CAPÍTULO 12 - EL TEDIO Y EL INTERÉS -

 12. EL TEDIO Y EL INTERÉS

 Pregunta: Yo no estoy interesado en nada, pero la mayoría de la gente anda ocupada con muchos intereses. No tengo necesidad de trabajar, y por lo tanto no lo hago. ¿Debo emprender algún trabajo útil?

 KRISHNAMURTI: ¿Debo dedicarme al servicio social, a la acción política, o a la vida religiosa? ¿Es eso, no? ¿Como usted no tiene otra cosa que hacer, se hace reformador? Señor, si nada tiene usted que hacer, si está aburrido, ¿por qué no estarlo? ¿Por qué no ser eso? Si estáis sumidos en la aflicción, estad afligidos. No tratéis de hallarle una salida. Porque el que estéis fastidiados, aburridos, tiene un significado inmenso, si es que podéis comprenderlo, vivirlo. Pero si decís “estoy aburrido, y por lo tanto voy a hacer otra cosa”, lo único que hacéis es tratar de escapar al aburrimiento. Y como casi todas nuestras actividades son evasiones; hacéis mucho daño en el terreno social y en todos los otros. El daño es mucho mayor cuando escapáis que cuando sois lo que sois y os quedáis con el tedio. La dificultad estriba en quedarse con el tedio y no en huir; y como la mayoría de nuestras actividades son un proceso de evasión, os resulta inmensamente difícil dejar de escapar y hacer frente al tedio. Así, pues, me alegro de que usted esté realmente aburrido, y le digo: punto final, quedémonos ahí y examinemos el asunto. ¿Por qué habría usted de hacer algo? Si estáis aburridos, ¿por qué lo estáis? ¿Qué es eso que llamáis aburrimiento? ¿Por qué es que nada os interesa? Tiene que haber causas y razones por las cuales estáis sin ánimo los sufrimientos, las escapatorias, las creencias, la actividad incesante, os han oscurecido la mente y endurecido el corazón. Pero si pudierais descubrir por qué estáis aburridos, qué carecéis de interés, entonces, seguramente, podríais resolver el problema. ¿No es así? Entonces, despierto, funcionará el interés. Pero si no os interesa el porqué de vuestro aburrimiento, no podéis interesaros a la fuerza en una actividad, simplemente para hacer algo, como una ardilla que da vueltas en una jaula. Yo sé que esta es la clase de actividad a que se entrega la mayoría de nosotros. Sin embargo, podemos descubrir en nuestro fuero interior, psicológicamente, por qué nos hallamos en ese estado de total aburrimiento; podemos ver por qué se halla en ese estado la mayoría de nosotros: nos hemos agotado emocional y mentalmente, hemos probado tantas cosas, tantas sensaciones, tantas diversiones, tantos experimentos, que nos hemos entorpecido y hastiado. Ingresamos a una agrupación, hacemos todo lo que se nos pide, y luego la abandonamos; entonces pasamos a otra cosa y la probamos. Si fracasamos con un psicólogo, recurrimos a otra persona o a un sacerdote; si allí fracasamos, recurrimos a otro instructor, y así sucesivamente; siempre seguimos en movimiento. Este constante proceso de esforzarse y aflojar es agotador, ¿verdad? Como todas las sensaciones, no tarda en oscurecer la mente. Esto es lo que hemos hecho: hemos ido de sensación en sensación, de una excitación a otra, hasta llegar a un punto en que estamos realmente agotados.

Ahora bien, dándoos cuenta de ello, no prosigáis: tomad un descanso. Aquietaos. Dejad que la mente se fortalezca a sí misma. No la forcéis. Así como la tierra se renueva durante el invierno, así también se renueva la mente cuando se le permite aquietarse. Pero es muy difícil permitir que la mente se aquiete, que permanezca en barbecho después de todo esto, ya que la mente desea en todo momento hacer algo. Y cuando lleguéis al punto en que realmente aceptáis ser lo que sois -aburridos, feos, horribles, lo que fuere-, entonces hay una posibilidad de habérosla con todo ello. ¿Qué ocurre cuando aceptáis algo, cuando aceptáis lo que sois? Cuando aceptáis ser lo que sois, ¿dónde está el problema? El problema existe únicamente cuando no aceptamos una cosa tal cual es, y deseamos transformarla, lo cual no significa que yo abogue por la resignación; al contrario. Si aceptamos lo que somos, entonces vemos que la cosa que nos aterraba, la cosa que llamábamos aburrimiento, desesperación, miedo, ha sufrido un cambio completo. Hay una transformación completa de la cosa que nos infundió temor. Por eso es importante, como ya lo dije, que se comprenda el proceso, las modalidades de nuestro propio pensar. El conocimiento propio no puede adquirirse por intermedio de nadie, ni de ningún libro, ni de ninguna confesión, psicología o psicoanalista. Tiene que ser descubierto por vosotros mismos, porque es nuestra vida; y sin ampliar y ahondar ese conocimiento del “yo”, hagáis lo que hagáis, así alteréis cualesquiera de las circunstancias e influencias externas o internas, ello será siempre una fuente de desesperación, de pena y de dolor.

 Para ir más allá de las actividades en que la mente se encierra a sí misma, tenéis que comprenderlas; y el comprenderlas significa darse cuenta de la acción en la vida de relación: relación con las cosas, con las personas y con las ideas. En esa vida de relación, que es el espejo, empezamos a vernos a nosotros mismos sin condenación ni justificación; y partiendo de ese conocimiento más amplio y profundo de las modalidades de nuestra mente, es posible proseguir adelante. Entonces es posible que la mente esté quieta y reciba aquello que es lo real.

CAPÍTULO 10 - CONTINUACIÓN - EL MIEDO -

 CAPÍTULO X 

EL MIEDO

 ¿Qué es el miedo? El miedo sólo puede existir con relación a algo, no aisladamente. ¿Cómo puedo tenerle miedo a la muerte, cómo puedo tener miedo de algo que no conozco? Sólo puedo tener miedo de algo que conozco. Cuando digo que la muerte me da miedo, ¿temo realmente a lo desconocido -o sea a la muerte- o tengo miedo de perder lo que he conocido? Mi miedo no es a la muerte, sino a perder mi asociación con las cosas que me pertenecen. Mi miedo existe siempre en relación con lo conocido, no con lo desconocido. Voy a averiguar cómo se está libre de miedo a lo conocido, es decir, del miedo de perder mi familia, mi reputación, mi carácter, mi cuenta bancaria, mis apetitos, etc. Podréis decir que el miedo surge de la conciencia; pero vuestra conciencia está formada por vuestro condicionamiento, de modo que la conciencia sigue siendo el resultado de lo conocido. ¿Qué es lo que yo conozco? Conocer es tener ideas, opiniones sobre las cosas, tener un sentido de continuidad de lo conocido, y nada más. Las ideas son recuerdos, resultados de la experiencia, la cual es respuesta al reto. Siento temor de lo conocido, lo que significa que temo perder personas, cosas o ideas, que temo descubrir lo que soy, que temo hallarme sin saber qué hacer, que temo el dolor que pudiera sobrevenir cuando haya perdido o no haya ganado, o no tenga más placer. Existe el miedo al dolor. El dolor físico es la respuesta nerviosa, pero el dolor psicológico se produce cuando me aferro a las cosas que me brindan satisfacción, pues entonces tengo miedo de quienquiera o de cualquier cosa que pueda quitármelas. Las acumulaciones psicológicas impiden el dolor psicológico mientras río se las perturba; esto es, yo soy un manojo de acumulaciones, de experiencias, lo cual impide cualquier forma seria de perturbación; y no quiero ser perturbado. Siento temor, por lo tanto, de quienquiera las perturbe. Mi miedo es así a lo conocido; siento temor de las acumulaciones -físicas o psicológicas- que he adquirido como medio de evitar el dolor o de impedir el sufrimiento. Pero el sufrimiento está en el proceso mismo de acumular para evitar el dolor psicológico. El conocimiento también ayuda a impedir el dolor. Así como la ciencia médica ayuda d evitar el dolor físico, las creencias ayudan a evitar el dolor psicológico, y es por eso que temo perder mis creencias, aunque no posea un conocimiento perfecto ni prueba concreta de la realidad de tales creencias. Puede que yo rechace algunas de las creencias tradicionales que me han sido inculcadas, porque mi propia experiencia me da fuerza, confianza, comprensión; pero tales creencias, y los conocimientos que he adquirido, son fundamentalmente lo mismo: un medio de evitar el dolor, el sufrimiento.

El miedo existe mientras hay acumulación de lo conocido, lo cual engendra temor de perder. El miedo a lo desconocido es por tanto el temor de perder las cosas conocidas que he acumulado. La acumulación invariablemente significa temor, el cual a su vez significa dolor; y en el momento en que digo “no debo perder”, hay miedo. Aunque mi intención al acumular sea la de evitar el sufrimiento, éste es inherente al proceso de la acumulación. Las cosas mismas que yo poseo engendran miedo, es decir, dolor. La semilla de la defensa engendra la ofensa. Deseo seguridad física; establezco así un gobierno soberano, el cual necesita fuerzas armadas; y éstas significan guerra, la cual destruye la seguridad. Donde hay deseo de autoprotección, hay miedo. Cuando me doy cuenta de la falacia de reclamar seguridad, ya no acumulo. Si decís que veis eso pero que no podéis evitar de acumular, es porque en realidad no veis que, inherentemente, en la acumulación hay dolor. El miedo existe en el proceso de la acumulación, y la creencia en algo forma parte del proceso acumulativo. Mi hijo muere, y yo creo en la reencarnación para que me impida psicológicamente tener más dolor; pero en el proceso mismo de creer hay duda. Exteriormente acumulo cosas, y traigo guerra; interiormente acumulo creencias y traigo dolor. Mientras yo quiera estar en seguridad, tener cuentas bancarias, placeres, etc., mientras quiera llegar a ser algo, fisiológica o psicológicamente, tiene que haber dolor. Las cosas mismas que haga para evitar el dolor me traen miedo, dolor.

 El miedo surge cuando deseo adecuarme a una determinada norma de conducta. Vivir sin miedo significa vivir sin una norma determinada. Cuando exijo determinada manera de vivir, eso es en sí mismo una fuente de temor. Mi dificultad es mi deseo de vivir en un molde determinado. ¿No puedo romper el molde? Sólo puedo hacer tal cosa cuando veo la verdad: que el molde causa temor, y que este temor fortalece el molde. Si yo digo que debo romper el molde porque deseo estar libre de temor, entonces no hago más que seguir otro patrón, el cual causará más temor. Toda acción de mi parte, basada en el deseo de romper el molde, sólo creará un nuevo patrón y por lo tanto miedo. ¿Cómo habré de romper el molde sin causar miedo, es decir, sin ninguna acción consciente o inconsciente de parte mía con relación a aquélla? Esto significa que no debo actuar, no debo hacer movimiento alguno para romper con la norma. ¿Qué me ocurre, pues, cuando miro simplemente el patrón de conducta sin hacer nada a su respecto? Yo veo que la mente es en sí el molde, el patrón; vive en el patrón habitual que se ha creado. De suerte que la mente misma es miedo. Cualquier cosa que la mente haga, contribuye a fortalecer un viejo patrón de conducta o a fomentar uno nuevo. Esto significa que todo lo que la mente hace para despojarse del miedo, causa miedo.

El miedo encuentra diversas escapatorias. La variedad corriente es la identificación. ¿No es cierto? Identificación con la patria, con la sociedad, con una idea. ¿No habéis notado cómo respondéis cuando veis un desfile -desfile militar o procesión religiosa- o cuando el país está en peligro de ser invadido? Entonces os identificáis con el país, con una persona, con una ideología. Otras veces os identificáis con vuestro hijo, con vuestra esposa, con determinada forma de acción o de inacción. La identificación es, pues, un proceso de olvido de sí mismo. Mientras yo tengo conciencia del “yo”, sé que hay dolor, que hay lucha, que hay constante temor. Mas si puedo identificarme con algo más grande, con algo que valga la pena, con la ‘belleza, con la vida, con la verdad, con la creencia, con el conocimiento, al menos temporariamente, hay una evasión del “yo”. ¿No es así? Si hablo de mi patria, me olvido de mí mismo temporariamente. ¿Verdad? Si puedo decir algo acerca de Dios, me olvido de mí mismo. Si puedo identificarme con mi familia, con un grupo, con determinado partido, con cierta ideología, entonces hay evasión temporaria. La identificación es una forma de escapar al “yo” en igual grado que la virtud es una forma de eludir el “yo”’ El hombre que persigue la virtud se evade del “yo” y tiene una mente estrecha. Esa no es una mente virtuosa, pues la virtud es algo que no puede ser perseguido. Cuanto más tratáis de llegar a ser virtuosos, tanto mayor es el vigor, la seguridad que dais al “yo”. De suerte que el miedo, común a la mayoría de nosotros en diferentes formas, tiene siempre que hallar una substitución, y por lo tanto ha de acrecentar nuestra lucha. Cuanto más os identificáis con una substitución mejor es la fuerza para aferraros a aquello por lo cual estáis dispuestos a luchar, a morir; porque el miedo es lo que influye. ¿Sabemos ahora qué es el miedo? ¿No es la no aceptación de lo que ese Debemos comprender la palabra “aceptación”. No estoy empleando esa palabra en el sentido del esfuerzo que se hace por aceptar. No es cuestión de aceptar cuando soy capaz de ver lo que es. Cuando no veo claramente lo que es, entonces hago surgir el proceso de la aceptación. De suerte que el miedo es la no aceptación de lo que es. ¿Cómo puedo yo, que soy un manojo de todo estas reacciones, respuestas, recuerdos, esperanzas, depresiones, frustraciones, que soy el resultado del movimiento de la conciencia obstruida, ir más allá? ¿Puede la mente, sin esta obstrucción y estorbo, ser consciente? Sabemos qué extraordinario júbilo se produce cuando no hay estorbo. Bien sabéis que, cuando el cuerpo está en perfecta salud, hay cierto gozo y bienestar. ¿Y acaso no sabéis, cuando la mente está completamente libre, sin obstrucción alguna, cuando el centro de reconocimiento -el “yo”- no está ahí, que experimentáis cierto júbilo? ¿No habéis vivido ese estado en que el “yo” está ausente? Por cierto que todos lo hemos vivido. Sólo hay comprensión y liberación del “yo” cuando puedo mirarlo completa e integralmente como un todo; y eso puedo hacerlo únicamente cuando comprendo el proceso integro de toda actividad nacida del deseo, que es la expresión misma del pensamiento -el pensamiento no es diferente del deseo-, sin justificarlo, sin condenarlo, sin reprimirlo. Si eso puedo comprenderlo, entonces sabré que existe la posibilidad de ir más allá de las restricciones del “yo”.


CAPÍTULO 9 - La vida de relación - continuación -

 9. LA VIDA DE RELACIÓN

Pregunta: A menudo ha hablado usted de la vida de relación. ¿Qué significa para usted?

 KRISHNAMURTI: En primer término, no hay ser alguno que esté aislado. Ser es estar en relación, y sin relación no hay existencia. ¿Qué entendemos por relación? Es la conexión entre el reto y la respuesta en el trato de dos personas, de vosotros conmigo; es el reto que vosotros lanzáis y que yo acepto o al cual respondo; también el reto que yo os lanzo. La relación de dos personas crea la sociedad; la sociedad no es independiente de vosotros y de mí; la masa no es por sí misma una entidad separada, sino que vosotros y yo, en nuestra mutua relación, creamos la masa, el grupo, la sociedad. La relación es el darse cuenta de la conexión existente entre dos personas. ¿En qué se basa por lo general esa relación? ¿No se basa acaso en la llamada “interdependencia”, en la ayuda mutua? Decimos por lo menos que ella es ayuda mutua, auxilio mutuo, y así sucesivamente; pero en realidad, independientemente de las palabras, de la resistencia emocional que ofrecemos los unos a los otros, ¿en qué se basa la relación? En la mutua satisfacción, ¿no es así? Si yo no os agrado, prescindís de mí; si yo os agrado, me aceptáis como esposa, vecino o amigo. Ese es el hecho. ¿Qué es lo que llamáis “familia”? Evidentemente, es una relación de intimidad, de comunión. En vuestra familia, en la relación con vuestra esposa, con vuestro esposo, ¿existe comunión? Eso, por cierto, es lo que entendemos por relación, ¿verdad? La relación significa comunión en la que no hay temor, libertad para comprenderse el uno al otro, para comunicarse al instante. Es obvio que la relación significa eso, estar en comunión con otro. ¿Lo estáis vosotros? ¿Estáis en comunión con vuestra esposa? Tal vez lo estéis físicamente, pero eso no es relación. Vosotros y vuestra esposa vivís en lados opuestos de un muro de aislamiento, ¿no es así? Tenéis vuestros propios empeños, vuestras ambiciones, y ella tiene los suyos. Vivís detrás del muro y de vez en cuando miráis por encima de él, y a eso le llamáis “relación”. Eso es un hecho, ¿verdad? Podéis magnificarlo, suavizarlo, introducir un nuevo juego de palabras para describirlo, pero el hecho es ése: que vosotros y los que os rodean vivís aislados, y a esa vida en aislamiento le llamáis “relación”. Si hay verdadera relación entre dos personas, lo cual significa que entre ellas hay comunión, entonces las implicaciones son enormes. Entonces no hay aislamiento; hay amor y no responsabilidad o deber. Las personas que se aíslan detrás de sus muros son las que hablan de deber y responsabilidad. El hombre que ama, no habla de responsabilidad, ama. Por lo tanto comparte con otro su júbilo, su pena, su dinero. ¿Son así vuestras familias? ¿Existe comunión directa con vuestra esposa, con vuestros hijos? Es obvio que no. Por consiguiente la familia es un mero pretexto para continuar con vuestro nombre y tradición, para que ella os dé lo que deseáis, en lo sexual o en lo psicológico, de suerte que la familia llega a ser un medio de autoperpetuación, de prolongar vuestro nombre. Esa es una clase de inmortalidad, de permanencia. La familia también se utiliza como medio de satisfacción. Yo exploto a los demás sin piedad, en el mundo de los negocios, en el mundo exterior político o social; y en el hogar procuro ser bueno y generoso. ¡Qué absurdo! O bien el mundo me agobia y quiero paz, y me voy a casa. En el mundo exterior yo sufro; me voy a casa y trato de hallar consuelo. Utilizo, pues, la relación como medio de satisfacción, lo cual significa que no me quiero ver perturbado por mis relaciones. De suerte que la relación se busca donde hay mutua satisfacción, halago. Donde no halláis esa satisfacción, cambiáis de relaciones; o bien os divorciáis, o continuáis juntos pero buscáis satisfacción en otra parte, hasta hallar lo que buscáis, es decir, satisfacción, halago, y una sensación de estar protegidos y cómodos. Después de todo, esa es nuestra vida de relación en el mundo; y así es, en realidad. Se busca la relación donde pueda haber seguridad, donde vosotros como individuos podáis vivir en un estado de seguridad, en un estado de satisfacción, en un estado de ignorancia, todo lo cual causa siempre conflicto, ¿no es así? Si vosotros no me satisfacéis y yo busco satisfacción, es natural que haya conflicto, porque ambos buscamos seguridad el uno en el otro; y cuando esa seguridad se torna incierta, os ponéis celosos, os volvéis violentos, posesivos, y lo demás. La relación, pues, conduce a la posesión, a la condenación, a las exigencias autoafirmativas de seguridad, de comodidad y de satisfacción; y en eso, naturalmente, no hay amor. Hablamos de amor, hablamos de responsabilidad, de deber, pero en realidad no hay amor; la realización se basa en la satisfacción, de lo cual vemos el efecto en la civilización actual. El modo como tratamos a nuestras esposas, a nuestros hijos, a los vecinos y amigos, es un indicio de que en nuestra vida de relación no hay realmente nada de amor. Ella es mera búsqueda de satisfacción. Y siendo ello así, ¿qué objeto tiene entonces la relación? ¿Cuál es su significación esencial? Si os observáis a vosotros mismos en relación con los demás, ¿no encontráis que la relación es un proceso de autorrevelación? ¿Mi contacto con vosotros no revela acaso el estado de mi propio ser, si me doy cuenta, si estoy bastante alerta para tener conciencia de mi propia reacción en la vida de relación? La relación es realmente un proceso de revelación de uno mismo, es decir, un proceso de conocimiento propio; y en esa revelación hay muchas cosas desagradables, pensamientos y actividades inquietantes, molestos. Como no me gusta lo que descubro, huyo de una relación que no es agradable hacia una relación que sea grata. La relación, por lo tanto, tiene muy poco sentido cuando sólo buscamos satisfacción mutua; pero se vuelve en extremo significativa cuando es un medio de revelación y conocimiento de uno mismo. Después de todo, en el amor no hay relación, ¿verdad? Sólo cuando amáis algo y esperáis retribución de vuestro amor, hay una relación. Cuando amáis, es decir, cuando os entregáis a algo enteramente, plenamente, entonces no hay relación. Si realmente amáis, si existe un amor así surge entonces algo maravilloso. En semejante amor no hay razonamiento, no existe el uno y el otro, hay unidad completa. Es un estado de integración, un completo ser. Esos momentos tan raros, dichosos, jubilosos, existen, entonces hay completo amor, comunión total. Lo que generalmente ocurre es que lo importante no es el amor sino el otro, el objeto del amor; aquel a quien se da el amor se vuelve lo importante, no el amor en sí. Por diversas razones, ya sean biológicas o verbales, o por un deseo de satisfacción, de consuelo, y lo demás, el objeto del amor llega entonces a ser lo importante; y el amor se aleja. Entonces la posesión, los celos y las exigencias causan conflicto, y el amor se aleja cada vez más; y cuanto más se aleja, tanto más el problema de la relación pierde su significación, su valor y su sentido. Por eso el amor es una de las cosas más difíciles de comprender. No puede provenir de una urgencia intelectual, no puede ser fabricado por diversos métodos, medios y disciplinas. Es un estado de ser cuando las actividades del “yo” han cesado; pero ellas no cesarán si simplemente las reprimís, las rehuís o las disciplináis. Es preciso que comprendáis las actividades del “yo” en todas las diferentes capas de la conciencia. Hay momentos en que realmente amamos, en que no hay pensamiento ni móvil; pero esos momentos son muy raros. Y es porque son raros que nos aferramos a ellos en el recuerdo y así creamos una barrera entre la viviente realidad y la acción de nuestra existencia diaria. Para comprender la vida de relación es importante comprender primero lo que es, lo que realmente está ocurriendo en nuestra vida, en todas las diferentes formas sutiles; y también lo que la relación significa en realidad. La relación es autorrevelación. Es porque no queremos revelarnos a nosotros mismos que nos refugiamos en la comodidad, y entonces la relación pierde su extraordinaria hondura, significación y belleza. Sólo puede haber verdadera relación cuando hay amor, pero el amor no es la búsqueda de satisfacción. El amor existe tan sólo cuando hay olvido de uno mismo, cuando hay completa comunión, no entre uno o dos sino comunión con lo supremo; y eso sólo puede acontecer cuando se olvida el “yo”.

LA GUERRA - CAPÍTULO 10 - CONTINUACIÓN -

10. LA GUERRA

 Pregunta: ¿Cómo podemos resolver, nuestro caos político actual y la crisis del mundo? ¿Hay algo que un individuo pueda hacer para atajar la guerra que se avecina? KRISHNAMURTI: La guerra es la proyección espectacular y sangrienta de nuestra vida diaria, ¿no es así? La guerra es una mera expresión externa de nuestro estado interno, una amplificación de nuestra actividad diaria. Es más espectacular, más  sangrienta, más destructiva, pero es el resultado colectivo de nuestras actividades individuales. De suerte que vosotros y yo somos responsables de la guerra, ¿y qué podemos hacer para detenerla? Es obvio que la guerra que nos amenaza constantemente no puede ser detenida por vosotros ni por mi porque ya está en movimiento; ya está desencadenándose, aunque todavía en el nivel psicológico principalmente. Como ya está en movimiento, no puede ser detenida; los puntos en litigio son demasiados, excesivamente graves, y la suerte ya está echada. Pero vosotros y yo, viendo que la casa está ardiendo, podemos comprender las causas de ese incendio, alejamos de él y edificar en un nuevo lugar con materiales diferentes que no sean combustibles, que no produzcan otras guerras. Eso es todo lo que podemos hacer. Vosotros y yo podemos ver qué es lo que engendra las guerras, y si nos interesa detenerlas, podemos empezar a transformamos a nosotros mismos, que somos las causas de la guerra. Una señora americana vino a verme hace un par de años, durante la guerra. Me dijo que había perdido a su hijo en Italia y que tenía otro hijo de dieciséis años al que quería salvar; de suerte que charlamos del asunto. Yo le sugerí que para salvar a su hijo debía dejar de ser americana; debía dejar de ser codiciosa, de acumular riquezas, de buscar el poder y la dominación, y ser moralmente sencilla, no sólo sencilla en cuanto a vestidos, a las cosas externas, sino sencilla en sus pensamientos y sentimientos, en su vida de relación. Ella dijo: “Eso es demasiado. Me pide usted demasiado. Yo no puedo hacer eso, porque las circunstancias son demasiado poderosas para que yo las altere”. Por lo tanto, resultaba responsable  de la destrucción de su hijo. Las circunstancias pueden ser dominadas por nosotros, porque nosotros hemos creado las circunstancias. La sociedad es el producto de la relación; de vuestras relaciones y las mías, de todas ellas juntas. Si cambiamos en nuestra vida de relación, la sociedad cambia. El confiar únicamente en la legislación, en la compulsión, para la transformación externa de la sociedad mientras interiormente seguimos siendo corrompidos, mientras en nuestro fuero íntimo continuamos en busca del poder, de las posiciones, de la dominación, es destruir lo externo, por muy cuidadosa y científicamente que se lo haya construido. Lo que es del fuero íntimo se sobrepone siempre a lo externo. ¿Qué es lo que causa la guerra religiosa, política o económica? Es evidente que la creencia, ya sea en el nacionalismo, en una ideología o en un dogma determinado. Si en vez de creencias tuviéramos buena voluntad, amor y consideración entre nosotros, no habría guerras. Pero se nos alimenta con creencias, ideas y dogmas, y por lo tanto, engendramos descontento. La presente crisis, por cierto, es de naturaleza excepcional, y nosotros, como seres humanos, o tenemos que seguir el sendero de los conflictos constantes y continuas guerras, que son el resultado de nuestra acción cotidiana, o de lo contrario ver las causas de la guerra y volverles la espalda. Lo que causa la guerra, evidentemente, es el deseo de poder, de posición, de prestigio, de dinero, como asimismo la enfermedad llamada nacionalismo -el culto de una bandera- y la enfermedad de la religión organizada, el culto de un dogma. Todo eso es causa de guerra; y si vosotros como individuos pertenecéis a cualquiera de las religiones organizadas, si sois codiciosos de poder, si sois envidiosos, forzosamente produciréis una sociedad que acabará en la destrucción. Nuevamente: ello depende de vosotros y no de los dirigentes, no de los llamados hombres de Estado, ni de ninguno de los otros. Depende de vosotros y de mí, pero no parecemos darnos cuenta de ello. Si por una vez sintiéramos realmente la responsabilidad de nuestros propios actos, ¡cuán pronto podríamos poner fin a todas estas guerras, a toda esta miseria aterradora! Pero, como veis, somos indiferentes. Comemos tres veces al día, tenemos nuestros empleos, nuestra cuenta bancaria, grande o pequeña, y decimos: “por el amor de Dios, no nos moleste, déjenos tranquilos”. Cuanto más alta es nuestra posición, más deseamos seguridad, permanencia, tranquilidad, menos injerencia admitimos, y más deseamos mantener las cosas fijas, como están; pero ellas no pueden mantenerse como están, porque no hay nada que mantener. Todo se desintegra. No queremos hacer frente a estas cosas, no queremos encarar el hecho de que vosotros y yo somos responsables de las guerras. Vosotros y yo charlamos de paz, nos reunimos en conferencias, nos sentamos en torno a una mesa y discutimos; pero en nuestro fuero íntimo, en lo psicológico, deseamos poder y posición, y nos mueve la codicia. Intrigamos, somos nacionalistas; nos atan las creencias, los dogmas, por los cuales estamos dispuestos a morir y a destruirnos unos a otros. ¿Creéis que semejantes hombres -vosotros y yo- podemos tener paz en el mundo? Para que haya paz, debemos ser pacíficos; vivir en paz significa no crear antagonismos. La paz no es un ideal. Para mí un ideal es simple evasión, un modo de eludir lo que es, una contradicción con lo que es. Un ideal impide la acción directa sobre lo que es. Mas para que haya paz tendremos que amar, tendremos que empezar, no a vivir una vida ideal sino a ver las cosas como son y obrar sobre ellas, a transformarlas. Mientras cada uno de nosotros busque seguridad psicológica, la seguridad fisiológica que necesitamos -alimento, vestido y albergue- se ve destruida. Andamos en busca de seguridad psicológica, que no existe; y, si podemos, la buscamos por medio del poder, de la posición, de los títulos, de los nombres, todo lo cual destruye la seguridad física. Esto, cuando se lo considera, resulta un hecho evidente.

Para traer paz al mundo, por lo tanto, para detener todas las guerras, tiene que haber una revolución en el individuo, en vosotros y en mí. La revolución económica sin esta revolución interna carece de sentido, pues el hambre es el resultado del defectuoso ajuste de las condiciones económicas producido por nuestros estados psicológicos: codicia, envidia, mala voluntad y espíritu de posesión. Para poner fin al dolor, al hambre, a la guerra, es preciso que haya una revolución psicológica, y pocos de nosotros están dispuestos a enfrentar tal cosa. Discutiremos sobre la paz, proyectaremos leyes, crearemos nuevas ligas, las Naciones Unidas, y lo demás. Pero no lograremos la paz porque no queremos renunciar a nuestra posición, a nuestra autoridad, a nuestros dineros, a nuestras propiedades, a nuestra estúpida vida. Confiar en los demás es absolutamente vano; los demás no nos traerán la paz. Ningún dirigente, ni gobierno, ni ejército, ni patria, va a darnos la paz. Lo que traerá la paz es la transformación interna que conducir a la acción externa. La transformación interna no es aislamiento; no consiste en retirarse de la acción externa. Por el contrario, sólo puede haber acción verdadera cuando hay verdadero pensar; y no hay pensar verdadero cuando no hay el conocimiento propio. Si no os conocéis a vosotros mismos, no hay paz. Para poner fin a la guerra externa, debéis empezar por poner fin a la guerra en vosotros mismos. Algunos de vosotros moverán la cabeza y dirán “estoy de acuerdo”, y saldrán y harán exactamente lo mismo que han estado haciendo durante los últimos diez o veinte años. Vuestra conformidad es puramente verbal y carece de significación, pues las miserias y las guerras del mundo no van a ser detenidas por vuestro fortuito asentimiento. Sólo serán detenidas cuando os deis cuenta del peligro, cuando percibáis vuestra responsabilidad, cuando no dejéis eso en manos de otros. Si os dais cuenta del sufrimiento, si veis la urgencia de la acción inmediata y no la aplazáis, entonces os transformaréis; y la paz vendrá tan sólo cuando vosotros mismos seáis pacíficos, cuando vosotros mismos estéis en paz con vuestro prójimo.

PRÓLOGO

 

lunes, 6 de noviembre de 2017

PRÓLOGO

PREFACIO

El hombre es un ser anfibio que vive a un tiempo en dos mundos: el mundo de lo dado y el mundo de lo hecho por él mismo; el mundo de la materia, la vida y la conciencia, y el mundo de los símbolos. En nuestro pensar utilizamos un repertorio de sistemas que son símbolos: el lenguaje, las matemáticas, el arte pictórico, la música, el ritual y lo demás. Sin tal sistema de símbolos no habría arte, ni ciencia, ni filosofía, ni siquiera tendríamos los rudimentos de la civilización: en otras palabras, descenderíamos a la animalidad.
Los símbolos son, pues, imprescindibles. Pero, como lo comprueba la historia de todos los tiempos, los símbolos también pueden tener consecuencias fatales. Como ejemplo, tómese de un lado el dominio de la ciencia, y del otro, el de la política y la religión. El pensar en términos de cierta clase de símbolos y el actuar en respuesta a los mismos nos ha permitido comprender, y hasta cierto punto dominar las fuerzas elementales de la naturaleza. En cambio, el pensar en términos de otra clase de símbolos y el actuar en respuesta a ellos nos hace utilizar esas fuerzas como instrumentos para el asesinato en masa y el suicidio colectivo. En el primer caso los símbolos estuvieron bien escogidos, cuidadosamente analizados y progresivamente adaptados a los hechos de la existencia física. En el segundo caso los símbolos originalmente mal escogidos no han sido nunca sometidos a riguroso análisis, ni tampoco se han ido modificando para ponerlos en armonía con los hechos de la vida humana. Más aun, estos símbolos inadecuados inspiran a todo el mundo tanto respeto como si por arte de magia fueran más reales que las mismas realidades que representan. Así, en los textos de religión y de política, no se piensa que las palabras representan defectuosamente hechos y cosas, sino que, por el contrario. los hechos y las cosas sirven para comprobar la validez de las palabras.
Hasta hoy, los símbolos sólo han sido utilizados de un modo realista en materias a las cuales no damos la máxima importancia. En todo lo concerniente a nuestros móviles más profundos, persistimos en valernos de símbolos no sólo irracionalmente sino con asomos de idolatría y hasta de locura. El resultado final de todo esto es que el hombre ha podido cometer, a sangre fría y por largos períodos de tiempo, actos que las bestias sólo son capaces de cometer por breves instantes, cuando están en el colmo del frenesí, del deseo o del terror. Los hombres pueden volverse idealistas porque hacen uso de los símbolos y les rinden culto; y, por ser idealistas, pueden transformar la intermitente codicia del animal en los grandiosos imperialismos de un Rhodes o de un J.P. Morgan; el intermitente afán de pelea del animal lo pueden transformar en el Stalinismo o en la Inquisición española; y el transitorio apego del animal a la tierra que lo sustenta, lo pueden transformar en el deliberado frenesí del nacionalismo. Afortunadamente, el hombre puede también convertir la intermitente bondad del animal en la caridad de toda la vida de una Elizabeth Fry o de un Vicente de Paúl; la intermitente dedicación animal a la hembra, al macho y a la prole, la puede convertir en la razonada y persistente cooperación humana que hasta la fecha ha demostrado ser tan recia que ha logrado salvar al mundo de las desastrosas consecuencias del otro tipo de idealismo. ¿Será posible que este idealismo siga salvando al mundo? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que con la bomba atómica en manos del idealismo nacionalista ha disminuido mucho la ventaja de los idealistas de la caridad y cooperación.
Ni siquiera el mejor de los libros sobre el arte de cocina puede substituir a la peor de las comidas. El hecho es obvio. Y, sin embargo, en el transcurso de los siglos, los filósofos más profundos y los teólogos más hábiles y eruditos han caído constantemente en el error de identificar sus obras puramente verbales con la realidad de los hechos, o peor aun, han imaginado que, en alguna forma, los símbolos son más reales que aquello que representan. Este culto a la palabra no ha dejado de ser combatido. Según San Pablo: “La letra mata; el espíritu vivifica”. “Y ¿Por qué -se pregunta Eckhart-, por qué caer en habladurías sobre Dios? Cualquier cosa que digáis de Dios es falsa”. En el otro extremo de la tierra el autor de uno de los Mahayana sutras afirmó que “Buda nunca predicó la verdad, pues comprendía que tenéis que descubrirla dentro de vosotros mismos”. La gente respetable se desentendía de esos dichos por creer que eran profundamente subversivos. Y así, al correr del tiempo, perduró la idolatría que exagera el valor de los emblemas y las palabras. Las religiones se hundieron en la decadencia, pero la vieja costumbre de promulgar credos y de imponer la creencia en dogmas persistió aun entre los mismos ateos.
Durante los últimos años, los expertos en lógica y semántica han hecho un minucioso análisis de los símbolos que el hombre usa para pensar. La lingüística se ha convertido en una ciencia y hasta existe una materia de estudio denominada por Benjamín Whorf meta-lingüistica. Todo esto es muy encomiable, pero no basta. La lógica y la semántica, la lingüística y la meta-lingüística son disciplinas puramente intelectuales que analizan las diversas formas, correctas e incorrectas, significativas e insignificantes, en que las palabras pueden relacionarse con las cosas, los procesos y los acontecimientos. Pero estas disciplinas no ofrecen orientación alguna respecto del magno problema, más fundamental que cualquier otro, de la relación del hombre, en su totalidad psicofísica, con los dos mundos en que vive: el mundo de los hechos y el mundo de los símbolos.
En todas partes y en toda época de la historia este problema ha sido resuelto individualmente por algunos hombres y mujeres. Aunque hablaran y escribieran sobre ello, estos individuos no crearon ningún sistema porque sabían que todo sistema o doctrina envuelve la tentación de exagerar el valor de los símbolos, de dar más importancia a las palabras que a las realidades que ellas representan. Su propósito nunca fue el de ofrecer explicaciones preconcebidas ni panaceas, sino invitar a la gente a hacer el diagnóstico y el tratamiento de sus propios males, lograr que vayan al lugar donde el problema del hombre y su solución se presentan directamente a la experiencia.
En este volumen, que contiene selecciones de escritos y alocuciones de Krishnamurti, el lector hallará una clara exposición contemporánea del problema humano fundamental y una incitación a resolverlo en la única forma en que puede resolverse, resolviéndolo cada individuo por sí y para sí mismo. Las soluciones colectivas, en que muchos ponen desesperadamente su fe, son siempre soluciones inadecuadas. “Para comprender la confusión y la desdicha que hay dentro de nosotros, y por lo tanto en el mundo, hemos de comenzar por hallar claridad dentro de nosotros mismos, y esa claridad surge del recto pensar. La claridad interior no puede organizarse, porque no puede recibirse ni darse a otra persona. El pensamiento que se organiza colectivamente es una mera repetición. La claridad no es resultado de la afirmación verbal sino de la comprensión de uno mismo y del recto pensar. A la rectitud del pensamiento no se llega por el mero cultivo del intelecto, ni por la imitación de modelos, aunque estos sean dignos y nobles. La rectitud del pensamiento nace del conocimiento propio. Sin comprenderse uno a sí mismo no hay base para el pensamiento; sin el conocimiento propio, lo que “uno piensa no es verdadero”.
Este tema básico lo desarrolla Krishnamurti una y otra vez. “Hay esperanza en los hombres, no en la sociedad, no en los sistemas ni en los credos religiosos organizados, sino en vosotros y en mí”. Las religiones organizadas, con sus mediadores, sus libros sagrados, sus dogmas, sus jerarquías y sus rituales, sólo ofrecen una falsa solución al problema fundamental. “Cuando citáis la Bhagavad Gita, o la Biblia, o algún libro sagrado chino, ¿qué hacéis, acaso, sino repetir? Y lo que repetís no es la verdad. Es una mentira, porque la verdad no puede repetirse”. Una mentira puede ampliarse, exponerse y repetirse, pero no puede hacerse lo mismo con la verdad. Cuando la verdad se repite, deja de ser la verdad; por eso los libros sagrados no tienen importancia. Es a través del conocimiento propio, no a través de la creencia en símbolos originados por otros, como el hombre llega a la realidad eterna en que está arraigado su ser. La creencia en la perfección y en el valor supremo de cualquier conjunto determinado de símbolos no conduce a la liberación, sino a la historia, a la repetición de los viejos desastres de siempre. “La creencia tiene un inevitable efecto separatista. Si tenéis una creencia, si buscáis seguridad en vuestra particular creencia, os sentís separados de aquellos que buscan seguridad en alguna forma de creencia. Todas las creencias organizadas se basan en la separación aunque prediquen la fraternidad”. El individuo que ha resuelto el problema de sus relaciones con los dos mundos de hechos y símbolos, es un individuo sin creencias. Con relación a los problemas de la vida práctica, mantiene hipótesis viables que le sirven para realizar sus propósitos, y a las cuales no concede más importancia que a cualquier otra clase de instrumento. En cuanto se refiere al prójimo y a la realidad en que se afinca su vida, tiene las vivencias directas del amor y la comprensión. Es con el fin de librarse de las creencias que Krishnamurti “no ha leído ningún libro sagrado, ni la Bhagavad Gita, ni las Upanishads”. Nosotros ni siquiera leemos obras sagradas; nos conformamos con leer periódicos, revistas e historietas detectivescas de nuestra preferencia. Esto quiere decir que nos enfrentamos a la crisis de nuestro tiempo, no con amor y comprensión, sino con “fórmulas, con sistemas”, que en verdad tienen muy poco valor. Pero “los hombres de buena voluntad no deben tener fórmulas”, porque las fórmulas conducen inevitablemente a “la ceguera del pensamiento”. El apego a las fórmulas es casi universal. Y es inevitable que así sea, “porque nuestra educación se basa en qué pensar, y no en cómo pensar”. Se nos educa como miembros creyentes y militantes de algún grupo: comunista, cristiano, mahometano, hindú, budista o freudiano. Por tanto, “respondéis al reto, que es siempre nuevo, de acuerdo con una norma vieja, y de ahí que la respuesta carezca de validez, de originalidad y frescor. Si respondéis como católico o como comunista, estáis respondiendo -¿no es verdad?- de acuerdo con el pensamiento condicionado. En consecuencia, vuestra respuesta no tiene sentido. ¿Y no es el hindú, el musulmán, el budista, el cristiano quienes han creado este problema? Así como la nueva religión es el culto del Estado, la vieja religión era el culto de una idea. “Si respondéis a un reto según el viejo condicionamiento, vuestra respuesta no os permitirá comprender el nuevo reto. Por eso, “lo que uno tiene que hacer para enfrentar el reto nuevo es librarse, despojarse enteramente del trasfondo, encararse con el reto de un modo nuevo”. En otras palabras, los símbolos jamás deben elevarse a la categoría de dogmas, y ningún sistema debe considerarse más que como una conveniencia provisional. El creer en fórmulas, y los actos que de esas creencias se derivan, no pueden conducimos a una solución de nuestro problema. “Es sólo a través de la comprensión creadora de nosotros mismos como puede surgir un mundo creador, un mundo feliz, un mundo en que no existan ideas”. Un mundo en que no existan ideas sería un mundo dichoso, porque sería un mundo sin las poderosas fuerzas que condicionan, que obligan a los hombres a emprender acciones impropias, sería un mundo sin los dogmas consagrados por la tradición que sirven para justificar los peores crímenes y dar estudiados visos de razón a los mayores desatinos.
Una educación que nos enseña qué pensar y no cómo pensar requiere una clase gobernante de sacerdotes y de maestros. Pero “la idea misma de dirigir a los demás es antisocial y antiespiritual. El dirigente siente satisfecho su anhelo de poder, y los que se dejan gobernar por él sienten satisfecho su deseo de certeza y seguridad. El guía espiritual provee a sus discípulos una especie de narcótico. Pero alguien podría interrogar: “¿Qué hace usted? ¿No se comporta usted como un guía espiritual?” “Es obvio -contesta Krishnamurti- que yo no actúo como vuestro guía, porque, en primer término, no os doy satisfacción alguna. No os digo lo que debéis hacer en todo momento, ni de día en día, sino que os señalo algo; y vosotros podéis aceptarlo o rechazarlo, de acuerdo con vuestro propio criterio y no de acuerdo con el mío. Nada os pido a vosotros, ni vuestro culto, ni vuestros elogios, ni vuestros reproches, ni vuestros dioses. Yo digo: esto es un hecho; podéis aceptarlo o rechazarlo. Y la mayoría de vosotros lo rechazará por la simple razón de que el hecho no os satisface”.
¿Qué es precisamente lo que nos ofrece Krishnamurti? ¿Qué es lo que podemos aceptar, si nos parece bien, pero que con toda probabilidad preferiremos rechazar? No se trata, como hemos visto, de un sistema de creencias, de un catálogo de dogmas, ni de un repertorio de ideas o ideales. No se trata de ningún caudillaje, ni mediación, ni dirección espiritual, ni siquiera se trata de un ejemplo; ni de un ritual, ni de una iglesia, ni de un código, ni de una elevación o alguna forma de parloteo estimulador.
¿Se tratará acaso de la autodisciplina? Tampoco, pues es la cruda realidad que la autodisciplina no sirve en absoluto para resolver nuestro problema. Para hallar la solución, la mente ha de abrirse a la realidad, ha de enfrentarse con los hechos del mundo exterior y del mundo interior, sin ideas preconcebidas ni limitaciones de ninguna especie. (El servicio a Dios es la libertad perfecta. Y, a la inversa, la libertad perfecta es el servicio a Dios). Al someterse a la disciplina, la mente no experimenta ningún cambio radical; es el mismo “yo” de antes, pero “maniatado, mantenido bajo dominio”.
La autodisciplina figura en la lista de cosas que Krishnamurti no nos ofrece. ¿No ofrecerá él la creación? Contestamos otra vez con la negativa. “La creación os puede traer lo que buscáis; pero la respuesta puede venir de vuestro inconsciente, o del depósito de todos vuestros deseos. La respuesta no es la voz apacible de Dios”. “Veamos -continúa Krishnamurti- lo que sucede cuando rezáis. Mediante la repetición constante de ciertas palabras, y dominando vuestro pensamiento, la mente se aquieta, ¿no es verdad? Por lo menos la mente consciente se aquieta. Arrodillados, como lo hacen los cristianos, o sentados, como lo hacen los hindúes, a través de tanta repetición la mente del que ora se aquieta. En esa quietud brota la insinuación de algo que habéis pedido, que puede venir de lo inconsciente, o que puede ser la respuesta de vuestros recuerdos. Pero, ciertamente, eso no es la voz de la realidad, pues la voz de la realidad debe venir a vosotros; a ella no se puede apelar, a ella no se puede orar. No podéis seducirla para que venga a vuestra pequeña jaula practicando el ‘puja’, el ‘bhajan’ y otras cosas por el estilo, ni haciendo ofrendas florales, ni ceremonias propiciatorias, ni olvidándoos de vosotros mismos, ni emulando a otros. Una vez que se aprende el truco de aquietar la mente por la repetición de ciertas palabras, y de recibir insinuaciones en medio de esa quietud, surge el peligro -a menos que estéis en vigilancia muy alerta para averiguar el origen de tales insinuaciones- de que quedéis atrapados y la oración se convierta entonces en substituto de la búsqueda de la Verdad. Lo que pedís lo obtendréis, pero eso no será la verdad. Si deseáis, si pedís, recibiréis, pero a la larga tendréis que pagar su precio”.
De la oración pasamos al yoga, otra de las cosas que no nos ofrece Krishnamurti. Porque el yoga es concentración, y la concentración es exclusión. “Erigís un muro de resistencia por la concentración en un pensamiento que habéis escogido, y tratáis de mantener alejados los demás pensamientos”. Lo que comúnmente se llama meditación es el mero “cultivo de la resistencia, de la concentración exclusiva en una idea que habéis escogido”. Pero, ¿cómo hacéis la selección? “¿Qué os hace pensar que algo sea bueno, verdadero, noble, y lo demás no lo sea? Es claro que la opción se basa en el placer, en la recompensa o en el éxito; o es meramente una respuesta del propio condicionamiento o de la tradición. ¿Por qué escogéis algo? ¿Por qué no examináis cada pensamiento? Si sentís interés por muchas cosas, ¿por qué razón escogéis una de ellas? ¿Por qué no investigáis todo lo que os interesa? En lugar de crear resistencia por la concentración en un interés o en una idea, ¿por qué no estudiáis cada interés y cada idea a medida que surgen? Después de todo, vosotros tenéis muchos intereses, muchos disfraces, conscientes e inconscientes. ¿Por qué preferís uno y desecháis los demás, si al oponeros a éstos creáis la resistencia, la lucha y el conflicto? Mientras que si examináis todo pensamiento en el instante en que surge todo pensamiento, he dicho, y no algunos pensamientos-, entonces no hay exclusión. En verdad que es una tarea ardua el investigar cada uno de nuestros pensamientos. Porque, mientras investigamos un pensamiento, se introduce otro inadvertidamente. Pero si uno se da cuenta cabal de este proceso y sin deseo de justificar o dominar se dedica a observar pasivamente un pensamiento, notará que no habrá la intromisión de ningún otro pensamiento. Esa intromisión de otros pensamientos sólo ocurre cuando censuráis, comparáis, o inclináis”.
“No juzguéis para que no seáis juzgados”. Esta enseñanza del Evangelio es tan aplicable a nuestra propia vida como a nuestro trato con los demás. Cuando uno juzga, compara o condena, la mente no está abierta a la verdad, no puede estar libre de la tiranía de los símbolos y sistemas; no puede escapar al ambiente, ni al pasado. Ni la introspección con un fin predeterminado, ni el autoanálisis dentro de alguna norma tradicional, ni una serie de principios consagrados, pueden servirnos de ninguna ayuda. Hay una espontaneidad trascendente en la vida, una “Realidad creadora”, como la llama Krishnamurti, que se revela a uno cuando la mente se halla en estado de “alerta pasividad”, de “captación pasiva sin opción”. El juicio y la comparación irremediablemente nos conducen a la dualidad. Sólo la captación pasiva sin opción puede conducirnos a la no dualidad, a la reconciliación de los opuestos en una comprensión total, en un amor total. Ama et fac quod vis. Si amáis podéis hacer lo que os plazca. Pero si comenzáis haciendo lo que queréis, o lo que no queréis hacer, en obediencia a algún sistema, a nociones, ideales o prohibiciones tradicionales, jamás amaréis. El proceso liberador ha de comenzar con la comprensión sin opción de lo que queréis, y de vuestras reacciones ante cualquier sistema de símbolos que os diga que debéis o no debéis querer eso. Mediante esta comprensión sin opción, a medida que penetra en los estratos profundos del “ego” y del subconsciente con él asociado, surgirán el amor y la mutua comprensión; pero éstos serán de naturaleza muy distinta al amor y la mutua comprensión que nosotros conocemos. Esta comprensión sin opción, en todo instante y en todas las circunstancias de la vida, es la única meditación eficaz. Todas las otras formas de yoga conducen, ya sea a la ceguera del pensamiento que se deriva de la autodisciplina, o a alguna modalidad de arrobamiento provocado por autosugestión, es decir, a alguna forma de falso “samadhi”. La liberación auténtica es “la libertad interior de la Realidad creadora”. “No es una dádiva; ha de ser descubierta y vivenciada. No es una adquisición que habéis de retener para glorificaros a vosotros. Es un estado de ser, como el silencio, en el que no hay devenir, en el que hay plenitud. Esta ‘creatividad’ no tiene necesariamente que buscar expresión; no es un talento que requiera manifestación externa. No es necesario que seáis un gran artista ni que tengáis vuestro público. Si esto es lo que buscáis, no comprenderéis la Realidad interior. No es un don, ni es resultado del talento; este tesoro imperecedero sólo se halla cuando el pensamiento se libra de la concupiscencia, de la mala voluntad y de la ignorancia, cuando el pensamiento se libra de lo mundano y del afán de continuidad personal. Ha de ‘vivenciarse’ a través del recto pensar y la meditación”.
La autocomprensión sin opción nos lleva a la Realidad creadora, que está debajo de todas nuestras ilusiones destructivas; nos lleva a la serena sabiduría que siempre está allí a pesar de la ignorancia, a pesar del conocimiento, que es meramente otra forma de la ignorancia. El conocimiento es cuestión de símbolos, y es, con demasiada frecuencia, un estorbo a la sabiduría, al descubrimiento de uno mismo de instante en instante. La mente que ha llegado a la quietud de la sabiduría “comprenderá el ser, comprenderá lo que es amar. El amor no es personal ni impersonal. El amor es amor, y la mente no puede definirlo ni describirlo como algo exclusivo ni inclusivo. El amor es su propia eternidad; es lo real, lo supremo, lo inconmensurable”.

ALDOUS HUXLEY

INTRODUCCIÓN

LA MENTE VACÍA

 https://youtu.be/kb4nYjzdcXA

CARTAS A UNA AMIGA

 

  •   Las cartas que siguen las escribió a una joven amiga que llegó herida en cuerpo y mente.
  •   Escritas entre Junio de 1948 y Marzo de 1960, revelan una rara compasión y claridad; se despliegan en ella la enseñanza y el poder curativo; desaparecen la separación y la distancia; las palabras fluyen; ni una sola palabra es superflua; la curación y la enseñanza son simultáneas:

  • Sea dúctil mentalmente.  El poder no radica en la firmeza y en la fuerza, sino en la flexibilidad.  El árbol flexible aguanta el ventarrón. Adquiera el poder de una mente rápida.
  • La vida es extraña, tantas cosas ocurren inesperadamente; la mera resistencia no resolverá ningún problema.  Uno necesita tener infinita flexibilidad y un corazón sencillo.
  • La vida es el filo de una navaja y uno ha de recorrer ese sendero con cuidado exquisito y dúctil sabiduría.
  • La vida es muy rica, tiene tantos tesoros, y nosotros la afrontamos con los corazones vacíos; no sabemos cómo llenar nuestros corazones con la plenitud de la vida.  Somos pobres internamente, y cuando se nos ofrecen riquezas, las rechazamos.  El amor es algo peligroso, trae consigo la única revolución que da completa felicidad.  Y así muy pocos de nosotros somos capaces de amar, pocos queremos amar.  Amamos en nuestros propios términos, haciendo del amor una cosa comerciable.  Tenemos la mentalidad mercantil y el amor no es comerciable, no es un asunto de toma y daca.  Es un estado del ser en que se resuelven todos los problemas humanos.  Vamos al pozo con un dedal, y así la vida se vuelve una cosa vulgar, pequeña y mezquina.
  • ¡Que exquisito lugar podría ser la tierra, con tanta belleza como hay, tanta gloria, tanta imperecedera hermosura! Estamos atrapados en el dolor, y no nos importa poder salirnos de él, aun cuando alguien nos esté señalando una salida.
  • No sé, pero uno está ardiendo de amor.  Hay una llama inextinguible.  Uno tiene tanto de ese amor que desea darlo a todos, y lo hace.  Es como un río poderoso que fluye, nutriendo y regando cada ciudad y aldea por las que pasa; se contamina, la suciedad del hombre entra en él, pero las aguas se purifican pronto y rápidamente prosigue su curso.  Nada puede estropear el amor, porque todas las cosas se disuelven en él -las buenas y las malas, las feas y las bellas.  Es la única cosa que tiene su propia eternidad.
  • ¡Los árboles se veían tan majestuosos, tan extrañamente impenetrables a las calles asfaltadas y al tráfico! Sus raíces se hundían muy abajo, en lo profundo de la tierra, y sus copas se alargaban a los cielos.  Nosotros tenemos nuestras raíces en la tierra, y tiene que ser así, pero nos adherimos a la tierra; sólo unos pocos se elevan a los cielos.  Son las únicas personas creativas y felices.  Las demás se destruyen y se dañan unas a otras sobre esta tierra tan hermosa -con injurias y también con habladurías-.
  • Sea abierta.  Viva en el pasado si tiene que hacerlo, pero no luche contra el pasado; cuando el pasado llega, mírelo; no lo aparte de sí ni se aferre a él demasiado.  La experiencia de todos estos años, el dolor y la felicidad, los desastres lamentables y los destellos que en usted suscitó la separación, la sensación de lejanía, todo esto habrá de enriquecerla y agregará belleza a su vida.  Lo que importa es lo que tiene usted en su corazón; y puesto que eso desborda, lo tiene todo, usted es todo.
  • Esté alerta a todos sus pensamientos y sentimientos, no deje que ninguno de ellos se escabulla sin que usted lo advierta y absorba su contenido.  Absorber no es la palabra, sino ver, ver todo el contenido del pensamiento-sentimiento.  Es como entrar en una habitación y ver todo el contenido de la misma de una sola vez, su atmósfera y sus espacios.  Ver los propios pensamientos y estar atento a ellos, lo vuelve a uno intensamente sensible, flexible y alerta.  No juzgue ni condene, sólo esté muy alerta.  De la separación de las impurezas, surge oro puro.
  • Ver “lo que es” resulta muy arduo. ¿Cómo observa uno claramente? Un río, cuando se encuentra con una obstrucción, nunca está quieto; el río demuele la obstrucción por su propio peso, o pasa por encima de ella o encuentra su camino por debajo o alrededor del obstáculo; el río nunca está quieto; no puede sino actuar.  Se rebela, si podemos expresarlo así, inteligentemente.  Uno debe rebelarse inteligentemente y aceptar inteligentemente “lo que es”.  Para percibir “lo que es”, tiene que existir el espíritu de la rebelión inteligente.  A fin de no confundirse, se necesita cierta inteligencia; pero uno está generalmente tan ansioso por conseguir lo que desea, que se arroja contra el obstáculo; o se destroza contra él o queda exhausto en su lucha contra él.  Ver la cuerda como cuerda no requiere valor, pero confundir la cuerda con una serpiente y luego observar, eso sí que requiere valor.  Uno tiene que dudar, investigar siempre, ver lo falso como falso.  Uno obtiene el poder de ver claramente, mediante la intensidad de la atención; verá usted que ese poder llega.  Hay que actuar; el río jamás deja de actuar, está siempre activo.  Para actuar, uno tiene que hallarse en estado de negación; esta negación misma trae su propia acción positiva.  Pienso que el problema es ver claramente; entonces esa percepción misma es la que genera su propia acción.  Cuando hay flexibilidad, no existe el problema de acertar o equivocarse.
  • Uno tiene que estar muy claro internamente.  Le aseguro que entonces todo saldrá bien; sea clara y verá que las cosas se ordenan correctamente por sí mismas sin que usted haga nada al respecto.  Lo correcto no es lo que responde a nuestros deseos. Tiene que haber una completa revolución, no sólo en las grandes cosas, sino en las pequeñas cosas de todos los días.  Usted ha tenido esa revolución, no vuelva a lo de antes, manténgase ahí. Mantenga la caldera hirviendo-internamente.
  • Espero que haya pasado una buena noche, que la salida del sol a través de su ventana haya sido agradable, y que pueda ver apaciblemente las estrellas nocturnas antes de ir a dormir.  Qué poco conocemos del amor, de su extraordinaria ternura y de su “poder”, con qué facilidad usamos la palabra amor; la usa el general, la usa el carnicero; el hombre rico la usa y la usan el muchacho y la muchacha.  Pero ¡qué poco saben de él, de su inmensidad, de su condición inmortal e insondable! Amar es percibir la eternidad.
  • Qué cosa extraordinaria es la relación, y con qué facilidad caemos en el hábito de una relación particular, donde las cosas se dan por sentadas, donde se acepta la situación y no se tolera variación alguna; no se da cabida a ningún movimiento hacia la incertidumbre, ni siquiera por un segundo.  Todo está tan bien regulado, asegurado, sujeto, que no hay oportunidad ninguna para la frescura, para un claro soplo revivificante de primavera.  Esto y más es lo que llamamos relación.  Si observamos atentamente, vemos que la relación es algo mucho más sutil, más rápido que el relámpago, más inmenso que la tierra, porque la relación es vida. Nuestra vida es conflicto.  Nosotros queremos hacer de la relación algo tosco, rígido y maniobrable.  Y así pierde su fragancia, su belleza.  Todo esto surge porque no amamos, y el amor, es, desde luego, lo más grande de todo, porque en él tiene que existir la completa entrega de uno mismo.
  • Lo esencial es la cualidad de lo fresco, de lo nuevo, o de lo contrario la vida se convierte en una rutina, en un hábito; y el amor no es un hábito, una cosa aburrida.  La mayoría de la gente ha perdido la capacidad de maravillarse.  Lo da todo por hecho, y este sentido de seguridad destruye la libertad y la sorpresa de la incertidumbre.
  • Proyectamos un futuro muy distante, lejos del presente.  La atención necesaria para comprender, está siempre en el presente.  En la atención siempre existe un sentido de inminencia.  Tener claridad con respecto a las propias intenciones implica una tarea muy ardua; la intención es como una llama, instándolo a uno incesantemente a comprender.  Sea clara en sus intenciones y verá que las cosas salen bien.  Tener claridad en el presente es todo lo que se necesita, pero no es tan fácil como suena.  Uno tiene que desbrozar el campo para la nueva semilla, y una vez que ésta se planta, su propia fuerza y vitalidad crean el fruto y la semilla siguiente.   La belleza externa jamás puede ser permanente, se estropea siempre si no existe el deleite y la dicha internos.  Nosotros cultivamos lo externo, y prestamos muy poca atención a lo que ocurre bajo la piel; pero lo interno se impone siempre a lo externo.  Es el gusano dentro de la manzana el que destruye la frescura de la manzana.
  • Se requiere gran inteligencia para que un hombre y una mujer que viven juntos se olviden de sí mismos, no se sometan el uno al otro ni se dominen mutuamente.  La relación es la cosa más difícil que hay en la vida.
  • Qué extrañamente susceptible es uno a una atmósfera; necesita un ambiente amigable, un sentimiento de atención cálida en el cual pueda florecer libre y naturalmente.  Muy pocos tienen esta atmósfera, por eso casi todos están empequeñecidos, tanto en lo físico como en lo psicológico.  Estoy muy sorprendido de que usted haya sobrevivido sin corromperse en esa atmósfera peculiar.  Uno puede ver por qué no fue usted totalmente destruida, por qué no se manchó ni se doblegó; en lo externo se adaptó lo más rápidamente que pudo, y en lo interno se adormeció.   Es esta insensibilidad interna la que la salvó.  Si se hubiera permitido ser sensible, internamente abierta, no hubiera podido soportarlo y entonces habría existido un conflicto que la habría quebrantado con las huellas consiguientes.  Ahora que está internamente despierta y clara, no tiene conflicto alguno con la atmósfera que la rodea.  Es este conflicto el que corrompe.  Usted permanecerá siempre libre de cicatrices si internamente está muy alerta y despierta y se adapta con afecto a las cosas exteriores.
  • Los sustitutos pronto se marchitan.  Uno puede ser mundano aún cuando posea pocas cosas.  El deseo de poder en cualquiera de sus formas -el poder del asceta, el poder de un gran financista, o el del político, o el del papa- es mundano.  El anhelo de poder engendra crueldad y pone énfasis en la importancia del sí mismo; la agresividad del yo en expansión es, en esencia, mundanalidad.  La humildad es sencillez, pero la humildad cultivada es otra forma del espíritu mundano.
  • Muy pocos se dan cuenta de sus cambios internos, de sus retrocesos, conflictos y distorsiones.  Incluso si se dan cuenta, tratan de hacerlos a un lado o escapan de ellos.  No haga eso.  No creo que lo haga, pero hay un peligro en vivir demasiado estrechamente en contacto con los propios pensamientos y sentimientos.  Uno tiene que percatarse de ellos sin ansiedad, sin presión ninguna.  En su vida ha tenido lugar la verdadera revolución, usted debe estar muy atenta a sus pensamientos y sentimientos – déjelos salir, no los controle, no los detenga-.  Déjelos que se viertan hacia afuera, tanto los apacibles como los violentos, pero esté alerta a ellos.
  • ¿Está ocupada con lo que son sus deseos, si es que tiene algunos?  El mundo es un buen lugar; nosotros lo hacemos todo para escapar de él por medio de la adoración, de la plegaria, de nuestros amores y temores.  No sabemos si somos ricos o pobres, jamás hemos investigado a fondo dentro de nosotros mismos para descubrir “lo que es”.  Existimos en la superficie, satisfechos con tan poco y sintiéndonos dichosos o desdichados por cosas tan pequeñas.  Nuestras mentes mezquinas, y así consumimos nuestros días.  No amamos, y cuando lo hacemos es siempre con miedo y frustración, con dolor y anhelos.
  • Estuve pensando en lo importante que es ser inocente, tener una mente inocente.  Las experiencias son inevitables, tal vez necesarias; la vida es una serie de experiencias, pero la mente no necesita cargarse con sus propias exigencias acumulativas.  Puede lavarse de cada experiencia y mantenerse inocente -sin carga alguna.  Esto es importante, de lo contrario la mente nunca puede ser fresca, alerta y flexible.  El problema no es “como” mantener flexible la mente; el “cómo” es la búsqueda de un método, y el método jamás puede traer inocencia a la mente; puede volverla metódica, pero nunca inocente, creativa.
  • Comenzó a llover ayer por la tarde, ¡y cómo diluvió durante la noche! Jamás he escuchado nada como esto.  Fue como si se hubieran abierto los cielos.  Con ello había un silencio extraordinario, el silencio de un peso inmenso derramándose sobre la tierra.
  • Es siempre difícil mantenerse sencillo y claro.  El mundo adora el éxito, cuanto más grande, mejor; cuanto más grande es el auditorio, más grande se considera que es el orador; los colosales superedificios, los automóviles, los aviones y la gente.  Se ha perdido la sencillez.  Las personas exitosas no son las que están construyendo un mundo nuevo.  Para ser un verdadero revolucionario se requiere un cambio completo de corazón y mente, ¡y que pocos son los que quieren liberarse! Cortamos las raíces superficiales; pero cortar las raíces profundas que alimentan la mediocridad, el éxito, requiere algo más que palabras, métodos, compulsiones.  Parece haber muy pocos, pero ellos son los verdaderos constructores – el resto se esfuerza en vano.
  • Uno se está comparando perpetuamente a sí mismo con otro, con lo que uno es, con lo que debería ser, con alguien que es más afortunado.  Esta comparación mata realmente, es degradante, pervierte la propia perspectiva de la vida.  Y a uno lo han educado en la comparación.  Toda nuestra educación se basa en eso, y del mismo modo nuestra cultura.  En consecuencia, hay una perpetua lucha por ser otra cosa que lo que uno es.  La comprensión de lo que uno es, descubre la creatividad, pero la comparación genera competencia, crueldad, ambición, lo cual pensamos que produce progreso.  El progreso sólo ha conducido hasta ahora a más guerras despiadadas y desdichas de las que el mundo haya conocido jamás.  La verdadera educación consiste en educar a los hijos sin comparación alguna.
  • Parece extraño estar escribiendo, parece tan innecesario.  Lo que importa está aquí y usted está allá.  Con las cosas reales es siempre así, es tan innecesario escribir sobre ellas o hablar de ellas; y en el mismo acto de escribir o hablar, sucede algo que las corrompe, que las estropea.  ¡Hay tantas cosas que se dicen aparte de la cosa real! Este impulso de realizarse que arde en tanta gente, en pequeña medida y en gran medida… Este impulso puede satisfacerse de un modo u otro, y con la satisfacción, las cosas más profundas se desvanecen.  Eso es lo que ocurre en la mayoría de los casos, ¿no es así? La satisfacción del deseo es un asunto muy insignificante, por placentero que pueda ser.  Pero con la satisfacción del deseo, como éste continúa satisfaciéndose a sí mismo, sobrevienen la rutina, el aburrimiento, y la cosa real desaparece.  Es esta cosa real la que tiene que perdurar, y la maravilla de eso es que lo hace así si uno no piensa en satisfacerse, sino que ve las cosas exactamente como son.
  • Muy raramente estamos solos; siempre con la gente, con pensamientos que se agolpan en nosotros, con esperanzas que no han sido satisfechas o que van a serlo, con recuerdos.  Es esencial que el hombre esté solo para no ser influido, para que ocurra en él algo incontaminado.  Para esta soledad creativa parece no haber tiempo, hay demasiadas cosas por hacer, demasiadas responsabilidades, etc.  Se vuelve una necesidad aprender a estar quieto, a encerrarse uno en su habitación, a dar un descanso a la mente. El amor es parte de esta soledad.  Ser sencillos, claros, estar internamente quietos, es tener esa llama.
  • Puede que las cosas no sean fáciles, pero cuanto más le pide uno a la vida, más temible y dolorosa se vuelve ésta.  Vivir sencillamente, libre de influencias, aunque todo y todos estén tratando de influir sobre uno, vivir libre de los cambiantes estados de ánimo y de las exigencias en constante variación, no es fácil, pero sin una vida profundamente quieta en lo interno, todas las cosas son vanas e inútiles.
  • ¡Que claro es el cielo azul, qué vasto, intemporal y sin espacio! La distancia, el espacio es una cosa de la mente; el aquí y el allá son hechos, pero se convierten en factores psicológicos con el impulso del deseo.  La mente es un fenómeno extraño.  Tan compleja y, no obstante, tan simple en esencia.  Se vuelve compleja por las múltiples compulsiones psicológicas.  Esto es lo que ocasiona conflicto y dolor: la resistencia y las adquisiciones.  Es arduo estar atento y dejarlas pasar de largo sin quedar enredado en ellas.  La vida es un río inmenso que fluye.  La mente atrapa en su red las cosas de este río, descartando y reteniendo.  No tiene que haber red.  La red es del tiempo y del espacio; la red es la que crea el aquí y el allá; la dicha y la desdicha.
  • El orgullo es una cosa extraña; orgullo en las cosas pequeñas y en las grandes cosas; orgullo en nuestras posesiones, en nuestros logros, en nuestras virtudes; orgullo de la raza, del nombre y de la familia; orgullo en la capacidad, en la apariencia, en los acontecimientos.  Hacemos que todas estas cosas alimenten el orgullo, o escapamos hacia la humildad.   Esta no es el opuesto del orgullo -sigue siendo orgullo, sólo que lo llamamos humildad; la conciencia de ser humilde es una forma de orgullo.  La mente tiene que ser “algo”, lucha por ser esto o aquello, nunca puede hallarse en un estado de ser nada.  Si la nada es una nueva experiencia, entonces la mente debe tener esa experiencia -el intento mismo de hallarse silenciosa es otra adquisición más.  La mente tiene que ir más allá de todo esfuerzo.  Sólo entonces…..
  • Nuestros días están tan vacíos que se llenan con actividades de toda clase: negocios, especulación, meditación, pena y alegría.  Pero a pesar de todo esto, nuestras vidas están vacías.  Despójese a un hombre de la posición, del poder o del dinero, y ¿qué es él? Externamente, tenía toda esa ostentación, pero internamente es superficial, está vacío.  Uno no puede tener ambas riquezas, la interna y las otras.  La plenitud interna importa mucho más que lo externo.  Uno puede ser defraudado por lo externo, los acontecimientos externos pueden destrozar lo que hemos construido cuidadosamente; pero las riquezas internas son incorruptibles, nada puede afectarlas, porque no han sido producidas por la mente.
  • El deseo de realizarse es muy fuerte en la gente, que lo persigue a cualquier costo.  Esta realización personal, en todas las formas y en cualquier dirección, es lo que nos sostiene a la inmensa mayoría de nosotros; si fracasamos en una dirección, tratamos de realizarnos en otra.  Pero ¿existe una cosa como la realización? El realizarse puede traer consigo cierta satisfacción, pero ésta se desvanece pronto y otra vez estamos a la caza de algo nuevo.  En la comprensión del deseo llega a su fin todo el problema de la realización.  El deseo implica esfuerzo por ser, por devenir, y con la terminación desaparece la lucha por realizarse.
  • En las montañas uno tiene que estar solo.  Debe ser encantador tener lluvia en medio de las montañas y ver caer las gotas en el plácido lago.  Sentir como brota el olor de la tierra cuando llueve, y después escuchar el croar de las numerosas ranas.  Hay un extraño encantamiento en los trópicos cuando llueve.  Todo queda bañado y limpio; la lluvia lava el polvo sobre la hoja; los ríos reviven y se oye el ruido de los torrentes.  Los árboles lanzan brotes verdes, done había tierra desnuda surge la nueva hierba silvestre; miles de insectos salen de ninguna parte y el suelo reseco se alimenta y la tierra se ve satisfecha y en paz.  El sol parece haber perdido su cualidad penetrante y la tierra se ha vuelto verde, un lugar de belleza y abundancia.  El hombre sigue labrando su propia desdicha, pero la tierra es rica una vez más y hay encantamiento en el aire.
  • Es extraño cómo casi todos desean reconocimiento y alabanza -ser reconocidos como un gran poeta, como un filósofo, algo que incremente el propio ego.  Eso produce una gran satisfacción, pero significa muy poco.  El reconocimiento nutre la propia vanidad y tal vez el propio bolsillo.  Y después ¿qué? Eso lo pone a uno aparte de los demás, y la separación engendra sus propios problemas en aumento permanente.  Aunque pueda darnos satisfacción, el reconocimiento no es un fin en sí mismo.  Pero casi todos están atrapados en el anhelo de ser reconocidos, de realizarse, de lograr esto o aquello.  Y entonces es inevitable el fracaso con la desdicha que lo acompaña.  Lo que verdaderamente importa es estar libres tanto del éxito como del fracaso.  Desde el principio mismo no buscar un resultado, hacer lo que uno ama; y el amor no tiene recompensa ni castigo. Si hay amor, esto es realmente muy sencillo.
  • Qué poca atención prestamos a las cosas que nos rodean, qué poco las observamos y consideramos.  Estamos tan concentrados en nosotros mismos, tan ocupados con nuestras ansiedades, con nuestros propios beneficios, que no tenemos tiempo para observar y comprender.  Esta ocupación hace que nuestra mente se embote y se fatigue, que se llene de frustración y dolor.  Y entonces queremos escapar del dolor.  En tanto esté activo el yo, tiene que haber fatiga, torpeza y frustración.  La gente está atrapada en una carrera loca, en la desdicha del dolor egocéntrico.  Este dolor es profunda irreflexión.  Los que son reflexivos, los que se hallan despiertos y alertas, están libres de este dolor.
  • Qué bello es un río.  Un país que no tiene un río rico amplio, ondulante, no es un país en absoluto.  Sentarse en la orilla de un río, y dejar que las aguas fluyan al lado de uno, observar las suaves ondas y escuchar cómo bañan las márgenes; ver a las golondrinas cuando tocan la superficie y atrapan insectos; y en la distancia, al otro lado del río, en la orilla opuesta, escuchar voces humanas o a un muchacho que toca la flauta en un tranquilo atardecer, acalla todo el ruido que a uno lo rodea. De algún modo, las aguas parecen purificarlo a uno, limpian el polvo de los recuerdos de ayer, y dan a la mente esa cualidad que es su propia pureza, tal como el agua es, en sí misma, pura.  Un río lo recibe todo -las alcantarillas, los cadáveres, la suciedad de las ciudades por las que pasa – y no obstante se limpia a sí mismo de todo eso a las pocas millas.  Lo recibe todo y permanece siendo él mismo, sin preocuparse de distinguir lo puro de lo impuro.  Son sólo las charcas, las pozas pequeñas las que se contaminan pronto, porque no están vivas, porque no fluyen como los amplios, dulcemente aromáticos ríos ondulantes.  Nuestras mentes son pequeñas charcas que pronto pierden su pureza.  En esta pequeña charca llamada mente, la que juzga, sopesa, analiza -y con todo, permanece siendo la pequeña poza de irresponsabilidad que es.
  • El pensamiento tiene una raíz o raíces, el pensamiento mismo es la raíz.  La reacción debe existir, o de lo contrario hay muerte; pero el problema consiste en ver que esta reacción no extienda su raíz dentro del presente o del futuro.  El pensamiento está obligado a surgir, pero es esencial advertirlo y terminar con él inmediatamente.  Pensar sobre el pensamiento, examinarlo, jugar en torno a él, es extenderlo, arraigarlo.  Es realmente importante comprender esto.  Ver cómo la mente piensa acerca del pensamiento, es reaccionar al hecho.  La reacción es tristeza, etc. Comenzar a sentirse triste, pensar en el regreso futuro, contar los días, etc. es dar raíces al pensamiento acerca del hecho.  Así la mente echa raíces, y después el arrancarlas se vuelve otro problema más, otra idea.  Pensar en el futuro es echar raíces en el suelo de la incertidumbre.
  • Estar realmente solos, no con los recuerdos y los problemas de ayer sino solos y dichosos, estar solos sin ninguna compulsión externa ni interna, es permitir que la mente permanezca sin interferencia alguna.  Estar solos.  Tener la cualidad del amor hacia un árbol, estar a solas con él, protegerlo.  Estamos perdiendo el sentimiento por los árboles, y así estamos perdiendo el amor por el hombre.  Cuando no podemos amar la naturaleza, no podemos amar al hombre.  Nuestros dioses se han vuelto muy pequeños y mezquinos, y así es nuestro amor.  Nuestra existencia es mediocre, pero están los árboles, los cielos abiertos y las inextinguibles riquezas de la tierra.
  • Usted tiene que tener una mente clara, una mente libre que no esté atada a cosa alguna, esto es esencial; y uno no puede tener una mente clara, penetrante, si hay temor de alguna clase.  El miedo traba la mente.  Si la mente no se enfrente a los problemas que ella misma ha creado, no es una mente clara, profunda.  Afrontar las propias peculiaridades, darnos cuenta de nuestros impulsos internos, reconocer todo esto sin ninguna resistencia, es tener una mente profunda y clara.  Sólo entonces puede haber una mente sutil, no sólo aguda.  Una mente sutil no se apresura; vacila.  No es una mente que saca conclusiones, que emite juicios o formulaciones.  Esta sutileza es fundamental.  La mente tiene que saber escuchar y esperar, moverse con lo profundo.  Esto no es para lograrse al final, sino que esta cualidad de la mente tiene que estar ahí desde el principio mismo.  Usted puede tenerla, concédale una plena y profunda oportunidad de florecer.
  • Penetrar en lo desconocido, no dar nada por sentado, no suponer nada, estar libres para descubrir; sólo entonces puede haber hondura y comprensión.  De lo contrario, uno permanece en la superficie.  Lo que importa no es comprobar o refutar un punto, sino descubrir la verdad.  La verdad del cambio se comprende sólo cuando existe “lo que es”.  “Lo que es” no es diferente del pensador.  El pensador es “lo que es”, no está separado de “lo que es”.
  • No es posible hallarse en paz si hay cualquier clase de deseo, cualquier esperanza de algún estado futuro.  El sufrimiento es lo que sigue al deseo, y la vida está generalmente llena de deseos; incluso alimentar un solo deseo lleva a incesante desdicha.  Porque el liberarse de ese único deseo, aun el saber que ese deseo requiere atención, es para la mente un asunto bastante serio.  Cuando lo descubra no deje que se convierta en un problema.  Prolongar el problema es permitirle que eche raíces.  No deje que se arraigue.  El único deseo es el único dolor.  Oscurece la vida; hay frustración y angustia.  Sólo esté atenta al deseo y sea sencilla al respecto.
  • A través de esta finca pasa un arroyo.  No es un agua tranquila que corre apaciblemente hacia el gran río, sino un torrente animado y ruidoso.  Toda esta región que nos rodea aquí es cerril, el torrente tiene más de una cascada y en un lugar hay tres cascadas a diferentes profundidades.  La más elevada es la que hace el ruido, es la más audible, las otras dos no se aprecian pero se escuchan en un tono menor.  Estas tres cascadas están distintamente espaciadas, de modo que el movimiento del sonido es constante.  Uno tiene que prestar atención para escuchar la música.  Es una orquesta tocando en medio de las huertas, bajo los cielos abiertos.  La música está ahí.  Uno tiene que descubrirla, tiene que prestar atención, tiene que acompañar el fluir de las aguas para escuchar su música.  Uno tiene que ser lo total a fin de escucharla -los cielos, la tierra, los altísimos árboles, los verdes campos y las rápidas aguas.  Sólo entonces la escuchará.  Pero todo esto es demasiada molestia; uno va, compra un boleto y se sienta en una sala rodeado por la gente, y la orquesta toca y alguien canta.  Ellos hacen todo el trabajo por uno; alguien compone una canción, la música, otro toca y canta, y uno paga por escuchar.  Todo en la vida, excepto para unas pocas cosas, es de segunda, tercera o cuarta mano -los dioses, los poemas, la política, la música.  Y así nuestra vida es vacía.  Estando vacía tratamos de llenarla -con la música, con los dioses, con el amor, con formas de escape, y el mismo llenar la vida es el vaciarla.  Pero la belleza no es para comprarse.  Pocos son, pues, los que anhelan la belleza y bondad, y el hombre se satisface con cosas de segunda mano.  Desechar todo eso es la única y verdadera revolución; sólo entonces surge lo creativo de la realidad.
  • Es extraño cómo el hombre insiste en la continuidad de todas las cosas; en las relaciones, en la tradición, en la religión, en el arte.  No hay un desprenderse de todo y empezar otra vez de nuevo.  Si el hombre no tuviera un libro, ni un líder, ni a alguien a quien copiar o seguir como ejemplo, si estuviera completamente solo, despojado de todo su conocimiento, tendría que comenzar desde el principio.  Por supuesto, este completo despojarse uno mismo de todo, tiene que ser absoluta y plenamente espontáneo y voluntario; de otro modo puede uno enloquecer o forzarse hacia algún tipo de neurosis.  Como solamente muy pocos parecen ser capaces de afrontar esta completa soledad, el mundo continúa con la tradición -en su arte, en su música, su política, sus dioses- lo cual engendra perpetua desdicha.  Esto es lo que realmente ocurre en el mundo.  No hay nada nuevo, sólo oposición y contra oposición -en la religión continúa la vieja fórmula del dogma y el temor; en las artes está el esfuerzo por encontrar algo nuevo.  Pero la mente no es nueva, es la misma mente vieja agobiada por la tradición, el miedo, el conocimiento y la experiencia, esforzándose en pos de lo nuevo.  Es la mente misma la que debe desnudarse totalmente para que lo nuevo sea.  Esta es la verdadera revolución.
  • El viento está soplando desde el sur, hay nubes oscuras y lluvia, todo sigue adelante, extendiéndose y renovándose sin cesar.
  • El granjero que vive cerca de aquí tenía un hermoso conejo, vivaz y saltarín.  Su esposa se lo trajo, y una de las mujeres dijo:  “No puedo mirar,” y el hombre lo mató y unos minutos después eso que estaba vivo, con una luz en sus ojos, era despellejado por las mujeres.  Aquí como en otras partes del mundo, están acostumbrados a matar animales, la religión no les prohíbe hacerlo.  En la india, donde por siglos a los niños se les enseña -al menos en el sur, entre los brahmines – a no matar, lo cruel que es matar, hay muchos niños que, cuando crecen, están obligados por las circunstancias a cambiar su cultura de la mañana a la noche; comen carne, se convierten en oficiales de las fuerzas armadas para matar y ser muertos.  De la mañana a la noche cambian sus valores.  Un patrón particular de cultura con siglos de existencia se destruye, y uno nuevo ocupa su lugar.  El deseo de estar seguros, en una forma u otra, es tan dominante que la mente se ajustará a cualquier patrón que pueda darle certidumbre y seguridad.  Pero la seguridad no existe; y cuando uno realmente comprende esto, hay algo por completo diferente que crea su propio estilo de vida.  Esa vida no puede comprenderse ni copiarse; todo lo que uno puede hacer es comprender, advertir claramente los hábitos de seguridad, lo cual trae consigo su propia libertad.
  • La tierra es hermosa, y cuanto más sensible y perceptivo es uno a ella, más hermosa es. El color, las variedades de verdes, los amarillos.  Es asombroso lo que uno descubre cuando está a solas con la tierra.  No sólo los insectos, los pájaros, la hierba, las variedades de flores, las rocas, los colores y los árboles, sino los pensamientos, si es que uno los ama.  Jamás estamos a solas con nada.  Ni con nosotros mismos ni con la tierra.  Es fácil estar a solas con un deseo; no resistirlo mediante un acto de la voluntad, no dejarle que escape a través de alguna acción, no permitir que se satisfaga, no crear su opuesto por la justificación o la condena, sino estar a solas con él.  Esto genera un estado muy extraño sin acción alguna de la voluntad.  Es esta voluntad la que crea resistencia y conflicto.  Estar a solas con un deseo, produce una transformación en el deseo mismo.  Juegue con esto y descubra lo que ocurre; no fuerce nada, sólo considérelo tranquilamente.
  • ¿La educación? ¿Qué entendemos por educación? Aprendemos a leer y escribir, adquirimos una técnica necesaria para ganarnos la vida, y después se nos lanza al mundo.  Desde la infancia nos dicen qué debemos hacer, qué debemos pensar; y en lo interno estamos profundamente condicionados por lo social y por la influencia del ambiente.
  • Estuve pensando si podemos educar al hombre en lo externo pero dejando el centro libre.  ¿Podemos ayudar al hombre a liberarse internamente y estar siempre libre? Porqué es sólo en libertad que puede ser creativo y, por tanto, feliz.  De lo contrario, la vida se convierte en un asunto tortuoso, una batalla interna y, por consiguiente, externa.  Pero estar libres internamente requiere una atención y una sabiduría asombrosas; y pocos son los que ven la importancia de esto.  Nos interesamos en lo externo, no en la creatividad.  Pero para cambiar todo esto, tiene que haber al menos unos pocos que comprendan la necesidad de este cambio, que estén dando origen a esta libertad dentro de sí mismos.  En éste un mundo muy extraño.
  • Lo que importa es un cambio radical en el nivel inconsciente.  Ninguna acción consciente de la voluntad puede afectar el inconsciente.  Como lo consciente no puede afectar las búsquedas, los deseos y los instintos inconscientes, la mente consciente tiene que serenarse, aquietarse, y no tratar de forzar al inconsciente para que se amolde a algún patrón particular de acción.  El inconsciente tiene su propio patrón de acción, su propia estructura dentro de la cual funciona.  Esta estructura no puede ser rota por ninguna acción externa, y la voluntad es un acto externo.  Si esto se ve y se comprende de verdad, la mente externa se aquieta; y a causa de que no hay una resistencia establecida por la voluntad, uno descubrirá que el denominado inconsciente comienza a liberarse a sí mismo de sus propias limitaciones.  Sólo entonces hay una transformación radical de todo el ser del hombre.
  • La dignidad es una cosa muy rara.  Un cargo o una posición de respeto, otorgar dignidad.  Es como ponerse encima un abrigo.  El abrigo, el traje, el puesto, dan dignidad.  Un título o una posición dan dignidad.  Pero desnúdese al hombre de estas cosas,  y muy pocos tienen esa condición de dignidad que surge cuando uno está internamente libre, cuando en lo interno es como la nada.  Ser algo o alguien es lo que el hombre anhela, y ese algo le da una posición respetable en la sociedad.  Pone al hombre en alguna clase de categoría -inteligente, rico, un santo, un físico; pero si él no puede ser puesto en una categoría que la sociedad reconoce, es una persona excéntrica.  La dignidad no puede asumirse ni cultivarse, y estar consciente de la propia dignidad es estar consciente del propio yo, que es tan pequeño y mezquino.  Ser verdaderamente nada, es estar libre de esa idea misma.  Esa es la verdadera dignidad, no el pertenecer a un estado o a una condición particular.  Esta dignidad no nos la pueden quitar, está siempre ahí.
  • El verdadero estado de percepción alerta en permitir que la vida fluya libremente, sin que quede ningún residuo.  La mente humana es como un tamiz que retiene algunas cosas y deja pasar otras.  Lo que retiene, es la medida de sus propios deseos; y los deseos, por profundos, vastos o nobles que sean, son pequeños, son mezquinos, porque el deseo es cosa de la mente.  La completa atención implica no retener cosa alguna, sino poseer la libertad de la vida, que fluye sin restricción ni preferencia alguna.  Siempre estamos reteniendo o eligiendo las cosas que significan algo para nosotros, y aferrándonos perpetuamente a ellas.  A esto lo llamamos experiencia, y a la multiplicación de experiencias la llamamos riqueza de la vida.  La experiencia que queda, que uno retiene, impide ese estado en que no existe lo conocido.  Lo conocido no es el tesoro, pero la mente se aferra a eso, con lo cual destruye o profana lo desconocido.
  • La vida es una cosa extraña.  Afortunado el hombre que nada es.

EL 28 de Julio

 El centro del sufrimiento-

 Cuando usted ve algo muy hermoso, una bella montaña, una bella puesta del sol, una sonrisa cautivadora, un rostro encantador, ese hecho le causa un impacto y usted se queda aturdido, silencioso; ¿jamás le ha ocurrido? Cuando eso sucede, uno estrecha al mundo entre sus brazos. Pero eso es algo que llega a su mente desde fuera, y yo hablo de la mente que no está aturdida por un impacto, sino que desea mirar, observar. Ahora bien, ¿puede usted observar sin toda esta irrupción súbita del condicionamiento? A una persona que sufre le explico en palabras que el dolor es inevitable, que es el resultado de la realización personal, etc. Cuando se han terminado por completo todas las explicaciones, sólo entonces puede usted mirar, y eso implica que no está mirando desde un centro. Cuando mira desde un centro, sus facultades de observación son limitadas. Si me agarro a un poste y no me quiero mover de allí, hay una tensión, hay dolor. Cuando desde el centro miro dentro del sufrimiento, lo que hay es sufrimiento. Mi incapacidad de observar es la que da origen al dolor. No puedo observar si pienso, funciono y miro desde un centro, como cuando digo: «No debo sentir dolor, debo descubrir por qué sufro, debo escapar». Cuando observo desde un centro, ya sea ese centro una conclusión, una idea, una esperanza, la desesperación o alguna otra cosa, esa observación es muy restringida, muy estrecha, muy trivial; y eso engendra dolor. 28 DE JULIO OCK - Voy XII