EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 22 DE ABRIL DE 1983

 22 , abril, 1983 

Aquí se está a unos 1.400 pies de altura en medio de huertos de naranjos y aguacates, y con los cerros detrás de la casa. 

El cerro más alto que hay en los alrededores tiene unos 6.500 pies. 

Quizá podría llamársele una montaña, y su viejo nombre es Topa Topa. 

Los indios antiguos vivían aquí; tienen que haber sido muy singulares, una raza bastante refinada.

Puede que hayan sido crueles, pero quienes los destruyeron eran mucho más crueles. 

Aquí arriba, después de un día lluvioso, la naturaleza aguarda sofocada otra tormenta, y el mundo de las flores y de los pequeños arbustos se regocija en esta quieta mañana, e incluso las hojas parecen muy brillantes, intensamente puras. 

Hay un rosal que está lleno de rosas de un color subido; la belleza de ese rosal, su perfume, la inmovilidad de esas flores, es una maravilla. 

Descendimos en el viejo automóvil que han conservado muy pulido, con un motor que funciona suavemente -descendimos hacia el pueblo, luego atravesamos el pueblo por todas esas pequeñas construcciones, algunas escuelas, y salimos al espacio abierto densamente sembrado de aguacates-, bajando pasamos por el barranco doblando hacia uno y otro lado por una carretera lisa; muy bien construída; después subimos y subimos y subimos, tal vez a más de 5.000 pies. 

Aquí el automóvil se detuvo, y estábamos a gran altura dominando todos los cerros que se veían muy verdes, poblados de arbustos, árboles y barrancos profundos. 

Parecía que aqui en lo alto nos encontrábamos entre los dioses. 

Muy pocos usaban esa carretera que continuaba a través del desierto hasta una gran ciudad a millas de distancia, lejos a la izquierda de uno. 

Cuando se mira hacia el sur, se ve el mar muy distante -el Pacífico-.

Aquí está todo muy tranquilo. 

Aunque el hombre ha construído esta carretera, afortunadamente no se ve la huella dei hombre. 

Ha habido incendios aqui arriba, pero eso fue hace muchos años. 

Pueden verse algunos tocones quemados, negros, pero alrededor de los mismos hoy todo se ha vuelto verde. 

Ha habido lluvias intensas y ahora está todo florecido, púrpura, azul y amarillo, con brillantes manchas rojas aqui y allá. 

La gloria de la tierra jamás ha sido tan profundamente compasiva como aqui arriba. 

Nos sentamos al costado de la carretera, que estaba muy limpia. 

Era la tierra; la tierra está siempre limpia. 

Y había pequenas hormigas, insectos minúsculos reptando, corriendo por todas partes. 

Pero no hay animales salvajes aqui arriba, lo cual es extraño. 

Puede que los hay a durante la noche -venados, coyotes y tal vez unos cuantos conejos y liebres-.

Ocasionalmente, un automóvil pasaba cerca y eso rompia el silencio, la dignidad y pureza dei silencio.

Es éste un lugar realmente extraordinario. 

Las palabras no pueden medir la extensión y vastedad dei espacio, ni los ondulados cerros, ni el cielo azul, ni el desierto distante. 

Eso era la totalidad de la tierra. 

Uno apenas si se atrevía a hablar, tanto exigía el silencio que no se le perturbara. 

Y ese silencio tampoco pueden medirlo las palabras. 

Si uno fuera un poeta, probablemente lo mediría con las palabras, lo expresaría en un poema, pero eso que se escribe no es lo real. 

La palabra no es la cosa. 

Y aqui, sentado junto a una roca que se estaba calentando con el sol, el hombre no existía. 

Los ondulados cerros, las más altas montañas, los grandes y extensos valles, el profundo azul; no había nada más que eso; uno no existía. 

Desde los tiempos antiguos, todas las civilizaciones han tenido este concepto de la medida. 

Todas sus maravillosas construcciones se basaban en la medida matemática. 

Cuando uno mira la Acrópolis y la gloria del Partenón, y los edifícios de ciento diez pisos de Nueva York, ve que todo tiene que basarse en esta medida. 

El medir no lo es sólo mediante la regla; la medida existe en el cerebro mismo: lo alto y lo bajo, lo mejor, el más. 

Este proceso comparativo ha existido desde los tiempos más remotos. 

Siempre estamos comparando. 

La aprobación de los exámenes desde la escuela, el colégio, la universidad, todo nuestro estilo de vida se ha vuelto una serie de medidas calculadas: lo bello y lo feo, lo noble y lo innoble, toda nuestra escala de valores, los arhablar, tanto exigia el silencio que no se le perturbara. Y ese silencio tampoco pueden medirlo las palabras. Si uno fuera un poeta, probablemente lo mediría con las palabras, lo expresaría en un poema, pero eso que se escribe no es lo real. La palabra no es la cosa, Y aqui, sentado junto a una roca que se estaba calentando con el sol, el hombre no existia. Los ondulados cerros, las más al181 El último Diário tas montanas, los grandes y extensos valles, el profundo azul; no había nada más que eso; uno no existia. Desde los tiempos antiguos, todas las civilizaciones han tenido este concepto de la medida. Todas sus maravillosas construcciones se basaban en la medida matemática. Guando uno mira la Acrópolis y la gloria dei Partenón, y los edifícios de ciento diez pisos de Nueva York, ve que todo tiene que basarse en esta medida. El medir no lo es sólo mediante la regia; la medida existe en el cerebro mismo: lo alto y lo bajo, lo mejor, el más. Este proceso comparativo ha existido desde los tiempos más remotos. Siempre estamos comparando. 

La aprobación de los exámenes desde la escuela, el colegio, la universidad -todo nuestro estilo de vida se ha vuelto una serie de medidas calculadas: lo bello y lo feo, lo noble y lo innoble, toda nuestra escala de valores, los argumentos que terminan en conclusiones, el poder del pueblo, el poder de las naciones-.

La acción de medir ha sido necesaria para el hombre. 

Y el cerebro, estando condicionado por la medida, por la comparación, trata de medir lo inmensurable -midiendo con las palabras lo que jamás puede ser medido-. 

Ha sido un largo proceso de siglos y siglos -los dioses mayores y los dioses menores, medir la vasta extension dei universo y medir la velocidad de un atleta-. 

Esta comparación ha dado origen a muchos temores y sufrimientos. 

Ahora, en esa roca, un lagarto ha llegado para calentarse muy cerca de nosotros. 

Uno puede ver sus negros ojos, su lomo escamoso y la larga cola; está muy quieto, inmóvil. 

El sol ha calentado mucho esa roca; y el lagarto, habiendo salido de su fria noche para calentarse - está aguardando que venga alguna mosca o un insecto -medirá la distancia y lo atrapará con un chasquido.

Vivir sin comparar, vivir sin ninguna clase de medición en lo interno, no comparar jamás lo que uno es con lo que uno debería ser. 

La palabra «meditación» no significa solamente ponderar, reflexionar sobre algo, indagar, mirar, sopesar; en sánscrito tiene también un significado mucho más profundo -cubrir una distancia, o sea, «llegar a»-.

En la meditación no tiene que existir la medida. 

Esta meditación no tiene que ser una meditación consciente, con posturas deliberadamente escogidas.

Esta meditación tiene que ser por completo inconsciente, sin que se sepa jamãs que uno está meditando.

Si uno medita deliberadamente, ésa es otra forma del deseo, como cualquier otra expresión del deseo.

Los objetos del deseo pueden variar; nuestra meditación puede ser para alcanzar lo supremo, pero el motivo es el deseo de lograr, igual que el hombre de negocios, o el constmctor de una gran catedral. 

La meditación es un movimiento sin motivo alguno, sin palabras, sin la actividad del pensamiento.

Tiene que ser algo que no se emprende deliberadamente. 

Sólo entonces la meditación es un movimiento en lo infinito, inmensurable para el hombre, sin meta establecida, sin fin y sin principio. 

Y eso ejerce una acción extraña en la vida cotidiana, porque entonces la vida es una sola, y así se vuelve sagrada. 

Y aquello que es sagrado ho podemos matarlo. 

Matar a otro es impío y atroz. 

Clama a los cielos como un pájaro preso en una jaula. 

Uno nunca se da cuenta de lo sagrada que es la vida, no sólo la pequeña vida de uno sino las vidas de millones de otros seres, desde las criaturas de la naturaleza hasta los extraordinarios seres humanos. 

Y en la meditación que no contiene en sí medida alguna, está la verdadera acción de aquello que es lo más noble, lo más sagrado y santo. 

El otro día, a la orilla de un río ¡qué bellos son los rios!, no hay un único río sagrado, todos los ríos del mundo tienen su propia divinidad-, el otro día un hombre estaba sentado a orillas de un río, envuelto en una tela de color castaño amarillento. 

Sus manos estaban ocultas, sus ojos cerrados y su cuerpo muy quieto. 

Tenía en las manos un rosario, y repetía algunas palabras mientras sus dedos se movían de una cuenta a otra. 

Había hecho estopór muchos años y jamás pasó por alto una cuenta. 

Y el rio ondeaba junto a él. 

Su corriente era profunda. 

Comenzaba entre las 

* Esta es una evocación dè cuando él estuvo en Benarés, a orillas dei Ganges. 

grandes montañas, distantes y coronadas de nieve; comenzaba como una corriente pequeña, y a medida que avanzaba hacia el sur reunía en sí todos los pequeños arroyos y ríos, y se convertia en un río caudaloso. 

En esa parte dei mundo, la gente le rendía culto. 

Uno no sabe por cuántos años este hombre había estado repitiendo su mantra mientras hacia rodar las cuentas del rosario. 

É1 meditaba -al menos la gente creia que él estaba meditando, y probablemente él también lo creia-. 

Así que todos los transeúntes lo miraban, se quedaban silenciosos y después proseguían con su risa y su cháchara. 

Esa casi inmóvil figura -uno podia ver a través de la tela sólo una leve acción de los dedos- había estado sentada ahí por un tiempo muy largo, completamente absorta, porque no oía otro sonido que el sonido de sus propias palabras y el ritmo, la música de las mismas. 

Y él diría que estaba meditando. 

Hay otros miles como él por todo el mundo, en silenciosos y profundos monasterios en medio de cerros, ciudades y junto a los rios. 

La meditación no consiste en palabras, no es un mantra ni es autohipnosis, la droga de las ilusiones.

Tiene que darse sin nuestra volición. 

Debe tener lugar en el sereno silencio de la noche, cuando uno despierta súbitamente y ve que el cerebro está quieto y que se está desarrollando una peculiar cualidad de meditación. 

Ha de moverse tan silenciosamente como una víbora entre la alta hierba, verde a la luz pura de la mañana. 

La meditación ha de tener lugar en las ocultas profundidades del cerebro. 

No es un logro. 

Carece de práctica, método o sistema alguno . 

La meditación empieza con el fin de la comparación, con el fin del devenir o no devenir. 

Tal como la abeja susurra entre las hojas, así el susurro de la meditación es acción.

EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 21 DE ABRIL DE 1983 -

 21, abril,1983 

Hay una cabaña muy alto entre los cerros, un tanto aislada pese a que hay allí otras cabañas. 

La cabaña está en medio de esos maravillosos viejos árboles gigantes, las sequoias* 

Se dice que algunas de ellas han existido desde el tiempo de los antiguos egipcios, quizã desde Ramsés II.

Son árboles realmente maravillosos. 

Su corteza es de color rosado y brilla al sol de la mañana. 

Estos árboles no pueden quemarse; la corteza resiste el fuego, y uno puede ver donde los viejos indios hacían hogueras alrededor del árbol; la oscura marca del fuego aún está ahí. 

Son realmente muy gigantescos en tamaño, sus troncos son enormes, y si uno se sienta muy quietamente bajo ellos a la luz de la mañana, con el sol en medio de las copas de los árboles, todas las ardillas que se encuentran ahí vendrán muy cerca de uno.

Son muy inquisitivas, igual que los grajos, porque también hay grajos aqui, pájaros azu- ...

* En septiembre de 1942, Krishnamurti había permanecido en sòledad por tres; semanas en una cabaña que se encuentra en el Sequoia National Park, donde se habla sentido extáticarnente dichoso. 

Es esta experiência la que está evocando en su dictado.

...les, muy azules, siempre listos para increparlo a uno preguntándole por qué está ahi, diciéndole que está perturbando el área que les pertenece, y que uno debe irse lo más rápidamente posible. 

Pero si uno permanece inmóvil observando, contemplando la belleza de la luz solar entre las hojas en el aire quieto, entonces ellos lo dejarán tranquilo, lo aceptarán igual que las ardillas. 

No era aún la estación, de modo que las cabañas estaban vacías y uno se encontraba sólo, y en la noche había mucho silencio. 

Ocasionalmente, solían venir los osos, y a veces se oían sus pesados cuerpos chocar contra la cabaña.

 Ésto podía haber sido un lugar completamente salvaje, porque la civilización moderna no lo ha destruído del todo. 

Uno tenía que escalar desde el llano, yendo y viniendo, más y más hacia arriba hasta llegar a este bosque de sequoias. 

Había torrentes que corrian hacia abajo por la ladera. 

¡Era tan extraordinariamente hermoso encontrarse sólo en medio de estos inmensos, altísimos árboles, antiguos más allá de la memoria y tan por completo indiferentes a lo que estaba ocurriendo en el mundo, silenciosos en su antigua dignidad y fuerza! 

Y en esta cabaña, rodeado por estos añosos árboles, uno estaba solo día tras día, observándolo todo, haciendo largas caminatas sin toparse prácticamente con nadie. 

Desde tal altura podían verse los llanos iluminados por el sol, sumergidos en sus ocupaciones; se divisaban los automóviles como pequeños insectos persiguiéndose unos a otros. 

Y aqui arriba sólo los verdaderos insectos estaban atareados todo el dia. 

Había muchísimas hormigas. 

Las rojas trepaban sobre las piemas pero nunca parecían prestarle a uno mucha atención. 

Desde esta cabaña uno alimentaba a las ardillas. 

Había una ardilla en particular que solia venir todas las mañanas, y uno tenía preparada la bolsa con cacahuetes que le iba dando uno por uno; la ardilla acostumbraba llenarse con ellos la boca, luego cruzaba el antepecho de la ventana y venía a la mesa con la tupida cola arrollada hasta casi tocar su cabeza. 

Solía tomar muchos de estos cacahuètes pelados, e incluso a veces los que aún tenían cáscara, y cruzando la habitación saltaba de vuelta al antepecho de la ventana, y de allí hacia abajo a la galería, desde donde, recorriendo el espacio libre, se introducía en un árbol muerto dentro de un agujero donde tenía su hogar. 

Acostumbraba venir, y tal vez por una hora o más aguardaba estos cacahuetes yendo y viniendo de un lado a otro. 

Por entonces ya era muy mansa, se dejaba acariciar, y era tan suave, tan dulce, lo miraba a uno con sus ojos primero llenos de sorpresa y después amistosos. 

Sabía que no la lastimarían. 

Un dia, al cerrar todas las ventanas mientras ella estaba dentro y la bolsa con los cacahuetes sobre la mesa, la ardilla tomó el habitual bocado y luego se dirigió a las ventanas y a la puerta, y al encontrar todo cerrado se dio cuenta de que estaba prisionera. 

Vino brincando hacia la mesa, saltó sobre: ella y mirándolo auno comenzó a regañarlo. 

Después de todo, uno no podia retener como prisionera a esa vivaz y bella criatura, de modo que abrió las ventanas. 

La ardilla saltó al piso, trepo al antepecho de la ventana, regresó al tronco muerto y después volvió directamente en busca de más cacahuetes. 

Desde entonces fuimos realmente grandes amigos. 

Después de que hubo rellenado ese agujero con cacahuetes, probablemente para el inviemo, solía subir a los troncos de los árboles recorriéndolos en persecución de otras ardillas, pero siempre regresaba a su tronco muerto. 

A veces, en el atardecer, venía al antepecho de la ventana y se sentaba ahí parloteando, mirándome, diciéndome algo sobre su tarea cotidiana, y cuando oscurecía, daba las buenas noches y saltaba de regreso a su casa en el agujero dei viejo árbol muerto. 

Y a la mañana siguiente, muy temprano, estaba ahí en el antepecho llamándome, parloteando... 

Y el día había comenzado. 

Todos los animales en ese bosque, todas las criaturas pequeñas, hacían lo mismo -juntar comida, perseguirse unos a otros por diversión o por furia- y los; animales grandes como el ciervo eran curiosos y lo miraban a uno. 

Y cierta vez , cuando uno ascendió a una altura moderada y caminaba a lo largo de un sendero rocoso, se dio vuelta y ahí estaba una osa negra, imponente, con cuatro cachorros del tamaño de gatos grandes. Los empujó a los cuatro hacia lo alto de un árbol, y ellos treparon a fin de estara salvo, después de lo cual la madre se volteó para mirarme. 

Extrañamente, no teníamos miedo. 

Nos miramos el uno al otro por unos dos o tres segundos, o tal vez más, y luego le di la espalda y seguí descendiendo por el mismo sendero. 

Solamente después, cuando estuve seguro en mi cabaña, advertí lo realmente peligroso que había sido este encuentro con una madre osa y sus cuatro cachorros. 

La vida es un proceso eterno de devenir y terminar. 

Este gran país aún no se había sofisticado en aquellos dias; aún no había alcanzado este terrible avance tecnológico, y no había demasiada vulgaridad como Ia que ahora existe. 

Sentado en los escalones de esa cabaña, uno observaba, y todo estaba activo -los árboles, las hormigas, los conejos, el venado y la ardilla- 

La vida es acción. 

La vida es üna serie contínua, incesante de acciones hasta que uno muere. 

La acción que nace del deseo está deformada, es limitada; y esta acción limitada, no importa lo que uno haga, tiene que dar origen a un conflicto interminable. 

Toda cosa que es limitada debe engendrar, por su misma naturaleza, muchos problemas, muchas crisis.

Es como un hombre, como un ser humano que está todo el tiempo pensando en sí mismo, en sus problemas, en sus experiencias, en sus alegrías y placeres, en sus negocios -completamente egocéntrico-. 

La actividad de una persona así es, naturalmente, muy limitada. 

Uno nunca se da cuenta de la limitación que tiene esta condición egocéntrica. 

La gente llama a esto realizarse; expresarse uno a sí mismo, lograr el éxito, perseguir el placer y llegar a ser algo intemamente -el impulso, el deseo de ser-. 

Toda una actividad semejante no sólo tiene que ser una actividad limitada y distorsionada, sino que en sus sucesivas acciones, cualquiera que sea la dirección de las mismas, debe por fuerza engendrar fragmentación, tal como se ve que ocurre en este mundo. 

El deseo es muy fuerte; los monjes y los sanyasis han tratado de reprimirlo, han tratado de identificar esa llama ardiente con algunos símbolos nobles o con alguna imagen -identificando cl deseo con algo más grande- pero eso sigue siendo deseo. 

Cualquier acción que surge del deseo, se llame noble o innoble, sigue estando limitada, distorsionada.

Ahora el grajo azul había regresado; estaba ahí después de su comida matinal, rezongando para ser advertido. 

Y uno le arrojo unos cuantos cacahuetes. 

Primero protestó, luego brinco bajando al piso, tomó unos cuantos en su pico, regresó volando a la rama, la abandono rápidamente y volvió con sus regaños. 

Y también el pájaro, gradualmente, día a día, se fue amansando. 

Venía muy cerca con los ojos brillantes, la cola levantada, el color azul resplandeciendo con una claridad y un brillo muy intensos -un azul que ningún pintor podría atrapar-. 

E increpaba a los otros pájaros. 

Probablemente, éste era su domínio y no queria ningún intruso. 

Pero siempre están los intrusos. 

Pronto vinieron otros pájaros. Parecia que a todos les gustaban las pasas de uva y los cacahuetes. 

Toda la actividad de la existencia estaba ahí. 

El sol se encontraba ahora alto en el cielo y había muy pocas sombras, pero hacia el atardecer habrá sombras largas, esculturales, bien proporcionadas, oscuras y sonrientes. 

¿Existe una acción que no provenga del deseo? 

Si formulamos una pregunta así, y raramente lo hacemos, podremos inquirir sin motivo alguno, y descubrir una acción que sea de la inteligencia. 

La acción del deseo no es inteligente; lleva a toda elase de problemas con sus secuelas.

¿Existe una acción de la inteligencia? 

Uno tiene que ser siempre algo escéptico en estas cuestiones; la duda es un extraordinario factor de purificación del cerebro, del corazón. 

La duda, cuidadosamente aplicada, trae una gran claridad, libera. 

En las religiones orientales, dudar, cuestionar, es una de las necesidades para encontrar la verdad, pero en la cultura religiosa de la civilización occidental la duda es una abominación del demonio. 

No obstante, en la libertad, en una acción que no es del deseo, tiene que existir la chispa de la duda.

Cuando uno ve verdaderamente, no de manera teórica ni verbal, que la acción deL deseo es corrupta, que está deformada, esa percepciónmisma es el principio de la inteligencia que da origen a una acción por completo diferente. 

O sea, ver lo falso como falso, ver la verdad en lo falso, y ver la verdad como verdad. 

Una percepción semejante es esa calidad de inteligência que no es «mía» ni de «nadie» en particular, la cual, entonces, actúa. 

Esa acción está libre de distorsiones, de remordimientos. 

No deja ninguna huella, ninguna pisada en las arenas del tiempo. 

Esa inteligencia no puede existir a menos que haya una gran compasión, un gran amor. 

Y no puede haber compasión si las actividades del pensamiento están ancladas en alguna ideología o fe particular, o atadas a un símbolo o a una persona. 

Para que haya compasión tiene que haber libertad. 

Y donde existe esa llama, la llama misma es el movimiento de la inteligencia.


EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 20 DE ABRIL DE 1983 -

 20, abril, 1983 

En el extremo de cada hoja, tanto de las más pequeñas como de las grandes, había una gota de agua reluciendo al sol como una joya extraordinaria. 

Y soplaba una ligera brisa, pero esa brisa de ningún modo perturbaba ni destruía esa gota sobre las hojas lavadas por la última lluvia. 

Era üna mañana muy tranquila, apacible, llena de encanto, y con un sentido de bendición en el aire. 

Y mientras uno contemplaba la luz sobre cada hoja limpia, resplandeciente, la tierra se volvía extraordinariamente hermosa, a pesar de los cables telegráficos con sus feos postes . 

A pesar de todo el ruido del mundo, la tierra era rica, paciente, perdurable; y aunque había terremotos muy destructivos aqui y allá, la tierra seguia siendo bella. 

Uno jamás aprecia la tierra a menos que realmente viva con ella, trabaje con ella, ponga sus manos en el polvo, levante grandes piedras y guijarros -uno nunca conoce el extraordinário sentimiento de estar en contacto íntimo con la tierra, con las flores, con los árboles gigantescos, la fuerte hierba y los setos vivos que bordean el camino.

Todas esas cosas estaban llenas de vida esa mañana. 

Mientras uno las conteraplaba, había un sentimiento de júbilo inraenso; el cielo era azul, el sol iba asomando lentamente sobre los cerros y había una gran claridad. 

El sinsonte sobre el cable eléctrico hacía sus payasadas, saltando hacia lo alto, dando una voltereta y bajando nuevamente sobre el mismo punto del alambre. 

Mientras uno estaba observando cómo el pájaro se regocijaba, saltando en el aire y bajando luego en círculos con sus agudos chillidos y su alegria de vivir, sólo ese pájaro existía, no existía el observador.

El observador ya no estaba ahí, solamente el pájaro gris y blanco con su larga cola. 

En esa observación del pájaro que se regocijaba en su revoloteo, no había movimiento alguno del pensar. 

Nunca observamos por mucho tiempo. 

Cuando, sin que haya sentido alguno del observador, observamos con gran paciencia a esos pájaros, esas gotitas en las hojas temblorosas, las abejas y las flores y la larga fila de hormigas, entonces el tiempo cesa, el tiempo se detiene. 

Uno no se toma tiempo para observar o para tener la paciencia de observar. 

A través de la observación aprendemos una gran cantidad de cosas -observando a las personas, el modo en que caminan, sus conversaciones, sus gestos. 

Podemos verlas a través de su vanidad o de la negligencia hacia sus propios cuerpos. 

Son indiferentes, son insensibles. 

Había un águila volando en la altura; haciendo círculos sin batir las alas, llevada por la corriente de aire, se alejó más allá de los cerros y se perdió de vista. 

Observar, aprender; el aprender es tiempo, pero el observar no contiene tiempo. 

O el escuchar; escuchar sin interpretación alguna, sin ninguna reacción, sin ninguna clase de prejuicio.

Escuchar ese trueno en los cielos, el trueno rodando entre los cerros. 

Jamás escuchamos completamente, siempre hay una interrupción. 

El observar y el escuchar constituyen un gran arte -observar y escuchar sin reacción alguna, sin ningún sentido del «escuchador» o del «observador»-. 

Observando y escuchando aprendemos infinitamente más que a través de cualquier libro. 

Los libros son necesarios, pero el observar y el escuchar agudizan nuestros sentidos. 

Porque, después de todo, el cerebro es el centro de todas las reacciones, de todos los pensamientos y los recuerdos. 

Pero si nuestros sentidos no están intensamente despiertos, no podemos realmente observar y escuchar y aprender, no sólo acerca de cómo actuar, sino acerca del aprender en sí; y todo ello es el terreno donde puede germinar la semilla de la bondad. 

Cuando existe este sencillo, claro observar y escuchar, entonces hay percepción alerta a todo -uno percibe el color de esas flores, rojas, amarillas, blancas, el color de las hojas primaverales con sus tallos tan tiemos, tan delicados; hay percepción del cielo, de la tierra y de esas personas que pasan cerca de uno-. 

Han estado parloteahdo por todo ese largo camino, sin mirar en ningún momento los árboles, las flores, el cielo y los magníficos cerros. 

Ni siquiera se dan cuenta de lo que pasa alrededor de ellas. 

Hablan mucho del ambiente, de cómo debemos proteger la naturaleza, etc., pero no parecen advertir la belleza y el silencio de los cerros y la dignidad de un viejo y maravilloso árbol. 

Ni siquiera se dan cuenta de sus propios sentimientos, de sus propias reacciones, ni del modo en que caminan, ni de las ropas que visten. 

Esto no quiere decir que uno haya de ser egocêntrico en su observación, en su percepción; sólo ha de estar alerta. 

Cuando observamos hay opción entre lo que debemos hacer o no debemos hacer, hay agrado y desagrado, hay prejuicios, temores, ansiedades, están las alegrias que recordamos, los placeres que hemos perseguido; en todo esto hay opción, y pensamos que la opción nos da libertad. 

Nos gusta esa libertad para elegir; pensamos que la libertad es necesaria para elegir -o mejor dicho, esa elección, esa opción , nos da una sensación de libertad- pero cuando vemos las cosas muy, muy claramente, no existe tal opción. 

Y eso nos lleva a una percepción directa en la que no hay opciones -un darnos cuenta sin agrado ni desagrado alguno-. 

Cuando existe realmente esta sencilla, honesta percepción directa sin opciones, ella nos lleva a otro factor, que es la atención. 

Esta palabra significa extenderse, asirse, agarrarse, pero ésa sigue siendo la actividad del cerebro, está en el cerebro. 

La observación, la percepción, la atención, están dentro dei campo del cerebro, y éste es limitado -está condicionado por todos los hábitos de las generaciones pasadas, por las impresiones, las tradiciones, y por toda la insensatez y la bondad del hombre-. 

Por lo tanto, toda acción que surge de esta atención todavía es limitada, y lo que es limitado debe, inevitablemente, generar desorden. 

Cuando uno piensa en sí mismo de la mañana a la noche -en sus propias preocupaciones, en sus propios deseos, exigencias y realizacionesesta actividad egocéntrica, siendo muy, muy limitada, tiene que causar fricción en la relación con los demás, la cual también es, entonces, limitada; tiene que haber tensión y perturbaciones de muchas clases -la perpetua violencia de los seres humanos. 

Cuando uno está atento a todo esto, atento sin opción alguna, entonces de ello surge el discernimiento total. 

Este discernimiento no es un acto de recordación, de continuación de la memoria. 

El discernimiento total es como un relâmpago de luz. 

Uno ve con absoluta claridad todas las complicaciones, las consecuencias, las intrincaciones del pensamiento. 

Entonces ese mismo discernimiento es acción completa, y en ella no hay lamentaciones, no hay un mirar hacia atrás, no hay sentido alguno de agobio o de discriminación. 

Es la acción del puro y claro discernimiento, hay una percepción que no contiene vestígio alguno de duda.

Casi todos nosotros empezamos con la certidumbre y, a medida que envejecemos, esa certidumbre se convierte en incertidumbre, y morimos con la incertidumbre. 

Pero si uno empieza con la incertidumbre, cuestionando, inquiriendo, exigiendo, dudando verdaderamente de la conducta humana, de todos los rituales religiosos con sus imágenes y sus símbolos, entonces de esa duda surge la claridad de la certidumbre. 

Cuando existe un claro discemimiento, por ejemplo, en la violencia, el discernimiento mismo disipa toda violencia. 

Ese discernimiento se encuentra fuera del cerebro, si puede uno expresarlo así. 

No es del tiempo. 

No pertenece a la memória ni al conocimiento, y así, en su acción transforma las células mismas dei cerebro. 

Ese discernimiento es completo, íntegro, y de esa integridad puede surgir una acción lógica, cuerda, racional. 

Todo este movimiento de observar, de prestar atención al destello explosivo dei discernimiento, es un movimiento único, no se llega a él paso a paso. 

Es como una rápida saeta. 

Y sólo ese discernimiento, esa percepción instantánea, directa, puede liberar al cerebro de su condicionamiento, no el esfuerzo del pensar, que es una resolución al ver la necesidad de algo, -nada de eso puede liberamos totalmente del condicionamiento-. 

Todo esto implica el tiempo y la terminación del tiempo. 

El hombre está atado al tiempo, y esa atadura, esa esclavitud al tiempo es el movimiento del pensar. 

Por lo tanto, hay discemimiento total donde cesan el pensamiento y el tiempo. 

Únicamente entoncés puede darse el florecimiento del cerebro. 

Únicamente entonces puéde uno tener una relación completa con la Mente.

EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 19 DE ABRIL DE 1983

 19, abril, 1983 

Este inviemo llovió constantemente día tras día, prácticamente durante los últimos tres meses. 

Ésta es más bien una extravagancia de Califórnia -o no llueve en absoluto o llueve como para anegar la tierra-. 

Ha habido grandes tormentas y muy pocos dias soleados. 

Ayer estuvo lloviendo durante todo el día y esta mañana las nubes se hallan muy bajas sobre los cerros y todo se ve bastante sombrío. 

Las hojas permanecen abatidas por la lluvia de ayer. 

La tierra se encuentra empapada. 

Los árboles y el magnífico roble deben de estar preguntándose donde está el sol. 

En esta mañana tan particular, con las nubes que ocultan las montañas y los cerros hasta casi tocar el valle, uno se pregunta: 

¿Qué significa ser serio? ¿Qué significa tener una mente, o, si se prefiere, un cerebro muy quieto y serio? ¿Somos sérios alguna vez?, ¿0 siempre vivimos en un mundo de superficialidad, yendo de acá para allá, peleando, riñendo violentamente sobre cosas completamente triviales? ¿Qué significa tener un cerebro muy despierto, no limitado por sus propios pensamientos, recuerdos y reminiscencias? ¿Qué significa tener un cerebro libre de toda la confusión de la existencia, de toda la angustia, de toda la ansiedad y el dolor que jamás se termina? ¿Es de algún modo posible tener una mente por completo libre, un cerebro libre no moldeado por influencias, por la experiencia y por la vasta acumulación dei conocimiento? 

El conocimiento es tiempo; el aprender implica tiempo.

Aprender a tocar el violín requiere una paciência infinita, meses de práctica, años de una dedicación concentrada. 

Aprender a adquirir una destreza, aprender a convertirse en un atleta o a armar una buena máquina, o llegar a la luna, todo esto requiere tiempo. 

¿Pero hay algo que aprender acerca de la psique, acerca de lo que somos -todos los caprichos, las complejidades de las propias acciones y reacciones, la esperanza, el fracaso, el dolor y la alegría... qué hay que aprender acerca de todo eso? 

Como siempre lo hemos dicho, en cierto campo de nuestra existencia física es necesario reunir conocimientos y actuar a base de esos conocimientos, lo cual requiere tiempo.

¿Es que extendemos el mismo principio, el mismo movimiento de tiempo al mundo psicológico? 

Aquí también decimos que tenemos que aprender acerca de nosotros mismos, de nuestras reacciones, de nuestra conducta, de nuestras exaltaciones y depresiones, de nuestras ideaciones, etc.; pensamos que todo eso también requiere tiempo. 

Uno puede aprender acerca de lo limitado, pero no puede aprender acerca de lo ilimitado. 

Y nosotros tratamos de aprender acerca de todo el campo de la psique, y décimos que para ello se necesita tiempo. 

Pero en ese campo el tiempo puede ser una ilusión, puede ser un enemigo.

El pensamiento crea la ilusión, y esa ilusión se desarrolla, crece, se extiende. 

La ilusión de toda Ia actividad religiosa debe de haber empezado muy, muy sencillamente, y vean adónde ha llegado -con su inmenso poder, sus enormes propiedades, la gran acumulación de las obras de arte, de las riquezas; y con la jerarquía religiosa exigiendo obediencia, apremiándonos para que tengamos más fe-. 

Todo eso es la expansión, el cultivo y el desarrollo de la ilusión, lo cual ha tomado muchos siglos. 

Y la psique es todo el contenido de la conciencia, es la memoria de todas las cosas pasadas y muertas.

¡Qué importancia damos a la memoria! 

La psique es memória. 

Toda la tradición es meramente el pasado.

Nos aferramos a eso, queremos aprender acerca de todo eso, y pensamos que para ello el tiempo es tan necesario como lo es en el otro campo. 

No sé si alguna vez nos preguntamos si hay un final para el tiempo -el tiempo para llegar a ser, para realizamos personalmente-.

¿Hay algo que aprender acerca de todo eso? ¿es posible ver que todo este movimiento ilusorio de la memoria, que parece tan real, puede terminar? 

Si el tiempo se detiene, ¿cuál es, entonces, la relación que hay entre aquello que está más allá del tiempo; y todas las actividades físicas del cerebro, como la memoria, el conocimiento , los recuerdos, las experiencias?

¿Qué relación hay entre lo uno y lo otro? 

El conocimiento y el pensamiento, ya se ha dicho, son limitados. 

Lo limitado no puede tener ninguna relación con lo ilimitado, pero lo ilimitado puede tener alguna clase de comunicación con lo limitado, aunque esa comunicación tiene que ser siempre limitada, estrecha, fragmentaria. 

Si uno tiene predisposición mercantil, podría preguntarse cuál es la utilidad de todo esto, de qué sirve lo ilimitado, qué provecho puede el hombre sacar de eso. 

Siempre deseamos una recompensa. 

Vivimos a base del principio de premio y castigo, como un perro al que han adiestrado; uno lo premia cuando obedece. 

Y actuamos de manera bastante similar, en el sentido de que queremos ser recompensados por nuestras acciones, por nuestra obediencia, etcétera. 

Tal exigencia nace del cerebro limitado. 

El cerebro es el centro del pensamiento, y el pensamiento es siempre limitado bajo las circunstancias.

Puede inventar lo teórico, lo extraordinário, lo inmensurable , pero su invención es siempre limitada. 

Es por eso que uno ha de estar completamente libre de todo el afán y el tráfago de la existencia y de la actividad egocêntrica, para que lo ilimitado sea. 

Aquello que es inmensurable no pueden medirlo las palabras. 

Siempre tratamos de encerrar lo inmensurable en una estructura de palabras, pero el símbolo no es lo real. 

Y nosotros le rendimos culto al símbolo; por lo tanto, vivimos siempre en un estado de limitación,el pensamiento, ya se ha dicho, es limitado. 

Lo limitado no puede tener ninguna relación con lo ilimitado, pero lo ilimitado puede tener alguna clase de comunicación con lo limitado, aunque esa comunicación tiene que ser siempre limitada, estrecha, fragmentaria. 

Si uno tiene predisposición mercantil, podría preguntarse cuál es la utilidad de todo esto, de qué sirve lo ilimitado, qué provecho puede el hombre sacar de eso. 

Siempre deseamos una recompensa. 

Vivimos a base del principio de premio y castigo, como un perro al que han adiestrado; uno lo premia cuando obedece. 

Y actuamos de manera bastante similar, en el sentido de que queremos ser recompensados por nuestras acciones, por nuestra obediência, etcétera. 

Tal exigencia nace del cerebro limitado. 

El cerebro es el centro de pensamiento, y el pensamiento es siempre limitado bajo las circunstancias.

 Puede inventar lo teórico, lo extraordinário, lo inmensurable, pero su invención es siempre limitada. 

Es por eso que uno ha de estar completamente libre de todo el afán y el tráfago de la existencia y de la actividad egocêntrica, para que lo ilimitado sea. 

Aquello que es inmensurable no pueden medirlo las palabras. 

Siempre tratamos de encerrar lo inmensurable en una estructura de palabras, pero el símbolo no es lo real. 

Y nosotros le rendimos culto al símbolo; por lo tanto, vivimos siempre en un estado de limitación.

De modo que, con las nubes suspendidas sobre las copas de los árboles y con los pájaros silenciosos que aguardan los truenos, ésta es una mañana apropiada para estar serios, para inquirir en toda la existencia, para cuestionar a los dioses mismos y a toda la actividad humana. 

Nuestras vidas son muy cortas, y durante ese corto período no hay nada que aprender acerca del campo total de la psique, que es el movimiento de la memoria. 

Sólo podemos observarlo. 

Observar sin movimiento alguno del pensar, observar sin el tiempo, sin el conocimiento pasado, sin el observador, que es la esencia dei pasado, sólo observar. 

Observar esas nubes que se forman y vuelven a formarse, observar los árboles, los pajarillos. 

Todo eso es parte de la vida. 

Cuando uno observa atentamente, diligentemente, no hay que aprender; sólo existe ese vasto espacio, ese silencio, ese vacío que es energia devastadora.

EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 18 DE ABRIL DE 1983

 18, abril*1983 

Es un nuevo día, y el sol aún tardará más o menos una hora en levantarse. 

Está muy oscuro y los árboles se hallan silenciosos a la espera del amanecer, de que el sol asome detrás de los cerros. 

Debería haber una plegaria para el amanecer. 

Este llega muy lentamente, penetrando el mundo en su totalidad. 

Y aquí, en esta casa tranquila y apartada, rodeada de naranjos y algunas flores, hay una quietud extraordinária. 

Todavia los pájaros no han comenzado a cantar su canto matinal. 

El mundo está dormido, al menos lo está en esta parte de la tierra, lejos de la civilización, lejos dei ruido, de la brutalidad, de la vulgaridad y de la palabrería de los políticos. 

Pausadamente, con gran paciencia, el amanecer se inicia en el profundo silencio de la noche, silencio que rompen la paloma torcaza y el ulular de un búho. 

Hay numerosos búhos aquí llamándose unos a otros. 

Y los cerros y los árboles están empezando a despertar 

El alba comienza en medio del silencio, cada vez más luminosa, mientras el rocío cubre las hojas y el sol va asomando sobre el cerro. 

Sus primeros rayos quedan atrapados en 

* Entre el 31 de marzo y esta fecha, Krishnamurti estuvo en Nueva York, donde ofreció dos pláticas en el Felt Forum, Madison Square Garden, y asistió a un seminario organizado por el doctor David Shainberg.

aquellos árboles altísimos, en ese viejo roble que ha estado ahí por mucho, muchísimo tiempo. 

Y la paloma torcaza empiéza con su suave y lastimero llamado. 

Al otro lado dei camino, más allá de los naranjos, se escucha el reclamo de un pavo real. 

Incluso en esta parte dei mundo hay pavos reales, al menos unos poços: 

Y el día ha comenzado. 

Es un día maravilloso; tan nuevo, tan fresco, tan vital y pleno de belleza. 

Es un nuevo día, sin recuerdo alguno dei pasado, sin el llamado de algún otro día. 

Es una gran maravilla observar todas esas bellezas -aquellos brillantes naranjos con sus hojas oscuras, y las pocas flores, resplandecientes en su gloria-. 

Uno se sorprende ante esta luz extraordinária que solo esta parte del mundo parece poseer. 

Se asombra cuando contempla la creación que parece no tener principio ni fin -no una creación del ingenioso pensamiento, sino la creación de una manana nueva-. 

Esta mañana es como si jamás hubiera sido antes, tan brillante, tan clara. 

Y los cerros azules la contemplan. 

Es la creación de un día nuevo como jamás ha existido en el pasado. 

Hay una ardilla con una larga y tupida cola, temblando tímida en el antiguo pimentero que ha perdido numerosas ramas; está envejeciendo mucho. 

Debe de haber visto innumerables tormentas; igual que al roble, en su vejez se le ve sereno, con una gran dignidad. 

Es una mañana nueva, plena de una vida antigua; es una mañana sin tiempo, sin problemas. 

Existe, y eso en sí es un milagro. 

Es una mañana nueva sin recuerdo alguno. 

Todos los dias pasados han tocado a su fin, se han ido, y la voz de la paloma torcaza llega a través del valle; el sol está ahora sobre el cerro y cubre lá tierra. 

Y esto tampoco tiene un ayer. 

Los árboles bajo el sol, y las flores, nó tienen tiempo.  

Es el milagro de un nuevo día.

«Queremos continuidad»; dijo el hombre. «La continuidad forma parte de nuestra vida. 

La continuidad de generación tras generación, de la tradición, de las cosas que hemos conocido y recordado. 

Anhelamos la continuidad y hemos de tenerla. 

De lo contrario, ¿qué somos? 

La continuidad está en las raíces mismas de nuestro ser. 

Existir es continuar. 

La muerte puede venir, puede haber un fin para muchas cosas, pero siempre está la continuidad.

Retrocedemos en el tiempo para encontrar nuestras raíces, nuestra identidad. 

Si uno ha conservado el conocimiento de sus comienzos como una família, probablemente pueda rastrear su identidad generación tras generación por muchos siglos -si es que uno se interesa en esa clase de cosas-. 

La continuidad del culto a un dios, la continuidad de las ideologias, la continuidad de opiniones, valores, juicios, conclusiones -hay una continuidad desde el momento en que nacemos hasta que morimos, con todas las experiençias, con todo el conocimiento que el hombre ha adquirido. 

¿Es eso una ilusión?»

«¿Qué es lo que tiene continuidad? Ese roble, que probablemente tiene doscientos años, posee una continuidad hasta que muere o es tronchado por el hombre. 

¿Y cuál es esta continuidad que el hombre desea y anhela tanto? 

¿El nombre, la forma, la cuenta bancaria, las cosas que se recuerdan? 

La memória posee una continuidad, las remembranzas de aquello que ha sido. 

Toda la psique es memoria y nada más. 

Le atribuímos a la psique muchas cosas -cualidades, virtudes, acciones deshonestas, y el ejercicio de muchos actos inteligentes tanto en el mundo externo como en el interno-. 

Y si uno la examina diligentemente, sin ningún prejuicio, sin conclusión alguna, comienza a ver que toda nuestra existência es una vasta red de recuerdos, de remembranzas, de cosas que han sucedido antes; y todo eso es lo que tiene continuidad. 

Y a eso nos; enfrentamos desesperadamente.» 

La ardilla ha regresado. 

Ha estado lejos por un par de horas; ahora está de vuelta sobre la rama mordisqueando alguna cosa, observando, escuchando extraordinariamente alerta y vigilante, activa, vibrante de excitación. 

Viene y parte sin decirle a uno adónde va ni cuándo regresará. 

Y a medida que el día se pone más caluroso, la torcaza y los otros pájaros desaparecen. 

Hay unas cuantas palomas que vuelan en grupo de un lugar a otro. 

Se puede escuchar el sonido de sus alas batiendo el aire. 

Solía haber un zorro por aquí -uno no lo ha visto por mucho tiempo-. 

Probablemente se ha ido para siempre. 

Hay demasiadas personas cerca de aqui. 

Hay muchos roedores, pero la gente es peligrosa; 

Y ésta es una pequeña ardilla tímida y voluntariosa como la golondrina. 

Si bien no hay continuidad excepto la de la memoria, ¿existe en todo el ser humano, en el cerebro, un lugar, un punto, un área pequeña o vasta donde la memoria no opere en absoluto, un área que la memória no haya tocado jamás? 

Es una cosa notable observar todo esto, tantear el camino sensatamente, racionalmente, ver la complejidad, las intrincaciones de la memoria y sú continuidad, que es, después de todo, el conocimiento. 

El conocimiento está siempre en el pasado, el conocimiento es el pasado. 

El pasado es una vasta memoria acumulada como tradición. 

Y cuando uno ha recorrido ese sendero diligentemente, cuerdamente, por fuerza tiene que preguntarse: ¿Existe un área en el cerebro humano, o en la propia estructura y naturaleza de un ser humano -no meramente en el mundo externo de sus actividades sino intemamente, muy en lo profundo de los inmensos y silenciosos escondrijos de su cerebro- existe algo que no sea el resultado de la memória, que no sea el movimiento de una continuidad? 

Los cerros y los árboles, los prados y los huertos, continuarán en tanto la tierra exista, a menos que el hombre en su crueldad y desesperación lo destruya todo. 

El torrente, el manantial del que proviene, tienen una continuidad, pero uno nunca se pregunta si los cerros y las cosas que están más allá de los cerros poseen su continuidad propia. 

Si la continuidad no existe, ¿qué es lo que hay? 

No hay nada. 

Uno tiene miedo de ser nada. 

«Nada» [nothing] significa «ninguna cosa» [not a thing] -ninguna cosa creada por el pensamiento, ninguna cosa proyectada por la memoria, por los recuerdos; ninguna cosa que uno pueda poner en palabras y después medir. 

Sin duda alguna, con absoluta certeza, existe un área donde el pasado no proyecta ninguna sombra, donde el tiempo -pasado, presente y futuro- no significa nada. 

Nosotrõs siempre hemos tratado de medir con palabras algo que no conocemos. 

Lo que no conocemos tratamos de entenderlo y le ponemos palabras, convirtiéndolo así en un ruido continuo. 

Y de este modo atoramos nuestro cerebro, que ya se encuentra atorado, con los sucesos, las experiencias, los acontecimientos dei pasado. 

Pensamos que el conocimiento es psicologicamente de gran importancia, pero no lo es. 

Uno no puede elevarse internamente mediante el conocimiento; el conocimiento tiene que cesar para que lo nuevo sea. 

«Nuevo» es una palabra para designar algo que nunca ha sido antes. 

Y eso no puede ser o captado por las palabras o los símbolos; está ahí, más allá de todos los recuerdos.

EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 31 DE MARZO DE 1983

 31, marzo, 1983

Nueva York

 Había estado lloviendo todo el día y las nubes colgaban bajas sobre el valle, los cerros y las montañas.

 Los cerros eran por completo invisibles. 

Es una montaña más bien sombría, pero hay hojas nuevas, nuevas flores y las cosas pequeñas están creciendo rápidamente. 

Es primavera, y están todas estas nubes y esta penumbra.,. 

La tierra se está recuperando del inviemo, y en esta recuperación hay una gran belleza. 

Ha estado lloviendo casi todos los dias por el último mes y medio, con grandes vientos y tormentas que destruyeron muchas casas y produjeron deslizamientos de tierra hacia la parte baja de los cerros. 

A todo lo largo de la costa se observa una gran destrucción. 

En esta parte del país todo parece ser muy desmedido. 

Nunca es lo mismo de un inviemo a otro. 

Un invierno puede no 1lover casi nada, y en otros inviemos pueden descargarse las lluvias más destructivas, con enormes olas monstruosas que inundan los caminos. 

Y aunque estábamos en primavera, los elementos jamás se mostraban afables con la tierra. 

Por todo el país hay manifestaciones contra clases particulares de guerra, contra la destrucción nuclear.

Están el pro y el contra. 

Los políticos hablan de la defensa, pero de hecho no existe tal defensa; sólo existe la guerra, la matanza de millones de personas. 

Es ésta una situación bastante difícil. 

Es un gran problema el que el hombre está afrontando. 

Un lado quiere expandirse a su propio modo, el otro está apremiando agresivamente, vendiendo armas, originando ciertas definidas ideologías e invadiendo territórios. 

El hombre se está formulando ahora una pregunta que debió haberse formulado muchos años antes, no a último momento. 

Se ha estado preparando para las guerras durante todos los dias de su vida. 

La preparación para la guerra parece ser, desafortunadamente, nuestra tendencia natural. 

Habiendo recorrido un largo trecho de ese camino, ahora nos preguntamos: ¿Qué haremos?, ¿Qué hemos de hacer nosotros, los seres humanos? 

Al enfrentarnos realmente al problema, ¿cuál es nuestra responsabilidad? 

Esto es lo que de hecho está afrontando nuestra humanidad actual, no qué tipos de instrumentos de guerra debemos inventar y construir. 

Siempre originamos una crisis y después nos preguntamos qué hacer. 

Dada la situación tal como es ahora, los políticos y el gran público en general decidirán con su orgullo nacional y racial, con sus patrias, sus suelos natales y todo eso. 

La pregunta es demasiado tardia. 

La pregunta que tenemos que formulamos, a pesar de la acción inmediata que podamos tomar* es si resulta posible terminar con todas las guerras, no con una clase particular de guerra -la nuclear o la ortodoxa- y descubrir muy seriamente cuáles son las causas de la guerra. 

Hasta que esas causas no se descubran y se disuelvan, ya sea que tengamos guerras convencionales o la forma nuclear de guerra, continuaremos igual y el hombre destruirá al hombre. 

De modo que realmente debemos preguntaraos: ¿Cuáles son, esencialmente, fundamentalmente, las causas de la guerra? 

Tenemos que ver juntos las verdaderas causas, no las inventadas, no las causas románticas, patrióticas y toda esa insensatez, sino ver realmente por qué el hombre prepara el asesinato legal -la guerra-. 

Hasta que no investiguemos esto y encontremos la respuesta, las guerras proseguirán. 

Pero no lo estamos considerando con seriedad suficiente, no estamos intensamente comprometidos en el descubrimiento de las causas de la guerra. 

Desechando lo que ahora tenemos que afrontar, la inmediatez del problema, la crisis presente, ¿podemos juntos descubrir las verdaderas causas y anularlas, disolverlas? 

Esto requiere que tengamos el impulso de encontrar la verdad. 

Uno tiene que preguntarse por qué existe esta división -el ruso, el americano, el inglês, el francês, el alemán, etcétera-, ¿por qué existe esta división entre hombre y hombre, entre raza y raza, cultura contra cultura, una serie de ideologias contra otra?. 

¿Por qué? ¿Por qué esta separación? 

El hombre ha dividido la tierra como «mia» y «tuya» -¿por qué?- ¿Por qué esta separación? 

¿Es porque tratamos de encontrar seguridad, auto-protección en un grupo particular, o en una fe o creencia particular? 

Porque las religiones también han dividido a la humanidad, han puesto al hombre contra el hombre -los hindúes, los musulmanes, los cristianos, los judios, etcétera-. 

El nacionalismo, con su infortunado criterio patriótico, es realmente una forma glorificada, ennoblecida dei espíritu tribal. 

En una trihu pequeña o en una tribu muy grande, impera el sentimiento de estar unidos mediante la misma lengua, las mismas supersticiones, la misma clase de sistema político o religioso. 

Y ahí uno se siente a salvo, protegido, feliz, cómodo. 

Y por esa seguridad, por esa comodidad, estamos dispuestos a matar a otros que igualmente desean estar seguros, sentirse protegidos, pertenecer a algo. 

Este terrible anhelo de identificarnos con un grupo, con una bandera, con un ritual religioso y esas cosas, nos da la sensación de que tenemos raíces, de que no somos nómadas sin hogar. 

Existe ese deseo, ese apremio por encontrar las propias raíces. 

Y también hemos dividido el mundo en esferas de poder económico, con todos sus problemas. 

Tal vez una de las principales causas de la guerra sea la industria pesada. 

Cuando la industria y la economia marchan mano a mano con la política, deben inevitablemente alimentar una actividad separativa a fin de mantener su nivel económico. 

Todos los países, tanto los grandes como los pequeños, están haciendo esto. 

Los países pequeños son armados por las grandes naciones -en algunos casos silenciosamente, subrepticiamente, en otros, abiertamente- 

La causa de toda esta desdicha, de este sufrimiento y del enorme despilfarro de dinero en armamentos, ¿es el visible mantenimiento del orgullo, del anhelo de ser superiores a otros? 

Ésta es nuestra tierra, no la tierra mía o la de él. 

Hemos nacido para vivir en ella, ayudándonos unos a otros, no destruyéndonos unos a otros. 

Este no es ningún disparate romántico, sino el hecho real. 

Pero el hombre ha dividido la tierra esperando con eso encontrar, en lo particular, la felicidad, la seguridad, un sentido de bienestar duradero. 

A menos que ocurra un cambio radical y eliminemos todas las nacionalidades, todas las ideologías, todas las divisiones religiosas, y establezcamos una relación global -primero psicológicamente, intemamente, antes de organizar lo externo- continuaremos con las guerras. 

Si dañamos a otros, si matamos a otros, ya sea a causa de la ira o mediante el asesinato organizado que se llama guerra, cada uno de nosotros -que es el resto de la humanidad, no un ser humano separado que pelea con el resto de la humanidad- se está destruyendo a sí mismo. 

Este es el problema básico, real, que tenemos que comprender y resolver. 

Hasta que nos comprometamos dedicándonos a erradicar estas divisiones nacionales, económicas y religiosas, estaremos perpetuando la guerra, seremos responsables por todas las guerras -tradicionales o nucleares. 

Ésta es, verdaderamente, una cuestión muy importante y urgente: averiguar si el hombre, cada uno de nosotros puede producir este cambio en sí mismo. 

No decir: «Si yo cambio, ¿tendrá eso algún valor? ¿No será solo una gota en un lago muy vasto, sin efecto alguno en absoluto? ¿Qué sentido tiene que yo cambie?». 

Ésta es una pregunta equivocada, porque uno es el resto de la humanidad. 

Uno es el mundo, no está separado del mundo. 

Uno no es un americano, un ruso, un hindú o un musulmán. 

Existimos aparte de estas etiquetas, de estas palabras; cada uno de nosotros es el resto de la humanidad porque su conciencia, sus reacciones, son similares a las de los otros. 

Podemos hablar un idioma diferente, tener costumbres diferentes, eso es la cultura superficial -aparentemente, todas las culturas son superficiales- pero nuestra conciencia, nuestras reacciones, nuestra fe, nuestras creencias e ideologias, nuestros miedos y ansiedades, la soledad, el dolor y el placer que experimentamos, son similares a los del resto de la humanidad. 

Si uno cambia, ello afectarã a toda la humanidad. 

Es importante considerar esto -no de manera vaga o superficial- al investigar, buscar, examinar las causas de la guerra. 

La guerra sólo puede comprenderse y se le puede poner fin, si uno mismo y todos aquellos que se interesan profundamente en la supervivencia dei ser humano, sienten que son totalmente responsables por la matanza de otros, ¿Qué es lo que nos hará cambiar? ¿Qué hará que nos demos cuenta de la espantosa situation que ahora hemos originado? ¿Qué hará que nos opongamos a toda division -religiosa, nacional, ética, etcétera? ¿Lo hará un mayor sufrimiento? 

¡Pero si hemos tenido miles y miles de años de sufrimiento y el hombre no ha cambiado! 

Aún prosigue la misma tradición, el mismo sentimiento tribal, las mismas divisiones religiosas de «mi dios» y «tu dios». 

Los dioses y sus representantes los ha inventado el pensamiento; no tienen una realidad factual en nuestra vida cotidiana. 

Casi todas las religiones han dicho que matar seres humanos es el mayor de los pecados. 

Mucho antes del cristianismo, los hindúes decían esto, lo decían los budistas, y no obstante la gente mata a pesar de su creencia en un dios, o de su ereencia en un salvador y cosas así; y continúa por la senda de la matanza humana.

¿Nos cambiará la recompensa dei cielo o el castigo dei infiemo? 

Eso también se le ha ofrecido al hombre; y también eso ha fracasado. 

Ninguna imposición externa, ni leyes, ni sistemas detendrán jamás la matanza del hombre. 

Ninguna convicción intelectual o romântica pondrá tampoco fin a las guerras. 

Éstas terminarán sólo cuando cada uno de nosotros, como los demás seres humanos, veamos la verdad de que mientras siga habiendo división encualquiera de sus formas, tiene que haber conflicto, limitado o amplio, reducido o expansivo, tiene que haber lucha, dolor. 

De modo que uno es responsable, no sólo hacia sus hijos, sino hacia el resto de la humanidad. 

A menos que esto se comprenda profundamente, no de manera verbal o a base de ideas o del mero intelecto, sino que lo sintamos en nuestra sangre, en nuestro modo de mirar la vida, en nuestras acciones, estaremos sosteniendo el asesinato organizado que llamamos «guerra». 

La instantánea percepción de esto es mucho más importante que la respuesta inmediata a un problema que es la consecuencia de miles de años en que el hombre viene matando la hombre. 

El mundo está enfermo, y no hay nadie de afuera que pueda ayudarlo a uno, excepto uno mismo.

Hemos tenido líderes. especialistas, toda clase de agentes externos, incluyendo a Dios -y no han tenido efecto, no han ejercido influencia alguna sobre nuestro estados psicológicos. 

Ellos no pueden guiarnos. 

Ningún estadista, ningún maestro, ningún gurú, nadie puede hacer que en lo interno seamos fuertes y supremamente sanos. 

En tanto estemos en desorden, en tanto no mantengamos nuestra casa interna en una condición apropiada, en un estado correcto, crearemos el profeta externo, y éste siempre nos llevará por un camino engañoso. 

Nuestra casa está en desorden, y nadie en esta tierra o en el cielo puede producir orden en nuestra casa.

 A menos que uno comprenda por sí mismo la naturaleza del desorden, la naturaleza del conflicto, la naturaleza de la división, la casa de uno -que es uno mismo- siempre permanecerá en desorden, estará en guerra. 

No es cuestión de quién tiene el más grande poder militar. 

Es más bien el problema del hombre contra el hombre; es el hombre el que ha creado las ideologías, y estas ideologias que el hombre ha creado están las unas contra las otras. 

Hasta que estas ideas, estas ideologías, lleguen a su fin y cada hombre se vuelva responsable por los otros seres humanos, no podrá haber paz en el mundo.

EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 25 DE MARZO DE 1983

 25, marzo, 1983 

Es el segundo día que gozamos de una exquisita mañana primaveral. 

Todo es aqui extraordinariamente bello, llovió copiosamente la noche anterior, y todas las cosas están bañadas y limpias, todas las hojas relucen brillantes a la luz del sol. 

El aire está impregnado con el perfume de muchas flores y el cielo azul se halla salpicado de nubes pasajeras. 

La belleza de una mañana así es intemporal. 

No es ésta mañana; es la mañana del mundo. 

Es la manana de un millar de ayeres. 

Es la mañana que uno espera que continue, que dure etemamente. 

Es una mañana plena de luz, una luz solar suave, resplandeciente, clara, y el aire es muy puro aqui, a bastante altura sobre el valle. 

Los naranjos y sus frutos de un amarillo brillante han sido lavados y relucen como si ésta fuera la primera mañana de su nacimiento. 

La tierra está cargada de lluvia y en las altas montañas hay nieve. 

Es realmente una mañana intemporal. 

Al otro lado, las montañas distantes que encierran este valle ansían el sol, porque la noche ha sido fría y todas las rocas y los guijarros y el pequeño torrente, parecen estar atentos y llenos dde vida. 

Uno está sentado quietamente, lejos de todo, y contempla el cielo azul, percibe toda la tierra, la pureza y la belleza de todas las cosas que viven y se mueven sobre esta tierra -excepto el hombre, por supuesto-.

 El hombre es lo que es ahora, después de muchos miles de siglos. 

Y es posible que continúe de la misma manera; lo que él es ahora, es lo que será mañana y en millares de mañanas. 

El tiempo, la evolución, lo ha traído hasta lo que hoy es. 

El futuro será lo que el hombre es ahora, a menos, desde luego, que haya una mutación profunda y duradera en la totalidad de su psique. 

El tiempo se ha vuelto extraordinariamente importante para el hombre, para todos nosotros -tiempo para aprender, para adquirir una destreza, tiempo para llegar a ser esto o aquello, y tiempo para morir; tiempo tanto exteriormente en el mundo físico, como tiempo en el mundo psicológico-. 

Es necesario disponer de tiempo para aprender un idioma, para aprender a manejar un automóvil, para aprender a hablar, para adquirir conocimientos. 

Si uno no dispusiera de tiempo, no podría unir entre sí las cosas que se requieren para construir una casa, para colocar ladrillo sobre ladrillo. 

Necesitamos tiempo para ir de aquí hasta donde queremos ir. 

El tiempo es un factor extraordinário en nuestra vida -para adquirir, para administrar, para recuperar la salud, para escribir una simple carta-. 

Y, al parecer, creemos que necesitamos del tiempo psicológico, el tiempo de lo que ha sido modificado ahora y continuando en el futuro. 

El tiempo es el pasado, el presente y el futuro. 

Internamente, el hombre asegura su esperanza en el tiempo; la esperanza es tiempo, el futuro, los infinitos mañanas, tiempo para llegar a ser algo internamente -uno es «esto», uno llegarâ a ser «aquello»-. 

El llegar a ser, el devenir, igual que en el mundo físico, desde el pequeño empresario al gran empresario, desde la persona sin importancia a lo más alto en alguna profesión - es devenir. 

Creemos que necesitamos tiempo para cambiar de «esto» a «aquello». 

Las palabras mismas «cambio» y «esperanza», intrinsecamente implican tiempo. 

Uno puede entender que el tiempo es necesario para viajar, para llegar a un puerto, para aterrizar después de un largo vuelo hasta el lugar deseado. 

El lugar deseado es el futuro.

Eso es bastante obvio, y el tiempo es necesario en el reino del logro, de la ganancia, de la eficiencia en alguna profesión, en una carrera que exige adiestramiento. 

Ahí, el tiempo no sólo parece necesario, sino que tiene que existir. 

Y este mismo movimiento, este devenir, lo extendemos al mundo de la psique. 

Pero, ¿existe en absoluto un devenir psicológico? 

Nunca cuestionamos eso. 

Lo hemos aceptado como algo natural. 

Las religiones, los libres evolucionistas, nos han informado que necesitamos tiempo para cambiar de «lo que es» a «lo que debería ser». 

La distancia cubierta es tiempo. 

Y hemos aceptado que hay cierto placer y dolor en el llegar a ser no-violento cuando uno es violento, que alcanzar el ideal requiere de una enorme cantidad de tiempo. 

Y hemos seguido ciertamente este patrón todos los dias de nuestra vida, lo hemos seguido sin cuestionarlo jamás. 

No dudamos. 

Seguimos el viejo patrón tradicional. 

Y tal vez ésa sea una de las desdichas del hombre -la esperanza de realización, y el dolor de ver que esa realización no se alcanza, no se obtiene fácilmente. 

¿Existe realmente el tiempo en el mundo psicológico -o sea, cambiar eso que es , en algo por completo diferente ? 

¿Por qué existen en absoluto los ideales, las ideologías, o ya sean políticas o religiosas? 

¿No es éste uno de los conceptos divisivos del hombre que han generado conflicto? 

Después de todo, las ideologías, la derecha, la izquierda o el centro, son creadas por el estudio, por la actividad del pensamiento que sopesa, juzga y llega a una conclusion cerrando así la puerta a toda investigation más completa. 

Las ideologías han existido tal vez tanto como el hombre puede recordar. 

Son como la creencia o la fe, que separan al hombre del hombre. 

Y esta separación se origina a través dei tiempo. 

El «yo», el ego, la persona, de la familia al grupo, a la tribu, a la nación. 

Uno se pregunta si las divisiones tribales podrán superarse alguna vez. 

El hombre ha tratado de unificar las naciones, que son realmente una forma glorificada del espíritu tribal. 

No podemos unificar las naciones. 

Siempre seguirán estando separadas, la evolución genera grupos separados. 

Y nosotros continuamos con las guerras, las religiosas y las otras. 

Y el tiempo no ha de cambiar esto. 

El conocimiento, la experiencia, las conclusiones definidas, jamás producirán una comprensión global, una relación global, una mente global. 

De modo que la pregunta es: /¿Hay posibilidad de producir un cambio en «lo que es», en la realidad, haciendo totalmente caso omiso del tiempo? /, ¿Hay posibilidad de cambiar la violência -no tratando de convertimos en no-violentos, lo cual constituye meramente el opuesto de «lo que es»? 

El opuesto de «lo que es», es sólo otro movimiento del pensar. 

Nos preguntamos: /¿Puede la envidia, con todas sus implicaciones, cambiar sin que el tiempo esté involucrado en ello, sabiendo uno que la misma palabra «cambiar» implica tiempo? -ni siquiera diremos «transformarse», porque esa misma palabra «transformarse» significa moverse de una forma a otra-. /, ¿Puede, pues, la envidia terminar radicalmente sin la intervención dei tiempo? 

El tiempo es pensamiento. 

El tiempo es pasado. 

El tiempo es motivo. 

Sin motivo alguno, /. ¿puede haber cambio? /.Acaso la misma palabra motivo no implica ya una dirección, una conclusion? 

Y cuando hay un motivo, realmente no existe cambio alguno en absoluto. 

El deseo es, por otra parte, una cosa bastante compleja, compleja en su estructura. 

El deseo de producir un cambio, o la voluntad de cambiar, se convierten en el motivo y, por tanto, ese motivo distorsiona aquello que ha de experimentar el cambio, aquello que ha de terminarse. 

La terminación de algo no contiene tiempo.

Las nubes se están reuniendo lentamente alrededor de la montaña, y se mueven hasta oscurecer el sol; es probable que llueva nuevamente, como ayer. 

Porque aqui, en esta parte del mundo, es la estación de las lluvias. 

Nunca llueve durante la época del verano; cuando el tiempo es caluroso y seco, este valle está desierto.

Más allá de los cerros, el desierto se extiende amplio, inacabable y yermo. 

Y otras veces se ve muy hermoso, tan vasto en su espacio. 

Su propia vastedad hace de él un desierto. 

Cuando la primavera termina, hace más y más calor; los árboles parecen marchitarse, las flores han desaparecido y la temperatura alta y seca limpia nuevamente todas las cosas.

«Señor, ¿por qué dice usted que el tiempo es innecesario para el cambio?» 

«Averigüemos cuál es la verdad del asunto, Sin aceptar ni rechazar lo que uno ha dicho al respecto, sino sosteniendo un diálogo para explorar juntos esta cuestión. 

Uno ha sido educado para creer -y és a es la tradición- que el tiempo es necesario para el cambio. 

Es así, ¿no? 

Usamos el tiempo para convertir lo que somos en algo más grande, en algo “más” . 

No estamos hablando del tiempo físico, del tiempo necesario para lograr una destreza física, sino que más bien estamos considerando si la psique puede llegar a ser algo más que lo que es, si puede llegar a ser mejor de lo que es, si puede alcànzar un estado más alto de conciencia. 

Todo eso es el movimiento de la medida, de la comparación. 

Nos estamos preguntando juntos, ¿no es así?, qué implica el cambio. 

Vivimos en desorden, confusos; inseguros, reaccionando contra esto y a favor de aquello, buscando la recompensa y evitando el castigo. 

Queremos estar seguros, aunque todo lo que hacemos parece generar inseguridad. 

Esto, y más, es lo que produce desorden en nuestra vida cotidiana. 

Usted no puede ser desordenado o negligente, por ejemplo, en los negocios. 

Tiene que ser preciso, tiene que pensar con claridad, con lógica. 

Pero esta misma actitud no la extendemos al mundo psicológico. 

Tenemos este constante impulso de alejamos de “lo que es”, de convertimos en otra cosa que la comprensión de “lo que es”, de eludir las causas del desorden.» 

«Eso lo entiendo», dijo el interlocutor.>

 «Realmente escapamos de “lo que es”. 

Jamás consideramos atentamente, diligentemente, qué es lo que ocurre, qué está sucediendo ahora en cada uno de nosotros. 

Sólo tratamos de reprimir o de trascender “lo que es” . 

Si experimentamos un gran sufrimiento -psicológico, interno- nunca lo observamos cuidadosamente.

Queremos borrarlo de inmediato, encontrar algún consuelo. 

Y siempre está la lucha por alcanzar un estado libre de dolor, un estado en el que no haya desorden.

Pero el intento mismo de producir orden, parece incrementar el desorden o generar otros problemas.»,parèce generar inseguridad. 

«No sé si ha notado usted que cuando los políticos tratan de resolver un problema, esa misma solución multiplica otros problemas. 

También esto prosigue todo el tiempo.» 

«¿Está usted diciendo, señor, que el tiempo no es un factor de cambio? 

Esto puedo captarlo vagamente, pero no estoy muy seguro de comprenderlo en realidad. 

De hecho, lo que usted sostiene es que si tengo un motivo para cambiar, ese motivo se vuelve un obstáculo para el cambio, porque ese motivo es mi deseo, es mi impulso por alejarme de aquello que es desagradable o perturbador, para ir hacia algo mucho más satisfactorio, algo que me dará una felicidad mayor. 

De modo que un motivo o una causa ya han dictado, o han moldeado la finalidad, la finalidad psicológica. 

Esto lo entiendo, empiezo a vislumbrar lo que usted expresa. 

Estoy comenzando a percibir la implicación que tiene el cambio sin tiempo.»

«Formulémonos entonces la pregunta: ¿Existe una: percepción intemporal de “lo que es” ? 

O sea, el mirar, el observar “lo que es” sin que intervenga el pasado, sin todos los recuerdos acumulados, los nombres, las palabras, las reacciones -mirar ese sentimiento, esa reacción que llamamos, por ejemplo, “envidia” . 

Observar este sentimiento sin el actor -el actor, que es toda la rememoración de las cosas que han ocurrido con anterioridad. 

«El tiempo no es solamente la salida y puesta del sol, o el ayer, el hoy y el mañana. 

El tiempo es algo mucho más complicado, intrincado y sutil. 

Y para comprender realmente la naturaleza y profundidad del tiempo, uno ha de meditar sobre la cuestión de si el tiempo puede detenerse; no un tiempo fictício ni el de la imaginación que evoca tantas probabilidades románticas, fantásticas -sino el tiempo que está en el campo de la psique -si ese tiempo puede cesar verdaderamente, de hecho-. 

Ésa es realmente la cuestión. 

Uno puede analizar la naturaleza del tiempo, investigarla y tratar de descubrir si la continuidad de la psique es una realidad, o si es la esperanza del hombre por aferrarse a algo que le ofrezca alguna clase de seguridad, de consuelo. 

¿Tiene el tiempo sus raíces en el cielo? 

Cuando uno mira los cielos, los planetas y el inimaginable número de las estrellas, se pregunta si ese universo puede ser comprendido por la cualidad de la mente que está ligada al tiempo.

 ¿Es necesario el tiempo para captar, para comprender todo el movimiento del cosmos y del ser humano -para ver instantáneamente lo que siempre es verdadero? »

Si es que puede uno señalarlo, tenemos que contener esto en nuestra mente, no pensar al respecto sino sólo observar todo el movimiento dei tiempo, que es realmente el movimiento del pensar. 

El pensanúento y el tiempo no son dos cosas diferentes, dos movimientos, dos acciònes diferentes. 

El tiempo es pensamiento y el pensamiento es tiempo. 

¿Existe, para expresarlo de una manera diferente, la terminación total del pensamiento? 

O sea, la terminación del conocimiento. 

El conocimiento es tiempo, el pensamiento es tiempo, y nos estamos preguntando si este proceso acumulativo dei conocimiento que recoge más y más información, que persigne más y más las intrincaciones de la existencia, si este proceso puede llegar a su fin. 

¿Puede el pensamiento, que después de todo es la esencia de la psique -los temores, los placeres, las ansiedades, la soledad, el dolor, y el concepto del yo (“yo”como separado de otro)- puede esa actividad centrada en uno mismo, toda esa actividad egocéntrica, llegar a su fin? 

Cuando llega la muerte, hay un final para todo eso. 

Pero no hablamos de la muerte, del final definitivo; nos estamos preguntando si podemos percibir realmente que el pensamiento, el tiempo, tienen un final. »

El conocimiento, después de todo, es la acumulación* a través del tiempo, de numerosas experiencias, el registro de múltiples incidentes, acontecimientos, etc.; este registro se almacena naturalmente en el cerebro, este registro es la esencia del tiempo. 

¿Podemos descubrir cuándo el registro es necesario, y si el registro psicológico es necesario en absoluto? 

No es cuestión de que el conocimiento y la perícia que son necesarios se separen de lo otro, sino de empezar a comprender la naturaleza del registrar, comprender por qué los seres humanos registran y luego reaccionan a partir de ese registro. 

Cuando alguien nos insulta o nos lastima psicológicamente con una palabra, con un gesto, con una acción, por qué debería registrarse esa ofensa? 

¿Es posible no registrar la alabanza ni el insulto, de modo que la mente no se desordene jamás, de modo que tenga un vasto espacio, y la psique de la cual somos conscientes como el “yo”-que a su vez es creado por el pensamiento y el tiempo- llegue a su fin? 

Siempre estamos temerosos de algo que jamás hemos visto percibido -de algo que no hemos experimentado-. 

Uno no puede experimentar la verdad. 

Para experimentar, tiene que haber un experimentador. 

El experimentador es el resultado del tiempo, de la memória acumulada, del conocimiento, etcétera.

 Como dijimos al principio, el tiempo exige una comprensión rápida, atenta, vigilante. 

En nuestra vida cotidiana, ¿podemos existir sin el concepto del futuro? 

No el concepto -perdóneme, no la palabra “concepto”-pero , ¿puede uno vivir intemamente sin el tiempo? 

Las raíces del cielo no están en el tiempo y el pensamiento.»

«Señor, lo que usted dice se ha vuelto verdaderamente una realidad en la vida cotidiana. 

Sus diversas declaraciones acerca del tiempo y del pensamiento parecen ahora, mientras le escucho, tan sencillas, tan claras... y tal vez por un segundo o dos el tiempo cesa, se detiene. 

Pero cuando regrese a mi rutina ordinaria, con la fatiga y el hastío de todo eso -hasta el placer se vuelve más bien fastidioso- cuando regrese volveré a tomar los viejos hilos. 

Parece tan extraordinariamente difícil soltar los viejos hilos y mirar, sin reacción alguna, el paso dei tiempo. 

Pero estoy empezando a comprender (y espero que no sea sólo verbalmente) que existe una posibilidad de no registrar, si puedo usar esa palabra. 

Me doy cuenta de que yo soy el registro. 

He sido programado para ser esto o aquello. 

Eso puede uno verlo con bastante facilidad, y tal vez pueda descartarlo por completo. 

Pero la terminación del pensamiento y de las intrincaciones del tiempo requiere una observación intensa, muchísima investigación. 

Pero, ¿quién es el que va a investigar, puesto que el investigador mismo es el resultado dei tiempo?

 Capto algo. 

Lo que usted realmente dice es: Sólo observar sin reacción alguna, prestar atención total a las cosas comunes de la vida, y ahí descubrir la posibilidad de terminar con el tiempo y el pensamiento. Verdaderamente, ha sido ésta una interesante conversación.»

EL ÚLTIMO DIARIO - J.K.- 18 DE MARZO DE 1983

 18, marzo, 1983 

En el comedero de los pájaros había una docena o más de ellos piando, picoteando los granos, pugnando, peleándose entre sí* y cuando llegó otro pájaro grande todos escaparon batiendp las alas. 

Cuando el pájaro grande volvió a irse, regresaron con su parloteo, riñendo, piando, haciendo una bulla tremenda. 

Pronto pasó cerca un gato, y hubo agitación, chillidos y un gran alboroto. 

Ahuyentaron al gato -era uno de esos gatos salvajes, no un gato mimado; hay muchos de esos gatos salvajes alrededor de aqui, los hay de diferentes formas, tamaños y colores-. 

En el comedero había pájaros durante todo el día, algunos pequeños, otros grandes, y después llegó una urraca regañando a todos, a todo el universo, y ahuyentó a todos los otros pájaros -o más bien se fueron cuando la urraca llegó-. 

Estaban todos muy alertas a causa de los gatos. 

Y cuando estuvo cercano el anochecer, todos los pájaros volaron y hubo silencio, quietud, paz. 

Los gatos iban y venían, pero ya no había pájaros. 

Esa mañana las nubes estaban llenas de luz y el aire contenía

la promesa de más lluvias. 

Había estado lloviendo durante las últimas semanas. 

Hay un lago artificial, y las aguas estaban a punto de desbordarse. 

Todas las hojas verdes y los arbustos y los grandes árboles aguardaban la presencia del sol, que no había aparecido con ese brillo que tiene el sol califomiano; por algunos dias no había mostrado su rostro. 

Uno se prégurita cuál es el futuro de la humanidad, el futuro de todos esos niños que vemos gritando, jugando, con sus rostros tan felices, dulces y hermosos -¿cuál es el futuro de ellos?. 

El futuro es lo que somos ahora. 

Esto ha sido así historicamente por muchos miles de años -el vivir y el morir, y todo el tormento de nuestras existencias-. 

Parece que no prestamos mucha atención al futuro. 

Vemos en la televisión el interminable entretenimiento que se desarrolla desde la mañana hasta tarde en la noche excepto en uno o dos canales, pero las transmisiones de éstos son muy breves y no demasiado serias. 

Los niños se entretienen. 

Todos los comerciales alimentan la sensación de que con esto se nos distraemos. 

Y ello ocurre prácticamente en todo el mundo.

 ¿Cuál será el futuro de estos niños? 

Está el entretenimiento dei deporte -treinta, cuarenta mil espectadores mirando a unas pocas personas én el campo de juego y gritando hasta quedarse roncos-. 

Y uno también va y presencia alguna ceremonia que se realiza en una gran catedral, algún ritual, y eso también es una forma de entretenimiento; solo que lo llamamos sagrado, religioso; pero sigue siendo un entretenimiento -una experiencia romántica, sentimental, una sensación de religiosidad-. 

Observando todo esto en diferentes partes del mundo, viendo como la mente está ocupada con la diversion, el entretenimiento; el deporte, es inévitable que uno se pregunte, si es que de algún modo le interésa. 

¿Qué será del futuro? 

¿Más de lo mis mo en formas diferentes? 

¿Una variedad de diversiones? 

Tenemos que considerar, pues, si es que dé alguna manera nos damos cuenta de lo que nos está pasando, cómo los mundos del entretenimiento y del deporte están aprisionando nuestra mente, moldeando nuestra vida. 

¿Adónde conduce todo esto? 

¿O acaso es algo que no nos interesa en absoluto? 

Probablemente no nos preocupa. 

Quizá ni hemos pensado al respecto, o, si lo hemos hecho, tal vez digamos que es demasiado complejo, demasiado alarmante, demasiado peligroso pensar en los años venideros -no en nuestra vejez particular sino en el destino (si se puede usar esa palabra), en el resultado de nuestro actual estilo de vida, lleno de toda clase de sentimientos y búsquedas románticas, emocionales, sentimentales, y con todo el mundo del entretenimiento golpeando contra nuestra mente-. 

Si de algún modo nos damos cuenta de todo esto, ¿cuál cs el futuro de la humanidad? 

Como dijimos antes, el futuro es lo que somos ahora. 

Si no hay un cambio -no adaptaciones superficiales, no ajustes superficiales a algún patrón político, religioso o social, sino un cambio mucho más profundo que exige nuestra atención, nuestro cuidado, nuestro afecto- si no hay un cambio fundamental, entonces el futuro es lo que estamos haciendo cada día de nuestra vida en el presente. 

«Cambio» es una palabra más bien difícil. 

¿Cambiar a qué? ¿Cambiar de un patrón a otro patrón? ¿De un concepto a otro concepto? ¿De un sistema político o religioso a otro? ¿Cambiar de esto a aquello? 

Aquello sigue estando en el reino, del campo de «lo que es» . 

El cambiar a aquello es proyectado por el pensamiento, formulado por el pensamiento, decidido por el proceso material.

Uno debe, pues, investigar cuidadosamente esta palabra «cambio». 

¿Hay cambio si existe un motivo?, ¿Hay cambio si existe una dirección particular, una finalidad particular, una conclusión que parece sensata, racional? 

O tal vez una expresión mejor que «cambio» sea, «terminación de lo que es». 

La terminación, no el movimiento de «lo que es» a «lo que debería ser». Eso no es verdadero cambio.

 Pero la terminación, la cesación, la... ¿cuál es lapalabra apropiada?... pienso que «terminación» es una buena palabra, así que atengámonos a ella. 

La terminación. 

Pero si la terminación tiene un motivo, un propósito, si es un asunto de decisión, entonces es meramente un cambio de esto a aquello. 

La palabra «decisión» implica una acción de la voluntad: «Yo haré esto», «yo no haré aquello». 

Cuando en el acto de terminar con algo se introduce el deseo, éste se convierte en la causa de la terminación. 

Donde hay una causa hay un motivo, y entonces no existe en absoluto una verdadera terminación. 

El siglo xx ha conocido una gran cantidad de cambios producidos por dos guerras devastadoras, y el materialismo dialéctico, y el escepticismo con respecto a las creencias religiosas, a las actividades de los rituales, etc., aparte del mundo tecnológico que ha dado origen a muchísimos cambios; y habrá futuros cambios cuando la computadora esté completamente desarrollada -nos hallamos sólo en el comienzo de ese desarrollo-. 

Entonces, cuando la computadora tome el mando, ¿qué va a ocurrir con nuestras mentes humanas? 

Pero ésta es otra cuestión. 

Cuando la industria del entretenimiento asume la dirección, tal como gradualmente lo está haciendo ahora, cuando los jóvenes, los niños, los estudiantes son constantemente instigados al placer, a la fantasía, a la sensualidad romántica, las palabras moderación y austeridad se dejan a un lado y ni siquiera se les dedica jamás un solo pensamiento. 

La llamada austeridad de los monjes, de los sanyasis que niegan el mundo, que visten sus cuerpos con alguna clase de uniforme o un simple taparrabo -esta negación del mundo material, ciertamente no es austeridad-. 

Es probable que la mayoría ni siquiera escuche esto, que no preste atención a las implicaciones que tiene la austeridad. 

Cuando desde la infancia se nos ha educado para que nos divirtamos y escapemos de nosotros mismos mediante los entretenimientos, religiosos o de otra indole, y cuando la mayoría de los psicólogos dicen que debemos expresar todo lo que sentimos y que cualquier forma de abstinencia o restricción es nociva y conduce a diversas formas de neurosis, es natural que entremos más y más en el mundo dei deporte, de las diversiones y los entretenimientos, todo lo cual nos ayuda a escapar de nosotros mismos, de lo que somos. 

Comprender la naturaleza de lo que somos, comprenderlo sin distorsión alguna, sin ningún prejuicio, sin ningún tipo de reacciones ante lo que descubrimos que somos, es el principio de la austeridad. 

La observación, la percepción alerta de cada pensamiento, de cada sentimiento, sin refrenarlos, sin controlarlos, sino observándolos como observamos un pájaro que vuela, sin introducir en tal observación los propios prejuicios y distorsiones. Ese observar da origen a un extraordinário sentido de austeridad que está mucho más allá de toda restricción, de todo el tonto engañarnos a nosotros mismos y de toda esta idea dei mejoramiento propio, de la propia realización personal. 

Todo eso es más bien infantil. 

En este observar existe una gran libertad y en ella reside el sentido de dignidad que hay en la austeridad.

Pero si uno dijera todo esto a un moderno grupo de estudiantes o niños, ellos probablemente mirarían hacia fuera por la ventana llenos de aburrimiento, porque este mundo sólo está dispuesto a la persecución dei propio placer. 

Una gran ardilla de color castaño amarillento bajó del árbol, subió al comedero, mordisqueó unos pocos granos y se sento ahí, en la parte superior, mirando alrededor con sus ojos como dos grandes cuentas brillantes y su curva cola levantada; una criatura maravillosa. 

Permaneció allí por un momento y después bajó, recorrió unas cuantas rocas, y finalmente se lanzó hacia lo alto del árbol y desapareció. 

Al parecer, el hombre siempre ha escapado de sí mismo, de lo que él es, eludiendo ver adónde va, huyendo de todo esto que le concieme.-el universo, su vida cotidiana, el morir y el comenzar-. 

Es extraño que nunca nos demos cuenta de que por mucho que escapemos de nosotros mismos, por mucho que podamos alejarnos de manera consciente, deliberada, inconsciente o sutil, el conflicto, el placer, el dolor, el miedo, etc., siempre están ahí..

Y finalmente dorminan. 

Uno puede tratar de reprimirlos, puede tratar de apartarlos deliberadamente por un acto de la voluntad, pero vuelven a la superfície. 

Y el placer es uno de los factores que predominan; también conlleva los mismos conflictos, el mismo dolor, el mismo hastío. 

El cansancio y el desgaste del placer forman parte de esta confusión que es nuestra vida. 

No podemos eludir esto. 

No podemos escapar de esta insondable confusión a menos que realmente le dediquemos cierta reflexión, y no sólo reflexión, sino que veamos con atención cuidadosa, con diligente vigilância todo el movimiento del pensar y del yo. 

Muchos podrán decir que esto es demasiado fatigoso, tal vez innecesario. 

Pero si no le prestamos atención, si no le hacemos caso, el futuro no sólo va a ser más destructivo, más intolerable, sino que carecerá de mayor significación. 

Éste no es un punto de vista deprimente, desalentador; es realmente así. 

Lo que somos ahora, es lo que seremos en los días que vendrán. 

No podemos evitarlo. 

Es algo tan preciso como la salida y puesta del sol. 

Esto lo compartirán todos los seres humanos, toda la humanidad, a menos que cambiemos todos, cada uno de nosotros, que cambiemos hacia algo que no sea proyectado por el pensamiento.

EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 17 DE MARZO DE 1983

 17, marzo,1983 

Las nubes estaban muy bajas esta mañana. 

Había llovido la última noche, no demasiado, pero eso regó la tierra, la nutrió, la enriqueció. 

En una mañana como ésta -con los cerros flotando entre las nubes y con semejante cielo- cuando uno piensa en la enorme energía que el hombre ha gastado sobre esta tierra, en el vasto progreso tecnológico de los últimos cincuenta años, en todos los ríos más o menos contaminados, en el desperdicio de energia dedicada a este perpetuo entretenimiento... todo eso se ve muy extraño y muy enfermizo. 

En la galeria, esta mañana el tiempo está muy lejos del hombre -el tiempo como movimiento, el tiempo como el ir de aquí hasta allá, el tiempo para aprender, el tiempo para actuar, el tiempo como un medio para cambiar de esto a aquello en las cosas comunes de la vida-. 

Uno puede entender que el tiempo sea necesario para aprender un idioma, para aprender alguna destreza, para construir un avión, para armar una computadora, para viajar alrededor del mundo; el tiempo de la juventud, el tiempo de la vejez, el tiempo como el sol que se pone o como el sol que se levanta lentamente sobre los cerros, el tiempo de las largas sombras y el crecimiento de un árbol que madura poco a poco, el tiempo para llegar a ser un buen jardinero, un buen carpintero, etcétera. 

En el mundo físico, en la acción física, el tiempo se vuelve indispensable y útil.

 ¿Es que trasladamos y extendemos el mismo uso dei tiempo al mundo psicológico?

¿Extendemos este modo de pensar, de actuar, de aprender, al mundo que está bajo la piel, que está en el área de la psique, como esperanza, como llegar a ser esto o aquello, como mejoramiento propio? 

Suena más bien absurdo -cambiar de esto a aquello, de «lo que es» a «lo que debería ser»-. 

Pensamos que el tiempo es necesario para cambiar toda la compleja cualidad de la violencia transformándola en lo que no es violento. 

Sentado tranquilamente a solas en la galería que da sobre el largo y ancho valle, uno casi podia contar las hileras de naranjos, los huertos bellamente conservados. 

Ver la belleza de la tierra, del valle, no involucra al tiempo, pero el trasladar esa percepción a un lienzo o a un poema, requiere tiempo. 

Tal vez usamos el tiempo como un medio de escapar de «lo que es», de lo que somos, de lo que el futuro será para nosotros mismos y para el resto de la humanidad. 

En el reino psicológico, el tiempo es el enemigo del hombre. 

Queremos que la psique evolucione, crezca, se expanda, se realice, se convierta en algo más que lo que es. 

Jamás ponemos en tela de juicio la validez de tal deseo, de tal concepto; fácilmente,quizá muy contentos, aceptamos que la psique puede evolucionar, florecer, y que un día habrá paz y felicidad en el mundo. 

Pero en realidad no existe la evolución psicológica. 

Hay un colibri: que va de flor en flor, ¡un resplandor intenso en esta quieta luz, con tanta vitalidad en esa pequeñita criatura! 

La rapidez de las alas y el ritmo tan fantástico y constante; parece capaz de moverse hacia adelante y hacia atrás. 

Es algo maravilloso observarlo, sentir la delicadeza, el color brillante, y sorprenderse de esa belleza tan diminuta, tan veloz y que tan rápidamente ha desaparecido... 

Y hay un sinsonte sobre el cable telefónico. 

Otro pãjaro está posado en la copa de aquel árbol y desde allí examina todo el mundo. 

Ha estado sin moverse de ahí por más de media hora, pero vigilando, moviendo su cabecita para advertir el más mínimo peligro. 

Y ahora también ha desaparecido. 

Las nubes están comenzando a alejarse, y ¡qué verdes se ven los cerros! 

Como se ha dicho, la evolución psicológica no existe. 

La psique nunca puede devenir o desarrollarse hasta convertirse en algo que no es. 

El orgullo y la arrogancia no pueden convertirse sino en un orgullo y una arrogancia mayores, ni puede el egoísmo, que es el destino común a todos los seres humanos, llegar a ser otra cosa que más y más egoísmo, más y más de su propia naturaleza. 

Es más bien alarmante darse cuenta de que la propia palabra «esperanza» contiene todo el mundo del futuro. 

Este movimiento de «lo que es» a «lo que debería ser» es una ilusión, es realmente -si uno puede usar esa palabra- una mentira. 

Aceptamos como una cuestión de hecho lo que el hombre ha repetido a través de los siglos, pero cuando empezamos a cuestionar, a dudar, podemos ver muy claramente -si es que queremos verlo y no lo ocultamos detrás de alguna imagen o alguna antojadiza construcción verbal- la naturaleza y estructura de la psique, del ego, del «yo». 

El «yo» jamás puede convertirse en algo mejor. 

Lo intentará, pensará que puede, pero el «yo» subsiste siempre en sutiles formas. 

Se esconde tras de muchas vestiduras, adopta múltipies estructuras; varía de vez en cuando, pero siempre existe este «yo», esta actividad separativa, egocéntrica que imagina que un día hará de sí misma algo que en realidad no es. 

Uno ve, pues, que no existe una evolución del yo; sólo existe la terminación del egoísmo, de la ansiedad, de la aflicción y el dolor que constituyen el contenido de la psique, del «yo». 

Sólo existe el fin de todo eso, y ese fin no requiere tiempo. 

No es que todo eso vaya a terminar pasado mañana. Terminará solamente cuando exista la percepción de ese movimiento. 

Una percepción no sólo objetiva, sin distorsión, sin prejuicio alguno, sino libre de todas las acumulaciones del pasado. 

Ser testigo de todo esto sin el observador; el observador pertenece al tiempo, y por mucho que quiera producir una mutación en sí mismo seguirá siendo el observador; los recuerdos, por gratos que puedan ser, carecen de realidad, son cosas del pasado, cosas desaparecidas, terminadas, muertas. 

Sólo observando sin el observador, uno comprende realmente la naturaleza del tiempo y la terminación dei tiempo. 

El colibri ha regresado. 

Un rayo de sol que se filtra por una abertura de las nubes , lo ha atrapado haciendo destellar sus colores , el largo y fino pico y el movimiento rápido de las alas. 

La pura observación de ese pequeño pájaro, el sólo observado sin reacción alguna, es observar todo el mundo de la belleza. 

«El otro día le escuché decir que el tiempo es el enemigo de{ hombre. 

Usted explico brevemente algo al respecto. 

Parece una afirmación muy extravagante. 

Y usted ha hecho otras declaraciones similares. 

He encontrado que algunas de ellas son verdaderas, naturales, pero mi mente nunca puede ver con facilidad lo real, la verdad, el hecho. 

Me estuve preguntando, y también lo pregunté a otros, por qué nuestras mentes se han vuelto tan torpes, tan lerdas, por qué no podemos ver instantáneamente si algo es falso o verdadero. 

¿Por qué necesitamos explicaciones pára cosas que parecen tan obvias, si usted ya las ha explicado? ¿Por qué yo, o cualquiera de nosotros, no ve la verdad de este hecho? ¿Qué ha sucedido con nuestras mentes? 

Me gustaría, si es posible, dialogar sobre esto con usted a fin de averiguar por qué mi mente no es sutil, rápida. 

<< ¿puede esta mente, que ha sido adiéstrada y educada, llegar alguna vez a ser real y profundamente rápida, sutil, y ver algo instantáneamente, percibiendo la cualidad y lá verdad o falsedad de ello?>>

 <<Señor, comencemos por inquirir por qué nos hemos convertido en esto que somos. Ciertamente, ello nada tiene que ver con la vejez.

 ¿Es por el modo en que vivimos, el beber, el fumar, las drogas, el bullicio, la fatiga de la perpetua ocupación? 

Tanto exteriormente como interiormente, estamos siempre ocupados con algo. 

¿Es la naturaleza misma del conocimiento la que contribuye a esto? 

Se nos adiestra para adquirir conocimientos -a través del colégio, de la universidad o en la acción de ejecutar algo hábilmente-.

 ¿Es el conocimiento uno de los factores de esta falta de sutileza? 

Nuestros cerebros están llenos de muchísimas cosas, han reunido una gran cantidad de información proveniente dé la televisión y de todos los diários y revistas, y registran lo más que pueden; están todo el tiempo absorbiendo, reteniendo.

¿Es, pues,el conocimiento uno de los factores que destmye la sutileza de la mente? 

Pero no podemos desembárazarnos de nuestros conocimientos o dejarlos de lado; tenemos que poseerlos. 

Señor, usted necesita del conocimiento para manejar un automóvil, para escribir una carta, para realizar distintas gestiones; hasta tiene que poseer alguna clase de conocimiento para saber cómo empuñar una pala. 

Por süpuesto que los necesita, Tenemos que poseer conocimientos en el mundo de la actividad cotidiana.

Pero estamos hablando dei conocimiento acumulado en el mundo psicológico, el conocimiento que hemos reunido acerca de nuestra esposa, si es que tenemos una esposa; ese conocimiento mismo de haber vivido con nuestra esposa por diez días o por cincuenta años, ha embotado nuestro cerebro, ¿no es así? 

Los recuerdos, las imágenes, todo está almacenado ahí. 

Estamos hablando de esta clase de conocimiento interno. 

El conocimiento tiene sus propias sutilezas superficiales -cuándo ceder, cuándo resistir, cuándo acumular y cuándo no- pero nosotros estamos preguntando otra cosa: ese conocimiento mismo, ¿no hace que nuestra mente, nuestro cerebro se vuelva mecánico y repetitivo a causa del hábito? 

La enciclopédia contiene todo el conocimiento de todas las personas que han escrito eh ella.

 ¿Por qué no dejar ese conocimiento en el estante y utilizarlo cuándo sea necesario? 

No cargarlo en nuestro cerebro.

 Preguntamos: Ese conocimiento, ¿impide el instante de comprensión, la percepción instantânea que da origen a la mutación, la sutileza que no se encuentra en las palabras? ¿Es que estamos condicionados por los periódicos, por la sociedad en que vivimos, la que, dicho sea de paso, nosotros hemos creado, porque cada ser humano desde las pasadas generaciones hasta el presente ha creado esta sociedad, ya sea en esta parte del mundo o en cualquier otra parte?

 ¿Es el condicionamiento por medio de las religiones lo que ha moldeado nuestro pensamiento? 

Cuándo uno cree intensamente en alguna figura, en alguna imagen, esa misma intensidad de la creencia impide la sutileza, la rapidez mental. 

¿Es que estamos tan constantemente ocupados que no hay espacio en nuestra mente y en nuestro corazón -espacio tanto interno como externo? 

Todos necesitamos un poco de espacio, pero uno no puede tener espacio fisicamente si está en una ciudad atestada, o se encuentra atestado en su propia familia, atestado por todas las impresiones que ha recibido, por todas las presiones. 

Y psicológicamente tiene que haber espacio, no el espacio que el pensamiento puede imaginar, no el espacio del aislamiento, no el espacio que divide política, social y racialmente a los seres humanos, no el espacio entre continentes; sino un espacio interno que no tiene centro. 

Donde hay un centro, hay una periferia, una circunferencia. 

No estamos hablando de tal espacio.

¿Y otra razón de que no seamos sutiles, ágiles, y,será pqrque nos hemos vuelto especialistas? 

Podemos ser ágiles en nuestra propia especialización, pero uno duda de que haya comprensión alguna de la naturaleza del dolor, de la angustia, de la soledad, etcétera, en una persona especializada, adiestrada. 

Desde luego que uno no puede adiestrarse para tener una mente buena y. clara; la palabra “adiestrado” implica estar condicionado.

¿Cómo puede ser clara jamás una mente condicionada?

 De modo, señor, que todos éstos pueden ser los factores que nos impiden tener una buena mente, una mente clara y sutil.

 <<Gracias, señor, por recibirme>>

Tal vez, y así lo espero, algo de lo que usted ha dicho -no es que yo lo haya comprendido completamente- pero algunas de las cosas que usted ha dicho puede que hayan echado semillas en mi, y que yo permita que esas semillas germinen, florezcan sin interferencia alguna de mi parte.

 Quizás entonces pueda ver algo muy rápidamente, comprender algo sin necesidad de tremendas explicaciones, de análisis verbales, etcétera.

<< Hasta luego, senor.>>