del anfitrión. Cuando finalmente llegó, la Muerte se disculpó humildemente por haber mantenido a un brahmín esperando, y como señal de arrepentimiento concedió al niño la posibilidad de que pidiera tres deseos. Para el primer deseo, el niño pidió ser devuelto a la casa de su padre; para su segundo deseo pidió ser instruido en ciertos ritos ceremoniales. Pero el tercer deseo no fue una petición sino una pregunta: “Dime, Muerte”, preguntó, “la verdad acerca de la aniquilación. Según algunos de los maestros a quienes he escuchado en mi camino hacia aquí, hay aniquilación; otros dicen que hay continuidad. Dime, oh Muerte, ¿qué es lo verdadero?” “No me formules esa pregunta”, replicó la Muerte. Pero el niño insistió. De modo que, en respuesta a la pregunta, la Muerte enseñó al niño el significado de la inmortalidad. La Muerte no le dijo si hay continuidad, si hay vida después de la muerte, o si lo que hay es aniquilación. La Muerte le enseñó más bien el significado de la inmortalidad. Usted quiere saber si hay continuidad. Actualmente algunos científicos están probando que existe. Las religiones la afirman, mucha gente cree en ella, y usted puede creer si lo prefiere. Para mí eso tiene poca importancia. Siempre habrá conflicto entre la vida y la muerte. Sólo cuando uno conoce la inmortalidad, no hay comienzo ni final, sólo entonces la acción implica realmente realización plena y sólo entonces es infinita. Digo, pues, de igual modo, que la idea de la reencarnación tiene poca importancia. En el “yo” no hay nada perdurable; el “yo” está compuesto por una serie de recuerdos que implican conflicto. Usted no puede hacer que ese “yo” sea inmortal. Toda la base de su pensamiento es una serie de logros y, por lo tanto, es un esfuerzo continuo, una continua limitación de la conciencia. Sin embargo, usted espera realizar de ese modo la inmortalidad, sentir el éxtasis de lo infinito.

Yo digo que la inmortalidad es algo real. Usted no puede discutirla; puede conocerla en su propia acción, acción nacida de la plenitud, de la riqueza, de la sabiduría; pero esa plenitud, esa riqueza, no puede obtenerlas escuchando a un guía espiritual o leyendo un libro de enseñanzas. La sabiduría adviene sólo cuando hay plenitud de acción, cuando hay completa percepción sensible de todo su ser en la acción; entonces verá que todos los libros y maestros que pretenden guiarlo hacia la sabiduría, nada pueden enseñarle. Usted puede conocer aquello que es inmortal, eterno, sólo cuando su mente está libre de todo sentido de individualidad que es creado por la conciencia limitada es decir, por el “yo”.

 Pregunta: ¿Cuáles son las causas del malentendido que nos hace formularle preguntas en vez de actuar y vivir? 

KRISHNAMURTI: Es bueno preguntar, pero ¿cómo reciben ustedes las respuestas? Formulan una pregunta y reciben una contestación, pero ¿qué hacen con ella? Usted me ha preguntado qué hay después de la muerte y yo le he dado mi respuesta. ¿Qué hará, entonces, con esa respuesta? ¿La almacenará en algún rincón de su cerebro y dejará que permanezca allí? Tenemos graneros intelectuales en los que acopiamos las ideas que no comprendemos, pero que esperamos podrán servirnos en la pena y el dolor. Pero si usted comprende, si se entrega con mente y corazón a lo que digo, entonces actuará; su acción habrá nacido de su propia plenitud.

Ahora bien, hay dos maneras de formular una pregunta: uno puede formularla mientras se encuentra en medio de la intensidad del sufrimiento o puede formularla intelectualmente, cuando se siente aburrido y cómodo. Un día quiere saber intelectualmente, otro día pregunta porque sufre y quiere conocer la causa del sufrimiento. Usted puede conocerla sólo cuando pregunta en plena intensidad del sufrimiento, cuando se enfrenta cara a cara con él; sólo entonces conocerá el valor humano de mi respuesta, el valor que tiene para el hombre. 

Pregunta: ¿Qué entiende usted exactamente por acción sin un propósito? Si es la respuesta inmediata de todo nuestro ser en la cual la acción y el propósito son una sola cosa, ¿cómo puede toda la acción en la vida cotidiana carecer de propósito?

KRISHNAMURTI: Usted mismo ha respondido a la pregunta, pero ha dado la respuesta sin comprenderla. ¿Qué hará usted en su vida cotidiana sin un propósito? En su vida cotidiana puede tener un plan. Pero cuando experimenta un sufrimiento intenso, cuando está atrapado en una crisis que requiere decisión inmediata, usted actúa sin un propósito; entonces no hay un motivo para su acción, porque está tratando con todo su ser de descubrir la causa del sufrimiento. Pero la mayoría de ustedes no está dispuesta a actuar plenamente. Siempre tratan de escapar del sufrimiento, tratan de evadirlo; no quieren enfrentarse a él. Explicaré de otro modo lo que quiero decir. Si usted es un cristiano, mira la vida desde un punto de vista particular; si es un hindú, la mira desde un ángulo diferente. En otras palabras, el trasfondo de su mente colorea su visión de la vida, y todo lo que percibe es captado a través de una pantalla de prejuicios y, por lo tanto, su acción debe ser siempre incompleta, siempre debe tener un motivo. Pero si su mente está libre de todo prejuicio, entonces se enfrenta a la vida tal como la vida es, se enfrenta a ella plenamente, sin buscar recompensa ni intentar escapar del castigo. 

Pregunta: ¿Cuál es la relación entre la técnica y la vida, y por qué la mayoría de nosotros confunde la una con la otra? 

KRISHNAMURTI: La vida, la verdad, es para ser vivida; pero la expresión requiere una técnica. Para pintar, usted necesita aprender una técnica; pero un gran artista, si siente la llama del impulso creativo, no será un esclavo de la técnica. Si uno es rico internamente, su vida es sencilla. Pero ustedes quieren llegar a esa riqueza completa mediante recursos externos tales como la sencillez en el vestir, la sencillez en la vivienda, el ascetismo y la autodisciplina. En otras palabras, la sencillez que resulta de la riqueza interna, ustedes quieren obtenerla por medio de la técnica. No hay técnica que pueda guiarlos hacia la sencillez; no hay sendero que los conduzca a la tierra de la verdad. Cuando usted comprenda eso con todo su ser, entonces la técnica tomará el lugar apropiado en su vida. 

8 de julio de 1933