OBRAS COMPLETAS - TOMO 1- J.K. -

 TERCERA PLÁTICA EN ALPINO

 Amigos: En estas pláticas he estado tratando de mostrar que donde la acción contiene esfuerzo, autocontrol -y he explicado qué entiendo por estos términos-, tiene que haber una disminución y limitación de la vida, pero donde la acción es sin esfuerzo, espontánea, hay integridad de vida. Sin embargo, lo que digo concierne a la plenitud de la vida misma, no al caos de la mal comprendida liberación. Explicaré nuevamente lo que entiendo por acción sin esfuerzo. Cuando somos conscientes de la insuficiencia, sentimos el deseo de encontrar una meta o un propósito, el cual será nuestra autoridad y, de tal modo, esperamos llenar esa vacuidad, esa insuficiencia. Casi todos estamos buscando continuamente una meta, un propósito, una imagen, un ideal para nuestro bienestar. Trabajamos incesantemente en pos de esa meta, porque somos conscientes de la lucha que surge de la insuficiencia. Pero si comprendiéramos la insuficiencia misma, entonces ya no buscaríamos una meta, la cual no es más que una sustitución. Para comprender la insuficiencia y su causa, uno debe averiguar por qué busca una meta. ¿Por qué trabajan ustedes por una meta? ¿Por qué quieren disciplinarse conforme a un patrón? Es a causa de que la insuficiencia, de la cual son más o menos conscientes, da origen a un esfuerzo continuado, a una lucha constante, de la cual la mente trata de escapar estableciendo la autoridad de un ideal confortador que ella espera le sirva como guía. Debido a eso, la acción en sí misma carece de significación, se vuelve meramente un escalón hacia un objetivo, una meta. En su búsqueda de la verdad, ustedes utilizan la acción sólo como un medio hacia un fin, y así se pierde el significado de la acción. Hacen un gran esfuerzo para alcanzar una meta, y la importancia de esa acción que desarrollan radica en el fin que ella alcanza, no en la acción misma. La mayoría de las personas está atrapada en la búsqueda de recompensa, en el intento de escapar del castigo. Trabajan por los resultados, se hallan impulsadas por un motivo y, en consecuencia, su acción no puede ser completa. Casi todos ustedes están cautivos en esta prisión de la insuficiencia; por lo tanto, deben tornarse conscientes de esa prisión.

Si no comprenden lo que quiero decir, por favor, interrúmpanme y lo explicaré nuevamente. Digo que deben tener conciencia de que son prisioneros; deben darse cuenta de que continuamente están tratando de escapar de la insuficiencia y de que su búsqueda de la verdad no es sino un escape. Lo que ustedes llaman la búsqueda de la verdad, de Dios, por medio de la disciplina y la realización personal, es nada más que un modo de escapar de la insuficiencia. La causa de la insuficiencia se encuentra en la búsqueda misma del logro, pero ustedes están escapando continuamente de esta causa. La acción que nace de la autodisciplina, la acción que nace del temor o del deseo de lograr, es la causa de la insuficiencia. Entonces, cuando ustedes se dan cuenta de que una acción semejante es, en sí misma, el origen de la insuficiencia, están libres de esa insuficiencia. En el instante en que se dan cuenta del veneno, el veneno deja de ser un problema para ustedes. Es un problema únicamente mientras ignoran la acción de ese veneno en sus vidas. Pero son muy pocos los que conocen la causa de su insuficiencia, y de esta ignorancia surge el esfuerzo incesante. Cuando nos damos cuenta de la causa -que es la búsqueda del logro-, entonces, en esa percepción está la integridad, integridad que no requiere esfuerzo alguno. En nuestra acción no hay, entonces, esfuerzo ni autoanálisis ni disciplina. De la insuficiencia surge la búsqueda de confortación, la búsqueda de autoridad, y el intento de alcanzar esta meta despoja a la acción de su significado intrínseco. Pero cuando ustedes llegan a percibir plenamente, con la mente y el corazón, la causa de la insuficiencia, entonces la insuficiencia se termina. De esa percepción plena, alerta, surge una acción que es infinita porque tiene significación en sí misma. Para expresarlo de una manera diferente: en tanto la mente y el corazón estén presos en el anhelo, en el deseo, tiene que haber vacuidad. Uno anhela cosas, ideas, personas, sólo cuando es consciente de su propia vacuidad, y ese anhelo crea una opción. Cuando existe el anhelo, tiene que haber opción, y la opción lo precipita a uno en el conflicto de las experiencias. Uno tiene la capacidad de optar, con lo cual se limita a sí mismo mediante su opción. La liberación existe sólo cuando la mente se ha desembarazado de todas las opciones. Todo deseo, todo anhelo nos enceguece, y nuestra opción nace del temor, del deseo de consuelo, de bienestar, de recompensa, o como resultado de un cálculo astuto. Nuestra vacuidad interna es la causa de que haya deseo. Puesto que la opción se basa siempre en la idea de ganancia, no puede haber verdadero discernimiento ni verdadera percepción; sólo hay deseo. Cuando ustedes optan, como de hecho optan, esa opción crea meramente otro conjunto de circunstancias que se derivan en más conflicto y opción. Esta opción, nacida de la limitación, pone en marcha una nueva serie de limitaciones, y estas limitaciones crean la conciencia que es el “yo”, el ego. A la multiplicación de las opciones la llamamos experiencia. Acudimos a estas experiencias para librarnos de nuestro cautiverio, pero nunca pueden librarnos del cautiverio, porque pensamos en ellas como en un movimiento continuo de adquisición. Permítanme ilustrar esto con un ejemplo, el cual quizá logre comunicar lo que pienso. Supongamos que, a causa de la muerte, uno pierde a alguien a quien amaba mucho. Esa muerte es un hecho. Ahora bien, uno experimenta al mismo tiempo una sensación de pérdida y el anhelo de estar nuevamente cerca de esa persona. Desea que su amigo regrese, y dado que no puede volver a tenerlo, la mente crea o acepta una idea para satisfacer ese anhelo emocional. La persona a quien amábamos ha sido apartada de nosotros. Entonces, a causa de que sufrimos, de que somos conscientes de una intensa vacuidad y soledad interna, anhelamos tener nuevamente al amigo perdido. O sea, que anhelamos terminar con nuestro sufrimiento, desecharlo, olvidarlo; anhelamos amortiguar la conciencia de esa vacuidad, la cual se halla oculta cuando estamos con el amigo amado. Nuestro anhelo surge del deseo de consuelo; pero, dado que no podemos tener el consuelo de su presencia, pensamos en alguna idea que pueda satisfacernos: la reencarnación, la vida después de la muerte, la unidad de toda la vida. En tales ideas -no digo que sean correctas o erróneas, las discutiremos en otra oportunidad-, en tales ideas, digo, encontramos consuelo. A causa de que no podemos tener a la persona que amamos, esas ideas nos proporcionan un consuelo mental. O sea, que sin verdadero discernimiento, aceptamos cualquier idea, cualquier principio que momentáneamente parezca satisfacernos, echar a un lado esa conciencia de vacuidad que ocasiona sufrimiento.

Así, nuestra acción se basa en la idea del consuelo, en la idea de la multiplicación de experiencias; nuestra acción está determinada por la opción, la cual tiene sus raíces en el anhelo. Pero tan pronto percibimos con la mente y el corazón, con la totalidad del ser, la futilidad del anhelo, cesa la vacuidad. Ahora ustedes tienen sólo una conciencia parcial de esta vacuidad, por lo que tratan de obtener satisfacción leyendo novelas, perdiéndose en las diversiones que el ser humano ha creado en nombre de la civilización; y a esta búsqueda de sensaciones la llaman experiencia. Tienen que darse cuenta, tanto con el corazón como con la mente, de que la causa de la vacuidad es el anhelo, el cual da por resultado la opción e impide el verdadero discernimiento. Cuando se dan cuenta de esto, el anhelo se termina. Como he dicho, cuando sentimos una vacuidad, un anhelo, aceptamos las cosas sin un verdadero discernimiento. Y la mayoría de las acciones que componen nuestra vida se basa en este sentimiento de anhelo. Podemos pensar que nuestras opciones se basan en la razón, en el discernimiento; podemos pensar que consideramos posibilidades y calculamos riesgos antes de hacer una opción. Sin embargo, debido a que hay en nosotros un anhelo, un deseo, un ansia de algo, no podemos conocer la verdadera percepción, el auténtico discernimiento. Cuando nos damos cuenta de esto, cuando lo percibimos con todo el ser -con la emoción y la mente-, cuando nos percatamos de la futilidad del anhelo, el anhelo llega a su fin; entonces estamos libres de ese sentimiento de vacuidad. En esa llama de la percepción total, no hay disciplina ni esfuerzo. Pero nosotros no percibimos plenamente esto; no nos damos cuenta, porque en el anhelo experimentamos placer, porque esperamos continuamente que el placer contenido en el anhelo domine nuestro pesar. Nos esforzamos por alcanzar el placer, aun cuando sabemos que éste no se halla libre de dolor. Si tomamos plena conciencia del significado total de esto, nos habremos forjado un milagro para nosotros mismos; entonces experimentaremos la libertad respecto del anhelo y, por lo tanto, nos habremos librado de la opción. Ya no seremos más esa conciencia limitada, el “yo”. Donde existe la dependencia, donde recurrimos a otro para obtener apoyo, estímulo, donde depositamos nuestra seguridad en otro, hay soledad, aislamiento.

En ese recurrir a otro para nuestra realización, para nuestra felicidad o nuestro bienestar, para nuestro consuelo, en nuestra dependencia de cualquier persona o idea como una autoridad en cuestiones de religión, en todo esto hay total y absoluta soledad. A causa de que somos así de dependientes y, en consecuencia, solitarios, tratamos de obtener consuelo o un modo de escapar; buscamos la autoridad y el apoyo de otro que pueda brindarnos ese consuelo. Pero cuando nos damos cuenta de la falsedad de todo esto, cuando lo percibimos tanto con el corazón como con la mente, entonces llega a su fin el sentimiento de soledad, porque nuestra dicha ya no depende de otro. Donde hay opción, pues, no puede haber discernimiento, porque el discernimiento está libre de opciones. Donde hay opción y capacidad de elegir, sólo hay limitación. Únicamente cuando cesan las opciones hay liberación, plenitud, riqueza de acción, la cual es la vida misma. La creación se halla exenta de opciones, tal como está exenta de opciones la vida, tal como está exenta de opciones la comprensión. Del mismo modo lo está la verdad; la creación es una acción continua, un devenir eterno en el que no existe la opción. Es discernimiento puro.

 Pregunta: ¿Cómo podemos librarnos de la insuficiencia interna sin formar algún ideal de integridad? Después de la realización de la integridad puede no ser necesario un ideal, pero antes de tal realización algún ideal parece inevitable, aunque sea transitorio y cambie de acuerdo con el crecimiento de la comprensión. 

KRISHNAMURTI: Su afirmación misma de que necesita un ideal a fin de superar la insuficiencia, muestra que usted sólo está tratando de superponer ese ideal a la insuficiencia. Es lo que casi todos tratamos de hacer. Sólo cuando uno descubre la causa de la insuficiencia y está alerta a esa causa, llega a ser íntegro, completo. Pero ustedes no descubren la causa. No comprenden lo que estoy diciendo o, más bien, lo comprenden sólo con sus mentes, con el intelecto. Cualquiera puede hacer eso, pero el verdadero comprender exige acción. Ahora siente usted la insuficiencia y, por lo tanto, busca un ideal, el ideal de la integridad. O sea, que está buscando un opuesto de la insuficiencia interna y, al anhelar ese opuesto, crea meramente otro opuesto. Esto puede sonar abstruso, pero no lo es. Ustedes buscan continuamente lo que les parece que es esencial. Un día piensan que esto es lo esencial; optan por ello, se esfuerzan por ello y lo poseen, pero mientras tanto, eso ya se ha vuelto lo no esencial. Ahora bien, si la mente está libre de todo sentido de dualidad, libre de la idea de lo esencial y lo no esencial, entonces usted no tiene que enfrentarse con el problema de la opción, entonces actúa desde la plenitud del discernimiento y ya no busca la imagen de la integridad. ¿Por qué se aferra al ideal de libertad cuando está en una prisión? Usted crea, inventa ese ideal de libertad porque no puede escapar de su prisión. Eso ocurre también con sus ideales, sus dioses, sus religiones: son la creación del deseo de escapar en busca de consuelo. Ustedes mismos han convertido al mundo en una prisión, una prisión de sufrimiento y conflicto; y, a causa de que el mundo es una prisión semejante, crean un Dios ideal, una libertad ideal, una verdad ideal. Y estos ideales, estos opuestos no son más que intentos de escape emocional y mental. Sus ideales son medios para escapar de la prisión en que están confinados. Pero si se vuelven conscientes de esa prisión, si perciben el hecho de que tratan de escapar, entonces esa percepción alerta destruye la prisión; entonces, en vez de perseguir la libertad, conocerán la libertad.

La libertad no llega a quien trata de obtenerla. La verdad no es encontrada por aquél que va en busca de la verdad. Sólo cuando uno comprende, con la totalidad de la mente y del corazón, la naturaleza de la prisión en que vive, cuando comprende el significado de esa prisión, sólo entonces es libre, naturalmente y sin esfuerzo alguno. Esta comprensión puede surgir sólo cuando nos hallamos en medio de una gran crisis, pero la mayoría de nosotros trata de eludir las crisis. O, cuando nos enfrentamos con una crisis, de inmediato buscamos consuelo en la idea de la religión, en la idea de Dios, en la idea de la evolución; nos volvemos hacia los sacerdotes, hacia los guías espirituales, en procura de consuelo, o buscamos diversión en los entretenimientos. Todas éstas son sólo formas de escapar del conflicto. Pero si afrontamos realmente la crisis que tenemos por delante, si nos damos cuenta de la futilidad, de la falsedad del escape como mero medio de posponer la acción, entonces, en ese darse cuenta, en esa percepción ha nacido la flor del discernimiento. Por lo tanto, usted debe darse cuenta en el momento de la acción, pues ésta revelará las ocultas actividades del anhelo. Pero esta percepción no resulta del análisis. El análisis sólo limita la acción. ¿He contestado esa pregunta? 

Pregunta: Usted ha enumerado los sucesivos pasos del proceso de crear autoridades. ¿Podría enumerar los pasos del proceso inverso, el proceso de librarse de toda autoridad?

KRISHNAMURTI: Me temo que la pregunta está erróneamente planteada. Usted no pregunta qué es lo que crea a la autoridad, sino cómo librarse de la autoridad. Por favor, permítame decir esto nuevamente: una vez que percibimos la causa de la autoridad, estamos libres de esa autoridad. Lo que importa es la causa de creación de la autoridad, no los pasos que llevan hacia la autoridad o los pasos que llevan a derribar a la autoridad. ¿Por qué crea usted a la autoridad? ¿Cuál es la causa de su creación de la autoridad? Es, como he dicho, la búsqueda de seguridad, y tendré que repetir esto tan a menudo que se convierta casi en una fórmula para ustedes. Ahora bien, usted busca una seguridad en la cual piensa que no necesitará hacer ningún esfuerzo, una seguridad donde no necesitará luchar con su prójimo. Pero ese estado de seguridad no lo alcanzará yendo en busca de él. Existe un estado que es de realización plena, que es la certidumbre de la bienaventuranza, un estado en el que uno actúa desde la vida misma; pero ese estado se alcanza sólo cuando ya no buscamos la seguridad. Sólo cuando uno comprende con todo su ser que en la vida no hay tal cosa como la seguridad, sólo cuando está libre de esta búsqueda constante, sólo entonces puede haber realización plena. Por lo tanto, ustedes crean la autoridad bajo la forma de ideales, de sistemas religiosos, sociales y económicos, basados todos en la búsqueda de la seguridad individual. En consecuencia, son ustedes mismos los responsables por la creación de la autoridad, de la cual se han convertido en esclavos. La autoridad no existe por sí misma. No tiene existencia aparte de aquél que la crea. Ustedes la han creado y hasta que no se percaten con todo el ser de la causa de su creación, serán sus esclavos. Y pueden percatarse de esa causa sólo cuando están actuando, no por medio del autoanálisis ni de la discusión intelectual.

Pregunta: Yo no deseo una serie de normas para estar “alerta”, pero me gustaría mucho comprender la percepción alerta. ¿No debe realizarse un gran esfuerzo para estar alerta a cada pensamiento en el instante en que surge, antes de que uno llegue al estado que se halla totalmente exento de esfuerzos?

KRISHNAMURTI: ¿Por qué desea usted estar alerta? ¿Qué necesidad hay de estar alerta? Si está perfectamente satisfecho con lo que es, continúe de ese modo. Cuando dice: “Tengo que estar alerta”, está haciendo de la percepción alerta meramente otro fin a ser alcanzado, y de ese modo jamás llegará a estar alerta. Ha desechado un grupo de normas, y ahora está creando otro grupo, en vez de tratar de estar alerta cuando se halla en medio de una gran crisis, cuando está sufriendo. Mientras está buscando consuelo y seguridad, mientras está cómodo y tranquilo, usted considera la cuestión de manera meramente intelectual y dice: “Tengo que estar alerta”. Pero cuando en medio del sufrimiento trata de descubrir el significado del sufrimiento, cuando no intenta escapar de él, cuando en una crisis arriba a una decisión -no nacida de opción alguna, sino de la acción misma-, entonces llega realmente a estar alerta. Pero cuando trata de escapar, su intento de estar alerta es inútil. En realidad, no quiere estar alerta, no desea descubrir la causa del sufrimiento; todo su interés está puesto en escapar. Ustedes vienen aquí y me escuchan decirles que es inútil escapar del conflicto. Sin embargo, desean escapar. Por lo tanto, lo que realmente quieren decir es: “¿Cómo podemos hacer ambas cosas?” Subrepticiamente, astutamente, en la trastienda de sus mentes, desean las religiones, los dioses, los medios de escapar que hábilmente han inventado y desarrollado en el curso de los siglos. No obstante, me escuchan cuando digo que jamás encontrarán la verdad mediante la guía de otro, mediante el escape, mediante la búsqueda de seguridad, la cual sólo da como resultado una soledad perpetua. Entonces preguntan: “¿Cómo podemos obtener ambas cosas? ¿Cómo podemos lograr un arreglo entre el escape y la percepción alerta?” Han confundido ambas cosas y buscan un arreglo; por lo tanto, preguntan: “¿Cómo puedo llegar al estado de alerta?” Pero si, en vez de esto, se dicen francamente: “Quiero escapar, deseo consuelo”, entonces encontrarán explotadores que les darán lo que ustedes desean. Ustedes mismos han creado a los explotadores, a causa de su deseo de escapar. Descubra lo que desea, dese cuenta de lo que anhela; entonces no surgirá la pregunta sobre la percepción alerta. A causa de que se siente solo, desea usted consuelo. Pero si busca consuelo, sea honesto, sea franco, dese cuenta de lo que desea y sea consciente de que eso es lo que está buscando. Entonces podemos comprender la cuestión. Puedo decirle que de la dependencia respecto de otro, de la búsqueda de consuelo, resulta una perpetua soledad. Puedo hacer esto sencillo para usted, y usted, a su vez, puede concordar o discrepar. Puedo mostrarle que en el anhelo hay perpetua vacuidad e insignificancia completa. 

 Pero usted deriva satisfacción de la sensación, del placer, de las fugaces alegrías que llenan sus anhelos, sus deseos. Entonces, cuando le muestro la falsedad del anhelo, usted no sabe cómo actuar. Por consiguiente, como una concesión, comienza a disciplinarse y este intento de disciplina destruye su vivir creativo. Cuando realmente percibe el absurdo, la vacuidad del anhelo, ese anhelo se desprende de usted sin que haga ningún esfuerzo. Pero en tanto esté esclavizado a la idea de la opción, tiene que hacer un esfuerzo, y de esto surge, como un opuesto, el deseo de percepción alerta, el problema de vivir sin esfuerzo.

 Pregunta: Usted habla al hombre, pero el hombre ha sido primero un niño. ¿Cómo podemos educar al niño sin que haya disciplina?

KRISHNAMURTI: ¿Está usted de acuerdo en que la disciplina es inútil? ¿Percibe la inutilidad de la disciplina?

 Comentario: Pero usted empieza desde el punto en que el hombre es ya un hombre. Yo quiero empezar con el niño como niño.

KRISHNAMURTI: Todos somos niños; todos nosotros tenemos que comenzar no con otros sino con nosotros mismos. Cuando hagamos esto, entonces descubriremos el modo correcto de actuar con los niños. Ustedes no pueden comenzar con los niños porque sean los padres de los niños, deben empezar consigo mismos. Digamos que usted tiene un hijo. Usted cree en la autoridad y lo educa conforme a esa creencia; pero si comprendiera lo inútil que es la autoridad, lo liberaría de ella. Por lo tanto, en primer lugar, son ustedes mismos los que tienen que descubrir el significado de la autoridad en sus vidas. Lo que yo digo es muy sencillo. Digo que la autoridad es creada cuando la mente busca consuelo en la seguridad. Así que empiecen consigo mismos. Empiecen con su propio jardín, no con el de algún otro. Usted quiere crear un nuevo sistema de pensamiento, un nuevo sistema de ideas, un nuevo sistema de conducta; pero no puede crear algo nuevo reformando algo viejo. Tiene que romper con lo viejo, a fin de comenzar lo nuevo; pero puede romper con lo viejo únicamente cuando comprende la causa de lo viejo. 

6 de julio de 1933