CAPÍTULO 9 - La vida de relación - continuación -

 9. LA VIDA DE RELACIÓN

Pregunta: A menudo ha hablado usted de la vida de relación. ¿Qué significa para usted?

 KRISHNAMURTI: En primer término, no hay ser alguno que esté aislado. Ser es estar en relación, y sin relación no hay existencia. ¿Qué entendemos por relación? Es la conexión entre el reto y la respuesta en el trato de dos personas, de vosotros conmigo; es el reto que vosotros lanzáis y que yo acepto o al cual respondo; también el reto que yo os lanzo. La relación de dos personas crea la sociedad; la sociedad no es independiente de vosotros y de mí; la masa no es por sí misma una entidad separada, sino que vosotros y yo, en nuestra mutua relación, creamos la masa, el grupo, la sociedad. La relación es el darse cuenta de la conexión existente entre dos personas. ¿En qué se basa por lo general esa relación? ¿No se basa acaso en la llamada “interdependencia”, en la ayuda mutua? Decimos por lo menos que ella es ayuda mutua, auxilio mutuo, y así sucesivamente; pero en realidad, independientemente de las palabras, de la resistencia emocional que ofrecemos los unos a los otros, ¿en qué se basa la relación? En la mutua satisfacción, ¿no es así? Si yo no os agrado, prescindís de mí; si yo os agrado, me aceptáis como esposa, vecino o amigo. Ese es el hecho. ¿Qué es lo que llamáis “familia”? Evidentemente, es una relación de intimidad, de comunión. En vuestra familia, en la relación con vuestra esposa, con vuestro esposo, ¿existe comunión? Eso, por cierto, es lo que entendemos por relación, ¿verdad? La relación significa comunión en la que no hay temor, libertad para comprenderse el uno al otro, para comunicarse al instante. Es obvio que la relación significa eso, estar en comunión con otro. ¿Lo estáis vosotros? ¿Estáis en comunión con vuestra esposa? Tal vez lo estéis físicamente, pero eso no es relación. Vosotros y vuestra esposa vivís en lados opuestos de un muro de aislamiento, ¿no es así? Tenéis vuestros propios empeños, vuestras ambiciones, y ella tiene los suyos. Vivís detrás del muro y de vez en cuando miráis por encima de él, y a eso le llamáis “relación”. Eso es un hecho, ¿verdad? Podéis magnificarlo, suavizarlo, introducir un nuevo juego de palabras para describirlo, pero el hecho es ése: que vosotros y los que os rodean vivís aislados, y a esa vida en aislamiento le llamáis “relación”. Si hay verdadera relación entre dos personas, lo cual significa que entre ellas hay comunión, entonces las implicaciones son enormes. Entonces no hay aislamiento; hay amor y no responsabilidad o deber. Las personas que se aíslan detrás de sus muros son las que hablan de deber y responsabilidad. El hombre que ama, no habla de responsabilidad, ama. Por lo tanto comparte con otro su júbilo, su pena, su dinero. ¿Son así vuestras familias? ¿Existe comunión directa con vuestra esposa, con vuestros hijos? Es obvio que no. Por consiguiente la familia es un mero pretexto para continuar con vuestro nombre y tradición, para que ella os dé lo que deseáis, en lo sexual o en lo psicológico, de suerte que la familia llega a ser un medio de autoperpetuación, de prolongar vuestro nombre. Esa es una clase de inmortalidad, de permanencia. La familia también se utiliza como medio de satisfacción. Yo exploto a los demás sin piedad, en el mundo de los negocios, en el mundo exterior político o social; y en el hogar procuro ser bueno y generoso. ¡Qué absurdo! O bien el mundo me agobia y quiero paz, y me voy a casa. En el mundo exterior yo sufro; me voy a casa y trato de hallar consuelo. Utilizo, pues, la relación como medio de satisfacción, lo cual significa que no me quiero ver perturbado por mis relaciones. De suerte que la relación se busca donde hay mutua satisfacción, halago. Donde no halláis esa satisfacción, cambiáis de relaciones; o bien os divorciáis, o continuáis juntos pero buscáis satisfacción en otra parte, hasta hallar lo que buscáis, es decir, satisfacción, halago, y una sensación de estar protegidos y cómodos. Después de todo, esa es nuestra vida de relación en el mundo; y así es, en realidad. Se busca la relación donde pueda haber seguridad, donde vosotros como individuos podáis vivir en un estado de seguridad, en un estado de satisfacción, en un estado de ignorancia, todo lo cual causa siempre conflicto, ¿no es así? Si vosotros no me satisfacéis y yo busco satisfacción, es natural que haya conflicto, porque ambos buscamos seguridad el uno en el otro; y cuando esa seguridad se torna incierta, os ponéis celosos, os volvéis violentos, posesivos, y lo demás. La relación, pues, conduce a la posesión, a la condenación, a las exigencias autoafirmativas de seguridad, de comodidad y de satisfacción; y en eso, naturalmente, no hay amor. Hablamos de amor, hablamos de responsabilidad, de deber, pero en realidad no hay amor; la realización se basa en la satisfacción, de lo cual vemos el efecto en la civilización actual. El modo como tratamos a nuestras esposas, a nuestros hijos, a los vecinos y amigos, es un indicio de que en nuestra vida de relación no hay realmente nada de amor. Ella es mera búsqueda de satisfacción. Y siendo ello así, ¿qué objeto tiene entonces la relación? ¿Cuál es su significación esencial? Si os observáis a vosotros mismos en relación con los demás, ¿no encontráis que la relación es un proceso de autorrevelación? ¿Mi contacto con vosotros no revela acaso el estado de mi propio ser, si me doy cuenta, si estoy bastante alerta para tener conciencia de mi propia reacción en la vida de relación? La relación es realmente un proceso de revelación de uno mismo, es decir, un proceso de conocimiento propio; y en esa revelación hay muchas cosas desagradables, pensamientos y actividades inquietantes, molestos. Como no me gusta lo que descubro, huyo de una relación que no es agradable hacia una relación que sea grata. La relación, por lo tanto, tiene muy poco sentido cuando sólo buscamos satisfacción mutua; pero se vuelve en extremo significativa cuando es un medio de revelación y conocimiento de uno mismo. Después de todo, en el amor no hay relación, ¿verdad? Sólo cuando amáis algo y esperáis retribución de vuestro amor, hay una relación. Cuando amáis, es decir, cuando os entregáis a algo enteramente, plenamente, entonces no hay relación. Si realmente amáis, si existe un amor así surge entonces algo maravilloso. En semejante amor no hay razonamiento, no existe el uno y el otro, hay unidad completa. Es un estado de integración, un completo ser. Esos momentos tan raros, dichosos, jubilosos, existen, entonces hay completo amor, comunión total. Lo que generalmente ocurre es que lo importante no es el amor sino el otro, el objeto del amor; aquel a quien se da el amor se vuelve lo importante, no el amor en sí. Por diversas razones, ya sean biológicas o verbales, o por un deseo de satisfacción, de consuelo, y lo demás, el objeto del amor llega entonces a ser lo importante; y el amor se aleja. Entonces la posesión, los celos y las exigencias causan conflicto, y el amor se aleja cada vez más; y cuanto más se aleja, tanto más el problema de la relación pierde su significación, su valor y su sentido. Por eso el amor es una de las cosas más difíciles de comprender. No puede provenir de una urgencia intelectual, no puede ser fabricado por diversos métodos, medios y disciplinas. Es un estado de ser cuando las actividades del “yo” han cesado; pero ellas no cesarán si simplemente las reprimís, las rehuís o las disciplináis. Es preciso que comprendáis las actividades del “yo” en todas las diferentes capas de la conciencia. Hay momentos en que realmente amamos, en que no hay pensamiento ni móvil; pero esos momentos son muy raros. Y es porque son raros que nos aferramos a ellos en el recuerdo y así creamos una barrera entre la viviente realidad y la acción de nuestra existencia diaria. Para comprender la vida de relación es importante comprender primero lo que es, lo que realmente está ocurriendo en nuestra vida, en todas las diferentes formas sutiles; y también lo que la relación significa en realidad. La relación es autorrevelación. Es porque no queremos revelarnos a nosotros mismos que nos refugiamos en la comodidad, y entonces la relación pierde su extraordinaria hondura, significación y belleza. Sólo puede haber verdadera relación cuando hay amor, pero el amor no es la búsqueda de satisfacción. El amor existe tan sólo cuando hay olvido de uno mismo, cuando hay completa comunión, no entre uno o dos sino comunión con lo supremo; y eso sólo puede acontecer cuando se olvida el “yo”.

LA GUERRA - CAPÍTULO 10 - CONTINUACIÓN -

10. LA GUERRA

 Pregunta: ¿Cómo podemos resolver, nuestro caos político actual y la crisis del mundo? ¿Hay algo que un individuo pueda hacer para atajar la guerra que se avecina? KRISHNAMURTI: La guerra es la proyección espectacular y sangrienta de nuestra vida diaria, ¿no es así? La guerra es una mera expresión externa de nuestro estado interno, una amplificación de nuestra actividad diaria. Es más espectacular, más  sangrienta, más destructiva, pero es el resultado colectivo de nuestras actividades individuales. De suerte que vosotros y yo somos responsables de la guerra, ¿y qué podemos hacer para detenerla? Es obvio que la guerra que nos amenaza constantemente no puede ser detenida por vosotros ni por mi porque ya está en movimiento; ya está desencadenándose, aunque todavía en el nivel psicológico principalmente. Como ya está en movimiento, no puede ser detenida; los puntos en litigio son demasiados, excesivamente graves, y la suerte ya está echada. Pero vosotros y yo, viendo que la casa está ardiendo, podemos comprender las causas de ese incendio, alejamos de él y edificar en un nuevo lugar con materiales diferentes que no sean combustibles, que no produzcan otras guerras. Eso es todo lo que podemos hacer. Vosotros y yo podemos ver qué es lo que engendra las guerras, y si nos interesa detenerlas, podemos empezar a transformamos a nosotros mismos, que somos las causas de la guerra. Una señora americana vino a verme hace un par de años, durante la guerra. Me dijo que había perdido a su hijo en Italia y que tenía otro hijo de dieciséis años al que quería salvar; de suerte que charlamos del asunto. Yo le sugerí que para salvar a su hijo debía dejar de ser americana; debía dejar de ser codiciosa, de acumular riquezas, de buscar el poder y la dominación, y ser moralmente sencilla, no sólo sencilla en cuanto a vestidos, a las cosas externas, sino sencilla en sus pensamientos y sentimientos, en su vida de relación. Ella dijo: “Eso es demasiado. Me pide usted demasiado. Yo no puedo hacer eso, porque las circunstancias son demasiado poderosas para que yo las altere”. Por lo tanto, resultaba responsable  de la destrucción de su hijo. Las circunstancias pueden ser dominadas por nosotros, porque nosotros hemos creado las circunstancias. La sociedad es el producto de la relación; de vuestras relaciones y las mías, de todas ellas juntas. Si cambiamos en nuestra vida de relación, la sociedad cambia. El confiar únicamente en la legislación, en la compulsión, para la transformación externa de la sociedad mientras interiormente seguimos siendo corrompidos, mientras en nuestro fuero íntimo continuamos en busca del poder, de las posiciones, de la dominación, es destruir lo externo, por muy cuidadosa y científicamente que se lo haya construido. Lo que es del fuero íntimo se sobrepone siempre a lo externo. ¿Qué es lo que causa la guerra religiosa, política o económica? Es evidente que la creencia, ya sea en el nacionalismo, en una ideología o en un dogma determinado. Si en vez de creencias tuviéramos buena voluntad, amor y consideración entre nosotros, no habría guerras. Pero se nos alimenta con creencias, ideas y dogmas, y por lo tanto, engendramos descontento. La presente crisis, por cierto, es de naturaleza excepcional, y nosotros, como seres humanos, o tenemos que seguir el sendero de los conflictos constantes y continuas guerras, que son el resultado de nuestra acción cotidiana, o de lo contrario ver las causas de la guerra y volverles la espalda. Lo que causa la guerra, evidentemente, es el deseo de poder, de posición, de prestigio, de dinero, como asimismo la enfermedad llamada nacionalismo -el culto de una bandera- y la enfermedad de la religión organizada, el culto de un dogma. Todo eso es causa de guerra; y si vosotros como individuos pertenecéis a cualquiera de las religiones organizadas, si sois codiciosos de poder, si sois envidiosos, forzosamente produciréis una sociedad que acabará en la destrucción. Nuevamente: ello depende de vosotros y no de los dirigentes, no de los llamados hombres de Estado, ni de ninguno de los otros. Depende de vosotros y de mí, pero no parecemos darnos cuenta de ello. Si por una vez sintiéramos realmente la responsabilidad de nuestros propios actos, ¡cuán pronto podríamos poner fin a todas estas guerras, a toda esta miseria aterradora! Pero, como veis, somos indiferentes. Comemos tres veces al día, tenemos nuestros empleos, nuestra cuenta bancaria, grande o pequeña, y decimos: “por el amor de Dios, no nos moleste, déjenos tranquilos”. Cuanto más alta es nuestra posición, más deseamos seguridad, permanencia, tranquilidad, menos injerencia admitimos, y más deseamos mantener las cosas fijas, como están; pero ellas no pueden mantenerse como están, porque no hay nada que mantener. Todo se desintegra. No queremos hacer frente a estas cosas, no queremos encarar el hecho de que vosotros y yo somos responsables de las guerras. Vosotros y yo charlamos de paz, nos reunimos en conferencias, nos sentamos en torno a una mesa y discutimos; pero en nuestro fuero íntimo, en lo psicológico, deseamos poder y posición, y nos mueve la codicia. Intrigamos, somos nacionalistas; nos atan las creencias, los dogmas, por los cuales estamos dispuestos a morir y a destruirnos unos a otros. ¿Creéis que semejantes hombres -vosotros y yo- podemos tener paz en el mundo? Para que haya paz, debemos ser pacíficos; vivir en paz significa no crear antagonismos. La paz no es un ideal. Para mí un ideal es simple evasión, un modo de eludir lo que es, una contradicción con lo que es. Un ideal impide la acción directa sobre lo que es. Mas para que haya paz tendremos que amar, tendremos que empezar, no a vivir una vida ideal sino a ver las cosas como son y obrar sobre ellas, a transformarlas. Mientras cada uno de nosotros busque seguridad psicológica, la seguridad fisiológica que necesitamos -alimento, vestido y albergue- se ve destruida. Andamos en busca de seguridad psicológica, que no existe; y, si podemos, la buscamos por medio del poder, de la posición, de los títulos, de los nombres, todo lo cual destruye la seguridad física. Esto, cuando se lo considera, resulta un hecho evidente.

Para traer paz al mundo, por lo tanto, para detener todas las guerras, tiene que haber una revolución en el individuo, en vosotros y en mí. La revolución económica sin esta revolución interna carece de sentido, pues el hambre es el resultado del defectuoso ajuste de las condiciones económicas producido por nuestros estados psicológicos: codicia, envidia, mala voluntad y espíritu de posesión. Para poner fin al dolor, al hambre, a la guerra, es preciso que haya una revolución psicológica, y pocos de nosotros están dispuestos a enfrentar tal cosa. Discutiremos sobre la paz, proyectaremos leyes, crearemos nuevas ligas, las Naciones Unidas, y lo demás. Pero no lograremos la paz porque no queremos renunciar a nuestra posición, a nuestra autoridad, a nuestros dineros, a nuestras propiedades, a nuestra estúpida vida. Confiar en los demás es absolutamente vano; los demás no nos traerán la paz. Ningún dirigente, ni gobierno, ni ejército, ni patria, va a darnos la paz. Lo que traerá la paz es la transformación interna que conducir a la acción externa. La transformación interna no es aislamiento; no consiste en retirarse de la acción externa. Por el contrario, sólo puede haber acción verdadera cuando hay verdadero pensar; y no hay pensar verdadero cuando no hay el conocimiento propio. Si no os conocéis a vosotros mismos, no hay paz. Para poner fin a la guerra externa, debéis empezar por poner fin a la guerra en vosotros mismos. Algunos de vosotros moverán la cabeza y dirán “estoy de acuerdo”, y saldrán y harán exactamente lo mismo que han estado haciendo durante los últimos diez o veinte años. Vuestra conformidad es puramente verbal y carece de significación, pues las miserias y las guerras del mundo no van a ser detenidas por vuestro fortuito asentimiento. Sólo serán detenidas cuando os deis cuenta del peligro, cuando percibáis vuestra responsabilidad, cuando no dejéis eso en manos de otros. Si os dais cuenta del sufrimiento, si veis la urgencia de la acción inmediata y no la aplazáis, entonces os transformaréis; y la paz vendrá tan sólo cuando vosotros mismos seáis pacíficos, cuando vosotros mismos estéis en paz con vuestro prójimo.

PRÓLOGO

 

lunes, 6 de noviembre de 2017

PRÓLOGO

PREFACIO

El hombre es un ser anfibio que vive a un tiempo en dos mundos: el mundo de lo dado y el mundo de lo hecho por él mismo; el mundo de la materia, la vida y la conciencia, y el mundo de los símbolos. En nuestro pensar utilizamos un repertorio de sistemas que son símbolos: el lenguaje, las matemáticas, el arte pictórico, la música, el ritual y lo demás. Sin tal sistema de símbolos no habría arte, ni ciencia, ni filosofía, ni siquiera tendríamos los rudimentos de la civilización: en otras palabras, descenderíamos a la animalidad.
Los símbolos son, pues, imprescindibles. Pero, como lo comprueba la historia de todos los tiempos, los símbolos también pueden tener consecuencias fatales. Como ejemplo, tómese de un lado el dominio de la ciencia, y del otro, el de la política y la religión. El pensar en términos de cierta clase de símbolos y el actuar en respuesta a los mismos nos ha permitido comprender, y hasta cierto punto dominar las fuerzas elementales de la naturaleza. En cambio, el pensar en términos de otra clase de símbolos y el actuar en respuesta a ellos nos hace utilizar esas fuerzas como instrumentos para el asesinato en masa y el suicidio colectivo. En el primer caso los símbolos estuvieron bien escogidos, cuidadosamente analizados y progresivamente adaptados a los hechos de la existencia física. En el segundo caso los símbolos originalmente mal escogidos no han sido nunca sometidos a riguroso análisis, ni tampoco se han ido modificando para ponerlos en armonía con los hechos de la vida humana. Más aun, estos símbolos inadecuados inspiran a todo el mundo tanto respeto como si por arte de magia fueran más reales que las mismas realidades que representan. Así, en los textos de religión y de política, no se piensa que las palabras representan defectuosamente hechos y cosas, sino que, por el contrario. los hechos y las cosas sirven para comprobar la validez de las palabras.
Hasta hoy, los símbolos sólo han sido utilizados de un modo realista en materias a las cuales no damos la máxima importancia. En todo lo concerniente a nuestros móviles más profundos, persistimos en valernos de símbolos no sólo irracionalmente sino con asomos de idolatría y hasta de locura. El resultado final de todo esto es que el hombre ha podido cometer, a sangre fría y por largos períodos de tiempo, actos que las bestias sólo son capaces de cometer por breves instantes, cuando están en el colmo del frenesí, del deseo o del terror. Los hombres pueden volverse idealistas porque hacen uso de los símbolos y les rinden culto; y, por ser idealistas, pueden transformar la intermitente codicia del animal en los grandiosos imperialismos de un Rhodes o de un J.P. Morgan; el intermitente afán de pelea del animal lo pueden transformar en el Stalinismo o en la Inquisición española; y el transitorio apego del animal a la tierra que lo sustenta, lo pueden transformar en el deliberado frenesí del nacionalismo. Afortunadamente, el hombre puede también convertir la intermitente bondad del animal en la caridad de toda la vida de una Elizabeth Fry o de un Vicente de Paúl; la intermitente dedicación animal a la hembra, al macho y a la prole, la puede convertir en la razonada y persistente cooperación humana que hasta la fecha ha demostrado ser tan recia que ha logrado salvar al mundo de las desastrosas consecuencias del otro tipo de idealismo. ¿Será posible que este idealismo siga salvando al mundo? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que con la bomba atómica en manos del idealismo nacionalista ha disminuido mucho la ventaja de los idealistas de la caridad y cooperación.
Ni siquiera el mejor de los libros sobre el arte de cocina puede substituir a la peor de las comidas. El hecho es obvio. Y, sin embargo, en el transcurso de los siglos, los filósofos más profundos y los teólogos más hábiles y eruditos han caído constantemente en el error de identificar sus obras puramente verbales con la realidad de los hechos, o peor aun, han imaginado que, en alguna forma, los símbolos son más reales que aquello que representan. Este culto a la palabra no ha dejado de ser combatido. Según San Pablo: “La letra mata; el espíritu vivifica”. “Y ¿Por qué -se pregunta Eckhart-, por qué caer en habladurías sobre Dios? Cualquier cosa que digáis de Dios es falsa”. En el otro extremo de la tierra el autor de uno de los Mahayana sutras afirmó que “Buda nunca predicó la verdad, pues comprendía que tenéis que descubrirla dentro de vosotros mismos”. La gente respetable se desentendía de esos dichos por creer que eran profundamente subversivos. Y así, al correr del tiempo, perduró la idolatría que exagera el valor de los emblemas y las palabras. Las religiones se hundieron en la decadencia, pero la vieja costumbre de promulgar credos y de imponer la creencia en dogmas persistió aun entre los mismos ateos.
Durante los últimos años, los expertos en lógica y semántica han hecho un minucioso análisis de los símbolos que el hombre usa para pensar. La lingüística se ha convertido en una ciencia y hasta existe una materia de estudio denominada por Benjamín Whorf meta-lingüistica. Todo esto es muy encomiable, pero no basta. La lógica y la semántica, la lingüística y la meta-lingüística son disciplinas puramente intelectuales que analizan las diversas formas, correctas e incorrectas, significativas e insignificantes, en que las palabras pueden relacionarse con las cosas, los procesos y los acontecimientos. Pero estas disciplinas no ofrecen orientación alguna respecto del magno problema, más fundamental que cualquier otro, de la relación del hombre, en su totalidad psicofísica, con los dos mundos en que vive: el mundo de los hechos y el mundo de los símbolos.
En todas partes y en toda época de la historia este problema ha sido resuelto individualmente por algunos hombres y mujeres. Aunque hablaran y escribieran sobre ello, estos individuos no crearon ningún sistema porque sabían que todo sistema o doctrina envuelve la tentación de exagerar el valor de los símbolos, de dar más importancia a las palabras que a las realidades que ellas representan. Su propósito nunca fue el de ofrecer explicaciones preconcebidas ni panaceas, sino invitar a la gente a hacer el diagnóstico y el tratamiento de sus propios males, lograr que vayan al lugar donde el problema del hombre y su solución se presentan directamente a la experiencia.
En este volumen, que contiene selecciones de escritos y alocuciones de Krishnamurti, el lector hallará una clara exposición contemporánea del problema humano fundamental y una incitación a resolverlo en la única forma en que puede resolverse, resolviéndolo cada individuo por sí y para sí mismo. Las soluciones colectivas, en que muchos ponen desesperadamente su fe, son siempre soluciones inadecuadas. “Para comprender la confusión y la desdicha que hay dentro de nosotros, y por lo tanto en el mundo, hemos de comenzar por hallar claridad dentro de nosotros mismos, y esa claridad surge del recto pensar. La claridad interior no puede organizarse, porque no puede recibirse ni darse a otra persona. El pensamiento que se organiza colectivamente es una mera repetición. La claridad no es resultado de la afirmación verbal sino de la comprensión de uno mismo y del recto pensar. A la rectitud del pensamiento no se llega por el mero cultivo del intelecto, ni por la imitación de modelos, aunque estos sean dignos y nobles. La rectitud del pensamiento nace del conocimiento propio. Sin comprenderse uno a sí mismo no hay base para el pensamiento; sin el conocimiento propio, lo que “uno piensa no es verdadero”.
Este tema básico lo desarrolla Krishnamurti una y otra vez. “Hay esperanza en los hombres, no en la sociedad, no en los sistemas ni en los credos religiosos organizados, sino en vosotros y en mí”. Las religiones organizadas, con sus mediadores, sus libros sagrados, sus dogmas, sus jerarquías y sus rituales, sólo ofrecen una falsa solución al problema fundamental. “Cuando citáis la Bhagavad Gita, o la Biblia, o algún libro sagrado chino, ¿qué hacéis, acaso, sino repetir? Y lo que repetís no es la verdad. Es una mentira, porque la verdad no puede repetirse”. Una mentira puede ampliarse, exponerse y repetirse, pero no puede hacerse lo mismo con la verdad. Cuando la verdad se repite, deja de ser la verdad; por eso los libros sagrados no tienen importancia. Es a través del conocimiento propio, no a través de la creencia en símbolos originados por otros, como el hombre llega a la realidad eterna en que está arraigado su ser. La creencia en la perfección y en el valor supremo de cualquier conjunto determinado de símbolos no conduce a la liberación, sino a la historia, a la repetición de los viejos desastres de siempre. “La creencia tiene un inevitable efecto separatista. Si tenéis una creencia, si buscáis seguridad en vuestra particular creencia, os sentís separados de aquellos que buscan seguridad en alguna forma de creencia. Todas las creencias organizadas se basan en la separación aunque prediquen la fraternidad”. El individuo que ha resuelto el problema de sus relaciones con los dos mundos de hechos y símbolos, es un individuo sin creencias. Con relación a los problemas de la vida práctica, mantiene hipótesis viables que le sirven para realizar sus propósitos, y a las cuales no concede más importancia que a cualquier otra clase de instrumento. En cuanto se refiere al prójimo y a la realidad en que se afinca su vida, tiene las vivencias directas del amor y la comprensión. Es con el fin de librarse de las creencias que Krishnamurti “no ha leído ningún libro sagrado, ni la Bhagavad Gita, ni las Upanishads”. Nosotros ni siquiera leemos obras sagradas; nos conformamos con leer periódicos, revistas e historietas detectivescas de nuestra preferencia. Esto quiere decir que nos enfrentamos a la crisis de nuestro tiempo, no con amor y comprensión, sino con “fórmulas, con sistemas”, que en verdad tienen muy poco valor. Pero “los hombres de buena voluntad no deben tener fórmulas”, porque las fórmulas conducen inevitablemente a “la ceguera del pensamiento”. El apego a las fórmulas es casi universal. Y es inevitable que así sea, “porque nuestra educación se basa en qué pensar, y no en cómo pensar”. Se nos educa como miembros creyentes y militantes de algún grupo: comunista, cristiano, mahometano, hindú, budista o freudiano. Por tanto, “respondéis al reto, que es siempre nuevo, de acuerdo con una norma vieja, y de ahí que la respuesta carezca de validez, de originalidad y frescor. Si respondéis como católico o como comunista, estáis respondiendo -¿no es verdad?- de acuerdo con el pensamiento condicionado. En consecuencia, vuestra respuesta no tiene sentido. ¿Y no es el hindú, el musulmán, el budista, el cristiano quienes han creado este problema? Así como la nueva religión es el culto del Estado, la vieja religión era el culto de una idea. “Si respondéis a un reto según el viejo condicionamiento, vuestra respuesta no os permitirá comprender el nuevo reto. Por eso, “lo que uno tiene que hacer para enfrentar el reto nuevo es librarse, despojarse enteramente del trasfondo, encararse con el reto de un modo nuevo”. En otras palabras, los símbolos jamás deben elevarse a la categoría de dogmas, y ningún sistema debe considerarse más que como una conveniencia provisional. El creer en fórmulas, y los actos que de esas creencias se derivan, no pueden conducimos a una solución de nuestro problema. “Es sólo a través de la comprensión creadora de nosotros mismos como puede surgir un mundo creador, un mundo feliz, un mundo en que no existan ideas”. Un mundo en que no existan ideas sería un mundo dichoso, porque sería un mundo sin las poderosas fuerzas que condicionan, que obligan a los hombres a emprender acciones impropias, sería un mundo sin los dogmas consagrados por la tradición que sirven para justificar los peores crímenes y dar estudiados visos de razón a los mayores desatinos.
Una educación que nos enseña qué pensar y no cómo pensar requiere una clase gobernante de sacerdotes y de maestros. Pero “la idea misma de dirigir a los demás es antisocial y antiespiritual. El dirigente siente satisfecho su anhelo de poder, y los que se dejan gobernar por él sienten satisfecho su deseo de certeza y seguridad. El guía espiritual provee a sus discípulos una especie de narcótico. Pero alguien podría interrogar: “¿Qué hace usted? ¿No se comporta usted como un guía espiritual?” “Es obvio -contesta Krishnamurti- que yo no actúo como vuestro guía, porque, en primer término, no os doy satisfacción alguna. No os digo lo que debéis hacer en todo momento, ni de día en día, sino que os señalo algo; y vosotros podéis aceptarlo o rechazarlo, de acuerdo con vuestro propio criterio y no de acuerdo con el mío. Nada os pido a vosotros, ni vuestro culto, ni vuestros elogios, ni vuestros reproches, ni vuestros dioses. Yo digo: esto es un hecho; podéis aceptarlo o rechazarlo. Y la mayoría de vosotros lo rechazará por la simple razón de que el hecho no os satisface”.
¿Qué es precisamente lo que nos ofrece Krishnamurti? ¿Qué es lo que podemos aceptar, si nos parece bien, pero que con toda probabilidad preferiremos rechazar? No se trata, como hemos visto, de un sistema de creencias, de un catálogo de dogmas, ni de un repertorio de ideas o ideales. No se trata de ningún caudillaje, ni mediación, ni dirección espiritual, ni siquiera se trata de un ejemplo; ni de un ritual, ni de una iglesia, ni de un código, ni de una elevación o alguna forma de parloteo estimulador.
¿Se tratará acaso de la autodisciplina? Tampoco, pues es la cruda realidad que la autodisciplina no sirve en absoluto para resolver nuestro problema. Para hallar la solución, la mente ha de abrirse a la realidad, ha de enfrentarse con los hechos del mundo exterior y del mundo interior, sin ideas preconcebidas ni limitaciones de ninguna especie. (El servicio a Dios es la libertad perfecta. Y, a la inversa, la libertad perfecta es el servicio a Dios). Al someterse a la disciplina, la mente no experimenta ningún cambio radical; es el mismo “yo” de antes, pero “maniatado, mantenido bajo dominio”.
La autodisciplina figura en la lista de cosas que Krishnamurti no nos ofrece. ¿No ofrecerá él la creación? Contestamos otra vez con la negativa. “La creación os puede traer lo que buscáis; pero la respuesta puede venir de vuestro inconsciente, o del depósito de todos vuestros deseos. La respuesta no es la voz apacible de Dios”. “Veamos -continúa Krishnamurti- lo que sucede cuando rezáis. Mediante la repetición constante de ciertas palabras, y dominando vuestro pensamiento, la mente se aquieta, ¿no es verdad? Por lo menos la mente consciente se aquieta. Arrodillados, como lo hacen los cristianos, o sentados, como lo hacen los hindúes, a través de tanta repetición la mente del que ora se aquieta. En esa quietud brota la insinuación de algo que habéis pedido, que puede venir de lo inconsciente, o que puede ser la respuesta de vuestros recuerdos. Pero, ciertamente, eso no es la voz de la realidad, pues la voz de la realidad debe venir a vosotros; a ella no se puede apelar, a ella no se puede orar. No podéis seducirla para que venga a vuestra pequeña jaula practicando el ‘puja’, el ‘bhajan’ y otras cosas por el estilo, ni haciendo ofrendas florales, ni ceremonias propiciatorias, ni olvidándoos de vosotros mismos, ni emulando a otros. Una vez que se aprende el truco de aquietar la mente por la repetición de ciertas palabras, y de recibir insinuaciones en medio de esa quietud, surge el peligro -a menos que estéis en vigilancia muy alerta para averiguar el origen de tales insinuaciones- de que quedéis atrapados y la oración se convierta entonces en substituto de la búsqueda de la Verdad. Lo que pedís lo obtendréis, pero eso no será la verdad. Si deseáis, si pedís, recibiréis, pero a la larga tendréis que pagar su precio”.
De la oración pasamos al yoga, otra de las cosas que no nos ofrece Krishnamurti. Porque el yoga es concentración, y la concentración es exclusión. “Erigís un muro de resistencia por la concentración en un pensamiento que habéis escogido, y tratáis de mantener alejados los demás pensamientos”. Lo que comúnmente se llama meditación es el mero “cultivo de la resistencia, de la concentración exclusiva en una idea que habéis escogido”. Pero, ¿cómo hacéis la selección? “¿Qué os hace pensar que algo sea bueno, verdadero, noble, y lo demás no lo sea? Es claro que la opción se basa en el placer, en la recompensa o en el éxito; o es meramente una respuesta del propio condicionamiento o de la tradición. ¿Por qué escogéis algo? ¿Por qué no examináis cada pensamiento? Si sentís interés por muchas cosas, ¿por qué razón escogéis una de ellas? ¿Por qué no investigáis todo lo que os interesa? En lugar de crear resistencia por la concentración en un interés o en una idea, ¿por qué no estudiáis cada interés y cada idea a medida que surgen? Después de todo, vosotros tenéis muchos intereses, muchos disfraces, conscientes e inconscientes. ¿Por qué preferís uno y desecháis los demás, si al oponeros a éstos creáis la resistencia, la lucha y el conflicto? Mientras que si examináis todo pensamiento en el instante en que surge todo pensamiento, he dicho, y no algunos pensamientos-, entonces no hay exclusión. En verdad que es una tarea ardua el investigar cada uno de nuestros pensamientos. Porque, mientras investigamos un pensamiento, se introduce otro inadvertidamente. Pero si uno se da cuenta cabal de este proceso y sin deseo de justificar o dominar se dedica a observar pasivamente un pensamiento, notará que no habrá la intromisión de ningún otro pensamiento. Esa intromisión de otros pensamientos sólo ocurre cuando censuráis, comparáis, o inclináis”.
“No juzguéis para que no seáis juzgados”. Esta enseñanza del Evangelio es tan aplicable a nuestra propia vida como a nuestro trato con los demás. Cuando uno juzga, compara o condena, la mente no está abierta a la verdad, no puede estar libre de la tiranía de los símbolos y sistemas; no puede escapar al ambiente, ni al pasado. Ni la introspección con un fin predeterminado, ni el autoanálisis dentro de alguna norma tradicional, ni una serie de principios consagrados, pueden servirnos de ninguna ayuda. Hay una espontaneidad trascendente en la vida, una “Realidad creadora”, como la llama Krishnamurti, que se revela a uno cuando la mente se halla en estado de “alerta pasividad”, de “captación pasiva sin opción”. El juicio y la comparación irremediablemente nos conducen a la dualidad. Sólo la captación pasiva sin opción puede conducirnos a la no dualidad, a la reconciliación de los opuestos en una comprensión total, en un amor total. Ama et fac quod vis. Si amáis podéis hacer lo que os plazca. Pero si comenzáis haciendo lo que queréis, o lo que no queréis hacer, en obediencia a algún sistema, a nociones, ideales o prohibiciones tradicionales, jamás amaréis. El proceso liberador ha de comenzar con la comprensión sin opción de lo que queréis, y de vuestras reacciones ante cualquier sistema de símbolos que os diga que debéis o no debéis querer eso. Mediante esta comprensión sin opción, a medida que penetra en los estratos profundos del “ego” y del subconsciente con él asociado, surgirán el amor y la mutua comprensión; pero éstos serán de naturaleza muy distinta al amor y la mutua comprensión que nosotros conocemos. Esta comprensión sin opción, en todo instante y en todas las circunstancias de la vida, es la única meditación eficaz. Todas las otras formas de yoga conducen, ya sea a la ceguera del pensamiento que se deriva de la autodisciplina, o a alguna modalidad de arrobamiento provocado por autosugestión, es decir, a alguna forma de falso “samadhi”. La liberación auténtica es “la libertad interior de la Realidad creadora”. “No es una dádiva; ha de ser descubierta y vivenciada. No es una adquisición que habéis de retener para glorificaros a vosotros. Es un estado de ser, como el silencio, en el que no hay devenir, en el que hay plenitud. Esta ‘creatividad’ no tiene necesariamente que buscar expresión; no es un talento que requiera manifestación externa. No es necesario que seáis un gran artista ni que tengáis vuestro público. Si esto es lo que buscáis, no comprenderéis la Realidad interior. No es un don, ni es resultado del talento; este tesoro imperecedero sólo se halla cuando el pensamiento se libra de la concupiscencia, de la mala voluntad y de la ignorancia, cuando el pensamiento se libra de lo mundano y del afán de continuidad personal. Ha de ‘vivenciarse’ a través del recto pensar y la meditación”.
La autocomprensión sin opción nos lleva a la Realidad creadora, que está debajo de todas nuestras ilusiones destructivas; nos lleva a la serena sabiduría que siempre está allí a pesar de la ignorancia, a pesar del conocimiento, que es meramente otra forma de la ignorancia. El conocimiento es cuestión de símbolos, y es, con demasiada frecuencia, un estorbo a la sabiduría, al descubrimiento de uno mismo de instante en instante. La mente que ha llegado a la quietud de la sabiduría “comprenderá el ser, comprenderá lo que es amar. El amor no es personal ni impersonal. El amor es amor, y la mente no puede definirlo ni describirlo como algo exclusivo ni inclusivo. El amor es su propia eternidad; es lo real, lo supremo, lo inconmensurable”.

ALDOUS HUXLEY

INTRODUCCIÓN

LA MENTE VACÍA

 https://youtu.be/kb4nYjzdcXA

CARTAS A UNA AMIGA

 

  •   Las cartas que siguen las escribió a una joven amiga que llegó herida en cuerpo y mente.
  •   Escritas entre Junio de 1948 y Marzo de 1960, revelan una rara compasión y claridad; se despliegan en ella la enseñanza y el poder curativo; desaparecen la separación y la distancia; las palabras fluyen; ni una sola palabra es superflua; la curación y la enseñanza son simultáneas:

  • Sea dúctil mentalmente.  El poder no radica en la firmeza y en la fuerza, sino en la flexibilidad.  El árbol flexible aguanta el ventarrón. Adquiera el poder de una mente rápida.
  • La vida es extraña, tantas cosas ocurren inesperadamente; la mera resistencia no resolverá ningún problema.  Uno necesita tener infinita flexibilidad y un corazón sencillo.
  • La vida es el filo de una navaja y uno ha de recorrer ese sendero con cuidado exquisito y dúctil sabiduría.
  • La vida es muy rica, tiene tantos tesoros, y nosotros la afrontamos con los corazones vacíos; no sabemos cómo llenar nuestros corazones con la plenitud de la vida.  Somos pobres internamente, y cuando se nos ofrecen riquezas, las rechazamos.  El amor es algo peligroso, trae consigo la única revolución que da completa felicidad.  Y así muy pocos de nosotros somos capaces de amar, pocos queremos amar.  Amamos en nuestros propios términos, haciendo del amor una cosa comerciable.  Tenemos la mentalidad mercantil y el amor no es comerciable, no es un asunto de toma y daca.  Es un estado del ser en que se resuelven todos los problemas humanos.  Vamos al pozo con un dedal, y así la vida se vuelve una cosa vulgar, pequeña y mezquina.
  • ¡Que exquisito lugar podría ser la tierra, con tanta belleza como hay, tanta gloria, tanta imperecedera hermosura! Estamos atrapados en el dolor, y no nos importa poder salirnos de él, aun cuando alguien nos esté señalando una salida.
  • No sé, pero uno está ardiendo de amor.  Hay una llama inextinguible.  Uno tiene tanto de ese amor que desea darlo a todos, y lo hace.  Es como un río poderoso que fluye, nutriendo y regando cada ciudad y aldea por las que pasa; se contamina, la suciedad del hombre entra en él, pero las aguas se purifican pronto y rápidamente prosigue su curso.  Nada puede estropear el amor, porque todas las cosas se disuelven en él -las buenas y las malas, las feas y las bellas.  Es la única cosa que tiene su propia eternidad.
  • ¡Los árboles se veían tan majestuosos, tan extrañamente impenetrables a las calles asfaltadas y al tráfico! Sus raíces se hundían muy abajo, en lo profundo de la tierra, y sus copas se alargaban a los cielos.  Nosotros tenemos nuestras raíces en la tierra, y tiene que ser así, pero nos adherimos a la tierra; sólo unos pocos se elevan a los cielos.  Son las únicas personas creativas y felices.  Las demás se destruyen y se dañan unas a otras sobre esta tierra tan hermosa -con injurias y también con habladurías-.
  • Sea abierta.  Viva en el pasado si tiene que hacerlo, pero no luche contra el pasado; cuando el pasado llega, mírelo; no lo aparte de sí ni se aferre a él demasiado.  La experiencia de todos estos años, el dolor y la felicidad, los desastres lamentables y los destellos que en usted suscitó la separación, la sensación de lejanía, todo esto habrá de enriquecerla y agregará belleza a su vida.  Lo que importa es lo que tiene usted en su corazón; y puesto que eso desborda, lo tiene todo, usted es todo.
  • Esté alerta a todos sus pensamientos y sentimientos, no deje que ninguno de ellos se escabulla sin que usted lo advierta y absorba su contenido.  Absorber no es la palabra, sino ver, ver todo el contenido del pensamiento-sentimiento.  Es como entrar en una habitación y ver todo el contenido de la misma de una sola vez, su atmósfera y sus espacios.  Ver los propios pensamientos y estar atento a ellos, lo vuelve a uno intensamente sensible, flexible y alerta.  No juzgue ni condene, sólo esté muy alerta.  De la separación de las impurezas, surge oro puro.
  • Ver “lo que es” resulta muy arduo. ¿Cómo observa uno claramente? Un río, cuando se encuentra con una obstrucción, nunca está quieto; el río demuele la obstrucción por su propio peso, o pasa por encima de ella o encuentra su camino por debajo o alrededor del obstáculo; el río nunca está quieto; no puede sino actuar.  Se rebela, si podemos expresarlo así, inteligentemente.  Uno debe rebelarse inteligentemente y aceptar inteligentemente “lo que es”.  Para percibir “lo que es”, tiene que existir el espíritu de la rebelión inteligente.  A fin de no confundirse, se necesita cierta inteligencia; pero uno está generalmente tan ansioso por conseguir lo que desea, que se arroja contra el obstáculo; o se destroza contra él o queda exhausto en su lucha contra él.  Ver la cuerda como cuerda no requiere valor, pero confundir la cuerda con una serpiente y luego observar, eso sí que requiere valor.  Uno tiene que dudar, investigar siempre, ver lo falso como falso.  Uno obtiene el poder de ver claramente, mediante la intensidad de la atención; verá usted que ese poder llega.  Hay que actuar; el río jamás deja de actuar, está siempre activo.  Para actuar, uno tiene que hallarse en estado de negación; esta negación misma trae su propia acción positiva.  Pienso que el problema es ver claramente; entonces esa percepción misma es la que genera su propia acción.  Cuando hay flexibilidad, no existe el problema de acertar o equivocarse.
  • Uno tiene que estar muy claro internamente.  Le aseguro que entonces todo saldrá bien; sea clara y verá que las cosas se ordenan correctamente por sí mismas sin que usted haga nada al respecto.  Lo correcto no es lo que responde a nuestros deseos. Tiene que haber una completa revolución, no sólo en las grandes cosas, sino en las pequeñas cosas de todos los días.  Usted ha tenido esa revolución, no vuelva a lo de antes, manténgase ahí. Mantenga la caldera hirviendo-internamente.
  • Espero que haya pasado una buena noche, que la salida del sol a través de su ventana haya sido agradable, y que pueda ver apaciblemente las estrellas nocturnas antes de ir a dormir.  Qué poco conocemos del amor, de su extraordinaria ternura y de su “poder”, con qué facilidad usamos la palabra amor; la usa el general, la usa el carnicero; el hombre rico la usa y la usan el muchacho y la muchacha.  Pero ¡qué poco saben de él, de su inmensidad, de su condición inmortal e insondable! Amar es percibir la eternidad.
  • Qué cosa extraordinaria es la relación, y con qué facilidad caemos en el hábito de una relación particular, donde las cosas se dan por sentadas, donde se acepta la situación y no se tolera variación alguna; no se da cabida a ningún movimiento hacia la incertidumbre, ni siquiera por un segundo.  Todo está tan bien regulado, asegurado, sujeto, que no hay oportunidad ninguna para la frescura, para un claro soplo revivificante de primavera.  Esto y más es lo que llamamos relación.  Si observamos atentamente, vemos que la relación es algo mucho más sutil, más rápido que el relámpago, más inmenso que la tierra, porque la relación es vida. Nuestra vida es conflicto.  Nosotros queremos hacer de la relación algo tosco, rígido y maniobrable.  Y así pierde su fragancia, su belleza.  Todo esto surge porque no amamos, y el amor, es, desde luego, lo más grande de todo, porque en él tiene que existir la completa entrega de uno mismo.
  • Lo esencial es la cualidad de lo fresco, de lo nuevo, o de lo contrario la vida se convierte en una rutina, en un hábito; y el amor no es un hábito, una cosa aburrida.  La mayoría de la gente ha perdido la capacidad de maravillarse.  Lo da todo por hecho, y este sentido de seguridad destruye la libertad y la sorpresa de la incertidumbre.
  • Proyectamos un futuro muy distante, lejos del presente.  La atención necesaria para comprender, está siempre en el presente.  En la atención siempre existe un sentido de inminencia.  Tener claridad con respecto a las propias intenciones implica una tarea muy ardua; la intención es como una llama, instándolo a uno incesantemente a comprender.  Sea clara en sus intenciones y verá que las cosas salen bien.  Tener claridad en el presente es todo lo que se necesita, pero no es tan fácil como suena.  Uno tiene que desbrozar el campo para la nueva semilla, y una vez que ésta se planta, su propia fuerza y vitalidad crean el fruto y la semilla siguiente.   La belleza externa jamás puede ser permanente, se estropea siempre si no existe el deleite y la dicha internos.  Nosotros cultivamos lo externo, y prestamos muy poca atención a lo que ocurre bajo la piel; pero lo interno se impone siempre a lo externo.  Es el gusano dentro de la manzana el que destruye la frescura de la manzana.
  • Se requiere gran inteligencia para que un hombre y una mujer que viven juntos se olviden de sí mismos, no se sometan el uno al otro ni se dominen mutuamente.  La relación es la cosa más difícil que hay en la vida.
  • Qué extrañamente susceptible es uno a una atmósfera; necesita un ambiente amigable, un sentimiento de atención cálida en el cual pueda florecer libre y naturalmente.  Muy pocos tienen esta atmósfera, por eso casi todos están empequeñecidos, tanto en lo físico como en lo psicológico.  Estoy muy sorprendido de que usted haya sobrevivido sin corromperse en esa atmósfera peculiar.  Uno puede ver por qué no fue usted totalmente destruida, por qué no se manchó ni se doblegó; en lo externo se adaptó lo más rápidamente que pudo, y en lo interno se adormeció.   Es esta insensibilidad interna la que la salvó.  Si se hubiera permitido ser sensible, internamente abierta, no hubiera podido soportarlo y entonces habría existido un conflicto que la habría quebrantado con las huellas consiguientes.  Ahora que está internamente despierta y clara, no tiene conflicto alguno con la atmósfera que la rodea.  Es este conflicto el que corrompe.  Usted permanecerá siempre libre de cicatrices si internamente está muy alerta y despierta y se adapta con afecto a las cosas exteriores.
  • Los sustitutos pronto se marchitan.  Uno puede ser mundano aún cuando posea pocas cosas.  El deseo de poder en cualquiera de sus formas -el poder del asceta, el poder de un gran financista, o el del político, o el del papa- es mundano.  El anhelo de poder engendra crueldad y pone énfasis en la importancia del sí mismo; la agresividad del yo en expansión es, en esencia, mundanalidad.  La humildad es sencillez, pero la humildad cultivada es otra forma del espíritu mundano.
  • Muy pocos se dan cuenta de sus cambios internos, de sus retrocesos, conflictos y distorsiones.  Incluso si se dan cuenta, tratan de hacerlos a un lado o escapan de ellos.  No haga eso.  No creo que lo haga, pero hay un peligro en vivir demasiado estrechamente en contacto con los propios pensamientos y sentimientos.  Uno tiene que percatarse de ellos sin ansiedad, sin presión ninguna.  En su vida ha tenido lugar la verdadera revolución, usted debe estar muy atenta a sus pensamientos y sentimientos – déjelos salir, no los controle, no los detenga-.  Déjelos que se viertan hacia afuera, tanto los apacibles como los violentos, pero esté alerta a ellos.
  • ¿Está ocupada con lo que son sus deseos, si es que tiene algunos?  El mundo es un buen lugar; nosotros lo hacemos todo para escapar de él por medio de la adoración, de la plegaria, de nuestros amores y temores.  No sabemos si somos ricos o pobres, jamás hemos investigado a fondo dentro de nosotros mismos para descubrir “lo que es”.  Existimos en la superficie, satisfechos con tan poco y sintiéndonos dichosos o desdichados por cosas tan pequeñas.  Nuestras mentes mezquinas, y así consumimos nuestros días.  No amamos, y cuando lo hacemos es siempre con miedo y frustración, con dolor y anhelos.
  • Estuve pensando en lo importante que es ser inocente, tener una mente inocente.  Las experiencias son inevitables, tal vez necesarias; la vida es una serie de experiencias, pero la mente no necesita cargarse con sus propias exigencias acumulativas.  Puede lavarse de cada experiencia y mantenerse inocente -sin carga alguna.  Esto es importante, de lo contrario la mente nunca puede ser fresca, alerta y flexible.  El problema no es “como” mantener flexible la mente; el “cómo” es la búsqueda de un método, y el método jamás puede traer inocencia a la mente; puede volverla metódica, pero nunca inocente, creativa.
  • Comenzó a llover ayer por la tarde, ¡y cómo diluvió durante la noche! Jamás he escuchado nada como esto.  Fue como si se hubieran abierto los cielos.  Con ello había un silencio extraordinario, el silencio de un peso inmenso derramándose sobre la tierra.
  • Es siempre difícil mantenerse sencillo y claro.  El mundo adora el éxito, cuanto más grande, mejor; cuanto más grande es el auditorio, más grande se considera que es el orador; los colosales superedificios, los automóviles, los aviones y la gente.  Se ha perdido la sencillez.  Las personas exitosas no son las que están construyendo un mundo nuevo.  Para ser un verdadero revolucionario se requiere un cambio completo de corazón y mente, ¡y que pocos son los que quieren liberarse! Cortamos las raíces superficiales; pero cortar las raíces profundas que alimentan la mediocridad, el éxito, requiere algo más que palabras, métodos, compulsiones.  Parece haber muy pocos, pero ellos son los verdaderos constructores – el resto se esfuerza en vano.
  • Uno se está comparando perpetuamente a sí mismo con otro, con lo que uno es, con lo que debería ser, con alguien que es más afortunado.  Esta comparación mata realmente, es degradante, pervierte la propia perspectiva de la vida.  Y a uno lo han educado en la comparación.  Toda nuestra educación se basa en eso, y del mismo modo nuestra cultura.  En consecuencia, hay una perpetua lucha por ser otra cosa que lo que uno es.  La comprensión de lo que uno es, descubre la creatividad, pero la comparación genera competencia, crueldad, ambición, lo cual pensamos que produce progreso.  El progreso sólo ha conducido hasta ahora a más guerras despiadadas y desdichas de las que el mundo haya conocido jamás.  La verdadera educación consiste en educar a los hijos sin comparación alguna.
  • Parece extraño estar escribiendo, parece tan innecesario.  Lo que importa está aquí y usted está allá.  Con las cosas reales es siempre así, es tan innecesario escribir sobre ellas o hablar de ellas; y en el mismo acto de escribir o hablar, sucede algo que las corrompe, que las estropea.  ¡Hay tantas cosas que se dicen aparte de la cosa real! Este impulso de realizarse que arde en tanta gente, en pequeña medida y en gran medida… Este impulso puede satisfacerse de un modo u otro, y con la satisfacción, las cosas más profundas se desvanecen.  Eso es lo que ocurre en la mayoría de los casos, ¿no es así? La satisfacción del deseo es un asunto muy insignificante, por placentero que pueda ser.  Pero con la satisfacción del deseo, como éste continúa satisfaciéndose a sí mismo, sobrevienen la rutina, el aburrimiento, y la cosa real desaparece.  Es esta cosa real la que tiene que perdurar, y la maravilla de eso es que lo hace así si uno no piensa en satisfacerse, sino que ve las cosas exactamente como son.
  • Muy raramente estamos solos; siempre con la gente, con pensamientos que se agolpan en nosotros, con esperanzas que no han sido satisfechas o que van a serlo, con recuerdos.  Es esencial que el hombre esté solo para no ser influido, para que ocurra en él algo incontaminado.  Para esta soledad creativa parece no haber tiempo, hay demasiadas cosas por hacer, demasiadas responsabilidades, etc.  Se vuelve una necesidad aprender a estar quieto, a encerrarse uno en su habitación, a dar un descanso a la mente. El amor es parte de esta soledad.  Ser sencillos, claros, estar internamente quietos, es tener esa llama.
  • Puede que las cosas no sean fáciles, pero cuanto más le pide uno a la vida, más temible y dolorosa se vuelve ésta.  Vivir sencillamente, libre de influencias, aunque todo y todos estén tratando de influir sobre uno, vivir libre de los cambiantes estados de ánimo y de las exigencias en constante variación, no es fácil, pero sin una vida profundamente quieta en lo interno, todas las cosas son vanas e inútiles.
  • ¡Que claro es el cielo azul, qué vasto, intemporal y sin espacio! La distancia, el espacio es una cosa de la mente; el aquí y el allá son hechos, pero se convierten en factores psicológicos con el impulso del deseo.  La mente es un fenómeno extraño.  Tan compleja y, no obstante, tan simple en esencia.  Se vuelve compleja por las múltiples compulsiones psicológicas.  Esto es lo que ocasiona conflicto y dolor: la resistencia y las adquisiciones.  Es arduo estar atento y dejarlas pasar de largo sin quedar enredado en ellas.  La vida es un río inmenso que fluye.  La mente atrapa en su red las cosas de este río, descartando y reteniendo.  No tiene que haber red.  La red es del tiempo y del espacio; la red es la que crea el aquí y el allá; la dicha y la desdicha.
  • El orgullo es una cosa extraña; orgullo en las cosas pequeñas y en las grandes cosas; orgullo en nuestras posesiones, en nuestros logros, en nuestras virtudes; orgullo de la raza, del nombre y de la familia; orgullo en la capacidad, en la apariencia, en los acontecimientos.  Hacemos que todas estas cosas alimenten el orgullo, o escapamos hacia la humildad.   Esta no es el opuesto del orgullo -sigue siendo orgullo, sólo que lo llamamos humildad; la conciencia de ser humilde es una forma de orgullo.  La mente tiene que ser “algo”, lucha por ser esto o aquello, nunca puede hallarse en un estado de ser nada.  Si la nada es una nueva experiencia, entonces la mente debe tener esa experiencia -el intento mismo de hallarse silenciosa es otra adquisición más.  La mente tiene que ir más allá de todo esfuerzo.  Sólo entonces…..
  • Nuestros días están tan vacíos que se llenan con actividades de toda clase: negocios, especulación, meditación, pena y alegría.  Pero a pesar de todo esto, nuestras vidas están vacías.  Despójese a un hombre de la posición, del poder o del dinero, y ¿qué es él? Externamente, tenía toda esa ostentación, pero internamente es superficial, está vacío.  Uno no puede tener ambas riquezas, la interna y las otras.  La plenitud interna importa mucho más que lo externo.  Uno puede ser defraudado por lo externo, los acontecimientos externos pueden destrozar lo que hemos construido cuidadosamente; pero las riquezas internas son incorruptibles, nada puede afectarlas, porque no han sido producidas por la mente.
  • El deseo de realizarse es muy fuerte en la gente, que lo persigue a cualquier costo.  Esta realización personal, en todas las formas y en cualquier dirección, es lo que nos sostiene a la inmensa mayoría de nosotros; si fracasamos en una dirección, tratamos de realizarnos en otra.  Pero ¿existe una cosa como la realización? El realizarse puede traer consigo cierta satisfacción, pero ésta se desvanece pronto y otra vez estamos a la caza de algo nuevo.  En la comprensión del deseo llega a su fin todo el problema de la realización.  El deseo implica esfuerzo por ser, por devenir, y con la terminación desaparece la lucha por realizarse.
  • En las montañas uno tiene que estar solo.  Debe ser encantador tener lluvia en medio de las montañas y ver caer las gotas en el plácido lago.  Sentir como brota el olor de la tierra cuando llueve, y después escuchar el croar de las numerosas ranas.  Hay un extraño encantamiento en los trópicos cuando llueve.  Todo queda bañado y limpio; la lluvia lava el polvo sobre la hoja; los ríos reviven y se oye el ruido de los torrentes.  Los árboles lanzan brotes verdes, done había tierra desnuda surge la nueva hierba silvestre; miles de insectos salen de ninguna parte y el suelo reseco se alimenta y la tierra se ve satisfecha y en paz.  El sol parece haber perdido su cualidad penetrante y la tierra se ha vuelto verde, un lugar de belleza y abundancia.  El hombre sigue labrando su propia desdicha, pero la tierra es rica una vez más y hay encantamiento en el aire.
  • Es extraño cómo casi todos desean reconocimiento y alabanza -ser reconocidos como un gran poeta, como un filósofo, algo que incremente el propio ego.  Eso produce una gran satisfacción, pero significa muy poco.  El reconocimiento nutre la propia vanidad y tal vez el propio bolsillo.  Y después ¿qué? Eso lo pone a uno aparte de los demás, y la separación engendra sus propios problemas en aumento permanente.  Aunque pueda darnos satisfacción, el reconocimiento no es un fin en sí mismo.  Pero casi todos están atrapados en el anhelo de ser reconocidos, de realizarse, de lograr esto o aquello.  Y entonces es inevitable el fracaso con la desdicha que lo acompaña.  Lo que verdaderamente importa es estar libres tanto del éxito como del fracaso.  Desde el principio mismo no buscar un resultado, hacer lo que uno ama; y el amor no tiene recompensa ni castigo. Si hay amor, esto es realmente muy sencillo.
  • Qué poca atención prestamos a las cosas que nos rodean, qué poco las observamos y consideramos.  Estamos tan concentrados en nosotros mismos, tan ocupados con nuestras ansiedades, con nuestros propios beneficios, que no tenemos tiempo para observar y comprender.  Esta ocupación hace que nuestra mente se embote y se fatigue, que se llene de frustración y dolor.  Y entonces queremos escapar del dolor.  En tanto esté activo el yo, tiene que haber fatiga, torpeza y frustración.  La gente está atrapada en una carrera loca, en la desdicha del dolor egocéntrico.  Este dolor es profunda irreflexión.  Los que son reflexivos, los que se hallan despiertos y alertas, están libres de este dolor.
  • Qué bello es un río.  Un país que no tiene un río rico amplio, ondulante, no es un país en absoluto.  Sentarse en la orilla de un río, y dejar que las aguas fluyan al lado de uno, observar las suaves ondas y escuchar cómo bañan las márgenes; ver a las golondrinas cuando tocan la superficie y atrapan insectos; y en la distancia, al otro lado del río, en la orilla opuesta, escuchar voces humanas o a un muchacho que toca la flauta en un tranquilo atardecer, acalla todo el ruido que a uno lo rodea. De algún modo, las aguas parecen purificarlo a uno, limpian el polvo de los recuerdos de ayer, y dan a la mente esa cualidad que es su propia pureza, tal como el agua es, en sí misma, pura.  Un río lo recibe todo -las alcantarillas, los cadáveres, la suciedad de las ciudades por las que pasa – y no obstante se limpia a sí mismo de todo eso a las pocas millas.  Lo recibe todo y permanece siendo él mismo, sin preocuparse de distinguir lo puro de lo impuro.  Son sólo las charcas, las pozas pequeñas las que se contaminan pronto, porque no están vivas, porque no fluyen como los amplios, dulcemente aromáticos ríos ondulantes.  Nuestras mentes son pequeñas charcas que pronto pierden su pureza.  En esta pequeña charca llamada mente, la que juzga, sopesa, analiza -y con todo, permanece siendo la pequeña poza de irresponsabilidad que es.
  • El pensamiento tiene una raíz o raíces, el pensamiento mismo es la raíz.  La reacción debe existir, o de lo contrario hay muerte; pero el problema consiste en ver que esta reacción no extienda su raíz dentro del presente o del futuro.  El pensamiento está obligado a surgir, pero es esencial advertirlo y terminar con él inmediatamente.  Pensar sobre el pensamiento, examinarlo, jugar en torno a él, es extenderlo, arraigarlo.  Es realmente importante comprender esto.  Ver cómo la mente piensa acerca del pensamiento, es reaccionar al hecho.  La reacción es tristeza, etc. Comenzar a sentirse triste, pensar en el regreso futuro, contar los días, etc. es dar raíces al pensamiento acerca del hecho.  Así la mente echa raíces, y después el arrancarlas se vuelve otro problema más, otra idea.  Pensar en el futuro es echar raíces en el suelo de la incertidumbre.
  • Estar realmente solos, no con los recuerdos y los problemas de ayer sino solos y dichosos, estar solos sin ninguna compulsión externa ni interna, es permitir que la mente permanezca sin interferencia alguna.  Estar solos.  Tener la cualidad del amor hacia un árbol, estar a solas con él, protegerlo.  Estamos perdiendo el sentimiento por los árboles, y así estamos perdiendo el amor por el hombre.  Cuando no podemos amar la naturaleza, no podemos amar al hombre.  Nuestros dioses se han vuelto muy pequeños y mezquinos, y así es nuestro amor.  Nuestra existencia es mediocre, pero están los árboles, los cielos abiertos y las inextinguibles riquezas de la tierra.
  • Usted tiene que tener una mente clara, una mente libre que no esté atada a cosa alguna, esto es esencial; y uno no puede tener una mente clara, penetrante, si hay temor de alguna clase.  El miedo traba la mente.  Si la mente no se enfrente a los problemas que ella misma ha creado, no es una mente clara, profunda.  Afrontar las propias peculiaridades, darnos cuenta de nuestros impulsos internos, reconocer todo esto sin ninguna resistencia, es tener una mente profunda y clara.  Sólo entonces puede haber una mente sutil, no sólo aguda.  Una mente sutil no se apresura; vacila.  No es una mente que saca conclusiones, que emite juicios o formulaciones.  Esta sutileza es fundamental.  La mente tiene que saber escuchar y esperar, moverse con lo profundo.  Esto no es para lograrse al final, sino que esta cualidad de la mente tiene que estar ahí desde el principio mismo.  Usted puede tenerla, concédale una plena y profunda oportunidad de florecer.
  • Penetrar en lo desconocido, no dar nada por sentado, no suponer nada, estar libres para descubrir; sólo entonces puede haber hondura y comprensión.  De lo contrario, uno permanece en la superficie.  Lo que importa no es comprobar o refutar un punto, sino descubrir la verdad.  La verdad del cambio se comprende sólo cuando existe “lo que es”.  “Lo que es” no es diferente del pensador.  El pensador es “lo que es”, no está separado de “lo que es”.
  • No es posible hallarse en paz si hay cualquier clase de deseo, cualquier esperanza de algún estado futuro.  El sufrimiento es lo que sigue al deseo, y la vida está generalmente llena de deseos; incluso alimentar un solo deseo lleva a incesante desdicha.  Porque el liberarse de ese único deseo, aun el saber que ese deseo requiere atención, es para la mente un asunto bastante serio.  Cuando lo descubra no deje que se convierta en un problema.  Prolongar el problema es permitirle que eche raíces.  No deje que se arraigue.  El único deseo es el único dolor.  Oscurece la vida; hay frustración y angustia.  Sólo esté atenta al deseo y sea sencilla al respecto.
  • A través de esta finca pasa un arroyo.  No es un agua tranquila que corre apaciblemente hacia el gran río, sino un torrente animado y ruidoso.  Toda esta región que nos rodea aquí es cerril, el torrente tiene más de una cascada y en un lugar hay tres cascadas a diferentes profundidades.  La más elevada es la que hace el ruido, es la más audible, las otras dos no se aprecian pero se escuchan en un tono menor.  Estas tres cascadas están distintamente espaciadas, de modo que el movimiento del sonido es constante.  Uno tiene que prestar atención para escuchar la música.  Es una orquesta tocando en medio de las huertas, bajo los cielos abiertos.  La música está ahí.  Uno tiene que descubrirla, tiene que prestar atención, tiene que acompañar el fluir de las aguas para escuchar su música.  Uno tiene que ser lo total a fin de escucharla -los cielos, la tierra, los altísimos árboles, los verdes campos y las rápidas aguas.  Sólo entonces la escuchará.  Pero todo esto es demasiada molestia; uno va, compra un boleto y se sienta en una sala rodeado por la gente, y la orquesta toca y alguien canta.  Ellos hacen todo el trabajo por uno; alguien compone una canción, la música, otro toca y canta, y uno paga por escuchar.  Todo en la vida, excepto para unas pocas cosas, es de segunda, tercera o cuarta mano -los dioses, los poemas, la política, la música.  Y así nuestra vida es vacía.  Estando vacía tratamos de llenarla -con la música, con los dioses, con el amor, con formas de escape, y el mismo llenar la vida es el vaciarla.  Pero la belleza no es para comprarse.  Pocos son, pues, los que anhelan la belleza y bondad, y el hombre se satisface con cosas de segunda mano.  Desechar todo eso es la única y verdadera revolución; sólo entonces surge lo creativo de la realidad.
  • Es extraño cómo el hombre insiste en la continuidad de todas las cosas; en las relaciones, en la tradición, en la religión, en el arte.  No hay un desprenderse de todo y empezar otra vez de nuevo.  Si el hombre no tuviera un libro, ni un líder, ni a alguien a quien copiar o seguir como ejemplo, si estuviera completamente solo, despojado de todo su conocimiento, tendría que comenzar desde el principio.  Por supuesto, este completo despojarse uno mismo de todo, tiene que ser absoluta y plenamente espontáneo y voluntario; de otro modo puede uno enloquecer o forzarse hacia algún tipo de neurosis.  Como solamente muy pocos parecen ser capaces de afrontar esta completa soledad, el mundo continúa con la tradición -en su arte, en su música, su política, sus dioses- lo cual engendra perpetua desdicha.  Esto es lo que realmente ocurre en el mundo.  No hay nada nuevo, sólo oposición y contra oposición -en la religión continúa la vieja fórmula del dogma y el temor; en las artes está el esfuerzo por encontrar algo nuevo.  Pero la mente no es nueva, es la misma mente vieja agobiada por la tradición, el miedo, el conocimiento y la experiencia, esforzándose en pos de lo nuevo.  Es la mente misma la que debe desnudarse totalmente para que lo nuevo sea.  Esta es la verdadera revolución.
  • El viento está soplando desde el sur, hay nubes oscuras y lluvia, todo sigue adelante, extendiéndose y renovándose sin cesar.
  • El granjero que vive cerca de aquí tenía un hermoso conejo, vivaz y saltarín.  Su esposa se lo trajo, y una de las mujeres dijo:  “No puedo mirar,” y el hombre lo mató y unos minutos después eso que estaba vivo, con una luz en sus ojos, era despellejado por las mujeres.  Aquí como en otras partes del mundo, están acostumbrados a matar animales, la religión no les prohíbe hacerlo.  En la india, donde por siglos a los niños se les enseña -al menos en el sur, entre los brahmines – a no matar, lo cruel que es matar, hay muchos niños que, cuando crecen, están obligados por las circunstancias a cambiar su cultura de la mañana a la noche; comen carne, se convierten en oficiales de las fuerzas armadas para matar y ser muertos.  De la mañana a la noche cambian sus valores.  Un patrón particular de cultura con siglos de existencia se destruye, y uno nuevo ocupa su lugar.  El deseo de estar seguros, en una forma u otra, es tan dominante que la mente se ajustará a cualquier patrón que pueda darle certidumbre y seguridad.  Pero la seguridad no existe; y cuando uno realmente comprende esto, hay algo por completo diferente que crea su propio estilo de vida.  Esa vida no puede comprenderse ni copiarse; todo lo que uno puede hacer es comprender, advertir claramente los hábitos de seguridad, lo cual trae consigo su propia libertad.
  • La tierra es hermosa, y cuanto más sensible y perceptivo es uno a ella, más hermosa es. El color, las variedades de verdes, los amarillos.  Es asombroso lo que uno descubre cuando está a solas con la tierra.  No sólo los insectos, los pájaros, la hierba, las variedades de flores, las rocas, los colores y los árboles, sino los pensamientos, si es que uno los ama.  Jamás estamos a solas con nada.  Ni con nosotros mismos ni con la tierra.  Es fácil estar a solas con un deseo; no resistirlo mediante un acto de la voluntad, no dejarle que escape a través de alguna acción, no permitir que se satisfaga, no crear su opuesto por la justificación o la condena, sino estar a solas con él.  Esto genera un estado muy extraño sin acción alguna de la voluntad.  Es esta voluntad la que crea resistencia y conflicto.  Estar a solas con un deseo, produce una transformación en el deseo mismo.  Juegue con esto y descubra lo que ocurre; no fuerce nada, sólo considérelo tranquilamente.
  • ¿La educación? ¿Qué entendemos por educación? Aprendemos a leer y escribir, adquirimos una técnica necesaria para ganarnos la vida, y después se nos lanza al mundo.  Desde la infancia nos dicen qué debemos hacer, qué debemos pensar; y en lo interno estamos profundamente condicionados por lo social y por la influencia del ambiente.
  • Estuve pensando si podemos educar al hombre en lo externo pero dejando el centro libre.  ¿Podemos ayudar al hombre a liberarse internamente y estar siempre libre? Porqué es sólo en libertad que puede ser creativo y, por tanto, feliz.  De lo contrario, la vida se convierte en un asunto tortuoso, una batalla interna y, por consiguiente, externa.  Pero estar libres internamente requiere una atención y una sabiduría asombrosas; y pocos son los que ven la importancia de esto.  Nos interesamos en lo externo, no en la creatividad.  Pero para cambiar todo esto, tiene que haber al menos unos pocos que comprendan la necesidad de este cambio, que estén dando origen a esta libertad dentro de sí mismos.  En éste un mundo muy extraño.
  • Lo que importa es un cambio radical en el nivel inconsciente.  Ninguna acción consciente de la voluntad puede afectar el inconsciente.  Como lo consciente no puede afectar las búsquedas, los deseos y los instintos inconscientes, la mente consciente tiene que serenarse, aquietarse, y no tratar de forzar al inconsciente para que se amolde a algún patrón particular de acción.  El inconsciente tiene su propio patrón de acción, su propia estructura dentro de la cual funciona.  Esta estructura no puede ser rota por ninguna acción externa, y la voluntad es un acto externo.  Si esto se ve y se comprende de verdad, la mente externa se aquieta; y a causa de que no hay una resistencia establecida por la voluntad, uno descubrirá que el denominado inconsciente comienza a liberarse a sí mismo de sus propias limitaciones.  Sólo entonces hay una transformación radical de todo el ser del hombre.
  • La dignidad es una cosa muy rara.  Un cargo o una posición de respeto, otorgar dignidad.  Es como ponerse encima un abrigo.  El abrigo, el traje, el puesto, dan dignidad.  Un título o una posición dan dignidad.  Pero desnúdese al hombre de estas cosas,  y muy pocos tienen esa condición de dignidad que surge cuando uno está internamente libre, cuando en lo interno es como la nada.  Ser algo o alguien es lo que el hombre anhela, y ese algo le da una posición respetable en la sociedad.  Pone al hombre en alguna clase de categoría -inteligente, rico, un santo, un físico; pero si él no puede ser puesto en una categoría que la sociedad reconoce, es una persona excéntrica.  La dignidad no puede asumirse ni cultivarse, y estar consciente de la propia dignidad es estar consciente del propio yo, que es tan pequeño y mezquino.  Ser verdaderamente nada, es estar libre de esa idea misma.  Esa es la verdadera dignidad, no el pertenecer a un estado o a una condición particular.  Esta dignidad no nos la pueden quitar, está siempre ahí.
  • El verdadero estado de percepción alerta en permitir que la vida fluya libremente, sin que quede ningún residuo.  La mente humana es como un tamiz que retiene algunas cosas y deja pasar otras.  Lo que retiene, es la medida de sus propios deseos; y los deseos, por profundos, vastos o nobles que sean, son pequeños, son mezquinos, porque el deseo es cosa de la mente.  La completa atención implica no retener cosa alguna, sino poseer la libertad de la vida, que fluye sin restricción ni preferencia alguna.  Siempre estamos reteniendo o eligiendo las cosas que significan algo para nosotros, y aferrándonos perpetuamente a ellas.  A esto lo llamamos experiencia, y a la multiplicación de experiencias la llamamos riqueza de la vida.  La experiencia que queda, que uno retiene, impide ese estado en que no existe lo conocido.  Lo conocido no es el tesoro, pero la mente se aferra a eso, con lo cual destruye o profana lo desconocido.
  • La vida es una cosa extraña.  Afortunado el hombre que nada es.

EL 28 de Julio

 El centro del sufrimiento-

 Cuando usted ve algo muy hermoso, una bella montaña, una bella puesta del sol, una sonrisa cautivadora, un rostro encantador, ese hecho le causa un impacto y usted se queda aturdido, silencioso; ¿jamás le ha ocurrido? Cuando eso sucede, uno estrecha al mundo entre sus brazos. Pero eso es algo que llega a su mente desde fuera, y yo hablo de la mente que no está aturdida por un impacto, sino que desea mirar, observar. Ahora bien, ¿puede usted observar sin toda esta irrupción súbita del condicionamiento? A una persona que sufre le explico en palabras que el dolor es inevitable, que es el resultado de la realización personal, etc. Cuando se han terminado por completo todas las explicaciones, sólo entonces puede usted mirar, y eso implica que no está mirando desde un centro. Cuando mira desde un centro, sus facultades de observación son limitadas. Si me agarro a un poste y no me quiero mover de allí, hay una tensión, hay dolor. Cuando desde el centro miro dentro del sufrimiento, lo que hay es sufrimiento. Mi incapacidad de observar es la que da origen al dolor. No puedo observar si pienso, funciono y miro desde un centro, como cuando digo: «No debo sentir dolor, debo descubrir por qué sufro, debo escapar». Cuando observo desde un centro, ya sea ese centro una conclusión, una idea, una esperanza, la desesperación o alguna otra cosa, esa observación es muy restringida, muy estrecha, muy trivial; y eso engendra dolor. 28 DE JULIO OCK - Voy XII

EL LIBRO DE LA VIDA - J.K. - 22 DE FEBRERO

 Liberarnos del miedo 

¿Puede la mente vaciarse a sí misma y por completo del miedo? El miedo de cualquier clase engendra ilusión, embota la mente, la torna superficial. Donde hay miedo, es obvio que no hay libertad, y sin libertad no hay amor. Casi todos tenemos alguna forma de miedo, miedo a la oscuridad, a la opinión pública, miedo a las serpientes, al dolor físico, miedo a la vejez, miedo a la muerte. Tenemos literalmente docenas de miedos. Y Es posible estar por completo libres de miedo? Podemos ver lo que el miedo nos hace a cada uno de nosotros. Nos hace mentir, nos corrompe de distintas maneras; torna a la mente vacua, trivial. En tanto uno tenga miedo, habrá en la mente rincones oscuros que jamás podrán ser investigados y expuestos. La autoprotección física, el impulso instintivo de mantenernos lejos de la serpiente venenosa, de retroceder ante el precipicio, de evitar caer bajo el tranvía, etc., es cuerdo, normal, sano. Pero yo me estoy preguntando acerca de la autoprotección psicológica que a uno le hace tener miedo de la enfermedad, de la muerte, de un enemigo. Cuando buscamos, en cualquier forma que sea, nuestra propia realización personal, ya sea mediante la pintura, la música, la relación, o lo que prefiera, hay siempre temor. Lo importante, pues, es darse cuenta de todo este proceso de uno mismo, observar, aprender al respecto, y no preguntar cómo podemos librarnos del miedo. Cuando uno desea tan sólo librarse del miedo, encontrará medios y arbitrios para escapar de él, y así jamás podremos vernos libres del miedo. 

22 DE MARZO OCK Vol. XIII

EL LIBRO DE LA VIDA

EL LIBRO DE LA VIDA - J.K. - 21 DE FEBRERO -

 Actuar sin la idea es el camino del amor 

El pensamiento debe estar siempre limitado por el pensador, quien se halla condicionado; se halla condicionado siempre, jamás es libre. Cuando surge el pensamiento, de inmediato sigue la idea. La idea, a fin de poder actuar, está forzada a crear más confusión. Sabiendo todo esto, ¿es posible actuar sin la idea? Sí, ése es el camino del amor. El amor no es una idea, no es una sensación, no es un recuerdo; el amor no es un sentimiento de postergación, un recurso autoprotector. Sólo podemos conocer el camino del amor cuando comprendemos todo el proceso de la idea. ¿Es posible, entonces, abandonar todos los otros caminos y conocer el camino del amor, que es la única salvación? Ningún otro camino, político o religioso, resolverá el problema. Esto no es una teoría que usted deba considerar y adoptar en su vida; tiene que ser algo real. ... Cuando uno ama, ¿existe la idea? No acepte esto; simplemente mírelo, examínelo, investíguelo a fondo. Hemos probado todos los otros caminos, y en ellos no hay respuesta para nuestra desdicha. Los políticos pueden prometer esa respuesta; las así llamadas organizaciones religiosas pueden prometer la felicidad futura; pero esa felicidad no la tenemos ahora, y el futuro tiene relativamente poca importancia cuando estoy hambriento. Hemos ensayado todos los otros caminos; pero el camino del amor sólo podemos conocerlo si conocemos el camino de la idea y abandonamos la idea, lo cual implica actuar. 

21 DE FEBRERO OCK - Vol. VI

EL LIBRO DE LA VIDA

EL LIBRO DE LA VIDA - J.K. - 20 DE FEBRERO -

Una acción sin ideación alguna 

La idea es el resultado del proceso del pensamiento, el proceso del pensamiento es la respuesta de la memoria, y la memoria está siempre condicionada. La memoria, que se halla permanentemente en el pasado, es reavivada en el presente por medio de un reto. La memoria no tiene vida en sí misma cobra vida en el presente cuando debe enfrentarse a un reto. Y toda la memoria, latente o activa, está condicionada, ¿no es así? En consecuencia, tiene que haber un enfoque por completo diferente. Usted tiene que descubrir por sí mismo, internamente, si está actuando basado en una idea, y si puede haber una acción sin ideación alguna. 

20 DE FEBRERO LPU

EL LIBRO DE LA VIDA 

EL LIBRO DE LA VIDA - J.K. - 19 DE FEBRERO -

 La ideología obstaculiza la acción 

El mundo está siempre próximo a una catástrofe. Pero ahora parece estar más próximo. Al ver esta catástrofe que se acerca, la mayoría de nosotros busca refugiarse en una idea. Pensamos que esta catástrofe, esta crisis, puede ser resuelta por una ideología. La ideología es siempre un impedimento para la relación directa, lo cual obstaculiza la acción. Queremos paz sólo como una idea, no como un hecho. Deseamos la paz en el nivel verbal, o sea, solamente en el nivel del pensar, aunque lo llamemos orgullosamente el nivel intelectual. Pero la palabra paz no es la paz. Sólo podrá haber paz cuando cese la contusión que generan unos y otros. Estamos apegados al mundo de las ideas y no a la paz. Vamos en busca de nuevos modelos sociales y políticos y no en busca de la paz. Nos ocupamos de conciliar los efectos y no de desechar la causa de la guerra. Esta búsqueda traerá sólo respuestas condicionadas por el pasado. Estas respuestas condicionadas son lo que llamamos conocimiento, experiencia; y los nuevos hechos cambiantes son traducidos, interpretados de acuerdo con este conocimiento. De modo que hay conflicto entre lo que es y la experiencia que ha sido. El pasado, que es conocimiento, debe estar siempre en conflicto con el hecho, el cual se halla siempre en el presente. Así pues, esta búsqueda no resolverá el problema sino que perpetuará las condiciones que han creado el problema. 

19 DE FEBRERO OCK Vol. VI

EL LIBRO DE LA VIDA

LA EDUCACIÓN Y EL SENTIDO DE LA VIDA - J.K. - LA VERDADERA CLASE DE EDUCACIÓN -

La Verdadera Clase de Educación 


El hombre ignorante no es el iletrado, sino el que no se conoce a sí mismo; y el hombre instruido es ignorante cuando pone toda su confianza en los libros, en el conocimiento y en la autoridad externa para derivar de ellos la comprensión. La comprensión sólo viene mediante el propio conocimiento, que es darnos cuenta de nuestro proceso psicológico total. La educación, pues, en su verdadero sentido, es la comprensión de uno mismo, porque dentro de cada uno de nosotros es donde se concentra la totalidad de la existencia. 


Lo que ahora llamamos educación es la acumulación de datos y conocimientos por medio de los libros, cosa factible a cualquiera que puede leer. Una educación así, ofrece una forma sutil de escaparnos de nosotros mismos y, como toda huida, inevitablemente aumenta nuestra desdicha. El conflicto y la confusión resultan de nuestra relación errónea con todo lo que nos rodea –gente, cosas, ideas-, y hasta que no entendamos bien esa relación y la alteremos, la mera instrucción, la adquisición de datos y habilidades, nos conducirán inevitablemente al caos envolvente y la destrucción. 


Según está ahora organizada la sociedad, enviamos a nuestros hijos a la escuela para aprender alguna técnica con la cual puedan finalmente ganarse la vida. Queremos hacer de nuestros hijos, ante todo, especialistas, esperando así darles estabilidad económica segura. Pero, ¿acaso puede la técnica capacitarnos para conocernos a nosotros mismos? Si bien es necesario a todas luces saber leer y escribir y aprender ingeniería o cualquiera otra profesión, ¿nos dará la técnica capacidad para comprender la vida? Indudablemente, la técnica es secundaria, y si la técnica es lo único que buscamos, es obvio que estamos negando la parte más importante de la vida.


La vida es dolor, gozo, belleza, fealdad, amor; y cuando la comprendemos en su totalidad, en todos sus niveles, esa comprensión crea su propia técnica. Pero lo contrario es falso; la técnica jamás puede producir la comprensión creadora. La educación actual es un completo fracaso porque le da demasiada importancia a la técnica. Al subrayar la técnica, destruimos al hombre. Cultivar la capacidad y la eficiencia sin la comprensión de la vida, sin tener una percepción completa de cómo funcionan el pensamiento y el deseo, sólo logrará aumentar nuestra crueldad, que es lo que engendra las guerras y pone en peligro nuestra seguridad física. El desarrollo exclusivo de la técnica ha producido científicos, matemáticos, constructores de puentes, conquistadores del espacio; pero, ¿comprenden ellos acaso el proceso total de la vida? ¿Puede algún especialista sentir la vida como un todo? Sí, sólo cuando deje de ser especialista.


El progreso tecnológico resuelve ciertas clases de problemas en un nivel determinado, pero también introduce problemas más amplios y profundos. Vivir en un solo nivel, sin tener en cuenta el proceso total de vida, es atraer la miseria y la destrucción. La mayor necesidad, el problema más urgente de cada individuo, es tener una comprensión integral de la vida, que lo ponga en condiciones de resolver satisfactoriamente sus crecientes complejidades. El conocimiento técnico, aunque necesario, no resolverá en modo alguno nuestras tensiones y conflictos psicológicos internos: y es por haber adquirido conocimientos técnicos sin comprender el proceso total de la vida, que la tecnología se ha convertido en un instrumento para nuestra propia destrucción. El hombre que sabe desintegrar el átomo, pero no tiene amor en su corazón, se convierte en un monstruo.


Elijamos una vocación de acuerdo con nuestras capacidades; pero el hecho de seguir una vocación ¿nos librará de conflictos y confusiones? Al parecer necesitamos de preparación técnica; pero una vez graduados de ingenieros, médicos, o contables, entonces ¿qué? ¿Es la práctica de una profesión la plenitud de la vida? Aparentemente así es para muchos de nosotros. Nuestras profesiones pueden mantenernos ocupados la mayor parte de nuestra existencia, pero las mismas cosas que producimos y que nos fascinan, causan nuestra destrucción y nuestra miseria. Nuestras actitudes y nuestros valores hacen de las cosas y de las ocupaciones instrumentos de envidia, amargura y odio. Sin la comprensión de nosotros mismos, la mera ocupación nos lleva a la frustración con sus inevitables evasiones a través de toda clase de actividades perjudiciales. La técnica sin la verdadera comprensión conduce a la enemistad y a la crueldad, las cuales tratamos de enmascarar con frases agradables al oído. ¿De qué vale recalcar la técnica y convertirse en seres eficientes si el resultado es la mutua destrucción? Nuestro progreso técnico es fantástico, pero sólo ha logrado aumentar nuestro poder para destruirnos los unos a los otros y hay hambre y miseria en todas las regiones de la Tierra. No somos felices ni tenemos paz.


Cuando la función de ejercer una profesión es de máxima importancia, la vida se hace aburrida y oscura, convirtiéndose en una rutina mecánica, de la cual huimos por medio de toda clase de distracciones. La acumulación de hechos y el desarrollo de la capacidad intelectual, a lo cual llamamos educación nos ha privado de la plenitud de la vida y de la acción integradas. Es porque no entendemos el proceso total de la vida que nos aferramos tanto a la capacidad y la eficiencia, que de esta manera asumen avasalladora importancia. Pero el todo no puede comprenderse si sólo estudiamos una parte. El todo sólo puede comprenderse mediante la acción y la vivencia.


Otro factor que nos induce a cultivar la técnica es que ella nos da un sentido de seguridad, no sólo económica, sino también psicológica. Es tranquilizador saber que somos capaces y eficientes. Saber que podemos tocar el piano o construir una casa nos da una sensación de vitalidad, de agresiva independencia; pero destacar la capacidad por el deseo de seguridad psicológica es negar la plenitud de la vida. Jamás puede preverse el contenido de la vida; debe vivirse renovadamente a cada instante; pero le tememos a lo desconocido y por esto establecemos para nuestro beneficio zonas de seguridad psicológica en forma de sistemas, técnicas y creencias. Mientras busquemos la seguridad interna, el proceso total de la vida no puede comprenderse. La verdadera educación, al mismo tiempo que estimula el aprendizaje de una técnica, debe realizar algo de mayor importancia; debe ayudar al hombre a experimentar, a sentir el proceso integral de la vida. Es esta vivencia la que colocará la capacidad y la técnica en su verdadero lugar. Si alguien tiene algo que decir, el acto de decirlo crea su propio estilo, pero aprender un estilo sin la vivencia interna sólo conduce a la superficialidad.


 En todas partes del mundo los ingenieros diseñan febrilmente nuevas máquinas que no necesitan ser manipuladas por el hombre. En una vida gobernada casi completamente por la máquina, ¿en qué se ha de convertir el ser humano? Tendremos Cada vez más tiempo ocioso sin saber emplearlo con cordura, y procuraremos escapar de la ociosidad adquiriendo más conocimientos, buscando diversiones enervantes o forjando nuevos ideales. Creo que se han escrito muchos volúmenes sobre los ideales educativos; sin embargo, estamos en mayor confusión que nunca. No existe método alguno por medio del cual se pueda educar a un niño para que sea libre e íntegro. Mientras nos preocupamos por los principios, los ideales y los métodos, no ayudamos al individuo a liberarse de sus actividades egocéntricas con todos sus temores y conflictos.


Los ideales y los planes para una perfecta utopía, jamás nos traerán el cambio radical del corazón que es esencial, si hemos de poner fin a la guerra y a la destrucción universal. Los ideales no pueden cambiar nuestros valores actuales: Sólo pueden cambiarse mediante una educación genuina, que ha de fomentar la comprensión de lo que “es “. Cuando trabajamos unidos por la realización de un ideal, para el futuro, formamos a los individuos de acuerdo con nuestra concepción de ese futuro; no nos preocupamos en absoluto por los seres humanos, sino por la idea que tenemos de lo que los individuos deben ser. Lo que debe ser resulta mucho más importante para nosotros que lo que es o sea, el individuo con sus complejidades. Si comenzamos por comprender al individuo directamente, en vez de verlo a través nuestra visión de lo que debe ser, entonces sí nos interesamos en ver lo que es. Entones ya no deseamos transformar al individuo en otra cosa, sino ayudarlo a comprenderse a sí mismo; y en esto no hay provecho ni motivo personal. Si nos mantenemos totalmente atentos a lo que es, lo comprenderemos y nos veremos libre de ello pero para estar atentos a lo que somos, tenemos que dejar de luchar por algo que no somos.


Los ideales no tienen lugar en la educación porque impiden la comprensión del presente. No hay duda de que podemos prestar atención a lo que es, sólo cuando dejamos de huir hacia el futuro. Mirar al futuro, luchar por un ideal, indica pereza mental y deseo de evitar el presente. ¿No es la búsqueda de una utopía teórica concebida previamente, la negación de la libertad e integridad del individuo? Cuando uno sigue un ideal, una norma, cuando uno tiene ya una fórmula de lo que debe ser, ¿no está viviendo una vida muy superficial y automática? Lo que necesitamos no son ideales ni individuos con mentes mecanizadas, sino seres humanos integrales que sean inteligentes y libres. Forjarse el modelo de lo que debe ser una sociedad perfecta es motivo de luchas, y derramamientos de sangre por lo que debe ser, mientras ignoramos lo que “es”. Si los seres humanos fuesen entes mecánicos o máquinas automáticas, se podría predecir su futuro y se podría además trazar planes para una Utopía perfecta. Entonces podríamos hacer meticulosamente el plan de una sociedad futura, y trabajar para lograr su realización. Pero los seres humanos no son máquinas destinadas a trabajar según un modelo determinado.


Entre el tiempo presente y el futuro existe un inmenso intervalo, en el cual actúan sobre cada uno de nosotros innumerables influencias; y si sacrificamos el presente por el futuro, seguimos 12 trayectorias erróneas hacia un probable fin correcto. Pero los medios determinan el fin; y además, ¿Quiénes somos nosotros para decidir lo que el hombre debe ser? ¿Con qué derecho pretendemos moldearle de acuerdo con un determinado patrón derivado de algún libro, o forjado por nuestras propias ambiciones, esperanzas y temores? La verdadera educación no tiene nada que ver con ninguna ideología, por mucho que ésta prometa una utopía futura; ni está fundada en ningún sistema, por bien pensado que sea; ni tampoco constituye un medio de condicionar al individuo de una manera especial. La educación, en el verdadero sentido, capacita al individuo para ser maduro y libre; para florecer abundantemente en amor y bondad. En esto es que debiéramos estar interesados y no en moldear al niño de acuerdo con una norma idealista.


Cualquier método que clasifique a los niños de acuerdo con su temperamento y aptitud, no hace más que acentuar sus diferencias; crea antagonismos, estimula las divisiones sociales y no ayuda a desarrollar seres humanos íntegros. Es evidente, pues, que ningún método ni ningún sistema pueden asegurar una verdadera educación, y la estricta adhesión a un método particular demuestra indolencia por parte del educador. Mientras la educación se base en principios preparados de antemano, podrá tal vez producir hombres y mujeres eficientes, pero no seres humanos creadores. Sólo el amor puede crear la comprensión de los demás. Donde hay amor hay comunión instantánea con los otros, en el mismo nivel y al mismo tiempo. Por ser nosotros mismos tan secos, tan vacíos, tan faltos de amor, hemos permitido que los gobiernos y los sistemas se encarguen de la educación de nuestros hijos y de la dirección de nuestras vidas; mas los gobiernos quieren técnicos eficientes, y no seres humanos, porque los seres humanos son peligrosos para los gobiernos, así como también para las religiones organizadas. Por esto es que los gobiernos y las organizaciones religiosas buscan el dominio sobre la educación. La vida no puede adecuarse a un sistema, no puede estar sujeta a una norma, por noble que ésta se conciba; y una mente que se ha formado sólo de hechos y conocimientos es incapaz de enfrentarse a la vida en toda su diversidad, su sutileza, su profundidad y sus grandes alturas. Cuando educamos a nuestros hijos de acuerdo con un sistema de pensamiento o una disciplina particular, cuando les enseñamos a pensar dentro de determinados surcos y divisiones, les impedimos que lleguen a ser hombres y mujeres íntegros, y por consecuencia resultan  incapaces de pensar inteligentemente, o sea de hacerle frente a la vida en su totalidad.


La suprema función de la educación es producir un individuo integro que sea capaz de habérselas con la vida como un todo. Tanto el idealista, como el especialista, no se preocupan por el todo, sino por una parte. No puede haber integración mientras uno persigue un modelo ideal de acción; y la mayoría de los maestros que son idealistas han desechado el amor, porque tienen la mente seca y el corazón duro. Para estudiar a un niño, uno tiene que estar alerta, vigilante, sensible, receptivo; y esto requiere mucha mayor inteligencia y afecto que para animarlo a seguir un ideal. Otra función de la educación es crear nuevos valores. Implantar únicamente en la mente del niño valores ya existentes para moldearlo conforma a ciertos ideales, es condicionarlo sin despertar su inteligencia. La educación está íntimamente relacionada con la presente crisis del mundo, y el educador que ve las causas de este caos universal, debería preguntarse cómo ha de despertar la inteligencia en el estudiante, para así ayudar a la futura generación a no traer ulteriores conflictos y desastres. El educador debe poner todo su pensamiento, todo su cuidado y afecto en la creación de un verdadero ambiente y en el desarrollo de la comprensión, de tal modo que cuando el niño haya crecido y madurado sea capaz de enfrentarse inteligentemente con los problemas humanos que se le presenten. Pero para poder hacer esto, el educador debe comprenderse a sí mismo, en vez de confiar en ideologías, sistemas y creencias.


No pensemos en términos de principios e ideas; por lo contrario, demos atención a las cosas tal como son; porque es la consideración de lo que es lo que despierta la inteligencia, y la inteligencia del educador es mucho más importante que su conocimiento de un nuevo método de educación. Cuando seguimos un método, aunque éste haya sido elaborado por una persona reflexiva e inteligente, el método se convierte en algo muy importante; y los niños sólo resultan importantes en la medida en que encajen dentro del método. Medimos y clasificamos al niño, y después procedemos a educarlo con arreglo a algún plan. Este procedimiento puede ser conveniente para el maestro, pero ni la práctica de un sistema, ni la tiranía de la opinión y del proceso de aprendizaje, pueden producir un ser humano íntegro. La verdadera educación consiste en comprender al niño tal como es, sin imponerle un ideal de lo que opinamos que debiera ser. Encuadrarle en el marco de un ideal es incitarlo a ajustarse a ese ideal, lo que engendra en él temores y le produce un conflicto constante entre lo que es y lo que debiera ser; y todos los conflictos internos tienen sus manifestaciones externas en la sociedad. Los ideales son un obstáculo real para nuestra comprensión del niño y para que el niño se comprenda a sí mismo.


Un padre de familia que quiere realmente comprender a su hijo no lo mira a través del velo de un ideal. Si ama a su hijo, lo observa directamente, estudia sus tendencias, sus caprichos, sus peculiaridades. Es sólo cuando no sentimos amor por el niño que le imponemos un ideal, porque entonces son nuestras ambiciones las que tratan de realizarse en él, queriendo que llegue a ser esto o aquello. Si amamos al niño, entonces hay una posibilidad de ayudarle a que se comprenda a sí mismo tal como es. Si un niño miente, por ejemplo, ¿de qué sirve ponerle delante el ideal de la verdad? Primero hay que averiguar por qué miente. Para ayudarlo necesitamos tiempo para estudiarlo y observarlo, lo cual requiere paciencia, amor y cuidado; por otra parte, cuando no sentimos amor ni tenemos comprensión, obligamos al niño a seguir un molde que llamamos un ideal. Los ideales son un escape conveniente, y el maestro que los sigue es incapaz de comprender a sus alumnos y de trabajar con ellos inteligentemente. Para ese maestro el ideal futuro, lo que el niño debe ser, es mucho más importante que lo que el niño es en el presente. La persecución de un ideal excluye el amor, y sin amor no se puede resolver ningún problema humano.


Si el maestro es un verdadero maestro, no dependerá de un método, sino que estudiará a cada alumno individualmente. En nuestras relaciones con los niños y los jóvenes, debemos pensar que no estamos bregando con artefactos mecánicos, que se pueden reparar con facilidad, sino seres vivientes, que son impresionables, volubles, miedosos, sensibles, afectuosos; y que para convivir con ellos tenemos que estar dotados de gran comprensión, tenemos que poseer la fuerza de la paciencia y del amor. Si nos faltan estas cualidades, buscamos remedios fáciles y rápidos con la esperanza de obtener resultados maravillosos y automáticos. Si no estamos alertas, si nuestras actitudes y acciones son mecánicas, nos asustaremos ante cualquier exigencia perturbadora que no podamos vencer por reacciones automáticas; y ésta es una de nuestras mayores dificultades en la educación. El niño es el resultado del pasado y del presente y está ya condicionado por estas circunstancias. Si le transmitimos nuestro pasado, perpetuaremos su condicionamiento y el nuestro. Hay una transformación radical sólo cuando comprendemos nuestro condicionamiento y nos libertamos de él. Discutir lo que debe ser la verdadera educación, mientras nosotros mismos estamos condicionados, es completamente fútil.


Mientras los niños son tiernos, debemos, por supuesto, protegerlos de todo daño físico, e impedir que se sientan físicamente inseguros. Pero desgraciadamente no nos detenemos ahí; queremos dar forma a su manera de pensar y sentir; queremos amoldarlos a nuestros anhelos e intenciones. Procuramos plasmarlo en nuestros hijos para perpetuar en ellos nuestro ser. Construimos muros a su alrededor, los condicionamos con nuestras creencias ideológicas, con nuestros temores y esperanzas, y entonces nos lamentamos y oramos cuando los matan o los mutilan en las guerras, o cuando sufren de alguna otra manera con las experiencias de la vida. Tales experiencias no proporcionan libertad; por el contrario, fortifican la voluntad del “yo”. El “yo” está compuesto de una serie de reacciones defensivas y expansivas, y su realización se manifiesta siempre en sus propias proyecciones y en las identificaciones que lo satisfacen. Mientras traduzcamos la vivencia en términos del “yo” del “mi”, y de “lo mío”; mientras el “yo”, el “ego”, se mantenga por medio de sus reacciones, la experiencia no podrá liberarse del conflicto de la confusión y del dolor. La libertad sólo existe cuando comprendemos las actuaciones del “yo”, del que vive la experiencia. Solo cuando el “yo” con sus acumuladas reacciones, no es el que vive la experiencia, esa vivencia adquiere una significación completamente diferente y se convierte en creación. Si ayudáramos al niño a liberarse de las actuaciones del ego, que causan tanto sufrimiento, entonces cada uno de nosotros se dispondría a alterar profundamente su actitud y su relación  con el niño. Los padres y los educadores, mediante su propio pensamiento y conducta, pueden ayudar al niño a liberarse y a florecer en amor y bondad.


La educación actual no estimula en modo alguno la comprensión de las tendencias heredadas y de las influencias ambientales, que condicionan la mente y el corazón y mantienen el temor; y por lo tanto no nos ayuda a romper con los condicionamientos y a crear seres humanos íntegros. Cualquier forma de educación que se ocupe sólo de una parte, y no de la totalidad del hombre, inevitablemente ha de aumentar los conflictos y los sufrimientos. Es sólo en la libertad individual que el amor y la bondad pueden florecer; y sólo la verdadera clase de educación puede ofrecer esa libertad. Ni la conformidad con la sociedad del presente, ni la promesa de una utopía futura, podrán dar jamás al individuo la intuición, sin la cual está creando problemas constantemente. El verdadero educador, viendo la naturaleza interna de la libertad, ayuda a cada alumno individualmente a observar y a comprender los valores e imposiciones que son proyección de sí mismo; lo ayuda a estar alerta a las influencias condicionadas que lo rodean, y a sus propios  deseos, factores ambos que limitan su mente y engendran temor; lo ayuda según va haciéndose hombre, a observarse y comprenderse en relación con todas las cosas, porque es el ansia de la realización del yo, lo que trae conflictos y tristezas interminables. Indudablemente que es posible ayudar al individuo a percibir los valores perdurables de la vida, sin condicionamiento. Algunos dirán que este desarrollo total del individuo ha de conducir al caos; pero, ¿será así? Ya existe la confusión en el mundo, y esta confusión ha surgido por no haber educado al individuo a comprenderse a sí mismo. Al mismo tiempo que se le ha dado un poco de libertad superficial, también se le ha enseñado a amoldarse, a aceptar los valores existentes.


Contra esta regimentación muchos se rebelan; pero desgraciadamente su rebelión es una simple reacción egoísta, que obscurece aún más nuestra experiencia. El verdadero educador, alerta a la tendencia de la mente hacia la reacción, ayuda al alumno a alterar los valores del presente, no como reacción contra ellos, sino a través de su comprensión del proceso total de la vida. La plena cooperación entre los hombres, no es posible sin la integración que la verdadera educación puede ayudar a despertar en el individuo. ¿Por qué estamos tan seguros de que ni ésta, ni la próxima generación, aún mediante la verdadera clase de educación, podrán lograr ninguna alteración fundamental en las relaciones humanas? Nunca lo hemos intentado, y como la mayor parte de nosotros aparentemente le tenemos miedo a la verdadera educación, no nos sentimos inclinados a hacer la prueba. Sin investigar realmente esta cuestión en su totalidad, afirmamos que la naturaleza humana no puede cambiarse, aceptamos las cosas como están y estimulamos al niño a que se ajuste a la sociedad actual; lo condicionamos a nuestros modos actuales de vida y esperamos que suceda lo mejor. ¿Pero puede considerarse educación esa conformidad con los valores del presente, que nos conducen a la guerra y al hambre?


No nos engañemos creyendo que este condicionamiento ha de lograr la inteligencia y la felicidad. Si permanecemos temerosos, faltos de afecto, apáticos sin esperanza, ello significa que realmente no sentimos interés en estimular al individuo a florecer abundantemente en amor y bondad, y, por el contrario, preferimos que siga cargando con la miseria, con las cuales nos hemos agobiado y de las cuales él también forma parte. Condicionar al alumno para que acepte el ambiente actual es evidentemente una estupidez. A menos que voluntariamente efectuemos un cambio radical en la educación, somos directamente responsables de la perpetuación del caos y de la miseria; y cuando finalmente sobrevenga alguna revolución monstruosa y brutal, esto sólo ofrecerá a otro grupo de personas la oportunidad de cometer crueldades y explotaciones. Cada grupo que sube al poder desarrolla sus propios métodos de opresión; ya sea la persuasión psicológica o la fuerza bruta. Por razones políticas e industriales, la disciplina se ha convertido en un factor importante en la presente estructura social, y es por nuestro deseo de tener seguridad psicológica que aceptamos y practicamos varias formas de disciplina. La disciplina garantiza un resultado, y para nosotros el fin es más importante que loe medios; mas esos medios determinan el fin.


  Uno de los peligros de la disciplina es que el sistema adquiere más importancia que los seres humanos que están dentro del sistema. La disciplina se convierte entonces en un sustituto del amor; y es a causa de la vaciedad de nuestros corazones que nos adherimos a la disciplina. La libertad no puede surgir jamás a través de la disciplina ni de la resistencia; la libertad no es una meta ni un fin que ha de lograrse. La libertad se encuentra en el principio, no en el fin; ni tampoco ha de encontrase en un ideal remoto. La libertad no significa la oportunidad de lograr la satisfacción propia o el ignorar la consideración a los demás. El maestro que es sincero protegerá a los discípulos y les ayudará por todos los medios posibles a crecer hacia la verdadera clase de libertad; pero le será imposible hacer esto si él mismo está aferrado a una ideología, si es en alguna forma dogmático o egoísta. La sensibilidad no puede jamás despertarse por la fuerza. Podemos obligar a un niño a estarse quieto exteriormente, pero no nos enfrentamos cara a cara con aquello que lo hace ser obstinado, cínico, etc. La fuerza provoca el antagonismo y el temor. El premio o el castigo en cualquier forma sólo embotan la mente y la someten; y si esto es lo que deseamos, entonces la educación por la fuerza es un medio excelente de proceder.


Pero tal educación no puede ayudarnos a comprender al niño, ni puede crear un adecuado ambiente social en el que dejen de existir el separatismo y el odio. En el amor al niño se encuentra implícita la verdadera educación. Pero la mayor parte de nosotros no amamos a nuestros hijos; sentimos ambición por ellos, lo que significa que sentimos ambición por nosotros mismos. Desgraciadamente estamos tan atareados con las ocupaciones de la mente, que tenemos poco tiempo para sentir los impulsos del corazón. Después de todo, la disciplina implica resistencia; y ¿se conseguirá alguna vez el amor mediante la resistencia? La disciplina sólo puede edificar muros a nuestro alrededor; es siempre exclusiva, y siempre provocadora de conflictos. La disciplina no conduce a la comprensión, porque a la comprensión se llega mediante la observación, mediante el estudio, sin perjuicios de ninguna especie. La disciplina es una manera muy fácil de dominar a un niño, pero no le ayuda a comprender los problemas que envuelve la vida. Alguna forma de compulsión, como la disciplina de premios y castigos, puede ser necesaria para mantener el orden y la aparente quietud de un gran número de alumnos hacinados en un salón de clases; pero con un buen educador y un número reducido de alumnos, ¿sería acaso necesaria alguna represión que eufemísticamente llamáramos disciplina?. Si las clases son pequeñas y el maestro puede dar toda su atención a cada alumno, observándolo y ayudándolo, entonces la compulsión o la fuerza en cualquier forma es evidentemente innecesaria. Si en un grupo de esta clase algún alumno persiste en desordenar, o en ser injustificadamente molesto, el educador debe inquirir o investigar la causa de su conducta incorrecta, que puede ser una mala dieta, falta de descanso, disgustos familiares o algún temor oculto.


En la verdadera educación esta implícito el cultivo de la libertad y la inteligencia, lo cual no es posible cuando hay alguna forma de compulsión, con sus temores consiguientes. Al fin y al cabo la misión del maestro es ayudar al alumno entender las complejidades de la totalidad de su ser. Exigirle que reprima una parte de su naturaleza en beneficio de otra parte, es crear en él conflictos interminables que dan por resultado antagonismos sociales. Es la inteligencia y no la disciplina la que produce el orden. La conformidad y la obediencia no caben en la verdadera educación. La cooperación entre el maestro y el alumno es imposible si no hay afecto y respeto mutuos. Cuando se les exige a los niños que respeten a los mayores, tal acción generalmente se convierte en hábito, en mera actuación externa y el temor asume la apariencia de veneración. Sin respeto y consideración no es posible que haya relación vital, especialmente cuando el maestro es un simple instrumento de sus conocimientos. Si el maestro exige respeto de parte de sus alumnos, y él a su vez los respeta muy poco, evidentemente esto ocasionará indiferencia y falta de respeto por parte de ellos. Sin respeto a la vida humana, el conocimiento sólo conduce a la destrucción y la miseria. El cultivo del respeto que se debe a los demás es parte esencial de la verdadera educación; pero si el educador no posee esa cualidad, no puede ayudar a sus alumnos a vivir una vida íntegra.


La inteligencia es el discernimiento de lo esencial, y para discernir lo esencial hay que estar libre de los impedimentos que la mente proyecta en busca de su propia seguridad y comodidad. El temor es inevitable mientras la mente busca seguridad; y cuando los seres humanos están regimentados en alguna forma, se destruyen la inteligencia y la actitud alerta. El fin de la educación es cultivar las verdaderas relaciones que deben existir no sólo entre los individuos, sino también entre éstos y la sociedad; y es por eso esencial que la educación, ante todo, ayude al individuo a comprender sus propios procesos psicológicos. La inteligencia consiste en comprender a sí mismo y en proyectarse más allá de y sobre sí mismo; pero no puede haber inteligencia mientras haya temor. El temor pervierte la inteligencia y es una de las causas de la acción egoísta. La disciplina puede suprimir el temor, pero no lo destruye; y el conocimiento superficial que recibimos hoy día es la educación, oculta aún más ese temor. Cuando somos niños, el temor se nos inculca a la mayoría de nosotros en la escuela y en el hogar. Ni los padres ni los maestros tienen la paciencia ni el tiempo ni la sabiduría para disipar los temores instintivos propios de la niñez, los cuales, según vamos creciendo, dominan nuestras actitudes y nuestros juicios y nos crean muchos problemas. La verdadera educación debe tener en consideración este problema del temor, porque el temor deforma nuestra visión total de la vida. No tener miedo es el principio de la sabiduría, y sólo la verdadera educación puede lograr la liberación del temor, en la cual existe únicamente la profunda inteligencia creadora.


El premio o el castigo por una acción, lo único que hace es fortalecer el egoísmo. Actuar por respeto o consideración a otra persona, en el nombre de Dios o de la patria, conduce al temor; y el temor no puede ser la base de la acción buena. Si quisiéramos ayudar al niño a ser considerado para con los demás, no deberíamos usar el amor como soborno, sino que debiéramos tomar el tiempo que fuese necesario y tener la paciencia de explicar las formas de la consideración. No existe el respeto a otra persona cuando por ello hay una recompensa; porque el soborno o el castigo resultan más significativos que el sentimiento de respeto. Si no le tenemos respeto al niño, y sólo le ofrecemos una recompensa o le amenazamos con un castigo, estimulamos la codicia y el temor. Puesto que nosotros mismos hemos sido educados a actuar con miras egoístas, no vemos cómo pueda haber acción libre del deseo de ganancia. La verdadera educación habrá de estimular el pensar en los demás, y la actitud de consideración hacia ellos sin atractivo ni amenaza de ninguna clase. Si no esperamos por más  tiempo resultados inmediatos, comenzaremos a ver la importancia de que el educador y el niño estén libres del temor al castigo, de la esperanza de la recompensa, así como de cualquiera otra forma de compulsión; pero la compulsión continuará mientras la autoridad forme parte de las relaciones humanas. Someterse a la autoridad tiene muchas ventajas si se piensa en términos de ganancias y motivos personales; pero una educación basada en la prosperidad y el beneficio personales sólo puede edificar una estructura social caracterizada por la competencia, el antagonismo y la crueldad. Esta es la clase de sociedad en que hemos sido educados, y son evidentes nuestra animosidad y confusión.


Se nos ha enseñado a doblegarnos ante la autoridad de un maestro, de un libro, de un partido, porque es provechoso hacerlo así. Los especialistas en todos los compartimentos de la vida, desde el sacerdote hasta el burócrata, ejercen su autoridad y nos dominan; pero ningún maestro ni ningún gobierno que usen la fuerza, podrán jamás crear el espíritu de cooperación en la vida de relación, que es esencial para el bienestar de la sociedad. Si hemos de tener verdaderas relaciones humanas los unos con los otros, no debe haber compulsión, ni siquiera persuasión. ¿Cómo puede haber afecto y cooperación genuinos entre los que están en el poder y los que están sometidos a ese poder? Mediante la consideración desapasionada de esta cuestión de la autoridad y sus muchas implicaciones, a través de la observación de que el mismo deseo de poder es en sí destructivo, surge enseguida una comprensión espontánea de todo el proceso de la autoridad. Desde el momento en que desechamos la autoridad, estamos en consorcio con los demás, y sólo entonces es que hay cooperación y afecto. El problema vital de la educación es el educador. Aún un pequeño grupo de alumnos se convierte en instrumento de importancia personal del educador, si éste utiliza la autoridad como medio para su propia liberación, si la enseñanza es para él una expansiva realización de sí mismo. Pero la mera aceptación intelectual o verbal de los efectos nocivos de la autoridad, es estúpida y vana.


 Debemos tener un profundo conocimiento de los ocultos móviles de la autoridad y del dominio. Si vemos que la inteligencia nunca puede despertarse por la fuerza, el darnos cuenta de ese hecho disipará nuestros temores, y entonces comenzaremos a cultivar un nuevo ambiente, que transcenderá en gran manera el actual orden social y será opuesto a él. 21 Para comprender el significado el significado de la vida con sus conflictos y dolores, tenemos que pensar con independencia de toda autoridad, inclusive la autoridad de la religión organizada; pero si en nuestro deseo de ayudar al niño, colocamos ante él ejemplos autoritarios, estaremos estimulando el temor la imitación y varias formas de superstición.Los que tienen inclinaciones religiosas tratan de imponer al niño las creencias, esperanzas y temores que ellos a su vez han adquirido de sus padres; y los que son antirreligiosos sienten igualmente el mismo deseo de ejercer su influencia sobre el niño, para que acepte el modo particular de pensar que ellos tienen. Todos nosotros queremos que nuestros hijos acepten nuestra forma de culto, o que sigan de corazón nuestra ideología preferida. Es tan fácil enredarse en imágenes y fórmulas, ya sean inventadas por nosotros mismos o por otras personas, que se hace necesario estar a la expectativa y en actitud alerta para evitarlo. Lo que llamamos religión es simplemente una creencia organizada, con sus dogmas, ritos, misterios y supersticiones. Cada religión tiene su propio libro sagrado, su mediador, sus sacerdotes y sus fórmulas para amenazar y retener a la gente. La mayor parte de nosotros hemos sido condicionados a todo esto, que se considera educación religiosa; pero este condicionamiento coloca al hombre frente al hombre, crea antagonismo, no sólo entre los creyentes, sino también contra los que tiene otras creencias. Aunque todas las religiones afirman que adoran a Dios y dicen que debemos amarnos los unos a los otros, inculcan el con sus doctrinas de premios y castigos, y con sus dogmas de competencia perpetúan la suspicacia y el antagonismo.


Los dogmas, los misterios y los ritos no conducen a la vida espiritual. La educación religiosa, en su verdadero sentido, ha de estimular al niño a comprender su propia relación con las personas, las cosas y la naturaleza. No hay existencia sin relación; y sin el conocimiento de sí mismo toda relación con uno o con muchos, trae conflictos y dolores. Por supuesto que explicar esto cabalmente a un niño es imposible; pero si el educador y los padres captan a plenitud el significado de la convivencia, entones por su actitud, su conducta y su lenguaje, seguramente podrán trasmitir al niño la significación de la vida espiritual, sin necesidad de usar muchas palabras ni muchas explicaciones. Lo que llamamos educación religiosa desalienta la interrogación y la duda, sin embargo, sólo cuando investigamos la significación de los valores que la sociedad y la religión han colocado ante nosotros, es cuando comenzamos a averiguar lo que es la verdad. Es función del educador examinar profundamente sus propios pensamientos y sentimientos, y desechar los valores que le han proporcionado seguridad y satisfacción, pues sólo entonces puede ayudar a sus alumnos a estar alertas ante sí mismos y a comprender sus propias urgencias y sus propios temores.


La mejor época para crecer en rectitud y claridad es la niñez; y aquellos de nosotros que somos mayores podemos, si tenemos comprensión, ayudar a los jóvenes a liberarse de los obstáculos que la sociedad les ha impuesto, así como también de los que ellos mismos están imponiéndose. Si lamente y el corazón del niños no están moldeados por previos conceptos y prejuicios religiosos, entonces tendrá libertad para descubrir mediante el conocimiento de sí propio, lo que está más allá y por encima de su yo. La verdadera religión no es un conjunto de creencias y ritos, esperanzas y temores; y si podemos permitir al niño que crezca sin estas influencias perjudiciales, entonces quizá, según vaya adquiriendo madurez, comenzará a inquirir con respecto a la naturaleza de la realidad, de Dios. Es por eso que para educar a un niño es necesario tener profundo conocimiento y comprensión. La mayor parte de los que tienen inclinaciones religiosas, que hablan de Dios y de la inmortalidad, fundamentalmente no creen en la libertad individual ni en la integración. Sin embargo, la verdadera religión es el cultivo de la libertad en la búsqueda de la verdad. No puede haber componenda con la libertad. La libertad parcial del individuo no es libertad. Cualquier condicionamiento, ya sea político o religioso, no es libertad, y por lo tanto no podrá jamás traer paz.


La religión no es una forma de condicionamiento. Es un estado de tranquilidad en el cual está la realidad, Dios; pero ese estado creativo puede llegar a ser sólo con el conocimiento propio y la libertad. La libertad trae la virtud, y sin virtud no puede haber tranquilidad. La mente tranquila no es una mente condicionada; no ha sido disciplinada o adiestrada para estar quieta. La quietud lega solamente cuando la mente comprende sus modos de proceder, que son los del “yo”, del ego. La religión organizada es el pensamiento congelado del hombre, del cual edifica templos e iglesias; se ha convertido en solaz para los temerosos, y en opio para los afligidos. Pero Dios o la verdad, están mucho más allá del pensamiento y de las demandas emocionales. Los padres de familia y los maestros que reconocen sus procesos psicológicos que infunden miedo y tristeza, deben poder ayudar a los jóvenes a observar y entender sus propios conflictos y aflicciones. Si nosotros, como mayores, podemos ayudar a los niños, según van creciendo, a pensar con claridad y desapasionamiento, a amar, no a albergar animosidades, ¿qué más hay que hacer?


 La verdadera educación religiosa es la que ayuda al niño a comprender inteligentemente, a discernir por sí mismo lo temporal y lo real, y a enfrentarse desinteresadamente a la vida. ¿No sería, por lo tanto, más significativo empezar cada día en el hogar y el la escuela con algún pensamiento serio, o con un ejercicio de lectura que tenga profundidad y significación, más bien que mascullando palabras o frases frecuentemente repetidas? Las generaciones pasadas, con sus ambiciones, tradiciones e ideales, han traído al mundo miseria y destrucción. Tal vez las generaciones venideras, con la verdadera clase de educación, puedan poner fin a este caos y establecer un orden social más feliz. Si los jóvenes tienen el espíritu de investigación y buscan constantemente la verdad de todas las cosas, ya sean políticas o religiosas, personales o ambientales, entonces la juventud tendrá una gran significación y hay esperanza de un mundo mejor. La mayor parte de los niños son curiosos, quieren saber; pero su ansiedad de inquirir queda embotada por nuestras aseveraciones pontificales, nuestra impaciencia suprema y nuestra actitud de indiferencia que aparca bruscamente a un lado su curiosidad. Nosotros no estimulamos a los niños para que pregunten, porque estamos recelosos de lo que puedan preguntarnos; y no alentamos su descontento, porque nosotros mismos ya hemos dejado de cuestionar.


La mayoría de los padres y los maestros te temen al descontento porque perturba todas las formas de seguridad; y por eso estimulan a los jóvenes a reprimirlo por medio de empleos permanentes, de herencias, alianzas matrimoniales y el consuelo de los dogmas religiosos. Las personas mayores, conociendo demasiado bien las muchas maneras de entorpecer la mente y el corazón, proceden a embotar al niño tanto como ellos lo están, imponiéndole las autoridades, las tradiciones y las creencias que ellas mismas han aceptado. Sólo estimulando al niño a que cuestione el libro, cualquiera que sea, a que investigue la validez de los valores sociales existentes, de las tradiciones, de las formas de gobierno, de las creencias religiosas, etc., pueden los educadores y los padres de familia tener la esperanza de despertar y mantener la comprensión crítica y la profunda intuición del niño.


Los jóvenes, si el que están realmente vivos, se sienten llenos de esperanzas e inquietudes; debe ser así, de lo contrario ya están viejos y muertos, y los viejos son los que una vez estuvieron descontentos, pero que han tenido éxito en apagar esa llama y han encontrado seguridad y consuelo de varias maneras. Anhelan tener permanencia para ellos y sus familiares, y ansían ardorosamente la certeza de sus ideas, la seguridad en sus relaciones y en sus pertenencias; de modo que tan pronto se sienten descontentos, se abstraen en sus responsabilidades, en sus ocupaciones, o en cualquier otra cosa, a fin de eludir ese sentimiento perturbador de descontento. Cuando somos jóvenes estamos en la época de sentir el descontento, no sólo con nosotros mismos, sino también con todo lo que nos rodea. Debemos aprender a pensar con claridad y sin perjuicios, para no sentirnos interiormente esclavizados y temeroso. La independencia no es para esa sección coloreada del mapa que llamamos nuestro país, sino para nosotros como individuos; y aunque exteriormente seamos dependientes unos de otros, esta mutua dependencia no se hace cruel ni opresiva, si internamente, estamos libres del anhelo de poderío, posición y autoridad. Debemos entender el descontento, del cual la mayoría de nosotros siente temor. El descontento puede traer lo que parece ser desorden; pero si conduce, como debiera, al conocimiento propio, a la propia abnegación, entonces creará un nuevo orden social y una paz duradera. Con la propia abnegación surge un gozo inconmensurable.


El descontento es el medio que conduce a la libertad; pero para inquirir sin prejuicios, no debe haber ninguna exacerbación emocional, que a menudo se presenta en forma de reuniones políticas, gritos de combate, búsqueda de un “gurú” o maestro espiritual u orgías religiosas de todas clases. Este exceso emocional embota la mente y el corazón, incapacitándolos para intuir y por lo tanto haciéndolos fácilmente moldeables por las circunstancias y el miedo. Es el deseo vehemente de investigar, y no la fácil imitación de la multitud, lo que ha de producir una nueva comprensión de las modalidades de vida. Los jóvenes se dejan persuadir muy fácilmente por el sacerdote o por el político, por el rico o por el pobre, a pensar de una manera determinada; pero la verdadera clase de educación debe ayudarles a vigilar estas influencias para no repetir como loros los estribillos partidistas, ni caer en astutas trampas de ambición, ya sea la propia o la ajena. No deben permitir los jóvenes que la autoridad les sofoque el corazón la mente. Seguir a otro, por grande que sea, o adherirse a una ideología lisonjera, no ha de contribuir a la paz mundial.


Cuando salimos de la escuela o de la universidad, muchos de nosotros echamos a un lado los libros y nos parece que ya hemos terminado con todo lo que sea aprendizaje; y hay otros que sienten el estímulo de continuar pensando con más amplitud, que se mantienen leyendo y captando lo que otras personas han dicho, y se convierten en adictos al conocimiento. Mientras exista el culto por el conocimiento o por la técnica como medio para llegar al triunfo y al poder, tiene que haber rivalidad despiadada, antagonismo y lucha incesante por el pan. Mientras el éxito sea nuestra meta, no podemos liberarnos del temor, porque, el deseo de triunfar, inevitablemente engendra el temor al fracaso. Por eso a los jóvenes no se les debe inculcar el culto al éxito. La mayor parte de la gente busca el triunfo en una u otra forma, ya sea en una cancha de tenis, en el mundo de los negocios, o en la política. Todos queremos estar en primer puesto, y ese deseo crea constante conflicto en nosotros mismos y con nuestros vecinos; nos lleva a la rivalidad, la envidia, la animosidad y finalmente a la guerra. De la misma manera que los mayores, la juventud busca éxito y seguridad; aunque al principio esté descontenta, pronto se torna respetable y no se atreve ir en contra de la sociedad. Los muros de sus propios deseos empiezan a encerrarlos, se alinean con los demás, y finalmente asumen las riendas de la autoridad. Su descontento, que es la propia llama de la investigación, de la búsqueda, de la comprensión, se apaga y muere; y en su lugar aparece el deseo de encontrar un puesto mejor, un matrimonio ventajoso o una carrera de porvenir, todo lo cual es la manifestación del ansia de mayor seguridad.


No hay diferencia esencial entre el viejo y el joven, pues ambos son esclavos de sus propios deseos y placeres. La madurez no es cuestión de edad; viene con la comprensión. El espíritu ardiente de investigación se encuentra tal vez más fácilmente en los jóvenes, porque los viejos han sido ya vapuleados por la vida, gastados por los conflictos, y sólo les espera la muerte en una u otra forma. Esto no significa que no sean capaces de hacer investigaciones, con un propósito, sino que estas cosas les ocasionan más dificultad. Muchos adultos son inmaduros, más bien infantiles, y ésta es una de las causas que contribuyen a la confusión y a la miseria del mundo. Son los viejos los responsables de la crisis moral y económica prevaleciente; y una de las más desgraciadas flaquezas, es que esperamos que alguien actúe por nosotros y cambie el rumbo de nuestras vidas. Esperamos que otros sean los que se rebelen y construyen de nuevo, mientras nosotros permanecemos inactivos hasta estar seguros de los resultados. La mayor parte de nosotros perseguimos la seguridad y el éxito; y una mente que busca la seguridad, que ansía el triunfo, no es inteligente y es por lo tanto incapaz de la acción integrada. Sólo puede haber acción integral si una comprende su propio condicionamiento, sus prejuicios raciales, nacionales, políticos y religiosos; es decir, si uno se da cuenta de que las modalidades del “yo” tienden siempre a la separatividad. La vida es un pozo de aguas profundas. Podemos llegar hasta él con baldes pequeños y sacar sólo poco agua, o podemos venir con grandes cubos y sacar mucho agua para alimentarnos y fortalecernos. Cuando se es joven se está en la época de investigar, de experimentar con todo. La escuela debe ayudar a los jóvenes a descubrir su vocación y sus responsabilidades, y no meramente atiborrar sus mentes con datos y conocimiento técnico; debe ser la tierra en la cual puedan crecer sin miedo, feliz e íntegramente. Educar a un niño es ayudarlo a comprender la libertad y la integración. Para tener libertad tiene que haber orden, que sólo la virtud puede dar; y la integración sólo se produce en medio de una gran sencillez. Partiendo de innumerables complejidades debemos llegar a la sencillez. Debemos ser sencillos en nuestra vida interna y en nuestras necesidades externas.


La educación de hoy se ocupa tan sólo de la eficiencia externa; desatiende totalmente o pervierte deliberadamente la naturaleza interna del hombre; desarrolla sólo una parte de él y abandona el resto para que se desenvuelva lentamente lo mejor que pueda. Nuestra confusión, nuestro antagonismo y nuestros temores internos, siempre dominan la estructura externa de la sociedad, no importa lo hábilmente construida que esté. Cuando no hay verdadera educación nos destruimos mutuamente, y es imposible la seguridad física de cada uno. Educar bien al alumno es ayudarlo a entender el proceso total de su ser; porque sólo cuando hay integración de la mente y el corazón en cada acción cotidiana, es que puede haber inteligencia y transformación interna. Al ofrecer información y entrenamiento técnico la educación, sobre todo, estimular una visión integral de la vida; debe ayudar al alumno a reconocer y a destruir en sí mismo, todas las distinciones y todos los perjuicios sociales y disuadirlo de la persecución codiciosa del poder y de la autoridad. Debe estimularle a la verdadera observación de sí mismo y a vivir la vida en su totalidad, lo cual no es dar significación sólo a una parte, al “mí”, y a “lo mío”, sino ayudar a la mente a ir por encima y más allá de sí mismo para descubrir lo real. Se llega a la libertad únicamente mediante el conocimiento de sí mismo en los menesteres cotidianos; es decir, en las relaciones con la gente, con las cosas, con las ideas y con la naturaleza. Si el educador ayuda al estudiante a integrarse, no puede acentuar de un modo fanático o irrazonable, ningún aspecto particular de la vida. Es la comprensión del proceso total de la existencia lo que produce la integración. Cuando hay autoconocimiento cesa el poder de crear ilusiones; y sólo entonces es posible que la realidad o Dios sea.