OBRAS COMPLETAS - TOMO 1 - SIGUIENTE -

 CUARTA PLÁTICA EN ALPINO 

Amigos: Antes de contestar algunas de las preguntas que me han sido formuladas, les hablaré brevemente acerca de la memoria y del tiempo. Cuando encaramos una experiencia de manera total, completa, sin predisposición ni prejuicio alguno, esa experiencia no deja huellas en la memoria. Cada uno de nosotros pasa por experiencias; si las encara completamente, con todo su ser, entonces la mente no queda atrapada en la ola de la memoria. Cuando nuestra acción es incompleta, cuando no encaramos una experiencia plenamente, sino a través de las barreras de la tradición del prejuicio o el temor, entonces esa acción es seguida por el roer de la memoria. En tanto exista esta cicatriz de la memoria, tiene que haber división del tiempo como pasado, presente y futuro. En tanto la mente esté atada a la idea de que la acción tiene que dividirse en pasado, presente y futuro, hay identificación respecto del tiempo; por lo tanto, hay una continuidad en la cual se origina el miedo a la muerte, el miedo a la pérdida del amor. Para comprender la realidad intemporal, la vida intemporal, la acción debe ser completa. Pero no podemos darnos cuenta de esta realidad intemporal, buscándola; no podemos adquirirla preguntando: “¿Cómo puedo obtener esta conciencia?” Ahora bien, ¿cuál es la causa de la memoria? ¿Qué es lo que nos impide actuar de manera completa, armoniosa y rica en cada experiencia de la vida? La acción incompleta surge cuando la mente y el corazón se hallan limitados por obstáculos, por barreras. Si la mente y el corazón están libres, encararemos cada experiencia plenamente. Pero casi todos estamos rodeados de barreras: las barreras de la seguridad, de la autoridad, del miedo, de la postergación. Y puesto que tenemos estas barreras, es natural que actuemos dentro de ellas; por lo tanto, somos incapaces de una acción total. Pero cuando nos tornamos conscientes de estas barreras, cuando las percibimos con la mente y el corazón en medio de una crisis, esa percepción alerta libera a nuestra mente, sin esfuerzo alguno, de todas las barreras que han estado impidiendo una acción completa. Por eso, en tanto haya conflicto, habrá memoria. O sea, que cuando nuestra acción nace de la insuficiencia, de lo incompleto, el recuerdo de esa acción condiciona el presente. Tal recuerdo produce conflicto en el presente y crea la idea de consecuencia en la acción. Ustedes admiran al hombre que es consecuente, al hombre que ha establecido un principio y actúa de acuerdo con ese principio. Vinculan la idea de nobleza y virtud, con una persona que es consecuente. Ahora bien, la consecuencia con un principio es el resultado de la memoria. O sea que, por no haber actuado de manera completa, por no haber comprendido todo el significado de la experiencia en el presente, establecemos de modo artificial un principio conforme al cual resolvemos vivir mañana. Por lo tanto, nuestra mente es guiada, adiestrada, controlada por la falta de comprensión, a la cual ustedes llaman consecuencia. Ahora, por favor, no se vayan al otro extremo, al opuesto, y piensen que deben ser por completo inconsecuentes. No los estoy instando a que sean inconsecuentes; les digo que se liberen del fetiche de la consecuencia que ustedes mismos han establecido, que abandonen la idea de que tienen que encajar en un molde. Ustedes han establecido el principio de la consecuencia porque no han comprendido; de su falta de comprensión desarrollan la idea de que deben ser consecuentes y, cualquier experiencia que deben afrontar, la miden según la idea que han establecido, según la idea o el principio originado solamente en la falta de comprensión. Por lo tanto, la consecuencia basada en el vivir conforme a un patrón de conducta existe en tanto nuestra vida carece de riqueza interna, en tanto nuestra acción es incompleta. Si observan su propia mente en acción, verán que todo el tiempo están tratando de ser consecuentes. Dicen “debo” o “no debo”. Espero que hayan comprendido lo que he dicho en mis pláticas anteriores; de lo contrario, lo que digo hoy tendrá muy poco sentido para ustedes.

Repito que esta idea de la consecuencia nace cuando no encaramos la vida de manera total y completa, cuando la encaramos por medio de un recuerdo; y cuando seguimos constantemente un patrón, una norma, no hacemos otra cosa que incrementar la consecuencia respecto de ese recuerdo. Hemos creado la idea de la consecuencia, al negarnos a encarar libremente, abiertamente, sin prejuicio alguno, cada experiencia de vida. Es decir, siempre estamos encarando las experiencias parcialmente, y de eso surge el conflicto. Para superar ese conflicto, ustedes dicen que deben tener un principio; establecen un principio, un ideal, y se esfuerzan por condicionar su acción a ese ideal. O sea, que están tratando constantemente de imitar; tratan de controlar su experiencia cotidiana, las acciones del vivir de cada día, mediante la idea de la consecuencia a un principio establecido. Pero cuando realmente comprendan esto, cuando lo comprendan con el corazón y la mente, con la totalidad del ser, entonces verán la falsedad de la imitación, del ser consecuentes. Cuando se dan cuenta de esto, comienzan a liberar a la mente, sin esfuerzo alguno, del largamente arraigado hábito de la consecuencia, aunque esto no quiere decir que deban volverse inconsecuentes. De modo que, para mí, la consecuencia con un principio es el indicio de la memoria, memoria que resulta de la falta de una verdadera comprensión de la experiencia. Y esa memoria crea la idea del tiempo, la idea del pasado, presente y futuro, sobre la cual se basan nuestras acciones. Consideramos lo que fuimos ayer, lo que seremos mañana. Una idea así del tiempo existirá mientras la mente y el corazón estén divididos. En tanto la acción no nazca de la plenitud, tiene que haber división del tiempo. EL tiempo no es sino una ilusión, no es más que la insuficiencia de la acción incompleta. Una mente que trata de moldearse según un ideal, de ser consecuente con un principio, es natural que genere conflicto, porque se limita constantemente en la acción. En esa acción no hay libertad, no hay comprensión de la experiencia. Cuando encaran la vida de ese modo, la encaran sólo parcialmente; están optando y en esa opción pierden el significado pleno de la experiencia. Viven de manera incompleta y, por esto, buscan consuelo en la idea de la reencarnación; en consecuencia, preguntan: “¿Qué sucede conmigo cuando muero?” Debido a que no viven plenamente en su vida cotidiana, dicen: “Debo tener un futuro, más tiempo en el cual poder vivir de manera completa”

No traten de encontrar un remedio para esa insuficiencia; dense cuenta, más bien, de la causa que les impide vivir completamente. Descubrirán que esa causa es la imitación, la conformidad, la consecuencia con un patrón preestablecido, la búsqueda de seguridad que da nacimiento a la autoridad. Todo esto los mantiene alejados de la integridad en la acción porque, bajo su limitación, la acción no llega a ser sino una serie de logros conducentes a un objetivo; de aquí el conflicto continuado y el sufrimiento. Sólo cuando se enfrenten sin barreras a sus experiencias, encontrarán ustedes una constante felicidad; entonces ya no estarán agobiados por el peso de los recuerdos que impiden la acción. Vivirán en la integridad del tiempo. Eso, para mí, es la inmortalidad. 

Pregunta: La meditación y la disciplina mental me han ayudado grandemente en la vida. Ahora, al escuchar su enseñanza, estoy sumamente confundido, porque ella descarta toda autodisciplina. La meditación, ¿carece igualmente de significación para usted? ¿O tiene un nuevo método de meditación para ofrecernos?

 KRISHNAMURTI: Como ya he explicado, donde hay opción tiene que haber conflicto, porque la opción se basa en el deseo. Donde hay deseo no hay discernimiento; por lo tanto, su opción crea meramente un obstáculo ulterior. Cuando usted sufre, desea la felicidad, desea consuelo, quiere escapar del sufrimiento; pero, puesto que el deseo impide el discernimiento, acepta usted ciegamente cualquier idea, cualquier creencia que, a su entender, lo aliviará del conflicto. Quizá piense que razona al hacer su opción, pero no es así. De este modo, ha establecido ideas a las que llama nobles, valiosas, admirables, y fuerza a su mente para que se ajuste a estas ideas; o se concentra en una representación o imagen en particular y, de tal modo, crea una división en sus actos. Trata de controlarlos por medio de la meditación, de la opción. Si no comprende lo que estoy diciendo, tenga la bondad de interrumpirme, así podemos discutirlo. Como he dicho, cuando uno experimenta dolor, comienza inmediatamente a buscar el opuesto. Desea ser consolado y en su búsqueda acepta cualquier consuelo, cualquier paliativo que pueda brindarle una satisfacción momentánea. Tal vez uno piense que razona antes de aceptar un consuelo, un alivio semejante, pero en realidad lo acepta ciegamente, sin razonar, porque donde hay deseo no puede haber verdadero discernimiento. Ahora bien, para la mayoría de la gente, la meditación está basada en la idea de elegir, de optar. En la India, esta idea se ha llevado hasta su extremo. Allá, el hombre que puede sentarse inmóvil por un largo período de tiempo, insistiendo continuamente en una sola idea, es considerado espiritual. Pero, en realidad, ¿qué es lo que ha hecho? Ha descartado todas las ideas, excepto la única que ha elegido deliberadamente, y el haberla elegido le brinda satisfacción. Ha adiestrado a su mente para que se concentre en esta única idea, en esta única imagen; controla y, de tal modo, limita su mente y espera superar el conflicto. Y bien, para mí esta idea de la meditación -desde luego, no la he descrito en detalle- es totalmente absurda. Eso no es verdadera meditación; es una ingeniosa manera de escapar del conflicto, una proeza intelectual que no tiene nada que ver con el verdadero vivir. Uno ha adiestrado a su mente para que se amolde a cierta pauta según la cual espera afrontar la vida. Pero jamás podrá afrontar la vida mientras esté retenido en un molde. La vida pasará de largo porque uno ya ha limitado su mente por la propia elección que ha hecho.

Por qué siente usted que debe meditar? ¿Por meditación entiende usted la concentración? Si está realmente interesado, no lucha, no se fuerza a concentrarse. Sólo cuando no está interesado tiene que forzarse con brutalidad y violencia. Pero al forzarse a sí mismo destruye su mente, y entonces su mente ya no es más libre ni lo es su emoción. Ambas están mutiladas. Yo sostengo que hay júbilo y paz en la meditación sin esfuerzo, y esa meditación puede existir sólo cuando nuestra mente se halla libre de toda opción, cuando ya no está creando una división en nuestro actuar. Hemos tratado de adiestrar el corazón y la mente para seguir una tradición, un estado de vida, pero mediante semejante adiestramiento no hemos comprendido, sólo hemos creado opuestos. No estoy diciendo que la acción debe ser impetuosa, caótica. Lo que digo es que cuando la mente se halla presa en la división, esa división continuará existiendo aun cuando uno se esfuerce por suprimirla mediante la consecuencia con un principio, aun cuando uno trate de dominarla y superarla estableciendo un ideal. Lo que ustedes llaman vida espiritual es un esfuerzo continuo, una lucha interminable mediante la cual la mente trata de aferrarse a una idea, a una imagen. Por lo tanto, ésa no es una vida plena, completa. Después de escuchar esta plática, puede que usted afirme: “Me han dicho que debo vivir plenamente, completamente, que no debo atarme a un ideal, a un principio, que no debo ser consecuente; por lo tanto, haré lo que me plazca”. No es ésa la idea con la que deseo que se queden en esta última plática. No me estoy refiriendo a una acción meramente impetuosa, impulsivo, irreflexivo; hablo de la acción que es completa, que es un éxtasis. Y digo que no pueden actuar con plenitud forzando a la mente, moldeándola con dificultad, viviendo ajustados a una idea, a un principio o a una meta.

¿Alguna vez ha considerado a la persona que medita? Es una persona que elige. Elige aquello que le agrada, aquello que le dará lo que llama ayuda. Por lo tanto, lo que en realidad busca, es algo que le brinde consuelo, satisfacción -una especie de paz muerta, de estancamiento-. Sin embargo, al hombre que es capaz de meditar lo llamamos un gran hombre, un hombre espiritual. Todo nuestro esfuerzo se interesa en este superponer las que llamamos ideas acertadas a las que consideramos ideas erróneas, en este intento creamos continuamente una división en nuestro actuar. No liberamos a la mente de la división; no comprendemos que esa continua opción nacida del deseo, de la vacuidad, del anhelo, es la causa de esta división. Cuando experimentamos un sentimiento de vacuidad, queremos escapar de esa insuficiencia que causa sufrimiento. Para este propósito, inventamos una satisfacción intelectual a la que llamamos meditación. Ahora usted dirá que no le he dado una enseñanza constructiva o positiva. Cuídese del hombre que le ofrece métodos positivos, porque le está dando meramente su propio patrón, su molde. Si usted realmente vive, si trata de liberar al corazón y a la mente de toda limitación -no mediante la introspección y el autoanálisis, sino mediante la percepción alerta en la acción-, entonces los obstáculos que ahora le impiden vivir la plenitud de la vida, quedarán eliminados. Esta percepción alerta y sensible, es el júbilo de la meditación, meditación que no es el esfuerzo de una hora, sino que es acción, que es la vida misma. Usted me pregunta: “¿Tiene un nuevo método de meditación para ofrecernos?” Entonces usted medita a fin de obtener un resultado. Medita con la idea de ganancia, tal como vive con la idea de alcanzar una altura, una cumbre espiritual. Puede esforzarse por esa cumbre espiritual, pero le aseguro que, aunque pueda parecer que la alcanza, seguirá experimentando el sentimiento de vacuidad. Su meditación carece de valor en sí misma, tal como su acción carece de valor en sí misma, porque usted está buscando constantemente una culminación, una recompensa. Sólo cuando la mente y el corazón están libres de esta idea del logro, idea nacida del esfuerzo, la opción y la ganancia, sólo cuando uno está libre de esa idea, digo, existe una vida eterna, la cual no es una finalidad, sino un devenir perpetuo, una perpetua renovación.

Pregunta: Reconozco un conflicto dentro de mí, sin embargo, ese conflicto no crea una crisis, una llama devoradora en mi interior, impulsándome a resolver ese conflicto y a realizar la verdad. ¿Cómo actuaría usted en mi lugar? 

KRISHNAMURTI: El interlocutor dice que reconoce dentro de él un conflicto, pero que ese conflicto no causa una crisis y que, por lo tanto, no hay acción. Yo siento que ése es el caso con la mayoría de la gente. Usted pregunta qué debe hacer. Cualquier cosa que trata de hacer, la hace intelectualmente y, por ende, falsamente. Sólo cuando esté dispuesto a afrontar su conflicto y a comprenderlo plenamente, experimentará una crisis. Pero, como una crisis semejante exige acción, la mayoría de ustedes no está dispuesta a afrontarla. Yo no puedo empujarlo a la crisis. El conflicto existe en usted, pero usted quiere escapar de ese conflicto, quiere encontrar un medio por el cual eludirlo, posponerlo. De modo que cuando dice: “No puedo resolver mi conflicto en medio de una crisis”, sus palabras muestran tan sólo que su mente trata de eludir el conflicto -y de eludir la libertad que resulta de afrontarlo completamente-. En tanto su mente esté eludiendo, cuidadosa y subrepticiamente, el conflicto, en tanto busque consuelo por medio del escape, nadie puede ayudarlo a que su acción sea completa, nadie puede empujarlo a una crisis que resuelva su conflicto. Una vez que usted se dé cuenta de esto -no sólo viéndolo intelectualmente, sino percibiendo también la verdad de ello-, entonces su conflicto creará la llama que terminará con él consumiéndolo. 

Pregunta: Esto es lo que he recogido escuchándolo: uno está alerta solamente en una crisis; una crisis implica sufrimiento. Por lo tanto, si uno está alerta todo el tiempo, debe vivir continuamente en un estado de crisis, o sea, en un estado mental de sufrimiento y angustia. Ésta es una doctrina del pesimismo, no de la felicidad y el éxtasis de los que usted habla.

KRISHNAMURTI: Me temo que no ha escuchado lo que he estado diciendo. Usted sabe, hay dos formas de escuchar: está el mero escuchar las palabras, como escucha cuando no está realmente interesado, cuando no trata de penetrar en las profundidades de un problema; y está el escuchar que capta el verdadero significado de lo que se dice, el escuchar que requiere una mente aguda, alerta. Creo que usted no ha escuchado realmente lo que he estado diciendo. En primer lugar, si no hay conflicto, si su vida no contiene en sí numerosas crisis y es usted perfectamente feliz, ¿por qué se preocupa, entonces, de los conflictos y las crisis? Si usted no sufre, ¡entonces me alegro muchísimo! Todo nuestro sistema de vida está arreglado de modo que uno pueda escapar del sufrimiento. Pero al hombre que se enfrenta a la causa del sufrimiento y, de tal modo, se libera del sufrimiento, usted lo llama un pesimista. Explicaré otra vez brevemente lo que he estado diciendo, a fin de que lo comprenda. Cada uno de ustedes está consciente de un gran vacío, una vacuidad interna; estando conscientes de esa vacuidad, o bien tratan de llenarla, o intentan escapar de ella; ambos actos vienen a ser la misma cosa. Eligen lo que llenará esa vacuidad y a esta elección la llaman progreso o experiencia. Pero la elección de ustedes se basa en la sensación, en el anhelo; en consecuencia, no contiene en sí ni discernimiento ni inteligencia ni sabiduría. Eligen hoy aquello que les proporciona una satisfacción mayor, una sensación mayor que la que reciben de su elección de ayer. Así, lo que llaman opción es meramente la manera que tienen de escapar de su vacuidad interna; por consiguiente, sólo están posponiendo la comprensión de la causa del sufrimiento.

Así, al movimiento de dolor en dolor, de sensación en sensación, lo llaman evolución, crecimiento. Un día eligen un sombrero que los satisface; al día siguiente se cansan de esa satisfacción y desean otro -o desean un automóvil, una casa o lo que llaman amor-. Más tarde, cuando se cansan de estas cosas, anhelan la idea o la imagen de un dios. De este modo, progresan desde el deseo de un sombrero al deseo de un dios, y en esto piensan que han hecho un admirable avance espiritual. Sin embargo, estas opciones se basan meramente en la sensación, y todo lo que ustedes han hecho es cambiar sus objetos de preferencia. Donde hay opción tiene que haber conflicto, porque la opción se basa en el anhelo, en el deseo de llenar la vacuidad interna o de escapar de ella. En lugar de intentar comprender la causa del sufrimiento, están tratando constantemente de superar ese sufrimiento o de evadirlo, lo cual es la misma cosa. Pero yo digo que se enfrenten a la causa de su sufrimiento. Esa causa, como lo descubrirán, es el continuo deseo, el anhelo continuo que ciega al discernimiento. Si comprenden eso, si lo comprenden no sólo intelectualmente sino con todo el ser, entonces su acción estará libre de la limitación de las opciones; entonces están viviendo de verdad, viven naturalmente, armoniosamente, no de manera individualista y en un caos total como ahora. Si uno vive plenamente, su vida no da por resultado la discordia, porque su acción nace de la riqueza y no de la pobreza interna. 

Pregunta: ¿Cómo puedo conocer la acción y la ilusión de la cual ésta emana, si no pruebo la acción y la examino? ¿Cómo podemos esperar conocer y reconocer nuestras barreras, si no las examinamos? ¿Por qué, entonces, no analizar la acción?

KRISHNAMURTI: Por favor, como mi tiempo es limitado, ésta es la última pregunta que podré contestar. ¿Ha tratado usted de analizar su acción? Entonces, cuando la analizaba, esa acción ya estaba muerta. Si usted trata de analizar su movimiento cuando está bailando, pone fin a ese movimiento; pero si su movimiento nace de la plena percepción alerta, de la conciencia plena, entonces usted sabe, en la acción misma de ese movimiento, lo que su movimiento es; lo sabe sin intentar analizarlo. ¿Lo he aclarado? Digo que si analiza la acción, nunca actuará; su acción se restringirá lentamente y ello dará como resultado final la muerte de la acción. Lo mismo puede aplicarse a su mente, a su pensamiento, a su emoción. Cuando usted empieza a analizar, pone fin al movimiento; cuando trata de disecar un sentimiento intenso, ese sentimiento muere. Pero si está atento con el corazón y la mente, si de verdad tiene plena conciencia de su acción, conocerá entonces la fuente de la cual su acción emana. Cuando nosotros actuamos, actuamos sólo de manera parcial, no actuamos con la totalidad de nuestro ser. Por esto, en nuestro intento de hacer pesar la mente contra el corazón, en nuestro intento de que lo uno domine a lo otro, pensamos que debemos analizar nuestra acción. Ahora bien, lo que yo trato de explicar requiere una comprensión que no puede comunicarse mediante palabras. Sólo en el instante de la verdadera percepción alerta puede usted tener conciencia de esta lucha por la dominación; entonces, si le interesa actuar de manera armoniosa y completa, se da cuenta de que su acción ha estado influida por su temor a la opinión pública, por las normas de un sistema social, por los conceptos de la civilización. Entonces se torna consciente de sus temores y prejuicios, sin analizarlos; y en el instante en que se da cuenta de ellos en medio de la acción, estos temores y prejuicios desaparecen. Cuando uno percibe con la mente y el corazón la necesidad de la acción completa, actúa armoniosamente. Entonces todos sus temores, sus barreras, su deseo de poder, de realización personal, todas estas cosas se revelan a si mismas, y las sombras de la falta de armonía se desvanecen. 

9 de julio de 1933