LA SUERTE Y EL ORDEN INVISIBLE - TEXTO ADAPTADO CON LA COLABORACIÓN DE Chat GPT (Open AI) -

 

🌌 La suerte y el orden invisible

Desde pequeño tuve la impresión de que ciertas cosas no ocurrían por casualidad. No era superstición, ni fe ciega en el destino; era más bien una intuición silenciosa: la sensación de que algunos hechos —encuentros, decisiones, coincidencias— aparecían en el momento justo, como si una trama invisible los hubiera dispuesto con una precisión que el azar no suele tener.

Con el tiempo, la ciencia me enseñó que el universo, en sus cimientos más profundos, es un lugar donde el azar no es absoluto. En la física cuántica, las partículas no se comportan como objetos erráticos, sino como manifestaciones de probabilidades. No actúan “porque sí”, sino dentro de un orden que no siempre comprendemos. Quizás ahí, en ese lenguaje de ondas y posibilidades, resida una metáfora más amplia sobre nuestras propias vidas.

No propongo que exista una fuerza mágica que acomode los sucesos a nuestro favor. Pero sí me pregunto si la realidad, en su complejidad, permite formas de resonancia entre la conciencia y los acontecimientos. Tal vez la “suerte” sea, en parte, la capacidad de estar atento a los momentos en que las probabilidades se abren. Tal vez lo que llamamos casualidad sea simplemente la geometría secreta de un universo que aún no terminamos de descifrar.

Hay decisiones que tomamos sin saber por qué, intuiciones que parecen guiarnos hacia lugares donde la razón llega después. Y cuando miramos hacia atrás, comprendemos que había un hilo —delgado pero firme— que unía esos episodios dispersos. No es que todo esté escrito, sino que todo está entrelazado.

Quizás la suerte no sea un regalo del destino ni una ilusión del ego, sino una conversación silenciosa entre nuestra atención y el orden invisible de las cosas. Y tal vez aprender a escuchar esa conversación sea una forma más profunda de comprender la realidad: no como un caos de sucesos, sino como una red de significados que se despliega justo cuando estamos listos para verla.

LA MUTACIÓN PSICOLÓGICA - CAPÍTULO 4 - J.K. -

 Capítulo Cuarto 

Considero que hay una enorme diferencia entre cambio y mutación. 

El mero cambio no llevará a ninguna parte. Puede uno llegar a ser superficialmente adaptable, muy listo para ajustarse a los distintos ambientes y circunstancias de la sociedad y a diversas formas de presión interior y exterior; pero la mutación requiere un estado mental del todo distinto, y esta mañana desearía señalar la diferencia entre estas dos cosas. 

Cambio es alteración, reforma, la sustitución de una cosa por otra. 

El cambio implica un acto de voluntad, conciente o inconsciente. 

Y teniendo en cuenta la confusión, el hambre, la opresión, la completa desdicha que existe en los países asiáticos subdesarrollados, es evidente que tiene que haber un cambio radical, un cambio radical revolucionario. 

Tiene que haber un cambio físico o económico, sino también psicológico: cambio en todos los niveles de nuestro ser, exteriores lo mismo que interiores, para crear una mejor existencia humana. 

Creo que esto es bastante obvio y aún los más conservadores lo aceptan. 

Mas aunque aceptemos este hecho evidente, me temo que la mayoría de nosotros no hemos penetrado muy profundamente en la cuestión de que es lo que está implicado en el cambio. 

¿Alcanzan alguna profundidad el ajuste, la sustitución, la reforma? 

¿O se trata meramente de un pulimento superficial, una limpieza de la moralidad en la relación humana?

 Creo que deberíamos comprender lo mejor posible todo lo relacionado con este proceso de cambio, antes de que entremos en la cuestión de la mutación.

Aunque el cambio es necesario, para mi es siempre superficial. 

Al decir cambio, me refiero a un movimiento producido por el deseo o la voluntad, una iniciativa enfocada en una dirección particular, hacia una actitud o acción bien definida. 

Todo cambio tiene evidentemente un motivo tras de sí. 

El motivo puede ser personal o colectivo, puede ser manifiesto u oculto; puede ser un motivo bondadoso, generoso o bien de miedo, de desesperación; pero cualquiera que sea la naturaleza del motivo, a cualquier nivel, la iniciativa o el movimiento que surge de tal motivo producen efectivamente cierto cambio. 

Creo que esto está bastante claro. 

La mayoría de nosotros somos muy susceptibles, individual y colectivamente, a modificar nuestras actitudes bajo influencia, bajo presión y también cuando hay una nueva invención de alguna clase que afecta directa o indirectamente nuestras vidas. 

Se nos puede hacer cambiar los pensamientos, orientarlos en distinta dirección por un artículo de periódico o por la propaganda de una idea. 

La religión organizada insiste en educarnos desde la niñez en cierta forma de creencia, condicionando por tanto la mente, y cualquier cambio que hagamos durante el resto de nuestra vida está generalmente dentro de los modificados limites de esa creencia.

 Así, muy pocos de nosotros cambiamos, si no es por un motivo. 

El motivo puede ser altruista o personal, limitado o amplio; puede ser el miedo de perder un premio o de no alcanzar algún prometido estado futuro. 

Uno se sacrifica por lo colectivo, por el estado, por una ideología o por una forma determinada de creencia en Dios. 

Todo esto implica cierto cambio producido conciente o inconscientemente. 

Pues bien, lo que llamamos cambio es una continuidad modificada de lo que ha existido, y en este llamado cambio hemos llegado a ser muy hábiles. 

Estamos haciendo constantemente nuevos descubrimientos en física, matemáticas, inventando nuevas cosa, preparando el viaje a la luna, etc. En ciertas áreas nos estamos volviendo extraordinariamente cultos, muy bien informados; y esta clase de cambio implica la capacidad para ajustarse al nuevo ambiente, a las nuevas presiones que este crea. 

Pero ¿es eso todo? Uno percibe las implicaciones de esta forma superficial de cambio, y, sin embargo, uno sabe interiormente, en lo profundo, que tiene que haber un cambio radical, un cambio no producido por ningún motivo o como resultado de alguna presión. 

Comprende uno que tiene que haber una mutación en la raíz misma de la mente, porque si no seremos sólo como los monos listos, con extraordinarias capacidades, pero no seremos realmente seres humanos en absoluto. 

Comprendiendo, pues, todo esto hondamente dentro de uno mismo, ¿qué va uno a hacer? 

Vemos que tiene que haber un cambio revolucionario, una completa mutación en la raíz misma de nuestro ser; sino, nuestros problemas, tanto económicos como sociales, inevitablemente aumentarán y se volverán cada vez más críticos. 

Uno necesita una mente nueva, fresca y para esto tiene que haber en la totalidad de la propia conciencia una mutación que no sea producida por un acto de voluntad y que, por tanto, no tenga motivo.

No sé si me estoy explicando claramente. 

Viendo la necesidad de un cambio, puede uno ejercer la voluntad para producirlo, entendiéndose por voluntad el deseo reforzado en una particular dirección por la determinación, e iniciado por el pensamiento, el miedo, la rebeldía. 

Pero ese cambio producido por la acción del deseo, de la voluntad, sigue siendo limitado, es una continuidad modificada de lo que ha existido, como puede uno ver por lo que está ocurriendo en el mundo comunista, y también en los países capitalistas. 

Tiene que haber, pues, una extraordinaria revolución, una revolución psicológica en el ser humano, en el hombre mismo; mas si tiene una mira, si su revolución es con arreglo a un plan, entonces sigue estando dentro de los limites de lo conocido y, por tanto, no será cambio en absoluto. 

Mirad, yo puedo cambiarme, puedo forzarme pensar de modo diferente o adoptar una serie distinta de creencias; puedo acabar con un habito determinado, librarme del nacionalismo, reforzar mi pensamiento, lavarme el cerebro, en vez de que lo haga un partido o una iglesia. 

Tales cambios en mi mismo son bastante fáciles de hacer; mas yo veo la completa futilidad  de todo eso, porque es superficial y no lleva a una gran profundidad de comprensión desde la cual pueda uno vivir, ser y actuar. 

¿Qué va uno pues a hacer? 

¿Comprendéis mi pregunta? 

Espero haberla expuesto claramente. 

Si hago un esfuerzo para cambiar, ese esfuerzo tiene un motivo, lo que significa que el deseo inicia un movimiento en determinada dirección. 

Existe la acción de la voluntad, y por tanto, cualquier cambio que sea producido es meramente una modificación, en realidad no tiene nada de cambio. 

Veo muy claramente que tengo que cambiar y que el cambio tiene que producirse sin esfuerzo. 

Todo esfuerzo para cambiar se derrota a sí mismo, porque implica la acción del deseo, de la voluntad, con arreglo a un modelo, una formula o concepto preestablecido. 

¿Que va uno a hacer, pues? 

No sé si sentís del mismo modo que yo sobre todo esto, sobre cuan extraordinariamente es, no sólo en lo intelectual, sino como factor vital en la propia vida. 

Durante millones de años el hombre ha estado haciendo un incesante esfuerzo para cambiar y, sin embargo, aún está preso de la desdicha, de la desesperación, del miedo, y tiene sólo algún ocasional destello de gozo y de delicia. 

Y ¿cómo va a desprenderse de su carga, sin hacer esfuerzo, esta entidad que ha sido tan fuertemente condicionada durante tanto tiempo? 

Esta es la pregunta que nos estamos haciendo. 

Pero el desprenderse de la carga no debe convertirse en otro problema; porque, como señalé el otro día un problema es algo que no comprendemos, algo cuya terminación no tenemos capacidad de alcanzar.

Para producir esta mutación –no, no “producir”, no es esta la palabra... 

Tiene que haber mutación, y esta debe ocurrir ahora. 

Si introducís el tiempo como factor en la mutación, entonces el tiempo crea el problema. 

No hay mañana no hay tiempo en absoluto, para que yo cambie dentro de él, pues el tiempo es pensamiento. 

Es ahora o nunca. 

¿Comprendéis? 

Veo la necesidad de este cambio radical en mí, como ser humano, como parte de toda la raza humana; y también veo que el tiempo –que es pensamiento- no tiene que ser uno de esos factores. 

El pensamiento no puede resolver este problema. 

He ejercitado el pensamiento durante miles y miles de años, pero no he cambiado, continúo con mis hábitos, con mi codicia, mi envida, mis temores, y aún estoy atrapado en el modelo competitivo de la vida. 

Es el pensamiento el que ha creado este modelo; y el pensamiento no puede, en ninguna circunstancia, cambiar este modelo sin crear otro, pues el pensamiento es tiempo. 

No puedo, pues, recurrir al pensamiento, al tiempo, para producir una mutación, un cambio radical. 

No puedo ejercer la voluntad ni dejar que el pensamiento guíe el cambio. 

¿Qué me queda pues? 

Veo que el deseo, que es voluntad, no puede producir una mutación real en mí. 

El hombre ha jugado con ese durante siglos, y no se ha producido ningún cambio fundamental en él. 

Ha usado también el pensamiento para producir un cambio en sí mismo (el pensamiento en forma de tiempo, de “mañana”, con todas sus exigencias, invenciones, presiones, influencias) y tampoco ha habido transformación radical. 

¿Qué va uno pues a hacer?

Pues bien, si uno ha comprendido toda la estructura y el movimiento de la voluntad, entonces esta no actúa en absoluto, y si uno ve que el uso del pensamiento o del tiempo como instrumento de cambio no es más que un aplazamiento, entonces el proceso del pensamiento termina. 

Pero ¿a que nos referimos cuando decimos que vemos o comprendemos algo? 

¿Es la comprensión meramente intelectual, verbal, o significa ver algo como un hecho real? 

Yo puede decir que comprendo, pero la palabra no es la cosa. 

La comprensión intelectual de un problema no es su resolución. 

Cuando sólo verbalmente comprendemos algo que es lo que llamamos comprensión intelectual, la palabra llega a ser extraordinariamente importante; mas, cuando hay verdadera comprensión, la palabra no es nada importante, no es más que un medio de comunicación. 

Hay un contacto directo con la realidad, con el hecho. 

Si vemos como hecho real la futilidad de la voluntad, y también la del pensamiento o el tiempo para producir esta transformación radical, entonces la mente, habiendo rechazado toda la estructura de la voluntad, del pensamiento, carece de instrumento con que iniciar la acción. 

Ahora bien, hasta aquí, vosotros y yo hemos estado en comunicación uno con el otro verbalmente, y tal vez hayamos establecido también entre nosotros cierta comunión; mas antes de seguir adelante, creo importante comprender lo que entendemos por comunión. 

Si habéis caminado alguna vez solos, entre los árboles de un bosque o a lo largo de la orilla de un arroyo, y habéis sentido la quietud, el sentido de vivir plenamente con todo: con las peñas, con las flores, con el arroyo, con los árboles, con el cielo, entonces sabréis lo que es la comunión. 

El “yo”, con sus pensamientos, ansiedades, placeres, recuerdos, reminiscencias, desesperaciones, a cesado por completo. 

No hay un “yo” como observador aparte de la cosa observada; hay sólo el estado de completa comunión. 

Y eso, espero, es lo que hemos establecido aquí. 

No es un estado hipnótico. 

El que habla no está hipnotizado. 

Ha explicado con mucho cuidado, verbalmente, ciertas cosas, pero hay algo más que no puede explicarse verbalmente. 

Hasta cierto punto, podéis ser informados por las palabras que usa el que habla, pero, al mismo tiempo, tenéis que recordar que la palabra no es la cosa y que no debe dejarse que la palabra interfiera en vuestra propia percepción directa del hecho. 

Cuando estáis en comunión con un árbol –si alguna vez lo estáis-, no tenéis la mente ocupada con que clase de árbol es o si es útil o no. 

Estáis directamente en comunión con el árbol. 

Del mismo modo, debemos establecer este estado de comunión entre vosotros y el que habla, porque lo que viene ahora es una de las cosas más difíciles de que se puede hablar. 

Como dije, a terminado la acción de la voluntad, la acción del pensamiento como tiempo y el movimiento que se inicia por cualquier influencia o presión de cualquier cosa. 

Por lo tanto, la mente que ha observado y comprendido todo esto, no de modo verbal, está en completa quietud, no es iniciadora de ningún movimiento consciente o inconsciente. 

Todo esto es algo que hay que ver antes de que podamos avanzar algo más. 

Puede ser que conscientemente no queráis actuar en ninguna dirección determinada porque hayáis observado la futilidad de toda clase de cambio calculado, desde el de los comunistas hasta el de los más reaccionarios conservadores. 

Veis cuán tonto es todo esto, pero interiormente, en lo inconsciente, tenéis el enorme peso del pasado, que os empuja en cierta dirección. 

Estáis condicionados por ser europeos, cristianos, científicos, matemáticos, artistas, técnicos; y existe la tradición de mil años, muy cuidadosamente explotada por la iglesia, que ha instalado en el inconsciente ciertas creencias y dogmas. 

Puede ser que rechacéis todo esto concientemente, pero en lo inconsciente su peso aún está ahí, seguís siendo cristianos, ingleses, alemanes, italianos, franceses; aún estáis gobernados por intereses nacionales, económicos y familiares y por las tradiciones de la raza a la que pertenecéis; y cuando se trata de una raza muy antigua, su influencia es mucho más honda. 

Mas ¿cómo va uno a eliminar todo esto? 

¿Cómo podemos librar al inconsciente de su pasado de un solo golpe? 

Los analistas creen que el inconsciente puede limpiarse de modo parcial o aún total, por medio del análisis: por la investigación, la exploración, la confesión, la interpretación de los sueños, etc., para que, por lo menos, os volváis seres humanos normales, capaces de ajustarse al medio ambiente actual; pero en el análisis están siempre el analizador y lo analizado, un observador que interpreta la cosa observada, lo cual es una dualidad, una fuente de conflicto. 

Veo, pues, que el mero análisis de lo inconsciente no nos llevará a ninguna parte; puede ayudarme a ser un poco menos neurótico, un poco más bueno con mi esposa, con mi prójimo, o algo así de superficial; pero no es de eso de lo que estamos hablando. 

Veo que el proceso analítico – que implica tiempo, interpretación, el movimiento de pensar en forma de observador que analiza la cosa observada- no puede liberar lo inconsciente; por lo tanto, rechazo por completo el proceso analítico. 

Desde el momento en que percibo el hecho de que el análisis no puede, en ninguna circunstancia, eliminar la carga del inconsciente, queda descartado el análisis, estoy fuera del análisis. 

¿Qué ha pasado pues? 

Como ya no hay analizador separado de la cosa que analiza, él es esa cosa, no es una entidad aparte de ella. 

Entonces encuentra uno que lo inconsciente es de muy poca importancia. 

¿Entendéis?

He señalado lo trivial que es lo consciente, con sus actividades superficiales, su parloteo incesante, etc., y lo inconsciente también es muy trivial. 

Lo inconsciente, como lo consciente, llega a ser importante sólo cuando el pensamiento le da continuidad. 

El pensamiento resulta adecuado, es útil en las cuestiones técnicas y todo eso; pero el pensamiento es por completo inútil para producir esta radical transformación. 

Cuando veo como da continuidad el pensamiento, termina la continuidad en forma del pensador. Espero que todo esto se comprenda; se necesita una gran atención. 

Lo consciente o lo inconsciente tiene muy poca importancia, sólo la tiene cuando el pensamiento le da continuidad. 

Cuando percibís la verdad de que todo el proceso del pensar es una reacción del pasado y que no es posible que haga frente a la enorme demanda que significa la mutación, entonces tanto lo consciente como lo inconsciente pierden su importancia, y la mente ya no está influida o dirigida por ninguno de los dos; por lo tanto, ya no está iniciando ningún movimiento; está en completa quietud, en calma, en silencio. 

Aunque la mente percibe que tiene que haber cambio, revolución, una completa transformación en la raíz de nuestro propio ser, no inicia sin embargo, ningún movimiento en ninguna dirección; y en esa percepción total, en ese completo silencio, ya se ha realizado la mutación. 

Así, pues, la mutación sólo puede realizarse en una forma no directa, cuando la mente ya no inicia ningún movimiento y por tanto, está en completa calma. 

En esa calma hay mutación, por que queda a la vista y se disipa la raíz de nuestro ser. 

Esa es la única revolución real, no la del tipo económico o social, y no puede ser producida por la voluntad, por el pensamiento. 

Sólo en ese estado de mutación es en el que podéis percibir algo que está más allá de la medida de las palabras, algo que es supremo, más allá de toda teología y de todo reconocimiento. 

Espero que no os halléis dormido. 

Tal vez tengáis la amabilidad de hacerme alguna pregunta. 

Pregunta: Por lo que he experimentado, el pensar me encadena al aislamiento, porque me impide entrar en comunión con las cosas que me rodean, y también me impide llegar a las raíces de mi mismo. Desearía, pues, preguntar: ¿por qué piensan los seres humanos? ¿Cuál es la función del pensar humano? Y ¿por qué exageramos tanto la importancia del pensar? 

Krishnamurti: Creí que ya habíamos dejado eso muy atrás. 

Muy bien, señor, voy a explicarlo. 

El limitarse a escuchar una explicación no es ver el hecho, y no podemos entrar en comunión uno con otro por medio de la explicación, a menos que usted y yo veamos el hecho y lo dejemos así, es decir, sin interferir en él. 

Entonces estamos también en comunión con el hecho. 

Mas, si vos interpretáis el hecho de una manera y yo de otra, entonces no estamos en comunión, ni con el hecho ni uno con otro. 

Veamos, ¿como surge el pensamiento, ese que aísla y que no da amor, el amor que es el único medio de comunicación?, y ¿como puede terminar ese pensamiento?

El pensamiento y todo su mecanismo tiene que ser comprendido, y la misma comprensión de él es su terminación. 

Con su permiso, vamos a examinar esto. 

Surge el pensamiento como una reacción cuando hay un estímulo. 

Si no hubiera un estímulo no pensaríais. 

El estímulo puede adoptar la forma de una pregunta, sea o no importante, y con arreglo a esa pregunta, respondéis. 

En el intervalo entre la pregunta y la respuesta empieza el proceso del pensamiento, ¿no? 

Si me preguntáis por algo que conozco bien, mi respuesta es inmediata. 

Sí, por ejemplo, me preguntáis que donde vivo, no habrá intervalo, porque no tengo que pensarlo, y a vuestra pregunta respondo de manera inmediata. 

Pero si vuestra pregunta es un poco más compleja, hay un intervalo (durante el cual estoy consultando la memoria) entre vuestra pregunta y mi replica. 

Podéis preguntarme cual es la distancia entre la tierra y la luna, y yo digo: “¡Cielos! ¿Sé cual es?”.

 Si, lo sé y entonces respondo. 

Entre vuestra pregunta y mi respuesta hay un intervalo durante el cual la memoria ha funcionado y ha facilitado la respuesta, de modo que, cuando se me plantea una pregunta mi respuesta puede ser inmediata o puede llevar cierto tiempo. 

Si me hacéis una pregunta sobre algo de lo cual no sé nada en absoluto, el intervalo es mucho más largo. 

Yo digo: “No lo sé, pero lo averiguaré”; y al no encontrar la respuesta entre las cosas que recuerdo, recurro a alguien para que me lo diga, o lo busco en un libro. 

También durante este intervalo mucho más largo está en marcha el proceso del pensamiento. 

Con estas tres fases estamos muy familiarizados. 

Ahora, hay una cuarta fase, que tal vez no conozcáis, o no la hayáis distinguido con claridad nunca antes, y es esta: me hacéis una pregunta, y en realidad no conozco la respuesta. 

Mi memoria no la recuerda, y no espero que nadie me la diga. 

No tengo respuesta ni expectativa. 

En realidad, no sé. 

No hay intervalo, ni por tanto, pensamiento, porque la mente no está mirando, no busca, no está a la espera. 

Ese estado es efectivamente una completa negación, es liberación de todo lo que la mente ha conocido, y sólo en ese estado es como puede comprender lo nuevo, lo supremo, o cualquier otra palabra con que queráis designarlo. 

En ese estado ha concluido todo el proceso del pensar; no hay el observador ni lo observado, el experimentador ni la cosa experimentada. 

Toda experiencia ha cesado y en ese silencio total hay mutación completa. 

19 de julio de 1964.


LA MUTACIÓN PSICOLÓGICA - CAPÍTULO 3 - J.K -

Capítulo Tercero 

Hay, creo, mucha diferencia entre comunicación y comunión. 

En la comunicación se comparten las ideas por medio de palabras, agradables o desagradables, por medio de símbolos, por gestos, y las ideas pueden traducirse ideológicamente o interpretarse con arreglo a las peculiaridades, idiosincrasias y trasfondo de uno mismo. 

Mas en la comunión creo que se realiza algo muy distinto: en ella no se comparten ni interpretan ideas.

 Podéis o no estar comunicándoos por medio de palabras, pero estáis en relación directa con lo que estas observando y estáis en comunión con vuestra propia mente, con vuestro propio corazón. 

Puede uno estar en comunión con un árbol, por ejemplo, o con una montaña o con un río. 

No sé si alguna vez os habréis sentado bajo un árbol y habréis tratado realmente de estar en comunión con él. 

No es sentimentalismo, no es emotividad: estáis directamente en contacto con el árbol. 

Hay una extraordinaria intimidad de relación; en tal comunión tiene que haber silencio, tiene que haber un hondo sentido de quietud; vuestros nervios, vuestro cuerpo, están en calma; el corazón mismo casi se detiene. 

No hay interpretación, no hay comunicación o participación. 

No sois el árbol, ni estáis identificados con él; sólo existe un sentido de intimidad dentro de una gran profundidad silenciosa. 

No sé si lo habréis intentado alguna vez. 

Ensayadlo en alguna ocasión, cuando vuestra mente no esté parloteando, cuando no esté vagando por todas partes, cuando no estéis monologando, cuando no recordéis las cosas que se han hecho o que hay que hacer. 

Olvidando todo esto, tratad sencillamente de entrar en comunión con una montaña, con un arroyo, una persona, un árbol, con el movimiento mismo de la vida. 

Eso requiere un asombroso sentido de quietud y una peculiar atención, no concentración, sino una atención que venga con facilidad, con agrado.

 Pues bien, me gustaría entrar en comunión con vosotros esta mañana sobre lo que estuvimos discutiendo el otro día. 

Hablábamos sobre la libertad y su calidad. 

La libertad no es un ideal, algo que esté lejos; no es la formación de ideas de una mente retenida en prisión, lo que sería sólo una teoría. 

La libertad sólo puede existir cuando la mente ya no está impedida por ninguna clase de problemas. 

Una mente que tenga problemas nunca podrá estar en comunión con la libertad o darse cuenta de la extraordinaria calidad de ésta. 

La mayoría de las personas tienen problemas y se limitan a soportarlos; se acostumbran a los que tienen y los aceptan como parte de sus vidas, pero esos problemas no se resuelven aceptándolos ni acostumbrándose a ellos, y, si arañáis la superficie, ahí están todavía supurando; y la mayoría de las personas viven en ese estado: aceptando perpetuamente problema tras problema, un dolor tras otro. 

Hay un sentimiento de desilusión, de ansiedad, desesperación, y lo aceptan. 

Ahora bien, si nos limitamos a aceptar problemas y vivir con ellos, es evidente que no habremos resuelto sus problemas en absoluto. 

Podemos decir que están olvidados o que ya no importan; pero si importan infinitamente, porque  pervierten la mente, falsean la percepción y destruyen la claridad. 

Para la mayoría de nosotros, cuando tenemos un problema este ocupa todo el campo de nuestra vida.

 Puede ser un problema de dinero, de sexo, de ignorancia o el deseo de realizarse, de llegar ha ser famoso; sea lo que fuere, nos interesa tanto ese problema que consume nuestro ser, y creemos que resolviéndolo quedaremos libres de toda nuestra desdicha, pero mientras una mente pequeña, estrecha, está tratando de resolver su problema particular, sin relación con el movimiento entero de la vida, nunca podrá estar libre de problemas, cada uno de ellos está relacionado con otro, y si os limitáis a tomar uno y tratar de resolverlo de un modo fragmentario, lo que estáis haciendo será completamente inútil. 

Es como cultivar un rincón de un campo y creer que lo habéis cultivado todo. 

Tenéis que cultivar todo el campo, tenéis que mirar todos los problemas. 

Como decía el otro día, lo importante no es la resolución de un problema, sino su comprensión, por muy doloroso, por demandante, por inminente y apremiante que sea. 

No soy dogmático ni autoritario, pero me parece que el interesarse sólo en un problema determinado indica una mente muy mezquina, pequeña; y una mente así, que esté perpetuamente tratando de resolver su propio problema particular, nunca puede hallar la salida de los problemas. 

Puede escapar de varios modos, puede volverse amargada, cínica o entregarse a la desesperación; pero nunca podrá comprender todo el problema de la existencia.

Así es que, si hemos de tratar con problemas, tenemos que hacerlo con todo el campo del cual surgen los mismos, y no simplemente con un solo problema. 

Cualquiera de ellos, por muy intrincado, por demandante o apremiante, está relacionado con todos los demás; es pues, importante no pensar fragmentariamente en ese problema, una de las cosas más difíciles de hacer. 

Cuando tenemos un problema urgente, doloroso, insistente, la mayoría de nosotros creemos que debemos resolverlo aisladamente, sin tomar en consideración toda la red de problemas. 

Pensamos en él de un modo fragmentario, y una mente fragmentaria es realmente mezquina. 

Es, si se me permite la palabra, una mente burguesa. 

Escuchad, no estoy insultando, no uso esa palabra en forma despectiva, sino simplemente es indicación de lo que en realidad es la mente. 

Es mediocre la mente que quiere resolver aisladamente un problema determinado. 

Una persona que esté consumida por los celos quiere obrar en el acto, hacer algo, reprimir sus celos o vengarse. 

Pero ese problema particular está relacionado muy profundamente con otros; tenemos pues, que considerar todo el asunto, y no simplemente una parte de él. 

Cuando estamos discutiendo alrededor de los problemas, a de comprenderse que no tratamos de hallar respuesta para ninguno. 

Como he señalado, la indagación que trate meramente de hallar respuesta para un problema es una evasión de éste. 

Tal evasión puede ser cómoda o dolorosa, puede requerir cierta capacidad intelectual, etc., pero, sea lo que fuere, sigue siendo una evasión. 

Si hemos de resolver nuestros problemas, si hemos de quedar libres de ellos, liberados de todas las presiones que implican, de modo que la mente quede en completa calma y pueda percibir (porque sólo puede percibir en libertad), entonces vuestro primer interés tiene que estar no en saber como resolver cualquier problema, sino en comprenderlo. 

Comprender es mucho más importante que resolver un problema. 

La comprensión no es la capacidad ni la agudeza de una mente que ha adquirido diversas formas de conocimiento analítico y que es capaz de analizar un problema determinado; mas una mente que comprende está en comunión con el problema. 

Estar en comunión no es estar identificado con él. 

Como dije, para estar en comunión con un árbol, con un ser humano, con un río, con la extraordinaria belleza de la naturaleza, tiene que haber cierta calma, cierto sentido de apartamiento, de estar lejos de las cosas. 

Lo que tratamos de hacer aquí es, aprender el modo de estar en comunión con el problema. 

Pero ¿comprendéis la dificultad en esta afirmación? 

Cuando hay comunión con otro, el pensamiento del “yo” está ausente. 

Cuando estáis en comunión con una persona amada, con vuestra esposa, con vuestro hijo, cuando estrecháis la mano de un amigo, en ese momento (si no es meramente el falso sentimentalismo, la sensación y todo eso que se llama amor, sino algo muy distinto, algo vital, dinámico, real), hay una ausencia total de todo el mecanismo del “yo” con su proceso del pensamiento. 

Del mismo modo, el estar en comunión con un problema implica observación completa sin identificación. 

¿No es verdad? Vuestros nervios, cerebro, cuerpo, la entidad completa, están en calma. 

En ese estado podéis observar el problema sin identificación, y ese es el único estado en que puede haber comprensión del mismo.

Como sabéis, el que llaman artista puede pintar un árbol o escribir un poema sobre él, mas yo me pregunto si está realmente en comunión con el árbol. 

En el estado de comunión, no se busca un medio de expresión. 

Es de muy escasa importancia el que expreséis esa comunión en palabras, en el lienzo o en piedra; pero el sentido de importancia llega en el momento en que queréis expresarla, mostrarla, venderla legar a ser famoso, etc. 

Comprender un problema por completo es estar en comunión con él. 

Entonces hallaréis que el problema no es nada importante y que lo que si importa es el estado de la mente que se haya en comunión con el problema. 

Una mente así no crea problemas; mas la que no sea capaz de comunión con el problema, que sea egocéntrica, egoísta, que quiera expresarse y todas las demás cosas inmaduras, esa mente mezquina es la que crea los problemas. 

Así es que, como decía el otro día, para comprender el problema, cualquier problema; tenéis que comprender todo el proceso del deseo. 

Somos autocontradictorios psicológicamente y, por tanto en nuestra acción. 

Pensamos una cosa y hacemos otra, vivimos en un estado de contradicción con nosotros mismo, pues, si no, no habría problema; y la autocontradicción surge cuando no hay comprensión del deseo. 

Para vivir sin conflicto de ninguna clase en absoluto, tiene uno que comprender la estructura y la naturaleza del deseo, no reprimirlo, someterlo a control, tratar de destruirlo, ni meramente entregarse a él, como hace la mayoría. 

Esto no significa echarse a dormir, vegetar y limitarse a aceptar la vida con toda su degeneración. Lo que significa es ver por sí mismo que el conflicto, en cualquier forma –ya sea reñir con la esposa o el marido, con la comunidad, con la sociedad, con lo que sea-, deteriora la mente, la vuelve obtusa, insensible.

Como dije el otro día, el deseo por sí mismo no está en estado de contradicción; son los objetos del deseo y la relación de éste con tales objetos lo que crea la contradicción. 

El deseo sólo tiene continuidad cuando hay identificación del pensamiento con ese deseo. 

Para observar tiene que haber sensibilidad; nuestros nervios, ojos y oídos, todo nuestro ser tiene que estar vivo y, sin embargo, la mente ha de estar en calma. 

Entonces puede uno mirar un hermoso automóvil, una bella mujer, una espléndida casa, o una cara extraordinariamente viva e inteligente; puede uno observar estas cosas, verlas como son, y ahí termina el asunto. 

Pero ¿qué es lo que suele suceder? 

Hay deseo; y el pensamiento al identificarse con ese deseo le da continuidad. 

No sé si me explico claramente. 

Discutiremos este punto un poco más adelante. 

Lo importante es observar sin aportar pensamiento. 

Mas no convirtáis esta información en un problema. 

No digáis: “¿Cómo voy a observar, como voy a ver y sentir, sin dejar que intervenga el pensamiento?”.

 Si percibís por vosotros mismos todo el proceso del deseo y la contradicción producida por sus objetos, y la continuidad que el pensamiento da al deseo, si veis toda esta maquinaria en funcionamiento, entonces no haréis esa pregunta. 

Como sabéis, para aprender a conducir un auto no basta con que nos hablen sobre ello, tenéis que sentaros al volante, hacer arrancar el vehículo, aplicar los frenos, aprender todos los movimientos de la conducción. 

Del mismo modo tenéis que conocer el mecanismo extraordinariamente delicado del pensamiento y el deseo, y no limitaros a ser instruidos sobre el. 

Tenéis que mirarlo, aprender por vosotros mismo, y eso requiere una actitud sensible.

 Lo importante es, pues, no la resolución del problema, sino su comprensión. 

Un problema surge sólo cuando hay contradicción, conflicto; y este último implica esfuerzo. 

El esfuerzo para lograr, para llegar a ser, para cambiar esto en aquello, el esfuerzo para acercar una cosa y alejar alguna otra. 

Este esfuerzo tiene su origen en el deseo: el deseo al que el pensamiento ha dado continuidad. 

Tenéis, pues, que aprender a cerca de todo este proceso: aprender, y no limitaros a que os instruya el que habla, cosa que no tiene valor alguno. 

Lo que oís por el teléfono puede ser bonito o puede ser desagradable; puede ser real o bien tonto, falso por completo; mas lo importante es lo que oís y no el instrumento mismo. 

Los más de nosotros concedemos importancia al instrumento; creemos que éste nos va a enseñar algo, y yo he prevenido constantemente contra esta forma particular de estupidez. 

Estáis aquí para aprender; y escucháis, no simplemente al orador, sino a vosotros mismos. 

Estáis en comunión con vuestra propia mente. 

Estáis observando el funcionamiento del deseo y la forma en que surgen los problemas. 

Estáis entrando en intimidad con vosotros mismos, y esa intimidad sólo puede sentirse profundamente cuando abordáis el problema muy en calma, sin decir: “Tengo que resolver esta cosa brutal”, ni agitaros o excitaros sobre ello. 

Estáis descubriendo cómo surge un problema y cómo lo perpetúa el pensamiento, dando continuidad a un deseo determinado. 

Vamos, pues, a aprender sobre la aparición de un problema y su terminación, no tomándonos tiempo para pensar sobre él, sino acabar con él de manera inmediata.

Sea el que fuere el problema, el pensamiento le da continuidad. 

Si decís algo que me agrada, el pensamiento se identifica con ese placer y quiere seguir viviendo en él; por lo tanto, os considero mi amigo y os veo con frecuencia. 

Pero si decís algo que me ofende, ¿qué pasa? 

También le doy continuidad a ese particular sentimiento al pensar en él. 

Lo que habéis dicho puede ser verdad, pero no me gusta, y por lo tanto os eludo o quiero devolver el golpe. 

Éste es el mecanismo que crea problemas y que los mantiene en marcha. 

Creo que esto está ya bastante claro. 

Al pensar constantemente sobre algo, le da uno continuidad. 

Ya conocéis la confusión con que pensáis sobre vosotros mismos y vuestra familia, todos los recuerdos placenteros y las ilusiones que tenéis sobre vosotros mismos; pensáis constantemente en todo eso y, por tanto, tiene continuidad. 

Mas, si empezáis a comprender todo el proceso y a aprender por vosotros mismos los caminos de la continuidad, entonces, cuando surge un problema, podéis estar en completa comunión con él, porque no interviene el pensamiento; y por tanto, se da la inmediata terminación del problema. 

¿Entendéis? 

Mirad, señores, tomemos un problema muy común: el deseo de seguridad. 

La mayoría de nosotros queremos sentirnos seguros. 

Ésta es un de las exigencias de la parte animal de los seres humanos. 

Es evidente que debéis tener cierta seguridad en el sentido físico, debéis tener un lugar en que vivir y debéis saber dónde vais a comer la próxima vez, a no ser que viváis en Oriente, donde podéis andar jugando con la inseguridad física, vagando de pueblo en pueblo y todo eso. 

Afortunada o desgraciadamente, aquí no podéis hacer eso; si lo hicierais, os meterían en la cárcel por vagabundos.

En el animal, en el bebé, en el niño, es muy fuerte el impulso a sentirse físicamente seguros, y la mayoría de nosotros exigimos sentirnos psicológicamente seguros, queremos estar seguros, ciertos. 

Por eso somos competidores, por eso somos celosos, tenemos codicia, envidia, somos brutales; por eso nos preocupamos tanto de cosas que nada importan. 

Esta demanda insistente de seguridad psicológicamente ha existido durante millones de años, y nunca hemos investigado su verdad. 

Hemos dado por sentado que debemos tener seguridad psicológica en nuestra relación con nuestra familia, con nuestra esposa o nuestro marido, con los hijos, con la propiedad, con lo que llamamos Dios.

 A toda costa queremos sentirnos seguros. 

Ahora bien, yo quiero estar en comunión con esta demanda de seguridad psicológica, porque es un problema real, ¿comprendéis? 

El no sentirnos psicológicamente seguros significa, para la mayoría de nosotros, hundirnos, o bien volvernos neuróticos, raros. 

Podéis ver esa mirada peculiar en la cara de muchas personas. 

Quiero descubrir la verdad del asunto, quiero comprender toda esta exigencia de seguridad; pues es el deseo de estar seguro en la relación lo que engendra celos, ansiedad, lo que hace surgir el odio y la desdicha en que vivimos la mayoría de nosotros. 

Y habiendo exigido seguridad durante tantos millones de años, ¿cómo va la mente, estando tan condicionada, a descubrir la verdad de la seguridad? 

Para descubrir su verdad, ciertamente, tengo que estar en comunión con ella. 

No puede decírmelo otra persona. 

Eso sería demasiado tonto. 

Tengo que aprender yo mismo sobre ello, tengo que investigarlo, descubrirlo; tengo que estar en completa intimidad con esta exigencia de seguridad; si no, nunca sabré si existe o no eso de la seguridad. 

Éste es probablemente el gran problema para la mayoría de nosotros. 

Si  descubro que no existe la seguridad en absoluto, entonces no hay problema, ¿verdad? 

Entonces estoy fuera de esta batalla por la seguridad, y, por lo tanto, mi acción en la relación humana es enteramente distinta. 

Si mi esposa quiere escaparse, escapará, y yo no convierto esto en un problema, no odio a nadie, no me vuelvo celoso, envidioso, furioso, y todo lo demás. 

Veo que ahora estáis mucho más familiarizados que yo con esta clase de cosas. 

Personalmente, no quiero convertir la seguridad en un problema; no quiero crear en mi vida un problema de ninguna clase: económico, social, psicológico o el llamado religioso. 

Veo muy claramente que una mente que tenga problemas; se vuelve obtusa, insensible, y que sólo es inteligente una mente sensible en alto grado. 

Y como este anhelo de seguridad es tan hondo y perpetuo en cada uno de nosotros, quiero descubrir la verdad sobre la seguridad, mas ésta es una cuestión muy difícil de investigar, porque, no sólo desde la niñez, sino desde el principio mismo del tiempo, siempre hemos querido sentirnos seguros: seguros en nuestro trabajo, en nuestros pensamientos y sentimientos, creencias y dioses, en nuestra nación, familia y propiedad. 

Por eso la memoria, la tradición, todo el trasfondo del pasado desempeñan un papel tan extraordinariamente importante en nuestra vida. 

Mas toda esa experiencia hace aumentar mi sensación de seguridad. 

¿Comprendéis? 

Toda experiencia se registra en la memoria, se añade al almacén de cosas que han pasado. 

Esta experiencia acumulada llega a ser mi trasfondo permanente mientras yo viva, y con ese trasfondo sigo experimentando; por lo tanto, toda ulterior experiencia se añade a ese trasfondo de memoria en que me siento salvo y seguro, y lo refuerza. 

¿Entendéis? 

Tengo, pues, que darme cuenta de todo este extraordinario proceso de mi condicionamiento. 

No se trata de saber como librarme de mi condicionamiento, sino de estar en comunión con él en todo momento. 

Entonces puedo mirar el deseo de seguridad sin convertirlo en un problema. 

¿Está claro esto hasta aquí? 

¿Queréis hacer preguntas al llegar a este punto?

Pregunta: No hay comunión porque la mente está abrumada por el “yo”. 

Krishnamurti: Señor, os estoy preguntando algo. 

Os pregunto: ¿Qué es comunión? Pero ¿qué pasa cuando oís esa pregunta? Entra en funcionamiento todo el mecanismo de vuestra mente condicionada, y al contestáis; mas no habéis escuchado realmente la pregunta. 

Podéis haber pensado o no en ella antes, podéis haber pensado en ella casualmente; o tal vez habéis leído sobre esto en un libro u otro, y repetís lo que habéis leído. 

Pero no estáis escuchando. 

Cuando el que habla os dice: “Tratad de estar en comunión con un árbol”, necesariamente si estáis interesados, primero tenéis que descubrir lo que significa. 

Id a sentaros bajo un árbol, o a orillas del río, o a la sombra de un monte, o simplemente mirad a vuestra esposa, a vuestro hijo. 

¿Qué significa estar en comunión? 

Significa que no haya barrera de pensamiento entre el observador y lo que es observado. 

El observador no se identifica con el árbol, con la persona, con el río, con la montaña, con el cielo.

 Sencillamente, no hay barrera. 

Si hay un “yo”, con sus complejos pensamientos y ansiedades, que está observando el árbol, entonces no hay comunión con él. 

Estar en comunión con alguien o con algo requiere espacio, silencio; vuestro cuerpo, nervios, mente, corazón, todo vuestro ser ha de estar en calma, en completa quietud. 

No digáis: “¿Cómo voy a estar en quietud?” No convirtáis la quietud en otro problema. 

Sencillamente ved que no hay comunión si el mecanismo del pensamiento está actuando, lo que no quiere decir que os echéis a dormir. 

Probablemente nunca habréis echo esto; nunca habréis estado en comunión con vuestra esposa o vuestro marido, con quien dormís, respiráis, coméis, tenéis hijos, y todo lo demás. 

Probablemente nunca habréis estado en comunión ni aún con vosotros mismos. 

Si sois católicos, vais a la iglesia y recibís lo que se llama la comunión; pero no es eso. 

Tales cosas carecen de madurez. 

Cuando hablamos así sobre comunión con la naturaleza, con las montañas, o de unos con otros, la mayoría no sabemos lo que significa y tratamos de imaginarlo. 

¿Entendéis? 

Especulamos sobre eso y decimos que es el “yo” el que impide esta comunión. 

¡Por Dios, no convirtáis la comunión en otro problema más! 

Ya tenemos bastantes. 

De modo que limitaos a escuchar. 

Estáis en comunión conmigo y yo lo estoy con vosotros. 

Os estoy diciendo algo y, para comprenderlo, tenéis que escuchar, pero el escuchar significa atención sin esfuerzo, dar descanso a vuestros nervios; no significa decir: 

“Tengo que escuchar”, y, por tanto, poner en tensión lo nervios y todo el cuerpo. 

Significa que escuchéis con placidez, facilidad, en silencio, para descubrir qué es lo que quiere trasmitir el que habla. 

Aquello de que les hablo puede ser un completo disparate, o puede ser algo real, y tenéis que escuchar para descubrirlo. 

Pero ésa parece ser una de vuestras mayores dificultades. 

No estáis realmente escuchando; en vuestra mente estáis disputando conmigo, levantando una muralla de palabras.

Digo que lo importante en todo esto es aprender a estar en comunión con vosotros mismos de un modo agradable, feliz, para que podáis seguir todos los pequeños movimientos del propio pensar, del sentir, sin tratar de corregirlos, sin decir que son buenos o malos, sin todos esos juicios tontos, burgueses, de pequeñas mentes mezquinas. 

Sencillamente observar; y, al hacerlo, sin identificaros con ningún pensamiento o sentimiento agradable o desagradable, hallaréis que podéis tener comunión con vosotros mismos. 

La mayoría de nosotros queremos sentirnos psicológicamente seguros, insistimos en ello y, por eso, la familia se convierte en una pesadilla; llega a ser una cosa terrible, porque la usamos como medio de nuestra propia seguridad. 

Luego es la nación la que llega a ser nuestra seguridad, y pasamos por todo eso del nacionalismo. 

La familia está bien, pero cuando se utiliza como medio de seguridad se convierte en un veneno mortal.

 Para descubrir lo verdadero sobre la seguridad, tenéis que estar en comunión con el profundamente arraigado deseo de estar seguros, que se está repitiendo constantemente en diversas formas: buscáis la seguridad, no sólo en la familia, sino también en recuerdos y en el dominio o la influencia de otro.

 Volvéis al recuerdo de alguna experiencia o relación que os ha complacido, que os dio esperanza, seguridad, y en ese recuerdo os refugiáis. 

Existe la seguridad de la habilidad, del conocimiento; existe la del nombre y la posición, y existe la de la capacidad: podéis pintar o tocar el violín o hacer cualquier otra cosa que os dé una sensación de seguridad.

Sin embargo, una vez que estáis en comunión con el deseo que os impulsa a buscar seguridad, y percibís que es este deseo el que crea contradicción, porque nada en la Tierra está nunca seguro, incluso vosotros mismos; cuando habéis descubierto eso y no os habéis limitado a que os hablen de ello, y habéis resuelto el problema por completo, entonces habéis salido de todo este campo de contradicción y estáis, pues, libres de temor. 

¿Es esto suficiente por esta mañana? 

No sé si estáis alguna vez en silencio en vuestro interior. 

Cuando camináis por la calle, la mente está en completa calma, observando y escuchando sin pensamiento; cuando conducís, miráis el camino, los árboles, los automóviles que pasan al lado, os limitáis a observar sin reconocimiento, sin que se ponga a actuar todo el mecanismo del pensamiento.

 Cuanto más actúa el mecanismo del pensamiento, más desgasta la mente, no deja espacio para la inocencia, y sólo la mente inocente es la que puede ver la realidad.

16 de julio de 1964.

LA MUTACIÓN PSICOLÓGICA - CAPÍTULO 2 - J.K. -

 12 de julio de 1964. 

Capítulo Segundo 

El otro día, cuando nos reunimos aquí, estuve hablando sobre la necesidad de libertad; y con esa palabra, “libertad”, no me refiero a libertad superficial o fragmentaria, a ciertos niveles de la propia conciencia. 

Yo hablaba de ser enteramente libre: libre en la raíz misma de la propia mente, en todas las actividades físicas, psicológicas y parasicológicas de uno. 

La libertad implica la total ausencia de problemas, ¿no es así? 

Porque cuando la mente es libre puede observar y actuar con completa claridad; puede ser lo que es sin ningún sentido de contradicción. 

Para mi, una vida de problemas, económicos y sociales, privados o públicos, destruye y pervierte la claridad. 

Y uno necesita claridad, necesita una mente que vea claro todo problema, a medida que surge, una mente que puede pensar sin confusión, sin condicionamiento, una mente que tenga la calidad del afecto y del amor, que no tiene nada que ver con la emotividad ni con el sentimentalismo. 

Para encontrarse en ese estado de libertad –que es sumamente difícil de comprender y que requiere mucha exploración- debe uno tener una mente no perturbada, tranquila; una mente que este funcionando por entero, no sólo en la periferia sino también en el centro. 

Esta libertad no es una abstracción, no es un ideal. 

El movimiento de la mente en libertad es una realidad, y los ideales y abstracciones no tienen nada que ver con él en absoluto. 

Tal libertad sobreviene de modo natural, espontáneo, sin ninguna clase de coerción, disciplina, control ni persuasión, cuando comprendemos todo el proceso del seguir y terminar los problemas. 

Una mente que tenga un problema, que es realmente una perturbación y haya escapado de él, sigue estando lisiada, atada, no es libre. 

Para la mente que no resuelve todo problema según va surgiendo, en cualquier nivel que sea, (físico, psicológico, emocional), no puede haber libertad ni, por tanto, claridad de pensamiento, de actitud, de percepción. 

La mayoría de los seres humanos tienen problemas. 

Entiendo por “problema” la prolongada perturbación creada por la inadecuada respuesta a un reto, es decir, por la incapacidad para hacer frente a una cuestión de manera total, con nuestro ser entero; o por la indiferencia, que da por resultado la aceptación habitual de los problemas y el limitarse a soportarlos.

 Hay un problema cuando no se hace frente a cada cuestión ni se va hasta su fin mismo, no mañana ni en alguna fecha futura, sino cuando surge, cada minuto, cada hora, cada día. 

Cualquier problema, a cualquier nivel, consciente o inconsciente, es un factor que destruye la libertad.

 Es algo que no comprendemos por completo. 

Un problema puede ser el dolor moral, la molestia física, la muerte de alguien o la falta de dinero; o puede ser la incapacidad para descubrir por si mismo si dios es una realidad o simplemente una palabra sin sustancia. 

Y existen los problemas de la relación, tanto privados como públicos, individuales lo mismo que colectivos. 

El no comprender la totalidad de la relación humana engendra efectivamente problemas; y la mayoría de nosotros tenemos estos problemas –de los cuales surgen las enfermedades psicosomáticas- que paralizan nuestra mente y nuestro corazón. 

Estando agobiados por estos problemas, recurrimos a varias formas de evasión; rendimos culto al Estado, aceptamos la autoridad, esperamos que algún otro nos resuelva los problemas, nos unimos en una inútil repetición de plegarias y ritos, nos entregamos a la bebida, al sexo, al odio, a la lastima de nosotros mismos, etc.

Hemos cultivado, pues, cuidadosamente una red de evasiones –racionales o irracionales, neuróticas o intelectuales- que nos capacitan para aceptar y, por lo tanto, soportar todos los problemas humanos que surgen. 

Pero estos, inevitablemente, engendran confusión, y la mente no es libre. 

Ahora bien, no sé si veis como yo la necesidad, no una necesidad fragmentaria, no la necesidad de un día, porque os veáis forzados súbitamente a enfrentaros con una cuestión, sino la absoluta necesidad, desde el principio mismo del propio pensamiento, sobre estas cosas hasta el fin mismo de la propia vida, de no tener ningún problema. 

Es probable que no sintáis la urgencia de ello. 

Más. Si uno ve en forma muy clara y objetiva, no abstracta, que el estar libre de problemas es tan necesario como el alimento o el aire puro, entonces, partiendo de esa percepción, uno actúa, tanto psicológicamente como en la ocupación de la vida diaria; está presente en todo lo que uno hace, piensa y siente. 

Al menos durante esta mañana, el asunto principal es la liberación de los problemas. 

Mañana podemos abordarlo de modo distinto, pero no importa. 

Lo que importa es ver que una mente en conflicto es destructiva, porque está constantemente deteriorándose. 

El deterioro no es cuestión de vejez ni de juventud, sino que sobreviene cuando la mente está presa del conflicto y tiene muchos problemas sin resolver. 

El conflicto es el núcleo del deterioro y de la decadencia. 

No se si veis la verdad de eso. 

Si la veis, entonces la cuestión es como resolver el conflicto. 

Mas primero tiene uno que percibir por si mismo la verdad de que una mente que tenga un problema de cualquier clase, a cualquier nivel, de cualquier duración, es incapaz de pensar claro, de ver las cosas como son, de manera brutal, implacable, sin ningún sentimiento de lastima de sí mismo. 

Pero la mayoría de nosotros estamos acostumbrados a eludir de modo inmediato un problema que surja, y hayamos muy difícil estar con él. 

Simplemente observando sin interpretar, condenar ni comparar, sin tratar de modificarlo o de hacer algo con él. 

Esto requiere la completa atención de uno; mas, para la mayoría de nosotros, ningún problema es nunca tan serio que queramos prestarle toda nuestra atención, pues hacemos una vida muy superficial y fácilmente nos contentamos con respuestas plausibles, reacciones rápidas. 

Queremos olvidar el problema, relegarlo a un lado y seguir con alguna otra cosa. 

Sólo cuando el problema nos afecta íntimamente, como en el caso de la muerte o de una completa falta de dinero, o cuando el marido o la esposa nos ha abandonado, sólo entonces es cuando el problema puede llegar ha ser crítico. 

Mas nunca dejamos que un problema produzca una crisis real en nuestra vida, siempre lo relegamos con explicaciones, palabras, las diversas cosas que utilizamos como defensa. 

Sabemos, pues, lo que entendemos por la palabra problema. 

Es una cuestión hasta cuyo fondo mismo no hemos llegado y que no hemos comprendido por completo; no está pues terminada, se repite una y otra vez. 

Para comprender un problema tenemos que comprender las contradicciones –las extremas tanto como las cotidianas- de nuestro propio ser. 

Pensamos una cosa y hacemos otras. 

Decimos una cosa y sentimos de modo muy distinto. 

Existe el conflicto del respeto y la falta de respeto, la grosería y la cortesía; por un lado está el sentido de la arrogancia, el orgullo, y por el otro jugamos con la humildad. 

Ya sabéis las muchas contradicciones que todos tenemos, tanto conscientes como ocultas. Pero ¿cómo surgen estas contradicciones?

Por favor, como he dicho repetidamente, no os limitéis a escuchar al que habla, sino escuchad también vuestro propio pensamiento; observad como actúan vuestras propias reacciones, daos cuenta de vuestra propia respuesta cuando se formula la pregunta, de modo que os vayáis conociendo. 

La mayoría de nosotros, cuando tenemos un problema, queremos saber como resolverlo, que hacer con él, como trascenderlo, como librarnos de él o cual es la respuesta. 

No estoy interesado en todo eso, quiero saber porque surge el problema; porque si puedo hallar la raíz de un problema, comprenderlo, llegar a su mismo fin, entonces habré hallado la respuesta a todos los problemas. 

Si sé como hay que mirar de forma completa uno de ellos, entonces puedo comprender cualquier otro que surja en el provenir. 

¿Cómo surge un problema psicológico?

 Veamos esto primero, porque los problemas psicológicos falsean toda actividad de la vida. 

Cuando la mente, al aparecer un problema psicológico, lo comprende, lo resuelve y no arrastra su recuerdo hasta la hora siguiente o hasta el día siguiente, sólo entonces es capaz de hacer frente al nuevo reto, con frescura, con claridad. 

Nuestra vida es una serie de retos y respuestas y debemos ser capaces de encararlos por completo con cada reto, porque de lo contrario todos los momentos nos traerán más problemas. 

¿Comprendéis?

 Todo mi interés está en ser libre en no tener problemas: con Dios, con el sexo, con cualquier cosa. 

Si Dios se convierte en mi problema, entonces no vale la pena buscar a Dios; porque para descubrir si existe eso que se llama Dios, un algo supremo que rebasa la medida de la mente, mi propia mente ha de ser muy clara, inocente, libre, no impedida por un problema. 

Por eso he dicho desde el principio mismo que la libertad es necesaria. 

Se me dice que aún Carl Marx, el dios de los comunistas, escribió diciendo que los seres humanos han de tener libertad. 

Para mi, la libertad es absolutamente necesaria: 

Libertad al principio, al medio y al fin. 

Y esa libertad se niega cuando yo arrastro un problema hasta el día siguiente. 

Esto significa que no sólo tengo que descubrir como surge el problema, sino también como terminar con él por completo, quirúrgicamente, para que no haya repetición, para no ir cargando con él, para no sentir que pensando en él voy a encontrar la respuesta mañana. 

Si arrastro el problema hasta el día siguiente, propicio el terreno en el cual el problema se arraiga entonces la necesidad de podar el problema se convierte en otro problema. 

Por consiguiente, tengo que actuar de modo tan drástico e inmediato que el problema termine por completo. 

Así pues, ahí están las dos cuestiones: descubrir como surge el problema y también como acabar con él instantáneamente; tanto si el problema es la esposa, los hijos, la falta de dinero, Dios, o lo que sea. 

Lo que estoy diciendo no es ilógico. 

Os he mostrado en forma lógica, razonable, la necesidad de acabar con el problema y o arrastrarlo hasta el día siguiente. 

¿Os gustaría hacer algunas preguntas sobre esto? 

Pregunta: no comprendo porque decís que el dinero no es un problema.

Krishnamurti: Es un problema para muchos. 

Nunca he dicho que no lo sea. 

Mirad, dije que un problema es algo que no comprendéis por completo, ya sea con respecto al dinero, el sexo, Dios, a vuestra relación con la esposa, con alguien que os odia, no importa lo que sea. 

Si tengo una dolencia o muy poco dinero, esto se convierte en un problema psicológico. 

O puede ser que el sexo llegue a ser un problema. 

Estamos investigando como surgen los problemas psicológicos, no como hacer frente a uno determinado. 

¿Comprendéis? ¡Dios mío! Esto es muy sencillo. 

Como sabéis, hay personas en oriente que abandonan el mundo y vagan de pueblo en pueblo, con un cuenco de mendicante. Los brahmanes de la India han establecido, al correr de los siglos, la costumbre de que se respete al hombre que abandona el mundo, y que la gente lo debe alimentar y vestir. 

Para un hombre así, el dinero no es problema, evidentemente; pero conste que yo no estoy aconsejando aquí esa costumbre. 

Me limito a señalar que la mayoría de nosotros tenemos problemas psicológicos. 

¿No tenéis problemas, no sólo con respecto al dinero, sino también con el sexo, Dios, las relaciones humanas? ¿No os interesáis sobre si se os ama o no? 

Si tengo muy poco dinero y quiero más entonces eso se convierte en mi problema, me preocupo por ello, hay un sentimiento de ansiedad; o me vuelvo envidioso, porque tenéis más dinero que yo. 

Todo esto falsea la percepción, y estos son los problemas de que hablamos. 

Tratamos de descubrir como surge un problema de esta clase. 

Creo que he dejado esto bastante claro. 

¿O queréis que ahonde más en ello?

Seguramente que un problema surge cuando hay en mí una contradicción. 

Si no la hay, a ningún nivel, no habrá problema; si no tengo dinero trabajaré, mendigaré, pediré prestado, haré algo, y no será problema.

Pregunta: Pero ¿qué pasa cuando no se puede hacer nada? 

Krishnamurti: ¿Qué queréis decir con eso de que “no se puede hacer nada”? 

Si tenéis una técnica o algún conocimiento especializado, ejerceréis alguna profesión. 

Si no, os pondréis a cavar. 

Comentario: Después de cierta edad, un hombre ya no puede trabajar en nada. 

Krishnamurti: Pero tiene la previsión social del Estado. 

Comentario: No, no la tiene. 

Krishnamurti: Entonces se muere y ya no hay problema. 

Pero este no es vuestro problema, señora, ¿verdad? 

Pregunta: No es mi propio problema personal. 

Krishnamurti: Entonces estáis hablando de otra persona y no nos ocupamos de eso. 

Aquí hablamos de nosotros como seres humanos con problemas, y no de algún pariente o amigo.

 Comentario: Aparte de mi no tiene nadie que lo cuide; sólo yo. 

¿Cómo voy a venir a escucharos y dejarlo sin ayuda?

Krishnamurti: No vengáis. 

Comentario: Pero es que yo quiero venir. 

Krishnamurti: Entonces, no lo convirtáis en problema. 

Pregunta: ¿Estáis diciendo que cuando existe una situación embarazosa o inconveniente, como la falta de dinero, puede la mente elevarse por encima de ella? 

Krishnamurti: No. Como veis ya os habéis adelantado a mí, tratando de resolver el problema. 

Queréis saber como hacerle frente, 

Y yo no he llegado a eso todavía. 

Me he limitado a exponer el problema; y no he dicho lo que hay que hacer con él. 

Cuando decís que la mente tiene que elevarse por encima del problema, o cuando preguntáis lo que tiene que hacer un pariente o amigo que es viejo y no tiene dinero, ¿veis lo que estáis haciendo? 

Estáis escapando del hecho real. 

Un minuto, escuchad lo que estoy diciendo, no aceptéis ni rechacéis lo que diga, sino simplemente escuchadlo. 

No queréis encararos con el hecho de que sois vosotros los que tenéis el problema y no otra persona. 

Si podéis resolver el vuestro propio como seres humanos, podéis ayudar a otro o no, según sea el caso a resolver el suyo; pero en cuanto paséis a los problemas de otros y preguntéis: “¿qué tengo que hacer yo?”, os habréis colocado en una posición en la cual no podéis tener respuesta, y por lo tanto eso llega a hacer una contradicción. 

No se si ha quedado claro todo esto. 

Pregunta: Soy analfabeto, debido a una incapacidad de la infancia, y este ha sido un gran problema para mi durante toda mi vida. ¿Cómo puedo resolverlo? 

Krishnamurti: Todos os preocupáis terriblemente por la resolución de un problema, ¿no? Yo no. 

Lo siento. 

Os dije al principio mismo de estas charlas que no estoy interesado en resolver problemas, vuestros o míos. 

No Soy vuestro auxiliar o guía. 

Vosotros sois vuestro propio maestro, vuestro propio discípulo. 

Estáis aquí para aprender, y no para preguntar a otro lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer. 

No es cuestión de lo que debáis hacer con la persona impedida o con la que no tiene bastante dinero o con el analfabetismo, etc. 

Estáis aquí para aprender vosotros mismos sobre los problemas que tenéis, y no para que yo os instruya.

 No me pongáis, pues, en esa falsa posición, porque no os instruiré si lo hiciera, me convertiría en un guía, en un gurú, aumentando así la propia explotación que existe en el mundo. 

Estamos pues aquí, ustedes y yo, para aprender, y no para ser instruidos. 

Estamos aprendiendo, no por estudio, no por experiencia, sino para estar alerta, despiertos, totalmente concientes de nosotros mismos; de modo que nuestra relación es enteramente distinta de la del instructor y el enseñado. 

El que habla no os está instruyendo ni diciendo lo que hay que hacer. 

Esto carecería por completo de madurez. 

Pregunta: Cuando somos incapaces de ver todo lo que está implicado en un problema, ¿cómo podemos llegar a su raíz y resolverlo?

Krishnamurti: Tanto anheláis descubrir lo que hay que hacer, que no me habéis dado oportunidad de tratarlo. 

Os ruego que escuchéis durante dos minutos, si queréis. 

Yo no os estoy diciendo lo que hacer con vuestros problemas. 

Señalo cómo hay que aprender y lo que es aprender; y descubriréis que al aprender sobre vuestro problema éste termina; mas, si esperáis que alguien os diga lo que hay que hacer con un problema, entonces os volveréis como un niño irresponsable, que está siendo dirigido por otra persona, y tendréis aún más problemas. 

Esto es así de fácil y sencillo. 

De modo que os ruego, de una vez y para siempre, que quede claro en vuestro corazón y vuestra mente.

 Estamos aquí para aprender, no para que se nos instruya. Ser instruido es confiar a la memoria lo que se oye; pero la mera repetición de memoria no produce la resolución de los problemas. 

Sólo hay madurez en el proceso de aprender. 

De la falta de madurez nace el uso del conocimiento, de lo que simplemente ha sido memorizado como medio de resolver los problemas humanos, y sólo sirve para crear ulteriores modelos, más problemas. 

El simple deseo de resolver un problema es eludirlo, ¿no? 

No he penetrado en él, no lo he estudiado, explorado, comprendido. 

No conozco su belleza, ni su fealdad, ni su hondura; mi único interés está en resolverlo, dejarlo de lado.

 Este impulso para resolver un problema sin haberlo comprendido es una evasión del mismo, y por lo tanto, se convierte en otro problema. Toda evasión engendra ulteriores problemas.

Ahora bien, tengo un problema y quiero comprenderlo por completo, no quiero escapar de él, no quiero verbalizar sobre él, ni contárselo a nadie, simplemente quiero comprenderlo. 

No estoy esperando a que alguien me diga lo que hay que hacer. 

Veo que nadie puede decirme lo que debo hacer; y si alguien me lo dijera y yo aceptase sus palabras, eso sería sumamente tonto y absurdo. 

Tengo pues, que aprender sin que me instruyan y sin hacer intervenir el recuerdo de lo que he aprendido sobre anteriores problemas al encararme con el actual. 

¡Que pena que no veis la belleza de esto! 

¿Sabéis lo que significa vivir en el presente? 

No, me temo que no. 

Vivir en el presente es no tener continuidad en absoluto. 

Pero éste es un tema que discutiremos en alguna otra ocasión. 

Tengo un problema y quiero comprender, quiero aprender sobre él. 

Para esto no puedo traer los recuerdos del pasado a fin de enfrentarme con él, porque el nuevo problema reclama un nuevo enfoque, y yo no puedo venir a él con mis recuerdos muertos, estúpidos. 

El problema es activo de modo que tengo que tratar con él en el presente activo y por lo tanto el elemento tiempo hay que relegarlo por completo.

 Quiero descubrir como surgen los problemas psicológicos. 

Como dije, si puedo comprender toda la estructura de la causalidad de los problemas y por lo tanto, estoy libre de creármelos, entonces sabré como actuar en relación con el dinero, con el sexo, con el odio, con respecto a todo en la vida; y en el proceso de tratar con estas cosas, no crearé otro problema.

 Tengo pues, que descubrir como surge un problema psicológico y no como resolverlo. 

¿Me entendéis?. 

Nadie puede decirme como surge; tengo que comprenderlo por mi mismo.

Así como yo exploro en mi mismo, tenéis que explorar también en vosotros mismos y no limitaros a escuchar mis palabras. 

Si no vais más allá de las palabras y si no os miráis a vosotros mismos, las palabras no os ayudarán nada. 

Llegarán a ser mera abstracción, no una realidad. 

La realidad es el movimiento efectivo de vuestra propia indagación, que descubre, y no la indicación verbal de ese movimiento. 

Está claro todo esto hasta aquí. 

Para mi, como dije, la libertad es de la más alta importancia. 

Mas la libertad no puede comprenderse en modo alguno sin inteligencia; y la inteligencia sólo puede venir cuando uno ha comprendido completamente, por si mismo, la causa de los problemas. 

La mente ha de estar alerta, atenta; ha de hallarse en estado de supersensibilidad, para que cada problema se resuelva a medida que surja. 

De lo contrario, no hay verdadera libertad, sólo hay libertad fragmentada y superficial, que no tiene valor alguno. 

Es como el hombre rico que dice ser libre. 

¡Dios mío!, es esclavo de la bebida, del sexo, de la comodidad, de una docena de cosas. 

O como el hombre pobre que dice: “Soy libre porque no tengo dinero”, pero tiene otros problemas. 

Así, la libertad y la conservación de esta libertad no pueden ser una mera abstracción; tienen que ser la absoluta demanda, por vuestra parte, como seres humanos, porque sólo cuando hay libertad es cuando podéis amar. 

¿Cómo podéis amar si sois ambiciosos, codicioso, competitivos?. 

No asintáis señores. Me estáis dejando que haga yo todo el trabajo.

No estoy nada interesado en resolver el problema, ni en buscar a alguien que me diga el modo de resolverlo. 

No me lo puede decir ningún libro, ningún guía, ninguna iglesia, sacerdote, salvador. 

Hemos jugado con eso miles de años y todavía seguimos cargados de problemas, que lo único que hacen es seguir multiplicándose, como ocurre ahora. 

Así que, ¿cómo surge un problema?. 

Como dije, cuando no hay contradicción en nuestro interior, no hay problema. 

La auto-contradicción implica un conflicto del deseo, pero el deseo mismo nunca es contradictorio.

 Desde luego que lo que crea contradicción son los objetos del deseo; como pinto cuadros, o escribo libros, o hago alguna cosa tonta, quiero ser famoso, reconocido. 

Cuando nadie me reconoce, hay una contradicción y me siento desgraciado, tengo miedo de la muerte, que no he comprendido; y en lo que llamo amor hay una contradicción. 

Veo pues, que el deseo es el principio de la contradicción; no el deseo mismo, sino los objetos del deseo son los contradictorios. 

Si trato de cambiar o negar los objetos del deseo, diciendo que me voy a aferrar a una sola cosa y a nada más, entonces eso también se vuelve un problema, porque tengo que resistir, tengo que levantar barreras contra todo lo demás. 

Así es que lo que tengo que hacer no es meramente cambiar o reducir los objetos del deseo, sino comprender el deseo mismo. 

Podéis decir: ¿Qué tiene que ver todo esto con el problema? Creemos que es el deseo el que crea conflicto, contradicción; y yo indico que no es el deseo, sino los objetos o fines en conflicto con el deseo los que crean la contradicción. 

Y no es bueno tratar de no tener más que un deseo.

Eso es como el sacerdote que dice: “Sólo tengo un deseo, el de alcanzar a Dios”, y que tiene innumerables deseos, de los cuales no es consciente siquiera. 

Tiene uno, pues, que comprender la naturaleza del deseo, y no limitarse a someterlo a control o a negarlo. 

Toda la literatura religiosa dice que tenéis que destruir el deseo, estar sin él, cosa que nada vale. 

Tiene uno que comprender como surge el deseo y que es lo que le da continuidad. 

¿Entendéis el problema? 

Podéis ver como surge el deseo; es bastante sencillo. 

Hay percepción, contacto, sensación, incluso sensación sin contacto; y de la sensación viene el principio del deseo. 

Veo un automóvil; sus líneas, su forma, su belleza, me atraen, y lo quiero. 

Pero destruir el deseo es no ser sensible para nada. 

Desde el momento en que soy sensible, ya estoy en el proceso del deseo. 

Veo un objeto bello, o una bella mujer, lo que sea, y surge el deseo; o veo un hombre de enorme inteligencia e integridad y quiero ser así. 

De la percepción viene la sensación, y de esta el principio del deseo. 

Esto es lo que realmente sucede. 

No hay en ello nada complicado. 

La complejidad empieza cuando interviene el pensamiento y da continuidad al deseo. 

Pienso en el auto o en la mujer o en el hombre inteligente, y por ese pensamiento se le da continuidad al deseo. 

De lo contrario, este no tiene continuidad. 

Puedo mirar el vehículo, y con eso se acabó. 

¿Comprendéis esto? 

Pero en el momento en que le concedo un momento de mi pensamiento a ese vehículo, entonces el deseo tiene continuidad, y la contradicción empieza. 

Pregunta: ¿Puede haber deseo sin objeto?

Krishnamurti: No existe tal cosa. No hay deseo abstracto. 

Pregunta: Entonces el deseo está siempre conectado con un objeto, pero dijisteis antes que tenemos que comprender el mecanismo del propio deseo y no preocuparnos de su objeto. 

Krishnamurti: Señor, he señalado como surge el deseo y como, por el pensamiento, le damos continuidad al deseo. 

Lo siento, pero tenemos que detenernos ahora y continuar el jueves próximo. 

14 de julio de 1964.




LA MUTACIÓN PSICOLÓGICA - J.K -

  La Mutación Psicológica 

Conversaciones en Saanen 1964 

Capítulo Primero 

Como sabéis, van a darse aquí diez charlas y habrá algunas discusiones después de que terminen, por lo cual tendremos mucho tiempo para hablar de estas cosas. 

Me gustaría empezar esta mañana señalando la extraordinaria importancia de la libertad. La mayoría de nosotros no queremos ser libres. Tenemos nuestra familia, responsabilidades, deberes, y a esas cosas nos atenemos. Estamos limitados por leyes sociales, por cierto código de moral, y estamos agobiados por diarias perturbaciones y problemas; si podemos encontrar alguna clase de consuelo, algún medio de escape de todo este conflicto y desdicha, muy fácilmente quedamos satisfechos. La mayoría de nosotros no queremos ser libres en modo alguno, en ninguna dirección, a ninguna profundidad; y, sin embargo, me parece que una de las cosas más esenciales de la vida, es el descubrir por si mismo como ser libre de manera completa y total. ¿Es posible que la mente humana estando tan fuertemente condicionada, tan estrechamente aprisionada en sus afanes cotidianos tan llena de miedos y ansiedades, tan insegura del futuro y en constante demanda de seguridad, es posible que una mente así produzca en si misma una radical mutación, que sólo puede realizarse en la libertad completa?.

Creo que cada uno de nosotros debería interesarse realmente por este problema, al menos durante las tres semanas que estaremos aquí. Deberíamos interesarnos, no sólo verbalmente, sino ahondar mucho más en nosotros mismos, a través del análisis verbal o lingüístico para descubrir si es posible ser libres. Sin libertad no puede uno descubrir lo que es verdadero y lo que es falso; sin libertad no hay profundidad en la vida; sin libertad somos esclavos de toda clase de influencias, de todas las presiones sociales, de las innumerables exigencias con las que constantemente nos encontramos. ¿Se puede, pues, como individuo, penetrar realmente en uno mismo, investigando mucho, implacablemente, y descubrir si es posible que cada uno de nosotros sea completamente libre? Desde luego que sólo en la libertad puede haber cambio. Y, en efecto tenemos que cambiar, no superficialmente, no en el sentido de recortar meramente, un poquito acá y allá, sino que tenemos que producir una mutación radical en la estructura misma de la propia mente. Por eso me parece que es tan importante hablar sobre el cambio, discutirlo y ver hasta donde puede llegar cada uno de nosotros en este problema. ¿Sabéis lo que entiendo por “cambio”?. Cambiar es pensar de una manera totalmente distinta. Es producir un estado mental en que no haya nunca ninguna ansiedad, ninguna sensación de conflicto, de pugna por lograr, por ser o llegar a ser algo. Es liberarse por completo del miedo. Para descubrir lo que significa estar libre de temor, creo que tiene uno que comprender esta cuestión del que enseña y el enseñado, y con ello descubrir lo que es el aprender. Aquí no hay maestro ni persona a la que se enseñe. Todos estamos aprendiendo. Tenéis pues, que libraros por completo de la idea de que alguien os va a instruir o deciros lo que hay que hacer, lo cual significa que la relación con el que habla es por completo distinta. Estamos aprendiendo, no se os está enseñando. Si realmente comprendéis que no estáis aquí para que alguien os enseñe, que no hay instructor que os instruya, ni salvador que os salve, ni gurú que os diga lo que hay que hacer, si en realidad comprendéis este hecho, entonces tenéis que hacerlo todo vosotros mismos; y eso requiere una enorme cantidad de energía. La energía se disipa, se degrada, se pierde del todo cuando existe la relación del que enseña y el enseñado; así que, durante estas charlas aquí y en las discusiones que van a seguir, espero que no haya una relación semejante. Sería en realidad maravilloso que pudiéramos eliminarla por completo, de modo que solo quedase el movimiento de aprender. Generalmente aprendemos por el estudio, por los libros, por la experiencia o por instrucción ajena. Estas son las formas usuales de aprender: Confiamos a la memoria lo que hay y lo que no hay que hacer, lo que hay y no hay que pensar, como sentir, como reaccionar. Por la experiencia, el estudio, el análisis, por la exploración, por el examen introspectivo, almacenamos conocimientos en forma de memoria, y esta entonces responde a ulteriores retos y exigencia, de lo cual surge más y más aprendizaje. Estamos bien familiarizados con este proceso, es nuestra única manera de aprender. Como no sé dirigir un avión, aprendo, se me instruye, adquiero experiencia, cuyo recuerdo retengo, y entonces vuelo. Este es el único proceso de aprender que conocemos la mayoría de nosotros. Aprendemos por el estudio, la experiencia, la instrucción. Lo que se aprende se confía a la memoria como conocimiento, y ese conocimiento funciona siempre que hay un reto o siempre que tenemos que hacer algo.

  Pues bien, yo creo que hay una manera de aprender enteramente distinta y voy a hablar un poquito sobre ello; mas, para comprenderlo y para aprender esta forma distinta, tenéis que estar por completo libres de autoridad, pues si no simplemente se os instruirá y repetiréis lo que hayáis oído. Por eso es muy importante comprender la naturaleza de la autoridad. La autoridad impide aprender, un aprender que no es la acumulación de conocimientos como memoria. La memoria siempre responde en modelos; no hay libertad. Un hombre que este cargado de conocimiento, de instrucciones, que este agobiado por las cosas que ha aprendido, nunca será libre. Puede ser sumamente erudito, de modo extraordinario, pero su acumulación de conocimientos le impide ser libre, y por lo tanto es incapaz de aprender. Acumulamos diversas formas de conocimiento: El científico, psicológico, el técnico etc., y este conocimiento es necesario para el bienestar físico del hombre. Pero también acumulamos conocimientos para estar seguros, para funcionar sin trastornos, para actuar siempre dentro de los límites de nuestra propia información, y por ello nos sentimos seguros. Siempre queremos estar seguros, nos da miedo la incertidumbre y por tanto, acumulamos conocimientos. De esta acumulación sicológica es de lo que estoy hablando, y esto es lo que obstaculiza por completo la libertad. Así es que, desde el momento en que empieza uno a inquirir sobre lo que es la libertad, tiene que poner en tela de juicio no sólo la autoridad sino el conocimiento. Si simplemente se os instruye, si os limitáis a escuchar lo que oís, lo que leéis, lo que experimentáis, entonces hallaréis que nunca podéis ser libres, porque siempre estáis funcionando dentro del patrón de lo conocido. Esto es lo que nos pasa efectivamente a la mayoría; ¿qué va uno pues a hacer? Uno ve como funciona la mente y el cerebro. El cerebro es una cosa del mundo animal, progresiva, evolutiva, que vive y funciona dentro de los muros de su propia experiencia, su propio conocimiento, sus esperanzas y temores. Está perpetuamente activo en salvaguardarse y protegerse y, en cierta medida, tiene que estarlo, porque de lo contrario pronto se destruiría. Tiene que tener cierto grado de seguridad, de modo que habitualmente se beneficia acumulando toda clase de información, obedeciendo toda clase de instrucción, creando un patrón al que se ajuste la vida propia, no siendo así nunca libre. Si uno ha observado su propio cerebro, todo el funcionamiento de si mismo, se da cuenta de este modo de existencia ajustando a un patrón, en el cual no hay espontaneidad alguna. ¿Qué es, pues, aprender? ¿Hay un aprender de distinta clase, un aprender que no sea acumulativo, que no llegue a ser sólo un trasfondo de memoria o conocimiento que crea modelos y obstaculiza la libertad? ¿Existe una manera de aprender que no llegue a ser una carga, que no paralice la mente, sino que, por el contrario le de libertad? Si os habéis formulado alguna vez esta pregunta no de modo superficial, sino profundamente, sabréis que uno tiene que descubrir porque se aferra la mente a la autoridad. Ya sea la autoridad del instructor, del salvador, del libro, o la del conocimiento y la experiencia propia, ¿por qué se aferra la mente a esa autoridad?

Como sabéis, la autoridad adopta muchas formas. Tenemos la autoridad de los libros, la de la iglesia, la del ideal, la de vuestra propia experiencia y la del conocimiento que habéis acumulado. ¿Por qué os aferráis a esas autoridades? Técnicamente hay necesidad de ellas. Esto es sencillo y evidente. Más nosotros hablamos del estado psicológico de la mente; y, prescindiendo del todo de la autoridad técnica, ¿por qué se aferra la mente a la autoridad en el sentido psicológico? Es evidente que la mente se aferra a la autoridad porque le da miedo la incertidumbre, la inseguridad; le da miedo lo desconocido, lo que puede pasar mañana. Y ¿podemos nosotros vivir sin ninguna autoridad en absoluto, autoridad en el sentido de dominación, aserción, dogmatismo, agresividad, querer tener éxito, querer ser famoso, querer llegar a ser alguien? ¿Podemos vivir en este mundo: ir a la oficina y todo lo demás, en un estado de completa humildad? Esa es una cosa muy difícil de descubrir, ¿no? Más yo creo que es sólo en ese estado de completa humildad (que es el estado de una mente que esta siempre dispuesta a no saber) en el que puede uno aprender. De lo contrario siempre estará uno acumulando y, por tanto, dejando de aprender. ¿Puede uno, pues, vivir de un día para otro, en ese estado? ¿Comprendéis mi pregunta? Seguramente una mente que en realidad esté aprendiendo no tendrá autoridad ni tampoco la buscará; porque se encuentra en un estado de constante aprender, no sólo las cosas exteriores, sino también las internas y no pertenece a ningún grupo, a ninguna sociedad, a ninguna raza o cultura. Si estas constantemente aprendiendo de todo sin acumulación, ¿cómo puede haber una autoridad, un instructor? ¿Cómo es posible que sigáis a alguien? Y esa es la única manera de vivir: no aprendiendo de los libros. Yo no me refiero a eso. Sino  aprendiendo de vuestras propias demandas, de los movimientos de vuestro propio pensar, de vuestro propio ser. Entonces vuestra mente siempre estará fresca, lo mirará todo como nuevo y no con la cansada mirada del conocimiento, de la experiencia, de lo que ha aprendido. Si uno comprende esto, real y profundamente, entonces cesa toda autoridad; entonces el que habla carece en absoluto de importancia. El extraordinario que la verdad revela, lo inmenso de la realidad, no os lo puede dar otro. No hay autoridad, no hay guía. Tenéis que descubrirlo por vosotros mismos y, con ello, traer algún sentido a este caos que llamamos vida. Es un viaje que hay que emprender completamente sólo, sin marido, sin esposa, sin libros. Sólo podéis partir para este viaje cuando realmente veis la verdad de que tenéis que caminar completamente solos. Entonces estáis solos; no por amargura, no por cinismo, ni por desesperación, sino porque veis el hecho de que la soledad es absolutamente necesaria. Este hecho y la percepción del mismo es lo que le libera a uno para caminar solo. Uno es el libro, el salvador, el maestro. Tenéis pues, que investigar, tenéis que aprender sobre vosotros mismos, lo cual no significa acumular conocimientos de un mismo y mirar los movimientos de vuestro propio pensar con ese conocimiento. ¿Comprendéis? Para aprender sobre uno mismo, para conoceros, debéis observaros con frescura, con libertad. No podéis aprender sobre vosotros mismos si os limitáis a aplicar conocimiento, es decir, a miraros en términos de lo que habéis aprendido de algún instructor, de algún libro o de vuestra propia experiencia. El “yo” es una extraordinaria entidad, es una cosa compleja, vital, enormemente viva en constante cambio, sufriendo toda clase de experiencias; es un torbellino de enorme energía, y no hay nadie que pueda enseñaros sobre él: ¿nadie? Esto es lo primero que hay que ver. Una vez que comprendéis esto, que realmente veis su verdad, ya estáis liberados de una pesada carga, habéis dejado de esperar que algún otro os diga lo que hay que hacer. Ya existe el principio de este extraordinario aire de libertad. Tengo, pues, que conocerme, porque sin conocerme a mi mismo el conflicto no puede terminar, no pueden acabar el miedo ni la desesperación, no puede haber comprensión de la muerte. Cuando me comprendo, comprendo también a todos los seres humanos, la totalidad de las relaciones humanas. Comprenderse a si mismo es aprender sobre el cuerpo físico y las varias respuestas de los nervios, es darse cuenta de todo el movimiento del pensar, es comprender los celos, la brutalidad, y descubrir lo que es el afecto, lo que es el amor; es comprender todo eso que es el “yo”, el “tu”. Aprender no es un proceso de sentar las bases del conocimiento. Aprender es de instante en instante, es un movimiento que os observáis infinitamente, sin condenar, interpretar ni evaluar nunca, sino meramente observando. En el momento en que condenáis, interpretáis o evaluáis, tendréis un patrón de conocimiento, de experiencia, y ese modelo os impide aprender. Sólo es posible una mutación en la raíz misma de la mente cuando os comprendéis, y tiene que haber tal mutación, tiene que haber un cambio. No uso la palabra “cambio” en el sentido de ser influido por la sociedad, por el clima, la experiencia o la presión en alguna otra forma. Presiones e influencias meramente os impulsaran en cierta dirección. Me refiero al cambio que se produce sin esfuerzo, porque os comprendéis. Desde luego que hay una que hay que hacer. Ya existe el principio de este extraordinario aire de libertad. Tengo, pues, que conocerme, porque sin conocerme a mi mismo el conflicto no puede terminar, no pueden acabar el miedo ni la desesperación, no puede haber comprensión de la muerte. Cuando me comprendo, comprendo también a todos los seres humanos, la totalidad de las relaciones humanas. Comprenderse a si mismo es aprender sobre el cuerpo físico y las varias respuestas de los nervios, es darse cuenta de todo el movimiento del pensar, es comprender los celos, la brutalidad, y descubrir lo que es el afecto, lo que es el amor; es comprender todo eso que es el “yo”, el “tu”. Aprender no es un proceso de sentar las bases del conocimiento. Aprender es de instante en instante, es un movimiento que os observáis infinitamente, sin condenar, interpretar ni evaluar nunca, sino meramente observando. En el momento en que condenáis, interpretáis o evaluáis, tendréis un patrón de conocimiento, de experiencia, y ese modelo os impide aprender. Sólo es posible una mutación en la raíz misma de la mente cuando os comprendéis, y tiene que haber tal mutación, tiene que haber un cambio. No uso la palabra “cambio” en el sentido de ser influido por la sociedad, por el clima, la experiencia o la presión en alguna otra forma. Presiones e influencias meramente os impulsaran en cierta dirección. Me refiero al cambio que se produce sin esfuerzo, porque os comprendéis. Desde luego que hay una basta diferencia entre los dos: entre el cambio producido por compulsión y el que viene de modo espontáneo, natural, libre. Pues bien, si sois serios (y creo que sería un poco absurdo haber recorrido todo el camino para asistir a estas charlas con este calor y aguantar una serie de incomodidades si no fuerais serios), entonces estas tres semanas aquí ofrecerán una buena oportunidad para aprender, para la observación real, para la indagación profunda. Porque, mirad, me parece que nuestra vida es tan superficial, sabemos y hemos experimentado mucho, podemos hablar muy inteligentemente, y en realidad no tenemos profundidad. Vivimos en la superficie y, al hacerlo, tratamos de conseguir que ese vivir superficial sea muy serio. Mas yo hablo de una seriedad que no está meramente al nivel superficial, una seriedad que penetra hasta las profundidades mismas del propio ser. La mayoría de nosotros no somos realmente libres; y creo que, a menos que seamos libres: libres de las preocupaciones, de los hábitos, de las incapacidades psicosomáticas, del miedo nuestra vida seguirá siendo terriblemente superficial y vacía, y en ese estado envejecemos y morimos.

Así que, durante estas tres semanas, descubramos si podemos abrirnos paso por esta superficial existencia que hemos cultivado tan cuidadosamente y sumergirnos en algo que está mucho más hondo. Y el proceso de ahondar no es por medio de la autoridad; no es cuestión de que nos diga otro como hay que hacerlo, porque no hay nadie que os lo pueda decir. Lo que vamos a hacer aquí es aprender juntos lo que hay de verdad en todo esto; y un vez que realmente comprendáis lo que es verdadero, entonces habrán terminado todas las esperanzas puestas en la autoridad; entonces no necesitáis ningún libro, no necesitáis ir a ninguna iglesia o templo, habéis dejado de ser seguidores. Hay gran belleza, gran profundidad, gran amor en la libertad, cosas de las cuales ahora no sabemos nada en absoluto, porque no somos libres. De modo que nuestro primer interés, me parece, es inquirir sobre esta libertad, no sólo a través del análisis verbal o lingüístico, sino también por el hecho de vernos libres de la palabra. Hace mucho calor, pero me parece que hemos hecho todo lo que podíamos para lograr que el interior de la tienda esté bastante fresco. No podemos celebrar estas reuniones más temprano, porque hay muchos que vienen desde lejos. Tendremos, pues, que soportar este calor como parte de las molestias. Como sabéis, uno tiene que ser disciplinado, no por imposición ni control rígido, sino por la comprensión de toda la cuestión de la disciplina, aprendiendo sobre ella. Tomad por ejemplo algo inmediato: el calor. Puede uno darse cuenta de este calor y no estar molesto por el, porque nuestro interés, nuestra indagación, que es el movimiento mismo del aprender, es mucho más importante que el calor y la incomodidad del cuerpo. El aprender requiere, pues, disciplina, y el acto mismo de aprender es disciplina; y, por tanto, no tiene que haber disciplina impuesta ni control artificial. Es decir, quiero escuchar, no sólo lo que se está diciendo, sino también todas las reacciones que despiertan en mi esas palabras.

 Quiero percibir todo movimiento del pensar, de todo sentimiento, de todo gesto. Esto, en si, es disciplina, y tal disciplina siempre es extraordinariamente flexible. Creo, pues, que lo primero que tenéis que descubrir es si, como seres humanos que viven en una cultura o comunidad determinada, reclamáis realmente libertad como reclamáis alimento, sexo, comodidad; y hasta que punto y que tan profundamente estáis dispuestos a llegar para ser libres. Creo que eso es lo único que podemos hacer en la primera charla o, más bien, lo único que podemos hacer durante estas tres semanas, porque es lo único que podemos compartir. Eso y ninguna otra cosa. Porque todo lo demás llega a ser mero sentimentalismo, devoción, emotividad, cosas que carecen grandemente de madurez. Mas si ustedes y yo estamos realmente buscando inquiriendo, aprendiendo lo que significa ser libres o estar libres, entonces esa abundancia la podemos compartir todos.

Como dije al principio, aquí no hay instructor, aquí no hay instruidos, cada uno de nosotros está aprendiendo, pero no sobre algún otro. No estáis aprendiendo sobre el que habla ni sobre vuestro prójimo; estáis aprendiendo sobre vosotros mismos, y si aprendéis así, entonces sois el que habla sois vuestro vecino. Si aprendemos sobre nosotros mismos, podéis amar a vuestro prójimo. De lo contrario, no podéis, y todo esto seguirán siendo meras palabras. No podéis amar a vuestro prójimo si sois competidores. Toda nuestra estructura social, económica, política, moral, religiosa, se basa en la competencia. Y al mismo tiempo, decimos que tenemos que amar al prójimo. Tal cosa es imposible, porque donde haya competencia no puede haber amor. Así es que, para comprender lo que es el amor, lo que es la verdad tiene que haber libertad. Y nadie puede daros eso, tenéis que descubrirla por vosotros mismos trabajando de firme. 

12 de julio de 1964.