EL ARTE DE ESCUCHAR - J.K.

 NO SE TRATA DE COMPRENDER A KRISHNAMURTI

No es cuestión de comprenderme. ¿Por qué debería usted comprenderme? La verdad no es mía, para que usted deba comprenderme. Ustedes encuentran mis palabras difíciles de comprender porque sus mentes están sofocadas por las ideas. Lo que yo digo es muy simple. No es para unos pocos elegidos, es para todos los que traten de entender.
Yo digo que si se liberaran de las ideas, de las creencias, de todas las seguridades que los hombres han construido en el curso de los siglos, entonces comprenderían. Sólo pueden liberarse cuestionando, y pueden cuestionar sólo cuando se hallan en estado de rebelión, no cuando están estancados en ideas satisfactorias. Cuando sus mentes están sofocadas por creencias, cuando están cargadas con el conocimiento adquirido de los libros, es imposible que comprendan la vida. Así que no es una cuestión de comprenderme.
Por favor, digo sin presunción alguna que he encontrado un modo; no un método que ustedes pueden practicar, no un sistema que se convierte en una jaula, en una prisión. He realizado a Dios, la verdad o el nombre que quieran darle. Digo que existe esa eterna realidad viviente, pero no puede ser realizada mientras la mente y el corazón se hallan cargados, mutilados con la idea del “yo”. En tanto exista esa conciencia de sí mismo, esa limitación, no puede haber realización de lo total, de la totalidad de la vida.
El “yo” existe mientras hay valores falsos, valores falsos que hemos heredado o que diligentemente hemos creado en nuestra búsqueda de seguridad, o que hemos establecido como la autoridad en nuestra búsqueda de consuelo. Los valores genuinos, los valores vivientes, pueden ustedes descubrirlos tan sólo cuando sufren, cuando están grandemente descontentos. Los encontrarán si están dispuestos a librarse de correr tras la ganancia. Pero muy pocos de nosotros queremos librarnos de eso; deseamos conservar lo que hemos ganado, ya sea en virtud o en conocimientos o en posesiones; deseamos conservar todas estas cosas. Así cargados tratamos de afrontar la vida, y de aquí la absoluta imposibilidad de comprenderla íntegramente.
Por lo tanto, la dificultad radica no en comprenderme, sino en comprender la vida misma; y esa dificultad existirá en tanto nuestras mentes estén cargadas con esta conciencia que llamamos el “yo”. No puedo entregarle los valores genuinos. Si le hablara de ellos, usted haría de eso un sistema y lo imitaría, estableciendo así nada más que otra serie de valores falsos. Pero podrá descubrir los valores genuinos por sí mismo cuando llegue a ser verdaderamente un individuo, cuando deje de ser una máquina. Y uno puede librarse de esta máquina aniquiladora, de esta máquina de los valores falsos, sólo cuando se halla en un intenso estado de rebelión.
Jiddu Krishnamurti
El arte de escuchar

EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 6 DE MAYO DE 1983

    Ojai, California 

6, mayo, 1983 

Era una mañana agradable, nublada, el aire estaba ligeramente fresco y los cerros cubiertos por las nubes permanecían silenciosos. 

Se sentia el perfume de los naranjos en flor, no muy intenso, pero ahí estaba. 

Es un aroma peculiar, penetrante, y se introducía en la habitación. 

Y todas las flores se aprestaban esta mañana para la salida del sol. 

Las nubes se alejarían pronto y después del sol brillaría en toda su intensidad. 

El automóvil atravesaba la pequeña población, pasando por muchos modestos caseríos, por torres de perforación, tanques petroleros, y por toda la actividad que se desarrolla alrededor de estos campos de petróleo; y finalmente llegamos al mar. 

Luego pasamos otra vez por una gran ciudad, aunque no demasiado grande; atravesamos los numerosos huertos de limoneros y naranjos, y nos encontramos, no con algunos sembrados de fresas, no con pequeños plantíos de coles, sino con acres, millas y millas de ellos -fresas, apio, espinaca, lechuga y otros vegetales- millas de tierra rica, llana, situada entre los cerros y el mar. 

Aquí todo se hace a gran escala, casi demasiado extravagante -millas de limones y naranjas, de nueces, etcétera. 

Es un país rico, bello. 

Y los cerros se mostraban muy amistosos esa mañana. 

Finalmente llegamos al azul Pacífico. 

Esta mañana el mar era como un estanque, tan inmóvil, tan extraordinariamente quieto y bañado por la luz matinal ; Uno debería realmente meditar en esa luz, no en la luz directa del sol sino en el refiejo dei sol sobre las rutilantes aguas . 

Pero el mar no siempre es así; hace un mes o dos se revolvia con furia golpeando violentamente contra el muelle, destruyendo las casas que hay alrededor de la bahía y provocando desastres incluso en la carretera que corre a lo largo del mar. 

Ahora estaban reparando el muelle averiado, utilizando toda la madera arrastrada a la playa por el mar en grandes cantidades . 

No obstante, hoy podia uno acariciarlo como a un animal domado, podia sentir la profundidad y la amplitud y la belleza de este vasto mar tan azul. 

Más cerca de la playa predominaba el color verde nilo; era algo sumamente agradable ir por la carretera junto al mar y respirar el aire salado, contemplar los cerros, la ondulante hierba y la vasta extension de las aguas. 

Todo esto desapareció en la enorme y fea ciudad, la cual se había extendido por millas y millas y millas.

 No era una ciudad muy agradable, pero la gente vivía ahí y parecia gustar de ella. 

Sentado en la playa, uno observa el mar, las olas que vienen y van. 

La séptima ola parece ser las más grande, cuando truena al precipitarse hacia tierra. 

Hay muy poca marea en el Pacífico -al menos no éxisten aqui esas mareas que salen mar afuera por muchas millas y luego vuelven a introducirse rápidamente-. 

Aquí hay siempre un leve flujo y reflujo, un ir y venir que se repite por siglos y siglos; 

Si uno puede contemplar ese mar, el centelleo de luz deslumbrante y las claras aguas -contemplarlo con todos los sentidos despiertos a su máxima excelencia- en esa observación no hay un centro, no existe un «uno» que esté observando. 

Es bello observar el mar, y la arena limpia lavada día tras día. 

Ninguna huella puede quedar ahí, ni siquiera los pequeños pájaros del mar dejan su huella; el mar las borra por completo. 

Las casas que se ven a lo largo de la playa son pequenas y pulcras; probablemente vive en ellas gente muy rica. 

Pero todo eso no cuenta para nada -sus riquezas, su vulgaridad, sus costosos automóviles-. 

Uno vio un Mercedes muy viejo, con gastados tubos de escape fuera de la cubierta del motor, tres a cada lado. 

Los dueños parecían sentirse muy orgullosos de su automóvil, lo habían pulido, lo lavaban dêdicándole muchísimo cuidado. 

Tal vez habían comprado esa máquina antes que muchas otras cosas. 

Todavia podían recorrerse muchas millas en ese automóvil; lo habían fabricado para que durara. 

La mañana era bellísima; sentado en la playa uno observaba los pájaros, el cielo, y escuchaba el sonido distante de los automóviles que pasaban; uno iba y volvía con el flujo y reflujo dei agua; se iba lejos y regresaba nuevamente -este perpetuo movimiento que va y viene y viene y va...-. 

La vista alcanzaba hasta el horizonte donde el cielo se encuentra con el mar. 

Era una bahía muy grande, con aguas color azul y blanco y con las diminutas casas que la rodeaban por completo. 

Y detrás de uno estaban las montañas, hilera tras hilera de montañas. 

Observando sin un solo pensamiento, sin ninguna reacción, observando sin identidad -sólo ese infinito observar, en realidad no está uno despierto, está ausente, no se encuentra dei todo ahí; uno no es «uno», pero observa. 

Observando los pensamientos que surgen y luego se desvanecen, pensamiento tras pensamiento, el propio pensamiento se vuelve consciente de sí mismo. 

No existe un pensador que observe el pensamiento, el observador es el pensamiento. 

Sentado en la playa, mientras uno observa a las personas que pasan, dos o tres parejas y una mujer sola, parece que toda la naturaleza, todo lo que a uno lo rodea, desde el profundo mar azul a aquellas altas montañas rocosas, también está observando. 

Estamos observando, no aguardando, no esperando que ocurra algo, sino solamente observando sin fin.

 En esa observación hay un aprender, no la acumulación del conocimiento mediante el aprendizaje -lo cual es casi mecánico- sino una atenta observación, una observación no superficial sino profunda, viva y afectuosa; entonces no existe ahí un observador. 

Cuando hay un observador, éste es meramente el pasado que observa, y eso no es observar sino solamente recordar, y es más bien una cosa muerta. 

La observación es algo tremendamente vital, un vacío a cada instante; 

Esos pequeños cangrejos y esas gaviotas y todos esos pájaros que pasan volando, observan 

Están atentos a la presa, al pez, a algo para alimentarse; ellos también están observando. 

Pasa alguien junto a uno y desea saber qué estamos observando. 

Uno no observa nada, y en esa nada está todo.

El otro día,un hombre que había viajado muchísimo, que había visto muchísimo y escrito una que otra cosa, vino a vernos -un hombre algo viejo con una barba bien cuidada-; se hallaba decentemente vestido sin el desaliño de la vulgaridad. 

Cuidaba sus zapatos; sus ropas. 

Aunque era extranjero, hablaba un inglés excelente. 

Y al hombre que estaba sentado en la playa observando, le dijo que había hablado con muchísima gente, que había discutido con algunos profesores y estudiosos, y que mientras estuvo en la índia había conversado con unos cuantos pundits. 

Y la mayoría de ellos -según él- al parecer no se interesaban en la sociedad, no se comprometían con la reforma social ni con la presente crisis bélica. 

A él sí le interesaban profundamente la sociedad en que estábamos viviendo, aunque no era un reformador social. 

No estaba muy seguro de que la sociedad pudiera cambiar, de que uno pudiera hacer algo al respecto.

Pero él veia lo que la sociedad era: la inmensa corrupción, la insensatez de los políticos, la mezquindad, la vanidad y la brutalidad que imperan enel mundo. 

Dijo: «¿Qué podemos hacer con respecto a esta sociedad? -no pequeñas reformas insignificantes aquí y allá, cambiar un presidente por otro, o un primer ministro por otro, son todos la misma cosa más o menos; no pueden hacer mucho porque representan la mediocridad, o tal vez menos aún que eso, la vulgaridad; quieren exhibirse, alardear, jamás harán nada-. 

Producirán pequeñas reformas triviales aqui y allá, pero la sociedad proseguirá su curso a pesar de ellas». 

Él había observado las diversas sociedades y culturas, viendo que en lo fundamental no eran tan diferentes. 

Parecía ser un hombre muy serio que sabia sonreír, y habló de la belleza de este país, de su vastedad, de su diversidad desde los desiertos ardientes al esplendor de las altas montañas rocosas. 

Uno le escuchaba como podría escuchar y contemplar el mar. 

No es posible cambiar la sociedad a menos que el hombre cambie. 

El hombre, uno mismo y los otros, ha creado estas sociedades por generaciones y generaciones; todos hemos creado estas sociedades a causa de nuestra mezquindad, de nuestra estrechez de miras, de nuestra limitación, de nuestra codicia, envidia, brutalidad, violencia, competencia, etcétera. Somos los responsables de la mediocridad; de la estupidez, de la vulgaridad, de toda la insensatez tribal y del sectarismo religioso. 

A menos que cada uno de nosotros cambie radicalmente, la sociedad jamás cambiará.

Está ahí, nosotros la hemos hecho de este modo y después ella nos hace a nosotros. 

Nos moldea tal como nosotros la hemos moldeado. 

Nos encaja en un patrón, y el patrón la introduce en una estructura que es esta sociedad que nos hemos construído. 

De modo que esta acción prosigue interminablemente, como el mar con la marea que se aleja y después regresa, a veces muy, muy lentamente, otras veces rápidamente, peligrosamente. 

Un ir y venir; acción-reacción-acción. 

Tal parece ser la naturaleza de este movimiento, a menos que dentro de uno exista un orden profundo.

Ese orden mismo producirá orden en la sociedad, no mediante la legislación, los gobiemos y todo eso -aunque mientras haya desorden y confusión, proseguirán la autoridad y las leyes que son creadas por nuestro propio desorden-. 

Las leyes son una hechura del hombre, son un producto del hombre tal como lo es la sociedad. 

Así, lo interno -la psique- crea lo externo conforme a su limitación; y lo externo controla entonces lo interno y lo moldea. 

Los comunistas han pensado, y probablemente siguen pensándolo, que controlando lo externo, elaborando ciertas leyes, regulaciones, instituciones, ciertas formas de tiranía, ellos pueden cambiar al hombre. 

Pero hasta ahora no han conseguido su propósito, y jamás lo conseguirán. 

Esta es, asimismo, la actividad de los socialistas. 

Los capitalistas lo hacen de un modo diferente, pero es la misma cosa. 

Lo interno domina siempre lo externo, porque lo interno es más fuerte, mucho más vital que lo externo.

¿Puede este movimiento detenerse alguna vez? -lo interno que crea el medio psicológico externo, y lo externo, las leyes, las instituciones, las organizaciones, que tratan de moldear al hombre, de moldear su cerebro para que actúe en cierta dirección; y el cerebro, lo interno, la psique, que se modifica entonces eludiendo lo externo. 

Este movimiento ha proseguido durante todo el tiempo que el hombre ha estado sobre la tierra, ha proseguido ya sea crudamente, superficialmente o, a veces, brillantemente -siempre es lo interno dominando lo externo, como el mar con sus mareas que van y vienen-. 

Uno debería realmente preguntarse si este movimiento puede detenerse alguna vez -acción y reacción, odio y más odio, violencia y más violencia-. 

El movimiento cesa cuando sólo existe el observar, un observar sin motivo, sin reacción ni dirección alguna. 

La dirección surge cuando hay acumulación. 

Pero la observación, en la que hay atención, tiene su propia inteligencia. 

Esta observación y la inteligencia actúan. 

Y esa acción no es el flujo y reflujo. 

Pero esto exige un gran estado de alerta, requiere que las cosas se vean sin la palabra, sin el nombre, sin reacción alguna; en ese observar hay pasión, hay una vitalidad inmensa.

EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 4 DE MAYO DE 1983

 Ojai, California 

4, mayo,* 1983 

Es una mañana tan brumosa que apenas si pueden distinguirse los naranjos que están a unos diez pies de distancia. 

Hace frio; todos los cerros y las montañas se ocultan en la niebla, y el rocío cubre las hojas. 

Más tarde aclarará. 

Todavia es muy temprano, y el hermoso sol de Califórnia y la cálida brisa vendrán dentro de un rato.

Uno se pregunta por qué los seres humanos han sido siempre tan crueles, tan desagradables en sus reacciones a cualquier declaración que no les gusta, tan agresivos, tan listos siempre a atacar. 

Esto ha estado ocurriendo por miles de años. 

Hoy dia, uno dificilmente se encuentra con una persona gentil que esté dispuesta a ceder, que sea totalmente generoso y feliz en sus relaciones. 

La noche pasada se escuchó el ulular del búho; era un búho real, seguramente de gran tamaño. 

Esperó que le respondiera su pareja, y ésta le contesto desde una gran distancia, después de lo cual el búho voló hacia abajo penetrando en el valle y ya apenas podia oírse. 

Era una noche perfectamente silenciosa, oscura y extranamente quieta. 

Todo parece vivir en orden, en su propio orden -el mar con sus mareas, la luna nueva y la puesta de la luna llena, el encanto de la primavera y el calor del verano. 

Aun el terremoto de ayer tiene su orden propio-. 

El orden es la esencia misma del Universo -el orden dei nacimiento y la muerte, etcétera-, 

Sólo el hombre parece vivir en tal desorden, en tal confusión. 

Ha vivido deese modo desde el principio dei mundo. 

Mientras uno le hablaba al visitante sentado en la galeria, con la roja rosa trepadora, la joven glicina y el aroma de la tierra y de los árboles, parecia una lástima estar discutiendo el desorden. 

Cuando uno mira alrededor esos cerros oscuros y la montaña rocosa, y escucha el murmullo de un torrente que pronto se secará... 

* Entre ei 26 de abril y el 1 de mayo, Krishnamurti había estado en San Francisco, donde ofreció dos pláticas y sostuvo una entrevista radial. 

...cuando llegue el verano, ve que todo tiene un orden tan curioso, que discutir el desorden humano, la confusión y desdicha humana, parece completamente fuera de lugar. 

Pero ahí está el, amigable, bien informado y probablemente dado a la reflexión. 

El sinsonte se encuentra sobre el alambre telefónico; está haciendo lo que generalmente hace -volar en el aire, girar y aterrizar en el alambre para después mofarse del mundo. 

Hace esto con mucha frecuencia, y al mundo aparentemente no le importa. 

Pero el pájaro sigue con sus burlas. 

La niebla está aclarando, ha aparecido el sol primaveral y el lagarto sale y se calienta sobre la roca; y todas las pequeñas criaturas de la tierra se hallan atareadas, tienen su propio orden, su placer, su diversión. 

Todas parecen muy felices, disfrutando la luz del sol sin la cercanía del hombre que pudiera hacerles daño, que pudiera arruinarles el dia. 

«Si se le permite a uno preguntarlo», comenzo el visitante, «¿cuàl es para usted la cosa más importante en la vida? ¿Cuàl es para usted la cualidad más esencial que el hombre debe cultivar?» 

«Si uno la cultiva, como cultiva los campos de la tierra, entonces no es lo más esencial. 

Ello tiene que ocurrir naturalmente -cualquier cosa que ocurra- naturalmente, fácilmente, sin ningún motivo egocêntrico. 

Ciertamente, la cosa más importante para cualquier ser humano es vivir en orden, en armonía con todas las cosas que le rodean, aun con el ruido de las grandes ciudades, aun con algo que sea feo, vulgar, sin permitir que ello afecte o altere el curso de su vida, que altere o deforme el orden en que está viviendo-. Sin duda, señor, el orden es la cosa más importante en la vida, o, más bien, una de las más importantes.»

 «¿Por qué», pregunta él, «el orden debe ser la cualidad de un cerebro que puede actuar correctamente, dichosamente, con gran precisión»

«El orden no es creado por el pensamiento. El orden no es algo que uno sigue día tras día, que practica, a lo cual se amolda. Como la corriente se une al mar, así la corriente del orden, el río del orden, es eterno. Pero ese orden no puede existir si hay álguna clase de esfuerzo, de lucha por lograr algo o por descartar el desorden y caer en una rutina, en diversos hábitos bien definidos. Todo eso no es orden. El conflicto es el verdadero origen dei desorden, la verdadera causa.» 

«Todo lucha, ¿no es cierto? Esos árboles han Iuchado para existir; lucharon para crecer. El maravilloso roble que está allá, detrás de esta casa, ha soportado tormentas, años de lluvia y calor del sol; ha luchado para existir. La vida es conflicto* es agitación, es tormenta. Y usted dice, ¿verdad?, que el orden es un estado en el que no hay conflicto. Eso parece casi imposible; como conversar en un idioma extraño, algo completamente ajeno a la propia vida de uno* al propio modo de pensar. Si no es atrevimiento de mi parte preguntarlo, ¿vive usted en un orden que no conoce ninguna clase de conflicto?» 

«¿Acaso es muy importante, señor, averiguar si otro está viviendo sin esfuerzo, sin conflicto? seria más adecuado que se preguntara si usted, como ser humano que vive en desorden, puede descubrir por sí mismo las múltiples causas -o quizás haya sólo una causa- de este desorden? 

Esas flores no conocen ni el orden ni el desorden, simplemente existen. 

Por supuesto, si no se las regara, si no se las cuidara, morirían, y el morir es también el orden de esas flores. El sol brillante, caluroso, las destruirá el mes que viene, y para ellas eso es orden.»

El lagarto se ha calentado sobre la roca y está esperando que lleguen las moscas. Y seguramente llegarán. Y el lagarto las tragará con su rápida lengua. Parece ser la naturaleza del mundo; las criaturas grandes viven de las criaturas pequenas* y las más grandes de las grandes. 

Éste es el ciclo del mundo natural. Y en eso no hay orden ni desorden. Pero nosotros, de vez en cuando conocemos por nosotros mismos el sentimiento de total armonía, y también la pena, la ansiedad, el dolor, el conflicto. La causa del desorden es el perpetuo devenir -devenir, buscar la propia identidad, esta lucha por llegar a ser-, 

En tanto el cerebro, que se halla densamente condicionado, esté midiendo -lo «más», lo «mejor»- moviéndose psicologicamente de esto a aquello, eso debe generar inevitablemente un sentido de conflicto, lo cual es desorden. No sólo las palabras «más», «mejor», sino el sentimiento, la reacción de lograr, de ganar; en tanto exista esta división, esta dualidad, tiene que haber conflicto. Y a causa del conflicto, hay desorden. Tal vez nos damos cuenta de todo esto, pero al descuidar esta percepción, seguimos del mismo modo día tras día durante todos los dias de nuestra vida. 

Esta dualidad no es sólo verbal sino que implica una división más profunda: la del pensador y el pensamiento, la del pensador separado de sí mismo. El pensador es creado por el pensamiento, el pensador es el pasado, el pensador es conocimiento, y el pensar también ha nacido del conocimiento.

De hecho, no existe tal división entre el pensador y el pensamiento, son una unidad inseparable; pero el pensamiento juega una ingeniosa treta consigo mismo, se divide a sí mismo. 

Quizás esta constante división de sí mismo, la propia fragmentación del pensamiento, es la causa del desorden. 

El sólo ver, el sólo comprender la verdad de esto -que el percibidor es lo percibido pone fin al desorden; . 

El sinsonte se ha ido y ahora está ahí la paloma torcaza con su plañidero grito. Y pronto se le une su pareja. Se posan junto ese alambre, quietas, inmóviles, pero sus ojos se mueven observando, vigilando el peligro. 

El halcón de cola roja y los pájaros predadores que estaban ahí una o dos horas antes, se han ido. Tal vez regresen al día siguiente. Y así termina la mañana, y ahora el sol brilla y hay miles de sombras. 

La tierra está quieta y el hombre se siente perdido y confuso.

EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 26 DE ABRIL DE 1983

 26, abril, 1983 

Uno vió un pájaro morir, herido por un hombre. 

Estaba volando bellamente con un rítmico batir de alas, con total libertad y falta de temor. 

Y la escopeta lo destrozó; cayó a tierra y toda la vida había huido de él. 

Un perro fue a cobrar la presa, y el hombre la agrego a otros pájaros muertos. 

Estaba charlando con su amigo y parecía por completo indiferente. 

Todo lo que le interesaba era abatir tantos pájaros como fuera posible, y en lo que a él tocaba ya tenía de sobra. 

Están matándolo todo en el mundo. 

Esos grandes, maravillosos animales del mar, las ballenas, son muertos por millones, y el tigre y muchos otros animales hoy se están volviendo especies en peligro de extinción. 

El hombre es el único animal al que hay que temerle. 

Hace tiempo, estando uno alojado con un amigo en lo alto de los cerros, llegó un hombre y le contó al posadero que durante la última noche un tigre había matado una vaca, y nos preguntó si nos gustaría ver al tigre esa noche. 

É1 podia arreglarlo construyendo una plataforma en un árbol y dejando atada una cabra; el balido de la cabra, del pequeño animal, atraería al tigre y nosotros podríamos verlo. 

Ambos rehusamos satisfacer nuestra curiosidad tan cruelmente. 

Pero más tarde, ese mismo día, el posadero sugirió que tomáramos el automóvil y nos internáramos en el bosque para tratar de ver al tigre. 

De modo que al anocheeer nos acomodamos en un automóvil con las ventanillas abiertas,el cual era conducido por un chofer, y nos internamos profundamente en el bosque por varias millas. 

Por supuesto que no vimos nada. 

Se estaba poniendo muy oscuro y se encendieron los faros delanteros; cuando dimos la vuelta el tigre estaba ahí, sentado justo en medio dei camino, aguardando para recibirnos. 

Era un animal muy grande con una hermosa piel listada, y sus ojos, atrapados por la luz de los faros, centelleaban brillantes. 

Vino rugiendo hacia el auto, y justo cuando pasó a unas pocas pulgadas de nuestra mano que se hallaba extendida, el posadero advirtió: «No lo toque, es muy peligroso, ¡apúrese!, porque él es más rápido que su mano». 

Pero uno podia sentir la energía de ese animal, su vitalidad; era una gran dínamo de energía. Y cuando pasó cerca, uno sintió hacia él una atracción enorme. 

Y desapareció en el bosque.* Al parecer, el amigo había visto numerosos tigres, y muchos años atrás, en su juventud, había ayudado a matar uno y desde entonces había estado deplorando el terrible acto. 

La crueldad en todas sus formas se está extendiendo actualmente por el mundo. 

Es probable que el hombre jamás haya sido tan cruel como es ahora, tan violento. 

Las iglesias y los sacerdotes siempre han hablado de paz en la tierra; desde la más alta jerarquía cristiana al pobre clérigo de aldea, ha habido prédicas acerca de vivir una...

* Un relato más completo de este éncuèntro de Krishnamurti cori el tigre , puede leerse en Diário II.

 ...vida buena, de no lastimar, de no matar cosa alguna; especialmente los hindúes y los budistas del pasado han dicho: «No mates a la mosca, no mates nada, porque en la próxima vida pagarás por ello».

Eso era expresado más bien crudamente, pero algunos de ellos mantenían este espíritu, esta intención de no matar y no lastimar a otro ser humano. 

Pero el matar por medio de las guerras continúa y continúa. 

El perro mata muy rápidamente al conejo. 

Y el hombre mata a otro con sus maravillosas máquinas, y el que mata es probablemente muerto por otro. 

Y esta matanza ha estado prosiguiendo por milenios y milenios. 

Algunos tratan eso como un deporte, otros matan a causa del odio, de la ira, de los celos; y está el asesinato organizado por las diversas naciones con sus armamentos. 

Uno se pregunta si el hombre vivirá alguna vez sobre esta bella tierra, sin matar jamás cosa alguna, sin matar ni ser muerto por otro ser humano, sino viviendo pacíficamente, con algo de divinidad y amor en su corazón. 

En esta parte del mundo que llamamos el Occidente , los cristianos han matado tal vez más que ningún otro. 

Ellos siempre están hablando de paz en esta tierra. 

Pero para tener paz uno debe vivir pacíficamente, y eso parece por completo imposible. 

Hay argumentos en favor y en contra de la guerra; el argumento de que el hombre siempre ha sido y seguirá siendo un homicida, y están los que sostienen que el hombre puede producir un cambio en sí mismo y no matar más. 

Ésta es una historia muy vieja. 

La inacabable camicería se ha vuelto un hábito, una fórmula aceptada a pesar de todas las religiones. 

Uno estaba observando el otro día a un halcón de cola roja que volaba muy alto en el firmamento, girando suavemente sin un solo batir de alas, solamente por el regocijo de volar, de sentirse sostenido por las corrientes de aire. 

Después se le unió otro, y estuvieron volando juntos un buen rato. 

Eran criaturas maravillosas en ese firmamento azul, y dañarlos de cualquier forma es un crimen contra el cielo. 

Por supuesto que el cielo no existe; el hombre ha inventado el cielo, el paraíso, a causa de la esperanza;porque su vida se ha convertido en un infiemo, en un perpetuo conflicto desde que nace hasta que muere, yendo y viniendo de aquí para allá, haciendo dinero, trabajando sin cesar. 

Esta vida se ha vuelto una confusión, un afán y una lucha inacabables. 

Uno se pregunta si el hombre, un ser humano, vivirá alguna vez eh paz sobre esta tierra. 

El conflicto ha sido su estilo de vida -bajo la piel y fuera de la piel, en el área de la psique y en la sociedad que la psique ha creado. 

Probablemente el amor ha desaparecido por completo de este mundo. 

El amor implica generosidad, afecto, no lastimar a otro, no hacer que otro se sienta culpable; implica ser corteses y comportarnos de tal manera que nuestras palabras y pensamientos nazcan de la compasión.

Desde luego que uno no puede ser compasivo si pertenece a instituciones religiosas organizadas -grandes, poderosas, tradicionales y dogmáticas instituciones que insisten en la fe-. 

Para amar, tiene que haber libertad. 

Ese amor no es placer ni deseo ni un recuerdo de cosas que han pasado. 

El amor no es lo opuesto del odio, de la ira y los celos. 

Todo esto puede sonar más bien utópico, idealista, algo a lo que el hombre sólo puede aspirar. 

Pero si creemos eso, entonces seguiremos matando. 

El amor es tan real, tan poderoso como la muerte. 

No tiene nada que ver con la imaginación o el sentimiento o el romanticismo; y naturalmente, no tiene nada que ver çon el poder, la posición, el prestigio. 

Es tan apacible como las aguas del mar, y tan poderoso como el mar; es como las aguas corrientes de un caudaloso río que fluye perpetuamente, sin principio ni fin. 

Pero el hombre que mata los cachorros de focas; o las grandes ballenas, sólo se interesa en su propia subsistência. 

É1 dirá; «Yo vivo de eso, ése es mi negocio». 

No le interesa en absoluto esa cosa que llamamos amor. 

Probablemente ama a su familia -o cree que ama a su familia- y no le preocupa mayormente el modo en que se gana su subsistencia. 

Tal vez ésa sea una de las razones por las que el hombre vive una vida fragmentaria; parece que jamás puede amar lo que hace -aunque tal vez unas pocas personas lo hagan- 

Si uno viviera del trabajo que ama, sería muy diferente -uno comprendería la totalidad de la vida-.

Hemos vivido la vida en fragmentos: el mundo de los negocios, el mundo artístico, el mundo científico, el mundo político y el mundo religioso. 

Al parecer, pensamos que están todos separados y que deben mantenerse separados. 

Y así nos volvemos hipócritas, haciendo algo feo, corrupto en el mundo de los negocios y luego llegando a la casa para vivir apaciblemente con nuestra família; esto engendra hipocresía, un doble patrón de vida. 

Ésta es una tierra realmente maravillosa. 

Aquel pájaro posado sobre el árbol más alto ha estado ahí todas las mañanas, examinando el mundo, vigilando la aparición de un pájaro más grande, un pájaro que podría matarlo, atento a las nubes, a la sombra pasajera y a la vasta extensión de esta tierra tan rica, a estos ríos y bosques y a todos los hombres que trabajan de la mañana a la noche. 

Si uno piensa siquiera algo en el mundo psicológico, ve que está lleno de dolor. 

Y uno se pregunta si el hombre cambiará alguna vez o si lo harán unos pocos, muy, muy pocos.

¿Cuál es, entonces, la relación de los pocos con los muchos? 

O, ¿cuál es la relación de los muchos con los pocos? 

Los muchos no tienen relación alguna con los pocos. 

Los pocos sí tienen una relación. 

Sentado en esa roca con un lagarto al lado, mientras uno mira hacia abajo en el valle, no se atreve ni a moverse para no perturbar o asustar al lagarto. 

Y éste también está observando. 

Y el mundo continúa inventando dioses, siguiendo las jerarquías de los que representan a los dioses, y toda la farsa y la vergüenza de las ilusiones probablemente proseguirá, y los miles de problemas se volverán más y más complejos e intrincados. 

Sólo la inteligencia del amor y de la compasión puede resolver todos los problemas de la vida. 

Esa inteligência es el único instrumento que jamás puede embotarse o inutilizarse.

EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 24 DE ABRIL DE 1983

 Ojai, California 

24, abril, 1983 

Es una mañana primaveral, una mañana que nunca ha sido antes y nunca volverá a ser. 

Es una manana de primavera. 

Cada pequeña brizna de hierba, las camelias, las rosas, todo está floreciendo y hay fragancia en el aire.

Es una mañana de primavera y la tierra se halla intensamente viva, y aqui en el valle todas las montañas están verdes y la más alta de ellas se ve extraordinariamente vital, inmutable y majestuosa. 

Mientras uno está recomendo el sendero esta mañana* y mira la belleza que lo rodea y esas ardillas listadas, cada tiema hoja de primavera resplandece al sol. 

Esas hojas han estado aguardando por esto todo el inviemo, y acaban de brotar, delicadas, vulnerables, y sin que uno sea romántico o imaginativo, hay un sentimiento de amor inmenso y de compasión por tanta belleza mcorruptible. 

Ha habido un millar de mañanas de primavera, pero jamás una mañana como ésta, tan callada, tan quieta, tan intensa, que quita el aliento -tal vez con adoración-. 

Y las ardillas han desaparecido, así como los lagartos. 

Es una mañana de primavera y el aire está de fiesta; hay festivales en todo el mundo por ser la primavera. 

Los festivales se expresan de muchas maneras diferentes, pero aquello que es, jamás podrá expresarse en palabras. 

En todas partes, con cantos y danzas, existe este hondo sentimiento de la primavera. 

¿Por qué parecemos estar perdiendo la condición altamente vulnerable de la sensibilidad -sensibilidad a todas las cosas que nos rodean, no sólo a nuestros problemas y confusiones? 

Ser realmente sensibles, no con respecto a algo en especial, sino sólo eso: ser sensibles, vulnerables como esa hoja nueva que nació unos dias para enfrentarse a las tormentas, a las lluvias, a la oscuridad y la luz. 

Cuando somos vulnerables nos parece que se nos ha lastimado; al sentirnos lastimados nos encerramos en nosotros mismos, construimos alrededor de nosotros un muro, nos volvemos duros, crueles. 

Pero cuando somos vulnerables sin ninguna clase de feas y brutales reacciones, vulnerables a todos los movimientos de nuestro propio ser, vulnerables al mundo, tan sensibles que no hay remordimientos ni heridas psicológicas ni disciplinas autoimpuestas, entonces existe la cualidad de una existencia inconmensurable. 

Todos perdemos esta vulnerabilidad en el mundo del ruido, de la brutalidad, de la vulgaridad y el alboroto de la vida cotidiana. 

Tener los sentidos agudizados, no algún sentido en particular sino todos los sentidos completamente despiertos -lo cual no implica necesariamente ceder a ellos- ser sensibles a todos los movimientos dei pensar, a los sentimientos, a los pesares, a la soledad, a la ansiedad... estar con todos esos sentidos totalmente despiertos implica tener una clase diferente de sensación que va más allá de todas las reacciones sensorias o sensuales. 

¿Alguna vez hemos mirado el mar, o aquellas inmensas montañas, los Himalayas, que se extienden de horizonte a horizonte, o hemos mirado una flor con la totalidad de nuestros sentidos? 

Cuando hay una observación así, no existe un centro desde el cual uno esté observando, no existe un «yo». 

El «yo», la limitada observación de un sentido o dos, engendra el movimiento egotista. 

Después de todo, vivimos a base de los sentidos, de las sensaciones, y es sólo cuando el pensamiento crea la imagen a partir de las sensaciones, que surgen todas las complejidades del deseo. 

En esta mañana uno mira hacia abajo en el valle, contempla la extraordinária extensión de verde y la ciudad distante, percibe la pureza dei aire, observa todas las cosas que se arrastran por la tierra, las observa sin la interferencia de las imágenes que ha construido el pensamiento. 

Ahora la brisa está soplando desde el valle hacia lo alto del cañón, y uno inicia el regreso siguiendo las vueltas dei sendero. 

Al descender, justo frente a uno, a unos diez pies de distancia, hay un lince. 

Se llega a escuchar su ronroneo mientras se frota contra una roca, con su pelo que sobresale de las orejas, su corta cola y su extraordinário, gracioso movimiento. 

Para él también es una mañana de primavera. 

Caminamos juntos descendiendo por el sendero, y el animal apenas si hace algúnruido a no ser por su ronroneo, disfrutando enormemente, deleitándose por hallarse afuera bajo el sol primaveral; está tan limpio que su pelaje resplandece mientras uno lo contempla -toda la naturaleza salvaje está en ese animal-. 

De pronto, uno pisa una rama seca que hace ruido, y el lince escapa sin mirar siquiera hacia atrás; ese ruido señalaba al hombre, el más peligroso de todos los animales. 

En un segundo ha desaparecido entre los arbustos y las rocas, y toda la alegria se ha esfumado. 

É1 sabe lo cruel que es el hombre, y no desea esperar; quiere estar lejos, tan lejos como le sea posible.

Es una apacible mañana de primavera. 

Consciente de que; un hombre se encontraba detrás de él, a pocos pies de distancia, ese lince debe de haber respondido instintivamente a la imagen de; lo que el hombre es -el hombre que ha matado tantas cosas, que ha destruido tantas ciudades, que ha destruido una cultura tras otra, siempre persiguiendo sus deseos, siempre buscando alguna clase de seguridad y placer. 

El deseo, que há sido la fuerza impulsora en el hombre, ha creado muchísimas cosas gratas y útiles; y el deseo también ha creado, en las relaciones del hombre, muchísimos problemas y confusiones y desdichas -el deseo de placer-. 

Los monjes y los sanyasis del mundo han tratado de trascender el deseo, se han forzado a adorar un ideal, una imagen, un símbolo. 

Pero el deseo está siempre ahí, ardiendo como una llama. 

Es necesario investigar, sondear la naturaleza del deseo, la complejidad del deseo, sus actividades, sus exigências, sus satisfacciones -cada vez más y más deseo de poder, de posición, de prestigio, de status; el deseo de alcanzar lo innominable, lo que está más allá de nuestra vida cotidiana, el deseo que ha impulsado al hombre a hacer las cosas más feas y brutales-. 

El deseo es el resultado de la sensación -el resultado que contiene todas las imágenes que ha elaborado el pensamiento-. 

Y este deseo no solo engendra insatisfacción, sino también una sensación de desesperanza. 

Jamás hay que reprimirlo, jamás disciplinarlo, sino investigar su naturaleza -su origen, su propósito, sus intrincaciones-. 

Ahondar profundamente en el deseo no es la acción de otro deseo, porque tras ello no hay un motivo; es como comprender la belleza de una flor, sentarse junto a ella y contemplarla-. 

Y mientras uno la contempla, la flor comienza a revelarse a sí misma tal como realmente es -revela la extraordinária delicadeza de su color, el perfume, los pétalos, el tallo y la tierra de la cual ha brotado-.

Así hay que mirar este deseo y su naturaleza, sin ningún pensamiento que siempre moldea las sensaciones -placer y dolor, recompensa y castigo-. 

Entonces uno comprende, no de manera verbal o intelectual, todo el proceso causativo del deseo, la raiz del deseo. 

La mera percepción de ello , la sutil percepción de ello es , en sí misma, inteligencia. 

Y esa inteligência siempre actuará cuerdamente, racionalmente, al tratar con el deseo. 

De modo que hoy, sin hablar demasiado, sin pensar demasiado, uno se deja envolver enteramente por esta mañana de primavera, vive con ella, se mueve con ella, y es ése un júbilo que está más allá de toda medida. 

No podrá repetirse. 

Seguirá existiendo hasta que se escuche un golpe en la puerta.

EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 23 DE ABRIL DE 1983

 23, abril,1983 

Las nubes están aún suspendidas sobre los cerros, el valle y las montañas. 

Ocasionalmente, hay una apertura en el cielo y a través de ella pasa el sol, brillante, claro, pero pronto desaparece. 

Es agradable una mañana así, serena, fresca, con todo el mundo verde que a uno le rodea. 

Cuando llegue el verano, el sol quemará toda la hierba verde, y los prados al otro lado del valle quedarán resecos, sedientos, y toda esta hierba con su radiante verdor habrá desaparecido. 

Toda la frescura desaparece con el verano. 

Uno disfruta estas mañanas tranquilas. 

Las naranjas tienen un brillo intenso, y las hojas de un verde oscuro se ven relucientes. 

Y el aire está impregnado con el perfume de los azahares, un perfume fuerte, casi sofocante. 

Hay una clase diferente de naranja que se habrá de recoger más tarde, antes de que llegue el calor del verano. 

Ahora la hoja verde, la naranja y la flor se encuentran en el mismo árbol y al mismo tiempo. 

Es un mundo muy bello, y el hombre es por completo indiferente a él; estropea la tierra, los ríos las bahías y los lagos de agua pura. 

Pero dejemos todo eso por ahora y caminemos por el estrecho sendero en lo alto dei cerro, donde hay un pequeño torrente que en pocas semanas más estará seco. 

Recorremos el sendero con un amigo, y mientras conversamos, de cuando en cuando observamos los múltiples tonos de verde. 

Hay una gran variedad, desde el verde más suave, el verde nilo, y tal vez más suave aún, más azul, hasta los verdes oscuros, exquisitos, llenos de su propia riqueza. 

Y cuando uno está subiendo por el sendero, arreglándoselas para mantenerse lado a lado junto al amigo, sucede que recoge del suelo algo arrebatadoramente hermoso, centelleante, una joya de extraordinária antigüedad y belleza. 

Es sorprendente encontrarla en este sendero que muchos animales y sólo unas pocas personas han pisado. 

Uno la contempla con gran asombro. 

Está tan sutilmente hecha, es tan compleja que ninguna mano de joyero podría haberla fabricado jamás.

Uno la sostiene por un rato, maravillado y silencioso. 

Luego la guarda cuidadosamente en el bolsillo interior que abotona, casi temeroso de que pueda perderia o de que la joya pueda perder su resplandor, su deslumbrante belleza. 

Y entonces pone su mano en la parte externa del bolsillo que la contiene. 

El otro ve que uno hace esto y ve que el rostro y los ojos de uno han experimentado un cambio notable.

Hay una especie de éxtasis, un asombro inexpresable, una excitación muy intensa. 

Cuando el hombre pregunta: «¿Qué es lo que usted ha encontrado que le produce una exaltación tan extraordinária?», uno responde con voz suave, dulce (ha uno le resulta tan extraño escuchar su propia voz!), que ha recogido la verdad. 

Uno no quiere hablar de ello, está más bien asustado; el mero hablar podría destruirla. 

Y el hombre que camina a nuestro lado se siente ligeramente molesto de que no nos comuniquemos libremente con él, y dice que si uno ha encontrado la verdad, debe dejar que descienda al valle y organizarla de modo que otros la comprendan, que otros puedan captarla y que eso tal vez podrá ayudarles. 

Uno no contesta, lamenta haberle hablado alguna vez al respecto. 

Los árboles están repletos de flores. 

Incluso aqui arriba, en la ligera brisa que asciende desde el valle, llega a percibirse el aroma de los azahares, y si uno mira hacia abajo, ve el valle lleno de naranjos y siente el aire quieto, intenso e inmóvil que ahí se respira. 

Pero uno ha dado con algo que es lo más precioso, que jamás puede ser revelado a otro. 

Otros puede que lo encuentren, pero uno lo posee, lo conserva y lo adora. 

Las instituciones y organizaciones de todo el mundo no han ayudado al hombre. 

Están todas las organizaciones físicas para las propias necesidades; están las instituciones de la guerra, de la democracia, las instituciones de la tiranía y las instituciones de la religión,- han tenido su época y continúan, y el hombre las respeta, anhela ser socorrido por ellas no sólo fisicamente sino en lo interno, bajo la piel y allí donde el dolor late persistentemente, donde el tiempo proyecta su sombra y donde reinan los más trascendentespensamientos-. 

Ha habido instituciones de muchas, muchas clases desde los más remotos tiempos, y no han cambiado internamente al hombre. 

Las instituciones jamás pueden cambiar al hombre en lo psicológico; en lo profundo. 

Y uno se pregunta por qué el hombre las ha creado, puesto que todas las instituciones del mundo han sido creadas por el hombre en la esperanza de que pudieran ayudarle, darle alguna clase de seguridad perdurable. 

Y extrañamente, no ha sido así. 

Al parecer, jamás nos damos cuenta de este hecho. 

Creamos más y más instituciones, más y más organizaciones -una organización opuesta a la otra. 

Es el pensamiento el que está inventando todas estas organizaciones, no sólo las democráticas o las totalitarias; el pensamiento también percibe, advierte, que lo que ha creado no ha cambiado básicamente la estructura, la naturaleza del propio ser. 

Las instituciones, las organizaciones y todas las religiones; son creadas por el pensamiento, por el agudo, ingenioso, erudito pensamiento. 

Aquello que el pensamiento ha creado, producido, da forma a su propio pensar. 

Y si uno es serio, intenso en su investigación, se pregunta: ¿Por qué el pensamiento no se ha dado cuenta de su propia actividad? ¿Puede el pensamiento percibir su propio movimiento? ¿Puede el pensamiento verse a sí mismo, ver lo que está haciendo, tanto en lo externo como en lo interno? 

En realidad no existe lo externo y lo interno -lo interno crea lo externo, y lo externo moldea entonces lo interno-. 

Este flujo y reflujo de acción y reacción es el movimiento del pensar, y el pensamiento está siempre tratando de conquistar lo externo, y consigue su propósito originando con ello múltiples problemas; al resolver un problema, aparecen otros problemas. 

El pensamiento también ha dado forma a lo interno, moldeándolo de acuerdo con las exigencias externas. 

Este proceso, aparentemente inacabable, ha creado esta sociedad, fea, cruel, inmoral y violenta.

Yhabiéndola creado, lo interno se esclaviza a ella. 

Lo externo moldea lo interno y lo interno moldea lo externo. 

Este proceso ha estado ocurriendo por miles y miles de años , y el pensamiento no parece darse cuenta de su propia actividad; 

De modo que uno se pregunta: ¿Puede el pensamiento percibirse de algún modo a sí mismo-darse cuenta de lo que está haciendo? 

No existe un pensador aparte dei pensamiento; el pensamiento ha creado al pensador, al experimentador, al analizador. 

El pensador, el «uno» que está observando, que actúa, es el pasado con toda laherencia dei hombre, la herencia biológica, genética -las tradiciones, los hábitos y todo el conocimiento acumulado-. Después de todo, el pasado es conocimiento, y el pensador no está separado dei pasado. El pensamiento crea el pasado, el pensamiento es el pasado; entonces el pensamiento se divide en el pensador y el pensamiento al cual el pensador debe moldear, controlar. 

Pero ésa es una idea falsa; sólo existe el pensamiento. 

El sí mismo es el «yo», el pasado. 

La imaginación puede proyectar el futuro, pero esa sigue siendo la actividad del pensamiento. 

De modo que el pensar, que es el resultado dei conocimiento, no ha cambiado al hombre y jamás lo cambiará, porque el conocimiento es y será siempre limitado. 

Uno se pregunta, pues, nuevamente: ¿Puede el pensamiento percibirse a sí mismo, el pensamiento, que ha creado toda nuestra conciencia -acción y reacción, las respuestas sensorias, la sensualidad, los temores, las aspiraciones, la persecución del placer, toda la agonía de la soledad y el sufrimiento que el hombre se ha ocasionado a causa de las guerras, de su irresponsabilidad, de su duro egocentrismo? 

Toda ésa es la actividad del pensamiento, el cual ha inventado el infinito y el dios que mora en lo infinito. 

Todo eso es la actividad del tiempo y del pensamiento. 

Cuando uno llega a este punto se pregunta si el viejo instrumento, que está agotado -y que, después de todo, es el cerebro- puede producir una mutación radical en el hombre. 

Cuando el pensamiento se da cuenta de sí mismo, cuando ve dónde el conocimiento es necesario en el mundo físico y comprende su propia limitación, entonces se aquieta, queda en silencio. 

Sólo entonces existe ün instrumento nuevo que no es producto del tiempo o del pensar, que no tiene relación alguna con el conocimiento. 

Es este instrumento -puede que la palabra instrumento no sea la correcta-, es esta percepción la que siempre es nueva, puesto que se halla libre del pasado, de los recuerdos; es inteligencia que nace de la compasión. 

Esa percepción da origen a una mutación profunda en las células mismas del cerebro, y su acción es siempre la acción correcta, clara, precisa, en la que no hay sombra alguna del pasado, del tiempo.

EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 22 DE ABRIL DE 1983

 22 , abril, 1983 

Aquí se está a unos 1.400 pies de altura en medio de huertos de naranjos y aguacates, y con los cerros detrás de la casa. 

El cerro más alto que hay en los alrededores tiene unos 6.500 pies. 

Quizá podría llamársele una montaña, y su viejo nombre es Topa Topa. 

Los indios antiguos vivían aquí; tienen que haber sido muy singulares, una raza bastante refinada.

Puede que hayan sido crueles, pero quienes los destruyeron eran mucho más crueles. 

Aquí arriba, después de un día lluvioso, la naturaleza aguarda sofocada otra tormenta, y el mundo de las flores y de los pequeños arbustos se regocija en esta quieta mañana, e incluso las hojas parecen muy brillantes, intensamente puras. 

Hay un rosal que está lleno de rosas de un color subido; la belleza de ese rosal, su perfume, la inmovilidad de esas flores, es una maravilla. 

Descendimos en el viejo automóvil que han conservado muy pulido, con un motor que funciona suavemente -descendimos hacia el pueblo, luego atravesamos el pueblo por todas esas pequeñas construcciones, algunas escuelas, y salimos al espacio abierto densamente sembrado de aguacates-, bajando pasamos por el barranco doblando hacia uno y otro lado por una carretera lisa; muy bien construída; después subimos y subimos y subimos, tal vez a más de 5.000 pies. 

Aquí el automóvil se detuvo, y estábamos a gran altura dominando todos los cerros que se veían muy verdes, poblados de arbustos, árboles y barrancos profundos. 

Parecía que aqui en lo alto nos encontrábamos entre los dioses. 

Muy pocos usaban esa carretera que continuaba a través del desierto hasta una gran ciudad a millas de distancia, lejos a la izquierda de uno. 

Cuando se mira hacia el sur, se ve el mar muy distante -el Pacífico-.

Aquí está todo muy tranquilo. 

Aunque el hombre ha construído esta carretera, afortunadamente no se ve la huella dei hombre. 

Ha habido incendios aqui arriba, pero eso fue hace muchos años. 

Pueden verse algunos tocones quemados, negros, pero alrededor de los mismos hoy todo se ha vuelto verde. 

Ha habido lluvias intensas y ahora está todo florecido, púrpura, azul y amarillo, con brillantes manchas rojas aqui y allá. 

La gloria de la tierra jamás ha sido tan profundamente compasiva como aqui arriba. 

Nos sentamos al costado de la carretera, que estaba muy limpia. 

Era la tierra; la tierra está siempre limpia. 

Y había pequenas hormigas, insectos minúsculos reptando, corriendo por todas partes. 

Pero no hay animales salvajes aqui arriba, lo cual es extraño. 

Puede que los hay a durante la noche -venados, coyotes y tal vez unos cuantos conejos y liebres-.

Ocasionalmente, un automóvil pasaba cerca y eso rompia el silencio, la dignidad y pureza dei silencio.

Es éste un lugar realmente extraordinario. 

Las palabras no pueden medir la extensión y vastedad dei espacio, ni los ondulados cerros, ni el cielo azul, ni el desierto distante. 

Eso era la totalidad de la tierra. 

Uno apenas si se atrevía a hablar, tanto exigía el silencio que no se le perturbara. 

Y ese silencio tampoco pueden medirlo las palabras. 

Si uno fuera un poeta, probablemente lo mediría con las palabras, lo expresaría en un poema, pero eso que se escribe no es lo real. 

La palabra no es la cosa. 

Y aqui, sentado junto a una roca que se estaba calentando con el sol, el hombre no existía. 

Los ondulados cerros, las más altas montañas, los grandes y extensos valles, el profundo azul; no había nada más que eso; uno no existía. 

Desde los tiempos antiguos, todas las civilizaciones han tenido este concepto de la medida. 

Todas sus maravillosas construcciones se basaban en la medida matemática. 

Cuando uno mira la Acrópolis y la gloria del Partenón, y los edifícios de ciento diez pisos de Nueva York, ve que todo tiene que basarse en esta medida. 

El medir no lo es sólo mediante la regla; la medida existe en el cerebro mismo: lo alto y lo bajo, lo mejor, el más. 

Este proceso comparativo ha existido desde los tiempos más remotos. 

Siempre estamos comparando. 

La aprobación de los exámenes desde la escuela, el colégio, la universidad, todo nuestro estilo de vida se ha vuelto una serie de medidas calculadas: lo bello y lo feo, lo noble y lo innoble, toda nuestra escala de valores, los arhablar, tanto exigia el silencio que no se le perturbara. Y ese silencio tampoco pueden medirlo las palabras. Si uno fuera un poeta, probablemente lo mediría con las palabras, lo expresaría en un poema, pero eso que se escribe no es lo real. La palabra no es la cosa, Y aqui, sentado junto a una roca que se estaba calentando con el sol, el hombre no existia. Los ondulados cerros, las más al181 El último Diário tas montanas, los grandes y extensos valles, el profundo azul; no había nada más que eso; uno no existia. Desde los tiempos antiguos, todas las civilizaciones han tenido este concepto de la medida. Todas sus maravillosas construcciones se basaban en la medida matemática. Guando uno mira la Acrópolis y la gloria dei Partenón, y los edifícios de ciento diez pisos de Nueva York, ve que todo tiene que basarse en esta medida. El medir no lo es sólo mediante la regia; la medida existe en el cerebro mismo: lo alto y lo bajo, lo mejor, el más. Este proceso comparativo ha existido desde los tiempos más remotos. Siempre estamos comparando. 

La aprobación de los exámenes desde la escuela, el colegio, la universidad -todo nuestro estilo de vida se ha vuelto una serie de medidas calculadas: lo bello y lo feo, lo noble y lo innoble, toda nuestra escala de valores, los argumentos que terminan en conclusiones, el poder del pueblo, el poder de las naciones-.

La acción de medir ha sido necesaria para el hombre. 

Y el cerebro, estando condicionado por la medida, por la comparación, trata de medir lo inmensurable -midiendo con las palabras lo que jamás puede ser medido-. 

Ha sido un largo proceso de siglos y siglos -los dioses mayores y los dioses menores, medir la vasta extension dei universo y medir la velocidad de un atleta-. 

Esta comparación ha dado origen a muchos temores y sufrimientos. 

Ahora, en esa roca, un lagarto ha llegado para calentarse muy cerca de nosotros. 

Uno puede ver sus negros ojos, su lomo escamoso y la larga cola; está muy quieto, inmóvil. 

El sol ha calentado mucho esa roca; y el lagarto, habiendo salido de su fria noche para calentarse - está aguardando que venga alguna mosca o un insecto -medirá la distancia y lo atrapará con un chasquido.

Vivir sin comparar, vivir sin ninguna clase de medición en lo interno, no comparar jamás lo que uno es con lo que uno debería ser. 

La palabra «meditación» no significa solamente ponderar, reflexionar sobre algo, indagar, mirar, sopesar; en sánscrito tiene también un significado mucho más profundo -cubrir una distancia, o sea, «llegar a»-.

En la meditación no tiene que existir la medida. 

Esta meditación no tiene que ser una meditación consciente, con posturas deliberadamente escogidas.

Esta meditación tiene que ser por completo inconsciente, sin que se sepa jamãs que uno está meditando.

Si uno medita deliberadamente, ésa es otra forma del deseo, como cualquier otra expresión del deseo.

Los objetos del deseo pueden variar; nuestra meditación puede ser para alcanzar lo supremo, pero el motivo es el deseo de lograr, igual que el hombre de negocios, o el constmctor de una gran catedral. 

La meditación es un movimiento sin motivo alguno, sin palabras, sin la actividad del pensamiento.

Tiene que ser algo que no se emprende deliberadamente. 

Sólo entonces la meditación es un movimiento en lo infinito, inmensurable para el hombre, sin meta establecida, sin fin y sin principio. 

Y eso ejerce una acción extraña en la vida cotidiana, porque entonces la vida es una sola, y así se vuelve sagrada. 

Y aquello que es sagrado ho podemos matarlo. 

Matar a otro es impío y atroz. 

Clama a los cielos como un pájaro preso en una jaula. 

Uno nunca se da cuenta de lo sagrada que es la vida, no sólo la pequeña vida de uno sino las vidas de millones de otros seres, desde las criaturas de la naturaleza hasta los extraordinarios seres humanos. 

Y en la meditación que no contiene en sí medida alguna, está la verdadera acción de aquello que es lo más noble, lo más sagrado y santo. 

El otro día, a la orilla de un río ¡qué bellos son los rios!, no hay un único río sagrado, todos los ríos del mundo tienen su propia divinidad-, el otro día un hombre estaba sentado a orillas de un río, envuelto en una tela de color castaño amarillento. 

Sus manos estaban ocultas, sus ojos cerrados y su cuerpo muy quieto. 

Tenía en las manos un rosario, y repetía algunas palabras mientras sus dedos se movían de una cuenta a otra. 

Había hecho estopór muchos años y jamás pasó por alto una cuenta. 

Y el rio ondeaba junto a él. 

Su corriente era profunda. 

Comenzaba entre las 

* Esta es una evocación dè cuando él estuvo en Benarés, a orillas dei Ganges. 

grandes montañas, distantes y coronadas de nieve; comenzaba como una corriente pequeña, y a medida que avanzaba hacia el sur reunía en sí todos los pequeños arroyos y ríos, y se convertia en un río caudaloso. 

En esa parte dei mundo, la gente le rendía culto. 

Uno no sabe por cuántos años este hombre había estado repitiendo su mantra mientras hacia rodar las cuentas del rosario. 

É1 meditaba -al menos la gente creia que él estaba meditando, y probablemente él también lo creia-. 

Así que todos los transeúntes lo miraban, se quedaban silenciosos y después proseguían con su risa y su cháchara. 

Esa casi inmóvil figura -uno podia ver a través de la tela sólo una leve acción de los dedos- había estado sentada ahí por un tiempo muy largo, completamente absorta, porque no oía otro sonido que el sonido de sus propias palabras y el ritmo, la música de las mismas. 

Y él diría que estaba meditando. 

Hay otros miles como él por todo el mundo, en silenciosos y profundos monasterios en medio de cerros, ciudades y junto a los rios. 

La meditación no consiste en palabras, no es un mantra ni es autohipnosis, la droga de las ilusiones.

Tiene que darse sin nuestra volición. 

Debe tener lugar en el sereno silencio de la noche, cuando uno despierta súbitamente y ve que el cerebro está quieto y que se está desarrollando una peculiar cualidad de meditación. 

Ha de moverse tan silenciosamente como una víbora entre la alta hierba, verde a la luz pura de la mañana. 

La meditación ha de tener lugar en las ocultas profundidades del cerebro. 

No es un logro. 

Carece de práctica, método o sistema alguno . 

La meditación empieza con el fin de la comparación, con el fin del devenir o no devenir. 

Tal como la abeja susurra entre las hojas, así el susurro de la meditación es acción.

EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 21 DE ABRIL DE 1983 -

 21, abril,1983 

Hay una cabaña muy alto entre los cerros, un tanto aislada pese a que hay allí otras cabañas. 

La cabaña está en medio de esos maravillosos viejos árboles gigantes, las sequoias* 

Se dice que algunas de ellas han existido desde el tiempo de los antiguos egipcios, quizã desde Ramsés II.

Son árboles realmente maravillosos. 

Su corteza es de color rosado y brilla al sol de la mañana. 

Estos árboles no pueden quemarse; la corteza resiste el fuego, y uno puede ver donde los viejos indios hacían hogueras alrededor del árbol; la oscura marca del fuego aún está ahí. 

Son realmente muy gigantescos en tamaño, sus troncos son enormes, y si uno se sienta muy quietamente bajo ellos a la luz de la mañana, con el sol en medio de las copas de los árboles, todas las ardillas que se encuentran ahí vendrán muy cerca de uno.

Son muy inquisitivas, igual que los grajos, porque también hay grajos aqui, pájaros azu- ...

* En septiembre de 1942, Krishnamurti había permanecido en sòledad por tres; semanas en una cabaña que se encuentra en el Sequoia National Park, donde se habla sentido extáticarnente dichoso. 

Es esta experiência la que está evocando en su dictado.

...les, muy azules, siempre listos para increparlo a uno preguntándole por qué está ahi, diciéndole que está perturbando el área que les pertenece, y que uno debe irse lo más rápidamente posible. 

Pero si uno permanece inmóvil observando, contemplando la belleza de la luz solar entre las hojas en el aire quieto, entonces ellos lo dejarán tranquilo, lo aceptarán igual que las ardillas. 

No era aún la estación, de modo que las cabañas estaban vacías y uno se encontraba sólo, y en la noche había mucho silencio. 

Ocasionalmente, solían venir los osos, y a veces se oían sus pesados cuerpos chocar contra la cabaña.

 Ésto podía haber sido un lugar completamente salvaje, porque la civilización moderna no lo ha destruído del todo. 

Uno tenía que escalar desde el llano, yendo y viniendo, más y más hacia arriba hasta llegar a este bosque de sequoias. 

Había torrentes que corrian hacia abajo por la ladera. 

¡Era tan extraordinariamente hermoso encontrarse sólo en medio de estos inmensos, altísimos árboles, antiguos más allá de la memoria y tan por completo indiferentes a lo que estaba ocurriendo en el mundo, silenciosos en su antigua dignidad y fuerza! 

Y en esta cabaña, rodeado por estos añosos árboles, uno estaba solo día tras día, observándolo todo, haciendo largas caminatas sin toparse prácticamente con nadie. 

Desde tal altura podían verse los llanos iluminados por el sol, sumergidos en sus ocupaciones; se divisaban los automóviles como pequeños insectos persiguiéndose unos a otros. 

Y aqui arriba sólo los verdaderos insectos estaban atareados todo el dia. 

Había muchísimas hormigas. 

Las rojas trepaban sobre las piemas pero nunca parecían prestarle a uno mucha atención. 

Desde esta cabaña uno alimentaba a las ardillas. 

Había una ardilla en particular que solia venir todas las mañanas, y uno tenía preparada la bolsa con cacahuetes que le iba dando uno por uno; la ardilla acostumbraba llenarse con ellos la boca, luego cruzaba el antepecho de la ventana y venía a la mesa con la tupida cola arrollada hasta casi tocar su cabeza. 

Solía tomar muchos de estos cacahuètes pelados, e incluso a veces los que aún tenían cáscara, y cruzando la habitación saltaba de vuelta al antepecho de la ventana, y de allí hacia abajo a la galería, desde donde, recorriendo el espacio libre, se introducía en un árbol muerto dentro de un agujero donde tenía su hogar. 

Acostumbraba venir, y tal vez por una hora o más aguardaba estos cacahuetes yendo y viniendo de un lado a otro. 

Por entonces ya era muy mansa, se dejaba acariciar, y era tan suave, tan dulce, lo miraba a uno con sus ojos primero llenos de sorpresa y después amistosos. 

Sabía que no la lastimarían. 

Un dia, al cerrar todas las ventanas mientras ella estaba dentro y la bolsa con los cacahuetes sobre la mesa, la ardilla tomó el habitual bocado y luego se dirigió a las ventanas y a la puerta, y al encontrar todo cerrado se dio cuenta de que estaba prisionera. 

Vino brincando hacia la mesa, saltó sobre: ella y mirándolo auno comenzó a regañarlo. 

Después de todo, uno no podia retener como prisionera a esa vivaz y bella criatura, de modo que abrió las ventanas. 

La ardilla saltó al piso, trepo al antepecho de la ventana, regresó al tronco muerto y después volvió directamente en busca de más cacahuetes. 

Desde entonces fuimos realmente grandes amigos. 

Después de que hubo rellenado ese agujero con cacahuetes, probablemente para el inviemo, solía subir a los troncos de los árboles recorriéndolos en persecución de otras ardillas, pero siempre regresaba a su tronco muerto. 

A veces, en el atardecer, venía al antepecho de la ventana y se sentaba ahí parloteando, mirándome, diciéndome algo sobre su tarea cotidiana, y cuando oscurecía, daba las buenas noches y saltaba de regreso a su casa en el agujero dei viejo árbol muerto. 

Y a la mañana siguiente, muy temprano, estaba ahí en el antepecho llamándome, parloteando... 

Y el día había comenzado. 

Todos los animales en ese bosque, todas las criaturas pequeñas, hacían lo mismo -juntar comida, perseguirse unos a otros por diversión o por furia- y los; animales grandes como el ciervo eran curiosos y lo miraban a uno. 

Y cierta vez , cuando uno ascendió a una altura moderada y caminaba a lo largo de un sendero rocoso, se dio vuelta y ahí estaba una osa negra, imponente, con cuatro cachorros del tamaño de gatos grandes. Los empujó a los cuatro hacia lo alto de un árbol, y ellos treparon a fin de estara salvo, después de lo cual la madre se volteó para mirarme. 

Extrañamente, no teníamos miedo. 

Nos miramos el uno al otro por unos dos o tres segundos, o tal vez más, y luego le di la espalda y seguí descendiendo por el mismo sendero. 

Solamente después, cuando estuve seguro en mi cabaña, advertí lo realmente peligroso que había sido este encuentro con una madre osa y sus cuatro cachorros. 

La vida es un proceso eterno de devenir y terminar. 

Este gran país aún no se había sofisticado en aquellos dias; aún no había alcanzado este terrible avance tecnológico, y no había demasiada vulgaridad como Ia que ahora existe. 

Sentado en los escalones de esa cabaña, uno observaba, y todo estaba activo -los árboles, las hormigas, los conejos, el venado y la ardilla- 

La vida es acción. 

La vida es üna serie contínua, incesante de acciones hasta que uno muere. 

La acción que nace del deseo está deformada, es limitada; y esta acción limitada, no importa lo que uno haga, tiene que dar origen a un conflicto interminable. 

Toda cosa que es limitada debe engendrar, por su misma naturaleza, muchos problemas, muchas crisis.

Es como un hombre, como un ser humano que está todo el tiempo pensando en sí mismo, en sus problemas, en sus experiencias, en sus alegrías y placeres, en sus negocios -completamente egocéntrico-. 

La actividad de una persona así es, naturalmente, muy limitada. 

Uno nunca se da cuenta de la limitación que tiene esta condición egocéntrica. 

La gente llama a esto realizarse; expresarse uno a sí mismo, lograr el éxito, perseguir el placer y llegar a ser algo intemamente -el impulso, el deseo de ser-. 

Toda una actividad semejante no sólo tiene que ser una actividad limitada y distorsionada, sino que en sus sucesivas acciones, cualquiera que sea la dirección de las mismas, debe por fuerza engendrar fragmentación, tal como se ve que ocurre en este mundo. 

El deseo es muy fuerte; los monjes y los sanyasis han tratado de reprimirlo, han tratado de identificar esa llama ardiente con algunos símbolos nobles o con alguna imagen -identificando cl deseo con algo más grande- pero eso sigue siendo deseo. 

Cualquier acción que surge del deseo, se llame noble o innoble, sigue estando limitada, distorsionada.

Ahora el grajo azul había regresado; estaba ahí después de su comida matinal, rezongando para ser advertido. 

Y uno le arrojo unos cuantos cacahuetes. 

Primero protestó, luego brinco bajando al piso, tomó unos cuantos en su pico, regresó volando a la rama, la abandono rápidamente y volvió con sus regaños. 

Y también el pájaro, gradualmente, día a día, se fue amansando. 

Venía muy cerca con los ojos brillantes, la cola levantada, el color azul resplandeciendo con una claridad y un brillo muy intensos -un azul que ningún pintor podría atrapar-. 

E increpaba a los otros pájaros. 

Probablemente, éste era su domínio y no queria ningún intruso. 

Pero siempre están los intrusos. 

Pronto vinieron otros pájaros. Parecia que a todos les gustaban las pasas de uva y los cacahuetes. 

Toda la actividad de la existencia estaba ahí. 

El sol se encontraba ahora alto en el cielo y había muy pocas sombras, pero hacia el atardecer habrá sombras largas, esculturales, bien proporcionadas, oscuras y sonrientes. 

¿Existe una acción que no provenga del deseo? 

Si formulamos una pregunta así, y raramente lo hacemos, podremos inquirir sin motivo alguno, y descubrir una acción que sea de la inteligencia. 

La acción del deseo no es inteligente; lleva a toda elase de problemas con sus secuelas.

¿Existe una acción de la inteligencia? 

Uno tiene que ser siempre algo escéptico en estas cuestiones; la duda es un extraordinario factor de purificación del cerebro, del corazón. 

La duda, cuidadosamente aplicada, trae una gran claridad, libera. 

En las religiones orientales, dudar, cuestionar, es una de las necesidades para encontrar la verdad, pero en la cultura religiosa de la civilización occidental la duda es una abominación del demonio. 

No obstante, en la libertad, en una acción que no es del deseo, tiene que existir la chispa de la duda.

Cuando uno ve verdaderamente, no de manera teórica ni verbal, que la acción deL deseo es corrupta, que está deformada, esa percepciónmisma es el principio de la inteligencia que da origen a una acción por completo diferente. 

O sea, ver lo falso como falso, ver la verdad en lo falso, y ver la verdad como verdad. 

Una percepción semejante es esa calidad de inteligência que no es «mía» ni de «nadie» en particular, la cual, entonces, actúa. 

Esa acción está libre de distorsiones, de remordimientos. 

No deja ninguna huella, ninguna pisada en las arenas del tiempo. 

Esa inteligencia no puede existir a menos que haya una gran compasión, un gran amor. 

Y no puede haber compasión si las actividades del pensamiento están ancladas en alguna ideología o fe particular, o atadas a un símbolo o a una persona. 

Para que haya compasión tiene que haber libertad. 

Y donde existe esa llama, la llama misma es el movimiento de la inteligencia.


EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 20 DE ABRIL DE 1983 -

 20, abril, 1983 

En el extremo de cada hoja, tanto de las más pequeñas como de las grandes, había una gota de agua reluciendo al sol como una joya extraordinaria. 

Y soplaba una ligera brisa, pero esa brisa de ningún modo perturbaba ni destruía esa gota sobre las hojas lavadas por la última lluvia. 

Era üna mañana muy tranquila, apacible, llena de encanto, y con un sentido de bendición en el aire. 

Y mientras uno contemplaba la luz sobre cada hoja limpia, resplandeciente, la tierra se volvía extraordinariamente hermosa, a pesar de los cables telegráficos con sus feos postes . 

A pesar de todo el ruido del mundo, la tierra era rica, paciente, perdurable; y aunque había terremotos muy destructivos aqui y allá, la tierra seguia siendo bella. 

Uno jamás aprecia la tierra a menos que realmente viva con ella, trabaje con ella, ponga sus manos en el polvo, levante grandes piedras y guijarros -uno nunca conoce el extraordinário sentimiento de estar en contacto íntimo con la tierra, con las flores, con los árboles gigantescos, la fuerte hierba y los setos vivos que bordean el camino.

Todas esas cosas estaban llenas de vida esa mañana. 

Mientras uno las conteraplaba, había un sentimiento de júbilo inraenso; el cielo era azul, el sol iba asomando lentamente sobre los cerros y había una gran claridad. 

El sinsonte sobre el cable eléctrico hacía sus payasadas, saltando hacia lo alto, dando una voltereta y bajando nuevamente sobre el mismo punto del alambre. 

Mientras uno estaba observando cómo el pájaro se regocijaba, saltando en el aire y bajando luego en círculos con sus agudos chillidos y su alegria de vivir, sólo ese pájaro existía, no existía el observador.

El observador ya no estaba ahí, solamente el pájaro gris y blanco con su larga cola. 

En esa observación del pájaro que se regocijaba en su revoloteo, no había movimiento alguno del pensar. 

Nunca observamos por mucho tiempo. 

Cuando, sin que haya sentido alguno del observador, observamos con gran paciencia a esos pájaros, esas gotitas en las hojas temblorosas, las abejas y las flores y la larga fila de hormigas, entonces el tiempo cesa, el tiempo se detiene. 

Uno no se toma tiempo para observar o para tener la paciencia de observar. 

A través de la observación aprendemos una gran cantidad de cosas -observando a las personas, el modo en que caminan, sus conversaciones, sus gestos. 

Podemos verlas a través de su vanidad o de la negligencia hacia sus propios cuerpos. 

Son indiferentes, son insensibles. 

Había un águila volando en la altura; haciendo círculos sin batir las alas, llevada por la corriente de aire, se alejó más allá de los cerros y se perdió de vista. 

Observar, aprender; el aprender es tiempo, pero el observar no contiene tiempo. 

O el escuchar; escuchar sin interpretación alguna, sin ninguna reacción, sin ninguna clase de prejuicio.

Escuchar ese trueno en los cielos, el trueno rodando entre los cerros. 

Jamás escuchamos completamente, siempre hay una interrupción. 

El observar y el escuchar constituyen un gran arte -observar y escuchar sin reacción alguna, sin ningún sentido del «escuchador» o del «observador»-. 

Observando y escuchando aprendemos infinitamente más que a través de cualquier libro. 

Los libros son necesarios, pero el observar y el escuchar agudizan nuestros sentidos. 

Porque, después de todo, el cerebro es el centro de todas las reacciones, de todos los pensamientos y los recuerdos. 

Pero si nuestros sentidos no están intensamente despiertos, no podemos realmente observar y escuchar y aprender, no sólo acerca de cómo actuar, sino acerca del aprender en sí; y todo ello es el terreno donde puede germinar la semilla de la bondad. 

Cuando existe este sencillo, claro observar y escuchar, entonces hay percepción alerta a todo -uno percibe el color de esas flores, rojas, amarillas, blancas, el color de las hojas primaverales con sus tallos tan tiemos, tan delicados; hay percepción del cielo, de la tierra y de esas personas que pasan cerca de uno-. 

Han estado parloteahdo por todo ese largo camino, sin mirar en ningún momento los árboles, las flores, el cielo y los magníficos cerros. 

Ni siquiera se dan cuenta de lo que pasa alrededor de ellas. 

Hablan mucho del ambiente, de cómo debemos proteger la naturaleza, etc., pero no parecen advertir la belleza y el silencio de los cerros y la dignidad de un viejo y maravilloso árbol. 

Ni siquiera se dan cuenta de sus propios sentimientos, de sus propias reacciones, ni del modo en que caminan, ni de las ropas que visten. 

Esto no quiere decir que uno haya de ser egocêntrico en su observación, en su percepción; sólo ha de estar alerta. 

Cuando observamos hay opción entre lo que debemos hacer o no debemos hacer, hay agrado y desagrado, hay prejuicios, temores, ansiedades, están las alegrias que recordamos, los placeres que hemos perseguido; en todo esto hay opción, y pensamos que la opción nos da libertad. 

Nos gusta esa libertad para elegir; pensamos que la libertad es necesaria para elegir -o mejor dicho, esa elección, esa opción , nos da una sensación de libertad- pero cuando vemos las cosas muy, muy claramente, no existe tal opción. 

Y eso nos lleva a una percepción directa en la que no hay opciones -un darnos cuenta sin agrado ni desagrado alguno-. 

Cuando existe realmente esta sencilla, honesta percepción directa sin opciones, ella nos lleva a otro factor, que es la atención. 

Esta palabra significa extenderse, asirse, agarrarse, pero ésa sigue siendo la actividad del cerebro, está en el cerebro. 

La observación, la percepción, la atención, están dentro dei campo del cerebro, y éste es limitado -está condicionado por todos los hábitos de las generaciones pasadas, por las impresiones, las tradiciones, y por toda la insensatez y la bondad del hombre-. 

Por lo tanto, toda acción que surge de esta atención todavía es limitada, y lo que es limitado debe, inevitablemente, generar desorden. 

Cuando uno piensa en sí mismo de la mañana a la noche -en sus propias preocupaciones, en sus propios deseos, exigencias y realizacionesesta actividad egocéntrica, siendo muy, muy limitada, tiene que causar fricción en la relación con los demás, la cual también es, entonces, limitada; tiene que haber tensión y perturbaciones de muchas clases -la perpetua violencia de los seres humanos. 

Cuando uno está atento a todo esto, atento sin opción alguna, entonces de ello surge el discernimiento total. 

Este discernimiento no es un acto de recordación, de continuación de la memoria. 

El discernimiento total es como un relâmpago de luz. 

Uno ve con absoluta claridad todas las complicaciones, las consecuencias, las intrincaciones del pensamiento. 

Entonces ese mismo discernimiento es acción completa, y en ella no hay lamentaciones, no hay un mirar hacia atrás, no hay sentido alguno de agobio o de discriminación. 

Es la acción del puro y claro discernimiento, hay una percepción que no contiene vestígio alguno de duda.

Casi todos nosotros empezamos con la certidumbre y, a medida que envejecemos, esa certidumbre se convierte en incertidumbre, y morimos con la incertidumbre. 

Pero si uno empieza con la incertidumbre, cuestionando, inquiriendo, exigiendo, dudando verdaderamente de la conducta humana, de todos los rituales religiosos con sus imágenes y sus símbolos, entonces de esa duda surge la claridad de la certidumbre. 

Cuando existe un claro discemimiento, por ejemplo, en la violencia, el discernimiento mismo disipa toda violencia. 

Ese discernimiento se encuentra fuera del cerebro, si puede uno expresarlo así. 

No es del tiempo. 

No pertenece a la memória ni al conocimiento, y así, en su acción transforma las células mismas dei cerebro. 

Ese discernimiento es completo, íntegro, y de esa integridad puede surgir una acción lógica, cuerda, racional. 

Todo este movimiento de observar, de prestar atención al destello explosivo dei discernimiento, es un movimiento único, no se llega a él paso a paso. 

Es como una rápida saeta. 

Y sólo ese discernimiento, esa percepción instantánea, directa, puede liberar al cerebro de su condicionamiento, no el esfuerzo del pensar, que es una resolución al ver la necesidad de algo, -nada de eso puede liberamos totalmente del condicionamiento-. 

Todo esto implica el tiempo y la terminación del tiempo. 

El hombre está atado al tiempo, y esa atadura, esa esclavitud al tiempo es el movimiento del pensar. 

Por lo tanto, hay discemimiento total donde cesan el pensamiento y el tiempo. 

Únicamente entoncés puede darse el florecimiento del cerebro. 

Únicamente entonces puéde uno tener una relación completa con la Mente.

EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 19 DE ABRIL DE 1983

 19, abril, 1983 

Este inviemo llovió constantemente día tras día, prácticamente durante los últimos tres meses. 

Ésta es más bien una extravagancia de Califórnia -o no llueve en absoluto o llueve como para anegar la tierra-. 

Ha habido grandes tormentas y muy pocos dias soleados. 

Ayer estuvo lloviendo durante todo el día y esta mañana las nubes se hallan muy bajas sobre los cerros y todo se ve bastante sombrío. 

Las hojas permanecen abatidas por la lluvia de ayer. 

La tierra se encuentra empapada. 

Los árboles y el magnífico roble deben de estar preguntándose donde está el sol. 

En esta mañana tan particular, con las nubes que ocultan las montañas y los cerros hasta casi tocar el valle, uno se pregunta: 

¿Qué significa ser serio? ¿Qué significa tener una mente, o, si se prefiere, un cerebro muy quieto y serio? ¿Somos sérios alguna vez?, ¿0 siempre vivimos en un mundo de superficialidad, yendo de acá para allá, peleando, riñendo violentamente sobre cosas completamente triviales? ¿Qué significa tener un cerebro muy despierto, no limitado por sus propios pensamientos, recuerdos y reminiscencias? ¿Qué significa tener un cerebro libre de toda la confusión de la existencia, de toda la angustia, de toda la ansiedad y el dolor que jamás se termina? ¿Es de algún modo posible tener una mente por completo libre, un cerebro libre no moldeado por influencias, por la experiencia y por la vasta acumulación dei conocimiento? 

El conocimiento es tiempo; el aprender implica tiempo.

Aprender a tocar el violín requiere una paciência infinita, meses de práctica, años de una dedicación concentrada. 

Aprender a adquirir una destreza, aprender a convertirse en un atleta o a armar una buena máquina, o llegar a la luna, todo esto requiere tiempo. 

¿Pero hay algo que aprender acerca de la psique, acerca de lo que somos -todos los caprichos, las complejidades de las propias acciones y reacciones, la esperanza, el fracaso, el dolor y la alegría... qué hay que aprender acerca de todo eso? 

Como siempre lo hemos dicho, en cierto campo de nuestra existencia física es necesario reunir conocimientos y actuar a base de esos conocimientos, lo cual requiere tiempo.

¿Es que extendemos el mismo principio, el mismo movimiento de tiempo al mundo psicológico? 

Aquí también decimos que tenemos que aprender acerca de nosotros mismos, de nuestras reacciones, de nuestra conducta, de nuestras exaltaciones y depresiones, de nuestras ideaciones, etc.; pensamos que todo eso también requiere tiempo. 

Uno puede aprender acerca de lo limitado, pero no puede aprender acerca de lo ilimitado. 

Y nosotros tratamos de aprender acerca de todo el campo de la psique, y décimos que para ello se necesita tiempo. 

Pero en ese campo el tiempo puede ser una ilusión, puede ser un enemigo.

El pensamiento crea la ilusión, y esa ilusión se desarrolla, crece, se extiende. 

La ilusión de toda Ia actividad religiosa debe de haber empezado muy, muy sencillamente, y vean adónde ha llegado -con su inmenso poder, sus enormes propiedades, la gran acumulación de las obras de arte, de las riquezas; y con la jerarquía religiosa exigiendo obediencia, apremiándonos para que tengamos más fe-. 

Todo eso es la expansión, el cultivo y el desarrollo de la ilusión, lo cual ha tomado muchos siglos. 

Y la psique es todo el contenido de la conciencia, es la memoria de todas las cosas pasadas y muertas.

¡Qué importancia damos a la memoria! 

La psique es memória. 

Toda la tradición es meramente el pasado.

Nos aferramos a eso, queremos aprender acerca de todo eso, y pensamos que para ello el tiempo es tan necesario como lo es en el otro campo. 

No sé si alguna vez nos preguntamos si hay un final para el tiempo -el tiempo para llegar a ser, para realizamos personalmente-.

¿Hay algo que aprender acerca de todo eso? ¿es posible ver que todo este movimiento ilusorio de la memoria, que parece tan real, puede terminar? 

Si el tiempo se detiene, ¿cuál es, entonces, la relación que hay entre aquello que está más allá del tiempo; y todas las actividades físicas del cerebro, como la memoria, el conocimiento , los recuerdos, las experiencias?

¿Qué relación hay entre lo uno y lo otro? 

El conocimiento y el pensamiento, ya se ha dicho, son limitados. 

Lo limitado no puede tener ninguna relación con lo ilimitado, pero lo ilimitado puede tener alguna clase de comunicación con lo limitado, aunque esa comunicación tiene que ser siempre limitada, estrecha, fragmentaria. 

Si uno tiene predisposición mercantil, podría preguntarse cuál es la utilidad de todo esto, de qué sirve lo ilimitado, qué provecho puede el hombre sacar de eso. 

Siempre deseamos una recompensa. 

Vivimos a base del principio de premio y castigo, como un perro al que han adiestrado; uno lo premia cuando obedece. 

Y actuamos de manera bastante similar, en el sentido de que queremos ser recompensados por nuestras acciones, por nuestra obediencia, etcétera. 

Tal exigencia nace del cerebro limitado. 

El cerebro es el centro del pensamiento, y el pensamiento es siempre limitado bajo las circunstancias.

Puede inventar lo teórico, lo extraordinário, lo inmensurable , pero su invención es siempre limitada. 

Es por eso que uno ha de estar completamente libre de todo el afán y el tráfago de la existencia y de la actividad egocêntrica, para que lo ilimitado sea. 

Aquello que es inmensurable no pueden medirlo las palabras. 

Siempre tratamos de encerrar lo inmensurable en una estructura de palabras, pero el símbolo no es lo real. 

Y nosotros le rendimos culto al símbolo; por lo tanto, vivimos siempre en un estado de limitación,el pensamiento, ya se ha dicho, es limitado. 

Lo limitado no puede tener ninguna relación con lo ilimitado, pero lo ilimitado puede tener alguna clase de comunicación con lo limitado, aunque esa comunicación tiene que ser siempre limitada, estrecha, fragmentaria. 

Si uno tiene predisposición mercantil, podría preguntarse cuál es la utilidad de todo esto, de qué sirve lo ilimitado, qué provecho puede el hombre sacar de eso. 

Siempre deseamos una recompensa. 

Vivimos a base del principio de premio y castigo, como un perro al que han adiestrado; uno lo premia cuando obedece. 

Y actuamos de manera bastante similar, en el sentido de que queremos ser recompensados por nuestras acciones, por nuestra obediência, etcétera. 

Tal exigencia nace del cerebro limitado. 

El cerebro es el centro de pensamiento, y el pensamiento es siempre limitado bajo las circunstancias.

 Puede inventar lo teórico, lo extraordinário, lo inmensurable, pero su invención es siempre limitada. 

Es por eso que uno ha de estar completamente libre de todo el afán y el tráfago de la existencia y de la actividad egocêntrica, para que lo ilimitado sea. 

Aquello que es inmensurable no pueden medirlo las palabras. 

Siempre tratamos de encerrar lo inmensurable en una estructura de palabras, pero el símbolo no es lo real. 

Y nosotros le rendimos culto al símbolo; por lo tanto, vivimos siempre en un estado de limitación.

De modo que, con las nubes suspendidas sobre las copas de los árboles y con los pájaros silenciosos que aguardan los truenos, ésta es una mañana apropiada para estar serios, para inquirir en toda la existencia, para cuestionar a los dioses mismos y a toda la actividad humana. 

Nuestras vidas son muy cortas, y durante ese corto período no hay nada que aprender acerca del campo total de la psique, que es el movimiento de la memoria. 

Sólo podemos observarlo. 

Observar sin movimiento alguno del pensar, observar sin el tiempo, sin el conocimiento pasado, sin el observador, que es la esencia dei pasado, sólo observar. 

Observar esas nubes que se forman y vuelven a formarse, observar los árboles, los pajarillos. 

Todo eso es parte de la vida. 

Cuando uno observa atentamente, diligentemente, no hay que aprender; sólo existe ese vasto espacio, ese silencio, ese vacío que es energia devastadora.

EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 18 DE ABRIL DE 1983

 18, abril*1983 

Es un nuevo día, y el sol aún tardará más o menos una hora en levantarse. 

Está muy oscuro y los árboles se hallan silenciosos a la espera del amanecer, de que el sol asome detrás de los cerros. 

Debería haber una plegaria para el amanecer. 

Este llega muy lentamente, penetrando el mundo en su totalidad. 

Y aquí, en esta casa tranquila y apartada, rodeada de naranjos y algunas flores, hay una quietud extraordinária. 

Todavia los pájaros no han comenzado a cantar su canto matinal. 

El mundo está dormido, al menos lo está en esta parte de la tierra, lejos de la civilización, lejos dei ruido, de la brutalidad, de la vulgaridad y de la palabrería de los políticos. 

Pausadamente, con gran paciencia, el amanecer se inicia en el profundo silencio de la noche, silencio que rompen la paloma torcaza y el ulular de un búho. 

Hay numerosos búhos aquí llamándose unos a otros. 

Y los cerros y los árboles están empezando a despertar 

El alba comienza en medio del silencio, cada vez más luminosa, mientras el rocío cubre las hojas y el sol va asomando sobre el cerro. 

Sus primeros rayos quedan atrapados en 

* Entre el 31 de marzo y esta fecha, Krishnamurti estuvo en Nueva York, donde ofreció dos pláticas en el Felt Forum, Madison Square Garden, y asistió a un seminario organizado por el doctor David Shainberg.

aquellos árboles altísimos, en ese viejo roble que ha estado ahí por mucho, muchísimo tiempo. 

Y la paloma torcaza empiéza con su suave y lastimero llamado. 

Al otro lado dei camino, más allá de los naranjos, se escucha el reclamo de un pavo real. 

Incluso en esta parte dei mundo hay pavos reales, al menos unos poços: 

Y el día ha comenzado. 

Es un día maravilloso; tan nuevo, tan fresco, tan vital y pleno de belleza. 

Es un nuevo día, sin recuerdo alguno dei pasado, sin el llamado de algún otro día. 

Es una gran maravilla observar todas esas bellezas -aquellos brillantes naranjos con sus hojas oscuras, y las pocas flores, resplandecientes en su gloria-. 

Uno se sorprende ante esta luz extraordinária que solo esta parte del mundo parece poseer. 

Se asombra cuando contempla la creación que parece no tener principio ni fin -no una creación del ingenioso pensamiento, sino la creación de una manana nueva-. 

Esta mañana es como si jamás hubiera sido antes, tan brillante, tan clara. 

Y los cerros azules la contemplan. 

Es la creación de un día nuevo como jamás ha existido en el pasado. 

Hay una ardilla con una larga y tupida cola, temblando tímida en el antiguo pimentero que ha perdido numerosas ramas; está envejeciendo mucho. 

Debe de haber visto innumerables tormentas; igual que al roble, en su vejez se le ve sereno, con una gran dignidad. 

Es una mañana nueva, plena de una vida antigua; es una mañana sin tiempo, sin problemas. 

Existe, y eso en sí es un milagro. 

Es una mañana nueva sin recuerdo alguno. 

Todos los dias pasados han tocado a su fin, se han ido, y la voz de la paloma torcaza llega a través del valle; el sol está ahora sobre el cerro y cubre lá tierra. 

Y esto tampoco tiene un ayer. 

Los árboles bajo el sol, y las flores, nó tienen tiempo.  

Es el milagro de un nuevo día.

«Queremos continuidad»; dijo el hombre. «La continuidad forma parte de nuestra vida. 

La continuidad de generación tras generación, de la tradición, de las cosas que hemos conocido y recordado. 

Anhelamos la continuidad y hemos de tenerla. 

De lo contrario, ¿qué somos? 

La continuidad está en las raíces mismas de nuestro ser. 

Existir es continuar. 

La muerte puede venir, puede haber un fin para muchas cosas, pero siempre está la continuidad.

Retrocedemos en el tiempo para encontrar nuestras raíces, nuestra identidad. 

Si uno ha conservado el conocimiento de sus comienzos como una família, probablemente pueda rastrear su identidad generación tras generación por muchos siglos -si es que uno se interesa en esa clase de cosas-. 

La continuidad del culto a un dios, la continuidad de las ideologias, la continuidad de opiniones, valores, juicios, conclusiones -hay una continuidad desde el momento en que nacemos hasta que morimos, con todas las experiençias, con todo el conocimiento que el hombre ha adquirido. 

¿Es eso una ilusión?»

«¿Qué es lo que tiene continuidad? Ese roble, que probablemente tiene doscientos años, posee una continuidad hasta que muere o es tronchado por el hombre. 

¿Y cuál es esta continuidad que el hombre desea y anhela tanto? 

¿El nombre, la forma, la cuenta bancaria, las cosas que se recuerdan? 

La memória posee una continuidad, las remembranzas de aquello que ha sido. 

Toda la psique es memoria y nada más. 

Le atribuímos a la psique muchas cosas -cualidades, virtudes, acciones deshonestas, y el ejercicio de muchos actos inteligentes tanto en el mundo externo como en el interno-. 

Y si uno la examina diligentemente, sin ningún prejuicio, sin conclusión alguna, comienza a ver que toda nuestra existência es una vasta red de recuerdos, de remembranzas, de cosas que han sucedido antes; y todo eso es lo que tiene continuidad. 

Y a eso nos; enfrentamos desesperadamente.» 

La ardilla ha regresado. 

Ha estado lejos por un par de horas; ahora está de vuelta sobre la rama mordisqueando alguna cosa, observando, escuchando extraordinariamente alerta y vigilante, activa, vibrante de excitación. 

Viene y parte sin decirle a uno adónde va ni cuándo regresará. 

Y a medida que el día se pone más caluroso, la torcaza y los otros pájaros desaparecen. 

Hay unas cuantas palomas que vuelan en grupo de un lugar a otro. 

Se puede escuchar el sonido de sus alas batiendo el aire. 

Solía haber un zorro por aquí -uno no lo ha visto por mucho tiempo-. 

Probablemente se ha ido para siempre. 

Hay demasiadas personas cerca de aqui. 

Hay muchos roedores, pero la gente es peligrosa; 

Y ésta es una pequeña ardilla tímida y voluntariosa como la golondrina. 

Si bien no hay continuidad excepto la de la memoria, ¿existe en todo el ser humano, en el cerebro, un lugar, un punto, un área pequeña o vasta donde la memoria no opere en absoluto, un área que la memória no haya tocado jamás? 

Es una cosa notable observar todo esto, tantear el camino sensatamente, racionalmente, ver la complejidad, las intrincaciones de la memoria y sú continuidad, que es, después de todo, el conocimiento. 

El conocimiento está siempre en el pasado, el conocimiento es el pasado. 

El pasado es una vasta memoria acumulada como tradición. 

Y cuando uno ha recorrido ese sendero diligentemente, cuerdamente, por fuerza tiene que preguntarse: ¿Existe un área en el cerebro humano, o en la propia estructura y naturaleza de un ser humano -no meramente en el mundo externo de sus actividades sino intemamente, muy en lo profundo de los inmensos y silenciosos escondrijos de su cerebro- existe algo que no sea el resultado de la memória, que no sea el movimiento de una continuidad? 

Los cerros y los árboles, los prados y los huertos, continuarán en tanto la tierra exista, a menos que el hombre en su crueldad y desesperación lo destruya todo. 

El torrente, el manantial del que proviene, tienen una continuidad, pero uno nunca se pregunta si los cerros y las cosas que están más allá de los cerros poseen su continuidad propia. 

Si la continuidad no existe, ¿qué es lo que hay? 

No hay nada. 

Uno tiene miedo de ser nada. 

«Nada» [nothing] significa «ninguna cosa» [not a thing] -ninguna cosa creada por el pensamiento, ninguna cosa proyectada por la memoria, por los recuerdos; ninguna cosa que uno pueda poner en palabras y después medir. 

Sin duda alguna, con absoluta certeza, existe un área donde el pasado no proyecta ninguna sombra, donde el tiempo -pasado, presente y futuro- no significa nada. 

Nosotrõs siempre hemos tratado de medir con palabras algo que no conocemos. 

Lo que no conocemos tratamos de entenderlo y le ponemos palabras, convirtiéndolo así en un ruido continuo. 

Y de este modo atoramos nuestro cerebro, que ya se encuentra atorado, con los sucesos, las experiencias, los acontecimientos dei pasado. 

Pensamos que el conocimiento es psicologicamente de gran importancia, pero no lo es. 

Uno no puede elevarse internamente mediante el conocimiento; el conocimiento tiene que cesar para que lo nuevo sea. 

«Nuevo» es una palabra para designar algo que nunca ha sido antes. 

Y eso no puede ser o captado por las palabras o los símbolos; está ahí, más allá de todos los recuerdos.