LA MUTACIÓN PSICOLÓGICA - CAPÍTULO 2 - J.K. -

 12 de julio de 1964. 

Capítulo Segundo 

El otro día, cuando nos reunimos aquí, estuve hablando sobre la necesidad de libertad; y con esa palabra, “libertad”, no me refiero a libertad superficial o fragmentaria, a ciertos niveles de la propia conciencia. 

Yo hablaba de ser enteramente libre: libre en la raíz misma de la propia mente, en todas las actividades físicas, psicológicas y parasicológicas de uno. 

La libertad implica la total ausencia de problemas, ¿no es así? 

Porque cuando la mente es libre puede observar y actuar con completa claridad; puede ser lo que es sin ningún sentido de contradicción. 

Para mi, una vida de problemas, económicos y sociales, privados o públicos, destruye y pervierte la claridad. 

Y uno necesita claridad, necesita una mente que vea claro todo problema, a medida que surge, una mente que puede pensar sin confusión, sin condicionamiento, una mente que tenga la calidad del afecto y del amor, que no tiene nada que ver con la emotividad ni con el sentimentalismo. 

Para encontrarse en ese estado de libertad –que es sumamente difícil de comprender y que requiere mucha exploración- debe uno tener una mente no perturbada, tranquila; una mente que este funcionando por entero, no sólo en la periferia sino también en el centro. 

Esta libertad no es una abstracción, no es un ideal. 

El movimiento de la mente en libertad es una realidad, y los ideales y abstracciones no tienen nada que ver con él en absoluto. 

Tal libertad sobreviene de modo natural, espontáneo, sin ninguna clase de coerción, disciplina, control ni persuasión, cuando comprendemos todo el proceso del seguir y terminar los problemas. 

Una mente que tenga un problema, que es realmente una perturbación y haya escapado de él, sigue estando lisiada, atada, no es libre. 

Para la mente que no resuelve todo problema según va surgiendo, en cualquier nivel que sea, (físico, psicológico, emocional), no puede haber libertad ni, por tanto, claridad de pensamiento, de actitud, de percepción. 

La mayoría de los seres humanos tienen problemas. 

Entiendo por “problema” la prolongada perturbación creada por la inadecuada respuesta a un reto, es decir, por la incapacidad para hacer frente a una cuestión de manera total, con nuestro ser entero; o por la indiferencia, que da por resultado la aceptación habitual de los problemas y el limitarse a soportarlos.

 Hay un problema cuando no se hace frente a cada cuestión ni se va hasta su fin mismo, no mañana ni en alguna fecha futura, sino cuando surge, cada minuto, cada hora, cada día. 

Cualquier problema, a cualquier nivel, consciente o inconsciente, es un factor que destruye la libertad.

 Es algo que no comprendemos por completo. 

Un problema puede ser el dolor moral, la molestia física, la muerte de alguien o la falta de dinero; o puede ser la incapacidad para descubrir por si mismo si dios es una realidad o simplemente una palabra sin sustancia. 

Y existen los problemas de la relación, tanto privados como públicos, individuales lo mismo que colectivos. 

El no comprender la totalidad de la relación humana engendra efectivamente problemas; y la mayoría de nosotros tenemos estos problemas –de los cuales surgen las enfermedades psicosomáticas- que paralizan nuestra mente y nuestro corazón. 

Estando agobiados por estos problemas, recurrimos a varias formas de evasión; rendimos culto al Estado, aceptamos la autoridad, esperamos que algún otro nos resuelva los problemas, nos unimos en una inútil repetición de plegarias y ritos, nos entregamos a la bebida, al sexo, al odio, a la lastima de nosotros mismos, etc.

Hemos cultivado, pues, cuidadosamente una red de evasiones –racionales o irracionales, neuróticas o intelectuales- que nos capacitan para aceptar y, por lo tanto, soportar todos los problemas humanos que surgen. 

Pero estos, inevitablemente, engendran confusión, y la mente no es libre. 

Ahora bien, no sé si veis como yo la necesidad, no una necesidad fragmentaria, no la necesidad de un día, porque os veáis forzados súbitamente a enfrentaros con una cuestión, sino la absoluta necesidad, desde el principio mismo del propio pensamiento, sobre estas cosas hasta el fin mismo de la propia vida, de no tener ningún problema. 

Es probable que no sintáis la urgencia de ello. 

Más. Si uno ve en forma muy clara y objetiva, no abstracta, que el estar libre de problemas es tan necesario como el alimento o el aire puro, entonces, partiendo de esa percepción, uno actúa, tanto psicológicamente como en la ocupación de la vida diaria; está presente en todo lo que uno hace, piensa y siente. 

Al menos durante esta mañana, el asunto principal es la liberación de los problemas. 

Mañana podemos abordarlo de modo distinto, pero no importa. 

Lo que importa es ver que una mente en conflicto es destructiva, porque está constantemente deteriorándose. 

El deterioro no es cuestión de vejez ni de juventud, sino que sobreviene cuando la mente está presa del conflicto y tiene muchos problemas sin resolver. 

El conflicto es el núcleo del deterioro y de la decadencia. 

No se si veis la verdad de eso. 

Si la veis, entonces la cuestión es como resolver el conflicto. 

Mas primero tiene uno que percibir por si mismo la verdad de que una mente que tenga un problema de cualquier clase, a cualquier nivel, de cualquier duración, es incapaz de pensar claro, de ver las cosas como son, de manera brutal, implacable, sin ningún sentimiento de lastima de sí mismo. 

Pero la mayoría de nosotros estamos acostumbrados a eludir de modo inmediato un problema que surja, y hayamos muy difícil estar con él. 

Simplemente observando sin interpretar, condenar ni comparar, sin tratar de modificarlo o de hacer algo con él. 

Esto requiere la completa atención de uno; mas, para la mayoría de nosotros, ningún problema es nunca tan serio que queramos prestarle toda nuestra atención, pues hacemos una vida muy superficial y fácilmente nos contentamos con respuestas plausibles, reacciones rápidas. 

Queremos olvidar el problema, relegarlo a un lado y seguir con alguna otra cosa. 

Sólo cuando el problema nos afecta íntimamente, como en el caso de la muerte o de una completa falta de dinero, o cuando el marido o la esposa nos ha abandonado, sólo entonces es cuando el problema puede llegar ha ser crítico. 

Mas nunca dejamos que un problema produzca una crisis real en nuestra vida, siempre lo relegamos con explicaciones, palabras, las diversas cosas que utilizamos como defensa. 

Sabemos, pues, lo que entendemos por la palabra problema. 

Es una cuestión hasta cuyo fondo mismo no hemos llegado y que no hemos comprendido por completo; no está pues terminada, se repite una y otra vez. 

Para comprender un problema tenemos que comprender las contradicciones –las extremas tanto como las cotidianas- de nuestro propio ser. 

Pensamos una cosa y hacemos otras. 

Decimos una cosa y sentimos de modo muy distinto. 

Existe el conflicto del respeto y la falta de respeto, la grosería y la cortesía; por un lado está el sentido de la arrogancia, el orgullo, y por el otro jugamos con la humildad. 

Ya sabéis las muchas contradicciones que todos tenemos, tanto conscientes como ocultas. Pero ¿cómo surgen estas contradicciones?

Por favor, como he dicho repetidamente, no os limitéis a escuchar al que habla, sino escuchad también vuestro propio pensamiento; observad como actúan vuestras propias reacciones, daos cuenta de vuestra propia respuesta cuando se formula la pregunta, de modo que os vayáis conociendo. 

La mayoría de nosotros, cuando tenemos un problema, queremos saber como resolverlo, que hacer con él, como trascenderlo, como librarnos de él o cual es la respuesta. 

No estoy interesado en todo eso, quiero saber porque surge el problema; porque si puedo hallar la raíz de un problema, comprenderlo, llegar a su mismo fin, entonces habré hallado la respuesta a todos los problemas. 

Si sé como hay que mirar de forma completa uno de ellos, entonces puedo comprender cualquier otro que surja en el provenir. 

¿Cómo surge un problema psicológico?

 Veamos esto primero, porque los problemas psicológicos falsean toda actividad de la vida. 

Cuando la mente, al aparecer un problema psicológico, lo comprende, lo resuelve y no arrastra su recuerdo hasta la hora siguiente o hasta el día siguiente, sólo entonces es capaz de hacer frente al nuevo reto, con frescura, con claridad. 

Nuestra vida es una serie de retos y respuestas y debemos ser capaces de encararlos por completo con cada reto, porque de lo contrario todos los momentos nos traerán más problemas. 

¿Comprendéis?

 Todo mi interés está en ser libre en no tener problemas: con Dios, con el sexo, con cualquier cosa. 

Si Dios se convierte en mi problema, entonces no vale la pena buscar a Dios; porque para descubrir si existe eso que se llama Dios, un algo supremo que rebasa la medida de la mente, mi propia mente ha de ser muy clara, inocente, libre, no impedida por un problema. 

Por eso he dicho desde el principio mismo que la libertad es necesaria. 

Se me dice que aún Carl Marx, el dios de los comunistas, escribió diciendo que los seres humanos han de tener libertad. 

Para mi, la libertad es absolutamente necesaria: 

Libertad al principio, al medio y al fin. 

Y esa libertad se niega cuando yo arrastro un problema hasta el día siguiente. 

Esto significa que no sólo tengo que descubrir como surge el problema, sino también como terminar con él por completo, quirúrgicamente, para que no haya repetición, para no ir cargando con él, para no sentir que pensando en él voy a encontrar la respuesta mañana. 

Si arrastro el problema hasta el día siguiente, propicio el terreno en el cual el problema se arraiga entonces la necesidad de podar el problema se convierte en otro problema. 

Por consiguiente, tengo que actuar de modo tan drástico e inmediato que el problema termine por completo. 

Así pues, ahí están las dos cuestiones: descubrir como surge el problema y también como acabar con él instantáneamente; tanto si el problema es la esposa, los hijos, la falta de dinero, Dios, o lo que sea. 

Lo que estoy diciendo no es ilógico. 

Os he mostrado en forma lógica, razonable, la necesidad de acabar con el problema y o arrastrarlo hasta el día siguiente. 

¿Os gustaría hacer algunas preguntas sobre esto? 

Pregunta: no comprendo porque decís que el dinero no es un problema.

Krishnamurti: Es un problema para muchos. 

Nunca he dicho que no lo sea. 

Mirad, dije que un problema es algo que no comprendéis por completo, ya sea con respecto al dinero, el sexo, Dios, a vuestra relación con la esposa, con alguien que os odia, no importa lo que sea. 

Si tengo una dolencia o muy poco dinero, esto se convierte en un problema psicológico. 

O puede ser que el sexo llegue a ser un problema. 

Estamos investigando como surgen los problemas psicológicos, no como hacer frente a uno determinado. 

¿Comprendéis? ¡Dios mío! Esto es muy sencillo. 

Como sabéis, hay personas en oriente que abandonan el mundo y vagan de pueblo en pueblo, con un cuenco de mendicante. Los brahmanes de la India han establecido, al correr de los siglos, la costumbre de que se respete al hombre que abandona el mundo, y que la gente lo debe alimentar y vestir. 

Para un hombre así, el dinero no es problema, evidentemente; pero conste que yo no estoy aconsejando aquí esa costumbre. 

Me limito a señalar que la mayoría de nosotros tenemos problemas psicológicos. 

¿No tenéis problemas, no sólo con respecto al dinero, sino también con el sexo, Dios, las relaciones humanas? ¿No os interesáis sobre si se os ama o no? 

Si tengo muy poco dinero y quiero más entonces eso se convierte en mi problema, me preocupo por ello, hay un sentimiento de ansiedad; o me vuelvo envidioso, porque tenéis más dinero que yo. 

Todo esto falsea la percepción, y estos son los problemas de que hablamos. 

Tratamos de descubrir como surge un problema de esta clase. 

Creo que he dejado esto bastante claro. 

¿O queréis que ahonde más en ello?

Seguramente que un problema surge cuando hay en mí una contradicción. 

Si no la hay, a ningún nivel, no habrá problema; si no tengo dinero trabajaré, mendigaré, pediré prestado, haré algo, y no será problema.

Pregunta: Pero ¿qué pasa cuando no se puede hacer nada? 

Krishnamurti: ¿Qué queréis decir con eso de que “no se puede hacer nada”? 

Si tenéis una técnica o algún conocimiento especializado, ejerceréis alguna profesión. 

Si no, os pondréis a cavar. 

Comentario: Después de cierta edad, un hombre ya no puede trabajar en nada. 

Krishnamurti: Pero tiene la previsión social del Estado. 

Comentario: No, no la tiene. 

Krishnamurti: Entonces se muere y ya no hay problema. 

Pero este no es vuestro problema, señora, ¿verdad? 

Pregunta: No es mi propio problema personal. 

Krishnamurti: Entonces estáis hablando de otra persona y no nos ocupamos de eso. 

Aquí hablamos de nosotros como seres humanos con problemas, y no de algún pariente o amigo.

 Comentario: Aparte de mi no tiene nadie que lo cuide; sólo yo. 

¿Cómo voy a venir a escucharos y dejarlo sin ayuda?

Krishnamurti: No vengáis. 

Comentario: Pero es que yo quiero venir. 

Krishnamurti: Entonces, no lo convirtáis en problema. 

Pregunta: ¿Estáis diciendo que cuando existe una situación embarazosa o inconveniente, como la falta de dinero, puede la mente elevarse por encima de ella? 

Krishnamurti: No. Como veis ya os habéis adelantado a mí, tratando de resolver el problema. 

Queréis saber como hacerle frente, 

Y yo no he llegado a eso todavía. 

Me he limitado a exponer el problema; y no he dicho lo que hay que hacer con él. 

Cuando decís que la mente tiene que elevarse por encima del problema, o cuando preguntáis lo que tiene que hacer un pariente o amigo que es viejo y no tiene dinero, ¿veis lo que estáis haciendo? 

Estáis escapando del hecho real. 

Un minuto, escuchad lo que estoy diciendo, no aceptéis ni rechacéis lo que diga, sino simplemente escuchadlo. 

No queréis encararos con el hecho de que sois vosotros los que tenéis el problema y no otra persona. 

Si podéis resolver el vuestro propio como seres humanos, podéis ayudar a otro o no, según sea el caso a resolver el suyo; pero en cuanto paséis a los problemas de otros y preguntéis: “¿qué tengo que hacer yo?”, os habréis colocado en una posición en la cual no podéis tener respuesta, y por lo tanto eso llega a hacer una contradicción. 

No se si ha quedado claro todo esto. 

Pregunta: Soy analfabeto, debido a una incapacidad de la infancia, y este ha sido un gran problema para mi durante toda mi vida. ¿Cómo puedo resolverlo? 

Krishnamurti: Todos os preocupáis terriblemente por la resolución de un problema, ¿no? Yo no. 

Lo siento. 

Os dije al principio mismo de estas charlas que no estoy interesado en resolver problemas, vuestros o míos. 

No Soy vuestro auxiliar o guía. 

Vosotros sois vuestro propio maestro, vuestro propio discípulo. 

Estáis aquí para aprender, y no para preguntar a otro lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer. 

No es cuestión de lo que debáis hacer con la persona impedida o con la que no tiene bastante dinero o con el analfabetismo, etc. 

Estáis aquí para aprender vosotros mismos sobre los problemas que tenéis, y no para que yo os instruya.

 No me pongáis, pues, en esa falsa posición, porque no os instruiré si lo hiciera, me convertiría en un guía, en un gurú, aumentando así la propia explotación que existe en el mundo. 

Estamos pues aquí, ustedes y yo, para aprender, y no para ser instruidos. 

Estamos aprendiendo, no por estudio, no por experiencia, sino para estar alerta, despiertos, totalmente concientes de nosotros mismos; de modo que nuestra relación es enteramente distinta de la del instructor y el enseñado. 

El que habla no os está instruyendo ni diciendo lo que hay que hacer. 

Esto carecería por completo de madurez. 

Pregunta: Cuando somos incapaces de ver todo lo que está implicado en un problema, ¿cómo podemos llegar a su raíz y resolverlo?

Krishnamurti: Tanto anheláis descubrir lo que hay que hacer, que no me habéis dado oportunidad de tratarlo. 

Os ruego que escuchéis durante dos minutos, si queréis. 

Yo no os estoy diciendo lo que hacer con vuestros problemas. 

Señalo cómo hay que aprender y lo que es aprender; y descubriréis que al aprender sobre vuestro problema éste termina; mas, si esperáis que alguien os diga lo que hay que hacer con un problema, entonces os volveréis como un niño irresponsable, que está siendo dirigido por otra persona, y tendréis aún más problemas. 

Esto es así de fácil y sencillo. 

De modo que os ruego, de una vez y para siempre, que quede claro en vuestro corazón y vuestra mente.

 Estamos aquí para aprender, no para que se nos instruya. Ser instruido es confiar a la memoria lo que se oye; pero la mera repetición de memoria no produce la resolución de los problemas. 

Sólo hay madurez en el proceso de aprender. 

De la falta de madurez nace el uso del conocimiento, de lo que simplemente ha sido memorizado como medio de resolver los problemas humanos, y sólo sirve para crear ulteriores modelos, más problemas. 

El simple deseo de resolver un problema es eludirlo, ¿no? 

No he penetrado en él, no lo he estudiado, explorado, comprendido. 

No conozco su belleza, ni su fealdad, ni su hondura; mi único interés está en resolverlo, dejarlo de lado.

 Este impulso para resolver un problema sin haberlo comprendido es una evasión del mismo, y por lo tanto, se convierte en otro problema. Toda evasión engendra ulteriores problemas.

Ahora bien, tengo un problema y quiero comprenderlo por completo, no quiero escapar de él, no quiero verbalizar sobre él, ni contárselo a nadie, simplemente quiero comprenderlo. 

No estoy esperando a que alguien me diga lo que hay que hacer. 

Veo que nadie puede decirme lo que debo hacer; y si alguien me lo dijera y yo aceptase sus palabras, eso sería sumamente tonto y absurdo. 

Tengo pues, que aprender sin que me instruyan y sin hacer intervenir el recuerdo de lo que he aprendido sobre anteriores problemas al encararme con el actual. 

¡Que pena que no veis la belleza de esto! 

¿Sabéis lo que significa vivir en el presente? 

No, me temo que no. 

Vivir en el presente es no tener continuidad en absoluto. 

Pero éste es un tema que discutiremos en alguna otra ocasión. 

Tengo un problema y quiero comprender, quiero aprender sobre él. 

Para esto no puedo traer los recuerdos del pasado a fin de enfrentarme con él, porque el nuevo problema reclama un nuevo enfoque, y yo no puedo venir a él con mis recuerdos muertos, estúpidos. 

El problema es activo de modo que tengo que tratar con él en el presente activo y por lo tanto el elemento tiempo hay que relegarlo por completo.

 Quiero descubrir como surgen los problemas psicológicos. 

Como dije, si puedo comprender toda la estructura de la causalidad de los problemas y por lo tanto, estoy libre de creármelos, entonces sabré como actuar en relación con el dinero, con el sexo, con el odio, con respecto a todo en la vida; y en el proceso de tratar con estas cosas, no crearé otro problema.

 Tengo pues, que descubrir como surge un problema psicológico y no como resolverlo. 

¿Me entendéis?. 

Nadie puede decirme como surge; tengo que comprenderlo por mi mismo.

Así como yo exploro en mi mismo, tenéis que explorar también en vosotros mismos y no limitaros a escuchar mis palabras. 

Si no vais más allá de las palabras y si no os miráis a vosotros mismos, las palabras no os ayudarán nada. 

Llegarán a ser mera abstracción, no una realidad. 

La realidad es el movimiento efectivo de vuestra propia indagación, que descubre, y no la indicación verbal de ese movimiento. 

Está claro todo esto hasta aquí. 

Para mi, como dije, la libertad es de la más alta importancia. 

Mas la libertad no puede comprenderse en modo alguno sin inteligencia; y la inteligencia sólo puede venir cuando uno ha comprendido completamente, por si mismo, la causa de los problemas. 

La mente ha de estar alerta, atenta; ha de hallarse en estado de supersensibilidad, para que cada problema se resuelva a medida que surja. 

De lo contrario, no hay verdadera libertad, sólo hay libertad fragmentada y superficial, que no tiene valor alguno. 

Es como el hombre rico que dice ser libre. 

¡Dios mío!, es esclavo de la bebida, del sexo, de la comodidad, de una docena de cosas. 

O como el hombre pobre que dice: “Soy libre porque no tengo dinero”, pero tiene otros problemas. 

Así, la libertad y la conservación de esta libertad no pueden ser una mera abstracción; tienen que ser la absoluta demanda, por vuestra parte, como seres humanos, porque sólo cuando hay libertad es cuando podéis amar. 

¿Cómo podéis amar si sois ambiciosos, codicioso, competitivos?. 

No asintáis señores. Me estáis dejando que haga yo todo el trabajo.

No estoy nada interesado en resolver el problema, ni en buscar a alguien que me diga el modo de resolverlo. 

No me lo puede decir ningún libro, ningún guía, ninguna iglesia, sacerdote, salvador. 

Hemos jugado con eso miles de años y todavía seguimos cargados de problemas, que lo único que hacen es seguir multiplicándose, como ocurre ahora. 

Así que, ¿cómo surge un problema?. 

Como dije, cuando no hay contradicción en nuestro interior, no hay problema. 

La auto-contradicción implica un conflicto del deseo, pero el deseo mismo nunca es contradictorio.

 Desde luego que lo que crea contradicción son los objetos del deseo; como pinto cuadros, o escribo libros, o hago alguna cosa tonta, quiero ser famoso, reconocido. 

Cuando nadie me reconoce, hay una contradicción y me siento desgraciado, tengo miedo de la muerte, que no he comprendido; y en lo que llamo amor hay una contradicción. 

Veo pues, que el deseo es el principio de la contradicción; no el deseo mismo, sino los objetos del deseo son los contradictorios. 

Si trato de cambiar o negar los objetos del deseo, diciendo que me voy a aferrar a una sola cosa y a nada más, entonces eso también se vuelve un problema, porque tengo que resistir, tengo que levantar barreras contra todo lo demás. 

Así es que lo que tengo que hacer no es meramente cambiar o reducir los objetos del deseo, sino comprender el deseo mismo. 

Podéis decir: ¿Qué tiene que ver todo esto con el problema? Creemos que es el deseo el que crea conflicto, contradicción; y yo indico que no es el deseo, sino los objetos o fines en conflicto con el deseo los que crean la contradicción. 

Y no es bueno tratar de no tener más que un deseo.

Eso es como el sacerdote que dice: “Sólo tengo un deseo, el de alcanzar a Dios”, y que tiene innumerables deseos, de los cuales no es consciente siquiera. 

Tiene uno, pues, que comprender la naturaleza del deseo, y no limitarse a someterlo a control o a negarlo. 

Toda la literatura religiosa dice que tenéis que destruir el deseo, estar sin él, cosa que nada vale. 

Tiene uno que comprender como surge el deseo y que es lo que le da continuidad. 

¿Entendéis el problema? 

Podéis ver como surge el deseo; es bastante sencillo. 

Hay percepción, contacto, sensación, incluso sensación sin contacto; y de la sensación viene el principio del deseo. 

Veo un automóvil; sus líneas, su forma, su belleza, me atraen, y lo quiero. 

Pero destruir el deseo es no ser sensible para nada. 

Desde el momento en que soy sensible, ya estoy en el proceso del deseo. 

Veo un objeto bello, o una bella mujer, lo que sea, y surge el deseo; o veo un hombre de enorme inteligencia e integridad y quiero ser así. 

De la percepción viene la sensación, y de esta el principio del deseo. 

Esto es lo que realmente sucede. 

No hay en ello nada complicado. 

La complejidad empieza cuando interviene el pensamiento y da continuidad al deseo. 

Pienso en el auto o en la mujer o en el hombre inteligente, y por ese pensamiento se le da continuidad al deseo. 

De lo contrario, este no tiene continuidad. 

Puedo mirar el vehículo, y con eso se acabó. 

¿Comprendéis esto? 

Pero en el momento en que le concedo un momento de mi pensamiento a ese vehículo, entonces el deseo tiene continuidad, y la contradicción empieza. 

Pregunta: ¿Puede haber deseo sin objeto?

Krishnamurti: No existe tal cosa. No hay deseo abstracto. 

Pregunta: Entonces el deseo está siempre conectado con un objeto, pero dijisteis antes que tenemos que comprender el mecanismo del propio deseo y no preocuparnos de su objeto. 

Krishnamurti: Señor, he señalado como surge el deseo y como, por el pensamiento, le damos continuidad al deseo. 

Lo siento, pero tenemos que detenernos ahora y continuar el jueves próximo. 

14 de julio de 1964.




LA MUTACIÓN PSICOLÓGICA - J.K -

  La Mutación Psicológica 

Conversaciones en Saanen 1964 

Capítulo Primero 

Como sabéis, van a darse aquí diez charlas y habrá algunas discusiones después de que terminen, por lo cual tendremos mucho tiempo para hablar de estas cosas. 

Me gustaría empezar esta mañana señalando la extraordinaria importancia de la libertad. La mayoría de nosotros no queremos ser libres. Tenemos nuestra familia, responsabilidades, deberes, y a esas cosas nos atenemos. Estamos limitados por leyes sociales, por cierto código de moral, y estamos agobiados por diarias perturbaciones y problemas; si podemos encontrar alguna clase de consuelo, algún medio de escape de todo este conflicto y desdicha, muy fácilmente quedamos satisfechos. La mayoría de nosotros no queremos ser libres en modo alguno, en ninguna dirección, a ninguna profundidad; y, sin embargo, me parece que una de las cosas más esenciales de la vida, es el descubrir por si mismo como ser libre de manera completa y total. ¿Es posible que la mente humana estando tan fuertemente condicionada, tan estrechamente aprisionada en sus afanes cotidianos tan llena de miedos y ansiedades, tan insegura del futuro y en constante demanda de seguridad, es posible que una mente así produzca en si misma una radical mutación, que sólo puede realizarse en la libertad completa?.

Creo que cada uno de nosotros debería interesarse realmente por este problema, al menos durante las tres semanas que estaremos aquí. Deberíamos interesarnos, no sólo verbalmente, sino ahondar mucho más en nosotros mismos, a través del análisis verbal o lingüístico para descubrir si es posible ser libres. Sin libertad no puede uno descubrir lo que es verdadero y lo que es falso; sin libertad no hay profundidad en la vida; sin libertad somos esclavos de toda clase de influencias, de todas las presiones sociales, de las innumerables exigencias con las que constantemente nos encontramos. ¿Se puede, pues, como individuo, penetrar realmente en uno mismo, investigando mucho, implacablemente, y descubrir si es posible que cada uno de nosotros sea completamente libre? Desde luego que sólo en la libertad puede haber cambio. Y, en efecto tenemos que cambiar, no superficialmente, no en el sentido de recortar meramente, un poquito acá y allá, sino que tenemos que producir una mutación radical en la estructura misma de la propia mente. Por eso me parece que es tan importante hablar sobre el cambio, discutirlo y ver hasta donde puede llegar cada uno de nosotros en este problema. ¿Sabéis lo que entiendo por “cambio”?. Cambiar es pensar de una manera totalmente distinta. Es producir un estado mental en que no haya nunca ninguna ansiedad, ninguna sensación de conflicto, de pugna por lograr, por ser o llegar a ser algo. Es liberarse por completo del miedo. Para descubrir lo que significa estar libre de temor, creo que tiene uno que comprender esta cuestión del que enseña y el enseñado, y con ello descubrir lo que es el aprender. Aquí no hay maestro ni persona a la que se enseñe. Todos estamos aprendiendo. Tenéis pues, que libraros por completo de la idea de que alguien os va a instruir o deciros lo que hay que hacer, lo cual significa que la relación con el que habla es por completo distinta. Estamos aprendiendo, no se os está enseñando. Si realmente comprendéis que no estáis aquí para que alguien os enseñe, que no hay instructor que os instruya, ni salvador que os salve, ni gurú que os diga lo que hay que hacer, si en realidad comprendéis este hecho, entonces tenéis que hacerlo todo vosotros mismos; y eso requiere una enorme cantidad de energía. La energía se disipa, se degrada, se pierde del todo cuando existe la relación del que enseña y el enseñado; así que, durante estas charlas aquí y en las discusiones que van a seguir, espero que no haya una relación semejante. Sería en realidad maravilloso que pudiéramos eliminarla por completo, de modo que solo quedase el movimiento de aprender. Generalmente aprendemos por el estudio, por los libros, por la experiencia o por instrucción ajena. Estas son las formas usuales de aprender: Confiamos a la memoria lo que hay y lo que no hay que hacer, lo que hay y no hay que pensar, como sentir, como reaccionar. Por la experiencia, el estudio, el análisis, por la exploración, por el examen introspectivo, almacenamos conocimientos en forma de memoria, y esta entonces responde a ulteriores retos y exigencia, de lo cual surge más y más aprendizaje. Estamos bien familiarizados con este proceso, es nuestra única manera de aprender. Como no sé dirigir un avión, aprendo, se me instruye, adquiero experiencia, cuyo recuerdo retengo, y entonces vuelo. Este es el único proceso de aprender que conocemos la mayoría de nosotros. Aprendemos por el estudio, la experiencia, la instrucción. Lo que se aprende se confía a la memoria como conocimiento, y ese conocimiento funciona siempre que hay un reto o siempre que tenemos que hacer algo.

  Pues bien, yo creo que hay una manera de aprender enteramente distinta y voy a hablar un poquito sobre ello; mas, para comprenderlo y para aprender esta forma distinta, tenéis que estar por completo libres de autoridad, pues si no simplemente se os instruirá y repetiréis lo que hayáis oído. Por eso es muy importante comprender la naturaleza de la autoridad. La autoridad impide aprender, un aprender que no es la acumulación de conocimientos como memoria. La memoria siempre responde en modelos; no hay libertad. Un hombre que este cargado de conocimiento, de instrucciones, que este agobiado por las cosas que ha aprendido, nunca será libre. Puede ser sumamente erudito, de modo extraordinario, pero su acumulación de conocimientos le impide ser libre, y por lo tanto es incapaz de aprender. Acumulamos diversas formas de conocimiento: El científico, psicológico, el técnico etc., y este conocimiento es necesario para el bienestar físico del hombre. Pero también acumulamos conocimientos para estar seguros, para funcionar sin trastornos, para actuar siempre dentro de los límites de nuestra propia información, y por ello nos sentimos seguros. Siempre queremos estar seguros, nos da miedo la incertidumbre y por tanto, acumulamos conocimientos. De esta acumulación sicológica es de lo que estoy hablando, y esto es lo que obstaculiza por completo la libertad. Así es que, desde el momento en que empieza uno a inquirir sobre lo que es la libertad, tiene que poner en tela de juicio no sólo la autoridad sino el conocimiento. Si simplemente se os instruye, si os limitáis a escuchar lo que oís, lo que leéis, lo que experimentáis, entonces hallaréis que nunca podéis ser libres, porque siempre estáis funcionando dentro del patrón de lo conocido. Esto es lo que nos pasa efectivamente a la mayoría; ¿qué va uno pues a hacer? Uno ve como funciona la mente y el cerebro. El cerebro es una cosa del mundo animal, progresiva, evolutiva, que vive y funciona dentro de los muros de su propia experiencia, su propio conocimiento, sus esperanzas y temores. Está perpetuamente activo en salvaguardarse y protegerse y, en cierta medida, tiene que estarlo, porque de lo contrario pronto se destruiría. Tiene que tener cierto grado de seguridad, de modo que habitualmente se beneficia acumulando toda clase de información, obedeciendo toda clase de instrucción, creando un patrón al que se ajuste la vida propia, no siendo así nunca libre. Si uno ha observado su propio cerebro, todo el funcionamiento de si mismo, se da cuenta de este modo de existencia ajustando a un patrón, en el cual no hay espontaneidad alguna. ¿Qué es, pues, aprender? ¿Hay un aprender de distinta clase, un aprender que no sea acumulativo, que no llegue a ser sólo un trasfondo de memoria o conocimiento que crea modelos y obstaculiza la libertad? ¿Existe una manera de aprender que no llegue a ser una carga, que no paralice la mente, sino que, por el contrario le de libertad? Si os habéis formulado alguna vez esta pregunta no de modo superficial, sino profundamente, sabréis que uno tiene que descubrir porque se aferra la mente a la autoridad. Ya sea la autoridad del instructor, del salvador, del libro, o la del conocimiento y la experiencia propia, ¿por qué se aferra la mente a esa autoridad?

Como sabéis, la autoridad adopta muchas formas. Tenemos la autoridad de los libros, la de la iglesia, la del ideal, la de vuestra propia experiencia y la del conocimiento que habéis acumulado. ¿Por qué os aferráis a esas autoridades? Técnicamente hay necesidad de ellas. Esto es sencillo y evidente. Más nosotros hablamos del estado psicológico de la mente; y, prescindiendo del todo de la autoridad técnica, ¿por qué se aferra la mente a la autoridad en el sentido psicológico? Es evidente que la mente se aferra a la autoridad porque le da miedo la incertidumbre, la inseguridad; le da miedo lo desconocido, lo que puede pasar mañana. Y ¿podemos nosotros vivir sin ninguna autoridad en absoluto, autoridad en el sentido de dominación, aserción, dogmatismo, agresividad, querer tener éxito, querer ser famoso, querer llegar a ser alguien? ¿Podemos vivir en este mundo: ir a la oficina y todo lo demás, en un estado de completa humildad? Esa es una cosa muy difícil de descubrir, ¿no? Más yo creo que es sólo en ese estado de completa humildad (que es el estado de una mente que esta siempre dispuesta a no saber) en el que puede uno aprender. De lo contrario siempre estará uno acumulando y, por tanto, dejando de aprender. ¿Puede uno, pues, vivir de un día para otro, en ese estado? ¿Comprendéis mi pregunta? Seguramente una mente que en realidad esté aprendiendo no tendrá autoridad ni tampoco la buscará; porque se encuentra en un estado de constante aprender, no sólo las cosas exteriores, sino también las internas y no pertenece a ningún grupo, a ninguna sociedad, a ninguna raza o cultura. Si estas constantemente aprendiendo de todo sin acumulación, ¿cómo puede haber una autoridad, un instructor? ¿Cómo es posible que sigáis a alguien? Y esa es la única manera de vivir: no aprendiendo de los libros. Yo no me refiero a eso. Sino  aprendiendo de vuestras propias demandas, de los movimientos de vuestro propio pensar, de vuestro propio ser. Entonces vuestra mente siempre estará fresca, lo mirará todo como nuevo y no con la cansada mirada del conocimiento, de la experiencia, de lo que ha aprendido. Si uno comprende esto, real y profundamente, entonces cesa toda autoridad; entonces el que habla carece en absoluto de importancia. El extraordinario que la verdad revela, lo inmenso de la realidad, no os lo puede dar otro. No hay autoridad, no hay guía. Tenéis que descubrirlo por vosotros mismos y, con ello, traer algún sentido a este caos que llamamos vida. Es un viaje que hay que emprender completamente sólo, sin marido, sin esposa, sin libros. Sólo podéis partir para este viaje cuando realmente veis la verdad de que tenéis que caminar completamente solos. Entonces estáis solos; no por amargura, no por cinismo, ni por desesperación, sino porque veis el hecho de que la soledad es absolutamente necesaria. Este hecho y la percepción del mismo es lo que le libera a uno para caminar solo. Uno es el libro, el salvador, el maestro. Tenéis pues, que investigar, tenéis que aprender sobre vosotros mismos, lo cual no significa acumular conocimientos de un mismo y mirar los movimientos de vuestro propio pensar con ese conocimiento. ¿Comprendéis? Para aprender sobre uno mismo, para conoceros, debéis observaros con frescura, con libertad. No podéis aprender sobre vosotros mismos si os limitáis a aplicar conocimiento, es decir, a miraros en términos de lo que habéis aprendido de algún instructor, de algún libro o de vuestra propia experiencia. El “yo” es una extraordinaria entidad, es una cosa compleja, vital, enormemente viva en constante cambio, sufriendo toda clase de experiencias; es un torbellino de enorme energía, y no hay nadie que pueda enseñaros sobre él: ¿nadie? Esto es lo primero que hay que ver. Una vez que comprendéis esto, que realmente veis su verdad, ya estáis liberados de una pesada carga, habéis dejado de esperar que algún otro os diga lo que hay que hacer. Ya existe el principio de este extraordinario aire de libertad. Tengo, pues, que conocerme, porque sin conocerme a mi mismo el conflicto no puede terminar, no pueden acabar el miedo ni la desesperación, no puede haber comprensión de la muerte. Cuando me comprendo, comprendo también a todos los seres humanos, la totalidad de las relaciones humanas. Comprenderse a si mismo es aprender sobre el cuerpo físico y las varias respuestas de los nervios, es darse cuenta de todo el movimiento del pensar, es comprender los celos, la brutalidad, y descubrir lo que es el afecto, lo que es el amor; es comprender todo eso que es el “yo”, el “tu”. Aprender no es un proceso de sentar las bases del conocimiento. Aprender es de instante en instante, es un movimiento que os observáis infinitamente, sin condenar, interpretar ni evaluar nunca, sino meramente observando. En el momento en que condenáis, interpretáis o evaluáis, tendréis un patrón de conocimiento, de experiencia, y ese modelo os impide aprender. Sólo es posible una mutación en la raíz misma de la mente cuando os comprendéis, y tiene que haber tal mutación, tiene que haber un cambio. No uso la palabra “cambio” en el sentido de ser influido por la sociedad, por el clima, la experiencia o la presión en alguna otra forma. Presiones e influencias meramente os impulsaran en cierta dirección. Me refiero al cambio que se produce sin esfuerzo, porque os comprendéis. Desde luego que hay una que hay que hacer. Ya existe el principio de este extraordinario aire de libertad. Tengo, pues, que conocerme, porque sin conocerme a mi mismo el conflicto no puede terminar, no pueden acabar el miedo ni la desesperación, no puede haber comprensión de la muerte. Cuando me comprendo, comprendo también a todos los seres humanos, la totalidad de las relaciones humanas. Comprenderse a si mismo es aprender sobre el cuerpo físico y las varias respuestas de los nervios, es darse cuenta de todo el movimiento del pensar, es comprender los celos, la brutalidad, y descubrir lo que es el afecto, lo que es el amor; es comprender todo eso que es el “yo”, el “tu”. Aprender no es un proceso de sentar las bases del conocimiento. Aprender es de instante en instante, es un movimiento que os observáis infinitamente, sin condenar, interpretar ni evaluar nunca, sino meramente observando. En el momento en que condenáis, interpretáis o evaluáis, tendréis un patrón de conocimiento, de experiencia, y ese modelo os impide aprender. Sólo es posible una mutación en la raíz misma de la mente cuando os comprendéis, y tiene que haber tal mutación, tiene que haber un cambio. No uso la palabra “cambio” en el sentido de ser influido por la sociedad, por el clima, la experiencia o la presión en alguna otra forma. Presiones e influencias meramente os impulsaran en cierta dirección. Me refiero al cambio que se produce sin esfuerzo, porque os comprendéis. Desde luego que hay una basta diferencia entre los dos: entre el cambio producido por compulsión y el que viene de modo espontáneo, natural, libre. Pues bien, si sois serios (y creo que sería un poco absurdo haber recorrido todo el camino para asistir a estas charlas con este calor y aguantar una serie de incomodidades si no fuerais serios), entonces estas tres semanas aquí ofrecerán una buena oportunidad para aprender, para la observación real, para la indagación profunda. Porque, mirad, me parece que nuestra vida es tan superficial, sabemos y hemos experimentado mucho, podemos hablar muy inteligentemente, y en realidad no tenemos profundidad. Vivimos en la superficie y, al hacerlo, tratamos de conseguir que ese vivir superficial sea muy serio. Mas yo hablo de una seriedad que no está meramente al nivel superficial, una seriedad que penetra hasta las profundidades mismas del propio ser. La mayoría de nosotros no somos realmente libres; y creo que, a menos que seamos libres: libres de las preocupaciones, de los hábitos, de las incapacidades psicosomáticas, del miedo nuestra vida seguirá siendo terriblemente superficial y vacía, y en ese estado envejecemos y morimos.

Así que, durante estas tres semanas, descubramos si podemos abrirnos paso por esta superficial existencia que hemos cultivado tan cuidadosamente y sumergirnos en algo que está mucho más hondo. Y el proceso de ahondar no es por medio de la autoridad; no es cuestión de que nos diga otro como hay que hacerlo, porque no hay nadie que os lo pueda decir. Lo que vamos a hacer aquí es aprender juntos lo que hay de verdad en todo esto; y un vez que realmente comprendáis lo que es verdadero, entonces habrán terminado todas las esperanzas puestas en la autoridad; entonces no necesitáis ningún libro, no necesitáis ir a ninguna iglesia o templo, habéis dejado de ser seguidores. Hay gran belleza, gran profundidad, gran amor en la libertad, cosas de las cuales ahora no sabemos nada en absoluto, porque no somos libres. De modo que nuestro primer interés, me parece, es inquirir sobre esta libertad, no sólo a través del análisis verbal o lingüístico, sino también por el hecho de vernos libres de la palabra. Hace mucho calor, pero me parece que hemos hecho todo lo que podíamos para lograr que el interior de la tienda esté bastante fresco. No podemos celebrar estas reuniones más temprano, porque hay muchos que vienen desde lejos. Tendremos, pues, que soportar este calor como parte de las molestias. Como sabéis, uno tiene que ser disciplinado, no por imposición ni control rígido, sino por la comprensión de toda la cuestión de la disciplina, aprendiendo sobre ella. Tomad por ejemplo algo inmediato: el calor. Puede uno darse cuenta de este calor y no estar molesto por el, porque nuestro interés, nuestra indagación, que es el movimiento mismo del aprender, es mucho más importante que el calor y la incomodidad del cuerpo. El aprender requiere, pues, disciplina, y el acto mismo de aprender es disciplina; y, por tanto, no tiene que haber disciplina impuesta ni control artificial. Es decir, quiero escuchar, no sólo lo que se está diciendo, sino también todas las reacciones que despiertan en mi esas palabras.

 Quiero percibir todo movimiento del pensar, de todo sentimiento, de todo gesto. Esto, en si, es disciplina, y tal disciplina siempre es extraordinariamente flexible. Creo, pues, que lo primero que tenéis que descubrir es si, como seres humanos que viven en una cultura o comunidad determinada, reclamáis realmente libertad como reclamáis alimento, sexo, comodidad; y hasta que punto y que tan profundamente estáis dispuestos a llegar para ser libres. Creo que eso es lo único que podemos hacer en la primera charla o, más bien, lo único que podemos hacer durante estas tres semanas, porque es lo único que podemos compartir. Eso y ninguna otra cosa. Porque todo lo demás llega a ser mero sentimentalismo, devoción, emotividad, cosas que carecen grandemente de madurez. Mas si ustedes y yo estamos realmente buscando inquiriendo, aprendiendo lo que significa ser libres o estar libres, entonces esa abundancia la podemos compartir todos.

Como dije al principio, aquí no hay instructor, aquí no hay instruidos, cada uno de nosotros está aprendiendo, pero no sobre algún otro. No estáis aprendiendo sobre el que habla ni sobre vuestro prójimo; estáis aprendiendo sobre vosotros mismos, y si aprendéis así, entonces sois el que habla sois vuestro vecino. Si aprendemos sobre nosotros mismos, podéis amar a vuestro prójimo. De lo contrario, no podéis, y todo esto seguirán siendo meras palabras. No podéis amar a vuestro prójimo si sois competidores. Toda nuestra estructura social, económica, política, moral, religiosa, se basa en la competencia. Y al mismo tiempo, decimos que tenemos que amar al prójimo. Tal cosa es imposible, porque donde haya competencia no puede haber amor. Así es que, para comprender lo que es el amor, lo que es la verdad tiene que haber libertad. Y nadie puede daros eso, tenéis que descubrirla por vosotros mismos trabajando de firme. 

12 de julio de 1964.

PALABRAS DE ALDOUS HUXLEY

 ...¿Qué es precisamente lo que nos ofrece Krishnamurti? 

¿Qué es lo que podemos aceptar, si nos parece bien, pero con toda probabilidad preferiremos rechazar?

 No se trata, como hemos visto, de un sistema de creencias, de un catálogo de dogmas, ni de un repertorio de ideas o ideales. 

No se trata de ningún caudillaje, ni mediación, ni dirección espiritual, ni siquiera se trata de un ejemplo; ni de un ritual, ni de una iglesia, ni de un código, ni de una elevación o alguna forma de parloteo estimulador... 

El proceso liberador ha de comenzar con la comprensión sin opción de lo que queréis, y de vuestras reacciones ante cualquier sistema de símbolos que os diga que debéis o no debéis querer eso. 

Mediante esta comprensión sin opción, a medida que penetra en los estratos profundos del ‘ego’ y del subconsciente con él asociado, surgirán el amor y la mutua comprensión; pero éstos serán de naturaleza muy distinta al amor y la mutua comprensión que nosotros conocemos. 

Esta comprensión sin opción -en todo instante y en todas las circunstancias de la vida- es la única meditación eficaz. 

La autocomprensión sin opción nos lleva a la Realidad creadora, que está debajo de todas nuestras ilusiones destructivas, nos lleva a la serena sabiduría que siempre está allí a pesar de la ignorancia, a pesar del conocimiento, que es meramente otra forma de la ignorancia. 

El conocimiento es cuestión de símbolos, y es, con demasiada frecuencia, un estorbo a la sabiduría, al descubrimiento de uno mismo de instante en instante. 

La mente que ha llegado a la quietud de la sabiduría “comprenderá el ser, comprenderá lo que es amar.

 El amor no es personal ni impersonal. 

El amor es amor y la mente no puede definirlo ni describirlo como algo exclusivo ni inclusivo. 

El amor es su propia eternidad; es lo real, lo supremo, lo inconmensurable”. 


Aldous Huxley

PREGUNTAS Y RESPUESTAS - 38 - LA TRANSFORMACIÓN -

 38. LA TRANSFORMACIÓN 

Pregunta: ¿Qué entiende usted por transformación? 

KRISHNAMURTI: Es evidente que tiene que haber una revolución radical. 

La crisis mundial la exige. 

Nuestras vidas la exigen. 

Nuestros incidentes, empeños y ansiedades de todos los días la exigen. 

Nuestros problemas la exigen. 

Tiene que haber una revolución radical, fundamentad porque todo en torno nuestro se ha derrumbado.

 Aunque en apariencia haya orden, en realidad hay lenta descomposición y destrucción: la ola de destrucción está constantemente alcanzando a la ola de vida. 

Tiene, pues, que haber una revolución; pero no una revolución basada en una idea. 

Semejante revolución es tan sólo la continuación de la idea, no una transformación. 

Y una revolución basada en una idea trae derramamiento de sangre, destrucción. 

Del caos no se puede establecer el orden; no es posible que produzcáis deliberadamente el caos con la esperanza de que el orden surja de ese caos. 

No sois los elegidos de Dios para implantar un orden nacido de la confusión. 

Esa es la manera errónea de pensar de los que desean producir creciente confusión para luego establecer el orden. 

Por estar momentáneamente en posesión del poder, se figuran que conocen todos los medios de crear orden. 

Observando toda la catástrofe -la repetición constante de las guerras, los incesantes conflictos entre las clases sociales y entre los pueblos, la tremenda desigualdad económica y social, la diferencia de capacidades y dones naturales, el abismo entre los que disfrutan de extraordinaria dicha y tranquilidad, y los que viven prisioneros del odio, del conflicto y de la miseria-, observando todo eso, se ve que es necesaria una transformación completa, ¿no es cierto? 

Esta transformación, esta revolución radical ¿es una finalidad o es de momento a momento? Bien sé que nos agradaría que fuese la finalidad a alcanzar, ya que es tanto más fácil pensar en términos de lejanía, de futuro. 

Al final nos habremos transformado, al final seremos felices, al final hallaremos la verdad; pero, mientras tanto, continuemos como hasta ahora. 

Una mente que así piensa en términos de futuro, es incapaz de actuar en el presente; y por lo tanto una mente así no busca la transformación, simplemente la rehuye. ¿Qué entendemos por transformación?

La transformación no es en el futuro; jamás puede serlo. 

Sólo puede ser ahora, de momento en momento. 

¿Qué entendemos, pues, por transformación? 

Es, sin duda, algo muy sencillo: ver lo falso como falso y lo verdadero como verdadero. 

Ver también la verdad en lo falso, y ver lo falso en aquello que ha sido aceptado como la verdad; ver lo falso como falso y lo verdadero como verdadero es transformación. 

Porque cuando veis muy claramente que algo es la verdad, esa verdad es libertadora. 

Cuando veis que algo es falso, esa cosa falsa se desprende. 

Cuando veis que las ceremonias son simples y vanas repeticiones; cuando veis la verdad acerca de ellas y no las justificáis, prodúcese la transformación, porque otra atadura ha desaparecido.

Cuando veis que la división de la sociedad en clases es falsa, que ella engendra conflictos, miseria y desunión entre las personas; cuando veis la verdad al respecto, esa verdad resulta libertadora. 

La percepción misma de esa verdad es transformación. 

Y como estamos rodeados de tantas cosas falsas, el percibir de instante en instante esa falsedad, es transformación. 

La verdad no se acumula; ella es de momento en momento. 

Lo que se acumula, lo acumulado es la memoria; y mediante la memoria jamás podréis hallar la verdad.

 La memoria, en efecto, pertenece al tiempo; el tiempo es el pasado, el presente y el futuro. 

El tiempo, que es continuidad, jamás puede descubrir aquello que es eterno. 

La eternidad no es continuidad. 

Lo que perdura no es eterno. 

La eternidad está en el instante. 

La eternidad está en el “ahora”. 

El “ahora” no es reflejo del pasado, ni continuación del pasado hacia el futuro a través del presente.

 Una mente que está deseosa de una transformación futura, o que encara la transformación como objetivo final jamás podrá hallar la verdad. 

La verdad, en efecto, es algo que tiene que surgir de momento a momento, que debe ser descubierto cada vez de nuevo; y, por cierto, no puede haber descubrimiento alguno por medio de la acumulación. ¿Cómo podréis descubrir lo nuevo si estáis agobiados por lo viejo? 

Es tan sólo cuando desaparece esa carga que descubres lo nuevo. 

Para descubrir lo nuevo, lo eterno, en el presente y de momento a momento, se requiere una mente extraordinariamente alerta, una mente que no busque resultados, una mente que no trate de llegar a ser algo. 

Una mente que se esfuerce por llegar a ser algo no puede nunca conocer la plena beatitud del contentamiento; no del contento de la fácil satisfacción, ni del contento que trae el logro de un resultado, sino del contento que se produce cuando la mente ve la verdad en lo que es y lo falso en lo que es. 

La percepción de esa verdad es de instante en instante, y esa percepción se detiene al hablar de ese instante. 

La transformación no es una finalidad, un resultado. 

La transformación no es un resultado. El resultado implica residuo, una causa y un efecto. 

Donde hay causalidad, tiene forzosamente que haber efecto; el efecto es simplemente el resultado de vuestro deseo de transformación. 

Cuando deseáis veros transformados, seguís pensando en términos de devenir; y aquello que es devenir no puede nunca conocer aquello que es ser. 

La verdad es ser de momento en momento; y la felicidad que continúa no es felicidad. 

La dicha es el estado atemporal del ser. 

Ese estado atemporal puede producirse tan sólo cuando hay tremendo descontento; no el descontento que ha hallado una vía de escape, sino el descontento que no tiene salida ni escapatoria y que ya no busca realización. 

Sólo entonces, en ese estado de supremo descontento, puede surgir la realidad. 

Esa realidad no se compra, ni se vende, ni se repite; no puede ser captada en libros. 

Tiene que ser captada de momento a momento, en la sonrisa, en la lágrima, bajo la hoja muerta, en los pensamientos errabundos, en la plenitud del amor. 

El amor no es diferente de la verdad. 

El amor es ese estado en el cual el proceso del pensamiento en función del tiempo ha cesado completamente. 

Y donde hay amor hay transformación. 

Sin amor, la revolución carece de sentido pues en tal caso ella es mera destrucción, decadencia, una miseria, desgracia creciente y cada vez mayor. 

Donde hay amor hay revolución, porque el amor es transformación de instante en instante.


PREGUNTAS Y RESPUESTAS - 37 - LA CONFUSIÓN DE LA MENTE -

 37. LA CONFUSIÓN DE LA MENTE 

Pregunta: He escuchado todas las pláticas de usted y he leído todos sus libros. Con toda seriedad le pregunto: ¿Cuál puede ser el objeto de mi vida si como usted dice, todo pensamiento ha de cesar, todo conocimiento ha de ser suprimido, y todo recuerdo ha de perderse? ¿Cómo relaciona usted ese estado de ser -sea lo que él fuere según usted- con el mundo en que vivimos? ¿Qué relación tiene ese ser con nuestra triste y dolorosa existencia? 

KRISHNAMURTI: Queremos saber qué es ese estado que sólo puede surgir cuando todo conocimiento, cuando el reconocedor, no existe; queremos saber qué relación tiene ese estado con nuestro mundo de diarias actividades, diarios empeños. 

Sabemos qué es ahora nuestra vida: triste, penosa, constantemente temerosa, nada permanente. 

Eso lo sabemos muy bien. Y queremos saber qué relación hay entre este estado y aquél; y, si dejamos de lado el conocimiento, si nos liberamos de nuestros recuerdos y demás, cuál es el objeto de la existencia.

¿Qué objeto tiene la existencia tal como ahora la conocemos, no en teoría sino realmente? ¿Cuál es el propósito de nuestra existencia diaria? 

Nada más que el sobrevivir -¿no es así?-, con todas sus miserias, con todos sus pesares y confusión, sus guerras, destrucciones, y demás. 

Podemos inventar teorías, podemos decir: “Esto no debiera ser, sino alguna otra cosa”. Pero todas esas son teorías, no son hechos. 

Lo que conocemos es la confusión, el dolor, el sufrimiento, los antagonismos interminables. 

Y también, por poco que nos demos cuenta, sabemos cómo ocurre todo eso. 

Porque el objeto de la vida día tras días, de instante en instante, es destruirnos unos a otros, explotarnos unos a otros, ya sea como individuos o como seres humanos colectivos. 

En nuestra soledad, en nuestra miseria, tratamos de utilizar a otros, intentamos huir de nosotros mismos, por medio de la diversión, de dioses, del conocimiento, de toda forma de creencia, de la identificación.

 Tal es nuestro objeto, consciente o inconsciente, tal como ahora vivimos.

¿Y existe un propósito mas profundo, más amplio y trascendente, un fin que no sea de confusión, de adquisición? ¿Y ese estado espontáneo tiene alguna relación con nuestra vida diaria? 

Eso, por cierto, no tiene absolutamente ninguna relación con nuestra vida. 

¿Cómo puede tenerla? Si mi mente es confusa, angustiada, solitaria, ¿como puede ella estar en relación con algo que no pertenezca a la misma? ¿Cómo puede la verdad estar en relación con la falsedad, con la ilusión? 

Pero eso no lo queremos admitir. 

Porque nuestra esperanza, nuestra confusión, nos hace creer en algo más grande, más noble, que, según decimos, tiene relación con nosotros. 

En nuestra desesperación buscamos la verdad, esperando que en el descubrimiento de la misma nuestra desesperación habrá de desaparecer. 

Podemos ver, pues, que una mente confusa, una mente transida de dolor, una mente que capta su propio vacío, su soledad, jamás podrá encontrar aquello que está más allá de sí misma. 

Aquello que está más allá de la mente sólo puede surgir cuando las causas de confusión, de desdicha, han sido disipadas o comprendidas. 

Todo lo que he estado diciendo, de lo que he estado hablando, es cómo comprendernos a nosotros mismos. 

Porque, sin conocimiento propio, lo otro no adviene, lo otro es sólo una ilusión. 

Mas si comprendemos el proceso total de nosotros mismos, de instante en instante, entonces veremos que, al despejarse nuestra propia confusión, lo otro adviene. 

Entonces vivenciando aquello tendrá una relación con esto. 

Pero esto jamás tendrá relación con aquello. 

Estando de este lado de la cortina, estando en la oscuridad, ¿cómo puede uno tener la vivencia de la luz, de la libertad? 

Mas una vez que haya vivencia de la verdad, entonces podréis vosotros relacionarla con este mundo en que vivís. 

Si jamás hemos conocido lo que es el amor, sino tan sólo constantes reyertas, desdichas, angustias, conflictos, ¿cómo podemos vivenciar ese amor que nada tiene que ver con todo esto? 

Pero una vez que tengamos la vivencia de eso, entonces no necesitamos molestarnos en hallar la relación. 

Entonces el amor, la inteligencia, funcionan. 

Mas para vivenciar ese estado, todo conocimiento, recuerdos acumulados, actividades identificadas con uno mismo, tienen que cesar para que la mente sea incapaz de proyectar sensación alguna. 

Entonces, vivenciando eso, habrá acción en este mundo.

Ese es por cierto el objeto de la existencia: ir más allá de la actividad egocéntrica de la mente. 

Y, habiendo vivenciado ese estado -que la mente no puede medir-, entonces la vivencia misma de eso trae consigo una revolución íntima. 

Entonces, habiendo amor, no hay problema social; no hay problema de ninguna especie cuando hay amor. 

Es porque no sabemos amar que tenemos problemas sociales, y sistemas de filosofía sobre el modo de habérnoslas con nuestros problemas. 

Y yo digo que estos problemas jamás podrán resolverse por sistema alguno, ya sea de la izquierda, de la derecha o del centro. 

Ellos podrán ser resueltos -nuestra confusión, nuestras miserias, nuestra autodestrucción- tan sólo cuando podamos vivenciar aquel estado que no es autoproyectado.


PREGUNTAS Y RESPUESTAS - 36 - EL SENTIDO DE LA VIDA -

36. EL SENTIDO DE LA VIDA 

Pregunta: Vivimos, pero no sabemos por qué. Para muchísimos de nosotros, la vida parece no tener sentido alguno. ¿Puede usted decirnos cuál es el sentido y el objeto de nuestro vivir? 

KRISHNAMURTI: Bueno, ¿por qué hacéis esa pregunta? ¿Por qué me pedís que os diga cuál es el sentido de la vida, el objeto de la vida? ¿Qué entendemos por vida? ¿Tiene la vida un sentido, un objeto? ¿Acaso el vivir no es en sí su propio objeto, su propio sentido? ¿Por qué queremos más? 

Como estamos tan descontentos de nuestra vida, como ella es tan vacía, tan inarmónica, tan monótona -hacer la misma cosa una y otra vez-, deseamos algo más, algo que esté más allá de lo que hacemos.

 Puesto que nuestra vida diaria es tan hueca, tan insípida, tan sin sentido, tan aburrida, tan intolerablemente estúpida, decimos que la vida debe tener un sentido más amplio; y es por eso que formulais esa pregunta. 

No hay duda de que un hombre cuya vida es muy rica, un hombre que ve las cosas como son y está contento con lo que tiene, no está confuso; él tiene claridad, y por tanto, no pregunta cuál es el objeto de la vida. 

Para él, el hecho mismo de vivir es el comienzo y el fin. 

Nuestra dificultad, pues, es que siendo vacía nuestra vida, deseamos hallarle un objeto y luchar por él.

 Tal objeto de la vida puede ser tan sólo idea, sin realidad alguna; y cuando el objeto de la vida es buscado por una mente estúpida, torpe, por un corazón vacío, ese objeto será también vacío. 

Nuestro problema, por lo tanto, es como hacer nuestra vida rica, no de dinero y todo lo demás, sino interiormente rica, lo cual no es cosa secreta. 

Cuando decís que el objeto de la vida es ser feliz, es encontrar a Dios, ese deseo de encontrar a Dios es por cierto una evasión de la vida, y vuestro Dios es simplemente una cosa conocida. 

Sólo podéis abriros camino hacia un objeto que conocéis; y si construís una escalera hacia eso que llamáis Dios, eso por cierto no es Dios. 

La realidad sólo puede comprenderse en el vivir, no en la evasión. 

Cuando le buscáis un objeto a la vida, en realidad os escapáis y no comprendéis qué es la vida. 

La vida es relación, acción en la relación; y cuando no comprendo mis relaciones, o cuando la relación es confusa, busco un sentido más completo. 

¿Por qué es tan vacía nuestra vida? ¿Por qué somos tan solitarios, tan frustrados? 

Porque jamás hemos mirado dentro de nosotros mismos y no nos hemos comprendido a nosotros mismos. 

Nunca admitimos que esta vida es todo lo que conocemos, y que por lo tanto debiera ser comprendida plena y completamente. 

Preferimos huir de nosotros mismos, y es por eso que buscamos el objeto de la vida lejos de la vida de relación. 

Mas si empezamos a comprender la acción -que es nuestra relación con la gente, con la propiedad, con las creencias e ideas-, entonces hallaremos que la relación trae por sí su propia recompensa. 

No tenéis que buscar. 

Es como buscar el amor. 

¿Podéis encontrar el amor buscándolo? 

El amor no puede ser cultivado. 

Sólo encontraréis el amor en la vida de relación, no fuera de ella; y es porque no tenemos amor que deseamos que la vida tenga un objeto. 

Cuando hay amor -que es su propia eternidad-, entonces no hay busca de Dios, porque el amor es Dios.

 Es porque nuestra menté está llena de tecnicismos y supersticiosas musitaciones, que nuestra vida es tan vacía; y es por eso que buscamos un objeto más allá de nosotros mismos. 

Para encontrar el objeto de la vida, debemos pasar por la puerta de nosotros mismos; pero consciente o inconscientemente evitamos enfrentar las cosas como son en sí mismas, y de ese modo deseamos que Dios nos abra una puerta que esta más allá. 

Esta pregunta sobre el objeto de la vida, la formula tan sólo aquel que no ama; y el amor sólo puede hallarse en la acción, que es relación.


PREGUNTAS Y RESPUESTAS - 35 - LA SERENIDAD DE LA MENTE -

 35. LA SERENIDAD DE LA MENTE 

Pregunta: ¿Por qué habla usted de la serenidad de la mente, y qué es esa serenidad? 

KRISHNAMURTI: ¿No es necesario, si queremos comprender algo, que la mente esté serena? 

Si tenemos un problema, él nos preocupa, ¿no es así? 

Lo ahondamos, lo analizamos, lo desmenuzamos, en la esperanza de comprenderlo. 

¿Pero es posible comprender por medio del esfuerzo, del análisis, de la comparación, por medio de la lucha mental en cualquiera de sus formas? 

La comprensión, por cierto, sólo llega cuando la mente está muy quieta. 

Decimos que, cuanto más luchemos con el problema del hambre, de la guerra, o con cualquier otro problema humano, cuanto más entremos en conflicto con él, más lo comprenderemos. ¿Pero es eso verdad? 

Las guerras, el conflicto entre individuos y sociedades, han continuado a través de los siglos. 

La guerra interna o externa está siempre presente. ¿Hallamos solución a esa guerra, a ese conflicto, con más conflicto, con más lucha, con un sagaz esfuerzo? ¿O entendemos el problema tan sólo cuando nos hallamos directamente frente a él, cuando nos encaramos con el hecho? 

Y sólo podemos encararnos con el hecho cuando no se interpone agitación alguna entre la mente y el hecho. 

¿No es, pues, importante, si es que hemos de comprender, que la mente esté quieta? 

Pero invariablemente preguntaréis:

 “¿Cómo será posible aquietar la mente?” 

Esa es la reacción inmediata, ¿verdad? 

Decís: “Mi mente está agitada, ¿y cómo puedo mantenerla en calma?” 

Ahora bien, ¿puede algún sistema aquietar la mente? ¿Puede una fórmula, una disciplina, hacer que la mente esté serena? 

Si, lo puede; pero cuando la mente es aquietada, ¿es eso quietud, serenidad? ¿O la mente sólo se halla encerrada dentro de una idea, dentro de una fórmula, dentro de una frase? 

Y en tal caso la mente está muerta, ¿verdad? 

Es por eso que casi todas las personas que tratan de ser “espirituales” (o eso que así se denomina), están muertas, ya que ellas han adiestrado la mente para que esté quieta, y se han encerrado en una fórmula para estar serenas. 

Es evidente que una mente tal nunca está quieta; sólo está reprimida, mantenida en sujeción. 

Ahora bien: la mente está quieta cuando ve la verdad de que la comprensión sólo llega cuando ella está quieta; que si yo quiero comprenderos, tengo que estar sereno, no puedo tener reacciones contra vosotros, no debo alimentar prejuicios, debo hacer a un lado todas mis conclusiones, mis experiencias, y enfrentaros cara a cara. 

Sólo entonces, cuando mi mente está libre de “condicionamiento”, yo comprendo. 

Cuando capto esa verdad, la mente está quieta; y entonces no se plantea el problema de cómo aquietar la mente. 

Sólo la verdad puede libertar la mente de su propia ideación; y para ver la verdad, la mente debe comprender el hecho de que no puede tener comprensión mientras esté agitada. 

La quietud de la mente, la tranquilidad de la mente, no es cosa que haya de producirse por el poder de la voluntad, por ninguna acción del deseo. 

Si ello ocurre, entonces esa mente está encerrada, aislada, es una mente muerta; y por lo tanto resulta incapaz de adaptabilidad, de flexibilidad, de vivacidad. 

Una mente así no es creadora. Nuestro problema, entonces, no consiste en cómo serenar la mente sino en ver la verdad acerca de cada problema a medida que él se nos presenta. 

Es como el lago, que se calma cuando el viento cesa. 

Nuestra mente está agitada porque tenemos problemas; y para evitar los problemas, serenamos la mente.

 Pero es la mente la que ha proyectado esos problemas, y no hay problemas fuera de la mente; y mientras la mente proyecte alguna concepción de la sensibilidad, practique cualquier forma de serenidad, jamás podrá estar serena. 

Cuando la mente, empero, comprende que sólo estando serena existe la comprensión, entonces ella tórnase muy quieta. 

Esa quietud no es impuesta ni es resultado de la disciplina; es una quietud que una mente agitada no puede comprender. 

Muchos de los que buscan la quietud de la mente abandonan la vida activa y se retiran a alguna aldea, a un monasterio, a las montañas. 

O bien se engolfan en ideas, se encierran en creencias, o evitan a las personas que les causan perturbación. 

Pero ese aislamiento no es serenidad de la mente. 

El encierro de la mente en una idea, o el evitar las personas que complican la vida, no trae serenidad a la mente. 

La serenidad de la mente llega tan sólo cuando no hay proceso de aislamiento por medio de la acumulación, y sí completa comprensión de todo el proceso de la vida de relación. 

La acumulación envejece la mente; y sólo cuando la mente es nueva, cuando la mente es fresca, sin proceso de acumulación, existe una posibilidad de que haya quietud mental. 

Una mente así no está muerta; está sumamente activa. 

La mente serena es la mente más activa; y si queréis experimentar, ahondar en ello, veréis que en esa serenidad no hay proyección de pensamiento. 

El pensamiento, en todos los niveles, es evidentemente la reacción de la memoria; y el pensamiento jamás puede hallarse en estado de creación. 

Podrá expresar la facultad creadora, pero en sí el pensamiento jamás puede ser creador. 

Mas cuando hay silencio -esa tranquilidad de la mente que no es un resultado-, veremos que en esa quietud hay extraordinaria actividad, una acción extraordinaria que la mente agitada por el pensamiento jamás podrá conocer. 

En esa serenidad no hay formulación, no hay idea, no hay recuerdo; y esa serenidad es un estado de creación que sólo puede ser vivido cuando hay completa comprensión de todo el proceso del “yo”. 

No siendo así, la serenidad carece de sentido. 

Sólo en esa serenidad, que no es un resultado, descúbrese lo eterno, aquello que está más allá del tiempo.


PREGUNTAS Y RESPUESTAS -34 - LA TRIVIALIDAD -

 34. LA TRIVIALIDAD 

Pregunta: ¿Con qué debiera ocuparse la mente? 

KRISHNAMURTI: He aquí un muy buen ejemplo de cómo se hace surgir el conflicto: el conflicto entre lo que debiera ser y lo que es. 

Primero establecemos lo que debiera ser, el ideal y luego tratamos de vivir de acuerdo con ese ideal.

 Decimos que la mente debiera ocuparse con cosas nobles, con la abnegación, con la generosidad, con la bondad, con el amor. 

Eso es el ideal, la creencia, lo que “debiera ser”; lo que “tiene que ser”, y tratamos de vivir en conformidad con eso. 

Se pone, pues, en movimiento un conflicto entre la proyección de lo que debiera ser y la realidad, lo que es; y a través de ese conflicto esperamos transformarnos. 

Mientras estemos en lucha con el “debiera ser”, nos sentimos virtuosos, nos sentimos buenos. 

¿Pero qué es lo importante, el “debiera ser” o lo que es? ¿Con qué se ocupa nuestra mente en realidad, no de un modo ideológico? Con trivialidades, ¿no es así? 

Con nuestra apariencia personal, con la ambición, la codicia, la envidia, la murmuración, la crueldad. 

La mente vive en un mundo de trivialidades; y una mente trivial que crea un noble modelo sigue siendo trivial, ¿verdad? 

No se trata, pues, de saber con qué la mente debiera ocuparse, sino esto: ¿puede la mente libertarse de las trivialidades? 

Por poco que nos demos cuenta, por poco que nos exploremos, conocemos nuestras propias trivialidades: charla incesante, eterna locuacidad de la mente, preocupación, ansiedad por esto o por aquello, curiosidad acerca de lo que la gente hace o no hace, intento de lograr un resultado, busca a tientas del propio engrandecimiento, y así sucesivamente.

Con eso nos ocupamos, y lo sabemos muy bien. ¿Y eso puede ser transformado? 

Ese es el problema, ¿verdad? Preguntar con qué la mente debiera ocuparse, no es otra cosa que falta de madurez.

Ahora bien, dándome cuenta de que mi mente es trivial y que se ocupa con trivialidades, ¿puede ella libertarse de esta condición? ¿Acaso la mente no es trivial por su propia naturaleza? ¿Qué es la mente, sino el resultado de la memoria? ¿Memoria de qué? 

De cómo sobrevivir, no sólo física sino psicológicamente mediante el desarrollo de ciertas cualidades y virtudes, el acopio de experiencias, de reafirmación de sí misma en sus propias actividades. ¿No es trivial eso? 

Siendo el resultado de la memoria, del tiempo, la mente en sí es trivial; ¿y qué puede hacer para libertarse de su propia trivialidad? ¿Puede hacer algo? 

Ved, por favor, la importancia de esto. 

¿Puede la mente, que es actividad egocéntrica, libertarse de esa actividad? 

Es obvio que no lo puede; cualquier cosa que haga, sigue siendo trivial. 

Puede especular acerca de Dios, puede idear sistemas políticos, puede inventar creencias; pero sigue estando en el ámbito del tiempo, su cambio sigue siendo de recuerdo en recuerdo, continúa atada por su propia limitación. 

¿Y puede la mente terminar con esa limitación? ¿O esa limitación desaparece cuando la mente está serena, cuando no está activa, cuando reconoce sus propias trivialidades, por grandes que las haya imaginado? 

Cuando la mente, habiendo visto sus trivialidades, se da plena cuenta de ellas y por lo tanto se aquieta realmente, sólo entonces existe una posibilidad de que esas trivialidades desaparezcan. 

Pero mientras preguntéis con qué la mente debiera ocuparse, ella estará ocupada con trivialidades, sea que construya una iglesia, que se dedique a la oración o visite un santuario. 

La mente en sí es mezquina, pequeña, y con sólo decir que es mezquina no habéis disuelto su mezquindad, su pequeñez. 

Tenéis que comprenderla, la mente tiene que reconocer sus propias actividades; y en el proceso de ese reconocimiento, en la alerta percepción de las trivialidades que consciente o inconscientemente ella ha cimentado, la mente se aquieta. 

En esa quietud hay un estado creador, y éste es el factor que trae una transformación.


PREGUNTAS Y RESPUESTAS - 33 - LA SUPERFICIALIDAD -

 33. LA SUPERFICIALIDAD 

Pregunta: ¿Cómo habrá de volverse serio alguien que es superficial? 

KRISHNAMURTI: En primer lugar debemos darnos cuenta de que somos superficiales, ¿no es así? ¿Qué significa el ser superficial? 

Significa esencialmente depender de algo o alguien, ¿verdad? 

Depender del estímulo, depender del reto, depender de otro, depender psicológicamente de ciertos valores, de ciertas experiencias, de ciertos recuerdos. 

¿No contribuye todo eso a la superficialidad? 

Cuando dependo de la ida a la iglesia todas las mañanas, o todas las semanas, para levantarme el ánimo o recibir ayuda, ¿eso no me torna superficial? Si tengo que cumplir ciertos ritos para mantener mi sentido de integridad o para recobrar algún sentimiento que pude haber tenido alguna vez, ¿no me torna eso superficial? 

¿Y no me vuelve superficial el que yo me entregue a un país, a un plan, o a determinada agrupación política? 

Lo cierto es que todo este proceso de dependencia es una evasión de mí mismo; esta identificación con lo más grande es la negación de lo que yo soy. 

Pero no puedo negar lo que soy; debo comprender lo que soy y no tratar de identificarme con el universo, con Dios, con determinado partido político, o con lo que fuere. 

Todo esto conduce a pensar sin hondura, y de este pensamiento superficial surge una actividad que es permanentemente dañina, sea en escala mundial o en escala individual.

¿Reconocemos, pues, en primer lugar, que hacemos esas cosas? 

No lo reconocemos; las justificamos. Decimos “¿qué haré si no hago esas cosas? 

Estaré en peor situación; mi mente se desquiciará. Ahora, por lo menos, estoy luchando por algo mejor”.

 Y, cuanto más luchamos, más superficiales somos. 

Debo ver eso en primer término, ¿verdad? 

Y esa es una de las cosas más difíciles: ver lo que soy, reconocer que soy estúpido, que soy frívolo, que soy estrecho, que soy celoso. 

Si yo veo lo que soy, si lo reconozco, entonces de ahí puedo empezar. 

Lo cierto es que una mente superficial es la que huye de lo que ella es; y el no escaparse requiere ardua investigación, no ceder a la inercia. 

En el momento en que me sé superficial, ya hay un proceso de profundización, si nada hago respecto de esa superficialidad. 

Si la mente dice “soy pequeño, mezquino; voy a examinar eso, voy a comprender la totalidad de esta mezquindad, de esta influencia restrictiva”, entonces existe una posibilidad de transformación. 

Pero una mente pequeña, mezquina, que reconoce que lo es y trata de no serlo leyendo, reuniéndose con la gente, viajando, estando incesantemente activa como un mono, sigue siendo una mente mezquina.

 Observad una vez más que sólo hay verdadera revolución si enfocamos este problema como es debido.

 El enfoque verdadero del problema brinda una confianza extraordinaria que, os lo aseguro, mueve las montañas de los propios prejuicios y condicionamientos. 

Dándoos cuenta, pues, de que vuestra mente es superficial, no intentéis volveros profundos. 

Una mente superficial jamás podrá conocer grandes honduras. 

Puede tener abundancia de conocimientos, de información, puede repetir palabras; ya conocéis todas las galas de una mente superficial que es activa. 

Mas si sabéis que sois superficiales, poco profundos, si os dais cuenta de la superficialidad y observáis todas sus actividades sin juzgar, sin condenar, pronto veréis que esa cosa superficial desaparece por completo sin que actuéis sobre ella. 

Pero eso requiere paciencia, vigilancia, no el ansioso deseo de un resultado, de un logro. 

Sólo una mente superficial desea un logro, un resultado. 

Cuanto más percibáis todo este proceso, tanto más descubriréis las actividades de la mente; pero debéis observarlas sin tratar de darles término, porque no bien perseguís un fin, os veis de nuevo atrapados en la dualidad del “yo” y del “no yo”; con lo cual continúa el problema.

 

PREGUNTAS Y RESPUESTAS - 32 - LA SIMPLICIDAD -

 32. LA SIMPLICIDAD 

Pregunta: ¿Qué es simplicidad? ¿Significa ello ver muy claramente lo esencial y descartar todo lo demás?

 KRISHNAMURTI: Veamos lo que no es la simplicidad. 

No digáis: “Eso es la negación”; o “Díganos algo positivo. Esa es una reacción que acusa falta de madurez, de reflexión. 

La gente que eso dice son explotadores; porque ellos tienen algo para daros, que vosotros deseáis y por medio de lo cual os explotan. 

Nada de eso hacemos nosotros. Estamos tratando de descubrir la verdad acerca de la simplicidad. Por lo tanto debéis descartar, dejar las ideas de lado, y observar. 

El hombre que posee mucho, teme la revolución, interior y exteriormente. 

Averigüemos lo que la simplicidad no es. 

Una mente complicada no es simple, ¿verdad? 

Una mente sagaz no es sencilla; una mente que tiene un fin en vista, para el cual trabaja, una recompensa, un castigo, no es una mente simple. ¿Lo es, acaso? 

Una mente cargada de conocimientos no es una mente simple; una mente inhibida por creencias, no es una mente simple, ¿verdad? 

Una mente que se ha identificado con algo más grande, y se esfuerza por mantener esa identidad, no es una mente simple, ¿no es cierto? 

Pero nosotros creemos que es vida sencilla el tener un taparrabo o dos; deseamos la expresión externa de simplicidad, y eso nos engaña fácilmente. 

Por eso es que el hombre muy rico rinde culto al hombre que ha renunciado. 

¿Qué es la simplicidad? ¿Puede la simplicidad ser el abandono de lo no esencial y la búsqueda de lo esencial -lo cual significa un proceso de opción, de escoger? ¿No significa ello escoger, preferir -optar por lo esencial y descartar lo no esencial? ¿Qué es el proceso de optar? ¿Qué es la entidad que escoge?

 Es la mente, ¿verdad? No importa qué nombre le deis. 

Vosotros decís “escogeré esto, lo esencial”. 

¿Cómo sabéis qué es lo esencial? 

O tenéis una pauta de lo que otras personas han dicho, o vuestra propia experiencia dice que eso es lo esencial. ¿Podéis confiar en vuestra experiencia? 

Porque, cuando escogéis, cuando optáis, vuestra opción se basa en el deseo; lo que llamáis “esencial” es lo que os brinda satisfacción. 

Así, pues, habéis vuelto nuevamente al mismo proceso, ¿no es cierto? ¿Puede una mente confusa escoger, optar? Si lo hace, la opción habrá también de ser confusa.

La opción entre lo esencial y lo no esencial, por lo tanto, no es sencillez. 

Es un conflicto. Una mente en conflicto, en estado de confusión, nunca puede ser simple. 

De suerte que cuando descartéis, cuando veáis todas las cosas falsas y los ardides de la mente, cuando observéis eso, lo consideréis y lo percibáis, entonces sabréis qué es la simplicidad. 

Una mente atada por la creencia no es jamás una mente simple. 

Una mente mutilada por el conocimiento, no es simple. 

Una mente distraída por la idea de Dios, por las mujeres, por la música, no es una mente simple. 

Una mente atrapada en la rutina de la oficina, de los ritos, de las oraciones, una mente así no es simple; simplicidad es la acción que no es resultado de una idea. 

Pero eso es una cosa muy rara; eso significa creatividad. 

Mientras no haya creación, somos centros de maldad, daño, miserias y destrucción. 

La simplicidad no es cosa que se puede buscar y experimentar. 

La simplicidad llega como se abre una flor, en el momento justo en que cada cual comprende todo el proceso de la existencia y de la vida de relación. 

Es porque no hemos pensado acerca de ello ni lo hemos observado, que no nos damos cuenta de eso.

 Evaluamos de cierta manera todas las formas externas de la simplicidad, tales como pocas posesiones, pero eso no es simplicidad. 

La simplicidad no ha de hallarse. 

La simplicidad no es cosa a escoger entre lo esencial y lo no esencial. 

Ella surge tan sólo cuando no hay “yo”, cuando la mente no está atrapada en especulaciones, en conclusiones, en creencias, en ideaciones. 

Sólo una mente así, libre, puede hallar la verdad. 

Sólo una mente así puede recibir aquello que es inconmensurable, que no puede nombrarse; y eso es la simplicidad.



PREGUNTAS Y RESPUESTAS - 31 - COMPRENSIÓN INSTANTÁNEA -

 31. COMPRENSIÓN INSTANTÁNEA 

Pregunta: ¿Podemos comprender instantáneamente, sin preparación previa, la verdad de que usted habla?

 KRISHNAMURTI: ¿Qué entendéis por verdad? No usemos una palabra cuyo sentido no conocemos; podemos, empero, servimos de una palabra más sencilla, más directa. ¿Podéis entender, podéis comprender un problema directamente? Eso es lo que implica la pregunta, ¿verdad? ¿Podéis comprender al instante, ahora, lo que es? 

Porque comprendiendo lo que es comprenderéis la significación de la verdad; pero decir que uno debe comprender la verdad tiene muy poco sentido. 

¿Podéis, pues, comprender un problema directamente, plenamente, y veros libres de él? 

Eso es lo que la pregunta implica, ¿no es cierto? ¿Podéis comprender al instante una crisis, un reto, ver todo su significado y quedar libres? 

Porque lo que comprendéis no deja huella; la comprensión -o la verdad- es por lo tanto lo libertador. 

¿Y podéis libertaros ahora de un problema, de un reto? 

La vida -¿no es así?- es una serie de retos y respuestas; y si vuestra respuesta a un reto es condicionada, limitada, incompleta, entonces ese reto deja su huella, su residuo, que resulta más fortalecido por otro nuevo reto. 

Hay, pues, constante memoria de esos residuos, acumulaciones, cicatrices; y, con todas esas cicatrices, intentáis hacer frente a lo nuevo, por lo cual jamás le hacéis frente. 

Nunca comprendéis, por consiguiente, nunca os libráis de ningún reto. 

El problema, la cuestión, consiste en saber si yo puedo comprender un reto completamente, directamente, sentir toda su significación, su perfume, su profundidad, su belleza y su fealdad, y así librarme de él. 

El reto es siempre nuevo, -¿verdad? El problema siempre es nuevo, ¿no es así? Un problema que teníais ayer, por ejemplo, ha sufrido tal modificación que, cuando hoy lo enfrentáis, ya es nuevo. 

Mas lo enfrentáis con lo viejo, porque lo enfrentáis sin que os transforméis; lo hacéis simplemente modificando vuestros propios pensamientos.

Permitidme que lo exprese de un modo diferente. 

Os encontré ayer. En el ínterin habéis cambiado. 

Habéis sufrido una modificación, pero todavía tengo la imagen de vosotros que tenía ayer. 

Os encuentro hoy con mi imagen de vosotros, y por lo tanto no os comprendo; sólo comprendo la imagen de vosotros que ayer adquirí. 

Si os quiero comprender a vosotros que estáis transformados, cambiados, tengo que librarme de la imagen de ayer, apartarla de mí. 

Es decir, para comprender un reto -que siempre es nuevo- también debo hacerle frente de un modo nuevo, no debe haber residuo de ayer; tengo, pues, que decir adiós al ayer. 

¿Qué es la vida, después de todo? Es algo nuevo en cada instante, ¿verdad? 

Es algo que está siempre sufriendo un cambio, creando un nuevo sentir. 

El día de hoy nunca es igual al de ayer, y esa es la belleza de la vida. 

¿Puedo yo, podéis vosotros, hacer frente a cualquier problema de un modo nuevo? ¿Podéis, cuando vais a vuestro hogar, encontraros con vuestra esposa y vuestro hijo de un modo nuevo, hacer frente al reto de un modo nuevo? 

No lo podréis si estáis cargados de los recuerdos de ayer. 

Por lo tanto, para comprender la verdad acerca de un problema, de una relación, debéis abordarla de un modo nuevo, no con “mente abierta”, pues eso carece de sentido. 

Debéis abordarla sin las cicatrices de los recuerdos de ayer, lo cual significa que, al surgir cada reto, os dais cuenta de todas las reacciones de ayer; y captando el residuo, los recuerdos de ayer, encontraréis que ellos se os desprenden sin lucha, y por lo tanto vuestra mente está fresca.

 ¿Puede uno, pues, darse cuenta de la verdad instantáneamente, sin preparación? 

Yo digo que sí, y no por alguna fantasía de mi parte, por alguna ilusión; haced con ello un experimento psicológico, y lo veréis. 

Tomad cualquier reto, cualquier pequeño incidente -no esperéis alguna gran crisis- y ved cómo reaccionáis ante él. 

Daos cuenta de ello, de vuestras respuestas, de vuestras intenciones, de vuestras actitudes, y las comprenderéis, comprenderéis el contenido de vuestra mente. 

Os aseguro que podéis hacerlo instantáneamente si dedicáis a ello toda vuestra atención. 

Es decir, si buscáis el pleno sentido de vuestro trasfondo, él rinde su significación; y entonces descubrís de un solo golpe la verdad, la comprensión del problema. 

La comprensión, por cierto, surge del “ahora”, del presente, que siempre es atemporal. 

Aunque pueda ser mañana, sigue siendo el “ahora”; y el no hacer más que diferir, que prepararos para  recibir mañana lo que es, es impediros a vosotros mismos de comprender lo que es, ahora. 

Podéis, por cierto comprender al instante lo que es ahora, ¿verdad? 

Mas para comprender lo que es, tenéis que estar libres de perturbación, de distracción; tenéis que dedicar a ello vuestra mente y corazón. 

Ello tiene que ser vuestro único interés en ese momento, completamente. 

Entonces lo que es, os brinda su plena hondura, su pleno significado, y así os libráis del problema. 

Si queréis conocer la verdad acerca de la propiedad, su significación psicológica, si en realidad deseáis comprenderla directamente ahora, ¿cómo enfocáis el problema? 

Es preciso, por cierto, que sintáis afinidad con el problema, que no le tengáis miedo, que no tengáis credo alguno, ninguna respuesta entre vosotros y el problema. 

Sólo cuando estéis en relación directa con el problema, hallaréis la respuesta. 

Pero si introducís una respuesta, si juzgáis, si tenéis una aversión psicológica, la aplazaréis y os prepararéis para comprender mañana lo que sólo puede comprenderse en el “ahora”. 

Por lo tanto, jamás comprenderéis. 

El percibir la verdad no requiere preparación alguna. 

La preparación implica tiempo y el tiempo no es el medio de comprender la verdad. 

El tiempo es continuidad, y la verdad es atemporal, “no continuar”. 

La comprensión es no continua, es de instante en instante, es sin residuo.

Temo estar haciendo todo esto muy difícil. ¿No es así? 

Es fácil y sencillo comprender, si sólo queréis experimentar con ello; pero si os ponéis a soñar, a meditar al respecto, ello se vuelve muy difícil. 

Cuando no existe barrera entre vosotros y yo, os comprendo. 

Si estoy abierto a vosotros, os comprendo directamente; y el estar abierto no es cuestión de tiempo.

 ¿Hará el tiempo que yo sea abierto? ¿La preparación, el sistema, la disciplina, harán que me abra a vosotros? No. 

Lo que hará que me abra a vosotros es mi intención de comprender. 

Quiero ser abierto porque nada tengo que ocultar, porque no tengo miedo; por lo tanto soy receptivo, y hay comunión inmediata, hay verdad. 

Para recibir la verdad, para captar su belleza y su júbilo, tiene que haber instantánea captación, no anublada por teorías, temores y respuestas.

 

PREGUNTAS Y RESPUESTAS - 30 - DIOS -

 30. DIOS 

Pregunta: Usted ha comprendido la realidad. ¿Puede decirnos qué es Dios? 

KRISHNAMURTI: ¿Cómo sabe usted que yo he realizado? Para saberlo, usted también tiene que haber realizado. Esta no es una simple respuesta hábil. 

Para saber algo, usted tiene que ser parte de ese algo. 

Usted mismo debe haber tenido también la vivencia, y por lo tanto el que usted diga qué yo he realizado carece aparentemente de sentido. 

¿Qué importa que yo haya o no realizado? ¿No es acaso verdad lo que estoy diciendo? 

Aunque yo sea el ser humano más perfecto, si lo que yo digo no es la verdad, ¿por qué habríais siquiera de escucharme? 

Mi realización, ciertamente, nada tiene que ver con lo que estoy diciendo, y el hombre que rinde culto a otro porque ese otro ha realizado, en realidad rinde culto a la autoridad y por lo tanto jamás podrá encontrar la verdad. 

El comprender aquello que ha sido realizado, y el conocer a quien ha realizado, no tiene importancia alguna, ¿verdad? 

Bien sé que toda la tradición dice: “estad con el hombre que ha realizado”. ¿Cómo podéis saber que él ha realizado? 

Todo lo que podéis hacer es estar en su compañía, y aun eso es muy difícil en nuestros días. 

Hay muy poca buena gente, en el verdadero sentido de la palabra -gente que no ande en busca de algo, en pos de algo. 

Aquellos que andan en busca o en pos de algo son explotadores, y por consiguiente, resulta muy difícil encontrar un compañero a quien amar.

Idealizamos a los que han realizado, y esperamos que nos den algo, lo cual es una relación falsa. 

¿Cómo puede comunicarse el hombre que ha realizado, no habiendo amor? 

Esa es nuestra dificultad. En todas nuestras discusiones no nos amamos realmente unos a otros; somos suspicaces. 

Deseáis algo de mí: conocimiento, realización, o queréis estar en mi compañía, todo lo cual indica que no amáis. 

Deseáis algo, y por lo tanto os ponéis a explotar. 

Si realmente nos amamos unos a otros, habrá comunión instantánea. 

Entonces no importa que hayáis realizado y yo no, o que vosotros seáis lo superior o lo inferior. 

Como nuestro corazón se ha marchitado, Dios ha adquirido enorme importancia. 

Esto es, deseáis conocer a Dios porque vuestro corazón ya no canta; y perseguís al cantor y le preguntáis si os puede enseñar a cantar. 

Él puede enseñaros la técnica, pero la técnica no os llevará a crear. 

No podéis ser músicos por el simple hecho de saber cantar. 

Puede que conozcáis todos los pasos de una danza, pero si en vuestro corazón no hay fuerza creadora, sólo funcionáis como una máquina. 

No podéis amar si vuestro objeto es simplemente lograr un resultado. 

No hay cosa alguna que sea un ideal, porque ello es solamente un logro. 

La belleza no es un logro; es la realidad, ahora, no mañana. 

Habiendo amor, comprenderéis lo desconocido; sabréis qué es Dios, y nadie necesitará decíroslo -y esa es la belleza del amor. 

Es la eternidad en sí misma. 

Es porque no hay amor, que deseamos que otra persona o Dios, nos lo dé. 

Si realmente amarais, ¿sabéis cuán diferente sería este mundo? Seríamos gente realmente feliz. 

Por lo tanto no debiéramos dejar que nuestra felicidad dependa de las cosas, de la familia, de los ideales.

 Debiéramos ser felices, y por lo tanto las cosas, las personas y los ideales no dominarían nuestra vida.

 Son cosas secundarias todas ellas. 

Como no amamos y no somos felices, nos interesamos en las cosas, creyendo que nos darán felicidad; y una de las cosas en las cuales nos interesamos es Dios.

Deseáis que os diga qué es la realidad. 

¿Lo indescriptible puede ser acaso expresado en palabras? ¿Podéis acaso medir algo inconmensurable? ¿Podéis atrapar la brisa en vuestro puño? 

Si lo hacéis, ¿es eso acaso la brisa? Si medís aquello que es inconmensurable, ¿es eso acaso lo real? 

Si lo formuláis, ¿es ello lo real? 

Por cierto que no, pues en cuanto describís algo que es indescriptible, ello deja de ser lo real. 

En el momento en que traducís lo incognoscible en términos de lo conocido, ello deja de ser lo incognoscible. 

Sin embargo, eso es lo que anhelamos. 

Constantemente deseamos saber, porque entonces podremos continuar, entonces, según lo imaginamos, podremos alcanzar la felicidad fundamental, la permanencia. 

Deseamos saber por qué no somos felices, por qué luchamos miserablemente, por qué estamos gastados, por qué nos hemos envilecido. 

Sin embargo, en vez de comprender el simple hecho de que nos hemos envilecido, de que somos torpes, de que estamos hastiados, agitados, deseamos alejarnos de aquello que es conocido hacia lo desconocido que vuelve a ser lo conocido; y por consiguiente no podemos nunca encontrar lo real. 

Por lo tanto, en vez de preguntar quién ha comprendido, o qué es Dios, ¿por qué no consagrar toda la atención y percepción a lo que uno es? Entonces encontraréis lo desconocido, o más bien, lo desconocido vendrá a vosotros. 

Si comprendéis qué es lo conocido, “vivenciaréis” ese extraordinario silencio que no es inducido, que no es forzado; y sólo en ese vacío creador puede advenir la realidad. 

Ella no puede venir hacia aquello que está tratando de llegar a ser algo, que está esforzándose; sólo puede venir a lo que es; que comprende lo que es. 

Entonces veréis que la realidad no se halla lejos; lo desconocido no está alejado; está en lo que es. 

Así como la respuesta a un problema está en el problema mismo, la realidad está en lo que es. 

Si eso lo podemos comprender, conoceremos la verdad.

Es en extremo difícil darse cuenta de la torpeza, de la codicia, de la mala voluntad, de la ambición, etc.

 El hecho mismo de darse cuenta de lo que uno es, es la verdad. 

Es la verdad que liberta, no vuestro esfuerzo por ser libres. 

De suerte que la realidad no está lejos; pero nosotros la situamos lejos porque procuramos utilizarla como medio de autoprolongación. 

Está aquí ahora en lo inmediato. 

Lo eterno, lo atemporal, es ahora; y el “ahora” no puede ser comprendido por el hombre que se halla atrapado en la red del tiempo. 

Libertar al pensamiento del tiempo, exige acción; pero la mente es perezosa lerda y por lo tanto crea siempre otros impedimentos. 

Ello sólo es posible por la verdadera meditación, la cual significa acción completa no una acción continua; y la acción integral sólo puede ser comprendida cuando la mente comprende el- proceso de la continuidad, que es la memoria, no la memoria “factual” sino la memoria psicológica. 

Mientras funciona la memoria, la mente no puede comprender lo que es. 

Pero la propia mente, la totalidad del propio ser, llega a ser en extremo creadora, a estar pasivamente alerta, cuando uno comprende la significación del terminar, porque en el terminar hay renovación, mientras en la continuidad está la muerte, la desintegración.

 

PREGUNTAS Y RESPUESTAS - 29 - LA VERDAD Y LA MENTIRA -

 29. LA VERDAD Y LA MENTIRA 

Pregunta: ¿Cómo es que, según usted lo ha dicho, una verdad que se repite se convierte en mentira? ¿Qué es realmente la mentira? ¿Por qué es malo mentir? ¿No es este un problema sutil y profundo en todos los niveles de nuestra existencia? 

KRISHNAMURTI: Como en esto hay dos preguntas, examinemos la primera. 

Cuando una verdad se repite, ¿cómo es que se convierte en mentira? ¿Qué es lo que repetimos? ¿Podéis repetir una comprensión? 

Yo comprendo algo; ¿puedo repetirlo? 

Puedo hablar de ello, puedo comunicarlo; pero la vivencia, a buen seguro, no es lo que se repite. 

Mas nos quedamos presos en la palabra y perdemos el significado de la vivencia. 

Si habéis tenido una vivencia, ¿podéis repetirla? Podéis querer repetirla; podéis desear su repetición, su sensación; pero una vez que habéis tenido una vivencia, ésta ha terminado, no puede ser repetida. 

Lo que puede repetirse es la sensación, y la palabra correspondiente que da vida a esa sensación.

Y  como, desgraciadamente, la mayoría de nosotros somos propagandistas, caemos en la repetición de la palabra. 

Vivimos de palabras, y la verdad es negada. 

Tomemos como ejemplo el sentimiento del amor. ¿Podéis repetirlo? Cuando oís que os dicen “amad a vuestro prójimo”, ¿es eso una verdad para vosotros? 

Sólo es verdad cuando en realidad amáis al prójimo; y ese amor no puede ser repetido, sino tan sólo la palabra. 

Sin embargo, casi todos nos sentimos felices y contentos con la repetición: “amad al prójimo”, o “no seáis codiciosos”. 

De modo que la verdad de otro, o una vivencia real que hayáis tenido, no se convierte en una realidad por la simple repetición. 

Por el contrario, la repetición impide la realidad; El mero repetir determinadas ideas no es la realidad.

La dificultad de esto consiste en comprender el asunto sin pensar en términos de lo opuesto. 

Una mentira no es algo opuesto a la verdad. 

Es posible ver la verdad de lo que estoy diciendo, no en oposición o en contraste, como verdad o como mentira, sino ver, simplemente, que la mayoría de nosotros repetimos sin comprensión. 

Por ejemplo, hemos estado discutiendo el “nombrar” y el “no nombrar” un sentimiento y lo demás.

 Muchos de vosotros lo repetiréis, estoy seguro de ello, pensando que es “la verdad”.

Jamás repetiréis una vivencia si es una experiencia directa. 

Podéis comunicarla; pero cuando es una vivencia real, las sensaciones que la acompañaron han pasado, el contenido emocional que había detrás de las palabras se ha desvanecido por completo. 

Tomemos por ejemplo, la idea de que el pensador y el pensamiento son uno solo. 

Puede que sea una verdad para vosotros, porque lo habéis experimentado directamente. 

Pero si yo lo repitiera, eso no sería verdadero -¿no es así?-, verdadero, no como opuesto a lo falso, entendedlo bien. 

No sería real; sería una simple repetición, y, por lo tanto, carecería de significación. 

Pero ya veis, con la repetición crearnos un dogma, edificamos una iglesia, y en eso nos refugiamos. 

La palabra, no la verdad, se convierte en “la verdad”. 

La palabra no es la cosa. 

Pero para nosotros, la cosa es la palabra. 

Y es por eso que uno tiene que guardarse con sumo cuidado de repetir algo que no comprenda realmente. 

Si comprendéis algo, podéis comunicarlo; pero las palabras y el recuerdo han perdido su significación emocional. 

Es por eso que, en la conversación corriente, la propia perspectiva y el propio vocabulario sufren un cambio.

 Siendo, pues, que estamos buscando la verdad por medio del conocimiento propio, y no somos meros propagandistas, es importante que comprendamos esto. 

Mediante la repetición, en efecto, uno se hipnotiza con palabras, con sensaciones, queda atrapado en ilusiones. 

Y para libertarse de eso, es imperativo experimentar directamente y, para experimentar directamente, uno debe captarse a sí mismo en el proceso de la repetición, de los hábitos, de las palabras, de las sensaciones. 

Esa captación nos brinda extraordinaria libertad, y así puede haber renovación, una constante vivencia, un estado de cosa nueva. 

La otra pregunta es: “¿qué es realmente la mentira? ¿Por qué es malo mentir? ¿No es este un problema sutil y profundo en todos los niveles de nuestra existencia?” ¿Qué es una mentira? 

Es una contradicción -¿no es así?-, una autocontradicción. 

Uno puede contradecirse consciente o inconscientemente; puede hacerlo de un modo deliberado o inconsciente. 

La contradicción puede ser sumamente sutil o muy obvia. 

Y cuando la división en la contradicción es muy grande, uno se vuelve desequilibrado o se da cuenta del conflicto y se dispone a remediarlo.

Para comprender este problema: qué es una mentira y por qué mentimos, hay que ahondarlo sin pensar en términos de lo opuesto. 

¿Podemos observar este problema de la contradición en nosotros mismos sin tratar de no ser contradictorios? 

Nuestra dificultad al examinar esta cuestión -¿no es así?- está en que condenamos una mentira con gran facilidad; ¿mas para comprenderla podemos considerarla en términos de lo que es la contradicción y no en términos de verdad y falsedad? ¿Por que nos contradecimos? ¿Por qué hay contradicción en nosotros? ¿No hay un intento de vivir de acuerdo con una norma, con una pauta, un constante acercamiento nuestro a un modelo, un esfuerzo constante por ser algo, ya sea a los ojos de otra persona o ante nuestros propios ojos? 

Existe un deseo -¿no es así?- de ajustarse a una norma, y cuando uno no vive de acuerdo con ella hay contradicción.

 Ahora bien, ¿por qué tenemos un modelo, una norma, una tendencia a imitar, una idea en conformidad con la cual tratamos de vivir? ¿Por qué? 

Evidentemente, para estar en seguridad, para estar a salvo, para ser populares, para tener una buena opinión de nosotros mismos, etc. 

Ahí está la semilla de la contradicción. 

Mientras procuremos asemejarnos a algo, mientras tratemos de ser algo, tiene que haber contradicción; por lo tanto, tiene que existir esa división entre lo falso y lo verdadero. 

Creo que esto es importante, si es que queréis profundizarlo serenamente. 

No es que no exista lo falso y lo verdadero; ¿pero por qué hay contradicción en nosotros? ¿No es porque intentamos ser algo: nobles, buenos, virtuosos, creadores, felices, etc.? 

Y en el deseo mismo de ser algo existe una contradicción: la de no ser una cosa diferente. 

Y es esta contradicción la que resulta destructiva. 

Si uno es capaz de completa identificación con algo, con esto o con aquello, entonces la contradicción cesa; mas cuando uno se identifica de veras, en un todo, con algo, hay encierro dentro de uno mismo, una resistencia, lo cual causa desequilibrio. 

Ello es evidente. ¿Por qué, pues, hay contradicción en nosotros? 

He hecho algo, y no quiero ser descubierto; he pensado algo que no es lo debido, y ello me coloca en un estado de contradicción, cosa que no me agrada. 

Por tanto, donde hay imitación tiene que haber temor; y es este temor lo que causa contradicción.

 Mientras que si no hay devenir, si no hay intento alguno de ser algo, no hay sensación de temor.

 Entonces no hay contradicción; entonces en nosotros no existe la mentira en ningún nivel, consciente o inconsciente; nada hay que suprimir, nada que manifestar. 

Y como la vida de casi todos nosotros es cuestión de estados de ánimo y de actitudes, asumimos actitudes que dependen de nuestros estados de ánimo, lo cual es una contradicción. 

Cuando el estado de ánimo desaparece, somos lo que somos. 

Es esta contradicción lo realmente importante, y no que digáis o dejéis de decir una mentirilla inocente.

 Mientras haya esta contradicción, tiene que haber una existencia superficial, y por lo tanto temores superficiales que han de ser vigilados; y luego siguen las mentiras inocentes, y todo lo demás que sabéis. 

Podemos considerar esta cuestión y no preguntar qué es una mentira y qué es la verdad, sino investigar el problema de la contradicción en nosotros mismos sin recurrir a los opuestos, lo cual es sumamente difícil. 

Porque, como dependemos tanto de nuestras sensaciones, la vida de casi todos nosotros es contradictoria. 

Dependemos de los recuerdos, de las opiniones; tenemos innumerables temores que deseamos disimular; todo esto crea contradicción en nosotros mismos; y cuando esa contradicción se hace insoportable, perdemos la cabeza. 

Deseando la paz, todo lo que uno hace engendra la guerra, no sólo en la familia, sino fuera de ella. 

Y en lugar de comprender lo que crea el conflicto, sólo tratamos, cada vez más, de convertirnos en una cosa o en otra, en lo opuesto, agrandando de ese modo la división. 

¿Es posible comprender por qué existe contradicción en nosotros, no sólo en la superficie sino en un nivel psicológico mucho más profundo? 

En primer lugar, ¿se da uno cuenta de que vive una vida contradictoria? 

Deseamos la paz, y somos nacionalistas; queremos evitar la miseria social y, no obstante, cada uno de nosotros es individualista y limitado, encerrado en sí mismo. 

Vivimos, pues, en constante contradicción. 

¿Por qué? ¿No será que somos esclavos de la sensación? 

No se trata de negar o de aceptar esto, que exige comprender muy bien lo que implica la sensación, es decir, los deseos. 

Deseamos muchas cosas, todas en contradicción unas con otras. 

Somos un cúmulo de máscaras en conflicto; adoptamos una careta cuando nos conviene, y la repudiamos cuando alguna otra cosa es más provechosa, más agradable. 

Es ese estado de contradicción lo que crea la mentira. 

Y, en oposición a eso, creamos “la verdad”. 

Pero, ciertamente, la verdad no es lo contrario de la mentira. 

Aquello que tiene un opuesto no es la verdad. 

Lo opuesto contiene su propio opuesto, y por lo tanto no es la verdad. 

Y para comprender este problema bien a fondo, hemos de darnos cuenta de todas las contradicciones en que vivimos. 

Cuando yo digo “os amo”, con ello van los celos, la envidia, la ansiedad, el temor, lo cual es una contradicción. 

Y es esta contradicción la que debe ser comprendida; y sólo se la puede comprender cuando uno se da cuenta de ella sin condenarla ni justificarla; observándola, no más. 

Y, para observarla pasivamente, uno ha de comprender todos los procesos de la justificación y de la condenación. 

No es cosa fácil el observar algo pasivamente; pero al comprender eso, empieza uno a comprender el proceso íntegro de las modalidades de nuestro pensar y sentir. 

Y cuando uno percibe el significado total de la contradicción en uno mismo, ello produce un cambio extraordinario: sois entonces vosotros mismos, no algo que tratáis de ser. 

Ya no seguís un ideal, ya no buscáis felicidad. 

Sois lo que sois, y de ahí podéis proseguir. 

Entonces no hay posibilidad de contradicción.