SAANEN. Primera sesión depreguntas y respuestas, Martes, 23 de julio

 Primera sesión de preguntas y respuestas 

Martes, 23 de julio 

Se me ha dicho que hay muchas personas que se sienten tristes por dejar definitivamente Saanen. ¡Si uno está triste, es por el tiempo que hemos desaprovechado! Y, como se ha anunciado, nos vamos. Ésta es la última sesión en Saanen. Se han formulado diversas preguntas. Ustedes no pueden esperar que las conteste todas, son demasiadas. Tomaría probablemente varios días contestarlas. Quien les habla no ha visto estas preguntas, prefiere llegar a ellas espontáneamente; pero han sido cuidadosamente seleccionadas. Antes de entrar en estas preguntas que ustedes han formulado, ¿puedo yo formularles algunas? ¿Puedo? ¿Están completamente seguros? ¿Por qué vienen aquí? Ésa es una buena pregunta. ¿Cuál es la raison d’être (la razón de ser) o la causa de que vengan? ¿Es por curiosidad? ¿Es por la reputación que el hombre, quien les habla, ha adquirido por los últimos setenta años? ¿Es por la belleza de este valle -por las maravillosas montañas, el ondeante río, las grandes sombras y la hermosa ladera de la colina? ¿Qué los ha traído aquí? ¿Es porque se interesan en la existencia de cada día, en el modo como la están viviendo, con los problemas que tienen, probablemente de todas clases: vejez, muerte, sexo -ustedes saben, toda la invasión de problemas a que está tan habituado nuestro cerebro- y esperan que alguien les diga cómo vivir, cómo examinar esos problemas, qué hacer? ¿Es ésa la razón de que se encuentren aquí? ¿O mientras estamos sentados aquí queremos ver lo que somos realmente, queremos examinarlo todo con mucho detenimiento y ver si podemos ir más allá de ello -es ésa la razón? Por lo tanto, como ustedes no pueden responder a todos esos interrogantes, yo les pregunto, quien les habla les pregunta: ¿Qué hay respecto a todo ello? Estas reuniones se han venido sucediendo en Saanen por veinticinco años. Una gran parte de nuestra vida. Y, si uno puede preguntarlo, ¿qué es lo que queda al final de todo ello, cuál es el contenido de nuestra vida? ¿Ha habido alguna ruptura del patrón? ¿O el patrón, el molde se está repitiendo una y otra y otra vez? Nuestros constantes hábitos concentrados parecen muy difíciles de romper -el hábito del pensamiento, el hábito de la propia existencia cotidiana. Cuando miramos todo esto después de veinticinco años, ¿vemos una ruptura de ese patrón en que vivimos? ¿O sólo seguimos adelante día tras día, añadiendo un poco más, quitando un poco más y lamentándonos, al final de nuestra existencia, por no haber vivido de una manera diferente? ¿Es éste el proceso que experimentamos? Les pregunto: ¿Qué hay con respecto a todo ello? ¿Qué hay con respecto a nuestra vida, a todas las cosas terribles que están sucediendo alrededor de nosotros, lejos de este bello país? ¿Dónde nos encontramos, como individuos, en todo este patrón de la existencia? ¿Cuál es el residuo que queda en el tamiz? ¿Qué es lo que permanece en nosotros? ¿Nos damos cuenta de lo que nos ocurre en nuestro pensamiento de todos los días, nos damos cuenta de cada emoción, de cada reacción, de cada respuesta, de cada hábito? ¿O es que meramente nos dejamos fluir, como un río? ¿A cuál de estas preguntas les gustaría que respondiera primero? [K las lee en voz alta] ¿Qué entiende usted por la creación? Diversos maestros, gurús, dicen que ellos imparten esencialmente la misma enseñanza que usted. ¿Qué dice usted? ¿Qué es la culpa? Uno está desesperado porque las acciones que causaron el sentimiento de culpa no pueden ser erradicadas. ¿Podemos empezar con lo de los diversos maestros? ¿De acuerdo? 

Diversos maestros, gurús, dicen que ellos imparten esencialmente la misma enseñanza que usted. ¿Qué dice usted? 

No sé por qué se comparan ellos con quien les habla. No sé por qué deberían siquiera considerar que lo que uno dice es lo que ellos también dicen. ¿Por qué afirman estas cosas? Sé que éste es un hecho, que en la India, en Europa y en los EE.UU., diversos gurús fraudulentos, diversos grupos afirman: «Nosotros también vamos hacia lo mismo, recorremos el mismo río que usted recorre». Esto me lo manifestaron, se lo manifestaron personalmente a quien les habla, y hemos discutido este asunto con los gurús, con estos -¿cómo los llaman ustedes?- líderes, locales o extranjeros. Hemos examinado esta cuestión. En primer lugar, ¿por qué comparan ellos lo que dicen con K? ¿Qué intención hay detrás de eso? ¿La de viajar en el mismo carro? ¿Es porque piensan que no son ‘muy muy’, pero que al compararse con K podrían llegar a ser ‘muy muy’? Al hablar, pues, de esto con algunos de ellos, lo investigamos. Ante todo, dudo de lo que ellos dicen, y dudo de las propias experiencias de quien les habla. Hay duda, hay descreimiento, no un decir: «Estamos en el mismo bote». ¿Podríamos, pues, abordar esta cuestión con duda, con cierto sentido de escepticismo por ambas partes? Están aquellos que afirman que estamos remando en el mismo bote y por el mismo río; o tal vez ellos van muy adelante y quien les habla va muy atrás, pero siempre en el mismo río. De modo que al hablar con ellos uno duda, cuestiona, apremia, impele más y más, a una profundidad cada vez mayor, y finalmente, quien les habla ha escuchado a muchos de ellos afirmar: «Lo que usted dice es perfecto, es la verdad, Usted encarna la verdad», y todas esas cosas. Así que saludan y se van diciendo: «Nosotros tenemos que tratar con gente común, y esto es sólo para la elite». Yo digo: «¡Doble tontería!» ¿Comprenden? ¿Por qué, entonces, comparan en absoluto -«mi gurú es mejor que su gurú»? ¿Por qué no pueden mirar las cosas y verlas como son? Cuestionando, dudando, preguntando, exigiendo, explorando, sin decir nunca, «nuestro punto de vista es mejor que el Suyo», o «este punto de vista es mejor que el otro», o «todos estamos haciendo lo mismo». El otro día escuché: «Usted dice lo mismo que yo estoy diciendo, ¿cuál es la diferencia?» Contesté: «Ninguna en absoluto». Usamos el mismo idioma, inglés o francés, un poco de italiano, pero el contenido, la profundidad que existe detrás de las palabras, puede ser por completo diferente. Nos satisfacemos tan fácilmente con las explicaciones, con las descripciones, con la sensación que nos produce todo el aplauso, toda la gloria, toda la ostentación. Nuestros cerebros no trabajan muy sencillamente. ¿Alguna vez han observado, han visto cómo trabaja el cerebro de ustedes? Ésa es una de las preguntas que me gustaría formularles. ¿Han observado el cerebro en acción, del mismo modo que podría observarlo un extraño? ¿Comprenden? ¿Alguna vez lo han hecho? ¿O el cerebro sigue y sigue con sus viejos hábitos, sus creencias, sus dogmas, sus rituales, sus asuntos, etc. -continuando sólo mecánicamente con todo ello? Si se me permite preguntarlo: ¿Es así el cerebro de ustedes? ¡Silencio...! ¿Han observado alguna vez cómo un pensamiento persigue a otro pensamiento, cómo una serie de asociaciones, una serie de recuerdos se aferran a la propia experiencia de uno? El otro día, en Norteamérica, una persona a la que conocíamos desde hace algún tiempo, nos dijo que vivía de acuerdo con su experiencia, con lo que su propia experiencia le había indicado. Su experiencia era verdadera, real, muy profunda, y para esa persona tal experiencia era sumamente importante. Y nosotros dijimos: «¿Por qué no duda usted de su experiencia? Podría no ser real, podría ser imaginaria, romántica o sentimental y todo eso. ¿Por qué no pone en duda eso mismo que usted afirma: “Mi experiencia me lo indica”?» No hemos vuelto a ver a esa persona. ¿Comprenden esto? ¿No es necesario, entonces, darse cuenta de todas estas cosas: por qué comparan ellos, por qué dicen que estamos todos en el mismo bote? Quizá lo estamos, es probable que todos nosotros estemos en el mismo bote. ¿Pero por qué dan ellos por sentado que lo estamos? ¿Acaso no podemos negarnos a aceptar a todo gurú, a todo líder -especialmente a quien les habla? Psicológicamente, no aceptar nunca nada, excepto lo que hemos observado en nosotros mismos, en nuestras relaciones, en nuestro modo de hablar -el tono de la voz, las palabras que usamos, etcétera. ¿Puede uno estar alerta a eso durante el día, o durante una parte del día? Tal vez entonces no necesitaran ustedes de ningún gurú, de ningún líder, de ningún libro, incluyendo los de quien les habla. Entonces, cuando uno está realmente atento, tiene lugar algo por completo diferente. ¿Podemos pasar a la siguiente pregunta? ¡Dios mío! La culpa... No tengo que leer la pregunta; está todo bastante confuso aquí.

 ¿Por qué nos sentimos culpables?

 Muchas personas se sienten así. Eso les tortura la vida. Y entonces se vuelve un problema enorme; y ése es el trasfondo de culpa para mucha, mucha gente. Culpa por no creer en algo, culpa de no estar con el resto del grupo. Ustedes conocen el sentimiento de culpa, no la palabra sino el sentimiento que hay detrás de la palabra -el de haber hecho algo malo, lo cual nos llena de remordimiento, de ansiedad y, por tanto, de temor, de incertidumbre. Esta culpa es un factor muy deformante en nuestra vida. Es obvio. ¿Por qué, entonces, tenemos ese sentimiento? ¿Es por haber hecho algo incorrecto, algo poco práctico que va contra lo que ha establecido el medio en que vivimos? Está la culpa que experimentan un hombre o una mujer por sentir que no han apoyado la guerra de su propio país. Ustedes ya conocen las diversas formas de culpa y las causas de la misma. Nos preguntamos: ¿Por qué existe este sentimiento? ¿Es porque no somos responsables, porque no nos exigimos excelencia para nosotros mismos? Esperen un momento; quien les habla está preguntando: ¿Es porque somos perezosos, indolentes, inatentos y, por lo tanto, un poco irresponsables? ¿Y al enfrentarnos a esa irresponsabilidad nos sentimos culpables? Supongamos que he seguido a alguien, a mi gurú, el cual se ha entregado a toda clase de cosas, el sexo, etc., y yo he hecho lo mismo que él; entonces él cambia su mente, envejece y dice: «No más», y sus discípulos dicen: «No más», y uno siente que no debería haber hecho esas cosas, que eso ha estado mal. ¿Entienden? Toda la secuela de la culpa. ¿Cómo lo abordamos? Eso es lo más importante. Averigüemos, pues, qué hacer al respecto, ¿de acuerdo? No investigaremos las causas de la culpa, ésas las conocemos. He hecho algo inapropiado, algo incorrecto, algo que no es verdadero, y más tarde me doy cuenta de que esa reacción ha sido desafortunada, que me ha ocasionado perjuicio a mí mismo y desdicha a otros, por lo cual me siento culpable. ¿Qué hacer, pues, cuando tenemos ese sentimiento de culpa? ¿Cómo lo tratarían ustedes, cómo lo abordarían? ¿De qué modo van a aproximarse al problema? ¿Es que desean verlo resuelto, desean que desaparezca para que el cerebro deje de estar atrapado en el problema? ¿Cómo lo abordan -con el deseo de solucionarlo, de librarse de él? La manera en que abordan un problema es muy importante, ¿verdad? Si lo abordan con una dirección, el problema debe ser resuelto de este modo o de aquel modo. O si tienen un motivo, entonces ese motivo dirige las cosas. Entonces, ¿abordan ustedes un problema como la culpa sin tener para ello un motivo? ¿Comprenden mi pregunta? ¿O siempre tenemos un motivo cuando abordamos un problema? Me pregunto si nos enfrentamos a esto juntos. ¿Es posible abordar un problema sin el trasfondo de conocimiento que es el motivo, y mirarlo como si fuera por la primera vez? ¿Podemos hacer eso? Hay, pues, dos cosas involucradas: cómo aborda uno un problema, y qué es un problema. Ustedes tienen problemas, ¿no es así?, muchos, muchos problemas. ¿Por qué? No estamos condenando el problema ni decimos que debe resolverse de este modo o del otro modo; es un reto, algo a lo que tenemos que responder, ya sea un problema de negocios, un problema familiar, un problema sexual, un problema espiritual -lo siento, ‘espiritual’ debería ir entre comillas- o el problema de cuál es el líder que hemos de seguir. ¿Por qué tenemos problemas? Examinemos primero la palabra problema. Según el diccionario, un problema significa algo que a uno le arrojan, algo que es impulsado contra uno, un reto, una cosa a la que uno tiene que responder. Algo que a uno le arrojan -y a eso lo llamamos problema. ¿Por qué tiene problemas nuestro cerebro? ¿Podemos investigarlo un poquito? Por favor, no acepten nada de lo que dice quien les habla, nada. Examinémoslo todo juntos. Cuando uno manda al hijo a la escuela, él tiene que aprender a leer y escribir. Jamás antes ha leído ni escrito, de modo que el escribir y el leer se vuelven para él un problema. Y, a medida que crece, su cerebro se va adiestrando para los problemas. Es obvio. Todo el proceso de aprendizaje es un problema, y así el cerebro se condiciona con los problemas. Éste es un hecho. Mi esposa se vuelve un problema, se vuelve un problema cómo vivir, qué hacer, etc., etc., etc. Nuestro cerebro, el cerebro de cada uno de ustedes, está condicionado, ha sido educado para vivir con problemas. Este es un hecho, no una invención de quien les habla. Es así. De modo que toda nuestra vida se convierte en un problema. ¿Podemos mirar esto como un hecho?, no como una idea o una teoría, sino como un hecho, y entonces ver qué podemos hacer -si el cerebro puede estar libre para resolver los problemas y no abordarlos con una mente que ya está abarrotada de problemas? ¿Comprenden mi pregunta? ¿No? He estado en la escuela, donde no me interesa nada de lo que el maestro está diciendo. Miro hacia afuera por la ventana, deleitándome en ello; él me golpea en la cabeza. Vuelvo en mí y él me dice: «Escribe». Yo digo: «Dios mío, tengo que aprender», y ello se vuelve un problema para mi. Toda mi educación -no estoy contra la educación sino que estoy señalando algo- toda mi educación llega a ser un problema tremendo. Así que el cerebro se condiciona desde la infancia para vivir con problemas -¿correcto? Ahora nos preguntamos: ¿Puede uno estar libre de problemas y entonces atacar los problemas? -porque no es posible resolverlos a menos que el cerebro esté libre. Si no está libre, en la solución de un problema se crean otros problemas. De modo que quien les habla pregunta: ¿Podemos primeramente estar libres de problemas -librar de su condicionamiento al cerebro que ha sido educado para vivir con problemas? ¿Está claro? ¡Al fin! Entonces prosigamos. ¿Es posible estar libres y entonces abordar los problemas? ¿Cómo responden ustedes a esta pregunta? ¿Dicen que es posible o dicen que es imposible? Cuando dicen que es posible o que es imposible, ya se han bloqueado a sí mismos; han cerrado ya la puerta impidiendo el examen, la investigación del problema. Aquí está, pues, nuevamente la pregunta: ¿Es posible liberar al cerebro del condicionamiento que implica su educación? Quien les habla va a examinar esto no para convencerlos de nada, sino simplemente para mostrarles algo. Ustedes no tienen que hacer nada. Sólo escuchar lo que él dice; no aceptar ni rechazar, sólo mirar, escuchar. El cerebro está condicionado para toda esta cultura de los problemas. Ésa es una expresión exacta: cultura de los problemas. Y el cerebro condicionado, ¿es diferente del observador? El cerebro, mi cerebro, ¿es diferente de quien está analizando las cosas, separándolas, mirándolas, examinándolas, aceptándolas, no aceptándolas -ese observador, esa persona que dice, «Estoy mirando eso», es en modo alguno diferente del cerebro? Ésta es una pregunta muy sencilla, no la compliquen. La ira, la codicia, la envidia, ¿son diferentes de mí mismo? ¿O yo soy la ira? La ira soy yo. La codicia soy yo. La cualidad soy yo mismo. No hay diferencia. Pero la cultura, la educación, han hecho que las separemos. Está la envidia. Si digo que soy diferente de la envidia que debo controlarla, o que debo ceder a ella, hay conflicto. No sé si están siguiendo todo esto. ¿Soy yo la envidia? ¿Soy yo la violencia? La violencia no es algo diferente de mí, del yo; el yo es violento. ¿Ustedes ven esto? Una vez que nos damos cuenta de este hecho -que no hay diferencia entre la cualidad y yo- entonces tiene lugar un movimiento por completo diferente. No hay conflicto. ¿Comprenden? No hay conflicto. Mientras exista la separación, habrá conflicto en mí. Ahora me doy cuenta de esto, de que yo soy la cualidad. Yo soy la violencia. Yo, el yo, es codicioso, envidioso, celoso, etcétera; me doy cuenta de esto y, por lo tanto, he abolido por completo esta división en mí. Yo soy eso. Yo soy esa cualidad. ¿Puede, entonces, mi cerebro quedarse con ese hecho permanecer con ese hecho? ¿Puede mi cerebro, que es tan activo, tan vital, que está observando, pensando, escuchando, esforzándose, tratando de lograr esto o aquello -puede ese cerebro permanecer con el hecho de que yo soy eso? Permanecer con ello, no escapar, no tratar de controlarlo -porque en el momento en que uno controla, existen un controlador y lo controlado; por lo tanto, ello se vuelve un esfuerzo. Por favor, estoy exponiéndolo muy sencillamente. Si ustedes captan realmente esta verdad, este hecho, eliminan por completo el esfuerzo. El esfuerzo implica contradicción. Implica que yo soy diferente de eso. ¿Pueden ustedes ver el hecho real, no la idea sino la realidad de que uno es su cualidad -su ira, su envidia, sus celos, su odio, su incertidumbre, su confusión? ¿Pueden ver que uno es eso? No reconocerlo verbalmente -porque entonces no estamos juntos en esto- sino ver realmente este hecho y permanecer con él. ¿Pueden hacerlo? Cuando uno permanece con el hecho, ¿qué implica eso? Atención, ¿verdad? Ningún movimiento fuera del hecho. Sólo permanecer con él. Si uno tiene un dolor agudo no puede permanecer con él, pero si permanece con ese dolor psicológicamente, si internamente dice: «Sí, así es» -lo cual significa que no hay movimiento alguno fuera del hecho- entonces la esencia es no conflicto, entonces uno ha roto el patrón del cerebro. El patrón del cerebro dice: «Yo debo hacer algo. ¿Qué es lo correcto que hay que hacer? ¿Quién me lo dirá? Tengo que visitar a un psiquiatra» -ustedes ya conocen todo lo que ocurre entonces. Pero una vez que he visto el hecho, es como tener una joya maravillosamente tallada; uno la mira, la ve toda por dentro, por fuera, cómo está hecha, el platino, el oro, los diamantes. Uno la mira porque uno es la joya, uno es el centro de esta muy intrincada, sutil joya que es uno mismo. En el momento en que uno ve el hecho, toda la cosa es diferente. Así que la culpa... Lo siento, me he alejado de eso. Teníamos que hacerlo. La culpa. No es un problema, ahora lo comprenden. Es un hecho. No es algo que deba resolverse, algo que deba superarse. Uno ha hecho algo y se siente culpable por ello; éste es un hecho y uno permanece con él. Cuando uno permanece con el hecho, éste comienza -escuchen, por favor- comienza a florecer y se marchita. ¿Comprende, señor? Como una flor; si usted tira y tira de ella para ver si las raíces trabajan adecuadamente, la flor jamás florecerá. Pero una vez que usted ve el hecho, que es la semilla, y permanece con él, el hecho se revela plenamente a sí mismo. Todas las implicaciones de la culpa, todas las implicaciones de su sutileza, dónde se oculta, son como una flor que se abre. Y si uno la deja abrirse, florecer, si no actúa, si no dice: «Tengo que hacer estos o, «no tengo que hacerlo», entonces la flor empieza a marchitarse y muere. Por favor, entiendan esto. Pueden hacerlo con todas las cosas que deban afrontar. Pueden hacerlo con respecto a Dios, con respecto a todo. Eso es discernimiento, no un mero recordar o añadir. ¿Está claro? Si uno lo descubre ve que es así entonces, psicológicamente ése es un factor inmenso que lo libera a uno de todo el pasado y de las luchas y esfuerzos presentes. Ahora vayamos a la primera pregunta: ¿Qué entiende usted por la creación? ¿Examinaremos eso? Es una pregunta más bien compleja. ¿Qué entiende usted por la creación? ¿Qué entiende por la creación quien les habla...? Me gustaría formularles esa pregunta a ustedes. Muchísima gente habla de la creación -los astrofísicos y los filósofos teóricos. «Dios creó... etc.» Es una pregunta muy seria que se han formulado los antiguos hindúes y los hebreos, no solamente los científicos modernos. Ha sido éste un problema tremendo que ellos querían comprender ¿Podemos investigarlo? ¿Qué es la creación? Cuando uno formula esa pregunta, también debe preguntar qué es la invención. ¿Es creación la invención? Inventar algo nuevo, ¿es creación? Con cuidado, por favor, no asientan ni disientan, sólo considérenlo. La invención se basa en el conocimiento, ¿verdad? Se basa en los experimentos anteriores de alguna otra persona, todos aquellos experimentos son conocimiento en la actualidad, y a eso uno le añade más. Es así. El hombre que inventó el avión a propulsión, previamente lo conocía todo acerca de la hélice y el motor de combustión interna; entonces tuvo una idea a partir de ese conocimiento. Puedo estar planteándolo incorrectamente o exageradamente, pero es así: de una gran cantidad de conocimientos se deriva una nueva inspiración, y esa inspiración es una invención. De modo que todo el tiempo estamos añadiendo. Y, ¿es creación eso -algo que se basa en el conocimiento y en las consecuencias del conocimiento? ¿O la creación no tiene nada que ver con el conocimiento? ¿Es la creación una serie de invenciones en el universo? Obviamente cuando los científicos estudian a Marte, Mercurio, Venus Saturno y más allá, saben de qué está compuesto Venus -diversos gases, etc., etcétera, etcétera- pero lo que ellos han traducido como gases, no es Venus. ¿Comprenden? ¡Vamos, señores! La palabra Venus no es Venus. Los gases que componen Venus no son la belleza que uno contempla temprano en la mañana o más tarde en el anochecer. Preguntamos, pues: ¿Es la invención por completo diferente de la creación? Lo cual significa que la creación no tiene nada que ver con el conocimiento. Ustedes van a encontrar esto más bien difícil. Si no tienen inconveniente, si no están demasiado cansados, si todavía tienen la energía para investigar, examinaremos esto. No acepten lo que uno dice, eso sería terrible, los destruiría. No digan meramente: sí, sí, sí. Eso les destruiría el cerebro, tal como ha sido destruido por otros. Quien les habla no tiene la intención de destruir el cerebro de ustedes, o añadir más destrucción al ya estropeado cerebro. Por eso les dice que sean escépticos, que cuestionen, que no acepten ni rechacen; sólo descubran. Nosotros sabemos qué es la invención -al menos para quien les habla eso está muy claro. Lo cual no significa que esté claro para ustedes. Nos preguntamos: ¿Qué es la creación? ¿Está la creación relacionada con el empeño humano? ¿Se relaciona con todas las experiencias? ¿Con la duración del tiempo? Tengan la bondad de examinar todo esto. Lo cual significa: ¿Se relaciona la creación con la guerra, con el matar, con los negocios, con todos los recuerdos que el hombre ha acumulado, adquirido, reunido? Si es así, entonces sigue siendo parte del conocimiento. Por lo tanto, no puede ser creación. ¿Correcto? Entonces, ¿qué es la creación? ¿Se relaciona -por favor, escuchen, sólo escuchen, no hagan nada al respecto- se relaciona con el amor? Es decir: el amor no es odio, no es ansiedad, celos, incertidumbre; no es el amor por nuestra esposa -que es el amor a la imagen que nos hemos formado de ella- o el amor por el esposo o por la novia, ni la imagen que hemos construido de nuestro gurú por el que sentimos una gran devoción, ni la imagen de un templo, de una mezquita o de una iglesia. De modo que nos preguntamos: ¿Es necesario el amor para la creación? ¿O el amor, que también es compasión, es creación? Y la creación, el amor, ¿se relaciona con la muerte? ¿Comprenden todas estas preguntas? Perdón por preguntar si comprenden -retiro eso. Sólo escuchen. ¿Está, pues, el amor libre del significado específico que todos los seres humanos han dado a esa palabra? Libre de todo eso. ¿Se relaciona el amor con la muerte? ¿Y es compasión y muerte el amor? ¿Es creación todo eso? ¿Puede haber creación sin muerte? Vale decir, ¿sin una terminación? Terminar con todo conocimiento -Vedanta. Ustedes han oído esa palabra, estoy seguro. La palabra Vedanta significa que todo conocimiento ha llegado a su fin -lo cual es la muerte, lo cual implica no tiempo, intemporalidad, amor. ¿Comprenden? Lo siento, no repetiré eso. ¡Estúpido de mí si lo repitiera! Amor, muerte. Amor implica compasión. Amor, compasión implica suprema inteligencia, no la inteligencia de los libros, de los eruditos y de la experiencia. Esa inteligencia es necesaria en cierto nivel; pero cuando hay amor, compasión, lo que existe es la quintaesencia de toda inteligencia. No puede haber compasión y amor sin muerte, la cual implica el final de todas las cosas. Entonces hay creación. O sea, que el universo -no según los astrofísicos y los científicos- es orden supremo. Por supuesto. La salida y puesta del sol. Orden supremo. Y ese orden sólo puede existir cuando hay suprema inteligencia. Y esa inteligencia no puede existir sin la compasión, el amor y la muerte. Esto no es un proceso de meditación sino una investigación honda profunda. Una investigación llena de un gran silencio, no ‘yo estoy investigando’. Un gran silencio, un gran espacio. Aquello que es esencialmente amor y compasión y muerte es esa inteligencia, la cual es creación. La creación existe cuando están presentes la muerte y el amor. Todo lo demás es invención.

ÚLTIMAS PLÁTICAS EN SAANEN - Domingo, 21 de julio

Quinta plática

Domingo, 21 de julio 

Ésta será la última plática en Saanen. ¿Podemos proseguir con lo que estuvimos hablando la última vez que nos reunimos aquí? Dijimos, entre otras cosas, que ésta no es una conferencia; una conferencia se propone informar, instruir sobre un tema en particular. Tampoco es un entretenimiento. El entretenimiento implica divertirse, ir a un cine o asistir a un ritual en una iglesia, un templo o una mezquita. Ni es ésta una mera cuestión de búsqueda intelectual, teórica -¿qué palabra usaremos?- psicológica. Es más bien una búsqueda filosófica, porque filosofía significa amor por la verdad, no hablar acerca de lo que ya se ha dicho; y nosotros no estamos discutiendo ni nos interesa lo que otros hayan dicho. Estamos juntos ustedes y quien les habla, como dos seres humanos -no este gran auditorio, sino que ustedes como una sola persona, y quien les está hablando, conversan uno con el otro acerca de su vida, de sus problemas, de todo el afán del diario vivir. Hablan de su confusión, de sus temores, de sus aspiraciones, de sus deseos de lograr el éxito, ya sea en el mundo de los negocios o en el llamado mundo religioso, espiritual -el éxito en alcanzar el nirvana, el cielo o la iluminación, es igual al éxito en el mundo de los negocios. Espero que nos estemos entendiendo el uno al otro. Un hombre que tiene éxito en la vida, que gana montones de dinero, crece, se expande, cambia y continúa en la línea del éxito. No hay mucha diferencia entre esa persona y el hombre que anda en busca de la verdad. Ambos están buscando el éxito. A uno lo llamamos mundano, al otro no mundano, sino espiritual, religioso. No estamos tratando acerca de ninguno de ellos. Nos interesa cada uno de nosotros como ser humano. Ustedes y quien les habla sostienen juntos una conversación. Y él quiere decir juntos, aunque ustedes estén sentados ahí y él, desafortunadamente, esté sentado aquí arriba. Hemos estado hablando acerca de la relación -entre el hombre y la mujer, entre el muchacho y la muchacha, etc. También hemos hablado del temor, si es de algún modo posible, viviendo en este mundo moderno, estar psicológicamente libres por completo del temor. Eso lo investigamos muy, muy detenidamente. Y también hemos hablado acerca del tiempo, el tiempo a base del cual vivimos, el ciclo del tiempo, o sea, el pasado que se procesa en el presente y continúa en el futuro, el pasado que es todo nuestro trasfondo racial, comunal, religioso, todas nuestras experiencias y recuerdos. Éste es el trasfondo de todos nosotros, ya sea que hayamos nacido en el Lejano Oriente, en Europa o en América. Ese trasfondo experimenta cambios, se procesa en el presente y continúa en el futuro. Los seres humanos, ustedes y otros, están atrapados en este ciclo. Ello ha estado ocurriendo por millones y millones de años. De modo que el pasado, atravesando el presente y modificándose, es el futuro. Y ésa ha sido nuestra evolución. Aunque biológicamente hayamos cambiado de un millón de años a esta parte, psicológicamente, internamente, subjetivamente somos más o menos lo que fuimos hace un millón de años: bárbaros, crueles, violentos, competidores, egocéntricos. Ése es un hecho. Así que el futuro es el presente. ¿Está claro esto para ustedes y quien les habla? El pasado, al modificarse, se convierte en el futuro; de manera que el futuro es ahora a menos que haya un cambio psicológico fundamental. Y eso es lo que nos interesa: averiguar si es posible para nosotros, seres humanos, producir una mutación psicológica, una revolución psicológica total en nosotros mismos -sabiendo que si estamos lastimados, psicológicamente heridos ahora, como lo está la mayoría de la gente, la herida futura es ahora. ¿Está claro eso? ¿Es posible, entonces, para los seres humanos, para ustedes, producir una mutación completa? Esa mutación cambia las células cerebrales mismas. Es decir, que uno ha estado yendo hacia el norte durante toda su vida, y viene alguien y dice: «Ir hacia el norte no tiene en absoluto ninguna importancia, no tiene valor, allá no hay nada. Dirígete al este, al oeste o al sur». Y debido a que uno escucha, porque se interesa, porque es reflexivo, uno va hacia el este. En ese mismo instante, cuando uno se vuelve y va hacia el este, hay una mutación en las células cerebrales, porque ir hacia el norte se ha convertido en el patrón, en la costumbre, y cuando uno se dirige al este rompe el patrón -¿de acuerdo? Es tan sencillo como eso. Pero requiere que uno escuche, no meramente las palabras, no meramente con el escuchar de los oídos, sino que escuche sin ninguna interpretación ni comparación, sin introducir en ello todas sus tradiciones, todo su trasfondo. Entonces, ese escuchar mismo termina con nuestro condicionamiento. Y también hemos hablado del ver -ver muy, muy claramente lo que ocurre en el mundo actual: las guerras y las cosas más terribles que están sucediendo en todas partes. Un millón o dos millones de años atrás, el hombre mataba con una maza, después inventó la flecha. Pensaba que eso acabaría con todas las guerras. Ahora pueden ustedes vaporizar a millones y millones de personas con una sola bomba. En lo externo, en lo tecnológico hemos progresado tremendamente. Es probable que la computadora se haga cargo de todo nuestro pensar. En un segundo lo hará mejor de lo que nosotros podemos hacerlo. No sé si ustedes han investigado esta cuestión, pero deberían hacerlo. ¿Qué va a sucederle al cerebro humano cuando la computadora pueda hacer casi todo lo que ustedes pueden hacer -excepto, desde luego, el sexo? Tampoco puede contemplar las estrellas y decir: «¡Qué noche maravillosa!»; no puede apreciar qué es la belleza. ¿Qué le va a suceder, entonces, al cerebro humano? ¿Se marchitará cuando la computadora láser pueda encargarse de todo nuestro pensar? Nos evitará una cantidad enorme de tareas. Entonces, o nos volveremos a los entretenimientos, o lo haremos en una dirección por completo distinta, porque en lo interno, en lo psicológico, podemos avanzar infinitamente. El cerebro, el cerebro de cada uno de nosotros, tiene una capacidad extraordinaria. Vean lo que ha hecho la tecnología. Pero psicológicamente, subjetivamente seguimos siendo lo que somos, año tras año, siglo tras siglo. Seguimos en el conflicto, en la lucha, sufriendo pena, ansiedad y todo lo demás. Es de eso que hemos hablado en las cuatro pláticas anteriores. Y también hablamos sobre el pensamiento, preguntándonos cuál es la naturaleza del pensar, qué es el pensar. Investigamos eso muy cuidadosamente. Todo pensamiento es memoria, la cual se basa en el conocimiento; y el conocimiento es siempre limitado, ya sea ahora, en el pasado o en el futuro. El conocimiento es perpetuamente, eternamente limitado porque se basa en la experiencia, que también es siempre limitada. Esta mañana debemos considerar juntos, ustedes y quien les habla, no el auditorio en general (no existe el auditorio en general, sólo existen ustedes, cada uno de ustedes, y quien les habla), debemos considerar juntos el amor, la muerte, qué es la religión, qué es la meditación, y si existe algo más allá de todo el empeño humano -¿o es el hombre la única medida? ¿Hay algo más allá de la estructura del pensamiento, algo que sea intemporal? De eso tenemos que ocuparnos, ustedes y quien les habla, durante esta mañana. ¿De acuerdo? Vivimos a base de sensaciones. Ya hablamos de eso. Toda nuestra estructura se basa en la sensación -sensación sexual, imaginativa, romántica, fantasiosa, etcétera. Y también, como dijimos, está el interés propio como la mayor corrupción. La sensación, o sea, la estimulación de los sentidos, ¿es amor? Esto lo estamos investigando juntos ustedes y quien les habla. Es un largo sendero que recorremos juntos -no que uno va adelante y los demás lo siguen, sino que marchamos juntos, al mismo paso, quizá tomados de la mano, amigablemente, ninguno dominando al otro, ninguno tratando de impresionar al otro. De ese modo, ustedes y quien les habla caminan tranquilamente, explorando, investigando, vigilando, escuchando, observando. Nos preguntamos, pues, el uno al otro: ¿Qué es el amor? Hemos estropeado esa palabra, la hemos despreciado, degradado; por lo tanto, debemos estar muy alertas en cuanto al abuso de esa palabra. ¿Qué es el amor? ¿Es mera sensación? Yo le amo y dependo de usted, usted depende de mí; tal vez yo le traicionaré y usted me traicionará; yo lo utilizo y usted me utiliza. Si quien les habla dice: «Yo les amo», porque ustedes constituyen un gran auditorio y alimentan su vanidad y hacen que se sienta feliz, satisfecho, gratificado -¿es eso amor? El amor, ¿es gratificación, realización, apego? ¿El amor es producto del pensamiento? Ustedes y quien les habla están investigando juntos, de modo que no se duerman en esta mañana tan hermosa. ¿Es sensación el amor? ¿Es gratificación, realización? ¿Es dependencia? ¿Es deseo el amor? Por favor, no concuerden ni discrepen con lo que se dice. Hemos investigado eso -cómo abordamos siempre las cosas, ya sea concordando o discrepando con ellas. ¿Podemos desterrar por completo de nuestro vocabulario, de nuestro cerebro, el ‘estoy de acuerdo’ o el ‘no estoy de acuerdo’, y simplemente enfrentarnos a los hechos tal como son, no sólo en el mundo sino también dentro de nosotros mismos? Eso exige una gran honestidad, una urgencia de honestidad. ¿Podemos hacer eso esta mañana -afrontar las cosas como son? Entonces podemos comenzar a inquirir, a investigar qué es el amor. El amor, ¿es deseo? Anteriormente, en estas pláticas investigamos muy profundamente toda la estructura del deseo. No tenemos tiempo para investigar eso otra vez. Muy brevemente, el deseo es el resultado de la sensación, y el pensamiento da una forma, una imagen a esa sensación; y en ese segundo, cuando el pensamiento moldea la sensación, ha nacido el deseo. Nos preguntamos, pues: ¿Es deseo el amor? ¿Es pensamiento el amor? Por favor, investíguenlo. Es de la vida de ustedes que nos ocupamos -de nuestras vidas, de nuestras vidas cotidianas, no de alguna vida espiritual, no de seguir a algún gurú con sus insensateces, o de vestir túnicas especiales (ya sean las túnicas de la edad media o las de las iglesias o las que se ponen los gurús de moda). El amor, ¿es meramente la estructura del pensamiento? En nuestras relaciones mutuas -hombre, mujer, muchacho, muchacha, etc.- cuando uno dice: «Yo te amo», ¿es eso dependencia? Uno se está realizando en el otro y, por consiguiente, en esa relación interviene el pensamiento, y entonces el pensamiento crea la imagen; y a esa imagen la llamamos amor. De modo que nos preguntamos: El amor -es desafortunado tener que usar esa palabra- el amor, ¿es producto del pensamiento? ¿Puede haber amor cuando hay ambición, cuando estamos compitiendo unos con otros? ¿Hay amor cuando hay interés propio? Tengan la bondad de no escuchar meramente a quien les habla. Escúchense a sí mismos. Descubran por sí mismos. Cuando descubren algo a través de lo que realmente es, pueden ir muy lejos, pero si meramente dependen de otro, de sus palabras, de sus libros, de su reputación, ello no tiene ningún sentido. Desechen todo eso y mírense a sí mismos. Uno ha de tener pasión. Como dijimos el otro día, la pasión sólo puede existir cuando termina el sufrimiento. La pasión sin fanatismo, porque si uno es fanático, la pasión se convierte en terrorismo. Todos los movimientos fanáticos del mundo contienen una pasión tremenda. El fanatismo engendra pasión. Esa pasión no es la pasión que nace con la terminación del dolor. Ya hemos investigado eso. Nos preguntamos, pues: ¿Es amor todo esto? ¿Son amor los celos -que implican odio, ira, deseo, placer, etc.? ¿Nos atrevemos a afrontar todo esto? ¿Somos, ustedes y quien les habla, lo bastante honestos como para descubrir por nosotros mismos el perfume de esa palabra? Por eso debemos considerar qué lugar ocupa la muerte en nuestra vida. No es morboso hablar de la muerte. Ella forma parte de nuestra vida. Desde la infancia y tal vez hasta que realmente morimos, está siempre este terrible miedo a morir. ¿Acaso no temen ustedes a la muerte? La hemos puesto lo más lejos posible. Investiguemos, pues, qué es esta cosa extraordinaria que llamamos muerte. Tiene que ser extraordinaria. Investiguemos, sin ninguna clase de creencia romántica o consoladora en la reencarnación o en la vida después de la muerte. La reencarnación es una idea maravillosamente consoladora. Si uno cree en ella sinceramente profundamente, entonces importa lo que uno hace ahora, lo que uno es ahora, lo que es su conducta, su vida cotidiana ahora. Pero lo que millones creen es que si existe una continuidad, entonces en la próxima vida uno tendrá un castillo mejor, un refrigerador mejor, un automóvil mejor, una esposa o un esposo mejores. ¿Podríamos, pues, descartar esa consoladora idea? ¿Qué es, entonces, la muerte? Primero debemos investigar qué es el vivir -qué entendemos por vivir. ¿Qué es para nosotros una vida buena? ¿Es una vida buena tener muchísimo dinero, automóviles, cambiar de esposas o amigas, o ir de un gurú a otro y estar presos en sus campos de concentración? No se rían, por favor, esto es lo que realmente sucede. ¿Es una vida buena tener diversiones, placeres tremendos, mucha excitación, una serie de sensaciones, ir a la oficina de la mañana a la noche durante cuarenta años? ¡Por Dios, enfréntense con todo esto! Trabajar, trabajar y después morir. ¿Es eso lo que llamamos vivir -conflicto constante, problemas constantes uno tras otro? En esta vida a la que nos aferramos, hemos adquirido cantidades enormes de información y conocimiento prácticamente acerca de todas las cosas, y nos apegamos a ese conocimiento. Estamos profundamente apegados a esos recuerdos que poseemos. A todo esto lo llamamos vivir -pena, ansiedad, incertidumbre e interminable dolor y conflicto. Y llega la muerte por accidente, vejez, senilidad. Ésa es una buena palabra. ¿Qué es la senilidad? ¿Por qué la atribuimos a la vejez? ¿Por qué decimos: «es un viejo senil»? Puede que yo lo sea. ¿Son ustedes seniles? La senilidad es falta de memoria, repetición, volverse a los viejos recuerdos, estar vivo a medias -¿correcto? Eso es lo que generalmente se llama senilidad. Muy a menudo, quien les habla se ha formulado esta pregunta: ¿Es la senilidad un problema de vejez? ¿O la senilidad empieza cuando uno está repitiendo y repitiendo? ¿Entienden? Cuando uno es tradicionalista continúa yendo a las iglesias, templos o mezquitas, y repite, repite, repite. Los cristianos se arrodillan, otros tocan el suelo con la frente, y los hindúes se prosternan... De modo que la senilidad puede existir a cualquier edad, ¿no es así? Formúlense esta pregunta a sí mismos. La muerte puede ocurrir por vejez, por un accidente, por un padecimiento terrible, por enfermedad; y cuando llega, hay un final para toda nuestra continuidad, para todos nuestros recuerdos, nuestros apegos, nuestra cuenta bancaria, nuestra fama. Tenemos que considerar, pues, qué es la continuidad y qué es el final. ¿Podemos investigar eso? ¿Qué es lo que continúa y qué es lo que termina? ¿Por qué tenemos tanto miedo de terminar con algo, ya sea la tradición, un hábito, un recuerdo o una experiencia? No un terminar calculado, no el terminar con algo para obtener alguna otra cosa. Uno no puede argumentar con la muerte. Hay un relato maravilloso de la India antigua. No sé si disponemos de tiempo para ello, porque tenemos que hablar de la religión, de la meditación, y ver si existe algo más allá de todo este empeño humano. Muy bien, repetiré esta historia muy brevemente. Un brahmán -un brahmán, ustedes entienden, un brahmán de la antigua India- ha acumulado muchísimas cosas, vacas y todo lo demás, y un día decide regalarlas una por una. Y viene su hijo y le pregunta: «¿Por qué estás regalando todo esto?» Él le explica que cuando uno acumula muchas cosas debe desprenderse de ellas y empezar de nuevo. ¿Comprenden ustedes el sentido de eso, su significación? Uno acumula y después se desprende de todo lo que ha acumulado. (Yo no les estoy pidiendo a ustedes que hagan esto). El muchacho continúa, pues, preguntando acerca de eso al padre. Y éste se enoja con él y le dice: «Te enviaré a la Muerte si me formulas más preguntas». Y el muchacho responde: «¿Por qué me envías a la Muerte?» Cuando un brahmán dice que hará algo, debe atenerse a ello, y entonces envía al muchacho a la Muerte. Después de hablar con todos los maestros, filósofos, gurús, etc., el muchacho llega a la casa de la Muerte (lo estoy resumiendo muchísimo). Y allí espera durante tres días. Entiendan el significado, la sutileza de todo esto. Él espera allí durante tres días. Entonces viene la Muerte y se disculpa por haberlo tenido esperando, porque después de todo él es un brahmán. Así que se disculpa y le dice: «Te daré cualquier cosa que desees, riquezas, mujeres, vacas, propiedades; todo lo que desees». Y el muchacho responde: «Pero al final de ello estarás tú. Tú siempre estarás al final de todo». Y la Muerte habla entonces de diversas cosas que el muchacho no puede comprender. Es realmente una historia maravillosa. Volvamos entonces a las realidades. ¿Qué es la muerte? ¿Está el tiempo involucrado en ella? El tiempo ¿es muerte? Se lo estoy preguntando a ustedes, tengan la bondad de considerarlo. El tiempo -no sólo el del reloj, el de la salida y puesta del sol, sino también el tiempo psicológico, interno. Mientras exista el interés propio, que es la rueda del tiempo, tiene que existir la muerte. ¿Está, pues, el tiempo relacionado con la muerte? ¡Oh, vamos, señores! Si no existe el tiempo, ¿hay muerte? Por favor, esto es verdadera meditación, no toda esa falsa fruslería que llaman meditación. El tiempo es muy importante para nosotros -tiempo para lograr el éxito en la vida, tiempo para prosperar en ese éxito y producir un cambio en ese éxito. El tiempo implica continuidad. He sido, soy, seré. Existe entre nosotros esta constante continuidad, que es tiempo. Si no hubiera un mañana, ¿le tendrían miedo a la muerte? Si la muerte es ahora, en el instante, no hay temor, ¿verdad? No hay tiempo. ¿Captan lo que estoy diciendo? Así, mientras el pensamiento funciona en el campo del tiempo -cosa que hace todo el día- existe inevitablemente la sensación de que la vida podría terminarse y, por lo tanto, tengo miedo. De modo que el tiempo puede ser el enemigo de la muerte. O el tiempo es muerte. Por ejemplo, si quien les habla está apegado a su auditorio porque de ese apego él obtiene muchísima excitación sensaciones, importancia, interés propio, o si envidia a alguna persona que tiene un auditorio mayor -si quien les habla experimenta apego, sea a un auditorio, sea a un libro, a una experiencia, a un título, a una fama, etc., entonces él le tiene miedo a la muerte. El apego implica tiempo. Por lo tanto, ¿puedo yo, pueden ustedes estar completamente libres del apego ahora? ¿No esperar a la muerte, sino estar completamente libres de ese apego ahora? Sí, señor. Enfréntese a ese hecho. De modo que vivir es morir y, por consiguiente, el vivir es muerte. ¿Comprenden lo que digo? ¡Oh, vamos, señores! Es por eso que uno tiene que echar los cimientos de la comprensión propia, no conforme a filósofos, psiquiatras, libros, etc., sino que uno tiene que comprenderse a sí mismo, observar el propio comportamiento, la propia conducta, los propios hábitos -la acumulación racial, comunal, tradicional y personal que hemos reunido a través de milenios y milenios- conocer todo lo que hay dentro de uno mismo. El conocimiento, la percepción inteligente de eso no pertenece al tiempo; puede ser instantánea. Y el espejo donde vemos esto es la relación entre uno mismo y el otro -ver en esa relación todo el pasado, los hábitos presentes, el futuro; todo está ahí. Saber cómo mirar, cómo observar, cómo escuchar cada palabra, cada movimiento del pensar, requiere gran atención, gran vigilancia. La muerte, pues, no se encuentra en el futuro. La muerte es ahora cuando no existe el tiempo, cuando el yo no está deviniendo, cuando no hay interés propio, ni actividad egotista -todo lo cual es el proceso del tiempo Así que el vivir y el morir marchan siempre Juntos. Ustedes no conocen la belleza de ello. Hay en ello una gran energía. Nosotros vivimos a base de energía. Uno se alimenta lo suficiente, tiene una dieta apropiada, etc., y eso proporciona una cierta calidad de energía. Esa energía se pervierte cuando uno fuma, bebe y todas esas cosas. El cerebro posee una energía extraordinaria. Y se requiere esa energía extraordinaria para averiguar, para descubrir algo por uno mismo y no ser dirigido por otros. De modo que ahora vamos a investigar qué es la religión. Hemos hablado del miedo, hemos hablado de las heridas psicológicas, de no cargar con ellas por el resto de nuestra vida. Hemos hablado acerca del significado que tiene la relación. Nada puede existir en la tierra sin la relación, y esa relación se destruye cuando cada uno de nosotros persigue su propia ambición, su propia codicia, su propia realización, etcétera. Hemos investigado juntos la cuestión del pensamiento, del tiempo, del dolor y de la terminación del dolor. Y esta mañana hemos hablado acerca de la muerte. Ahora, nos animamos a descubrir qué es la religión, puesto que tenemos la energía necesaria y por eso somos capaces de hacerlo. ¿Comprenden? Podemos hacerlo porque hemos desechado todo el conflicto humano y todo interés propio. Si lo hemos hecho, ello nos da una inmensa pasión y energía, una energía incalculable. ¿Qué es, entonces, la religión? ¿Son religión todas las cosas que ha producido el pensamiento? Los rituales, las vestiduras, los gurús, la perpetua repetición, las plegarias -¿es religión eso? ¿O es un gran negocio? En el sur de la India hay un templo que reúne un millón de dólares cada tres días. ¿Entienden lo que estoy diciendo? Cada tres días el templo recoge un millón de dólares. Y a eso lo llaman religión. ¿Es religión eso? ¿Es ritual? ¿O la religión no tiene nada que ver con todo ese negocio? Ustedes sólo pueden formularse esa pregunta cuando están libres de todo eso, no presos en la maraña de la realización personal, del poder, de la posición, de la jerarquía que todo eso implica. Sólo entonces pueden formularse la pregunta: ¿Qué es la religión? Dios, ¿es creado por el pensamiento, por el miedo? ¿Es el hombre la imagen de Dios? ¿O es Dios la imagen del hombre? ¿Puede uno descartar todo eso a fin de descubrir aquello que no es producto del pensamiento, ni de la sensación, ni de la repetición, ni de los rituales? Porque todo eso no es religión -al menos no para quien les habla. Todo eso nada tiene que ver con aquello que es sagrado. ¿Qué es, entonces, la verdad? ¿Existe algo como la verdad? ¿Existe tal cosa -una verdad absoluta, irrevocable que no dependa del tiempo, del ambiente, de la tradición, del conocimiento o de lo que el Buda o algún otro hayan dicho? La palabra no es la verdad. Por lo tanto, no hay un culto de la persona -K no es importante en absoluto. Estamos investigando qué es la verdad. Si es que existe alguna. Y si hay algo que esté más allá del tiempo. La terminación de todo tiempo. Se ha dicho que para dar con esto son necesarias la meditación y una mente rápida. Vamos a investigarlo, si ustedes me lo permiten. ¿Qué es la meditación? La palabra significa, según el diccionario, pensar, reflexionar sobre algo. También tiene un significado diferente en sánscrito y en latín, donde significa ‘medir’. Y medir significa, desde luego, comparar. No hay medida sin comparación. ¿Puede, pues, el cerebro librarse de la medida? No la medida en yardas, en kilómetros, en millas, sino la medida del devenir y no devenir, del comparar y no comparar. ¿Comprenden? ¿Puede el cerebro estar libre de este sistema de medida? Necesito medir para confeccionar un traje. Necesito medir para ir de aquí a otro lugar. El tiempo es medida, la distancia es medida. ¡Oh, vamos, señores! ¿Puede el cerebro librarse de la medida? Es decir, de la comparación -no tener ninguna clase de comparación, de modo que el cerebro esté totalmente libre. Esto es verdadera meditación. ¿Es eso posible, viviendo en el mundo moderno, ganando dinero, engendrando hijos -con el sexo, con todo el ruido, la vulgaridad, el circo que tiene lugar en nombre de la religión? ¿Puede uno estar libre de todo eso? No con el fin de obtener algo. Estar libre. De modo que la meditación no es meditación consciente. ¿Comprenden esto? No puede haber meditación consciente siguiendo un sistema, siguiendo a un gurú -meditación colectiva, meditación de grupo, meditación individual de acuerdo con el Zen o con algún otro sistema. No puede haber un sistema, porque entonces ustedes practican, practican y practican, y el cerebro se embota cada vez más, se vuelve más y más mecánico. ¿Existe, pues, una meditación que no tenga dirección alguna, que no sea consciente, deliberada? Averígüenlo. Eso requiere una gran energía, atención, pasión. Entonces esa pasión misma, esa energía, la intensidad de ello, es silencio. No un silencio ideado. Es el inmenso silencio en que el tiempo y el espacio no existen. Entonces existe aquello que es innominable, que es sagrado, eterno.

ÚLTIMAS PLÁTICAS EN SAANEN - Miercoles, 17 de julio -

 Cuarta plática 

Miércoles, 17 de julio

 Ustedes escucharon todos los anuncios. ¿Puedo a mi vez anunciar que voy a hablar? Y también que ustedes van a compartir la plática. Ésta no es un solo, sino que estamos juntos, y quien les habla quiere decir juntos, no que él los está guiando o ayudando o tratando de persuadirles, sino que mas bien estamos juntos; y esa palabra es importante -juntos emprendemos un viaje muy, muy largo. Es un camino bastante difícil -no, no usaré esa palabra, es una palabra peligrosa- una senda, un camino que resultará más bien complejo porque vamos a considerar el interés propio, la austeridad, la conducta, y también veremos si es posible terminar con todo el dolor en nuestra vida cotidiana. Ésta es una pregunta muy importante: ¿Por qué los seres humanos, después de tantos miles y miles de años, jamás han estado libres del dolor? No sólo el dolor de cada uno -la pena la ansiedad, la soledad envueltas en ese dolor- sino también el dolor de la humanidad. Vamos a hablar acerca de eso. Y, si tenemos tiempo, vamos a hablar del placer, y también de la muerte. Es una mañana tan hermosa, tan bella -el claro cielo azul, las silenciosas colinas, las sombras profundas, las aguas que fluyen, la pradera y la arboleda y el verde césped- que uno se pregunta si en una mañana tan hermosa no deberíamos considerar juntos qué es la belleza, porque ésa es también una cuestión muy importante. No la belleza de lo natural, o la extraordinaria vitalidad, la energía dinámica de un tigre. Ustedes probablemente sólo han visto tigres en un zoológico, donde a los pobres animales los mantienen encerrados para nuestra diversión. En algunas partes del mundo que ha visitado quien les habla, él estuvo cerca de un tigre salvaje, tan cerca como a dos pies de distancia. Debemos investigar esta cuestión, porque sin belleza y amor la verdad no existe. Es necesario que examinemos muy detenidamente la palabra belleza. ¿Qué es la belleza? Ustedes se están formulando esa pregunta y así lo hace quien les habla; estamos considerando juntos no sólo la palabra, sino las implicaciones de esa palabra, la inmensidad, la incalculable profundidad de la belleza. Podemos conversar al respecto, pero el conversar, las palabras, las explicaciones y descripciones no son la belleza. La palabra belleza no es la belleza. La belleza es algo por completo diferente. Por eso, si a uno se le permite señalarlo, tenemos que estar muy alertas a las palabras, porque nuestro cerebro trabaja, está activo en un movimiento de palabras. Las palabras comunican lo que uno siente, lo que uno piensa, y el cerebro acepta explicaciones y descripciones porque la mayor parte de la estructura de nuestro cerebro es verbal. Por lo tanto, uno tiene que investigar esto muy, muy cuidadosamente, no sólo en relación con la belleza, sino también en relación con la austeridad y el interés propio. Si quieren, esta mañana examinaremos todas estas cuestiones. Nos preguntamos, pues: ¿Qué es la belleza? ¿Está la belleza en una persona, en un rostro? ¿Está en los museos, en la pintura -pinturas clásicas, pinturas modernas? ¿Está la belleza en la música -en Beethoven, Mozart, Bach, o en todo el ruido que hoy tiene lugar en el mundo y al que llaman música? ¿Está la belleza en un poema? ¿En la literatura? ¿En la danza? ¿Es la belleza todo eso? ¿O la belleza es algo por completo diferente? Vamos a investigarlo juntos. Por favor, si uno puede señalarlo respetuosamente, no acepten las palabras, no se satisfagan meramente con la descripción y las explicaciones; desterremos, si es posible, de nuestro cerebro todo acuerdo o desacuerdo y consideremos esto muy cuidadosamente, permanezcamos con ello, profundicemos en la palabra. Como dijimos, sin la calidad de la belleza, que es sensibilidad, la verdad no existe. Esa calidad implica no sólo la belleza de lo natural -los desiertos, los bosques, los ríos y las vastas montañas con su inmensa dignidad, con su majestad- sino también el sentimiento de ello, no las imaginaciones románticas y los estados sentimentales -esas son meras sensaciones. Preguntamos, pues: ¿Es la belleza una sensación? Porque vivimos a base de sensaciones -sensación sexual, a la cual acompaña el placer y también la pena que implica el sentirse insatisfecho, etc. Podríamos, pues, eliminar en esta mañana de nuestro cerebro todas esas palabras e investigar esta enorme, muy complicada y sutil pregunta: ¿Cuál es la esencia de la belleza? No estamos escribiendo un poema. Cuando miramos esas montañas, esas rocas inmensas proyectándose en el cielo -si las miramos quietamente, sentimos su inmensidad, su grandiosa majestad y, por un instante, por un segundo, la tremenda dignidad, la solidez de ello aparta todos nuestros pensamientos, todos nuestros problemas -¿verdad? Y decimos: «¡Qué maravilloso es!» ¿Qué ha ocurrido ahí? La majestad de esas montañas, la inmensidad misma del cielo azul y de las montañas cubiertas de nieve, echan a un lado por un segundo todos nuestros problemas; hacen que uno se olvide completamente de sí mismo por un segundo. Uno está subyugado, impresionado por ello, como un niño que ha estado haciendo travesuras todo el día o por un rato -lo cual es bueno que sea así- y a quien le damos un juguete complicado. El niño queda absorto por el juguete hasta que lo rompe. El juguete se ha apoderado del niño y éste se queda tranquilo, lo está disfrutando. Se ha olvidado de su familia, del «Haz esto, no hagas aquello»; el juguete se convierte para él en la cosa más excitante. Del mismo modo, las montañas, el río, los prados y las arboledas lo absorben a uno, y uno se olvida de sí mismo. ¿Es eso la belleza? Quedar absorto por las montañas, por el río o por los campos verdes, significa que uno es como un niño absorto ante un juguete; y por el momento uno está quieto, sometiéndose, rindiéndose a algo. ¿Es eso la belleza? ¿Someterse a algo? ¿Comprenden? Nos rendimos ante algo grande, y esa cosa nos obliga durante un segundo a olvidarnos de nosotros mismos. Entonces dependemos de eso, como el niño depende de un juguete, o como dependemos del cine o la televisión cuando por un momento nos identificamos con el actor o la actriz. ¿Considerarían ustedes que ese estado -estar rendido, sometido, absorto ante algo, considerarían que ese segundo de quietud es belleza? Cuando ustedes acuden a una iglesia o a un templo o a una mezquita, los cánticos, los rituales, la entonación de las voces, están minuciosamente organizados para crear cierta sensación, y a esa sensación ustedes la llaman culto, la llaman sentimiento de religiosidad. ¿Es belleza eso? ¿O la belleza es algo por completo diferente? ¿Estamos comprendiendo juntos esta cuestión? Donde hay un esfuerzo autoconsciente, ¿hay belleza? ¿O la belleza existe sólo cuando está ausente el yo -cuando está ausente el centro, el observador? ¿Es entonces posible, sin estar absorto, sin someterse, sin rendirse a algo, encontrarse en ese estado donde no hay un ego, un yo que esté siempre pensando en sí mismo? ¿Es eso posible de algún modo, viviendo en este mundo moderno con sus especializaciones, su vulgaridad, su inmenso ruido -no el ruido de un arroyo, o el canto de un pájaro? ¿Es posible vivir en este mundo sin el yo, sin el mí, el ego, la persona, la afirmación de lo individual? Sólo en ese estado, cuando hay realmente libertad con respecto a todo esto, sólo entonces existe la belleza. Tal vez digan ustedes: «Eso es demasiado difícil, es imposible». Pero yo pregunto: ¿Es posible vivir en este mundo sin el interés propio? ¿Qué significa interés propio? ¿Cuáles son las implicaciones de esas palabras? ¿Hasta dónde podemos vivir aquí, en el bullicio, el ruido, la vulgaridad, la competencia, las ambiciones personales, etc., etc., etc., sin el interés propio? Vamos a investigar esto juntos. El interés propio se oculta de muchas maneras, bajo cada piedra y cada acto -se esconde en la plegaria, en el culto, en tener una profesión exitosa, un gran conocimiento, una reputación especial, como la de quien les habla. Cuando hay un gurú que afirma: «Lo conozco todo al respecto, les diré todo sobre ello» ¿no hay interés propio ahí? Esta semilla del interés propio nos ha acompañado por un millón de años. Nuestro cerebro está condicionado para el interés propio. Si nos damos cuenta de eso, si sólo nos damos cuenta y no decimos: «Yo no estoy interesado en mí mismos o «¿Cómo puede uno vivir sin el interés propio?», si simplemente nos damos cuenta de ello, ¿hasta dónde podemos llegar, hasta dónde podemos investigar en nosotros mismos y descubrir, cada uno de nosotros, cómo y a qué profundidad puede uno vivir en la acción, en la actividad diaria, en su conducta, sin un sentido de interés propio? De modo que, si lo desean, examinaremos todo eso. El interés propio divide, el interés propio es la mayor corrupción (la palabra corrupción significa ‘desunir’ las cosas) y donde hay interés propio hay fragmentación -su interés como opuesto a mi interés, mi deseo opuesto a su deseo, mi urgencia por trepar la escala del éxito opuesta a su urgencia. Solamente observen esto; ustedes no pueden hacer nada al respecto -¿comprenden?- sino sólo observarlo, permanecer con ello y ver lo que ocurre. Si alguna vez han desarmado un automóvil, como lo ha hecho quien les habla, ustedes llegan a conocer todas las partes, lo aprenden todo al respecto, saben cómo trabaja. (Estoy hablando de los automóviles de 1925; en ese período eran muy simples, muy directos, muy honestos, fuertes, bellos automóviles). Y cuando uno los conoce mecánicamente, puede sentirse tranquilo; sabe cuán rápidos o lentos pueden ir, etc. De igual manera, si nos damos cuenta de nuestro interés propio, comenzamos a aprender al respecto -¿de acuerdo? Uno no dice: «Tengo que estar contra ello, o a favor de ello, o cómo puedo vivir sin ello, o quién es usted para decirme cosas acerca de mí mismo». Cuando uno comienza a darse cuenta, sin opción alguna, de su interés propio, cuando comienza a permanecer con él, a aprender sobre él, a observar todas sus intrincaciones, entonces puede descubrir por sí mismo dónde es necesario y dónde es completamente innecesario. Es necesario para el vivir cotidiano -tener alimento, ropa y albergue y todas las cosas físicas- pero psicológicamente, internamente, ¿es necesaria cualquier clase de interés propio? Para averiguarlo investiguemos la relación. En nuestra relación de unos con otros existe un mutuo interés propio. Usted me satisface y yo lo satisfago; usted me usa y yo lo uso. Donde hay interés propio, tiene que haber fragmentación, división, ¿verdad? Yo soy diferente de usted -interés propio. ¿Qué es la relación? Relación con la tierra, con toda la belleza del mundo, con la naturaleza y con otros seres humanos -con la mujer de uno, con el marido, la novia, el novio, etcétera. ¿Qué es ese vínculo, qué es esa cosa acerca de la cual decimos: «Estoy relacionado»? Por favor, investiguemos esto juntos. Tengan la bondad de no confiar en la explicación a que se entrega quien les habla. Consideremos esto detenidamente. ¿Qué es la relación? Cuando no hay relación nos sentimos muy solitarios, deprimidos, ansiosos -ya conocen ustedes toda la serie de movimientos ocultos en la estructura del interés propio. ¿Qué es la relación? Cuando decimos, «mi esposa», «mi marido», ¿qué significa eso? Cuando ustedes se relacionan con Dios, si hay un dios, ¿qué significa eso? Es muy importante que se comprenda esa palabra ‘relación’. Yo estoy relacionado con mi esposa, con mis hijos, con mi familia. Empecemos por ahí. Ése es el núcleo de toda sociedad -la familia. En el mundo asiático especialmente, la familia significa muchísimo; para ellos es tremendamente importante -el hijo, el sobrino, la abuela, el abuelo. Es el núcleo en que se basa toda sociedad. De modo que cuando uno dice, «Mi esposa», «mi novia», «mi amigo», ¿qué significa eso? Casi todos ustedes probablemente están casados, o tienen una novia o un novio. ¿Qué significa estar relacionados con ellos? ¿Con qué están ustedes relacionados? Alejémonos por un momento de la esposa y el marido. Cuando ustedes siguen a alguien, a un gurú, a un profeta, a un político, cuando siguen a quien les habla o a alguna otra persona, ¿qué es lo que están siguiendo, a qué están sometiéndose, entregándose? ¿A la imagen que han creado con respecto a quien les habla, o al gurú? ¿A la imagen que tienen en el cerebro de que eso es lo correcto que deben hacer y, por tanto, seguirán a esa persona? ¿Es la imagen, la representación, el símbolo que han construido lo que están siguiendo, no la persona, no lo que esa persona dice? Quien les habla ha estado haciéndolo por los últimos setenta años. ¡Lo siento por él! Y, desafortunadamente, él ha ganado cierta reputación con los libros y todo eso, así que ustedes han creado naturalmente una imagen de él y están siguiendo esa imagen -no lo que dice la enseñanza. La enseñanza dice: «No sigas a nadie». Pero ustedes han construido una imagen, y están siguiendo lo que desean, lo que les satisface, lo que representa un tremendo interés propio -¿correcto? Volvamos ahora a la esposa y el marido. Cuando ustedes dicen «mi esposa, ¿qué quieren decir con esa palabra, cuál es el contenido de esa palabra, qué hay detrás de esa palabra? Considérenlo. ¿Son todos los recuerdos, las sensaciones, el placer, la pena, la ansiedad, los celos -está todo eso englobado en las palabras esposa o marido? El marido es ambicioso, anhela lograr una posición mejor, ganar más dinero, y la esposa no sólo se queda en la casa sino que tiene sus propias ambiciones, sus propios deseos. Así que están en eso. Pueden acostarse juntos, pero ambos están separados todo el tiempo. Seamos sencillos y honestos con estos hechos. Siempre hay conflicto. Uno puede no ser consciente de ello y decir: «¡Oh, no, no hay conflicto entre nosotros!», pero raspen un poco eso con una pesada pala, o con un escalpelo, y descubrirán que la raíz de todo esto es el interés propio. Y puede haber interés propio en los profesionales. Por supuesto que lo hay -médicos, científicos, filósofos, sacerdotes, toda la cosa es un deseo de realización personal. No estamos exagerando, simplemente expresamos ‘lo que es’, no tratamos de disimularlo, no tratamos de superarlo: está ahí. Esa es la semilla en que nacemos, y esa semilla continúa floreciendo, creciendo hasta que morimos. Y cuando tratamos de controlar el interés propio, ese control mismo es otra forma de interés propio. ¡Qué hábilmente opera el interés propio! Se oculta incluso detrás de la austeridad. Tenemos, pues, que examinar ahora qué entendemos por austeridad. ¿Qué es la austeridad? Todo el mundo, especialmente el mundo religioso, ha usado esa palabra, ha establecido ciertas leyes al respecto, especialmente para los monjes en diversos monasterios. (En la India no hay monasterios, excepto para los budistas. No hay monasterios organizados, afortunadamente). ¿Qué entendemos, pues, por esa palabra ‘austero’ a la que acompaña una gran dignidad? Buscamos esa palabra en el diccionario. Se deriva del griego: tener la boca seca; o sea, que quiere decir seco, áspero -no sólo la boca. Áspero. ¿Es eso austero? Áspero: negarse a sí mismo el lujo de un baño caliente, tener pocas ropas o vestir una forma particular de túnica, tomar votos de celibato, ser pobre, ayunar, sentarse derecho interminablemente, controlar todos los deseos... Por cierto que todo eso no es austeridad. Es todo una exhibición exterior. ¿Existe, pues, una austeridad que no sea una sensación, que no sea el resultado de una maquinación, o de una búsqueda de lisonjas, una austeridad que no diga: «Seré austero a fin de...»? ¿Existe una austeridad que no sea en absoluto visible para otros? ¿Comprenden ustedes todo esto? ¿Hay una austeridad que no contenga disciplina alguna -que posea internamente un sentido de totalidad sin anhelos, sin divisiones ni fragmentaciones? En esa austeridad hay dignidad, quietud. Uno tiene que comprender también la naturaleza del deseo. Ésa puede ser la raíz de toda la estructura del interés propio: el deseo. ¿Estamos juntos en esto? El deseo es una gran sensación, ¿no es así? El deseo son los sentidos que entran en actividad. Como dijimos antes, la sensación tiene para nosotros una gran importancia -la sensación del sexo, la sensación de una experiencia nueva, la sensación de encontrarse con alguien que es muy conocido. (Tengo que contarles esta encantadora historia. Una amiga nuestra se encontró con la Reina de Inglaterra y le estrechó la mano. Después de eso, una persona se acercó a ella y le dijo: ¡«¿Puedo estrechar su mano, puesto que usted ha estrechado la mano de la Reina?»!) Vivimos siempre a base de sensaciones -por favor, obsérvenlo- sensación de estar seguros, sensación de habernos realizado, sensación de gran placer, gratificación, etcétera. ¿Qué relación tiene la sensación con el deseo? ¿Es el deseo algo separado de la sensación? Investiguen esto, por favor; es importante comprenderlo. Yo no estoy explicándolo; lo estamos considerando juntos. ¿Qué relación hay entre el deseo y la sensación? ¿Cuándo se convierte en deseo la sensación? ¿O son inseparables? ¿Entienden? ¿Marchan siempre juntos? ¿Correcto? ¿Están ustedes trabajando tan intensamente como lo hace quien les habla? ¿O simplemente dicen: «Sí, prosiga con eso»? ¿O es que han escuchado esto antes y piensan: «¡Oh, Dios, ha vuelto a eso otra vez!»? Ustedes saben que cuanto más comprenden la actividad del pensamiento, tanto más profundamente llegan hasta la raíz del pensamiento; entonces comienzan a comprender muchísimas cosas. Entonces ven todo el fenómeno del mundo, la verdad de la naturaleza; y se preguntan: «¿Qué es la verdad?» No examinaré todo eso por el momento. Nuestra vida se basa en la sensación y el deseo, y nos estamos preguntando: ¿Cuál es la verdadera relación entre ambos? ¿Cuándo se convierte en deseo la sensación? ¿Están siguiendo esto? ¿En qué segundo se vuelve dominante el deseo? Veo una bella cámara fotográfica con todos los últimos perfeccionamientos. La tomo y la miro, y hay una sensación de observación -al ver la muy compleja y valiosa cámara, tan bellamente construida- como un placer de posesión, un placer de tomar fotos. ¿Qué tiene, pues, que ver esa sensación con el deseo? ¿Cuándo comienza ese deseo a florecer en acción y a decir: «Tengo que poseerla»? ¿Han observado ustedes el movimiento de la sensación, ya sea la sensación sexual, o la sensación de pasear por los valles o escalar las colinas dominando todo el mundo desde una gran altura, o la de ver un hermoso jardín mientras que ustedes sólo tienen un poco de césped alrededor del lugar que habitan? Uno ve esto; ¿qué ocurre entonces, qué es lo que convierte la sensación en deseo? ¿Están siguiendo todo esto? Tengan la bondad de no dormirse. Es una mañana demasiado hermosa. Permanezcan con esta pregunta: ¿Qué relación hay entre la sensación y el deseo? Permanezcan con ella, no traten de encontrarle una respuesta; mírenla, obsérvenla, vean sus implicaciones. Entonces descubrirán que la sensación, que es algo natural, se transforma en deseo cuando el pensamiento crea de esa sensación una imagen. Es decir: existe la sensación de ver esa muy costosa y bella cámara fotográfica; después surge el pensamiento y dice: «Deseo tener esa cámara». De modo que el pensamiento crea de esa sensación una imagen, y en ese instante nace el deseo. Vean esto por sí mismos, investíguenlo. No necesitan ningún libro, ningún filósofo, no necesitan a nadie -sólo mírenlo, pacientemente, tanteándolo, y entonces darán muy rápidamente con ello. O sea, que la sensación es una esclava del pensamiento, y el pensamiento crea una imagen; y en ese instante nace el deseo. Y nosotros vivimos a base de deseo: «Yo tengo que tener esto». «Yo no lo quiero». «Yo tengo que llegar a ser...» ¿Entienden todo este movimiento del deseo? ¿Cómo se relaciona, pues, el deseo con el interés propio? Estamos siguiendo el mismo hilo de la investigación. Mientras haya deseo -que mediante el pensamiento está creando una imagen a partir de la sensación- tiene que haber interés propio. Es lo mismo que yo anhele alcanzar el cielo, o que quiera llegar a ser director de un banco, o una persona rica. Es exactamente la misma cosa que deseen llegar al cielo o que deseen volverse ricos. Si alguien desea ser un santo y otro desea una gran destreza en algo, se trata exactamente de la misma cosa. Uno se llama religioso, y el otro mundano. ¡Cómo nos mutilan las palabras! Tenemos, pues, que llegar a esta pregunta: ¿Qué es el dolor? ¿Es que el dolor existe en tanto haya interés propio? Por favor, investíguenlo. Si comprenden todo esto, no necesitan leer ni un solo libro. Si viven verdaderamente con esto, están abiertas las puertas del cielo -no del cielo, ustedes entienden, es sólo una forma de hablar. Estoy formulando, pues, una pregunta muy seria que ha obsesionado al hombre desde el principio de su existencia: ¿Qué es el dolor, qué son las lágrimas, la risa, la pena, la ansiedad, la soledad, la desesperación? ¿Y puede ello terminar alguna vez? ¿O el hombre está condenado a vivir para siempre con el dolor? Todos en la tierra, todos, ya sea que tengan una alta posición o que no sean nadie en absoluto, todos pasan por esta confusión del dolor, por la conmoción, la pena, la incertidumbre, la completa soledad que el dolor implica. El dolor de un hombre pobre que no sabe leer ni escribir, que no tiene más que una comida al día y duerme sobre el pavimento, es igual al dolor de cualquiera de ustedes; él tiene su propio dolor. Está el dolor de millones de personas sacrificadas por los poderosos, por los intolerantes, torturadas por las religiones -el creyente y el ateo- ¿comprenden todo esto? El cristianismo especialmente ha asesinado a más personas que ninguna otra religión -¡lo siento! Existe, pues, el dolor. ¿Qué significa esa palabra? ¿Es una mera rememoración de algo que uno ha perdido? Uno tuvo un hermano, un hijo o una esposa que murieron, y uno conserva el retrato, la fotografía de ellos sobre el piano, o sobre la repisa de la chimenea, o junto a la cama, y tiene en la mente los recuerdos de todos aquellos días en que ellos estaban vivos. ¿Es eso el dolor? El dolor, ¿es engendrado, cultivado por la memoria? ¿Comprenden mi pregunta? Cuando alguien es abatido por la muerte, por un accidente, por la vejez o lo que fuere, y el recuerdo continúa, ¿es eso el dolor? ¿Está el dolor relacionado con la memoria? ¡Vamos, señores! Yo tenía un hijo, o un hermano, o una madre a quienes quería -usaré por el momento la palabra ‘querer’. Llamo a ese ‘querer’, amor. Quería muchísimo a esas personas. Vivía con ellas. He charlado con ellas, jugábamos juntos. Todos esos recuerdos están almacenados. Y mi hijo, mi hermano, mi esposa u otra persona, muere, es arrebatada, se ha ido para siempre, y yo experimento un choque, me siento terriblemente solo y derramo lágrimas. Y me largo a una iglesia, a un templo, o tomo un libro, hago esto o aquello para escapar; o digo: «Rezaré y lo superaré. Jesús me salvará». Ya conocen todo ese asunto. Lo siento, no estoy menospreciando la palabra Jesús. Usen otras palabras -Buda o Krishna- es la misma cosa con un nombre diferente, o es el mismo símbolo, el mismo contenido del símbolo. Los símbolos varían, pero su contenido es el mismo. Entonces, ¿es el dolor meramente el final de la realidad de ciertos recuerdos? La realidad que creó, que acumuló esos recuerdos, ha terminado y, por lo tanto, yo me siento perdido. He perdido a mi hijo. ¿Es eso el dolor? ¿O eso es autocompasión (no somos crueles al decirlo) más preocupada con mis propios recuerdos, mi pena, mi ansiedad, que con la muerte de alguien? Ese dolor, ¿es interés en uno mismo? Por favor, investíguenlo. Yo cultivo ese recuerdo; soy fiel a mi hijo; soy fiel a mi anterior esposa aunque me haya casado nuevamente con otra mujer. Soy muy fiel al recuerdo de aquellas cosas que han ocurrido en el pasado. ¿Es eso el dolor? Luego está el dolor del fracaso -ya conocen ustedes todo el movimiento del interés propio que se identifica con esa palabra y llora. Y estas lágrimas han sido vertidas por el hombre y la mujer durante un millón de años. Y aún seguimos llorando. Lloran los que están en guerra, destrozados a causa de una idea, la idea de que deben dominar, de que deben ser diferentes. La idea. El pensamiento nos está destruyendo a cada uno de nosotros. Y piensen en todos los que han llorado antes de nosotros. ¿Existe, pues, un final para el dolor? La palabra dolor también implica pasión. Mientras haya interés propio identificándose con aquellos recuerdos que siguen estando ahí pero cuya realidad ha terminado, ese interés propio es un fragmento, una parte del movimiento del dolor. ¿Puede todo eso terminar? Donde hay dolor no puede haber amor. ¿Qué es, entonces, el amor? ¿Saben?, hemos penetrado en temas muy, muy serios. Esto no es sólo algo para que ustedes jueguen con ello durante la mañana de un miércoles o domingo. Todo esto es algo profundamente serio. No es un galopar por el camino. Es caminar por la senda lentamente, observando las cosas, observando, observando, observando, permaneciendo con las cosas que a uno lo perturban, con las cosas que a uno le agradan, con las cosas abstractas -todas las imaginaciones, todas las cosas que ha elaborado el cerebro (incluyendo a Dios, que es una actividad del pensamiento). Dios no nos ha creado. Nosotros hemos creado a Dios a nuestra propia imagen, que es... No examinaré esto, ¡es tan claro y sencillo! Hablar del amor también implica hablar de la muerte. Amor, muerte y creación. ¿Comprenden? Pueden emplear una hora en esto, porque es algo muy, muy serio. Preguntamos: ¿Qué es la creación? No la invención -por favor, diferencien entre creación e invención. La invención es un conjunto nuevo de ideas, tecnológicas, psicológicas, científicas, etc. No hablamos de ideas. Estamos considerando cosas muy serias: el amor, la muerte y la creación. Esto no puede contestarse en cinco minutos. Perdónenme. Trataremos esto el próximo domingo. No es que los esté invitando. Lo investigaremos, y también investigaremos qué es la religión, qué es la meditación y si existe algo más allá de todas las palabras, de toda medida y pensamiento -algo no producido por el pensar, algo inexpresable, infinito, intemporal. Investigaremos todo eso. Pero uno no puede llegar a ello si hay temor o falta de relaciones verdaderas, ¿entienden? A menos que el cerebro de ustedes esté libre de todo eso, no podrán comprender lo otro.

ÚLTIMAS PLÁTICAS EN SAANEN - Domingo, 14 de julio -

 Tercera plática 

Domingo, 14 de julio 

¿Podemos proseguir con nuestra conversación? Estuvimos hablando sobre el conflicto y las causas del conflicto. El conflicto está aumentando más y más en el mundo, conflicto en todas las formas, en todos los sectores sociales. Dijimos que la causa del conflicto es esta constante contradicción, no sólo dentro de nosotros mismos sino también dentro de la sociedad en que vivimos. La sociedad es lo que hemos hecho de ella. Creo que esto es bastante claro y obvio, porque internamente, desde el momento en que nacemos hasta que morimos, estamos en constante lucha competencia, conflicto, con todas las formas de actitudes destructivas o positivas, con prejuicios y opiniones. Éste ha sido nuestro estilo de vida, no sólo en el período actual sino también, probablemente, por los últimos dos millones y medio de años. Y aún seguimos en esto, dentro del mismo patrón del mismo molde -guerras más destructivas que nunca división entre nacionalidades (que es el espíritu tribal), divisiones religiosas, divisiones familiares, fragmentaciones sectarias, etcétera. Si se nos permite señalarlo nuevamente esta mañana, no estamos aquí como un grupo intelectual, ni como una congregación más bien romántica, imaginativa o sentimental. Ustedes y quien les habla van a emprender un viaje juntos, no él guiándolos o ustedes siguiéndolo, sino juntos, codo a codo, quizá tomados de la mano si fuera necesario. Emprendemos un viaje bastante complejo, sinuoso, sutil y tal vez interminable, un viaje sin comienzo ni final. Un viaje, tal como lo entendemos comúnmente, tiene un comienzo y un final, algo empieza, sigue y luego toca a su fin; pero tal vez este viaje no sea en absoluto así. Puede que sea un movimiento constante, no dentro del ciclo del tiempo sino más bien fuera del campo del movimiento tal como lo conocemos. De modo que estamos juntos. Por favor, quien les habla tiene que insistir en esta cuestión. Ustedes no son meramente los oyentes que aceptan o rechazan lo que él dice, sino que en cooperación, en responsabilidad, caminamos juntos, al mismo paso -no uno detrás del otro- a lo largo del mismo sendero, o de la misma calle. Por consiguiente, es tanto responsabilidad de ustedes como de quien les habla no aceptar ni negar, no concordar ni disentir. Hemos sido criados, educados en este sistema de acuerdos y desacuerdos. Estamos de acuerdo en ciertas cosas, disentimos por completo en otras; de modo que siempre existe esta división -los que están de acuerdo y hacen algo en conjunto, y los que se oponen a lo que éstos están haciendo. ¿Podríamos esta mañana desterrar por completo de nuestros cerebros, de nuestra sangre, la idea del acuerdo o el desacuerdo? Porque si ustedes están de acuerdo con quien les habla, y hay algunos que no están de acuerdo, entonces es inevitable que haya conflicto entre ambos. Uno puede tolerarlo, puede soportarlo, aceptarlo, pero siempre existe esta división -¿está claro? ¿Podríamos, pues, viendo las consecuencias que tienen el concordar y el disentir, el aprobar y el desaprobar, podríamos observar juntos, ver juntos (hasta donde podemos hacerlo) no sólo lo que ocurre externamente -eso es bastante sencillo porque en la actualidad se nos habla muchísimo de lo que está sucediendo en el campo político, en el campo de los armamentos, en el campo científico y en todos los campos de la tecnología- sino ver con exactitud internamente, subjetivamente, lo que está ocurriendo, sin decir: «Esto es malo, esto es bueno; yo acepto esto, yo no acepto aquello»; sólo observar, sin que en esa observación haya prejuicio alguno? ¿Podemos hacerlo? ¿Podemos observarnos a nosotros mismos, observar nuestra conducta, nuestro comportamiento, el modo en que pensamos, nuestras reacciones, nuestras creencias, conclusiones, etc.? ¿Podríamos observar todo eso tal como es, no como debería ser, ni como tiene que ser, sino simplemente mirarlo tal como es? Eso requiere muchísima atención, el cerebro tiene que estar extraordinariamente activo para desechar cualquier clase de reacción que pudiera surgir en la observación de uno mismo, porque, después de todo, lo que otras personas han dicho acerca de nosotros -los profesores, los psicólogos, los psiquiatras y los gurús- es lo que ellos dicen, no lo que uno ve por sí mismo. Espero que nos estemos entendiendo mutuamente . Las palabras que usa quien les habla son muy sencillas son palabras que empleamos en nuestras conversaciones diarias. No hay una jerga semántica ni un lenguaje especializado. Estamos considerando las cosas juntos, como dos amigos que usan un idioma común, un lenguaje cotidiano. De modo que nos preguntamos: ¿Podemos ver exactamente lo que somos sin tomar partido al respecto, sin aceptar ni rechazar, viendo las consecuencias de cada actitud, no evaluando, no juzgando, sino sólo observando, como observan ustedes el cielo en una noche estrellada, y aquellas montañas majestuosas contra el cielo azul? ¿Podemos de la misma manera observarnos a nosotros mismos, observar nuestra relación con el mundo y la relación del mundo con nosotros? Es un proceso bastante complejo. ¿Nos movemos juntos? ¿O yo marcho adelante y los voy dejando atrás? ¿Podemos ir juntos, manteniéndonos al mismo paso? ¿Qué somos? ¿Por qué tenemos un interés propio tan profundamente arraigado? No sólo externamente (en lo externo hay cierta necesidad de interés propio, de lo contrario, uno tiene que renunciar a todo), sino internamente, psicológicamente, subjetivamente? ¿Por qué existe en todos nosotros un interés propio tan profundo, tan impenetrable? Interés propio -¿saben lo que esas palabras significan? Estar interesado en uno mismo, en los propios beneficios, en los propios fracasos, en la propia fragmentación, en los propios prejuicios y opiniones; todo el contenido de la propia vida. Interés propio -¿por qué razón estamos tan confinados en eso? ¿Es posible vivir en este mundo sin ese interés propio -primero psicológicamente, y después ver si eso es también posible externamente? ¿Estamos juntos, o estoy hablando fuera de esta carpa, desde el otro lado de la cerca? ¿Se han dado cuenta ustedes alguna vez de que construimos una cerca alrededor de nosotros? Una cerca de autoprotección, una cerca para detener cualquier perjuicio que alguien pudiera causarnos, una barrera entre uno mismo y el otro, entre uno y la familia, etcétera. Existe una barrera entre ustedes y quien les habla. Naturalmente. Ustedes no lo conocen, él no los conoce a ustedes; por lo tanto, le escuchan más bien cortésmente, curiosos por saber de qué diablos está él hablando; escuchan con la esperanza de obtener algo de ello después de estar sentados durante una hora o algo así en esta calurosa carpa, aguardando alguna cosa, escogiendo entre lo que les conviene y lo que no les conviene, escuchando parcialmente, no totalmente, porque uno no desea exponerse a sí mismo -de modo que uno crea naturalmente una barrera, que puede ser muy, muy delgada, apenas perceptible, o puede ser un muro bien definido. ¿Por qué lo hacemos? ¿Acaso no es eso también interés propio? Y este interés en uno mismo debe, inevitablemente, engendrar fragmentación, por fuerza tiene que dividir. Ustedes pueden ver la barrera en lo nacional -de un lado Inglaterra y del otro lado Europa y lo que está más allá. Existe esta constante división, y donde hay división tiene que haber conflicto, eso es inevitable. Si alguien tiene una muy profunda relación íntima con la esposa o el marido, con una muchacha o un muchacho, etcétera, donde haya división tiene que haber fragmentación, tiene que haber conflicto. Ésa es una ley -¿correcto? Les guste o no les guste, ésa es una ley. Pero cuando uno ve eso, entonces el propio verlo es el modo de derribar la barrera. Así que debemos preguntarnos: ¿Qué significa ver? ¿Qué significa observar? Yo me observo a mí mismo, ¿verdad? Observo lo que soy, mis reacciones, mis prejuicios, mis convicciones, mis idiosincrasias, las tradiciones en que me educaron, la reputación, toda esa tontería. Estoy observando. Si no observo muy, muy cuidadosamente, si no escucho cada sonido que se produce mientras observo, entonces establezco una dirección en la cual debo ir. ¿Están siguiendo todo esto o estoy hablando para mí mismo? Estuvimos hablando en Washington, EE.UU., y ellos aplaudían lo que uno decía, aprobando, alentando. Aquí, todos ustedes están sentados muy calladamente. Uno no sabe si están acompañando realmente a quien les habla, si en verdad escuchan, o si han venido casualmente a un sermón matinal del domingo. En vez de ir a la iglesia llegan aquí, ya sea por diversión o sólo por oír lo que ese personaje está diciendo. O piensan: «Bueno, estoy de acuerdo con él en ciertas cosas, pero en otras él no tiene toda la razón». Nunca miramos la cosa total, el problema total de la vida, la totalidad de la existencia desde la infancia a la muerte. Jamás abarcamos la cosa completa y la observamos, aprendiendo al respecto sin acumular conocimientos, aprendiendo no sólo lo que ocurre fuera sino dentro de nosotros mismos, las exigencias que tenemos unos con otros, las heridas que nos causamos, nuestra profunda soledad, la depresión, la ansiedad, la incertidumbre, los temores, todas las cosas placenteras que disfrutamos, y también el sufrimiento; y, finalmente, el dolor de la muerte. Jamás miramos todo este movimiento como un movimiento único, sino que más bien lo consideramos fragmentariamente. Ahora, si podemos, vamos a mirar juntos no sólo lo que constituye la causa de esta fragmentación; veremos también si el cerebro, que ha sido condicionado durante millones de años para la guerra, para el conflicto, para trabajar, trabajar y trabajar todo el tiempo, parloteando incesantemente, dividido en nacionalidades, etc. -su dios y mi dios, la filosofía oriental opuesta a la filosofía occidental- si el cerebro puede desechar por completo todo el movimiento del acuerdo y el desacuerdo, en el cual siempre existe la opción. Yo opto por seguir este camino y usted opta por seguir el otro; yo opto por creer en Dios, o en la no existencia de Dios y usted dice: «No, lo siento, yo no puedo aceptar eso, tiene que haber Dios, porque yo creo en El, me agrada» -o, «Dios es mi tradición»- etc. Si alguna vez reconocemos que existe esta división, el acuerdo, el desacuerdo, la recompensa y el castigo, entonces podemos comenzar a mirarnos realmente a nosotros mismos, porque nosotros somos el mundo. El mundo es lo que nosotros somos. Si somos violentos recelosos, desconsiderados, el mundo es así. Esto es obvio, porque nosotros hemos hecho esta sociedad, este mundo monstruoso, feo, inmoral en que vivimos, con todos los dioses. El mundo se ha convertido en un gran circo, un circo doloroso o un circo placentero. ¿Podemos, pues, ver exactamente lo que somos, vernos sin distorsión alguna? Lo que somos psicológicamente, no biológicamente. Biológicamente nos hemos formado a través de milenios y milenios. Psicológicamente, desde los comienzos del hombre, ha habido violencia, odio, celos, agresión, el tratar siempre de llegar a ser algo más y más y más, y mucho más de lo que somos. ¿Es que estamos escuchando meramente la descripción o vemos el hecho, no la idea acerca del hecho? ¿Comprenden? Hay una diferencia entre el hecho y la idea del hecho. Es decir, nosotros tenemos una idea, vemos algo y entonces perseguimos la idea: «Yo no debería ser así, tengo que ser de esa otra manera». Ésa es una idea. Cuando veo exactamente lo que soy, ése es un hecho. El hecho no necesita de una idea, de un concepto, de una ideología. Es así. Soy iracundo -ése es un hecho. Pero si digo: «No debo ser iracundo», entonces eso se vuelve una idea. ¿Estamos juntos en esto? ¿Qué es, entonces, lo que ustedes hacen de esto? ¿Deducen un conjunto de ideas, o ven el hecho tal como es -que somos celosos, agresivos, solitarios, temerosos y todo eso? Toda la psiquis, la persona, el ego, es eso; y todo eso es el pasado, los recuerdos que hemos reunido -¿correcto? He sentido miedo antes, conozco lo que es el miedo, y en el instante en que ese sentimiento aparece, digo: «Eso es miedo». El sólo decir, «Eso es miedo», es una idea, no un hecho. Me pregunto si están ustedes siguiendo todo esto. Señores, la palabra árbol no es el árbol real. El nombre K no es el K real. La palabra no es la cosa. Así, cuando lo observan, ven que el cerebro de ustedes está preso en una red de palabras, palabras y palabras. ¿Pueden mirarse a sí mismos sin la palabra? ¡Oh! vamos, señores, jueguen el juego conmigo, ¿quieren? El balón está en el campo de ustedes. O sea, ¿pueden mirar a la esposa, al esposo, a los hijos, a la novia, o a quien fuere, sin la palabra? ¿Sin la imagen? Esa palabra, esa imagen es la división. ¿Pueden mirar a quien les habla sin la palabra -siendo la palabra todos los recuerdos acerca de él, la reputación, lo que ustedes han leído o no han leído, etcétera, pueden mirarlo sin todo eso y sólo observar? Lo cual implica que uno ha de captar, ha de comprender cómo opera el cerebro -el propio cerebro de ustedes, no el cerebro de los filósofos, o el de los escritores espirituales, o el de los sacerdotes, o el de esta u otra persona. Simplemente observarse a sí mismos sin la palabra; entonces pueden mirar ciertos hechos, ver por qué los seres humanos quedan lastimados psicológicamente. Esto es muy importante averiguarlo. Se nos lastima desde la infancia. Está siempre la presión siempre el sentido de la recompensa y el castigo. Usted me dice algo que me causa enojo y me lastima -¿de acuerdo? Así que hemos comprendido un hecho muy simple: que se nos lastima desde la infancia, y que por el resto de nuestra vida cargamos con esa herida -temerosos de que se nos vuelva a lastimar, o tratando de que no se nos lastime, lo cual es otra forma de resistencia. ¿Nos damos cuenta, pues de estas heridas, y de que debido a ellas creamos una barrera alrededor de nosotros, la barrera del miedo? ¿Podemos investigar esta cuestión del miedo? ¿Lo haremos? No para satisfacción mía, porque es de ustedes que estoy hablando. ¿Podemos investigar esto muy, muy profundamente, y ver por qué los seres humanos -que somos todos nosotros- han tolerado el miedo por miles de años? Nosotros vemos las consecuencias del miedo -miedo de no ser recompensados, miedo de fracasar, miedo de la propia debilidad, miedo del propio sentimiento de tener que llegar a cierto punto y no ser capaces de lograrlo. ¿Tienen interés en investigar este problema? Ello significa investigarlo completamente hasta el fin, sin decir meramente: «Lo siento, eso es demasiado difícil». Nada es demasiado difícil si uno quiere hacerlo. La palabra ‘difícil’ nos impide una acción ulterior. Pero si pueden desechar esa palabra ‘difícil’, entonces podremos penetrar en este muy, muy complejo problema. En primer lugar, ¿por qué toleramos el miedo? Si tenemos un automóvil que está descompuesto, acudimos si es posible al garaje más cercano, y entonces arreglan la maquinaria y proseguimos la marcha. ¿Es que no hay nadie a quien podamos acudir para que nos ayude a no tener miedo? ¿Comprenden la pregunta? ¿Necesitamos la ayuda de alguien para librarnos del miedo -ayuda de los psicólogos, de los psicoterapeutas, de los psiquiatras, o del sacerdote, o del gurú que dice: «Entrégame todo, incluso tu dinero, y entonces estarás perfectamente bien»? Esto es lo que hacemos. Pueden reírse, pueden divertirse, pero internamente estamos haciendo esto todo el tiempo. ¿Necesitamos, pues, ayuda? La plegaria es una forma de ayuda; pedir que se nos libere del miedo, es una forma de ayuda. Que quien les habla les diga a ustedes cómo librarse del miedo, es una forma de ayuda. Pero él no va a decirles cómo, porque estamos caminando juntos, estamos poniendo energía para descubrir por nosotros mismos el proceso causativo del miedo. Si ustedes ven algo muy claramente, entonces no tienen necesidad de decidir, de optar o de pedir ayuda. Actúan, ¿verdad? ¿Vemos claramente toda la estructura, la naturaleza interna del miedo? Uno ha sentido miedo en el pasado, y el recuerdo de ello vuelve y dice que eso es miedo. ¿Comprenden lo que estoy diciendo? Examinemos esto cuidadosamente -no que lo examine quien les habla y luego ustedes aprueben eso o lo desaprueben, sino que hagan el viaje junto con él, no verbalmente o intelectualmente, sino sondeando, inquiriendo, investigando. Estamos descubriendo; queremos ahondar, como cava uno en el jardín o para encontrar agua. Uno cava profundamente, no permanece en la superficie del suelo diciendo: «Tengo que conseguir agua». Uno cava o va al río. De modo que, ante todo, seamos muy claros: ¿Necesitan ustedes ayuda para librarse del miedo? Si desean ayuda, entonces son responsables por establecer una autoridad, un líder, un sacerdote. De modo que, antes de que investiguemos esta cuestión del miedo, deben preguntarse si desean ayuda. Por supuesto, si nos duele algo, si tenemos una jaqueca, o alguna clase de enfermedad, acudimos a un médico. El conoce mucho más sobre nuestra naturaleza orgánica y, por tanto, nos dice qué debemos hacer. No estamos hablando de esa clase de ayuda. Nos preguntamos si es que necesitan ustedes que se les ayude, que alguien les instruya, los guíe y les diga: «Hagan esto, hagan aquello día tras día y estarán libres del miedo». Quien les habla no está ayudándoles. Ésa es una cosa segura, porque ustedes tienen docenas de ayudadores, desde los grandes líderes religiosos -¡Dios nos libre!- hasta el más reciente, modesto psicólogo a la vuelta de la esquina. Que quede, pues, muy claro entre nosotros que quien les habla no desea ayudarles psicológicamente de ninguna manera. ¿Aceptarían buenamente eso? Sean honestos, ¿lo aceptarían? No digan que sí, es algo muy difícil. Durante toda la vida han buscado ustedes ayuda en diversas direcciones, aunque algunos digan: «No, yo no necesito ayuda». Requiere no sólo percepción externa ver lo que el requerimiento de ayuda ha hecho a la humanidad. Ustedes piden ayuda solamente cuando están confusos, cuando no saben qué hacer, cuando se sienten inseguros. Pero cuando ven las cosas con claridad -cuando ven las cosas con mucha, mucha claridad, no necesitan ninguna ayuda; ello está ahí. Y de ello surge la acción. ¿Estamos juntos en esto? Repitámoslo si no les molesta. Quien les habla no les está diciendo cómo hacerlo. No pregunten nunca cómo, porque entonces siempre habrá alguien que les tirará una cuerda. Quien les habla no está ayudándoles de ninguna manera, sino que juntos estamos recorriendo la misma senda, tal vez no a la misma velocidad. Ajusten ustedes su propia marcha y caminaremos juntos. ¿Está claro? ¿Estamos de acuerdo? Si no está claro para ustedes qué implica la exigencia de ayuda, tendrán que ir a otra parte. Probablemente lo harán. Recurrirán a un libro, o acudirán a alguien, pero no a quien les habla. Yo lamento desalentarlos y decirles que no voy a extenderles mi mano; no se trata de eso. Si estamos caminando juntos, lo hacemos tomados de las manos -ustedes no extienden la mano pidiendo ayuda. ¿Estamos trabajando juntos? ¿O soy yo quien está trabajando y fatigándose con esto? ¿Cuál es la causa del miedo? Vayamos despacio, por favor. La causa. Si uno puede descubrir la causa, entonces puede hacer algo al respecto, puede cambiar la causa, ¿no es cierto? Si un médico me dice, le dice a quien les habla que tiene cáncer -no lo tengo, pero supongamos que me dice que sí- y afirma: «Puedo extirparlo fácilmente y usted estará bien», entonces voy a acudir a ese médico. Él lo extirpa y termina con la causa. De modo que la causa siempre puede cambiarse, erradicarse. Si uno tiene un dolor de cabeza, puede encontrar la causa; tal vez está alimentándose mal, o fumando, o bebiendo demasiado. O uno deja de beber, de fumar y todo eso, o toma una píldora para suprimir el dolor. La píldora se convierte entonces en el efecto que detiene por el momento la causa -¿correcto? Así, la causa y el efecto pueden siempre cambiarse, ya sea inmediatamente o tomándose tiempo para ello. Si uno se toma tiempo, entonces durante ese intervalo intervienen en ello otros factores. De manera que uno jamás cambia el efecto, uno continúa con la causa. ¿Estamos juntos en esto? ¿Cuál es, entonces, la causa del miedo? ¿Por qué no lo hemos investigado? ¿Por qué lo toleramos, conociendo el efecto del miedo, las consecuencias del miedo? Si psicológicamente ustedes no tuvieran miedo en absoluto, no tendrían dioses, no tendrían símbolos ni personalidades que adorar. Estarían extraordinariamente libres en lo psicológico. El miedo también nos vuelve cobardes, aprensivos; deseamos escapar del miedo, y entonces el escape llega a ser más importante que el miedo mismo. ¿Entienden? Vamos, pues, a considerar esto juntos a fin de descubrir cuál es la causa del miedo -su causa fundamental. Y si descubrimos esa causa por nosotros mismos, entonces la hemos erradicado. Si ustedes ven el proceso que origina el miedo, o sus múltiples causas, entonces esa percepción misma termina con ello. ¿Están ustedes escuchándome, escuchan a quien les habla para dilucidar las causas? ¿O jamás se han formulado siquiera un interrogante de esta naturaleza? Yo he soportado el miedo, tal como lo ha hecho mi padre, mi abuelo, toda la raza en que he nacido, toda la comunidad; toda la estructura de los dioses y de los rituales se basa en el miedo y en el deseo de lograr algún estado extraordinario. Así que investiguemos esto. No estamos hablando de las diversas formas del miedo -miedo a la oscuridad, miedo a la propia esposa o al marido, miedo a la sociedad, miedo a la muerte, etc. El miedo es como un árbol que tiene muchas, muchas raíces, muchas flores, muchos frutos, pero nosotros estamos considerando la raíz misma de ese árbol. La raíz, no muestra particular forma de temor. Uno puede rastrear su particular forma de temor siguiéndola hasta la misma raíz. De modo que preguntamos: ¿Nos interesan nuestros temores, o estamos interesados en la totalidad del miedo? ¿Nos interesa el árbol total -no sólo una rama de ese árbol? Porque a menos que comprendamos cómo vive el árbol, el agua que requiere, la profundidad del suelo, etcétera, el mero podar las ramas nada logrará; tenemos que llegar hasta la propia raíz del miedo. ¿Cuál es, entonces, la raíz del miedo? No esperen que sea yo quien responda a eso. No soy el líder de ustedes, no soy el ayudador de ustedes, no soy el gurú de ustedes -¡gracias a Dios! Estamos juntos, como dos hermanos, y eso es lo que quiero decir; quien les habla quiere decir exactamente eso, no son meras palabras. Como dos buenos amigos que se han conocido el uno al otro desde el principio del tiempo, caminando a lo largo de la misma senda, al mismo paso, mirando todo lo que hay alrededor de uno y dentro de uno -así, juntos, investigaremos esto. Por favor, juntos. De lo contrario, ello se vuelve meras palabras, y al final de la plática ustedes dirán: «Realmente, ¿qué he de hacer con mi miedo?» El miedo es muy complejo. Es una reacción tremenda. Si se dan cuenta de él, verán que es un impacto, una conmoción no sólo en lo biológico, en lo orgánico, sino que también es una conmoción para el cerebro. El cerebro tiene la capacidad -como uno lo descubre, no por lo que otros dicen- de permanecer sano a pesar de una conmoción. No conozco mucho al respecto, pero la conmoción misma invita a su propia protección. Si lo investigan en sí mismos, lo verán. De modo que el miedo es una conmoción -momentánea o continuando en formas diferentes, en expresiones diferentes, en peculiaridad diferentes. Vamos a llegar, pues, hasta la mismísima raíz del miedo. Para comprender esta raíz, tenemos que comprender el tiempo -¿correcto? El tiempo como ayer, el tiempo como hoy, el tiempo como mañana. Recuerdo algo que he hecho, lo cual hace que me sienta receloso, nervioso o aprensivo, o me causa temor; recuerdo todo eso y ello prosigue hacia el futuro. He sido iracundo, celoso, envidioso -eso es el pasado. Todavía soy envidioso, con ligeras modificaciones. Soy bastante generoso acerca de las cosas, pero la envidia continúa. Todo este proceso es tiempo, ¿verdad? ¿Comprenden? ¡Digan que sí, por Dios! ¡No, no digan que sí! Comencemos de nuevo. ¿Qué consideran ustedes que es el tiempo? ¿El tiempo por el reloj, la salida y puesta del sol, la estrella vespertina, la luna nueva con la luna llena que llega dos semanas más tarde? ¿Qué es el tiempo para ustedes? ¿Tiempo para aprender un arte? ¿Tiempo para aprender un idioma? ¿Tiempo para escribir una carta? ¿Tiempo para llegar desde aquí a sus casas? Todo eso es tiempo como distancia -¿correcto? Tengo que ir desde aquí hasta allá. Esa es una distancia que el tiempo cubre. Pero el tiempo es también interno, psicológico: yo soy esto y tengo que llegar a ser aquello. El llegar a ser aquello se llama evolución. La evolución significa de la semilla al árbol. Y también significa: soy un ignorante, pero aprenderé. No sé, pero sabré. Denme tiempo para que me libre de la violencia. ¿Están siguiendo todo esto? «Denme tiempo». Denme unos cuantos días, un mes o un año, y me libraré de la violencia. Así, vivimos a base de tiempo -no sólo yendo a la oficina todos los días de nueve a cinco, ¡Dios no lo permita!, sino también el tiempo para llegar a ser alguna cosa. ¿Comprenden todo esto? ¿Sí? ¿El tiempo, el movimiento del tiempo? Yo he tenido miedo de usted y recuerdo ese temor; ese temor sigue estando ahí, y yo tendré miedo de usted mañana. Espero que no, pero si no hago algo muy drástico al respecto, mañana tendré miedo de usted. Así que vivimos a base de tiempo. Por favor, seamos claros en esto. Vivimos a base de tiempo, o sea: estoy vivo, moriré. Pospondré la muerte tanto como sea posible; estoy vivo y voy a hacer todo lo que pueda por evitar la muerte, aunque ésta sea inevitable. De modo que, tanto psicológica como biológicamente, vivimos a base de tiempo. ¿Es el tiempo un factor de miedo? Por favor, investiguen. El tiempo -o sea, he dicho una mentira y no quiero que el otro lo sepa, pero el otro es muy sagaz; me mira y dice: «Has mentido». «No, no he mentido». (Me protejo instantáneamente porque temo que el otro descubra que soy un mentiroso). Tengo miedo por algo que he hecho y que no quiero que el otro conozca. ¿Qué implica esto? Es pensamiento, ¿no? He hecho algo que recuerdo, y ese recuerdo dice: «Ten cuidado, no dejes que él descubra que has mentido, porque tienes una buena reputación de hombre honesto, así que debes protegerte». De modo que el pensar y el tiempo están juntos. No hay división alguna entre el pensamiento y el tiempo. Por favor, que esta cuestión esté clara para ustedes, de lo contrario después van a confundirse bastante. El proceso que da origen al miedo es tiempo/pensamiento, ésa es la raíz del miedo -¿correcto? ¿Está claro para nosotros esto de que el tiempo -es decir, el pasado con todas las cosas que uno ha hecho y el pensamiento -agradable o desagradable (especialmente si es desagradable)- constituyen la raíz del miedo? Éste es un hecho obvio. Verbalmente, es un hecho muy simple. Pero para ir más allá de la palabra y ver la verdad de este tiempo/pensamiento, uno deberá inevitablemente preguntarse: ¿Cómo puede detenerse el pensamiento? Es una pregunta natural, ¿no? Si el pensamiento crea el miedo, lo cual es tan obvio, entonces ¿cómo he de detener el pensamiento? «¡Por favor, ayúdeme a terminar con mi pensamiento!» -yo sería un asno si pidiera una cosa así. Pero pregunto: ¿Cómo he de detener el pensar? ¿Es eso posible? Prosigan, señores, investiguen, no dejen que sea yo el que prosiga. Pensar. Vivimos a base del pensar. Todo lo que hacemos, lo hacemos a través del pensamiento. El otro día hemos investigado esto cuidadosamente. No perderemos tiempo examinando la causa, el comienzo del pensar, cómo surge -la experiencia, el conocimiento, que es siempre limitado, la memoria y luego el pensamiento. Sólo lo estoy repitiendo brevemente. ¿Es, entonces, posible detener el pensar? ¿Es posible no parlotear todo el día, darle un descanso al cerebro, aunque éste tiene su propio ritmo -la sangre que asciende hacia él- su propia actividad? Su actividad propia, no la que le impone el pensamiento -¿comprenden? ¿Puedo señalar, puede quien les habla señalar que ésta es una pregunta equivocada? ¿Quién es el que va a detener el pensar? Sigue siendo el pensamiento, ¿verdad? Cuando yo digo: «Si sólo pudiera detener el pensar, entonces no tendría miedo», ¿quién es el que desea detener el pensamiento? Sigue siendo el pensamiento, ¿no es así?, el pensamiento que desea algo más. Entonces, ¿qué harán? Cualquier movimiento del pensar para ser otra cosa que lo que es, sigue siendo pensamiento. Soy codicioso, pero no debo ser codicioso -eso sigue siendo el pensar. El pensar ha creado todos los objetos, todo ese negocio que tiene lugar en las iglesias. Incluso esta carpa ha sido esmeradamente planeada por el pensamiento. Por lo visto, el pensamiento es la raíz misma de nuestra existencia. De modo que la pregunta que nos formulamos es muy seria; vemos lo que el pensamiento ha hecho -ha inventado las cosas más extraordinarias, la computadora, los buques de guerra, los misiles, la bomba atómica, la cirugía, la medicina- y también vemos las cosas que el pensamiento le ha permitido hacer al hombre, como ir a la luna, etcétera. Y el pensamiento es la raíz misma del miedo. ¿Vemos eso? No cómo terminar con el pensamiento, sino ver realmente que el pensar es la raíz del miedo, lo cual es tiempo. Ver, no las palabras, sino ver realmente. Cuando uno tiene un dolor severo, el dolor no es diferente de uno y no actúa instantáneamente -¿correcto? Entonces, ¿ven ustedes tan claramente como ven el reloj, como ven a quien les habla o al amigo que se sienta al lado, ven que el pensamiento es el origen del miedo? Por favor, no pregunten: «¿Cómo he de verlo?» En el momento que preguntan cómo, aparece alguien que desea ayudarlos, y entonces ustedes se convierten en los esclavos de esa persona. Pero si ven por sí mismos que el pensamiento/tiempo es realmente la raíz del miedo, ello no necesita deliberación ni decisión. Un escorpión es venenoso, una víbora es venenosa -en la percepción misma de uno u otra, ustedes actúan. Uno se pregunta, entonces: ¿Por qué no vemos? ¿Por qué no vemos que una de las causas de la guerra son las nacionalidades? ¿Por qué no vemos que uno puede llamarse musulmán, y otro cristiano -¿por qué peleamos por nombres, por propaganda? ¿Vemos eso, o sólo memorizamos o pensamos al respecto? ¿Comprenden, señores, que la conciencia de ustedes es el resto de la humanidad? La humanidad, como ustedes y otros, pasa por toda clase de dificultades, experimenta pena, afán, ansiedad, soledad, depresión dolor, placer; todos los seres humanos pasan por esto, todos los seres humanos en todo el mundo. Por lo tanto, nuestra conciencia, nuestro ser, es toda la humanidad. Es así. ¡Qué renuentes somos a aceptar un hecho tan sencillo! Y es que estamos acostumbrados a ser individualistas -yo, lo mío en primer lugar. Pero si vemos que nuestra conciencia es compartida por todos los otros seres humanos que viven en esta tierra maravillosa, entonces cambia todo nuestro modo de vivir. Pero no vemos eso. Necesitamos argumentos, muchísima persuasión, presiones, propaganda -todo lo cual es tan terriblemente inútil porque es cada uno de nosotros el que tiene que ver esto por sí mismo. ¿Podemos, pues, cada uno de nosotros, que somos los demás seres humanos, que somos la humanidad, mirar un hecho muy sencillo? ¿Observar, ver que el pensamiento/tiempo es la causa del miedo? Entonces la percepción misma es la acción. Y a partir de ahí, ustedes ya no dependen de nadie. El gurú es como ustedes. El líder puede vestir ropas diferentes y usar toda clase de joyas, pero desnúdenlo de todo eso y es exactamente igual que ustedes y yo, sólo que ha logrado un poder mayor, y nosotros también deseamos un poder mayor, más dinero, más posición y status. ¿Podemos, pues, mirar todo esto, verlo muy claramente? Entonces esa percepción misma termina con toda esta necedad. Entonces uno es una persona libre.