SE LE PREGUNTA A LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL., PASO A PASO, LA GESTACIÓN DE UN NIÑO

 ¿PODRÍA DETALLAR PASO A PASO LA GESTACIÓN DE UN NIÑO Y CUAL ES EL DESARROLLO DE SU FUTURO CEREBRO?

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La gestación humana es un proceso complejo y asombroso que dura aproximadamente 40 semanas (9 meses). A lo largo de este periodo, el cuerpo del embrión y el feto pasa por etapas bien definidas. A continuación, se detalla paso a paso el desarrollo del niño, con énfasis en la formación y evolución del cerebro:


1. Fertilización e Implantación (Semana 1)

  • Fertilización: Un espermatozoide fecunda un óvulo, formando un cigoto.
  • Primeras divisiones celulares: El cigoto comienza a dividirse y se convierte en una mórula, luego en un blastocisto.
  • Implantación: El blastocisto se adhiere al revestimiento del útero, comenzando la formación de la placenta.

2. Etapa Embrionaria (Semanas 2-8)

  • Semana 2-3:

    • Se forma el disco trilaminar, que da origen a tres capas germinales (ectodermo, mesodermo y endodermo).
    • El ectodermo se convertirá en el sistema nervioso.
  • Semana 4:

    • Comienza la formación del tubo neural, la base del sistema nervioso central.
    • Aparecen las primeras estructuras que darán lugar al cerebro (prosencéfalo, mesencéfalo y rombencéfalo) y la médula espinal.
  • Semana 5-8:

    • Las regiones del cerebro empiezan a diferenciarse.
    • Surgen las primeras neuronas y comienzan a comunicarse mediante sinapsis simples.
    • El corazón late, y el embrión mide alrededor de 2.5 cm al final de esta etapa.

3. Etapa Fetal (Semanas 9-40)

Primer trimestre (Semanas 9-12):

  • El cerebro crece rápidamente, y aparecen circunvoluciones iniciales.
  • Se forman conexiones básicas entre el cerebro y la médula espinal.
  • Los reflejos simples, como el movimiento de las extremidades, empiezan a desarrollarse.

Segundo trimestre (Semanas 13-26):

  • Las neuronas proliferan y migran a diferentes regiones del cerebro, formando las capas corticales.
  • Comienza la mielinización (proceso en el que los axones se recubren de mielina para mejorar la conducción de impulsos nerviosos).
  • El feto empieza a responder a estímulos externos, como la luz o el sonido.

Tercer trimestre (Semanas 27-40):

  • El cerebro aumenta significativamente de tamaño.
  • Se desarrollan pliegues y surcos profundos, aumentando la superficie cerebral.
  • Las sinapsis se vuelven más complejas, permitiendo la formación de circuitos que controlan el sueño, el movimiento y la memoria.
  • Al nacer, el cerebro del bebé tiene casi todas las neuronas que tendrá durante la vida, pero las conexiones seguirán perfeccionándose.

Desarrollo cerebral después del nacimiento

  1. Recién nacido:

    • El cerebro pesa alrededor de 350-400 g.
    • Las funciones básicas (respiración, reflejos primitivos) están controladas por estructuras como el tronco encefálico.
  2. Primer año:

    • El cerebro se duplica en tamaño debido a la formación de nuevas conexiones sinápticas.
    • Hay un rápido desarrollo de habilidades motoras y cognitivas.
  3. Infancia y niñez (1-10 años):

    • Se fortalecen las conexiones más utilizadas (sinapsis) y se eliminan las menos importantes (poda sináptica).
    • La mielinización continúa, mejorando la velocidad de transmisión neuronal.
  4. Adolescencia:

    • El cerebro sigue madurando, especialmente la corteza prefrontal, responsable de la toma de decisiones y el control de impulsos.

Este proceso asegura que el cerebro del niño evolucione de forma eficiente para adaptarse a su entorno, aprendiendo y desarrollando habilidades a lo largo de la vida.

Tú dijiste:
Muy buena toda la explicación del desarrollo neuronal...me interesa saber en que momento surge la noción del yo individual como entidad separada
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La noción del yo individual, o el sentido de ser una entidad separada del entorno y de los demás, surge progresivamente a lo largo del desarrollo infantil. No existe un momento exacto en el que este sentido emerja completamente, ya que es el resultado de un proceso gradual que involucra tanto el desarrollo cerebral como las interacciones sociales y emocionales. A continuación, se detalla este proceso:


1. Etapa Neonatal (0-2 meses)

En los primeros meses, el bebé no tiene una noción clara de sí mismo como algo separado del mundo. Sus experiencias son predominantemente sensoriales y basadas en la satisfacción de necesidades básicas (alimentación, calor, contacto).

  • El bebé siente una continuidad con su entorno, como si él y su madre fueran una unidad.
  • Las primeras interacciones (como el contacto piel a piel y la mirada) sientan las bases para la futura diferenciación del yo.

2. Reconocimiento Corporal Inicial (2-6 meses)

  • A partir de los 2-3 meses, el bebé comienza a explorar su propio cuerpo, llevándose las manos y pies a la boca.
  • Este reconocimiento corporal es un primer paso hacia la noción del yo, ya que empieza a distinguir entre estímulos que provienen de su cuerpo y aquellos que provienen del exterior.
  • El cerebro está desarrollando conexiones en áreas relacionadas con la percepción corporal y la integración sensorial.

3. Desarrollo del Yo Corporal (6-12 meses)

  • Durante esta etapa, el bebé empieza a comprender que su cuerpo es una entidad separada.
  • Por ejemplo, al mirarse en un espejo, puede observar sus propios movimientos y, aunque al principio no se reconoce, esto contribuye a la formación de una imagen corporal.
  • La interacción con el entorno físico, como alcanzar objetos y explorar su espacio, refuerza la distinción entre el yo y el mundo exterior.

4. Reconocimiento del Yo en el Espejo (15-24 meses)

  • Uno de los hitos clave en el desarrollo del yo es el reconocimiento en el espejo, que generalmente ocurre entre los 18 y 24 meses.
  • Este hito se evalúa con la prueba de la marca: se coloca una marca en la frente del niño y se le muestra un espejo. Si intenta tocar la marca en su propia frente, indica que se reconoce como un individuo separado.
  • A nivel cerebral, hay una mayor actividad en regiones como la corteza prefrontal, asociada con la autorreflexión.

5. Conciencia del Yo Social (2-4 años)

  • En esta etapa, el niño desarrolla una identidad más definida y comienza a usar pronombres como "yo" y "mío".
  • También empieza a mostrar signos de autonomía, como querer hacer cosas por sí mismo y establecer límites frente a los adultos.
  • La noción del yo no es solo corporal, sino también social: el niño se da cuenta de que tiene deseos, pensamientos y emociones que son diferentes de los de los demás.

6. Consolidación del Yo y el Yo Narrativo (4-7 años)

  • A medida que el lenguaje y la memoria autobiográfica se desarrollan, el niño empieza a construir una narrativa de su vida.
  • Puede contar historias sobre sí mismo, recordar eventos pasados y anticipar el futuro, consolidando la noción de ser una entidad con una continuidad en el tiempo.
  • La corteza prefrontal sigue madurando, permitiendo una mayor introspección y autorregulación.

Factores que Influyen en el Desarrollo del Yo

  1. Interacciones sociales: Las relaciones con padres, cuidadores y otros niños son cruciales para el desarrollo de la identidad personal.
  2. Lenguaje: El uso de palabras para describir emociones, pensamientos y experiencias facilita la construcción del yo.
  3. Cultura: Las diferentes culturas influyen en cómo se percibe y expresa el yo, ya sea de forma más individualista o colectiva.

Conclusión

La noción del yo individual como entidad separada comienza a surgir hacia el primer año de vida y se consolida gradualmente durante la infancia temprana. Este proceso depende de la maduración cerebral, especialmente de la corteza prefrontal, y de la interacción con el entorno social. A partir de los 4-5 años, el niño tiene una identidad más clara y puede reflexionar sobre su propia existencia como un ser único.

PREGUNTAS Y RESPUESTAS - J.K - 32. LA SIMPLICIDAD -

 32. LA SIMPLICIDAD 

Pregunta: ¿Qué es simplicidad? ¿Significa ello ver muy claramente lo esencial y descartar todo lo demás?

 KRISHNAMURTI: Veamos lo que no es la simplicidad. No digáis: “Eso es la negación”; o “Díganos algo positivo. Esa es una reacción que acusa falta de madurez, de reflexión. La gente que eso dice son explotadores; porque ellos tienen algo para daros, que vosotros deseáis y por medio de lo cual os explotan. Nada de eso hacemos nosotros. Estamos tratando de descubrir la verdad acerca de la simplicidad. Por lo tanto debéis descartar, dejar las ideas de lado, y observar. El hombre que posee mucho, teme la revolución, interior y exteriormente.

Averigüemos lo que la simplicidad no es. Una mente complicada no es simple, ¿verdad? Una mente sagaz no es sencilla; una mente que tiene un fin en vista, para el cual trabaja, una recompensa, un castigo, no es una mente simple. ¿Lo es, acaso? Una mente cargada de conocimientos no es una mente simple; una mente inhibida por creencias, no es una mente simple, ¿verdad? Una mente que se ha identificado con algo más grande, y se esfuerza por mantener esa identidad, no es una mente simple, ¿no es cierto? Pero nosotros creemos que es vida sencilla el tener un taparrabo o dos; deseamos la expresión externa de simplicidad, y eso nos engaña fácilmente. Por eso es que el hombre muy rico rinde culto al hombre que ha renunciado. ¿Qué es la simplicidad? ¿Puede la simplicidad ser el abandono de lo no esencial y la búsqueda de lo esencial -lo cual significa un proceso de opción, de escoger? ¿No significa ello escoger, preferir -optar por lo esencial y descartar lo no esencial? ¿Qué es el proceso de optar? ¿Qué es la entidad que escoge? Es la mente, ¿verdad? No importa qué nombre le deis. Vosotros decís “escogeré esto, lo esencial”. ¿Cómo sabéis qué es lo esencial? O tenéis una pauta de lo que otras personas han dicho, o vuestra propia experiencia dice que eso es lo esencial. ¿Podéis confiar en vuestra experiencia? Porque, cuando escogéis, cuando optáis, vuestra opción se basa en el deseo; lo que llamáis “esencial” es lo que os brinda satisfacción. Así, pues, habéis vuelto nuevamente al mismo proceso, ¿no es cierto? ¿Puede una mente confusa escoger, optar? Si lo hace, la opción habrá también de ser confusa.

 La opción entre lo esencial y lo no esencial, por lo tanto, no es sencillez. Es un conflicto. Una mente en conflicto, en estado de confusión, nunca puede ser simple. De suerte que cuando descartéis, cuando veáis todas las cosas falsas y los ardides de la mente, cuando observéis eso, lo consideréis y lo percibáis, entonces sabréis qué es la simplicidad. Una mente atada por la creencia no es jamás una mente simple. Una mente mutilada por el conocimiento, no es simple. Una mente distraída por la idea de Dios, por las mujeres, por la música, no es una mente simple. Una mente atrapada en la rutina de la oficina, de los ritos, de las oraciones, una mente así no es simple; simplicidad es la acción que no es resultado de una idea. Pero eso es una cosa muy rara; eso significa creatividad. Mientras no haya creación, somos centros de maldad, daño, miserias y destrucción. La simplicidad no es cosa que se puede buscar y experimentar. La simplicidad llega como se abre una flor, en el momento justo en que cada cual comprende todo el proceso de la existencia y de la vida de relación. Es porque no hemos pensado acerca de ello ni lo hemos observado, que no nos damos cuenta de eso. Evaluamos de cierta manera todas las formas externas de la simplicidad, tales como pocas posesiones, pero eso no es simplicidad. La simplicidad no ha de hallarse. La simplicidad no es cosa a escoger entre lo esencial y lo no esencial. Ella surge tan sólo cuando no hay “yo”, cuando la mente no está atrapada en especulaciones, en conclusiones, en creencias, en ideaciones. Sólo una mente así, libre, puede hallar la verdad. Sólo una mente así puede recibir aquello que es inconmensurable, que no puede nombrarse; y eso es la simplicidad.


PREGUNTAS Y RESPUESTAS - J.K. - 31. COMPRENSIÓN INSTANTÁNEA

 31. COMPRENSIÓN INSTANTÁNEA 

Pregunta: ¿Podemos comprender instantáneamente, sin preparación previa, la verdad de que usted habla?

 KRISHNAMURTI: ¿Qué entendéis por verdad? No usemos una palabra cuyo sentido no conocemos; podemos, empero, servimos de una palabra más sencilla, más directa. ¿Podéis entender, podéis comprender un problema directamente? Eso es lo que implica la pregunta, ¿verdad? ¿Podéis comprender al instante, ahora, lo que es? Porque comprendiendo lo que es comprenderéis la significación de la verdad; pero decir que uno debe comprender la verdad tiene muy poco sentido. ¿Podéis, pues, comprender un problema directamente, plenamente, y veros libres de él? Eso es lo que la pregunta implica, ¿no es cierto? ¿Podéis comprender al instante una crisis, un reto, ver todo su significado y quedar libres? Porque lo que comprendéis no deja huella; la comprensión -o la verdad- es por lo tanto lo libertador. ¿Y podéis libertaros ahora de un problema, de un reto? La vida -¿no es así?- es una serie de retos y respuestas; y si vuestra respuesta a un reto es condicionada, limitada, incompleta, entonces ese reto deja su huella, su residuo, que resulta más fortalecido por otro nuevo reto. Hay, pues, constante memoria de esos residuos, acumulaciones, cicatrices; y, con todas esas cicatrices, intentáis hacer frente a lo nuevo, por lo cual jamás le hacéis frente. Nunca comprendéis, por consiguiente, nunca os libráis de ningún reto. El problema, la cuestión, consiste en saber si yo puedo comprender un reto completamente, directamente, sentir toda su significación, su perfume, su profundidad, su belleza y su fealdad, y así librarme de él. El reto es siempre nuevo, -¿verdad? El problema siempre es nuevo, ¿no es así? Un problema que teníais ayer, por ejemplo, ha sufrido tal modificación que, cuando hoy lo enfrentáis, ya es nuevo. Mas lo enfrentáis con lo viejo, porque lo enfrentáis sin que os transforméis; lo hacéis simplemente modificando vuestros propios pensamientos.

Permitidme que lo exprese de un modo diferente. Os encontré ayer. En el ínterin habéis cambiado. Habéis sufrido una modificación, pero todavía tengo la imagen de vosotros que tenía ayer. Os encuentro hoy con mi imagen de vosotros, y por lo tanto no os comprendo; sólo comprendo la imagen de vosotros que ayer adquirí. Si os quiero comprender a vosotros que estáis transformados, cambiados, tengo que librarme de la imagen de ayer, apartarla de mí. Es decir, para comprender un reto -que siempre es nuevo- también debo hacerle frente de un modo nuevo, no debe haber residuo de ayer; tengo, pues, que decir adiós al ayer. ¿Qué es la vida, después de todo? Es algo nuevo en cada instante, ¿verdad? Es algo que está siempre sufriendo un cambio, creando un nuevo sentir. El día de hoy nunca es igual al de ayer, y esa es la belleza de la vida. ¿Puedo yo, podéis vosotros, hacer frente a cualquier problema de un modo nuevo? ¿Podéis, cuando vais a vuestro hogar, encontraros con vuestra esposa y vuestro hijo de un modo nuevo, hacer frente al reto de un modo nuevo? No lo podréis si estáis cargados de los recuerdos de ayer. Por lo tanto, para comprender la verdad acerca de un problema, de una relación, debéis abordarla de un modo nuevo, no con “mente abierta”, pues eso carece de sentido. Debéis abordarla sin las cicatrices de los recuerdos de ayer, lo cual significa que, al surgir cada reto, os dais cuenta de todas las reacciones de ayer; y captando el residuo, los recuerdos de ayer, encontraréis que ellos se os desprenden sin lucha, y por lo tanto vuestra mente está fresca.

 ¿Puede uno, pues, darse cuenta de la verdad instantáneamente, sin preparación? Yo digo que sí, y no por alguna fantasía de mi parte, por alguna ilusión; haced con ello un experimento psicológico, y lo veréis. Tomad cualquier reto, cualquier pequeño incidente -no esperéis alguna gran crisis- y ved cómo reaccionáis ante él. Daos cuenta de ello, de vuestras respuestas, de vuestras intenciones, de vuestras actitudes, y las comprenderéis, comprenderéis el contenido de vuestra mente. Os aseguro que podéis hacerlo instantáneamente si dedicáis a ello toda vuestra atención. Es decir, si buscáis el pleno sentido de vuestro trasfondo, él rinde su significación; y entonces descubrís de un solo golpe la verdad, la comprensión del problema. La comprensión, por cierto, surge del “ahora”, del presente, que siempre es atemporal. Aunque pueda ser mañana, sigue siendo el “ahora”; y el no hacer más que diferir, que prepararos para recibir mañana lo que es, es impediros a vosotros mismos de comprender lo que es, ahora. Podéis, por cierto comprender al instante lo que es ahora, ¿verdad? Mas para comprender lo que es, tenéis que estar libres de perturbación, de distracción; tenéis que dedicar a ello vuestra mente y corazón. Ello tiene que ser vuestro único interés en ese momento, completamente. Entonces lo que es, os brinda su plena hondura, su pleno significado, y así os libráis del problema. Si queréis conocer la verdad acerca de la propiedad, su significación psicológica, si en realidad deseáis comprenderla directamente ahora, ¿cómo enfocáis el problema? Es preciso, por cierto, que sintáis afinidad con el problema, que no le tengáis miedo, que no tengáis credo alguno, ninguna respuesta entre vosotros y el problema. Sólo cuando estéis en relación directa con el problema, hallaréis la respuesta. Pero si introducís una respuesta, si juzgáis, si tenéis una aversión psicológica, la aplazaréis y os prepararéis para comprender mañana lo que sólo puede comprenderse en el “ahora”. Por lo tanto, jamás comprenderéis. El percibir la verdad no requiere preparación alguna. La preparación implica tiempo y el tiempo no es el medio de comprender la verdad. El tiempo es continuidad, y la verdad es atemporal, “no continuar”. La comprensión es no continua, es de instante en instante, es sin residuo.

Temo estar haciendo todo esto muy difícil. ¿No es así? Es fácil y sencillo comprender, si sólo queréis experimentar con ello; pero si os ponéis a soñar, a meditar al respecto, ello se vuelve muy difícil. Cuando no existe barrera entre vosotros y yo, os comprendo. Si estoy abierto a vosotros, os comprendo directamente; y el estar abierto no es cuestión de tiempo. ¿Hará el tiempo que yo sea abierto? ¿La preparación, el sistema, la disciplina, harán que me abra a vosotros? No. Lo que hará que me abra a vosotros es mi intención de comprender. Quiero ser abierto porque nada tengo que ocultar, porque no tengo miedo; por lo tanto soy receptivo, y hay comunión inmediata, hay verdad. Para recibir la verdad, para captar su belleza y su júbilo, tiene que haber instantánea captación, no anublada por teorías, temores y respuestas.

 

PREGUNTAS Y RESPUESTAS - J.K. - 30. DIOS -

 30. DIOS 

Pregunta: Usted ha comprendido la realidad. ¿Puede decirnos qué es Dios? 

KRISHNAMURTI: ¿Cómo sabe usted que yo he realizado? Para saberlo, usted también tiene que haber realizado. Esta no es una simple respuesta hábil. Para saber algo, usted tiene que ser parte de ese algo. Usted mismo debe haber tenido también la vivencia, y por lo tanto el que usted diga qué yo he realizado carece aparentemente de sentido. ¿Qué importa que yo haya o no realizado? ¿No es acaso verdad lo que estoy diciendo? Aunque yo sea el ser humano más perfecto, si lo que yo digo no es la verdad, ¿por qué habríais siquiera de escucharme? Mi realización, ciertamente, nada tiene que ver con lo que estoy diciendo, y el hombre que rinde culto a otro porque ese otro ha realizado, en realidad rinde culto a la autoridad y por lo tanto jamás podrá encontrar la verdad. El comprender aquello que ha sido realizado, y el conocer a quien ha realizado, no tiene importancia alguna, ¿verdad? Bien sé que toda la tradición dice: “estad con el hombre que ha realizado”. ¿Cómo podéis saber que él ha realizado? Todo lo que podéis hacer es estar en su compañía, y aun eso es muy difícil en nuestros días. Hay muy poca buena gente, en el verdadero sentido de la palabra -gente que no ande en busca de algo, en pos de algo. Aquellos que andan en busca o en pos de algo son explotadores, y por consiguiente, resulta muy difícil encontrar un compañero a quien amar.

Idealizamos a los que han realizado, y esperamos que nos den algo, lo cual es una relación falsa. ¿Cómo puede comunicarse el hombre que ha realizado, no habiendo amor? Esa es nuestra dificultad. En todas nuestras discusiones no nos amamos realmente unos a otros; somos suspicaces. Deseáis algo de mí: conocimiento, realización, o queréis estar en mi compañía, todo lo cual indica que no amáis. Deseáis algo, y por lo tanto os ponéis a explotar. Si realmente nos amamos unos a otros, habrá comunión instantánea. Entonces no importa que hayáis realizado y yo no, o que vosotros seáis lo superior o lo inferior. Como nuestro corazón se ha marchitado, Dios ha adquirido enorme importancia. Esto es, deseáis conocer a Dios porque vuestro corazón ya no canta; y perseguís al cantor y le preguntáis si os puede enseñar a cantar. Él puede enseñaros la técnica, pero la técnica no os llevará a crear. No podéis ser músicos por el simple hecho de saber cantar. Puede que conozcáis todos los pasos de una danza, pero si en vuestro corazón no hay fuerza creadora, sólo funcionáis como una máquina. No podéis amar si vuestro objeto es simplemente lograr un resultado. No hay cosa alguna que sea un ideal, porque ello es solamente un logro. La belleza no es un logro; es la realidad, ahora, no mañana. Habiendo amor, comprenderéis lo desconocido; sabréis qué es Dios, y nadie necesitará decíroslo -y esa es la belleza del amor. Es la eternidad en sí misma. Es porque no hay amor, que deseamos que otra persona o Dios, nos lo dé. Si realmente amarais, ¿sabéis cuán diferente sería este mundo? Seríamos gente realmente feliz. Por lo tanto no debiéramos dejar que nuestra felicidad dependa de Las cosas, de la familia, de los ideales. Debiéramos ser felices, y por lo tanto las cosas, las personas y los ideales no dominarían nuestra vida. Son cosas secundarias todas ellas. Como no amamos y no somos felices, nos interesamos en las cosas, creyendo que nos darán felicidad; y una de las cosas en las cuales nos interesamos es Dios. Deseáis que os diga qué es la realidad. ¿Lo indescriptible puede ser acaso expresado en palabras? ¿Podéis acaso medir algo inconmensurable? ¿Podéis atrapar la brisa en vuestro puño? Si lo hacéis, ¿es eso acaso la brisa? Si medís aquello que es inconmensurable, ¿es eso acaso lo real? Si lo formuláis, ¿es ello lo real? Por cierto que no, pues en cuanto describís algo que es indescriptible, ello deja de ser lo real. En el momento en que traducís lo incognoscible en términos de lo conocido, ello deja de ser lo incognoscible. Sin embargo, eso es lo que anhelamos. Constantemente deseamos saber, porque entonces podremos continuar, entonces, según lo imaginamos, podremos alcanzar la felicidad fundamental, la permanencia. Deseamos saber por qué no somos felices, por qué luchamos miserablemente, por qué estamos gastados, por qué nos hemos envilecido. Sin embargo, en vez de comprender el simple hecho de que nos hemos envilecido, de que somos torpes, de que estamos hastiados, agitados, deseamos alejarnos de aquello que es conocido hacia lo desconocido que vuelve a ser lo conocido; y por consiguiente no podemos nunca encontrar lo real. Por lo tanto, en vez de preguntar quién ha comprendido, o qué es Dios, ¿por qué no consagrar toda la atención y percepción a lo que uno es? Entonces encontraréis lo desconocido, o más bien, lo desconocido vendrá a vosotros. Si comprendéis qué es lo conocido, “vivenciaréis” ese extraordinario silencio que no es inducido, que no es forzado; y sólo en ese vacío creador puede advenir la realidad. Ella no puede venir hacia aquello que está tratando de llegar a ser algo, que está esforzándose; sólo puede venir a lo que es; que comprende lo que es. Entonces veréis que la realidad no se halla lejos; lo desconocido no está alejado; está en lo que es. Así como la respuesta a un problema está en el problema mismo, la realidad está en lo que es. Si eso lo podemos comprender, conoceremos la verdad. Es en extremo difícil darse cuenta de la torpeza, de la codicia, de la mala voluntad, de la ambición, etc. El hecho mismo de darse cuenta de lo que uno es, es la verdad. Es la verdad que liberta, no vuestro esfuerzo por ser libres. De suerte que la realidad no está lejos; pero nosotros la situamos lejos porque procuramos utilizarla como medio de autoprolongación. Está aquí ahora en lo inmediato. Lo eterno, lo atemporal, es ahora; y el “ahora” no puede ser comprendido por el hombre que se halla atrapado en la red del tiempo. Libertar al pensamiento del tiempo, exige acción; pero la mente es perezosa lerda y por lo tanto crea siempre otros impedimentos. Ello sólo es posible por la verdadera meditación, la cual significa acción completa no una acción continua; y la acción integral sólo puede ser comprendida cuando la mente comprende el- proceso de la continuidad, que es la memoria, no la memoria “factual” sino la memoria psicológica. Mientras funciona la memoria, la mente no puede comprender lo que es. Pero la propia mente, la totalidad del propio ser, llega a ser en extremo creadora, a estar pasivamente alerta, cuando uno comprende la significación del terminar, porque en el terminar hay renovación, mientras en la continuidad está la muerte, la desintegración.



PREGUNTAS Y RESPUESTAS - J.K. 29. LA VERDAD Y LA MENTIRA -

 29. LA VERDAD Y LA MENTIRA 

Pregunta: ¿Cómo es que, según usted lo ha dicho, una verdad que se repite se convierte en mentira? ¿Qué es realmente la mentira? ¿Por qué es malo mentir? ¿No es este un problema sutil y profundo en todos los niveles de nuestra existencia? 

 KRISHNAMURTI: Como en esto hay dos preguntas, examinemos la primera. Cuando una verdad se repite, ¿cómo es que se convierte en mentira? ¿Qué es lo que repetimos? ¿Podéis repetir una comprensión? Yo comprendo algo; ¿puedo repetirlo? Puedo hablar de ello, puedo comunicarlo; pero la vivencia, a buen seguro, no es lo que se repite. Mas nos quedamos presos en la palabra y perdemos el significado de la vivencia. Si habéis tenido una vivencia, ¿podéis repetirla? Podéis querer repetirla; podéis desear su repetición, su sensación; pero una vez que habéis tenido una vivencia, ésta ha terminado, no puede ser repetida. Lo que puede repetirse es la sensación, y la palabra correspondiente que da vida a esa sensación. Y como, desgraciadamente, la mayoría de nosotros somos propagandistas, caemos en la repetición de la palabra. Vivimos de palabras, y la verdad es negada. Tomemos como ejemplo el sentimiento del amor. ¿Podéis repetirlo? Cuando oís que os dicen “amad a vuestro prójimo”, ¿es eso una verdad para vosotros? Sólo es verdad cuando en realidad amáis al prójimo; y ese amor no puede ser repetido, sino tan sólo la palabra. Sin embargo, casi todos nos sentimos felices y contentos con la repetición: “amad al prójimo”, o “no seáis codiciosos”. De modo que la verdad de otro, o una vivencia real que hayáis tenido, no se convierte en una realidad por la simple repetición. Por el contrario, la repetición impide la realidad; El mero repetir determinadas ideas no es la realidad. La dificultad de esto consiste en comprender el asunto sin pensar en términos de lo opuesto. Una mentira no es algo opuesto a la verdad. Es posible ver la verdad de lo que estoy diciendo, no en oposición o en contraste, como verdad o como mentira, sino ver, simplemente, que la mayoría de nosotros repetimos sin comprensión. Por ejemplo, hemos estado discutiendo el “nombrar” y el “no nombrar” un sentimiento y lo demás. Muchos de vosotros lo repetiréis, estoy seguro de ello, pensando que es “la verdad”. Jamás repetiréis una vivencia si es una experiencia directa. Podéis comunicarla; pero cuando es una vivencia real, las sensaciones que la acompañaron han pasado, el contenido emocional que había detrás de las palabras se ha desvanecido por completo. Tomemos por ejemplo, la idea de que el pensador y el pensamiento son uno solo. Puede que sea una verdad para vosotros, porque lo habéis experimentado directamente. Pero si yo lo repitiera, eso no sería verdadero -¿no es así?-, verdadero, no como opuesto a lo falso, entendedlo bien. No sería real; sería una simple repetición, y, por lo tanto, carecería de significación. Pero ya veis, con la repetición creamos un dogma, edificamos una iglesia, y en eso nos refugiamos. La palabra, no la verdad, se convierte en “la verdad”. La palabra no es la cosa. Pero para nosotros, la cosa es la palabra. Y es por eso que uno tiene que guardarse con sumo cuidado de repetir algo que no comprenda realmente. Si comprendéis algo, podéis comunicarlo; pero las palabras y el recuerdo han perdido su significación emocional. Es por eso que, en la conversación corriente, la propia perspectiva y el propio vocabulario sufren un cambio.

Siendo, pues, que estamos buscando la verdad por medio del conocimiento propio, y no somos meros propagandistas, es importante que comprendamos esto. Mediante la repetición, en efecto, uno se hipnotiza con palabras, con sensaciones, queda atrapado en ilusiones. Y para libertarse de eso, es imperativo experimentar directamente y, para experimentar directamente, uno debe captarse a sí mismo en el proceso de la repetición, de los hábitos, de las palabras, de las sensaciones. Esa captación nos brinda extraordinaria libertad, y así puede haber renovación, una constante vivencia, un estado de cosa nueva. La otra pregunta es: “¿qué es realmente la mentira? ¿Por qué es malo mentir? ¿No es este un problema sutil y profundo en todos los niveles de nuestra existencia?” ¿Qué es una mentira? Es una contradicción -¿no es así?-, una autocontradicción. Uno puede contradecirse consciente o inconscientemente; puede hacerlo de un modo deliberado o inconsciente. La contradicción puede ser sumamente sutil o muy obvia. Y cuando la división en la contradicción es muy grande, uno se vuelve desequilibrado o se da cuenta del conflicto y se dispone a remediarlo. Para comprender este problema: qué es una mentira y por qué mentimos, hay que ahondarlo sin pensar en términos de lo opuesto. ¿Podemos observar este problema de la contradición en nosotros mismos sin tratar de no ser contradictorios? Nuestra dificultad al examinar esta cuestión -¿no es así?- está en que condenamos una mentira con gran facilidad; ¿mas para comprenderla podemos considerarla en términos de lo que es la contradicción y no en términos de verdad y falsedad? ¿Por que nos contradecimos? ¿Por qué hay contradicción en nosotros? ¿No hay un intento de vivir de acuerdo con una norma, con una pauta, un constante acercamiento nuestro a un modelo, un esfuerzo constante por ser algo, ya sea a los ojos de otra persona o ante nuestros propios ojos? Existe un deseo -¿no es así?- de ajustarse a una norma, y cuando uno no vive de acuerdo con ella hay contradicción.

para estar en seguridad, para estar a salvo, para ser populares, para tener una buena opinión de nosotros mismos, etc. Ahí está la semilla de la contradicción. Mientras procuremos asemejarnos a algo, mientras tratemos de ser algo, tiene que haber contradicción; por lo tanto, tiene que existir esa división entre lo falso y lo verdadero. Creo que esto es importante, si es que queréis profundizarlo serenamente. No es que no exista lo falso y lo verdadero; ¿pero por qué hay contradicción en nosotros? ¿No es porque intentamos ser algo: nobles, buenos, virtuosos, creadores, felices, etc.? Y en el deseo mismo de ser algo existe una contradicción: la de no ser una cosa diferente. Y es esta contradicción la que resulta destructiva. Si uno es capaz de completa identificación con algo, con esto o con aquello, entonces la contradicción cesa; mas cuando uno se identifica de veras, en un todo, con algo, hay encierro dentro de uno mismo, una resistencia, lo cual causa desequilibrio. Ello es evidente.

 ¿Por qué, pues, hay contradicción en nosotros? He hecho algo, y no quiero ser descubierto; he pensado algo que no es lo debido, y ello me coloca en un estado de contradicción, cosa que no me agrada. Por tanto, donde hay imitación tiene que haber temor; y es este temor lo que causa contradicción. Mientras que si no hay devenir, si no hay intento alguno de ser algo, no hay sensación de temor. Entonces no hay contradicción; entonces en nosotros no existe la mentira en ningún nivel, consciente o inconsciente; nada hay que suprimir, nada que manifestar. Y como la vida de casi todos nosotros es cuestión de estados de ánimo y de actitudes, asumimos actitudes que dependen de nuestros estados de ánimo, lo cual es una contradicción. Cuando el estado de ánimo desaparece, somos lo que somos. Es esta contradicción lo realmente importante, y no que digáis o dejéis de decir una mentirilla inocente. Mientras haya esta contradicción, tiene que haber una existencia superficial, y por lo tanto temores superficiales que han de ser vigilados; y luego siguen las mentiras inocentes, y todo lo demás que sabéis. Podemos considerar esta cuestión y no preguntar qué es una mentira y qué es la verdad, sino investigar el problema de la contradicción en nosotros mismos sin recurrir a los opuestos, lo cual es sumamente difícil. Porque, como dependemos tanto de nuestras sensaciones, la vida de casi todos nosotros es contradictoria. Dependemos de los recuerdos, de las opiniones; tenemos innumerables temores que deseamos disimular; todo esto crea contradicción en nosotros mismos; y cuando esa contradicción se hace insoportable, perdemos la cabeza. Deseando la paz, todo lo que uno hace engendra la guerra, no sólo en la familia, sino fuera de ella. Y en lugar de comprender lo que crea el conflicto, sólo tratamos, cada vez más, de convertirnos en una cosa o en otra, en lo opuesto, agrandando de ese modo la división. ¿Es posible comprender por qué existe contradicción en nosotros, no sólo en la superficie sino en un nivel psicológico mucho más profundo? En primer lugar, ¿se da uno cuenta de que vive una vida contradictoria? Deseamos la paz, y somos nacionalistas; queremos evitar la miseria social y, no obstante, cada uno de nosotros es individualista y limitado, encerrado en sí mismo. Vivimos, pues, en constante contradicción. ¿Por qué? ¿No será que somos esclavos de la sensación? No se trata de negar o de aceptar esto, que exige comprender muy bien lo que implica la sensación, es decir, los deseos. Deseamos muchas cosas, todas en contradicción unas con otras. Somos un cúmulo de máscaras en conflicto; adoptamos una careta cuando nos conviene, y la repudiamos cuando alguna otra cosa es más provechosa, más agradable. Es ese estado de contradicción lo que crea la mentira. Y, en oposición a eso, creamos “la verdad”. Pero, ciertamente, la verdad no es lo contrario de la mentira. Aquello que tiene un opuesto no es la verdad. Lo opuesto contiene su propio opuesto, y por lo tanto no es la verdad. Y para comprender este problema bien a fondo, hemos de darnos cuenta de todas las contradicciones en que vivimos. Cuando yo digo “os amo”, con ello van los celos, la envidia, la ansiedad, el temor, lo cual es una contradicción. Y es esta contradicción la que debe ser comprendida; y sólo se la puede comprender cuando uno se da cuenta de ella sin condenarla ni justificarla; observándola, no más. Y, para observarla pasivamente, uno ha de comprender todos los procesos de la justificación y de la condenación. No es cosa fácil el observar algo pasivamente; pero al comprender eso, empieza uno a comprender el proceso íntegro de las modalidades de nuestro pensar y sentir. Y cuando uno percibe el significado total de la contradicción en uno mismo, ello produce un cambio extraordinario: sois entonces vosotros mismos, no algo que tratáis de ser. Ya no seguís un ideal, ya no buscáis felicidad. Sois lo que sois, y de ahí podéis proseguir. Entonces no hay posibilidad de contradicción.



PREGUNTAS Y RESPUESTAS - J.K. - 28. LO CONOCIDO Y LO DESCONOCIDO -

 28. LO CONOCIDO Y LO DESCONOCIDO 

Pregunta: Nuestra mente sólo conoce lo conocido. ¿Qué es lo que en nosotros nos impulsa a buscar lo desconocido, la realidad, Dios? 

KRISHNAMURTI: ¿Vuestra mente os impulsa hacia lo desconocido? ¿Existe en vosotros apremio por lo desconocido, por la realidad, por Dios? Por favor, pensad seriamente en ello. No se trata de una pregunta retórica; averigüémoslo, realmente. ¿Existe en cada uno de nosotros un apremio interior para encontrar lo desconocido? ¿Existe ese apremio? ¿Cómo podéis encontrar lo desconocido? Si no lo conocéis, ¿como podéis encontrarlo? ¿Existe en nosotros un anhelo de realidad? ¿O es simplemente un deseo de lo conocido, dilatado? ¿Comprendéis lo que quiero decir? He conocido muchas cosas; no me han dado felicidad, ni satisfacción, ni alegría. Por eso quiero ahora otra cosa que me dé mayor alegría, mayor felicidad, mayor vitalidad, lo que sea. ¿Y puede lo conocido, que es mi mente -porque mi mente es lo conocido, el resultado del pasado-, puede esa mente buscar lo desconocido? Si yo no conozco la realidad, lo desconocido, ¿cómo puedo buscarlo? Debe, por cierto, venir a mí; yo no puedo ir en pos de lo desconocido. Si voy en su búsqueda, voy en pos de algo que es lo conocido, de algo proyectado por mí. Nuestro problema, pues, no es el de saber qué es lo que en nosotros nos impulsa a hallar lo desconocido. Eso es bastante claro. El problema es nuestro propio deseo de estar más seguros, de ser más permanentes, más estables, más felices, de escapar al tumulto, al dolor, a la confusión. Ese es, por cierto, nuestro evidente impulso. Y cuando existe ese impulso, ese apremio, hallaréis un escape maravilloso, un maravilloso refugio, en Buda, en Cristo, o en las banderías políticas y otras cosas más. Eso no es la realidad; eso no es lo incognoscible, lo desconocido. Por lo tanto, el apremio por lo desconocido ha de terminar, la búsqueda de lo desconocido ha de cesar; lo cual significa que tiene que haber comprensión de lo conocido acumulativo, que es la mente. La mente debe comprenderse a sí misma como lo conocido, porque eso es todo lo que ella conoce. No podéis pensar en alguna cosa que no conozcáis. Solamente podéis pensar en algo que conocéis. Lo difícil para nosotros es que la mente no prosiga en lo conocido. Y eso puede ocurrir tan sólo cuando la mente se comprende a sí misma y entiende que todo su movimiento proviene del pasado y se proyecta a través del presente hacia el futuro. Es un movimiento continuo de lo conocido; ¿y ese movimiento puede cesar? Sólo puede cesar cuando él mecanismo de su propio proceso ha sido comprendido, sólo cuando la mente se comprende a sí misma y comprende su funcionamiento, sus modalidades, sus propósitos, sus empeños, sus exigencias, no sólo las exigencias superficiales sino los profundos impulsos y móviles del fuero íntimo. Esta es una tarea sumamente ardua; no es en una simple reunión, o en una conferencia, o leyendo un libro, donde vais a descubrir. Al contrario, ello necesita vigilancia continua, constante captación de todo movimiento del pensar, y no sólo en estado de vigilia, sino también durante el sueño. Tiene que ser un proceso total, no un proceso parcial y esporádico. Asimismo, la intención debe ser apropiada, adecuada. Esto es, debe cesar la superstición de que, interiormente, todos deseamos lo desconocido. Es una ilusión pensar que buscamos a Dios; no hay tal. Nosotros no tenemos que buscar la luz. Habrá luz cuando no haya oscuridad; y a través de la oscuridad no podemos encontrar la luz. Todo lo que podemos hacer es remover esas barreras que crean oscuridad; y el removerlas depende de la intención. Si la removéis con el propósito de ver la luz, entonces nada removéis; sólo substituís la oscuridad por la palabra luz. Y hasta el hecho de mirar más allá de la oscuridad es huir de la oscuridad. No tenemos, pues, que considerar qué es lo que nos impulsa sino por qué hay en nosotros tal confusión, tanta agitación, lucha y antagonismo, todas las cosas estúpidas de nuestra existencia. Cuando éstas no existen, entonces hay luz y no tenemos que buscarla. Cuando la estupidez desaparece, surge la inteligencia. Cuando el hombre que es estúpido trata de volverse inteligente, sigue siendo estúpido. La estupidez jamás podrá ser transformada en sabiduría; sólo cuando cesa la estupidez hay sabiduría inteligencia. Pero es obvio que el hombre que es estúpido y trata de volverse inteligente, sabio, nunca podrá serlo. Para saber lo que es la estupidez hay que penetrarla, no de un modo superficial sino pleno, completo, profundo. Hay que penetrar todas las distintas capas de la estupidez; y cuando se produce el cese de la estupidez, hay sabiduría. De modo que resulta importante averiguar, no si existe algo más que lo conocido, algo más grande que nos impulsa hacia lo desconocido, sino ver qué es lo que en nosotros origina confusión, guerras, diferencias de clases, “snobismo”, búsqueda de renombre, acumulación de conocimientos, evasión por medio de la música, del arte y de tantas otras maneras. Es importante, por cierto, ver esas cosas como son, y volver a nosotros mismos tal cuales somos. Y desde ahí podemos proseguir. Entonces resulta relativamente fácil despojarse de lo conocido. Cuando la mente está en silencio, cuando ya no se proyecta hacia el futuro, deseando algo, cuando la mente está realmente serena, en una paz profunda, lo desconocido se manifiesta. No tenéis que buscarlo. No podéis atraerlo. Lo que podéis atraer es tan sólo aquello que conocéis. No podéis invitar a un huésped desconocido; sólo podéis invitar a alguien que conocéis. Pero no conocéis lo desconocido, Dios, la realidad, o lo que sea. Ello debe advenir. Sólo puede advenir cuando el campo está listo, cuando la tierra está labrada. Pero si preparáis el terreno a fin de que aquello advenga, entonces no lo tendréis.

Así, nuestro problema no estriba en buscar lo incognoscible, sino en comprender los procesos acumulativos de la mente, la cual siempre es lo conocido. Y esa es una ardua tarea, requiere atención, requiere una percepción, una captación constantes en la que no haya sentido alguno de distracción, de identificación, de condenación; es estar con lo que es. Sólo entonces puede la mente estar serena, quieta. Ninguna clase de meditación o disciplina puede aquietar la mente, en el verdadero sentido de la palabra. Sólo cuando la brisa cesa, el lago entra en calma. No podéis aquietar el lago. Nuestra tarea no es, pues, la de buscar lo incognoscible, sino la de comprender la confusión, la agitación, la desdicha que hay en nosotros. Y entonces surge misteriosamente ese “algo” en el que hay júbilo, dicha.

 

PREGUNTAS Y RESPUESTAS - J.K. - 27. EL NOMBRAR -

 27. EL NOMBRAR 

Pregunta: ¿Cómo puede uno darse cuenta de una emoción sin darle nombre o sin clasificarla? Si percibo un sentimiento, parece que sé lo que ese sentimiento es, casi inmediatamente después que surge. ¿O quiere usted significar algo diferente cuando dice “no nombréis”? 

KRISHNAMURTI: ¿Por qué le ponemos nombre a alguna cosa? ¿Por qué le ponemos rotulo a una flor, a una persona, a un sentimiento? Uno hace eso para comunicar el propio sentimiento, para describir la flor, y así sucesivamente, o para identificarse con ese sentimiento. ¿No es así? Yo nombro algo, un sentimiento, para comunicarlo. “Estoy enojado”. O me identifico con ese sentimiento, para fortalecerlo, para disolverlo o para hacer algo a su respecto. Le damos nombre a algo, a una rosa, para comunicarlo a otros; o al darle un nombre creemos que la hemos comprendido. Decimos “eso es una rosa”, la miramos rápidamente y continuamos nuestro camino. Al darle un nombre creemos haberla comprendido; la hemos clasificado y creemos que por eso hemos comprendido el contenido total y la belleza de esa flor. Al darle un nombre a alguna cosa, la hemos puesto simplemente en una categoría, y creemos haberla comprendido; no la miramos más de cerca. Pero si no le damos un nombre, nos vemos obligados a mirarla. Es decir, nos acercamos a la flor, o a lo que fuere, en actitud nueva, con una nueva cualidad de examen; la miramos como si nunca la hubiésemos visto antes. El poner nombre es un medio muy cómodo de deshacerse de las cosas y de la gente, diciendo que se trata de alemanes, de japoneses, de americanos, de hindúes. Les ponéis un rótulo y destruís el rótulo. Pero si no le ponéis un rótulo a las personas, os veis obligados a observarlas, y entonces resulta mucho más difícil matar a alguien. Podéis destruir el rótulo, con una bomba, y sentir que obráis con rectitud. Pero si no le ponéis un rótulo, y, por lo tanto, tenéis que mirar la cosa individualmente -ya sea un hombre o una flor, un incidente o una emoción-, entonces os veis forzados a considerar vuestra relación con la cosa y la acción que de ahí resulte. De suerte que nombrar o poner un rótulo es un modo muy cómodo de deshacerse de tal o cual cosa, de negarla, condenarla o justificarla. Ese es un aspecto de la cuestión.

¿Cuál es el centro desde el cual nombráis? ¿Cuál es el centro que siempre está nombrando, escogiendo, clasificando? Todos sentimos que hay un centro, un núcleo, desde el cual actuamos, juzgamos y denominamos, ¿no es así? ¿Qué es ese centro, ese núcleo? A algunos les agradaría pensar que es una esencia espiritual, Dios o lo que os plazca. Por lo tanto, descubramos qué es ese núcleo, ese centro que nombra, define, juzga. Ese centro, por cierto, es la memoria, ¿no es así? Una serie de sensaciones identificadas y conservadas; el pasado, vivificado a través del presente. Ese núcleo, ese centro, se alimenta del presente al nombrar, al clasificar, al recordar. Pronto veremos, según vamos poniéndolo de manifiesto, que mientras exista ese núcleo, ese centro, no puede haber comprensión. Sólo con la disipación de ese núcleo surge la comprensión. Porque, al fin y al cabo, ese núcleo es memoria, recuerdo de diversas experiencias a las que se ha dado nombres, rótulos, identificaciones. Con esas experiencias nombradas y rotuladas, desde ese centro,  se acepta y se rechaza, se toma la determinación de ser o de no ser, conforme a las sensaciones, placeres y penas del recuerdo de la experiencia. Ese centro es, pues, la palabra. Si no le dais nombre a ese centro, ¿hay acaso un centro? Esto es, si no pensáis con palabras, si no empleáis palabras, ¿podéis pensar? El pensar surge mediante la verbalización; o bien la verbalización empieza a responder al pensar. De suerte que el centro, el núcleo, es el recuerdo de innumerables experiencias de placer y dolor, expresado por medio de palabras. Observadlo en vosotros mismos, por favor, y veréis que las palabras, los nombres, se han vuelto mucho más importantes que la substancia; y vivimos de palabras. Las palabras tales como verdad, Dios, o los sentimientos que esas palabras representan, han adquirido para nosotros gran importancia. Cuando decimos la palabra “americano”, “cristiano”, “hindú”, o la palabra “ira”, somos la palabra que representa el sentimiento. Pero no sabemos qué es ese sentimiento, porque lo que se ha vuelto importante es la palabra. Cuando decís que sois budistas, cristianos, ¿qué significa la palabra, qué sentido hay detrás de esa palabra que nunca habéis examinado? Nuestro centro, el núcleo, es la palabra, el rótulo. Si el nombre no hace al caso, si lo que importa es aquello que está detrás del nombre, entonces podéis inquirir; pero si estáis identificados con el nombre y confundidos con él, no podéis proseguir. Y nosotros estamos identificados con el nombre: la casa; la forma, el nombre, el mobiliario, la cuenta bancaria, nuestras opiniones, nuestros estimulantes, y así sucesivamente. Somos todas esas cosas; y esas cosas están representadas por un nombre. Las cosas han llegado a ser importantes, los nombres, los rótulos; y, por lo tanto, el centro, el núcleo, es la palabra. Si no hay palabra ni rótulo, no hay centro, ¿no es así? Hay disolución, hay un vacío, no el vacío del miedo, lo cual es una cosa enteramente distinta. Hay una sensación de ser como la nada; y puesto que habéis eliminado todos los rótulos, o más bien, habiendo comprendido por qué les ponéis rótulo a los sentimientos y a las ideas, sois completamente nuevos, ¿verdad? No hay centro desde el cual actuéis. El centro, que es la palabra, ha sido disuelto. El rótulo ha sido eliminado, ¿y dónde estáis vosotros como centros? Estáis ahí, pero ha habido una transformación. Y esa transformación os asusta un poco; por eso no proseguir con lo que continúa implícito en ella; ya estáis empezando a juzgarla, a decidir si os gusta o no os gusta. No proseguís con la comprensión de lo que va a surgir, sino que ya estáis juzgando; lo cual significa que tenéis un centro desde el cual actuáis. Por lo tanto, os quedáis estancados tan pronto juzgáis; las palabras “me gusta” y “no me gusta” se vuelven importantes. ¿Pero qué ocurre cuando nombréis? Captáis más directamente la emoción, la sensación, y, por lo tanto, os relacionáis con ella de manera muy distinta, igual que con una flor cuando no le dais nombre. Os veis forzados a mirarla de un modo nuevo. Cuando no dais nombre a un grupo de personas, os veis obligados a mirar cada rostro individual y no a tratarlos a todos ellos como “masa”. Estáis, por lo tanto, mucho más alertas, mucho más atentos, sois más comprensivos, tenéis un sentido de piedad, de amor, más profundo; mas si a todos los tratáis como “masa”, se acabó. Si no le ponéis nombre, tenéis que considerar cada sentimiento a medida que surge. Cuando nombráis, ¿es el sentimiento diferente del nombre? ¿O el nombre despierta el sentimiento? Por favor, pensadlo bien. Cuando le asignamos un nombre, casi todos nosotros intensificamos el sentimiento. El sentimiento, y el darle un nombre, son instantáneos. Si hubiera un intervalo entre el sentimiento y el nombrar, podríais descubrir si el sentimiento es diferente del nombre, y entonces podríais habéroslas con el sentimiento, sin ponerle nombre. El problema es éste: ¿como librarnos de un sentimiento que nombramos, tal como la ira? No se trata de subyugarlo, de sublimarlo, de reprimirlo, todo lo cual es idiota y falto de madurez; se trata de como librarse realmente de él. Y para estar realmente libres de él, tenemos que descubrir si la palabra es más importante que el sentimiento. La palabra “ira” tiene más significación que el sentimiento mismo. Y, para descubrir eso, en realidad, tiene que haber un intervalo entre el sentimiento y el nombrar. Esa es una parte. Si no nombro un sentimiento, es decir, si el pensamiento no funciona solamente a causa de las palabras, o si no pienso en términos de palabras, imágenes o símbolos, lo que casi todos hacemos, ¿qué ocurre entonces? Entonces la mente, por cierto, no es simplemente el observador. Esto es, cuando la mente no piensa en términos de palabras, símbolos, imágenes, no hay pensador separado del pensamiento, el cual es la palabra. Entonces la mente está serena, quieta, ¿no es así? No está aquietada sino quieta. Y cuando la mente está realmente quieta, es posible habérnoslas instantáneamente con los sentimientos que surgen. Es tan sólo cuando les damos nombres a los sentimientos y con ello los fortalecemos, que los sentimientos tienen continuidad; se acumulan en el centro desde el cual seguimos poniéndoles nombres, ya sea para fortalecerlos o para comunicarlos. Cuando la mente ya no es, en calidad de pensador, el centro hecho de palabra, de experiencias pasadas -todas las cuales son recuerdos, nombres, acumulados y ordenados en categorías, en casillas-, cuando no hace ninguna de esas cosas, entonces es obvio que la mente está quieta. Ya no está atada, ya no hay un centro como el “yo” -“mi” casa, “mi” logro, “mi” trabajo-, que siguen siendo palabras, las cuales dan ímpetu al sentimiento y con ello fortalecen la memoria. Cuando ninguna de esas cosas ocurre, la mente está muy serena, quieta. Ese estado no es negación. Por el contrario, para llegar a ese punto tenéis que pasar por todo eso, lo cual es una empresa enorme. Ello no consiste simplemente en aprender unas cuantas series de palabras y repetirlas como lo haría un escolar: no nombrar, no nombrar. Seguir a fondo todo lo que ello implica, vivenciarlo, ver cómo la mente funciona y así llegar al punto en que ya no ponéis nombres -lo cual significa que ya no hay un centro distinto del pensamiento-; todo este proceso, sin duda, es verdadera meditación.

Cuando la mente está de veras tranquila, entonces es posible que se manifieste aquello que es inconmensurable. Cualquier otro proceso, cualquiera otra búsqueda de la realidad, es mera autoproyección, cosa de nuestra propia hechura, y, por tanto, ilusoria. Pero este proceso es arduo, y él significa que la mente tiene en todo instante que darse cuenta do todo lo que internamente le ocurre. Para llegar a ese punto, no puede haber condenación ni justificación desde el principio hasta el fin, sin que esto sea un fin. No existe un fin, porque hay algo extraordinario que aún continúa. Esto no es una promesa. A vosotros os toca experimentar, penetrar de más en más profundamente en vosotros mismos, de suerte que todas la innumerables capas del centro sean disueltas; y eso lo podéis hacer rápida o perezosamente. Pero es en extremo interesante observar el proceso de la mente, cómo depende de las palabras, cómo las palabras estimulan la memoria, resucitan la experiencia muerta y le infunden vida. Y en ese proceso la mente vive en el futuro o en el pasado. Por tanto, las palabras tienen un enorme significado, tanto neurológico como psicológico. Os ruego que no aprendáis todo esto de mi o de un libro. No podéis aprenderlo de otra persona ni hallarlo en un libro. Lo que aprendáis o encontréis en un libro no será lo real. Pero podéis experimentarlo, podéis observaros en la acción, observaros al pensar, ver cómo pensáis, cuán rápidamente le dais nombre al sentimiento a medida que surge; y la observación de todo este proceso librará a la mente de su centro. Entonces la mente, estando quieta, puede recibir aquello que es eterno.

  

EL LIBRO DE LA VIDA - J.K. ENERO 1.

 ENERO 

El escuchar 

El aprender 

La autoridad 

El conocimiento propio 

Escuchar con facilidad ¿Alguna vez se ha sentado usted muy silenciosamente, no con la atención fijada en algo, no haciendo un esfuerzo para concentrarse, sino con la mente muy quieta, realmente silenciosa? Entonces escucha todo, ¿no es así? Escucha tanto los ruidos lejanos como los que están más próximos, y también los sonidos inmediatos, muy cercanos a usted, lo cual significa que presta atención a todo. La mente no está restringida a un solo canal estrecho y pequeño. Si puede escuchar de este modo, con facilidad, sin esforzarse, hallará que dentro de usted se produce un cambio extraordinario, un cambio que adviene sin que ponga voluntad en ello, sin que lo pida; en ese cambio hay gran belleza y profundidad de discernimiento. 

1 DE ENERO PDE

EL LIBRO DE LA VIDA - J.K. - INTRODUCCIÓN -

 Introducción 

En 1934, Krishnamurti dijo: «¿Por qué queremos ser estudiantes de libros, en lugar de ser estudiantes de la vida? Averigüen qué es falso en el medio que los rodea, con todas sus opresiones y crueldades, y entonces descubrirán qué es lo verdadero». Señaló repetidamente que «el libro de la vida», siempre cambiante, con una vitalidad que no puede ser contenida por el pensamiento, era el único digno de «leerse», ya que todos los demás estaban llenos de información falsa. «La historia de la humanidad se halla en ustedes; allí están la vasta experiencia, los miedos profundamente arraigados, las ansiedades, el dolor, el placer y todas las creencias que el hombre ha acumulado a lo largo de milenios. Ustedes son el libro». Esta obra, El Libro de la Vida, Meditaciones diarias con Krishnamurti, está dispuesta en un orden que reproduce en cierto modo la manera como Krishnamurti desarrollaba sus pláticas. Comenzaba habitualmente con la acción de escuchar y la relación existente entre el estudiante y el auditorio, y terminaba con cuestiones que emergen naturalmente cuando la vida está en orden y una profundidad mayor empieza a aflorar a la superficie de la conciencia. Durante sus últimos días, en 1985 y 1986, habló del espíritu creativo y la posibilidad de un estilo de vida totalmente nuevo. Esta obra contiene fragmentos de esas pláticas. Muchos temas se reiteraban a lo largo de sus enseñanzas. Su visión consistía en la total y comprensiva observación de la condición humana, en la que cada aspecto de la vida se halla interconectado. El Libro de la Vida presenta pasajes sobre un tema nuevo para cada semana del año, y cada tópico se desarrolla a través de siete días. Estas citas se identifican por su fuente bibliográfica, y se hace referencia a ésta en cada pie de página. Los lectores que se interesen en explorar a mayor profundidad temas específicos, están invitados a acudir a los textos completos contenidos en los libros de los cuales dichos temas han sido extractados. Krishnamurti comenzó a hablar públicamente en 1929 con una voz que Aldous Huxley describió como plena de una «autoridad intrínseca». Su poderosa exploración en la naturaleza de la verdad y la libertad ha resultado en millones de ejemplares de sus pláticas y diálogos publicados y traducidos a casi todos los idiomas del mundo.

Krishnamurti, aunque tímido y retraído, ofreció centenares de pláticas, pronunciadas sin notas previas ni preparación alguna, las cuales desarrollaban esencialmente un tema primordial: la verdad puede ser descubierta por cualquiera de nosotros, sin la ayuda de autoridad alguna; al igual que la vida, está siempre presente, en un solo instante. Sus pláticas cubren la escala completa del conflicto y el interés, tanto en lo personal como en lo social. Al observar la profundidad y el alcance de nuestra conducta tal como se revela en el instante de la observación, surge la acción indispensable para transformarnos a nosotros mismos y a nuestra sociedad. Cuando alguien que asistía a sus pláticas le preguntó por qué hablaba y qué quería lograr, Krishnamurti respondió: Quiero revelarles algo, quizás el modo de descubrir qué es la realidad -no el modo en el sentido de un sistema, sino cómo proceder al respecto-. Y si ustedes pueden descubrir esto por sí mismos, no habrá uno que les habla, hablaremos todos sobre ello, todos expresaremos esa realidad de nuestras vidas, donde quiera que nos encontremos [...]. La verdad no puede ser acumulada. Lo que se acumula es destruido siempre, siempre se deteriora. La verdad jamás puede deteriorarse, porque sólo puede ser descubierta de instante en instante, en cada pensamiento, en cada relación, en cada palabra, en cada gesto, en una sonrisa, en las lágrimas. Y si ustedes y yo podemos descubrir eso y vivirlo -el vivirlo es, en sí mismo, el descubrimiento-, entonces no nos convertiremos en propagandistas; seremos seres humanos creativos; no seres humanos perfectos, sino creatvos, lo cual es inmensamente distinto. Por eso, creo, estoy hablando, y quizá por eso están ustedes escuchando.

Sólo existe el problema; no hay respuesta; en la comprensión del problema está su disolución. A menudo, cuando se le formulaba una pregunta, Krishnamurti respondía: «Averigüemos qué entendemos por...», examinando así la pregunta y abriéndola a la investigación en vez de dar inmediatamente una respuesta. Para Krishnamurti, sondear una pregunta o un problema alimentaba esa investigación de un modo mejor que estar persiguiendo lógica e intelectualmente la búsqueda de una respuesta. Los extractos que figuran en este libro son presentados al lector como interrogantes que podrían haberse planteado sin que el lector sintiera el impulso de una respuesta inmediata. Krishnamurti señalaba que el diálogo con sus oyentes en las pláticas que ofrecía no era intelectual y no se hallaba anclado en pensamientos e ideales. Dijo: Después de todo, el propósito de estas pláticas es comunicarnos el uno con el otro; no es el de imponerles una determinada serie de ideas. Las ideas jamás cambian la mente, jamás originan su transformación radical. Pero si, como individuos, podemos comunicarnos el uno con el otro, al mismo tiempo y en el mismo nivel, entonces quizás habrá una comprensión que no es tan sólo propaganda... de modo que estas pláticas no tienen ninguna manera la intención de disuadirlos ni persuadirlos acerca de nada, ya sea de hecho o subliminalmente.

 En casi todas sus pláticas públicas y en sus diálogos, Krishnamurti usaba los términos «humanidad» u «hombre» cuando se refería a la totalidad del género humano. Pero en la última parte de su vida se interrumpía frecuentemente para decir a su auditorio: «Por favor, cuando digo "hombre", me refiero también a la mujer. Así que no se enojen conmigo». Krishnamurti hablaba con extraordinaria sencillez, no como lo hace un gurú o un maestro religioso con una enseñanza derivativa, con un vocabulario especial, o que se halla atado a alguna secta u organización. El requerimiento por sus enseñanzas claras y auténticas fue creciendo a medida que recorría el mundo. Desde 1930 hasta su muerte en 1986 hablo a auditorios cada vez más numerosos en Europa, Norteamérica. Australia, Sudamérica y la India. Esta obra contiene pasajes tomados de pláticas publicadas e inéditas, de diálogos y escritos entre los años 1933 y 1968. Entre éstos se encuentra el primer libro popular de Krishnamurti, leído extensamente por el público: La educación el significado de la vida, escrito bajo un gran roble en Ojai, California, y publicado en 1953 por Harper & Row, el editor que habría de continuar, por más de treinta años, publicando sus obras en Norteamérica. Su siguiente libro, La libertad primera y última, fue publicado en 1954 también por Harper & Row, con un largo prefacio de su amigo Aldous Huxley.

Los Comentarios sobre el vivir fueron manuscritos entre 1949 y 1955, sobre páginas sin márgenes, y carecen de correcciones o borraduras. Aldous Huxley había alentado a Krishnamurti a escribirlo, y el manuscrito, preparado por D. Rajagopal, se publicó en 1956. En esencia, es una crónica de las entrevistas de Krishnamurti con personas que venían para verlo y hablarle, y hay en estas páginas la sensación del encuentro de dos amigos que conversan y exploran sin vacilación ni temor. Los capítulos de esta obra se inician a menudo con una breve descripción del paisaje, del clima o de animales cercanos. Desde la simplicidad de este mundo natural se llega, con una fácil transición, al paisaje interno de confusión, ansiedad y creencias -las preocupaciones generales y personales que la gente traía a sus encuentros con Krishnamurti-. Algunas entrevistas no fueron publicadas en aquellos primeros tres volúmenes de Comentarios sobre el vivir, y aparecen aquí por primera vez. En parte de estas entrevistas no publicadas con anterioridad, Krishnamurti usó la expresión «pensamiento-sentimiento» para describir una respuesta unitaria. El Arte de vivir (Live Ahead) y El propósito de la educación (Think on These Things) fueron preparados en 1963 y 1964 por la amiga de Krishnamurti Mary Lutyens, y publicadas por Harper & Row. Estos dos libros contienen un compendio de seleccionadas preguntas y respuestas provenientes de conversaciones con los jóvenes; fueron tan bien recibidos, que ha llegado a considerárselos como clásicos religiosos y literarios. A estos libros siguió una extensa obra que abarca más de cincuenta volúmenes. Krishnamurti se consideraba personalmente poco importante e innecesario para el proceso de comprender la verdad, de vernos a nosotros mismos. En cierta ocasión, se atribuyó la condición de un teléfono, un mecanismo para ser usado por aquel que escuchaba. Dijo: Lo que dice quien les habla tiene poca importancia en sí mismo. Lo realmente importante es que la mente, sin esfuerzo alguno, esté tan atenta que se halle todo el tiempo en un estado de comprensión. Si no comprendemos y tan sólo escuchamos las palabras, nos llevaremos nada más que una serie de conceptos o ideas, estableciendo de un modo un patrón al cual trataremos entonces de ajustarnos en nuestras vidas cotidianas o en las así llamadas vidas espirituales. Podría ser útil, a medida que uno avanza en la lectura, estar alerta sobre el modo como Krishnamurti consideraba la relación entre dos personas en busca de la verdad. En 1981 dijo: Somos como dos amigos que, en un bello día, estamos sentados en el parque conversando sobre la vida, hablando de nuestros problemas, investigando la naturaleza misma de nuestra existencia, y preguntándonos seriamente por qué la vida se ha vuelto un problema tan grande, por qué, aunque intelectualmente somos muy refinados, nuestra vida cotidiana es tan penosa, tan carente de sentido, excepto para la supervivencia -la cual es más bien incierta-. ¿Por qué la vida, la existencia diaria, se ha convertido en una tortura semejante? Podemos acudir a la iglesia, seguir a algún líder político o religioso, pero la vida diaria es un desorden permanente; aunque haya ciertos períodos ocasionalmente gozosos, felices, nuestra vida se halla siempre rodeada por una nube de oscuridad. Y estos dos amigos, como lo somos ustedes y quien les habla, están discutiendo juntos de una manera cordial, quizá con afecto, con solicitud, con interés, si es de algún modo posible vivir nuestra vida cotidiana sin un solo problema.



PREGUNTAS Y RESPUESTAS - J.K. 26. LO VIEJO Y LO NUEVO -

 26. LO VIEJO Y LO NUEVO 

Pregunta: Cuando le escucho a usted, todo me parece claro y nuevo. En mi hogar, el viejo y sordo desasosiego se hace sentir. ¿Qué es lo que en mí anda mal? 

KRISHNAMURTI: ¿Qué es lo que efectivamente ocurre en nuestra vida? Hay constante reto y respuesta. Eso es la existencia, eso es la vida: constante provocación y respuesta. ¿No es así? El reto, siempre es nuevo, y la respuesta siempre es vieja. Lo encontré a usted ayer, y hoy viene usted a mí. Es diferente, ha cambiado, es un nuevo hombre. Pero yo tengo la imagen de usted tal cual era ayer. Absorbo, por lo tanto, lo nuevo en lo viejo. No me encuentro con usted de un modo nuevo, sino que tengo su imagen de ayer; de suerte que mi respuesta al reto presente es siempre condicionada. Aquí, por el momento, usted deja de ser brahmán, o cristiano, deja de ser casta superior, o lo que sea; se olvida de todo. No hace más que escuchar, absorto, tratando de descubrir. Mas cuando reasume su vida cotidiana, vuelve a ser usted lo que era: está de nuevo en su casta, su sistema, su empleo, su familia. Es decir, lo nuevo se ve siempre absorbido en lo viejo, en los viejos hábitos, costumbres, ideas, tradiciones, recuerdos. Lo nuevo nunca está presente, puesto que siempre hacéis frente a lo nuevo con lo viejo; el reto es nuevo, pero le hacéis frente con lo viejo. De modo que el problema, en este asunto, es éste: ¿cómo liberar el pensamiento de lo viejo, para que sea nuevo en todo momento? Cuando veis una flor, cuando veis un rostro, cuando veis el cielo, un árbol, una sonrisa, ¿cómo vais a hacerle frente de un modo nuevo? ¿Por qué no le hacemos frente de un modo nuevo? ¿Por qué es que lo pasado absorbe lo nuevo y lo modifica? ¿Por qué lo nuevo cesa cuando volvéis al hogar? 

Ahora bien, la vieja respuesta surge del pensador. ¿No es el pensador siempre lo viejo? Como vuestro pensamiento se basa en el pasado, cuando os encontráis con lo nuevo es el pensador quien le hace frente; es la experiencia de ayer que le hace frente. El pensador es siempre lo viejo. Volvemos, pues, al mismo problema de manera diferente: ¿cómo liberar la mente de sí mismo como pensador? ¿Cómo extirpar el recuerdo, no el recuerdo “factual” sino el recuerde psicológico, que es la acumulación de la experiencia? Porque, sin estar libre del residuo de la experiencia, no puede haber captación de lo nuevo. Ahora bien, el libertar el pensamiento, el estar libre del proceso de pensar y así hacer frente a lo nuevo, es arduo, ¿verdad? Porque todas nuestras creencias, todas nuestras tradiciones, todos nuestros métodos educativos, son un proceso de imitación, de copia, de “memorización”, de formar el receptáculo de la memoria. Esa memoria responde constantemente a lo nuevo; y a la respuesta de esa memoria llamamos “pensar”, y ese pensar hace frente a lo nuevo. ¿Cómo, pues, puede existir lo nuevo? Sólo cuando no hay residuo de la memoria puede haber lo nuevo, y hay residuo cuando la experiencia no está finalizada, concluida, terminada, es decir, cuando la comprensión de la experiencia es incompleta. Cuando la experiencia es completa, no hay residuo. Esa es la belleza de la vida. El amor no es residuo, el amor no es experiencia; es un estado de ser. El amor es enteramente nuevo. De suerte que nuestro problema es éste: ¿puede uno hacer frente a lo nuevo constantemente, aun en el hogar? Por cierto que sí. Para hacer eso hay que producir una revolución en el pensamiento, en el sentir, y sólo podéis ser libres cuando todo incidente es cabalmente pensado de instante en instante, cuando toda respuesta es plenamente comprendida, no mirada de un modo casual y luego desechada. Sólo se está libre de la acumulación de recuerdos cuando todo pensamiento, todo sentimiento, es completado, pensado cabalmente hasta el final. Es decir, cuando cada pensamiento y cada sentimiento es considerado acabadamente y concluye, hay un final; y entonces existe un intervalo entre ese final y el siguiente pensamiento. En ese intervalo de silencio hay renovación; la nueva “creatividad” se manifiesta.

Ahora bien, esto no es teórico ni impracticable. Si tratáis de captar por completo todo pensamiento y sentimiento, descubriréis que eso es extraordinariamente práctico en vuestra vida diaria; pues entonces sois nuevos, y lo que es nuevo es eterno, perdurable. Lo nuevo es creador, y ser creador es ser feliz; y a un hombre feliz no le importa ser rico o pobre, ni a qué casta, clase social o país pertenece. No tiene dirigentes, ni dioses, ni templos, ni iglesias y por lo tanto tampoco tiene disputas ni enemistad. Ese, por cierto, es el modo más práctico de resolver nuestras dificultades en el presente caos mundial. Es porque no somos creadores en el sentido en que uso ese término, que somos tan antisociales en todos los diferentes niveles de vuestra conciencia. Para ser muy práctico y eficaz en nuestras relaciones sociales, en nuestras relaciones con todo, uno debe ser feliz; y no puede haber felicidad si no hay terminación, no puede haber felicidad si hay un constante proceso de llegar a ser algo. En el finalizar hay renovación, renacimiento, novedad, lozanía, júbilo.

 Ahora bien, esto no es teórico ni impracticable. Si tratáis de captar por completo todo pensamiento y sentimiento, descubriréis que eso es extraordinariamente práctico en vuestra vida diaria; pues entonces sois nuevos, y lo que es nuevo es eterno, perdurable. Lo nuevo es creador, y ser creador es ser feliz; y a un hombre feliz no le importa ser rico o pobre, ni a qué casta, clase social o país pertenece. No tiene dirigentes, ni dioses, ni templos, ni iglesias y por lo tanto tampoco tiene disputas ni enemistad. Ese, por cierto, es el modo más práctico de resolver nuestras dificultades en el presente caos mundial. Es porque no somos creadores en el sentido en que uso ese término, que somos tan antisociales en todos los diferentes niveles de vuestra conciencia. Para ser muy práctico y eficaz en nuestras relaciones sociales, en nuestras relaciones con todo, uno debe ser feliz; y no puede haber felicidad si no hay terminación, no puede haber felicidad si hay un constante proceso de llegar a ser algo. En el finalizar hay renovación, renacimiento, novedad, lozanía, júbilo.


PREGUNTAS Y RESPUESTAS - J.K. 25.ACCIÓN SIN IDEA -

 25. ACCIÓN SIN IDEA 

Pregunta: Para que la verdad advenga, usted aboga por la acción sin idea. ¿Es posible actuar en todo momento sin idea, sin un propósito en vista? 

 KRISHNAMURTI: ¿Qué es actualmente nuestra acción? ¿Qué entendemos por acción? Hacer algo, ser, hacer; nuestra acción se basa en la idea, ¿verdad? Eso es todo lo que sabemos; tenemos ideas, ideales, promesas, diversas fórmulas acerca de lo que somos y lo que no somos. Esta es la base de nuestra acción: recompensa en el futuro o temor al castigo. Eso lo sabemos, ¿no es cierto? Tal actividad es aisladora, nos encierra en nosotros mismos. Tenéis una idea de la virtud, y de acuerdo con esa idea vivís, es decir, actuáis en la relación. En otros términos, para vosotros la relación colectiva o individual es acción hacia un ideal, hacia la virtud, hacia el propio logro, colectivo o individual, y lo demás. Cuando mi acción se basa en un ideal -que es idea- esa idea plasma mi acción, guía mi acción; ideas tales como “debo ser valiente”, “debo seguir el ejemplo”, “debo ser caritativo”, “debo tener conciencia social”, y lo demás. Todos decimos “hay un ejemplo de virtud que debo seguir”, lo cual una vez más significa “debo vivir de acuerdo con eso”. La acción, pues, se basa en esa idea. De suerte que entre acción e idea hay un intervalo, un proceso de tiempo, una separación. Eso es así, ¿verdad? Es decir, “no soy caritativo, no soy amoroso, no hay clemencia en mi corazón; pero, en mi sentir, debo ser caritativo”. Hay un intervalo entre lo que yo soy y lo que yo debiera ser, y todo el tiempo tratamos de tender un puente entre lo que yo soy y lo que debiera ser. Esa es nuestra actividad, ¿no es cierto? Ahora bien, ¿que acontecería si la idea no existiese? De golpe habríais suprimido el intervalo, la separación, ¿no es así? Serías lo que sois. Decís “soy feo, debo volverme bello”; ¿qué habré de hacer?, lo cual es acción basada en una idea. Decís “no soy compasivo, debo llegar a serlo”. Introducís, pues, la idea, separada de la acción. Por lo tanto nunca hay verdadera acción de lo que sois, y sí acción basada en el ideal de lo que seréis. El hombre estúpido dice siempre que habrá de volverse inteligente. Se sienta y trabaja, lucha por “llegar a ser”; nunca se detiene, nunca dice “soy estúpido”. Así, pues, su acción basada en una idea no es acción en absoluto. La acción significa hacer, moverse. Pero cuando tenéis ideas, sólo actúa la ideación, el proceso de pensamiento con relación a la acción. ¿Y qué sucedería si no hay idea? Vosotros sois lo que sois. Sois faltos de benevolencia, sois inclementes, sois crueles, estúpidos, irreflexivos, ¿podéis quedaros con eso? Si lo hacéis, ved entonces qué acontece. Cuando reconozco que no soy caritativo, que soy estúpido, ¿qué ocurre al darme cuenta de que ello es así? ¿Acaso no hay caridad, no hay inteligencia, cuando yo reconozco por completo la falta de caridad, no verbalmente, ni artificialmente, cuando me doy cuenta de que no soy caritativo y no soy afectuoso? ¿En ese mismo hecho, de ver “lo que soy”, no hay acaso amor? ¿No me vuelvo instantáneamente caritativo? Si yo veo la necesidad de estar limpio, es muy sencillo: voy y me lavo. Pero si es un ideal, eso de que yo debiera ser limpio, ¿qué ocurre entonces? Pues que entonces la limpieza es muy superficial, o se pospone. La acción basada en ideas es muy superficial. Ella no es en absoluto verdadera acción sino mera ideación, es tan sólo un proceso de pensamiento que prosigue. Mas la acción que transforma a los seres humanos, que trae regeneración, redención, transformación -llamadla como os plazca-, tal acción no se basa en ideas. Es acción con prescindencia de lo que le sigue, sea recompensa o castigo. Tal acción es atemporal, porque la mente no interviene en ella; y la mente es proceso de tiempo, proceso de cálculo, proceso de división, proceso de aislamiento.

Esta cuestión no se resuelve tan fácilmente. La mayoría de vosotros hace preguntas y espera por respuesta “sí” o “no”. Es fácil hacer preguntas como “¿qué quiere usted decir?”, y luego sentarse a oírme explicar. Pero mucho más arduo es descubrir la respuesta vosotros mismos, penetrar tan profunda y claramente en el problema, tan sin corrupción, que el problema cese. Y eso puede acontecer tan sólo cuando la mente está realmente silenciosa frente al problema. El problema es tan hermoso como una puesta de sol, si amáis el problema. Si sois antagonistas del problema, jamás comprenderéis. La mayoría de nosotros somos antagonistas porque estamos asustados del resultado, de lo que puede ocurrir si proseguimos, de suerte que perdemos la significación y alcance del problema. 

PREGUNTAS Y RESPUESTAS - J.K. 24. EL TIEMPO -

 24. EL TIEMPO 

Pregunta: ¿El pasado puede disolverse de inmediato, o ello invariablemente requiere tiempo?

 KRISHNAMURTI: Somos un resultado del pasado. Nuestro pensamiento se basa en el ayer, y en muchos miles de “ayeres”. Somos un producto del tiempo, y nuestras reacciones, nuestras actitudes presentes, son efecto acumulado de muchos miles de instantes, incidentes y experiencias. De modo que el pasado, para la mayor parte de nosotros, es el presente. Ese es un hecho innegable. Vosotros, vuestros pensamientos, vuestros actos, vuestras respuestas, son resultado del pasado.Ahora bien, el interlocutor quiere saber si ese pasado puede borrarse de inmediato; es decir, no con el andar del tiempo sino instantáneamente; o si, por el contrario, ese pasado acumulado requiere tiempo para que la mente se libre de él en el presente. Es importante comprender la pregunta: Siendo que cada uno de nosotros es resultado del pasado, con un fondo de innumerables influencias que varían y cambian constantemente, ¿es posible borrar todo ello, sin pasar por el proceso del tiempo? ¿Qué es el pasado? ¿Qué entendemos por “pasado”? No entendemos, ciertamente, el pasado cronológico. Entendemos, sin duda, las experiencias acumuladas, la acumulación de reacciones, recuerdos, tradiciones, conocimientos, el depósito subconsciente de innumerables pensamientos, sentimientos, influencias y respuestas. Con ese fondo mental no es posible comprender la realidad, porque la realidad no debe ser de tiempo alguno: ella es “atemporal”. No se puede comprender lo “atemporal” con una mente que es producto del tiempo. El interlocutor desea saber si la mente puede ser libertada, si esa mente -resultado del tiempo- puede instantáneamente dejar de ser; o si hay que pasar por una larga serie de exámenes y análisis y así librar la mente de su contenido.

La mente es el trasfondo; la mente es el resultado del tiempo; mente es el pasado, no el futuro. Ella puede proyectarse en el futuro, y utiliza el presente como tránsito hacia el futuro. De modo, pues, que haga lo que haga, sea cual sea su actividad -pasada, presente y futura-, la mente está siempre en la red del tiempo. ¿Es posible que la mente cese por completo, es decir, que el proceso del pensamiento llegue a su término? Hay, evidentemente, muchas capas en la mente. Lo que llamamos “conciencia” tiene muchos niveles, cada uno relacionado con otro, dependiente de otro, obrando unos sobre otros; y nuestra conciencia, en su totalidad, no sólo vivencia sino que denomina, emplea palabras y acumula los recuerdos. En eso consiste todo el proceso de la conciencia, ¿no es así? Cuando nos referimos a la conciencia, ¿no queremos acaso expresar que ella experimenta algo a lo que da un nombre, almacenando así esa experiencia en la memoria? Todo esto, en diferentes niveles, es la conciencia. ¿Y puede la mente, que es resultado del tiempo, ir paso a paso en un proceso de análisis para librarse del trasfondo? ¿O es posible estar enteramente libre del tiempo y mirar la realidad directamente?

 Muchos analistas dicen que, para estar libre del trasfondo, hay que examinar toda reacción, todo complejo, todo impedimento, toda obstrucción, lo cual representa, evidentemente, un proceso de tiempo. Ello significa que el analizador debe comprender lo que analiza y no interpretarlo erróneamente. Si interpreta mal lo que analiza, en efecto, llegará a conclusiones falsas, estableciendo con ello otro trasfondo. El analizador debe ser capaz de analizar sus pensamientos y sentimientos sin la más ligera desviación; y no debe equivocarse en ninguna etapa de su análisis, porque dar un paso en falso, llegar a una conclusión errada, significa establecer otro trasfondo siguiendo otra línea, en un nivel diferente. Y también surge este problema: ¿es el analizador diferente de lo que analiza? ¿No son el analizador y lo analizado un fenómeno conjunto? El experimentador y la experiencia son ciertamente un fenómeno conjunto; no son dos procesos separados. Veamos, pues, en primer término, en qué consiste la dificultad del análisis. Es casi imposible analizar el contenido integro de nuestra conciencia para ser libres mediante dicho proceso. Porque, después de todo, ¿quién es el analizador? El analizador no es diferente, aunque crea serlo, de aquello que analiza. Podrá separarse de lo que analiza, pero el analizador forma parte de lo que analiza. Surge en mí un pensamiento, un sentimiento; digamos, por ejemplo, que estoy encolerizado. La persona que analiza la cólera, la ira, no deja por ello de formar parte de la ira; el analizador y lo analizado son un fenómeno conjunto, no dos fuerzas o procesos separados. De ahí que sea incalculablemente grande la dificultad de analizarnos a nosotros mismos, de abrirnos, de leernos página a página, observando toda respuesta, toda reacción. ¿No es cierto? Ese no es, por consiguiente, el modo de librarnos de nuestro “trasfondo”. Tiene, entonces, que haber un camino más simple y directo; y eso es lo que vosotros y yo vamos a indagar. Para ello, empero, no debemos seguir adheridos a lo que es falso sino descartarlo. El análisis, pues, no es el camino a seguir; debemos desechar el proceso de análisis. ¿Qué os queda, entonces? Estáis habituados tan sólo al análisis, ¿verdad? El hecho de que el observador observe -siendo el observador y lo observado un solo fenómeno- y de que el observador intente analizar lo que observa, no lo librará de su trasfondo. Si ello es así -y lo es- vosotros abandonaréis ese proceso, ¿no es cierto? Si veis que se trata de un enfoque falso, si os dais cuenta no sólo intelectualmente, sino realmente, de que ese es un proceso falso, ¿que ocurrirá con vuestro análisis? Dejaréis de analizar, ¿no es así? ¿Entonces qué os queda? Observad, seguid esto y veréis cuán rápida y prontamente uno puede verse libre de su trasfondo. Si aquel no es el camino, ¿qué otra cosa os queda? ¿Cuál es, entonces, el estado de la mente que está acostumbrada al análisis, a la indagación, a la disección y demás? Si ese proceso cesa, ¿cuál es el estado de vuestra mente?

Diréis que la mente queda en blanco. Penetrad ahora un poco más en esa mente vacía. En otros términos: cuando descartáis lo que ya os es conocido por ser falso, ¿qué le ha ocurrido a vuestra mente? Después de todo, ¿qué habéis descartado? Habéis descartado el falso proceso que era una consecuencia de vuestro trasfondo. ¿No es así? De un soplo, por así decirlo, habéis descartado todo eso. Vuestra mente, por lo tanto -cuando dejáis a un lado el proceso de análisis con todo lo que él implica, cuando veis que es falso-, queda libre del ayer y se capacita para captar directamente, sin pasar por el proceso del tiempo. Y con ello descarta en seguida su trasfondo.

 Expresemos todo esto de diferente manera: el pensamiento es resultado del tiempo, ¿no es cierto? El pensamiento es un producto del medio ambiente, de las influencias sociales y religiosas, lo cual forma parte del tiempo. Ahora bien: ¿puede el pensamiento estar libre del tiempo? Es decir, el pensamiento -que es resultado del tiempo- ¿puede cesar y quedar libre del proceso del tiempo? El pensamiento puede ser dominado, regulado; pero esa regulación sigue estando en la esfera del tiempo, de modo que nuestra dificultad es ésta: ¿cómo puede una mente que es resultado del tiempo, de muchos miles de “ayeres”, quedar instantáneamente libre de ese trasfondo complejo? Ello os es posible en el presente, no en el mañana; os es posible en el “ahora”. Lo podréis si os dais cuenta de lo que es falso; y lo falso es evidentemente el proceso analítico, que es lo único que tenemos. Cuando el proceso analítico haya cesado completamente -no por coacción sino comprendiendo la inevitable falsedad de ese proceso-, hallaréis que vuestra mente está completamente disociada del pasado. Ello no significa que no reconozcáis el pasado, sino que en vuestra mente ya no hay comunión directa con el pasado. La mente puede, pues, librarse del pasado instantáneamente, ahora; y esta disociación del pasado, esta completa emancipación del ayer -no en un sentido cronológico sino psicológico- no sólo es posible sino que es la única manera de comprender la realidad.

Dicho de un modo más sencillo: ¿cuál es el estado de vuestra mente cuando queréis comprender algo? Cuando deseáis comprender a uno de vuestros niños, a cualquier persona, o comprender algo que alguien dice, ¿cuál es vuestro estado mental? No analizáis, ni criticáis, ni juzgáis lo que esa persona dice; escucháis, simplemente. ¿No es así? Vuestra mente se halla en un estado en que el proceso de pensar no es activo, pero sí muy alerta. Y en ese estado de alerta el tiempo no existe, ¿verdad? Sólo estáis atentos, alertas, pasivamente receptivos, y sin embargo plenamente conscientes; y es sólo en ese estado que hay comprensión. Cuando la mente está agitada, preocupada, con ánimo de inquirir, de disecar, de analizar, no hay comprensión. Cuando con toda intensidad se quiere comprender, la mente, sin duda alguna, está tranquila. Esto, por supuesto, habréis de experimentarlo; no lo creáis tan sólo porque yo lo digo. Pero podéis ver que, cuanto más y más analicéis, menos y menos comprenderéis. Podréis entender determinados sucesos o experiencias; pero no podréis vaciar vuestra conciencia de todo su contenido mediante el proceso analítico. Sólo podrá ser vaciada cuando veáis cuán falso es enfocar el problema a través del análisis. Cuando veáis lo falso como tal empezaréis a percibir lo que es verdadero; y es la verdad que os librará de vuestro trasfondo.