LA LIBERTAD PRIMERA Y ÚLTIMA - J.K. - CAPÍTULO 1 - INTRODUCCIÓN

 

CAPÍTULO I - INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO I

INTRODUCCIÓN

Comunicarnos unos con otros, aun conociéndonos bien, es en extremo difícil. 
Podré usar palabras que para vosotros tengan diferente sentido que para mí. 
La comprensión sólo llega cuando nosotros -vosotros y yo- nos encontramos en el mismo nivel al mismo tiempo. 
Ello ocurre tan sólo cuando existe verdadero afecto entre las personas; entre marido y mujer, entre amigos íntimos. 
Esa es la verdadera comunión. 
El entendimiento instantáneo adviene cuando nos encontramos en el mismo nivel al mismo tiempo.
Resulta muy arduo establecer contacto unos con otros en forma fácil, eficaz y con efectos definitivos. 
Yo empleo palabras que son muy sencillas, que no son técnicas, porque no creo que ningún tipo técnico de expresión vaya a ayudarnos a resolver nuestros difíciles problemas.
 
No emplearé, pues, términos técnicos, ya sean de psicología o de ciencia. 
No he leído, por suerte, ningún libro sobre psicología ni libros religiosos. 

Desearía transmitir, con las palabras muy sencillas de que nos valemos en nuestra vida diaria, algo de significación más profunda; pero ello resulta muy difícil si no sabéis escuchar.

Existe un arte de escuchar.

Para escuchar de veras, habría que abandonar o hacer a un lado todos los prejuicios, formulaciones previas y diarias actividades. 

Cuando os halláis en un estado mental receptivo, las cosas pueden comprenderse con facilidad; cuando vuestra verdadera atención está puesta en algo, escucháis. 

Desgraciadamente, empero, la mayoría de nosotros escucha a través de un tamiz de resistencia.

 Nos escudamos en prejuicios religiosos o espirituales, psicológicos o científicos; o en nuestros diarios deseos, preocupaciones y temores. 

Escuchamos con todo eso por tamiz. 

De ahí que en realidad escuchemos nuestro propio ruido, nuestro propio sonido, no lo que se dice. 

Es en extremo difícil hacer a un lado nuestra educación, nuestros prejuicios, nuestras inclinaciones, nuestra resistencia, y, llegando más allá de la expresión verbal, escuchar de modo tal que comprendamos al instante. 

Esa va a ser una de nuestras dificultades.

Si, durante esta disertación, algo de lo que se dice resulta opuesto a vuestro modo de pensar y a vuestra creencia, escuchad; nada más; no resistáis. 

Podréis tener razón, y yo podré estar equivocado; pero escuchando y considerando esto juntos, vamos a descubrir qué es la verdad. 

La verdad no puede dárosla nadie.

 Tenéis que descubrirla; y, para descubrir, es preciso que haya un estado mental en el que exista la percepción directa. 

No hay percepción directa cuando hay una resistencia, un resguardo, una protección. 

La comprensión llega dándose uno cuenta de lo que es. 

Saber exactamente lo que es, lo real, lo efectivo, sin interpretarlo, sin condenarlo ni justificarlo, es, por cierto, el comienzo de la sabiduría. 

Sólo cuando empezamos a interpretar, a traducir de acuerdo con nuestro “condicionamiento”, con nuestro prejuicio, pasamos por alto la verdad. 

Ello, al fin y al cabo, es como la investigación. 

Saber lo que una cosa es, lo que ella es exactamente, requiere investigación; no podéis traducirla conforme con vuestros estados de ánimo. 

De un modo análogo, si podemos mirar, observar, escuchar, darnos cuenta de lo que es, exactamente, entonces el problema está resuelto. 

Y eso es lo que procuramos hacer en todas estas disertaciones. 

Voy a señalararos lo que es, y no a traducirlo caprichosamente; y tampoco vosotros deberíais traducirlo o interpretarlo conforme con vuestro trasfondo o educación.

¿No es posible, entonces, darse cuenta de toda cosa tal como ella es? 

Partiendo de ahí, ciertamente, puede haber comprensión. 

Reconocer, darse cuenta, descubrir lo que es, pone fin a la lucha.
 
Si yo sé que soy mentiroso, ese es un hecho que reconozco, la lucha ha terminado. 

Reconocer, darse cuenta de lo que uno es, representa ya el comienzo de la sabiduría, el comienzo de la comprensión que os libra del tiempo. 

Introducir el factor tiempo -no el tiempo en un sentido cronológico sino como medio, como proceso psicológico, proceso de la mente- es destructivo y crea confusión.

Podemos, pues, tener comprensión de lo que es, cuando lo reconocemos sin condenación, sin justificación, sin identificación. 

Saber que uno se halla en cierta condición, en cierto estado, es de por sí un proceso de liberación; pero un hombre que no se da cuenta de su condición, de su lucha, trata de ser otra cosa que lo que él es, lo cual produce hábito. 

Tengamos presente, entonces, que deseamos examinar lo que es, observar y captar exactamente qué es lo existente, sin tendencia alguna, sin darle una interpretación. 

Se necesita una mente en extremo astuta, un corazón extraordinariamente flexible, para darse cuenta de lo que es y seguirlo; porque lo que es está en movimiento constante, sufre incesante transformación; y si la mente está amarrada a la creencia, al saber, deja de seguir el veloz movimiento de lo que es. 

Lo que es no es estático, por cierto; se mueve constantemente, como veréis si lo observáis bien de cerca. 

Y para seguirlo necesitáis una mente activa y un corazón flexible, cosa imposible cuando la mente es estática, cuando ella está fija en una creencia, en un prejuicio, en una identificación; y una mente y corazón secos no pueden seguir fácilmente, velozmente, aquello que es.

Creo que uno se da cuenta sin demasiada discusión, sin excesiva expresión verbal, de que hay caos, confusión y miseria, tanto en lo individual como en lo colectivo. 

No sólo en la India sino en el mundo entero. 

En China, en América, en Inglaterra, en Alemania, en todo el mundo, hay confusión, creciente infortunio. 

Ello no es sólo nacional, cosa de aquí particularmente; ocurre en el mundo entero. 

Hay un sufrimiento extraordinariamente agudo; y él no es solo individual sino colectivo. 

Se trata, pues, de una catástrofe mundial, y resulta absurdo confinarla a una simple área geográfica, a una sección de un mapa en colores; porque entonces no entenderemos la plena significación de este sufrimiento, mundial a la vez que individual. 

Y dándonos cuenta de esta confusión, ¿cuál es hoy nuestra respuesta? ¿Cómo reaccionamos?

Hay sufrimiento: político, social, religioso. 

Todo nuestro ser psicológico está confuso, y todos los dirigentes, políticos y religiosos, nos han fallado. 

Todos los libros han perdido su significación. 

Podéis consultar la Bhagavad Gita o la Biblia, o el último tratado sobre política o psicología, y encontraréis que ellos han perdido ese timbre, esa cualidad de la verdad; se han vuelto meras palabras. 

Vosotros mismos, que sois los repetidores de esas palabras, estáis confusos e inciertos, y la simple repetición de palabras nada sugiere. 

Las palabras y los libros, por consiguiente, han perdido su valor. 

Es decir, si citáis la Biblia, o a Marx, o la Bhagavad Gita, vuestra repetición se convierte en una mentira porque vosotros mismos estáis inciertos, confusos. 

Lo que allí está escrito, en efecto, se vuelve mera propaganda; y la propaganda no es la verdad.

 De modo que, cuando repetís, habéis dejado de comprender el estado de vuestro propio ser; sólo cubrís con palabras de autoridad vuestra propia confusión. 

Lo que nosotros tratamos de hacer, empero, es comprender esta confusión y no encubrirla con citas. 

¿Cuál es, pues, vuestra respuesta a la confusión? ¿Cómo respondéis a este extraordinario caos, a esta confusión, a esta incertidumbre de la existencia? 

Daos cuenta de ella mientras yo la dilucido; seguid no mis palabras sino el pensamiento que está activo en vosotros. 

Casi todos estamos acostumbrados a ser espectadores y a no tomar parte en el juego. 

Leemos libros pero nunca escribimos libros. 

Ha llegado a ser nuestra tradición nuestro hábito nacional y universal, el de ser espectadores, el de ver jugar al fútbol, el de observar a los políticos y oradores públicos. 

Somos simples extraños que miran, y hemos perdido la capacidad creadora. 

Queremos, por lo tanto, absorber y participar.

Si no hacéis más que observar, si sois meros espectadores, perderéis enteramente el significado de la disertación; porque esto no es una conferencia que hayáis de escuchar por la fuerza del hábito. 

No voy a brindaros información que podáis recoger en una enciclopedia. 

Lo que procuramos hacer es seguirnos mutuamente los pensamientos, seguir tanto y tan profundamente como podamos las insinuaciones, las respuestas, de nuestros propios sentimientos. 

Os ruego, pues que averigüéis cuál es vuestra respuesta a este proceso, a este sufrimiento; no cuáles son las palabras de alguna otra persona, sino cómo respondéis vosotros mismos. 

Vuestra respuesta es de indiferencia si os beneficiáis con el sufrimiento con el caos, si obtenéis provecho del mismo, ya sea económico, social, político o psicológico. 

No os importa, por lo tanto, que este caos continúe. 

No hay duda de que, cuanto más perturbación y caos hay en el mundo, más busca uno seguridad. 

¿No lo habéis notado? Cuando hay confusión en el mundo -en lo psicológico y en todo lo demás- os encerráis en alguna clase de seguridad, ya sea la de una cuenta bancaria o la de una ideología; o bien recurrís a la oración, vais al templo, lo cual es en realidad escapar a lo que sucede en el mundo. 

Más y más sectas se van formando; más y más “ismos” surgen a través del mundo. 

Porque, cuanto mayor es la confusión, más necesitáis de un líder, de alguien que os guíe para salir de este revoltijo. 

Por eso apeláis a los libros de religión o a uno de los instructores más en boga; o bien actuáis y respondéis de acuerdo con un sistema que parezca resolver el problema, un sistema de izquierda o de derecha. 

Eso, exactamente, es lo que está ocurriendo.

No bien os dais cuenta de la confusión, de lo que es exactamente, procuráis esquivarlo. 

Y las sectas que os ofrecen un sistema para hallar solución al sufrimiento económico, social o religioso, son lo peor; porque entonces lo importante se vuelve el sistema, no el hombre, ya se trate de un sistema religioso o de un sistema de izquierda o de derecha. 

El sistema, la filosofía, la idea, llegan a ser lo importante, no el hombre; y en aras de la idea, de la ideología, estáis dispuestos a sacrificar a todo el género humano. 

Eso, exactamente, es lo que está sucediendo en el mundo. 

Esta no es mera interpretación mía; si lo observáis, veréis que eso, exactamente, es lo que ocurre. 

El sistema se ha vuelto lo importante. 

Por consiguiente, como el sistema es lo que importa, el hombre -vosotros y yo- perdemos significación; y los que controlan el sistema, religioso o social, de izquierda o de derecha, asumen autoridad, asumen el poder y a causa de ello os sacrifican a vosotros, al individuo. 

Eso, exactamente, es lo que está ocurriendo.

Ahora bien: ¿cuál es la causa de esta confusión, de esta miseria? ¿Cómo se ha producido esta desgracia, este sufrimiento que no sólo es íntimo sino externo, este temor y expectativa de la guerra, de la tercera guerra mundial que ya se está desencadenando? ¿Cuál es la causa de ello? 

Ella indica, por cierto, el derrumbe de todos los valores morales, espirituales, y la glorificación de todos los valores sensuales, del valor de las cosas hechas por la mano o por la mente. 

¿Qué ocurre cuando no tenemos otros valores que el valor de las cosas de los sentidos, el valor de lo producido por la mente, la mano o la máquina? 

Cuanto mayor es la significación que atribuimos al valor sensual de las cosas mayor es la confusión. ¿No es así? 

Nuevamente: esta no es una teoría mía. 

No necesitáis citar libros para descubrir que vuestros valores, vuestra riqueza, vuestra existencia social y económica, se basan en cosas hechas por la mano o por la mente. 

De modo, pues, que vivimos y funcionamos con nuestro ser impregnado de valores sensuales, lo cual significa que las cosas -las de la mente, la mano y la máquina- han llegado a ser lo importante; y cuando las cosas adquieren importancia, la creencia cobra predominante significación. 

Eso, exactamente, es lo que ocurre en el mundo, ¿verdad?

Trae, pues, confusión, el atribuir significación cada vez mayor a los valores de los sentidos; y estando en la confusión, tratamos de escapar de ella de diversas maneras, ya sea religiosas, económicas o sociales, o mediante la ambición, el poder, la busca de la realidad. 

Pero lo real está cerca: no necesitáis buscarlo; y el hombre que busca la verdad nunca la encontrará. 

La verdad está en lo que es; y en eso consiste su belleza. 

Pero no bien la concebís, no bien la buscáis, empezáis a luchar; y el que lucha no puede comprender. 

Por eso es que debemos estar en silencio, en observación, pasivamente perceptivos. 

Vemos que nuestro vivir, nuestra acción, está siempre dentro del campo de la destrucción, dentro del campo del dolor; como una ola, la confusión y el caos siempre nos alcanzan. 

No hay intervalo en la confusión de la existencia

Todo lo que actualmente hacemos parece conducir al caos, parece llevarnos al dolor y a la infelicidad. 

Mirad vuestra propia existencia y veréis que nuestro vivir está siempre al borde del dolor. 

Nuestro trabajo, nuestra actividad social, nuestra política, las diversas asambleas de naciones para poner coto a la guerra, todo ello produce más guerra. 

La destrucción es la secuela del vivir; todo lo que hacemos lleva a la muerte. 

Eso es lo que en realidad acontece.

¿Podemos poner fin de una vez a esta desgracia, y no seguir siendo atrapados de continuo por la ola de confusión y dolor? Es decir, grandes instructores, ya sea Buda o Cristo, han aparecido; ellos aceptaron la fe y se libertaron, tal vez, de la confusión y del dolor. 

Pero ellos nunca impidieron el dolor, jamás pusieron coto a la confusión. 

La confusión continúa, el dolor prosigue. 

Y si vosotros, al ver esta confusión social y económica, este caos, esta miseria, os retiráis a lo que se llama vida religiosa” y abandonáis el mundo, podréis tener la sensación de que os unís a esos grandes instructores; pero el mundo continúa con su caos, su miseria y su destrucción, con el sempiterno sufrir de sus ricos y de sus pobres. 

De modo, pues, que nuestro problema -el vuestro y el mío- consiste en saber si podemos salir de esta miseria instantáneamente. 

Si, viviendo en el mundo, rehusáis formar parte de él, ayudaréis a otros a salir de este caos, no en el futuro, ni mañana sino ahora. 

Ese, por cierto, es nuestro problema. 

La guerra, probablemente, se viene, más destructiva y aterradora en sus formas. 

Es indudable que nosotros no podemos impedirla, porque los puntos en litigio son demasiado marcados, demasiado próximos. 

Pero vosotros y yo podemos percibir la confusión y la miseria de inmediato, ¿verdad? 

Tenemos que percibirlas; y entonces estaremos en condiciones de despertar la misma comprensión de la verdad en los demás. 

En otras palabras: ¿podéis ser libres al instante? Esa, en efecto, es la única salida de esta miseria. 

La percepción sólo puede ocurrir en el presente. 

Mas si decís “lo haré mañana”, la ola de confusión os alcanza, y entonces os veis siempre envueltos en la confusión.

¿Es, pues, posible llegar a ese estado en que percibís la verdad instantáneamente, y por lo tanto ponéis fin a la confusión en vosotros mismos? Yo digo que lo es; y ese es el único camino posible. 

Digo que puede y debe hacerse, sin basarse en la suposición ni en la creencia. 

Producir esa extraordinaria revolución, que no es la revolución para deshacerse de los capitalistas e instalar otro grupo; traer esa maravillosa transformación que es la única revolución verdadera, tal es el problema.
 
Lo que generalmente se llama “revolución” es tan sólo la modificación o la continuación de la derecha de acuerdo con las ideas de la izquierda. La izquierda, después de todo, es la continuación de la derecha en forma modificada.
 
Si la derecha se basa en valores sensuales, la izquierda es mera continuación de los mismos valores sensuales, diferentes tan sólo en el grado o en la expresión. 

La verdadera revolución, pues, sólo puede llevarse a efecto cuando vosotros, individuos, os volvéis perceptivos en vuestra relación con los demás. 

Indudablemente, lo que vosotros sois en vuestra relación con los demás -con vuestra esposa, vuestro hijo, vuestro patrón, vuestro vecino-, eso es la sociedad. 

La sociedad no existe por sí misma. 

La sociedad es lo que vosotros y yo hemos creado con nuestras relaciones; es la proyección hacia fuera de todos nuestros estados psicológicos íntimos. 

De modo, pues, que si vosotros y yo no nos comprendemos a nosotros mismos, la mera transformación de lo externo -que es la proyección de lo interno- no tiene significación alguna. Es decir, no puede haber alteración ni modificación significativa de la sociedad mientras no me comprenda a mí mismo en relación con vosotros. Estando confuso en mi vida de relación, doy origen a una sociedad que es la reproducción, la expresión externa de lo que yo soy. 

Este es un hecho obvio que podemos discutir. 

Podemos dilucidar si la sociedad, la expresión externa, me ha producido a mí, o si yo he producido la sociedad.

¿No es, pues, un hecho evidente que lo que yo soy en mi relación con el prójimo crea la sociedad; y que, sin transformarme radicalmente, no podrá haber transformación de la función esencial de la sociedad? 

Cuando esperamos de un sistema la transformación de la sociedad, no hacemos sino eludir la cuestión, porque un sistema no puede transformar al hombre; siempre es el hombre quien transforma el sistema, como lo muestra la historia. 

Hasta que yo, en mi relación con vosotros, me comprenda a mí mismo, seguiré siendo la causa del caos, de la miseria, de la destrucción del miedo y de la brutalidad. 

Comprenderme a mí mismo no es cuestión de tiempo. Yo puedo comprenderme en este mismo instante. 

Si yo digo “me comprenderé a mí mismo mañana”, introduzco el caos y la miseria, mi acción es destructiva. 

En cuanto digo que “habré” de comprender, introduzco el elemento tiempo, por lo cual ya me ha alcanzado la ola de confusión y destrucción. 

La comprensión es ahora no mañana. 

“Mañana” es para la mente perezosa, la mente inactiva, la mente que no está interesada.

 Cuando estáis interesados en algo, lo hacéis instantáneamente; hay comprensión inmediata, transformación inmediata. 

Si no cambiáis ahora, jamás cambiaréis; porque el cambio que se efectúa mañana es mera modificación, no transformación. 

La transformación sólo puede producirse de inmediato; la revolución es ahora, no mañana.

Cuando eso acontece, os halláis completamente sin problemas, pues en tal caso el “yo” no se preocupa por sí mismo; y entonces estáis más allá de la ola de destrucción.



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LA LIBERTAD PRIMERA Y ÚLTIMA - J.K. - PREFACIO -

 PREFACIO 

El hombre es un ser anfibio que vive a un tiempo en dos mundos: el mundo de lo dado y el mundo de lo hecho por él mismo; el mundo de la materia, la vida y la conciencia, y el mundo de los símbolos. 

En nuestro pensar utilizamos un repertorio de sistemas que son símbolos: el lenguaje, las matemáticas, el arte pictórico, la música, el ritual y lo demás. 

Sin tal sistema de símbolos no habría arte, ni ciencia, ni filosofía, ni siquiera tendríamos los rudimentos de la civilización: en otras palabras, descenderíamos a la animalidad. 

Los símbolos son, pues, imprescindibles. 

Pero, como lo comprueba la historia de todos los tiempos, los símbolos también pueden tener consecuencias fatales. 

Como ejemplo, tómese de un lado el dominio de la ciencia, y del otro, el de la política y la religión. 

El pensar en términos de cierta clase de símbolos y el actuar en respuesta a los mismos nos ha permitido comprender, y hasta cierto punto dominar las fuerzas elementales de la naturaleza. 

En cambio, el pensar en términos de otra clase de símbolos y el actuar en respuesta a ellos nos hace utilizar esas fuerzas como instrumentos para el asesinato en masa y el suicidio colectivo. 

En el primer caso los símbolos estuvieron bien escogidos, cuidadosamente analizados y progresivamente adaptados a los hechos de la existencia física. 

En el segundo caso los símbolos originalmente mal escogidos no han sido nunca sometidos a riguroso análisis, ni tampoco se han ido modificando para ponerlos en armonía con los hechos de la vida humana. 

Más aun, estos símbolos inadecuados inspiran a todo el mundo tanto respeto como si por arte de magia fueran más reales que las mismas realidades que representan. 

Así, en los textos de religión y de política, no se piensa que las palabras representan defectuosamente hechos y cosas, sino que, por el contrario. los hechos y las cosas sirven para comprobar la validez de las palabras. 

Hasta hoy, los símbolos sólo han sido utilizados de un modo realista en materias a las cuales no damos la máxima importancia. 

En todo lo concerniente a nuestros móviles más profundos, persistimos en valernos de símbolos no sólo irracionalmente sino con asomos de idolatría y hasta de locura. 

El resultado final de todo esto es que el hombre ha podido cometer, a sangre fría y por largos períodos de tiempo, actos que las bestias sólo son capaces de cometer por breves instantes, cuando están en el colmo del frenesí, del deseo o del terror. 

Los hombres pueden volverse idealistas porque hacen uso de los símbolos y les rinden culto; y, por ser idealistas, pueden transformar la intermitente codicia del animal en los grandiosos imperialismo de un Rhodes o de un J.P. Morgan; el intermitente afán de pelea del animal lo pueden transformar en el Stalinismo o en la Inquisición española; y el transitorio apego del animal a la tierra que lo sustenta, lo pueden transformar en el deliberado frenesí del nacionalismo. 

Afortunadamente, el hombre puede también convertir la intermitente bondad del animal en la caridad de toda la vida de una Elizabeth Fry o de un Vicente de Paúl; la intermitente dedicación animal a la hembra, al macho y a la prole, la puede convertir en la razonada y persistente cooperación humana que hasta la fecha ha demostrado ser tan recia que ha logrado salvar al mundo de las desastrosas consecuencias del otro tipo de idealismo. 

¿Será posible que este idealismo siga salvando al mundo? 

No lo sabemos. 

Lo que sí sabemos es que con la bomba atómica en manos del idealismo nacionalista ha disminuido mucho la ventaja de los idealistas de la caridad y cooperación. 

Ni siquiera el mejor de los libros sobre el arte de cocina puede substituir a la peor de las comidas. 

El hecho es obvio. 

Y, sin embargo, en el transcurso de los siglos, los filósofos más profundos y los teólogos más hábiles y eruditos han caído constantemente en el error de identificar sus obras puramente verbales con la realidad de los hechos, o peor aun, han imaginado que, en alguna forma, los símbolos son más reales que aquello que representan. 

Este culto a la palabra no ha dejado de ser combatido. 

Según San Pablo: “La letra mata; el espíritu vivifica”. 

“Y ¿Por qué -se pregunta Eckhart-, por qué caer en habladurías sobre Dios? 

Cualquier cosa que digáis de Dios es falsa”. 

En el otro extremo de la tierra el autor de uno de los Mahayana sutras afirmó que “Buda nunca predicó la verdad, pues comprendía que tenéis que descubrirla dentro de vosotros mismos”. 

La gente respetable se desentendía de esos dichos por creer que eran profundamente subversivos. 

Y así, al correr del tiempo, perduró la idolatría que exagera el valor de los emblemas y las palabras. 

Las religiones se hundieron en la decadencia, pero la vieja costumbre de promulgar credos y de imponer la creencia en dogmas persistió aun entre los mismos ateos. 

Durante los últimos años, los expertos en lógica y semántica han hecho un minucioso análisis de los símbolos que el hombre usa para pensar. 

La lingüística se ha convertido en una ciencia y hasta existe una materia de estudio denominada por Benjamín Whorf meta-lingüistica. 

Todo esto es muy encomiable, pero no basta. 

La lógica y la semántica, la lingüística y la meta-lingüística son disciplinas puramente intelectuales que analizan las diversas formas, correctas e incorrectas, significativas e insignificantes, en que las palabras pueden relacionarse con las cosas, los procesos y los acontecimientos. 

Pero estas disciplinas no ofrecen orientación alguna respecto del magno problema, más fundamental que cualquier otro, de la relación del hombre, en su totalidad psicofísica, con los dos mundos en que vive: el mundo de los hechos y el mundo de los símbolos. 

En todas partes y en toda época de la historia este problema ha sido resuelto individualmente por algunos hombres y mujeres. 

Aunque hablaran y escribieran sobre ello, estos individuos no crearon ningún sistema porque sabían que todo sistema o doctrina envuelve la tentación de exagerar el valor de los símbolos, de dar más importancia a las palabras que a las realidades que ellas representan. 

Su propósito nunca fue el de ofrecer explicaciones preconcebidas ni panaceas, sino invitar a la gente a hacer el diagnóstico y el tratamiento de sus propios males, lograr que vayan al lugar donde el problema del hombre y su solución se presentan directamente a la experiencia.

En este volumen, que contiene selecciones de escritos y alocuciones de Krishnamurti, el lector hallará una clara exposición contemporánea del problema humano fundamental y una invitación a resolverlo en la única forma en que puede resolverse, resolviéndolo cada individuo por sí y para sí mismo. 

Las soluciones colectivas, en que muchos ponen desesperadamente su fe, son siempre soluciones inadecuadas. 

“Para comprender la confusión y la desdicha que hay dentro de nosotros, y por lo tanto en el mundo, hemos de comenzar por hallar claridad dentro de nosotros mismos, y esa claridad surge del recto pensar.

 La claridad interior no puede organizarse, porque no puede recibirse ni darse a otra persona. 

El pensamiento que se organiza colectivamente es una mera repetición. 

La claridad no es resultado de la afirmación verbal sino de la comprensión de uno mismo y del recto pensar. 

A la rectitud del pensamiento no se llega por el mero cultivo del intelecto, ni por la imitación de modelos, aunque estos sean dignos y nobles. 

La rectitud del pensamiento nace del conocimiento propio. 

Sin comprenderse uno a sí mismo no hay base para el pensamiento; sin el conocimiento propio, lo que “uno piensa no es verdadero”. 

Este tema básico lo desarrolla Krishnamurti una y otra vez. 

“Hay esperanza en los hombres, no en la sociedad, no en los sistemas ni en los credos religiosos organizados, sino en vosotros y en mí”. 

Las religiones organizadas, con sus mediadores, sus libros sagrados, sus dogmas, sus jerarquías y sus rituales, sólo ofrecen una falsa solución al problema fundamental. 

“Cuando citáis la Bhagavad Gita, o la Biblia, o algún libro sagrado chino, ¿qué hacéis, acaso, sino repetir? 

Y lo que repetís no es la verdad. 

Es una mentira, porque la verdad no puede repetirse”. 

Una mentira puede ampliarse, exponerse y repetirse, pero no puede hacerse lo mismo con la verdad.

 Cuando la verdad se repite, deja de ser la verdad; por eso los libros sagrados no tienen importancia. 

Es a través del conocimiento propio, no a través de la creencia en símbolos originados por otros, como el hombre llega a la realidad, eterna en que está arraigado su ser. 

La creencia en la perfección y en el valor supremo de cualquier conjunto determinado de símbolos no conduce a la liberación, sino a la historia, a la repetición de los viejos desastres de siempre. 

“La creencia tiene un inevitable efecto separatista. 

Si tenéis una creencia, si buscáis seguridad en vuestra particular creencia, os sentís separados de aquellos que buscan seguridad en alguna forma de creencia. 

Todas las creencias organizadas se basan en la separación aunque prediquen la fraternidad”. 

El individuo que ha resuelto el problema de sus relaciones con los dos mundos de hechos y símbolos, es un individuo sin creencias. 

Con relación a los problemas de la vida práctica, mantiene hipótesis viables que le sirven para realizar sus propósitos, y a las cuales no concede más importancia que a cualquier otra clase de instrumento. 

En cuanto se refiere al prójimo y a la realidad en que se afinca su vida, tiene las vivencias directas del amor y la comprensión. 

Es con el fin de librarse de las creencias que Krishnamurti “no ha leído ningún libro sagrado, ni la Bhagavad Gita, ni las Upanishads”. 

Nosotros ni siquiera leemos obras sagradas; nos conformamos con leer periódicos, revistas e historietas detectivescas de nuestra preferencia. 

Esto quiere decir que nos enfrentamos a la crisis de nuestro tiempo, no con amor y comprensión, sino con “fórmulas, con sistemas”, que en verdad tienen muy poco valor. 

Pero “los hombres de buena voluntad no deben tener fórmulas”, porque las fórmulas conducen inevitablemente a “la ceguera del pensamiento”. 

El apego a las fórmulas es casi universal. 

Y es inevitable que así sea, “porque nuestra educación se basa en qué pensar, y no en cómo pensar”. 

Se nos educa como miembros creyentes y militantes de algún grupo: comunista, cristiano, mahometano, hindú, budista o freudiano. 

Por tanto, “respondéis al reto, que es siempre nuevo, de acuerdo con una norma vieja, y de ahí que la respuesta carezca de validez, de originalidad y frescor. 

Si respondéis como católico o como comunista, estáis respondiendo -¿no es verdad?- de acuerdo con el pensamiento condicionado. 

En consecuencia, vuestra respuesta no tiene sentido. 

¿Y no es el hindú, el musulmán, el budista, el cristiano quienes han creado este problema? 

Así como la nueva religión es el culto del Estado, la vieja religión era el culto de una idea. 

“Si respondéis a un reto según el viejo condicionamiento, vuestra respuesta no os permitirá comprender el nuevo reto. 

Por eso, “lo que uno tiene que hacer para enfrentar el reto nuevo es librarse, despojarse enteramente del trasfondo, encararse con el reto de un modo nuevo”. 

En otras palabras, los símbolos jamás deben elevarse a la categoría de dogmas, y ningún sistema debe considerarse más que como una conveniencia provisional. 

El creer en fórmulas, y los actos que de esas creencias se derivan, no pueden conducimos a una solución de nuestro problema. 

“Es sólo a través de la comprensión creadora de nosotros mismos como puede surgir un mundo creador, un mundo feliz, un mundo enque no existan ideas”. 

Un mundo en que no existan ideas sería un mundo dichoso, porque sería un mundo sin las poderosas fuerzas que condicionan, que obligan a los hombres a emprender acciones impropias, sería un mundo sin los dogmas consagrados por la tradición que sirven para justificar los peores crímenes y dar estudiados visos de razón a los mayores desatinos. 

Una educación que nos enseña qué pensar y no cómo pensar requiere una clase gobernante de sacerdotes y de maestros. 

Pero “la idea misma de dirigir a los demás es antisocial y antiespiritual. 

El dirigente siente satisfecho su anhelo de poder, y los que se dejan gobernar por él sienten satisfecho su deseo de certeza y seguridad. 

El guía espiritual provee a sus discípulos una especie de narcótico. 

Pero alguien podría interrogar: 

“¿Qué hace usted? ¿No se comporta usted como un guía espiritual?”

 “Es obvio -contesta Krishnamurti- que yo no actúo como vuestro guía, porque, en primer término, no os doy satisfacción alguna. 

No os digo lo que debéis hacer en todo momento, ni de día en día, sino que os señalo algo; y vosotros podéis aceptarlo o rechazarlo, de acuerdo con vuestro propio criterio y no de acuerdo con el mío. 

Nada os pido a vosotros, ni vuestro culto, ni vuestros elogios, ni vuestros reproches, ni vuestros dioses.

 Yo digo: esto es un hecho; podéis aceptarlo o rechazarlo. 

Y la mayoría de vosotros lo rechazará por la simple razón de que el hecho no os satisface”.

¿Qué es precisamente lo que nos ofrece Krishnamurti? 

¿Qué es lo que podemos aceptar, si nos parece bien, pero que con toda probabilidad preferiremos rechazar? 

No se trata, como hemos visto, de un sistema de creencias, de un catálogo de dogmas, ni de un repertorio de ideas o ideales. 

No se trata de ningún caudillaje, ni mediación, ni dirección espiritual, ni siquiera se trata de un ejemplo; ni de un ritual, ni de una iglesia, ni de un código, ni de una elevación o alguna forma de parloteo estimulador. 

¿Se tratará acaso de la autodisciplina? 

Tampoco, pues es la cruda realidad que la autodisciplina no sirve en absoluto para resolver nuestro problema. 

Para hallar la solución, la mente ha de abrirse a la realidad, ha de enfrentarse con los hechos del mundo exterior y del mundo interior, sin ideas preconcebidas ni limitaciones de ninguna especie. 

(El servicio a Dios es la libertad perfecta. 

Y, a la inversa, la libertad perfecta es el servicio a Dios). 

Al someterse a la disciplina, la mente no experimenta ningún cambio radical; es el mismo “yo” de antes, pero “maniatado, mantenido bajo dominio”. 

La autodisciplina figura en la lista de cosas que Krishnamurti no nos ofrece. 

¿No ofrecerá él la creación? 

Contestamos otra vez con la negativa. 

“La creación os puede traer lo que buscáis; pero la respuesta puede venir de vuestro inconsciente, o del depósito de todos vuestros deseos. 

La respuesta no es la voz apacible de Dios”. 

“Veamos -continúa Krishnamurti- lo que sucede cuando rezáis. 

Mediante la repetición constante de ciertas palabras, y dominando vuestro pensamiento, la mente se aquieta, ¿no es verdad? 

Por lo menos la mente consciente se aquieta. 

Arrodillados, como lo hacen los cristianos, o sentados, como lo hacen los hindúes, a través de tanta repetición la mente del que ora se aquieta. 

En esa quietud brota la insinuación de algo que habéis pedido, que puede venir de lo inconsciente, o que puede ser la respuesta de vuestros recuerdos. 

Pero, ciertamente, eso no es la voz de la realidad, pues la voz de la realidad debe venir a vosotros; a ella no se puede apelar, a ella no se puede orar. 

No podéis seducirla para que venga a vuestra pequeña jaula practicando el ‘puja’, el ‘bhajan ’(1)  y otras cosas por el estilo, ni haciendo ofrendas florales, ni ceremonias propiciatorias, ni olvidándoos de vosotros mismos, ni emulando a otros. 

Una vez que se aprende el truco de aquietar la mente por la repetición de ciertas palabras, y de recibir insinuaciones en medio de esa quietud, surge el peligro -a menos que estéis en vigilancia muy alerta para averiguar el origen de tales insinuaciones- de que quedéis atrapados y la oración se convierta entonces en substituto de la búsqueda de la Verdad. 

Lo que pedís lo obtendréis, pero eso no será la verdad. 

Si deseáis, si pedís, recibiréis, pero a la larga tendréis que pagar su precio”. 

De la oración pasamos al yoga, otra de las cosas que no nos ofrece Krishnamurti. 

Porque el yoga es concentración, y la concentración es exclusión. 

“Erigís un muro de resistencia por la concentración en un pensamiento que habéis escogido, y tratáis de mantener alejados los demás pensamientos”. 

Lo que comúnmente se llama... 

 (1)  Ceremonias religiosas de los hindúes. (N. del T.)

...meditación es el mero “cultivo de la resistencia, de la concentración exclusiva en una idea que habéis escogido”. 

Pero, ¿cómo hacéis la selección? 

“¿Qué os hace pensar que algo sea bueno, verdadero, noble, y lo demás no lo sea? 

Es claro que la opción se basa en el placer, en la recompensa o en el éxito; o es meramente una respuesta del propio condicionamiento o de la tradición. 

¿Por qué escogéis algo? 

¿Por qué no examináis cada pensamiento? 

Si sentís interés por muchas cosas, ¿por qué razón escogéis una de ellas? 

¿Por qué no investigáis todo lo que os interesa? 

En lugar de crear resistencia por la concentración en un interés o en una idea, ¿por qué no estudiáis cada interés y cada idea a medida que surgen? 

Después de todo, vosotros tenéis muchos intereses, muchos disfraces, conscientes e inconscientes.

 ¿Por qué preferís uno y desecháis los demás, si al oponeros a éstos creáis la resistencia, la lucha y el conflicto? 

Mientras que si examináis todo pensamiento en el instante en que surge -todo pensamiento, he dicho, y no algunos pensamientos-, entonces no hay exclusión. 

En verdad que es una tarea ardua el investigar cada uno de nuestros pensamientos. 

Porque, mientras investigamos un pensamiento, se introduce otro inadvertidamente. 

Pero si uno se da cuenta cabal de este proceso y sin deseo de justificar o dominar se dedica a observar pasivamente un pensamiento, notará que no habrá la intromisión de ningún otro pensamiento. 

Esa intromisión de otros pensamientos sólo ocurre cuando censuráis, comparáis, o inclináis”.

“No juzguéis para que no seáis juzgados”. 

Esta enseñanza del Evangelio es tan aplicable a nuestra propia vida como a nuestro trato con los demás.

 Cuando uno juzga, compara o condena, la mente no está abierta a la verdad, no puede estar libre de la tiranía de los símbolos y sistemas; no puede escapar al ambiente, ni al pasado. 

Ni la introspección con un fin predeterminado, ni el autoanálisis dentro de alguna norma tradicional, ni una serie de principios consagrados, pueden servirnos de ninguna ayuda. 

Hay una espontaneidad trascendente en la vida, una “Realidad creadora”, como la llama Krishnamurti, que se revela a uno cuando la mente se halla en estado de “alerta pasividad”, de “captación pasiva sin opinión”. 

El juicio y la comparación irremediablemente nos conducen a la dualidad. 

Sólo la captación pasiva sin opción puede conducirnos a la no dualidad, a la reconciliación de los opuestos en una comprensión total, en un amor total. 

Ama et fac quod vis. 

Si amáis podéis hacer lo que os plazca. 

Pero si comenzáis haciendo lo que queréis, o lo que no queréis hacer, en obediencia a algún sistema, a nociones, ideales o prohibiciones tradicionales, jamás amaréis. 

El proceso liberador ha de comenzar con la comprensión sin opción de lo que queréis, y de vuestras reacciones ante cualquier sistema de símbolos que os diga que debéis o no debéis querer eso. 

Mediante esta comprensión sin opción, a medida que penetra en los estratos profundos del “ego” y del subconsciente con él asociado, surgirán el amor y la mutua comprensión; pero éstos serán de naturaleza muy distinta al amor y la mutua comprensión que nosotros conocemos. 

Esta comprensión sin opción -en todo instante y en todas las circunstancias de la vida- es la única meditación eficaz. 

Todas las otras formas de yoga conducen, ya sea a la ceguera del pensamiento que se deriva de la autodisciplina, o a alguna modalidad de arrobamiento provocado por autosugestión, es decir, a alguna forma de falso “samadhi”. 

La liberación auténtica es “la libertad interior de la Realidad creadora”. 

“No es una dádiva; ha de ser descubierta y vivenciada. 

No es una adquisición que habéis de retener para glorificaros a vosotros. 

Es un estado de ser, como el silencio, en el que no hay devenir, en el que hay plenitud. 

Esta ‘creatividad’ no tiene necesariamente que buscar expresión; no es un talento que requiera manifestación externa. 

No es necesario que seáis un gran artista ni que tengáis vuestro público. 

Si esto es lo que buscáis, no comprenderéis la Realidad interior. 

No es un don, ni es resultado del talento; este tesoro imperecedero sólo se halla cuando el pensamiento se libra de la concupiscencia, de la mala voluntad y de la ignorancia, cuando el pensamiento se libra de lo mundano y del afán de continuidad personal. 

Ha de ‘vivenciarse’ a través del recto pensar y la meditación”. 

La autocomprensión sin opción nos lleva a la Realidad creadora, que está debajo de todas nuestras ilusiones destructivas; nos lleva a la serena sabiduría que siempre está allí a pesar de la ignorancia, a pesar del conocimiento, que es meramente otra forma de la ignorancia. 

El conocimiento es cuestión de símbolos, y es, con demasiada frecuencia, un estorbo a la sabiduría, al descubrimiento de uno mismo de instante en instante. 

La mente que ha llegado a la quietud de la sabiduría “comprenderá el ser, comprenderá lo que es amar

 El amor no es personal ni impersonal. 

El amor es amor, y la mente no puede definirlo ni describirlo como algo exclusivo ni inclusivo. 

El amor es su propia eternidad; es lo real, lo supremo, lo inconmensurable”.


ALDOUS HUXLEY


RECUERDOS DE CAPILLA DEL MONTE Y VISITA DE AMIGOS

¿A qué se debe este regreso al pasado?

Nada en especial donX, la computadora me ofrece diariamente cosas ya publicadas como es el caso de las meditaciones diarias con K. y debido a que se renuevan los lectores para ellos es totalmente una novedad. Usted mismo resultó un visitante de Capilla del Monte en el año 1935 cuando viajó a Argentina, muchos de sus lectores probablemente no lo sepan.

De acuerdo ¿y esos señores de la fotos son lectores?

Así es y uno de ellos lo saludó personalmente cuando daba ud. charlas públicas en Saanen, se llamaba Juan Carlos Asís de profesión abogado....en una entrada próxima le daré mas detalles... y los demás paricipantes de la foto han leído casi toda su obra, tres de ellos han partido de este mundo


LLEGAMOS AL FINAL DE ESTOS TEXTOS DE J.K - BREVE RESEÑA -

 Este segundo Diario de Krishnamurti ha sido uno de sus libros más populares. Se inicia en 1973, y casi todas las anotaciones comienzan con una descripciôn de la naturaleza, seguida por un pasaje de su enseñanza, y revelando siempre el movimiento de su conciencia, día a día. 

En sus propias palabras: «Lo escribí a modo de diario mientras viajaba... pero no lo escribí para ser publicado. 

En él describo lo que llamo “el proceso”; o sea mi sensación de estar fuera del mundo cotidiano, de estar completamente en paz y alejado del conflicto. 

Esto sólo sucede de vez en cuando y, obviamente, es imposible describírselo a alguien que no lo haya experimentado. 

Pero he intentado expresar en palabras el dolor y la sensación que de hecho acompañan a ese estado intensificado de conciencia. 

No obedece a un propósito romántico. 

Si uno lleva cierto tipo de vida disciplinada y tranquila, entonces libera cierta energía -eso es un hecho científico- y esto afecta a la parte no mecânica del cerebro de manera que uno pénétra en otra dimensión. 

El organismo físico es incapaz de aguantarlo y por eso se siente el dolor. 

No estoy sugiriendo que todo el mundo debiera intentar llegar a esto, pero para algunas personas que han estado siguiendo mis pensamientos e ideas puede resultarles de interés saber lo que sucede en un nivel más personal.

<<De una entrevista en The Guardian.>>

Pero no todo el libro son anotaciones directas de Krishnamurti, escritas de su puño y letra, pues en 1982, cuando a la edad de ochenta y siete anos quiso reanudar su diario, encontro que el acto del escribir le resultaba agotador; de ahí que decidiera aceptar la sugerencia de dictar sus percepciones a un grabador magnetofónico. 

Quizá por ello en estas páginas el lector se sienta muy próximo a Krishnamurti. 

El último pasaje, y tal vez el más bello, trata de la muerte. 

Es la última ocasión en que escucharemos a Krishnamurti hablándose a sí mismo. 

Dos años después moría en el mismo dormitorio de “la Cabana de los Pinos”. J. Krsihnamurti (1895-1986), uno de los personajes más fascinantes del siglo xx, ha sido un renombrado maestro espiritual, cuyas conferencias y escritos han inspirado a miles de personas. 

Otras obras de Krishnamurti editadas por Kairós se anuncian en las solapas de este libro.



EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 30 DE MARZO DE 1984

 30, marzo, 1984 

Paseando en una bella mañana primaveral por la recta carretera, el cielo se veía extraordinariamente azul; no había una sola nube, y el sol era cálido, no demasiado caluroso; se sentia agradable. 

Las hojas brillaban y había animación en el aire. 

Era realmente una mañana de extraordinária belleza. 

Ahí estaba la alta montaña, impenetrable, y los cerros de abajo se veían verdes y hermosos. 

Y mientras paseaba tranquilamente, sin muchos pensamientos, uno vió una hoja muerta de color amarillo y rojo brillante, una hoja de otoño. 

¡Qué bella era, tan sencilla en su muerte, tan natural, tan llena de la belleza y vitalidad de todo el árbol y del verano! 

Era extraño que no hubiera marchitado. 

Al contemplaria más de cerca, se veían todas las nervaduras y el tallo y el contorno de esa hoja. 

Y esa hoja era todo el árbol.

¿Por qué los seres humanos mueren tan desdichadamente, tan lamentablemente, con enfermedad, vejez, senilidad, con el cuerpo encogido, feo? 

¿Por qué no pueden morir tan natural y bellamente como esta hoja? 

¿Qué hay de malo en nosotros? 

A pesar de todos los doctores, de las medicinas y los hospitales, de las operaciones y de toda la agonía de la vida, y también de los placeres, no parecemos capaces de morir con dignidad, con sencillez y con una sonrisa. 

Una vez, mientras paseaba por un sendero, uno escuchó detrás un canto, un canto melodioso, rítmico, que tenía la antigua fuerza dei sánscrito. 

Uno se detuvo y miró en torno. 

Un hijo mayor, desnudo hasta la cintura, llevaba un pote de terracota en el que ardia una llama. 

Lo había colocado dentro de una vasija; y detrás de él iban dos hombres transportando a su padre muerto cubierto con un lienzo blanco; y todos cantaban. 

Uno conocía ese canto y casi se unió a ellos para acompañarlos. 

Pasaron y uno los siguió. 

Descendieron por el camino cantando, y el hijo mayor lloraba. 

Transportaron al padre hasta la playa donde ya habían juntado una gran pila de leña, dejaron el cuerpo en la cima de ese montón de madera y le prendieron fuego. 

Todo era tan natural, tan extraordinariamente sencillo: no había flores ni carroza fúnebre ni negros carruajes con caballos negros. 

Todo era muy sereno y absolutamente digno. 

Y uno miraba esa hoja, y las miles de hojas del árbol. 

El invierno trajo esa hoja desde su origen hasta ese sendero, y pronto se secaría completamente marchitándose, desaparecería arrastrada por los vientos hasta perderse. 

Cuando enseñamos a los niños las matemáticas, cuando les enseñamos a leer, a escribir y todo eso que implica adquirir conocimientos, también debería ensenárseles la inmensa dignidadde la muerte, no como algo morboso y desgraciado que uno ha de afrontar en el futuro, sino como algo de la vida cotidiana -la vida cotidiana de contemplar el cielo azul y observar el saltamontes sobre una hoja-. 

Eso forma parte dei aprender, tal como a uno le crecen los dientes y pasa por todas las incomodidades y enfermedades de la infancia. 

Los niños tienen una curiosidad extraordinária. 

Si uno comprende la naturaleza de la muerte, entonces no les explica que todo muere, que el polvo vuelve al polvo y todas esas cosas; sin temor alguno les explica cariñosamente y les hace sentir que el vivir y el morir son una sola cosa -no al final de nuestra vida después de cincuenta, sesenta o noventa anos, sino que la muerte es como esa hoja.

Uno mira esas personas viejas, hombres y mujeres, qué decrépitas, arruinadas, infelices y feas se ven.

¿Es porque no han comprendido realmente ni el vivir ni el morir? 

Han usado la vida, han consumido sus vidas en el conflicto incesante que sólo ejercita y fortalece el «yo», el ego. 

Gastamos nuestros días en una gran diversidad de conflictos y desdichas, con un poco de alegría y placer -beber y fumar hasta las últimas horas de la noche, trabajar, trabajar y trabajar-. 

Y al final de nuestra vida nos enfrentamos con miedo a esa cosa llamada muerte. 

Uno piensa que ella puede comprenderse siempre, que puede sentirse profundamente. 

Al niño con su curiosidad puede ayudársele a comprender que la muerte no es meramente el desgaste del cuerpo a causa de enfermedad, vejez o algún accidente inesperado, sino que el final de cada día es también el final de uno mismo cada dia. 

No existe la resurrección, eso es superstición, una creencia dogmática. 

Todo en la tierra, en esta bella tierra, vive, muere, nace y se marchita. 

Para captar ese movimiento total de la tierra, se requiere inteligencia, no la inteligência del pensamiento o de los libros o del conocimiento, sino la inteligência del amor y de la compasión con su sensibilidad.

Uno tiene la completa certidumbre de que si el educador comprendiera el significado y la dignidad de la muerte; la simplicidad extraordinária del morir-si comprendiera eso profundamente, no intelectualmente- entonces podría comunicar al estudiante, al niño, que el morir, el final, no es para eludirse, no es algo que él haya de temer, porque forma parte de la totalidad de nuestra vida; de ese modo el estudiante, el niño, al crecer jamás tendría miedo de la muerte. 

Si todos los seres humanos que han vivido antes que nosotros, todas las generaciones y generaciones pasadas todavia vivieran sobre esta tierra, ¡qué terrible séria eso! 

Y en la educación uno quisiera ayudar -no, ésa es una palabra equivocada- uno quisiera introducir la muerte en alguna clase de realidad, no la de algún otro que muere, sino la realidad de que cada uno de nosotros, por viejo o joven que sea, tendrá que enfrentarse inevitablemente a esa cosa. 

No es una triste cuestión de lágrimas, de soledad, de separación. 

Matamos con tanta facilidad a los animales no solo para alimentarnos, sino que está la enorme matanza de animales por diversión, esa diversión que llamamos deporte -matamos al ciervo porque es la estación de caza-. 

Matar a un ciervo es como matar a un semejante. 

Matamos animales porque hemos perdido contacto con la naturaleza, con las cosas vivientes de esta tierra. 

Matamos en la guerra por tantas razones románticas, nacionalistas, políticas, ideológicas... 

Hemos matado a la gente en el nombre de Dios. 

La violência y el matar marchan juntos. 

Contemplar esa hoja muerta con toda su belleza y color, es darse cuenta, comprender muy profundamente lo que la propia muerte tiene que ser, no en el final sino en el comienzo mismo. 

La muerte no es alguna cosa horrenda, algo que deba eludirse, posponerse, sino más bien algo para estar con ello día por día. 

Y de eso surge un sentido extraordinário de inmensidad.

EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 28 DE MARZO DE 1984

 28, marzo, 1984 

El Pacífico no parece tener grandes mareas* al menos, no este lado deL Pacífico a lo largo de la costa de California. 

Es una marea muy pequena que viene y va, no como esas inmensas mareas que se alejan centenares de yardas y luego regresan impetuosamente. 

Hay un sonido totalmente distinto cuando la marea sale, cuando el flujo de las aguas se retira, que cuando regresa con un cierto sentido de furia -una cualidad de sonido por completo diferente del sonido del viento entre las hojas. 

Todo parece tener su sonido. 

Ese árbol en el campo posee en su solitud ese peculiar sonido de hallarse separado de todos los otros árboles. 

Las grandes sequoias tienen su propio perdurable y profundo sonido antiguo. 

El silencio posee su sonido peculiar. 

Y, por supuesto, el inacabable parloteo diario de los seres humanos acerca de sus negocios, de su política, de sus progresos tecnológicos, etc., tiene también su sonido propio. 

Un libro verdaderamente bueno posee sus peculiares vibraciones de sonido, 

Y también el inmenso vacío tiene su propio latido sonoro.

El flujo y reflujo de la marea es como la acción y reacción humanas. 

Nuestras acciones y reacciones son muy rápidas. 

No existe una pausa antes de que la reacción se produzca. 

Se nos formula una pregunta e inmediatamente, instantáneamente, tratamos de buscar una respuesta, la solución a un problema. 

No hay una pausa entre la pregunta y la respuesta. 

Después de todo, nosotros somos el flujo y reflujo de la vida -de la externa y de la interna-. 

Tratamos de establecer una relación con lo externo pensando que lo interno es algo separado, algo que está desconectado de lo externo. 

Pero el movimiento de lo externo es, indudablemente, el fluir de lo interno. 

Ambos son la misma cosa, como las aguas del mar, con este constante, incansable movimiento de lo externo y lo interno, la respuesta al reto. 

Ésta és nuestra vida. 

Cuando primero creamos lo externo a partir de lo interno, después lo interno se vuelve un esclavo de lo externo. 

La sociedad que hemos creado es lo externo, y después lo interno se convierte en esclavo de la sociedad. 

Y la rebelión contra lo externo es lo mismo que la rebelión de lo interno.

¿Este constante flujo y reflujo, este movimiento ineesante; ansioso, temeroso, puede detenerse alguna vez? 

Por supuesto, el flujo y reflujo de las aguas del mar está enteramente libre de este ir y venir de lo externo y lo interno -lo interno convirtiéndose en lo externo, y luego lo externo tratando de controlar lo interno porque lo externo ha adquirido suma importancia; entonces lo interno reacciona a esa importancia-. 

Éste ha sido nuestro estilo de vida, una vida de constante dolor y placer. 

Parece que jamás aprendemos acerca de este movimiento, de que es un solo movimiento. 

Lo externo y lo interno no son dos movimientos separados. 

Las aguas del mar se retiran de la playa, luego las mismas aguas regresan azotando las playas, los riscos. 

Debido a que hemos separado lo externo y lo interno, comienza la contradicción, la contradicción que engendra conflicto y dolor. 

Esta división entre lo externo y lo interno es completamente irreal, ilusória* pero nosotros mantenemos lo externo totalmente separado de lo interno. 

Es probable que ésta sea uná de las causas principales del conflicto y, no obstante, jamás parecemos aprender-aprender, no memorizar; aprender, que és todo el tiempo una forma de movimiento- aprender a vivir sin esta contradicción. 

Lo externo y lo interno son una sola cosa, un movimiento unitario, no separado sino total, completo.

Uno tal vez pueda comprender esto intelectualmente, aceptarlo como una enunciación teórica o un concépto intelectual; pero cuando uno vive a base de conceptos, no aprende jamás. 

Los conceptos se vuelven estáticos. 

Uno puede cambiarlos, pero la transformación misma de un concepto en otro, sigue siendo estática, fija.

 En cambio, aprender es sentir, tener la sensibilidad de ver que la vida no es un movimiento de dos actividades separadas -la externa y la interna- ver que es una sola actividad, comprender que la relación recíproca es este movimiento, este flujo y reflujo del dolor y el placer, de la alegria y la depresión, de la soledad y el escape; aprender es percibir no verbalmente que esta vida es una totalidad no fragmentada, no dividida. 

Aprender al respecto no es una cuestión de tiempo, no es un proceso gradual, porque entonces el tiempo otra vez se vuelve un factor de división. 

El tiempo actúa en la fragmentación de lo total. 

Pero si uno ve la verdad de ello en un instante, entonces todo está ahí, esta incesante acción y reacción,esta luz y sombra, esta belleza y fealdad. 

Lo que es total está libre del flujo y reflujo de la vida, de la acción y reacción. 

La belleza no tiene opuesto. El odio no es el opuesto del amor.

EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 27 DE MARZO DE 1984

 OJAI,* CALIFORNIA 

27, marzo, 1984

En ese viaje desde el aeropuerto a través de la vulgaridad de las grandes poblaciones que se extendían por muchas, muchas millas, con luces deslumbrantes y muchísimo ruido, al tomar después la autopista y pasar por un corto túnel, súbitamente dimos con el Pacífico. 

Era un día claro sin un solo soplo de viento, pero como era muy temprano en la mañana, había una gran pureza antes de que la contaminación del gas monóxido llenara el aire. 

El mar se veia muy tranquilo, casi como un inmenso lago. 

El sol acababa de asomar sobre el cerro, y las aguas profundas del Pacífico tenían el color del Nilo, pero en los bordes eran de un azul claro y lamían suavemente las orillas. 

Había muchos pájaros, y en la distancia uno alcanzó a divisar una ballena. 

Siguiendo la carretera de la costa había muy pocos automóviles esa mañana, pero sí se veían casas en todas partes; probablemente vivía gente muy rica ahí. 

Y cuando uno llegaba al Pacífico, estaban los agradables cerros a la izquierda. 

En medio de estos cerros, bien en lo alto, había casas, y la carretera que seguía... 

* El 6 de junio de 1983, Dorothy Simmons, la directora de la Escuela de Brockwood Park, sufrió un ataque cardíáco. 

Después de eso Kríshnamurti estuvo demasiado ocupado en los asuntos de la escuela como para seguir con más dictados. 

El 1 deJulio viajó a Saanen, Suiza, para la reunion internacional de todos los años. 

El 15 de agosto regresó a Brockwood pára una reunión qué debíã realizarse ahí, y él 22 de octubre voló a Delhi. 

No regresó a Ojai hasta el 22 de febrero d ê 1984. 

Desafortunadamente, sólo dictó tres dias más.

...el mar, serpenteaba entrando y saliendo; y nuevamente nos encontramos con otra ciudad, pero afortunadamente la carretera no la atravesaba. 

Había ahí un centro naval con sus modernos medios de matar a la humanidad. 

Pasamos de largo y doblamos hacia la derecha, dejando el mar atrás; y después de los pozos de petróleo, alejándonos aún más dei mar, atravesamos por naranjales, pasamos un campo de golf hasta llegar a un pequeno poblado donde otra vez la carretera serpenteaba atravesando huertos de naranjos, con el aire impregnado del perfume de azahar. 

Y todas las hojas de los árboles se veíari relucientes. 

Parecía haber una gran paz en este valle, tan quieto, tan alejado de todas las multitudes, de los ruidos y la vulgaridad. 

Este país es hermoso tan vasto -con sus desiertos, con las montañas coronadas de nieve, los poblados, las grandes ciudades y los ríos más grandes aún-, 

La tierra es maravillosamente bella, vasta, global. 

Y llegamos a esta casa que era aún más tranquila y bella, relucientemente construida y con la limpieza que no tienen las casas en las ciudades. 

Había muchísimas flores, rosas y otras. 

Un lugar para estar tranquilo, no precisamente para vegetar, sino para estar realmente, profundamente tranquilo en lo interno. 

El silencio es una gran bendición, purifica el cerebro, le da vitalidad, y este silencio desarrolla una gran energía, no la energia del pensamiento o la energia de las máquinas, sino una energia incontaminada que no ha sido tocada por el pensamiento. 

Es la energía que posee una capacidad y destreza incalculables. 

Y éste es un lugar donde el cerebro, hallándose muy activo, puede estar en silencio; 

Esa misma actividad intensa dei cerebro, tiene la cualidad y profundidad y belleza del silencio

Aunque uno ha repetido esto a menudo, la educación es el cultivo de la totalidad del cerebro, no de una parte de él; es el cultivo holístico del ser humano. 

Una escuela de estúdios secundarios debería enseñar tanto ciencia como religión. 

La ciencia significa realmente el cultivo del conocimiento. 

La ciencia es la que ha originado el presente estado de tensión en el mundo, porque mediante el conocimiento ha produddo los instrumentos más destructivos que el hombre haya inventado jamás.

Pueden borrar de un soplo ciudades enteras, millones de seres humanos pueden ser destruídos, vaporizados en un segundo. 

Y la ciencia nos ha dado también muchísimas cosas utiles -en comunicación, medicina, cirugía, e innumerables cosas menores para la comodidad del hombre, para un modo más fácil de vida en el cual los seres humanos no tengan necesidad de luchar incesantemente para adquirir su alimento, etc -. 

Y nos ha dado la deidad moderna; la computadora. 

Uno puede enumerar las muchas, muchas cosas que la ciencia ha producido para ayudar al hombre y también para destruir al hombre, para destruir completamente el mundo de la humanidad y la inmensa belleza del mundo natural. 

Los gobiemos están utilizando a los científicos, y los científicos gustan de ser utilizados por los gobiemos, porque esto les permite gozar de una posición, tener dinero, reconocimiento y todas esas cosas. 

Los seres humanos también acuden a la ciencia para que traiga paz al mundo, pero la ciencia ha fracasado, tal como la política ha fracasado en dar a los hombres seguridad total, paz para vivir y para cultivar no sólo los campos, sino el cerebro, el corazón, al estilo de vida, lo cual constituye el arte supremo. 

Y las religiones -las superficiales y tradicionales religiones aceptadas, los credos y los dogmas- han causado un gran perjuicio al mundo. 

Históricamente, han sido las responsables de las guerras al dividir al hombre contra el hombre -todo un continente con muy fuertes creencias, dogmas y rituales; contra otro continente que: no cree en las mismas cosas, que no tiene los mismos símbolos, los mismos rituales-. 

Esto no es religión, es sólo una tradición que se repite con sus interminables ritos que han perdido toda significación, excepto la de brindar cierta clase de estímulo; todo eso se ha convertido en un gran entretenimiento. 

La religion es algo por completo diferente. 

A menudo hemos hablado de la religión. 

La esencia de la religion es la libertad -no libertad de hacer lo que a uno le plazca, eso es demasiado infantil,inmaduro y contradictorio; genera gran conflicto, desdicha y confusión-. 

La libertad, como la religión, es algo por completo diferente. 

Significa ausencia de conflicto interno, psicológico. 

Y con la libertad, el cerebro se vuelve holístico, no está fragmentado en sí mismo. 

La libertad implica también amor, compasión; y no hay libertad si no hay inteligencia. La inteligência es inherente a la compasión y al amor. 

Uno puede ahondar en esto infinitamente, no de manera verbal o intelectual, sino viviendo internamente esa índole de vida. 

Y en una escuela secundaria común o de más alta graduación, la ciencia es conocimiento. 

El conocimiento puede expandirse sin cesar, pero el conocimiento es siempre limitado porque se basa en la experiencia, y esa experiencia puede ser un resultado teórico, hipotético. 

El conocimiento es necesario, pero en tanto la ciencia sea la actividad de un grupo separado, o de una nación separada -lo cual es una actividad tribal- ese conocimiento sólo puede generar más conflicto, un desastre mayor en el mundo, cosa que está ocurriendo actualmente. 

La ciencia con su conocimiento no es para destruir a los seres humanos, porque los científicos, después de todo, son en primer lugar seres humanos, no sólo especialistas; son ambiciosos, codiciosos, buscan su propia seguridad personal como todos los demás seres humanos en el mundo, 

Los científicos son como cualquiera de nosotros. 

Pero su especialización, al mismo tiempo que produce ciertos benefícios, causa una gran destrucción.

Lo han demostrado las dos últimas grandes guerras. 

La humanidad parece hallarse en un perpetuo movimiento de destruirse y volver a construirse de nuevo -destrucción y construcción; destruir a seres humanos y dar origen a una población mayor-. 

Pero si todos los científicos del mundo abandonaran sus herramientas y dijeran: «No contribuiremos a la guerra, a la destrucción de la humanidad», entonces podrían volver su atención, su destreza, su compromiso, a producir una relación mejor entre la naturaleza, el medio y los seres humanos. 

Si hubierá cierta paz entre unos pocos, entonces esos pocos -no necesariamente la élite- emplearían toda su habilidad para dar origen a un mundo diferente. 

Entonces la religión y la ciencia podrían marchar juntas . 

La religión es una forma de ciencia. 

O sea, conocer e ir más allá de todo conocimiento, comprender la naturaleza e inmensidad del universo, no a través de un telescopio, sino de la inmensidad de la mente y el corazón. 

Y esta inmensidad no tiene absolutamente nada que ver con ninguna religion organizada. 

¡Con cuánta facilidad se convierte el hombre en un instrumento de sus propias creencias, de su propio fanatismo, comprometido con alguna clase de dogma que carece de realidad! 

Ningún templo, iglesia o mezquita contiene la verdad. 

Son tal vez símbolos, pero los símbolos no son lo real. 

Al adorar un símbolo, uno pierde contacto con lo real, con la verdad. 

Pero por desgracia, al símbolo se le ha dado una importância mucho mayor que a la verdad. 

Uno le rinde culto al símbolo. 

Todas las religiones se basan en aprender el arte de vivir. 

Este arte es el más grande de todos, sobrepasa a todas las demás artes porque afecta la totalidad dei ser humano, no sólo una parte de él por grata que ésta pueda ser. 

Y en una escuela de esta clase, si el educador se compromete con esto, no como un ideal sino como una realidad en la vida cotidiana -compromiso, vale la pena repetirlo, no con algun ideal, alguna utopía, alguna noble conclusión- entonces puede realmente tratar de descubrir, en el cerebro humano, un modo de vivir que no esté atrapado en problemas y luchas, conflictos y sufrimientos. 

El amor no es un movimiento de pesar, angustia y soledad; es intemporal. 

Y el educador, si se atuviera a esto, podría introducir gradualmente en la adquisición de conocimientos de los estudiantes, este verdadero espíritu religioso que está mucho más allá de todos los conocimientos, que es quizá la terminación misma del conocimiento -no quizás- es la terminación del conocimiento. 

Porque es preciso estar libres del conocimiento para comprender aquello que es eterno, intemporal. 

El conocimiento pertenece al tiempo, y la religión está libre de la esclavitud del tiempo. 

Parece muy urgente e importante que demos origen a una generación nueva; incluso media docena de personas así en el mundo harían una diferencia inmensa. 

Pero el educador necesita educación. 

La de educador es la más grande vocación del mundo.

EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 30 DE MAYO DE 1983

 BROCKWOOD PARK,* HAMPSHIRE 

30, mayo, 1983 

Ha estado lloviendo aquí todos los dias por más de un mes. 

Cuando uno viene de un clima como el de Califomia, donde las lluvias cesaron hace más de un mes, donde los campos verdes están secándose y volviéndose pardos bajo un sol muy ardiente -hacía más de 90° F y el calor seria aún mayor, aunque dicen que éste va a ser un verano benigno-, cuando uno viene de ese clima, se sorprende y asombra de ver la hierba verde, los maravillosos árboles verdes y las hayas cobrizas, que de un color castaño difuso y claro, se vuelven gradualmente más y más oscuras. 

Es un deleite verlas en medio de los árboles verdes. 

A medida que avance el verano, van a oscurecerse mucho más. 

Y esta tierra es muy bella. 

La tierra es siempre bella, ya sea un desierto o esté llena de huertos y praderas verdes, resplandecientes.

Salir a dar un paseo por los campos con el ganado y los jóvenes corderos, y pasear por los bosques con el canto de los pájaros, sin un solo pénsamiento en la mente... 

Sólo observa* la tierra, los árboles, las ovejas; y escuchar el llamado dèl cuclillo y el canto de las palomas torcazas; pasear sin emoción alguna, sin ningún sentimiento, observar los árboles y toda la tierra... 

Cuan... 

* Desde el 14 al 22 de mayo, hubo en Ojai una reunión durante la cual Krishnamurti ofreció cuatro pláticas y sostuvo sesiones de preguntas y respuestas. EI 27 de mayo voló a Inglaterra y se alojo en su escuela de Brockwood Park.

...do uno observa así, aprende acerca del propio pensar, está atento a las propias reacciones y no permite que escape un solo pensamiento sin haber comprendido cómo surgió, cuál fue su causa. 

Si no está alerta, sin dejar pasar jamãs un pensamiento, entonces el cerebro se queda muy quieto.

 Entonces uno observa en gran silencio, y ese silencio tiene una profundidad inmensa, una perdurable e incorruptible belleza.

 El muchacho era diestro en los juegos, realmente muy bueno. 

También era bueno en sus estudios; era serio. 

Vino, pues, a ver a su maestro y le dijo: «Señor, ¿podría conversar con usted?». 

El educador contesto: «Sí, podemos conversar; salgamos a dar un paseo». 

De modo que sostuvieron un diálogo. 

Fue una conversación en la que había cierto respeto por ambas partes, y como el educador también era serio, la conversación fue agradable, amistosa, ya que ambos habían olvidado que eran un maestro con un estudiante; olvidaron el rango, la importância de uno que sabe, la autoridad, frente al otro que tiene curiosidad por saber. 

«Señor, me pregunto si usted sabe acerca de todo esto, por qué estoy adquiriendo una educación, cuál es mi papel en este mundo, por qué tengo que estudiar, por qué debo casarme y cuál será mi futuro. 

Desde luego, me doy cuenta de que tengo que estudiar y aprobar alguna clase de exámenes, y espero ser capaz de aprobarlos. 

Viviré probablemente una cantidad de años, tal vez cincuenta, sesenta o más, y en todos esos años futuros, ¿cuál será mi vida y la vida de quienes me rodean? ¿Qué voy a ser, y cuál es el sentido de estas largas horas que paso sobre los libros y escuchando a los maestros? 

Podría haber una guerra devastadora en la que todos podríamos morir. 

Si la muerte es todo lo que hay por delante, ¿cuál es, entonces, el sentido de toda esta educación? 

Por favor, formulo estas preguntas muy seriamente, porque he escuchado a los otros maestros y también a usted señalar muchas de estas cosas.»

«Me gustaría tomar una pregunta a la vez. 

Usted ha formulado muchas preguntas, me ha planteado diversos problemas, de modo que primero consideremos la pregunta más importante. 

¿Cuál es el futuro de la humanidad y de usted mismo? 

Como sabe, sus padres están muy bien acomodados y quieren ayudarle de todas las manéras posibles.

Si usted se casara, ellos tal vez podrían regalarle una casa, comprarle una casa con todas las cosas que se necesitan en ella, y usted podría tener una esposa atractiva -podría-. 

¿Qué es, entonces, lo que usted va a ser? ¿La habitual persona mediocre? ¿Conseguirá un empleo, echará raíces con todos los problemas que hay alrededor y dentro de usted ¿es ése su futuro? Por supuesto que puede venir una guerra* pero podría no ocurrir -esperemos que no ocurra-. 

Esperemos que el hombre pueda llegar a comprender que las guerras, de cualquier clase que sean, jamás resolverán ningún problema humano. 

Los hombres podrán progresar, podrán inventar aviones mejores, etcétera, pero las guerras jamás han resuelto los problemas humanos ni los resolverán jamás. 

Olvidemos, pues, por el momento, que todos nosotros podríamos ser destruidos a causa de la locura de los super-poderes, de la locura de los terroristas, o la de algún demagogo de algún país que desea destruir a sus enemigos inventados. 

Olvidemos todo eso por el momento. 

Consideremos cuál es su futuro, sabiendo que forma usted parte del mundo.

¿Cuál es su futuro? 

Como se lo pregunté: ¿consiste su futuro en ser una persona mediocre? 

La mediocridad implica escalar a medio camino la colina, a medio camino cualquier cosa, sin alcanzar jamás la cima misma de la montaña, sin exigirse jamás la totalidad de la energia, de la capacidad, de la excelencia.

-Desde luego, debe usted comprender también que existirán todas las presiones externas -presiones para que haga esto o aquello, todas las diversas presiones y la propaganda de las estrechas y sectarias religiones-. 

La propaganda jamás puede revelar la verdad; la verdad jamás puede ser propagada, 

Espero pues, que advierta la presión que se ejerce sobre usted -la presión de sus padres, de su sociedad, de la tradición de ser un científico, un filósofo, un físico, un hombre que emprende la investigación en cualquier campo; o de ser un hombre de negocios-, 

Comprendiendo todo esto, cosa que usted debe hacer a su edad, ¿qué camino va a seguir? 

Hemos estado hablando, desde muchos puntos de vista, de todas estas cosas, y probablemente -si puede uno señalarlo- usted ha prestado atención a todo esto. 

De modo que, como por algún tiempo hemos de recorrer juntos la colina y regresar, le pregunto, no como maestro sino con afecto, como un amigo que se interesa genuinamente en usted: ¿Cuál es su futuro? 

Aún si ha decidido ya aprobar algunos exámenes y tener una carrera, una buena profesión, igualmente tiene que preguntarse: ¿Eso es todo? 

Aún cuando tenga realmente una buena profesión, y quizás una vida bastante placentera, tendrá muchísimos contratiempos y problemas. Si forma una familia, ¿cuál será el futuro de sus hijos? 

Ésta es una pregunta que usted mismo tiene que contestarse, y tal vez podamos conversar al respecto.

Tiene usted que considerar el futuro de sus hijos, no sólo su propio futuro, y tiene que considerar el futuro de la humanidad, olvidando que es usted alemán, francés, inglês o indio. 

Discutámoslo, pero, por favor, dése cuenta de que yo no le estoy diciendo lo que debe hacer. 

Solamente los tontos aconsejan, de modo que no entro en esa categoría; sólo estoy formulándole preguntas de manera amistosa, lo cual espero que comprenda; no estoy presionándolo, dirigiéndolo o persuadiéndolo. 

¿Cuál es su futuro? ¿Madurará usted rápidamente o lentamente, lo hará con gracia, con sensibilidad? ¿Será usted un mediocre, aun cuando pueda ser de primera clase en su profesión? 

Podrá sobresalir, podrá ser muy, muy bueno en cualquier cosa que haga, pero yo estoy hablando de la mediocridad de mente y corazón, mediocridad de todo el ser.» 

«Señor, realmente no sé cómo responder a estas preguntas. 

No he reflexionado lo suficiente al respecto, pero cuando usted formula esta pregunta—si he de volverme igual al resto dei mundo,mediocre- ciertamente no quiero ser así. 

También me doy cüenta de la atracción que ejerce el mundo. 

Y veo la parte que en mí desea todo eso. 

Quiero tener alguna diversión, pasar algunos ratos agradables, pero la otra parte de mí ve tamblén el peligro de todo eso, las dificultades, los impulsos, las tentaciones. 

Por lo tanto, no sé dónde voy a terminar. 

Y también, tal como usted lo ha señalado en diversas oportunidades, no conozco por mí mismo lo que soy. 

Una cosa está clara: realmente no quiero ser una persona mediocre con una mente y un corazón pequeños, aunque pueda tener un cerebro extraordinariamente ingenioso. 

Puedo estudiar en libros y adquirir una gran cantidad de conocimientos, pero puedo seguir siendo una persona muy limitada y estrecha, Señor, “mediocridad” es una palabra muy buena que usted ha usado, y cuando lo considero siento que me asusto -no de la palabra, sino de todas las implicaciones que tiene lo que usted ha expuesto-. 

Yo realmente no sé qué responder, y tal vez discutiéndolo con usted las cosas puedan aclararse. 

No puedo hablar tan fácilmente con mis padres. 

Ellos probablemente han tenido los mismos problemas que yo tengo; pueden ser más maduros fisicamente, pero tal vez estén en la misma situación que yo. 

¿Puedo, pues, preguntarle, señor, si está dispuesto a que venga a verle en otra ocasión para conversar con usted? 

Realmente, me siento bastante asustado, nervioso y aprensivo con respecto a mi capacidad de afrontar todo esto, de pasar por ello sin volverme una persona mediocre.» 

Era una de esas mañanas que nunca ha sido antes: el prado cercano* las hayas inmóviles y el sendero que penetra en lo más profundo del bosque, todo era silencio. 

No se escuchaba un solo gorjeo de pájaros, y las casas próximas permanecían inactivas. 

Una mañana como ésta, fresca* suave, es una cosa rara. 

Hay paz en esta parte de la tierra, y todo estaba muy tranquilo. Existia ese sentimiento, esa sensación de absoluto silencio. 

No era sentimentalismo romántico ni imaginación poética. 

Era sencillamente así. 

Las hayas cobrizas lucían esta mañana plenas de esplendor contra los campos verdes que se extendían en la distancia, y una nube saturada de esa luz matinal flotaba perezosamente en el cielo. 

El sol estaba asomando, había una gran paz y un sentido de adoración. 

No la adoración de algún dios o de alguna deidad imaginaria, sino ese sentido de reverencia que nace de la inmensa belleza. 

Esta mañana uno podia desprenderse de todas las cosas que ha reunido, y estar en silencio con los bosques y los árboles y el prado. 

El cielo era de un azul pálido y suave, y muy lejos, al otro lado de los campos, se escuchaba el llamado de un cuclillo; las palomas en el bosque se arrullaban y los mirlos iniciaban su canto matinal. 

En la distancia podia oírse el paso de un automóvil. 

Cuando los cielos están tan quietos y hay tanta belleza, es probable que más tarde llueva. 

Siempre sucede así cuando la mañana amanece muy clara. 

Pero en esta mañana todo era muy especial, algo que nunca ha sido antes y nunca podrã volver a ser.

 «Me alegra que haya usted venido espontáneamente, sin ser invitado, y si está dispuesto tal vez podamos continuar con nuestra conversación acerca de la mediocridad y de su vida futura. 

Podemos ser excelentes en nuestra profesión; no estamos afirmando que hay mediocridad en todas las profesiones; un buen carpintero puede no ser mediocre en su trabajo, pero en su cotidiana vida interna, en la vida con su familia, puede serlo. 

Ambos entendemos ahora el significado de esa palabra y debemos investigar juntos su profundidad.

 Hablamos de la mediocridad interna, de los conflictos, problemas y afanes psicológicos. 

Puede haber grandes científicos que, no obstante, viven intemamente una vida mediocre. 

¿Qué va a ser, pues, de su vida? 

En ciertos aspectos es usted un estudiante capaz, pero, ¿para qué usará su cerebro? 

No hablamos de su profesión, eso vendrá más tarde; lo que debe interesamos es el modo en que va usted a vivir. 

Desde luego que no va a ser un criminal en el sentido corriente de esa palabra. 

Si es sensato, no será un pendenciero, son demasiado agresivos. 

Probablemente obtendrá un buen empleo y hará un trabajo excelente en cualquier cosa que decida hacer. 

Dejemos, pues, de lado todo eso por el momento; pero intemamente, ¿Cuál es su vida? ¿Cuál es, internamente* su futuro? ¿Va a ser como el resto del mundo, siempre a la caza dei placer, siempre perturbado por docenas de problemas psicológicos?» 

«Actualmente, señor, no tengo problemas, excepto los problemas de aprobar los exámenes y la fatiga que implica todo eso. 

En otro respecto, no parece que tenga problemas. 

Hay cierta libertad. 

Me siento joven, dichoso. 

Cuando veo todas esas personas de edad, me pregunto si es que voy a terminar así. 

Parecen haber tenido buenas profesiones o haber hecho algo que deseaban hacer, pero a pesar de eso se vuelven tristes* apagadas, y no parecen haber sobresalido jamás en las profundas cualidades del cerebro, Ciertamente, no quiero ser como ellas. 

No es vanidad, pero deseo tener algo diferente. 

No se trata de una ambición. 

Quiero tener una buena profesión, y todas esas cosas, pero es indudable que no deseo ser como esas personas mayores que parecen haber perdido todo lo que les gustaba.» 

«Usted no puede querer ser como ellas, pero la vida es una cosa muy exigente y cruel. 

No lo dejará en paz. 

Usted soportará una gran presión de la sociedad, ya sea que viva aqui o en América o en cualquier otra parte dei mundo. 

Se le incitará constantemente a volverse igual que los demás, a volverse medio hipócrita, a decir cosas que no tiene la intención de decir, y si llegara a casarse, eso también puede suscitar problemas. 

Usted tiene que comprender que la vida es un asunto muy complejo -no consiste en perseguir aquello que desea hacer y obstinarse en eso-. 

Estos jóvenes desean llegar a ser algo en la vida -abogados, ingenieros, políticos, etcétera-; está el instinto, el impulso de la ambición de poder, de dinero. 

Esas personas viejas de las que usted habla han pasado por todo esto. 

Están desgastadas por el constante conflicto, por sus deseos. 

Mírelas, observe la gente que le rodea. 

Están todos en la misma barca. 

Algunos abandonan la barca y vagan incesantemente hasta morir. 

Algunos buscan un rincón apacible de la tierra y se retiran; otros se unen a un monasterio, se convierten en alguno de los distintos tipos de monjes y toman votos extremos. 

La inmensa mayoría, millones y millones, llevan una vida muy trivial, su horizonte es muy limitado.

Tienen sus sufrimientos, sus alegrías, y jamás pareceu salirse de eso o comprenderlo e ir más allá. 

De modo que nuevamente nos preguntamos el uno al otro: ¿Cuál es nuestro futuro? 

Y específicamente: ¿Cuál es su futuro? 

Desde luego que es usted demasiado joven para investigar esta cuestión muy profundamente, porque la juventud no tiene nada que ver con la total comprensión de este problema. 

Puede que sea usted un agnóstico; los jóvenes no creen en nada, pero a medida que van enyejeciendo se vuelven hacia alguna forma de supersticion religiosa* convicción religiosa o dogma religioso. 

La religión no es un narcótico, pero el hombre ha hecho la religión a su propia imagen, obcecado por la búsqueda de consuelo y, por tanto, de seguridad. 

Ha convertido la religión en algo totalmente falto de inteligencia e irrealizable, no en algo con lo que uno pueda vivir. ¿Qué edad tiene usted?» 

«Voy a cumplir diecinueve años, señor. 

Mi abuela me ha dejado algo para cuando cumpla los veintiuno, y tal vez antes ingrese en la universidad y pueda viajar y ver algunas cosas. 

Pero dondequiera que esté y cualquiera que sea mi futuro, siempre llevaré conmigo este interrogante.

 Tal vez me case, probablemente lo haga, y tenga hijos, y entonces surgirá la gran pregunta: ¿Cuál es el futuro de ellos? 

De algún modo me doy cuenta de lo que los políticos están haciendo en todo el mundo. 

Por lo que a mi me toca, es un feo asunto; en consecuencia, creo que no seré un político. 

De eso estoy muy seguro, pero deseo tener una buena situación. 

Me gustaría trabajar con mis manos y mi cerebro, pero el problema será cómo no convertirme en una persona mediocre como son el noventa por ciento en el mundo. 

Por lo tanto, senor, ¿que he de hacer? 

Oh, sí, sé de las iglesias, de los templos y todo eso; no me atraen. 

Más bien me revelo contra todo eso -los sacerdotes y la jerarquía de la autoridad, pero, ¿cómo voy a evitar convertirme yo mismo en una persona común, ordinaria y medíocre?»

«Si es que puedo sugerirlo, jamás, bajo ninguna circunstancia pregunte “como” . Cuando usa la palabra “cómo” , lo que desea realmente es que alguien le diga qué debe hacer, quiere alguna guÍa, algún sistema, alguien que lo lleve de la mano; y así pierde usted su libertad, su capacidad de observar sus propias actividades, sus propios pensamientos, su propio estilo de vida. 

Cuando pregunta “cómo” , se convierte de hecho en un ser de segunda mano; pierde su integridad y también la innata honestidad para observarse a sí mismo, para ser lo que es e ir más allá de lo que es. Nunca, nunca pregunte “cómo” . 

Estamos hablando psicológicamente, desde luego. 

Uno tiene que preguntar “cómo” cuando quiere armar un motor o construir una computadora; tiene que aprender algo de otra persona. 

Pero uno sólo puede ser psicologicamente libre y original si está atento a sus propias actividades internas, si vigila lo que está pensando y no permite jamás que un solo pensamiento se escape sin haber observado la naturaleza,el origen de ese pensamiento. 

Observar, vigilar. Uno aprende mucho más de sí mismo mediante la atenta observación que a través de los libros, o de algún psicólogo, o de algún hombre de letras o profesor erudito, ingenioso y complicado. »

Su vida va a ser muy difícil, mi amigo, y podrá ser desgarrado en numerosas direcciones. 

Hay una gran cantidad de lo que llaman tentaciones -biológicas, sociales- y usted puede ser destrozado por esta cruel sociedad. 

Por supuesto, tendrá que permanecer solo, pero eso puede ocurrir únicamente sin esfuerzo, sin determinación ni deseo, sino cuando comience a ver las cosas falsas que hay alrededor y dentro de usted: las emociones, las esperanzas. 

Cuando uno empieza a reconocer lo que es falso,, entonces ése es el comienzo de la percepción alerta, de la inteligência. 

Tiene usted que ser una luz para sí mismo, y ésta es una de las cosas más difíciles que hay en la vida.»

 «Señor, ha hecho usted que todo esto parezca muy difícil, muy complejo, muy pavoroso, alarmante.»

«Sólo estoy senalándole todo esto. 

Eso no quiere decir que los hechos tengan necesariamente que atemorizado. 

Los hechos están ahí para ser observados. 

Si usted los observa, ellos jamás lo asustarán. 

Los hechos no son alarmantes. 

Pero si uno quiere eludidos, volverles la espalda y correr, entonces eso sí es alarmante. 

Permanecer ahí, ver lo que uno ha hecho puede no haber sido totalmente correcto, vivir con el hecho sin interpretado conforme al propio placer o a la propia forma de reaccionar, eso no es alarmante. 

La vida no es muy simple. 

Uno puede vivir sencillamente, pero la vida misma es vasta, compleja. 

Se extiende de horizonte a horizonte. 

Usted podrá vivir con pocas ropas o con una comida al día, pero eso no es sencillez. 

Sea, pues, sencillo, no viva de un modo complicado, contradictorio, etcétera, sólo sea sencillo internamente... Usted jugó al tenis esta mañana. 

Estuve observándolo y parecia ser muy bueno en eso. 

Tal vez volvamos a encontramos. De usted depende.»

 «Gracias, señor.»

EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 12 DE MAYO DE 1983

 Ojai, California 

12,mayo,* 1983

Es el amanecer en estas latitudes del norte. 

Aquí el amanecer empieza muy temprano y dura mucho tiempo. 

Es una de las cosas más bellas de la tierra, el comienzo de un amanecer y el nacimiento del día.

 Después de una noche tormentosa, con los árboles casi derribados, las hojas sacudidas y rotas las ramas secas, los prolongados vientos han limpiado y secado el aire. 

El amanecer había avanzado tímidamente sobre la tierra y tenía en esta mañana una cualidad extraordinária, especialmente en esta mañana -probablemente debido a los vientos de ayer-. 

Pero este amanecer: de este día particular, era algo más que los amaneceres de otros días. 

Había una quietud absoluta. 

Uno apenas si se atrevía a respirar por temor a perturbar alguna cosa. 

Las hojas estaban inmóviles, aun las más tiernas. 

Era como si toda la tierra estuviera conteniendo el aliento, probablemente en inmensa adoración. 

Y lentamente el sol tocó la cima de las montañas con reflejos anaranjados y amarillos, y había manchas de luz en otros cerros. 

Y todavía reinaba un gran silencio. 

Luego comenzaron los ruidos -el canto de los pájaros, el halcón de cola roja revoloteando en el cielo, y la paloma torcaza que iniciaba su canto matinal- pero el silencio del amanecer estaba en la mañana, en toda la tierra: 

Si se desciende por el cerro, muy alto al otro lado del valle, pasando por naranjales y algunos prados verdes, por altos y esbeltos eucaliptos, se llega a un cerro en el que hay muchos edifícios. 

Es un instituto de alguna cosa, y al otro lado dei valle hay un largo campo de golf, bellamente cuidado; hemos jugado en él hace mucho tiempo. 

Uno ha olvidado el campo, las hoyas de arena, pero ahí está todo, muy cuidadosamente conservado. 

Se ven muchas personas jugando en el campo, llevando consigo pesadas bolsas. 

En los viejos tiempos uno tenía una bolsa de sólo seis pa- 

* 88° cumpléaños de Krishnamurti.

 - los, pero ahora contienen como una docena. 

Este juego se está volviendo demasiado profesional, demasiado costoso. 

Al pasar a otro cerro, uno encuentra también ahí instituciones, fundaciones, organizaciones de casi toda clase. 

Por todo el mundo hay docenas de instituciones, foros, grupos de orientación interna y externa. 

En todas partes a donde uno va en el llamado mundo libre, existen toda clase de instituciones, organizaciones, foros para hacer esto o aquello, para traer paz al hombre, para preservar los bosques, para salvar numerosos animales, etcétera. 

Confunde bastante y es ahora muy común, la existencia de grupos de esto y grupos de aquello* cada grupo con sus propios líderes, sus propios presidentes y secretarios, el hombre que los fundó y los otros que lo siguieron. 

Es una cosa muy extraordinária la existencia de todas estas pequeñas organizaciones e instituciones. 

Y lentamente comienzan a deteriorarse; tal vez esto sea inherente a todas las instituciones, incluyendo las instituciones que ayudan al hombre extemamente, como las instituciones para un mayor conocimiento. 

Probablemente sean necesarias, pero uno más bien se sorprende de que también existan estos diversos grupos para la dirección interna que practican diferentes clases de meditación. 

Son bastante curiosas esas dos palabras «dirección interna» -¿quién es el director y qué es la dirección? ¿Es el director diferente de la dirección? 

Al parecer, jamás nos formulamos esta clase de preguntas fundamentales. 

Hay organizaciones para ayudar al hombre en el mundo físico, y están controladas por hombres que en sí mismos tienen sus problemas y sus ambiciones y sus logros personales, hombres que cultivan el êxito; pero eso parece ser casi inevitable, y esa clase de cosas ha estado ocurriendo por miles y miles de anos. 

Pero, ¿hay instituciones para estudiar verdaderamente al hombre o para traer verdadera paz al hombre? ¿Ayudan realmente al hombre los diversos sistemas basados en alguna conclusión? 

Aparentemente, todos los organizadores del mundo sienten lo que hacen, pero, ¿han ayudado verdaderamente al hombre a librarse de su dolor, de su angustia, de su ansiedad y de todo el tormento de la existência? ¿Puede un agente externo, por exaltado que sea, por bien afirmado que se encuentre en alguna ideacional tradición mística, puede en modo alguno cambiar al hombre? ¿Qué es lo que producirá fundamentalmente un cambio radical en la brutalidad dei hombre, y terminará con las guerras por las que ha pasado y con el constante conflicto en que vive? ¿Le ayudará el conocimiento? 

El hombre ha evolucionado a través del conocimiento -si es que gustamos de usar esa palabra «evolución»-. 

Desde la antigüedad ha reunido grandes cantidades de información, de conocimientos acerca dei mundo que lo rodea y dei mundo de arriba; de la carreta de bueyes al jet, del jet al viaje a la luna, etcétera. 

En todo esto hay un avance tremendo. 

Pero este conocimiento, ¿ha terminado de algún modo con el egoísmo del hombre, con su agresiva y competidora imprudencia? 

El conocimiento, después de todo, es para tomar conciencia y para saber acerca de todas las cosas dei mundo -cómo fue creado el mundo, las realizaciones del hombre desde el principio hasta nuestros dias-. Todos, algunos más, algunos menos, estamos bien informados, pero internamente somos muy primitivos, casi bárbaros, por muy cultivados que podamos estar exteriormente, por bien informados que estemos acerca de muchas, muchas cosas, por capaces que seamos de argumentar, de convencer, de llegar a ciertas decisiones y conclusiones. 

En lo externo, esto puede proseguir perpetuamente. 

Hay docenas y docenas de especialistas de toda clase, pero uno se pregunta seriamente: ¿Puede cualquier clase de agente externo ayudar al hombre a terminar con su aflicción, con su completa soledad, su confusión, su ansiedad, etcétera? 

¿O debe el hombre vivir siempre con eso, soportarlo, acostumbrarse a ello y decir que eso forma parte de la vida? 

En todo el mundo, la inmensa mayoría de la humanidad tolera eso, lo acepta. 

O tiene instituciones para rezarle a algo externo -rezar por la paz, realizar manifestaciones por la paz-.

Pero no hay paz en el corazón dei hombre.

 ¿Qué cambiará al hombre? 

Ha sufrido interminablemente, atrapado en la red dei temor, persiguiendo siempre el placer. 

Éste ha sido el curso de su vida, y nada parece cambiarlo. 

Y uno se pregunta: en lugar de mostrarse cínico con respecto a todo, o de amargarse o de enojarse -«así son las cosas, la vida es así»-

 ¿cómo puede el hombre cambiar todo eso? 

Ciertamente, no por medio de un agente externo. 

El hombre ha de enfrentarse a eso, no eludirlo, y examinarlo sin pedir ninguna ayuda externa; él es el maestro de sí mismo. 

Él ha hecho esta sociedad; él es el responsable de ella, y esta misma responsabilidad exige que produzca un cambio en sí mismo. 

Pero son muy pocos los que prestan atención a todo esto. 

Para la inmensa masa de personas, el modo en que piensan es por completo indiferente, irresponsable; buscan realizarse en sus propias vidas egoístas, sublimando a veces sus deseos, pero siguen siendo egoístas. 

Considerar todo esto no implica ser pesimista o tratar de ser optimista. 

Uno tiene que considerarlo. 

Y cada uno de nosotros es el único que puede cambiarse a sí mismo y a la sociedad en que vive. 

Ése es un hecho, y no podemos escapar de él. 

Si escapamos de él, entonces jamás tendremos paz en esta tierra, jamás habrá un sentido de felicidad duradera, un sentido de bienaventuranza. 

El amanecer ha llegado a su fín y se ha iniciado un nuevo día. 

Es realmente un día nuevo, una nueva mañana. 

Y cuando uno mira alrededor, se maravilla de la belleza de la tierra, de los árboles, de la riqueza que hay en todo ello. 

Es realmente un nuevo día, y el prodigio que ello implica, existe, está ahí.

EL ÚLTIMO DIARIO - J.K. - 9 DE MAYO DE 1983

 9, mayo, 1983 

Uno se encontraba ya a bastante altura, mirando hacia abajo en lo profundo del valle; si se sube una milla o más siguiendo hacia arriba por el sinuoso sendero, se pasa por todo tipo de vegetación -robles peremnes, artemisas, zumaques venenosos- y al dejar atrás un torrente que siempre está seco en verano, se puede divisar muy lejos en la distancia el mar azul, al otro lado de cadenas tras cadenas de montañas. 

Aqui arriba todo está absolutamente quieto, tan quieto que no hay un soplo de aire. 

Uno mira hacia abajo y las montañas lo miran a uno desde arriba. 

Se puede seguir escalando la montaña por muchas horas, descendiendo a otro valle para volver a subir.

Uno lo ha hecho algunas veces antes, y en dos oportunidades alcanzó la cima misma de esas montañas rocosas. 

Al otro lado de éstas, hacia el norte, hay una vasta llanura desértica. 

Alla abajo hace muchísimo calor, mientras que aqui se está más bien fresco; uno tiene que ponerse algo encima a pesar del sol ardiente. 

Y al llegar abajo, mientras uno contempla los diversos árboles, las plantas y los pequeños insectos, de pronto escucha el tableteo de una serpiente de cascabel. 

Y pega un salto, afortunadamente lejos de la serpiente. 

Uno está a unos diez pies de ella, que continua con su tableteo. 

Nos miramos, vigilantes, el uno al otro. 

Las serpientes carecen de párpados. 

Ésta no es muy larga, pero bastante gruesa, tan gruesa como el brazo de un hombre. 

Uno conserva su distancia y la observa cuidadosamente, observa su diseño y su cabeza triangular y su negra lengua que oscila hacia dentro y hacia fuera. 

Nos observamos mutuamente. 

Ella no se mueve y uno tampoco se mueve. 

Pero de pronto, con la cabeza y la cola dirigidas hacia uno, la serpiente se escurre hacia atrás y uno da un paso hacia adelante. 

Otra vez se enrosca sobre sí misma y se oye su cascabeleo mientras ambos nos vigilamos el uno al otro.

Y nuevaménte, con la cabeza y la cola vueltas hacia adelante, ella comienza a retroceder, y uno nuevamente avanza; y otra vez se enrosca y empieza con sus cascabeleos. 

Hacemos esto por vários minutos, quizá diez minutos o más; despüés ella se cansa. 

Se la ve inmóvil, aguardando, pero cuando uno se acerca, ya no emite ningún ruido. 

Por el momento, ha perdido su energia. 

Uno se encuentra muy próximo. 

A diferencia de la cobra, que se endereza para morder, esta serpiente ataca abalanzándose hacia adelante. 

Pero ahí no se veía movimiento alguno. 

Estaba demasiado exhausta, de modo que uno la dejó, puesto que se trataba realmente de una criatura muy venenosa, muy peligrosa. 

Uno podría quizás haberla tocado, pero aunque no tuvo miedo, se hallaba poco dispuesto a tocarla.

Sentía que era preferible no hacerlo y la dejó tranquila. 

Al descender un poco más, uno casi pisa a una codorniz rodeada de una docena o más de crías. 

Éstas se desparraman entre los arbustos cercanos, y la madre también desaparece en un arbusto y todas se llaman entre sí. 

Uno baja un poco y, si tiene la paciencia de esperar, pronto verá reunir se a todas las crias bajo el ala de la madre. 

Se está fresco ahí arriba, y las aves aguardan a que el sol caliente el aire y la tierra. 

Cuando uno desciende más aún al otro lado del pequeño torrente, pasa por un prado que está perdiendo cási todo su verdor, y entonces regresa a la casa, bastante exhausto pero vivificado por el paseo y por el sol matinal. 

Y ahí están los naranjos con sus brillantes frutos amarillos, los rosales y los laureles, así como los altos eucaliptos. 

En la casa todo se halla muy tranquilo. 

Era una mañana agradable, llena de actividades extrañas desarrollándose en la tierra. 

Todas esas pequeñas criaturas vivas, corriendo de un lado a otro en busca dei sustento matutino -la ardilla, la tuza,(un roedor)-. 

Comen las tiernas raíces de las plantas y son bastante destructivas. Un perro puede matarlas rápidamente de un mordisco. 

Todo está muy seco, las lluvias han pasado y se han ido para volver quizá dentro de cuatro meses o más.

 Abajo, el valle todavía se ve resplandeciente. 

Es extraño el silencio meditativo que cubre toda la tierra. 

A pesar dei ruido de las ciudades y del tráfico, hay algo sagrado que es casi palpable. 

Si uno está en armonía con la naturaleza, con todas las cosas que nos rodean, entonces está en armonía con todos los seres humanos. 

Si uno ha perdido su relación con la naturaleza, perderá inevitablemente su relación con lòs seres humanos. 

Todo un grupo de nosotros, sentado a la mesa cuando terminó la comida, dio comienzo a una conversación muy seria, tal como ha ocurrido en algunas ocasiones anteriores. 

Discutimos el significado de las palabras, su influencia, su contenido, no meramente el significado superficial, sino la profundidad de la palabra, su cualidad, el sentido que transmite. 

Por supuesto, la palabra nunca es la cosa real. 

La descripcion, la explicación, no es lo descrito, ni es la cosa acerca de la cual hay una explicación. 

La palabra, la frase, la explicación no son la realidad. 

Pero la palabra se usa para comunicar lo que uno piensa, lo que uno siente; y la palabra, aunque no se comunique a otro, conserva el sentimiento dentro de uno mismo. 

Lo factual jamás condiciona el cerebro, pero la teoría, la conclusión, la descripción, la abstracción si que lo condicionan. 

La mesa jamás condiciona el cerebro, pero dios lo hace, ya se trate del dios de los hindúes, el de los cristianos o el de los musulmanes. 

El concepto, la imagen, condicionan el cerebro; no así lo que realmente sucede, lo que realmente tiene lugar. 

Para el cristiano, las palabras Jesús o Cristo tienen una gran significación, un gran sentido; evocan un sentimiento profundo, una sensación. 

Esas palabras no tienen sentido para el hindú, el budista o el musulmán. 

Esas palabras no son lo real. 

De modo que esas palabras, usadas durante dos mil años, han condicionado el cerebro. 

El hindú tiene sus propios dioses, sus propias divinidades. 

Esas divinidades, como las de los cristianos, son las proyecciones del pensamiento, nacen del temor, de la búsqueda de placer, etcétera. 

Parece que, de hecho, el lenguaje no condiciona el cerebro; lo que lo hace es la teoría del lenguaje, la abstracción de un cierto sentimiento y la abstracción que toma la forma de una idea, de un símbolo, de una persona -no la persona real sino la persona imaginada, o la persona anhelada, o la que proyecta el pensamiento-. 

Todas esas abstracciones, esas ideas y conclusiones, por fuertes que sean, condicionan el cerebro. 

Pero lo real, lo factual -como la mesa-jamás lo hace. 

Tomemos una palabra como «sufrimiento». 

Esa palabra tiene para el hindú un significado diferente dei que tiene para el cristiano. 

Pero el sufrimiento, cualquiera que sea la forma en que se describa mediante las palabras, es compartido por todos nosotros. 

El sufrimiento es el hecho, lo real. 

Pero cuando tratamos de escapar del hecho mediante alguna teoría, o por medio de alguna persona que idealizamos, o de algún símbolo, esas formas de escape moldean el cerebro. 

El sufrimiento como un hecho, no lo hace, y esto es importante que se comprenda. 

Igual que la palabra «apego»; hay que ver la palabra, asirla como si la tuviéramos en la mano y observarla, sentir su profundidad, todo su contenido, sus consecuencias, ver el hecho de que estamos apegados a algo -el hecho, no la palabra-; ese sentimiento en sí no moldea el cerebro, no lo introduce en un patrón, pero si uno se aparta de él, esto es, cuando el pensamiento se aparta del hecho, ese mismo movimiento de apartarse, el movimiento de escape, no sólo es un factor de tiempo psicológico,sino que con él comienza la acción de moldear el cerebro dentro de un patron determinado. 

Para el budista, la palabra Buda, la sensación, la imagen, crean una gran reverencia, un gran sentimiento de devoción; él busca refugio en la imagen que ha creado el pensamiento. 

Y como el pensamiento es limitado, porque todo conocimiento es siempre limitado, esa imagen mismo genera conflicto -el sentimiento de reverencia a una persona, o a un símbolo, o a cierta tradición largamente establecida- pero el sentimiento de reverencia en sí, divorciado de todas las imágenes externas, de los símbolos, etcétera, no es un factor que condicione el cerebro. 

Sentado ahí, en la silla siguiente, estaba un cristiano transformado. 

Y cuando al otro lado de la mesa alguien mencionó a Cristo, uno pudo sentir inmediatamente la restrictiva y reverencial reserva.

Esa palabra había condicionado el cerebro. 

Es algo muy extraordinario observar todo este fenómeno de comunicación con las palabras; cada raza da una significación y un sentido diferentes a la palabra «sufrimiento»; y así se crea una división, una limitación al sentimiento de que la humanidad sufre. 

El sufrimiento de la humanidad es común a todos, lo comparten todos los seres humanos. 

El ruso puede expresarlo de un modo, el hindú, el cristiano, etcétera, de un modo diferente, pero el hecho del sufrimiento, el sentimiento factual de dolor, de pena, de soledad, ese sentimiento en sí jamás moldea o condiciona el cerebro. 

De modo que uno se vuelve muy atento a las sutilezas de la palabra, a su significado, a su influencia. 

La percepción universal, global de todos los seres humanos y de su mutua relación, sólo puede surgir cuando palabras tales como «nación», «tribu», «religión», etc., han desaparecido. 

O bien la palabra tiene profundidad, significación, o no las tiene en absoluto. 

Para la mayoría de nosotros las palabras tienen muy poca profundidad, han perdido su significación. 

Un río no es un río particular. 

Los ríos de América, de Inglaterra, de Europa o de la índia, son todos ríos, pero en el momento en que hay identificación a través de la palabra, existe la división. 

Y esta división es una abstracción del río, de la calidad y profundidad de sus aguas, del volumen, del caudal y la belleza dei río.