LA MUTACIÓN PSICOLÓGICA - J.K. - CAPÍTULO 10 -

 Capítulo Décimo 

Esta mañana quisiera hablar –no simplemente explicar de modo verbal, sino también comprender en lo profundo- sobre el significado de la religión. Mas antes de que podamos llegar a comprender bien esta cuestión tendremos que ver muy claro qué es la mente religiosa y cual es el estado de una mente que de veras inquiere sobre todo el asunto de la religión. 

Me parece muy importante comprender la diferencia entre aislamiento y soledad. La mayor parte de nuestra actividad diaria se centra entorno a nosotros mismos; se basa en nuestro particular punto de vista, en nuestras particulares experiencias e idiosincrasias. Pensamos en términos de nuestra familia, nuestro empleo, lo que deseamos alcanzar, y también en términos de nuestros temores, esperanzas y desesperanzas. Es evidente que todo esto es egocéntrico y produce un estado de aislamiento, como podemos ver en nuestra vida diaria.

Tenemos nuestros propios deseos secretos, ocultos empeños y ambiciones, y nunca estamos hondamente relacionados con nadie, ni con nuestras esposas, maridos, hijos; este aislamiento es igualmente resultado de escapar de nuestro tedio cotidiano, de las frustraciones y trivialidades de nuestra vida diaria; es causado también por nuestros escapes, en diversas formas, de la extraordinaria sensación de aislamiento que nos invade cuando súbitamente nos sentimos sin relación con nada, cuando todo está lejos y no hay comunión, no hay relación con nadie. Creo que la mayoría de nosotros –si es que percibimos siquiera el proceso de nuestro propio ser- hemos experimentado de manera muy profunda este aislamiento.

Debido a este sentimiento de soledad, a esta sensación de aislamiento, tratamos de identificarnos con algo más grande que la mente: puede ser con el estado, o con un ideal, o con un concepto de lo que es Dios. A esta identificación con algo grande o inmortal, algo que está fuera del campo de nuestro pensamiento, se le llama generalmente religión, y conduce a la creencia, al dogma, al ritual, a los empeños separatistas de grupos en pugna, creyendo cada uno de ellos en diferentes aspectos de la misma cosa; de modo que lo que llamamos religión produce aún mayor aislamiento. 

Ve uno entonces cómo está la tierra dividida en naciones que compiten teniendo cada una su propio gobierno soberano y sus barreras económicas. Aunque todos somos seres humanos, hemos alzado murallas entre nosotros y nuestro prójimo por el nacionalismo, la raza, la casta y la clase, lo cual también engendra aislamiento, sentimiento de soledad. 

Ahora bien, una mente que esté presa del sentimiento de soledad, de ese estado de aislamiento, no es posible que pueda comprender nunca lo que es la religión; puede creer, puede tener ciertas teorías, conceptos, fórmulas. Puede tratar de identificarse con aquello que llama Dios, pero me parece que la religión no tiene nada que ver con ninguna creencia, con ningún sacerdote, con ninguna iglesia ni con ningún libro sagrado. El estado de la mente religiosa sólo puede comprenderse cuando empezamos a comprender lo que es la belleza; y sólo puede abordarse la comprensión de la belleza por medio de la soledad total. La mente sólo puede saber lo que es la belleza cuando esté sola por completo, y no en ningún otro estado.

Es evidente que la soledad no es aislamiento, ni es la peculiaridad de ser único. Ser único es simplemente ser excepcional de algún modo, mientras que estar sólo por completo requiere extraordinaria sensibilidad, inteligencia, comprensión. Estar sólo por completo implica que la mente esté libre de toda clase de influencia y, por tanto, no está contaminada por la sociedad; y tiene que estar sola para comprender lo que es la religión, descubrir por sí misma si existe algo que sea inmortal, que esté más allá del tiempo.

Tal como es ahora, la mente es el resultado de muchos miles de años de influencia: biológica, sociológica, del ambiente, del clima de la alimentación, etc. También esto es bastante evidente. Estáis influidos por los alimentos que ingerís, por los diarios que leéis, por la esposa o el marido, por el prójimo, por el político, la radio, la televisión y mil cosas más. Constantemente estáis siendo influidos por lo que se derrama en la mente consciente, así como en la inconsciente, desde muchas direcciones distintas. Y ¿no es posible darse cuenta de estas muchas influencias, de tal modo que no quede uno preso de ninguna de ellas, y quede del todo libre de su contaminación? De lo contrario, la mente llega a ser sólo un instrumento de su ambiente. Puede crear una imagen de lo que cree que es Dios, o la verdad eterna, y creer en ella, pero todavía estará configurada por las exigencias del medio ambiente, las tensiones, supersticiones, presiones; y su creencia no tiene nada que ver con el estado de una mente religiosa. 

Como Cristianos, se os educó en una iglesia edificada por el hombre a lo largo de un periodo de dos mil años, con sus sacerdotes, dogmas, rituales; en la niñez se os bautizó, y al crecer se os dijo lo que habíais de creer; pasasteis por todo ese proceso de condicionamiento, de lavado de cerebro. Es evidente que la presión de esta religión propagandística es muy fuerte, particularmente porque está bien organizada y puede ejercer influencia psicológica por la “educación”, por la adoración de imágenes, por el miedo; y puede condicionar la mente de mil maneras más. En Oriente la gente está también fuertemente condicionada por sus creencias, dogmas, y supersticiones y por una tradición que viene de diez mil años atrás o más.

Ahora bien, si la mente no tiene libertad, no puede descubrir lo que es verdadero, y tener libertad es estar libres de influencias. Tenéis que estar libres de las influencias de vuestra nacionalidad y de las de vuestra iglesia, con sus creencias y dogmas; y también tenéis que estar libres de codicia, envidia, miedo, pena, ambición, competencia, ansiedad. Si la mente no está libre de todas estas cosas, las diversas presiones de fuera y de dentro crearan un estado neurótico contradictorio, y una mente así no puede en modo alguno descubrir lo que es la verdad o si existe algo que trascienda el tiempo. 

Ve uno así lo muy necesario que es el que la mente se libre de toda influencia. Y ¿es posible tal cosa? Si no lo es, entonces no se puede descubrir lo que es eterno, lo innombrable, lo supremo. Para descubrir por nosotros mismos si es posible o no, tenemos que darnos cuenta de estas muchas influencias, no sólo aquí bajo esta lona, sino también en la propia vida diaria; tenemos que observar cómo contaminan, moldean, condicionan la mente. Es evidente que no puede uno percibir todo el tiempo las muchas influencias distintas que continuamente se derraman dentro de la mente. Mas lo que si puede uno ver es la importancia –y creo que éste es el punto crucial de la cuestión- de estar libres de toda influencia; una vez que uno ha comprendido la necesidad de esto, entonces lo inconsciente percibe la influencia, aun cuando muchas veces no la perciba la mente conciente.

 ¿Me explico con claridad? 

Lo que trato de indicar es esto: existen influencias extraordinariamente sutiles, que os están moldeando la mente, y una mente moldeada por influencias, que siempre están dentro del campo del tiempo, no puede en modo alguno descubrir lo eterno si existe algo que se llame eterno. La cuestión es entonces: si no es posible que la mente consciente se dé cuenta de todas las muchas influencias, ¿qué va a hacer? Si os planteáis esta pregunta, muy seria y formalmente, de modo que reclame toda vuestra atención, hallaréis que vuestra parte inconsciente, que no está del todo ocupada cuando están funcionando las capas superficiales de la mente, se encarga del asunto y observa todas las influencias que penetran.

Creo que es muy importante comprender esto, porque si os limitáis a resistir o defenderos de la influencia, esa resistencia que es una reacción, crea otro nuevo condicionamiento de la mente. La comprensión de proceso total de la influencia tiene que ser sin esfuerzo, ha de tener la calidad de la percepción inmediata. Es decir, si realmente veis por vosotros mismos la enorme importancia de no recibir influencias, entonces cierta parte de vuestra mente se encarga del asunto cada vez que estéis ocupados conscientemente en otras cosas, y esa parte de la mente está muy alerta, es muy activa, observadora. Lo importante es, pues, ver inmediatamente la enorme importancia de que ninguna circunstancia ni persona alguna influyan en nosotros. Ésa es la verdadera cuestión, y no la de cómo resistir las influencias, ni que hacer con las que haya. Una vez que hayáis captado este hecho central, hallaréis entonces que hay una parte de la mente que está siempre alerta y vigilante, siempre lista para limpiarse de toda influencia, por sutil que sea. De esta liberación de toda influencia viene la soledad, que es enteramente distinta del aislamiento. Y tiene que haber soledad, porque la belleza está fuera del campo del tiempo, y la mente que esté por completo sola es la única que puede saber lo que es la belleza.

Para la mayoría de nosotros, la belleza es cuestión de proporción, de forma, contorno, color. Vemos un edificio, un árbol, una montaña, un río, y decimos que son bellos; pero todavía existe el que está afuera, el experimentador que está mirando estas cosas y, por tanto, lo que llamamos belleza sigue estando dentro del campo del tiempo. Mas yo creo que la belleza está más allá del campo del tiempo, y que para conocer la belleza tiene que desaparecer el experimentador; éste último no es más que una acumulación de experiencias, desde las cuales juzga, valora, piensa. Cuando la mente mira un cuadro o escucha música o ve el rápido fluir de un río, generalmente lo hace partiendo de ese pasado de experiencia acumulada; está mirando desde el pasado, desde el campo del tiempo y para mí eso no es conocer la belleza, que es descubrir lo eterno, no es posible más que cuando la mente está sola por completo, y eso no tiene nada que ver con lo que dicen los sacerdotes, las religiones organizadas. La mente ha de estar del todo libre de influencias, de contaminación de la sociedad, de la estructura psicológica de la codicia, la envidia, la ansiedad, el miedo; tiene que estar libre por completo de todo eso. De esa libertad viene la soledad, y es únicamente en el estado de soledad en el que puede la mente conocer aquello que está más allá del campo del tiempo.

 No puede separarse la belleza de lo que es eterno. Podéis pintar, escribir, observar la naturaleza, más si existe la actividad del “yo” en cualquier forma –cualquier movimiento egocéntrico del pensamiento-, entonces lo que percibís deja de ser belleza, porque aún está dentro del campo del tiempo; y si no comprendéis la belleza no es posible que descubráis lo que es eterno, porque las dos cosas van juntas. Para descubrir lo que es eterno, lo inmortal, debéis tener la mente liberada del tiempo, el cual es la tradición, el conocimiento y la experiencia acumulada de lo pasado. No es cuestión de que es lo que creéis o no creéis; esto es inmaduro, completamente pueril, y no tiene que ver nada en absoluto con el asunto. Pero la mente que va en serio, que en realidad quiere descubrir, abandonará del todo la actividad egocéntrica del aislamiento, y gracias a ello llegará a un estado en que se encuentra sola por completo; únicamente en ese estado de soledad completa es en el que se puede dar la comprensión de la belleza, de aquello que es eterno.

Las palabras son peligrosas porque son símbolos, y estos no son lo real; trasmiten un significado, un concepto, pero la palabra no es la cosa. De modo que, cuando hablo de lo eterno, tenéis que ver si mis palabras influyen en vosotros, o si os aferráis a una creencia, lo cual sería demasiado infantil. 

Ahora bien, para descubrir si existe eso de lo eterno, tiene uno que comprender lo que es el tiempo. El tiempo es la cosa más extraordinaria, y no estoy hablando del tiempo cronológico, el del reloj, que es tan evidente como necesario. Hablo del tiempo como continuidad psicológica. ¿Es posible vivir sin esa continuidad? Lo que produce la continuidad es, sin duda alguna, el pensamiento. Si uno piensa constantemente en algo, hay continuidad. Si uno mira el retrato de la esposa todos los días, le da continuidad. Y ¿es posible vivir en este mundo sin producir continuidad en las acciones, de modo que llegue uno con frescura a cada acción? Es decir, ¿puedo yo morir para cada acción a lo largo del día, de modo que la mente nunca acumule y, por tanto, no sea contaminada por el pasado, sino que siempre esté nueva, fresca, inocente? Yo digo que tal cosa es posible, que uno puede vivir de esta manera, pero eso no significa que sea una realidad para vosotros. Tenéis que descubrirlo por vosotros mismos.

Empieza uno, pues, a ver que la mente tiene que estar sola por completo, mas no aislada. En este estado de completa soledad se produce una sensación de extraordinaria belleza, de algo no creado por la mente. No tiene nada que ver con ordenar unas cuantas notas musicales o utilizar unas cuantas pinturas para crear un cuadro. Como está sola, la mente está envuelta en belleza y, por tanto, es totalmente sensible; y al ser totalmente sensible es inteligente. Su inteligencia no es la de la astucia o el conocimiento, ni es la capacidad para hacer algo. La mente es inteligente en el sentido de no estar dominada, influida, y de no tener miedo. Mas, para hallarse en ese estado, la mente debe ser capaz de renovarse cada día, lo cual es morir a diario para el pasado, para todo lo que se ha conocido. 

Ahora bien, como dije, la palabra, el símbolo no es lo real, la palabra “árbol” no es el árbol, por lo cual tiene uno que estar muy alerta para no caer preso en las palabras. Cuando la mente está libre de la palabra del símbolo, se vuelve asombrosamente sensible y entonces se encuentra en un estado de descubrimiento.

Después de todo, el hombre ha estado buscando esto durante largo tiempo, desde la remota antigüedad, hasta hoy mismo. Quiere hallar algo que no esté hecho por el hombre. Aunque la religión organizada no tiene sentido para ningún hombre inteligente, las religiones organizadas siempre han dicho, sin embargo que hay algo que está más allá; y el hombre siempre ha buscado es algo, porque está perpetuamente en el dolor, en la desdicha, en la confusión, en la desesperanza. Como siempre se encuentra en estado de transición, quiere hallar algo permanente, algo que perdure, que persista, que tenga continuidad; por tanto, su búsqueda siempre ha estado dentro del campo del tiempo. Como puede uno observar, empero, no hay nada permanente. Nuestras relaciones, nuestro empleo, nada es permanente. Por el enorme miedo que nos da esta impermanencia, siempre estamos buscando algo duradero, lo que llamamos lo inmortal, lo eterno, o como queráis. Pero esta búsqueda de lo permanente, de lo inmortal, de lo eterno, no es más que una reacción, y por ello carece de validez. Sólo cuando la mente está libre de este deseo de sentirse segura es cuando puede empezar a descubrir si existe lo eterno, algo que está más allá del espacio, más allá del tiempo, más allá del pensador y de lo que éste piensa o busca. Para observar y comprender todo esto, hace falta atención total y la disciplina flexible que viene de esa atención. En una atención así no hay distracción, no hay tirantez, ni movimiento en ninguna dirección determinada, porque todo movimiento, todo motivo, es el resultado de la influencia del pasado o del presente. En ese estado de atención sin esfuerzo surge una extraordinaria sensación de libertad, y sólo entonces, estando totalmente vacía, callada, quieta, es capaz la mente de descubrir lo eterno. 

Tal vez queráis hacer preguntas sobre lo que se ha estado diciendo esta mañana. 

Pregunta: ¿Cómo va uno a liberarse del deseo de sentirse seguro? 

Krishnamurti: La palabra “como” implica un método, ¿no? Si sois constructor y os pregunto como se construye una casa, podéis decirme lo que hay que hacer, porque hay un método, un sistema, una manera de hacerlo; pero el hecho de seguir un método o un sistema ya acondicionado la mente, por tanto, ved simplemente la dificultad en el uso de esa palabra: “cómo”. 

Luego tenemos también que comprender el deseo. ¿Qué es el deseo? Traté de esto el otro día, y espero que los que estuvieron aquí ese día captaran de veras el significado de lo que se dijo y no se aburran con lo que esté diciendo ahora, porque, como sabéis, puede uno realmente escuchar todas esas charlas mil veces y ver cada vez algo nuevo. 

¿Qué es el deseo? Como dije el otro día, primero está el acto de ver o percepción; luego, el contacto o tacto; después sensación y, finalmente, surge eso que llamamos deseo. Así sucede, sin duda alguna. Os ruego que me escuchéis atentamente. Tomemos el acto de ver, por ejemplo, un precioso automóvil. De ese acto mismo de ver, aún sin tocar el vehículo viene la sensación que crea el deseo de conducir, de poseer el auto. No nos ocupamos de cómo resistir o liberarnos del deseo, porque el hombre que ha resistido y cree estar libre del deseo está en realidad paralizado, muerto. Lo importante es comprender todo el proceso del deseo, que es conocer tanto su importancia como su falta de importancia. Tiene uno que descubrir no como terminar el deseo, sino que es lo que produce su continuidad.

 ¿Qué es, pues, lo que produce la continuidad del deseo? Es el pensamiento, ¿no? Primero se ve el automóvil, luego viene la sensación, a la que sigue el deseo. Y si no interviene el pensamiento para trasmitir continuidad al deseo, diciendo: “Tengo que tener ese auto; ¿cómo lo conseguiré?”, entonces el deseo termina. ¿Comprendéis esto? No pido que haya liberación del deseo, al contrario, tenéis que comprender toda su estructura; y entonces hallaréis que ya no hay continuidad del deseo, sino algo totalmente distinto.

Lo importante no es, pues, el deseo, sino el hecho de que le trasmitimos continuidad. Por ejemplo, trasmitimos continuidad a la sexualidad por medio de pensamientos, imágenes, ilustraciones, sensaciones o recuerdos; mantenemos el recuerdo pensando en todo eso y así, la importancia del sexo y de los sentidos permanece, continúa. No es que los sentidos no sean importantes: lo son, pero nosotros introducimos una continuidad en el placer de los sentidos que llega a ser abrumadoramente importante en nuestra vida. Lo importante no es, pues, estar libres del deseo, sino comprender su estructura, y como el pensamiento le proporciona la continuidad. Y eso es todo. Entonces la mente es libre, y no tenéis que tratar de libraros del deseo. Desde el momento en que busquéis esa liberación del deseo, ya estáis presos en el conflicto. Cada vez que veis un automóvil, una mujer, una casa, o cualquier cosa que os atraiga, interviene el pensamiento y continúa el deseo, y entonces todo ello se convierte en un interminable problema. 

Lo importante es vivir una vida sin esfuerzo, sin un solo problema; y podéis vivir sin un problema si comprendéis la naturaleza del esfuerzo y veis muy claramente toda la estructura del deseo. La mayoría de nosotros tenemos mil problemas y para liberarnos de ellos tenemos que ser capaces de acabar con cada uno de modo inmediato, según surgen.

Creo que ya hemos tratado esto lo suficiente y no vamos a continuar con el tema. Pero es absolutamente necesario que la mente no tenga ningún problema y de este modo viva una vida sin esfuerzo. Ciertamente sólo a una mente así la podemos calificar de religiosa, ya que ha comprendido el dolor y su terminación; carece de miedo y, por tanto, es luz para sí misma. 

2 de agosto de 1964.

Saanen

EL LIBRO DE LA VIDA - J.K. - 16 DE FEBRERO -

 Acción sin idea 

Sólo cuando la mente está libre de la idea puede haber una experiencia directa. Las ideas no son la verdad; y la verdad es algo que debe ser experimentado directamente, de instante en instante. No se trata de una experiencia que deseamos, la cual sería entonces mera sensación. Sólo cuando uno puede ir más allá de las ideas -que es el «yo», que es la mente, que tiene una continuidad parcial o completa-, sólo cuando uno puede trascender todo eso y el pensamiento está absolutamente silencioso, hay un estado en que se experimenta de manera directa. En ese estado sabrá uno qué es la verdad. 

16 DE FEBRERO LPU

EL LIBRO DE LA VIDA

LA MUTACIÓN PSICOLÓGICA - J.K. - CAPÍTULO 9

 Capítulo Noveno  Esta mañana quisiera hablar sobre algo que puede ser un poco ajeno a la mayoría de las personas. Me parece que una de las cosas más importantes de la vida es aclarar la mente, vaciarla de toda experiencia y pensamiento, para que quede nueva, fresca, inocente; porque es sólo la mente inocente, en su libertad, la que puede descubrir lo que es verdadero. Esta inocencia no es un estado de permanencia, no es que la mente haya logrado un resultado y se quede ahí. Es el estado de una mente que, como es libre por completo, puede renovarse de momento a momento, sin esfuerzo. Y esta inocencia, esta libertad para descubrir, es de una gran importancia, porque la mayoría de nosotros vivimos muy superficialmente; vivimos en el conocimiento y la información, y creemos que estas cosas son suficientes, pero sin meditación nuestra vida es muy superficial. Al decir “meditación” no me refiero a contemplación o plegaria. Para hallarse en un estado de meditación, o más bien llegar a él natural y fácilmente, sin esfuerzo, tiene uno que empezar a comprender la mente superficial, cotidiana, la mente que se satisface tan fácilmente con la información. Habiendo acumulado conocimientos o adquirido una capacidad técnica que nos permita especializarnos en una dirección determinada y vivir en este mundo más bien superficialmente, la mayoría de nosotros nos contentamos con vivir en ese nivel sin comprender ningún problema psicológico que pueda surgir. Me parece, pues, muy importante observar cuán superficial es ahora la mente, e inquirir si es posible que vaya más allá de sí misma.

 Cuanto más conocimiento y preparación tiene uno, tanto mayor es su capacidad en la vida diaria, y es evidente que debe un tener ese conocimiento, ese adiestramiento, esa capacidad, porque no podemos renunciar a la maquinaria y a la ciencia y retroceder a las costumbres de la antigüedad. Eso sería como hacen las llamadas personas religiosas, que tratan de volver a una tradición o revivir antiguos conceptos y fórmulas filosóficas, destruyéndose por ello a sí mismas y el mundo en que viven. La ciencia, las matemáticas y la técnica de que ahora dispone el hombre son absolutamente necesarias. Sin embargo, vivir en este mundo de tecnología, información y conocimientos que se desarrollan tan rápidamente, tiende a hacer la mente muy superficial, y la mayoría de nosotros nos contentamos con seguir en esa superficialidad, porque el conocimiento y la técnica nos dan más dinero, más comodidad, más de la llamada libertad, cosas todas que son altamente respetadas por una sociedad degradada, en desintegración. Así, la mente que quiere ir más allá de sí misma, tiene que comprender las limitaciones de la técnica, del conocimiento y la información, y estar libre de tales limitaciones.

Como puede uno observar, todas nuestras actividades, emociones, reacciones nervosas, son muy superficiales, están en lo exterior. Viviendo en la superficie, como lo hace la mayoría de nosotros, tratamos de buscar las honduras, tratamos de profundizar cada vez más, bajo la superficie, porque pronto se cansa uno de esta manera superficial de vivir. 

Cuanto más inteligentes, intelectuales, apasionados seamos, tanto más viva será nuestra percepción de lo superficial de nuestra existencia, que se vuelve bastante cansada, aburrida y de escasa importancia.

 Así es que la mente superficial trata de descubrir el propósito de la vida, o bien busca una fórmula que le dé un propósito a la vida. Pugna por vivir con arreglo a un concepto que ha ideado o a una creencia que ha aceptado, y por ello su acción sigue siendo superficial. 

Hay que ver muy claramente este hecho. Lo que vamos a hacer esta mañana es quitar capa tras capa de superficialidad para poder llegar al origen, a la verdadera profundidad de las cosas. 

La superficialidad se perpetúa por la experiencia, y por ello es muy importante comprender todo el significado de la experiencia. 

Ante todo, ve uno cómo la especialización técnica de cualquier clase tiende a hacer la mente estrecha, mezquina, limitada, cualidades que son la esencia misma de lo burgués. 

Luego la mente, como es superficial, busca eso que llama lo importante de la vida, y por ello proyecta un modelo que es complaciente, beneficioso, placentero y que se ajusta a ese patrón. Este proceso le da un determinado propósito, un impulso, una sensación de triunfo.

También tenemos que comprender plenamente eso que se llama experiencia. Como vivimos una vida muy superficial, siempre estamos buscando experiencias cada vez más amplias y más profundas. Por eso acude la gente a las iglesias, toma mezcalina, ensaya el LSD-25, el ácido lisérgico y otras varias drogas, para conseguir una nueva sacudida, un nuevo estímulo, una nueva sensación. La mente busca también experiencias a través del arte, de la música y de las más recientes formas de expresión. 

Ahora bien, una mente que quiera encontrarse a gran profundidad –encontrarse, no provocar ese estado- tiene que comprender todas estas cosas. Comprender no es meramente abarcar intelectualmente la comunicación verbal, sino más bien ver de modo inmediato la verdad de las cosas; y esta comprensión inmediata es compasión. Ninguna abundancia de argumentos, de investigar la verdad de las opiniones, puede producir comprensión. Lo que se necesita es sensibilidad, percepción, exploración cuidadosa que paso a paso confiera a la mente la capacidad para aprehender con celeridad.

 ¿Cuál es, pues la naturaleza de la experiencia? Todos queremos nuevas experiencias, ¿no es así? Estamos cansados de lo viejo, de las cosas que nos han traído dolor, que nos han causado pena, de la rutina de la oficina, de los ritos de la iglesia, del culto al Estado. Está uno harto de todo eso, cansado, agotado. Quiere uno, pues, más experiencias en diferentes direcciones y a distintos niveles, Más sólo la mente que no busca ni acumula experiencia, sólo una mente así, es la que puede hallarse en un estado de completa profundidad. 

La experiencia es el producto de un estímulo y una respuesta. La reacción de la mente a un estímulo puede ser adecuada o inadecuada, según su pasado, su condicionamiento. Es decir, respondemos a cada estímulo con arreglo a nuestro pasado, a nuestro condicionamiento particular. Esa respuesta al estímulo es la experiencia; y toda experiencia deja un residuo al cual llamamos conocimiento. Para decirlo de otro modo, al pasar por diversas experiencias, la mente actúa como un tamiz, en el cual cada experiencia deja cierto sedimento. Ese sedimento es la memoria y con ese recuerdo se hace frente a la siguiente experiencia. 

De modo que cada experiencia – por muy amplia y profunda, por vital que sea – deja un nuevo depósito de sedimento o recuerdo, y por ello refuerza el condicionamiento de la mente. 

Os ruego que no toméis esto como una opinión, ni tampoco se trata de que creáis lo que se está diciendo. Si os observáis veréis que esto es lo que en realidad sucede. El que habla describe la acumulación mental de la experiencia, y ese proceso lo observáis en vosotros mismos. No hay pues nada que creer, ni os estoy hipnotizando con mis palabras.

Así, toda la experiencia, sea la que fuere, deja un sedimento, que se convierte en el pasado como recuerdo, y en ese sedimento vivimos. Es el “yo”, es la estructura misma de la actividad egocéntrica. Viendo la naturaleza limitada de esta actividad egocéntrica, buscamos cada vez más y mayores experiencias, o insistimos en averiguar cómo superar estas limitaciones para dar con algo más grande. Más toda esa búsqueda sigue siendo la actividad de la acumulación, y no sirve más que para aumentar lo que ya había, el sedimento de la experiencia, ya sea la de un minuto, la de un día o la de millones de años.

Pues bien, tenéis que ver claramente este hecho, tenéis que daros cuenta de él, como os dais cuenta de tener hambre. Cuando sentís hambre, nadie tiene que decíroslo. Es vuestra propia experiencia. Del mismo modo, habéis de ver muy claramente por vosotros mismos que toda experiencia –ya sea de afecto, de simpatía, de orgullo, de celos, de inspiración, de miedo o de lo que queráis- deja un residuo en la mente; y que la constante repetición y superposición de tal residuo o sedimento es todo el proceso del pensar, de nuestro ser. Cualquier actividad que surja de este proceso, a cualquier nivel que sea, tiene que ser superficial, inevitablemente; y una mente que quiera investigar sobre la posibilidad de descubrir un estado original o un mundo no contaminado por el pasado ha de comprender este proceso de experiencia.

Surge, pues, la cuestión de si es posible vernos libres de toda autoridad egocéntrica, sin esfuerzo, sin tratar de disolverla y de convertirla por ello en un problema. 

Espero que esté presentando claramente la cuestión. De lo contrario, carecerá de toda claridad lo que voy a decir ahora. 

Ahora bien, la palabra “meditación” significa en general reflexionar, investigar o ponderar algo; o puede significar un estado de mente contemplativo, sin el proceso del pensamiento. 

Es una palabra que tiene muy poco sentido en esta parte del mundo, pero en Oriente tiene una gran importancia. 

Se ha escrito mucho sobre el asunto y hay muchas escuelas que propugnan diversos métodos o sistemas de meditación. Para mí, la meditación no es ninguna de esas cosas. 

Meditación es el vaciamiento total de la mente, y no puede uno vaciarla de manera forzada, según un método, una escuela o sistema. Además, debe uno ver la completa falacia de los sistemas. 

Practicar un sistema de meditación es ir en pos de la experiencia, es un intento de lograr una experiencia más elevada o la experiencia máxima y definitiva. 

Cuando uno comprende la naturaleza de la experiencia, rechaza todo eso, lo da por terminado para siempre, porque la mente propia ya no sigue a nadie, no persigue la experiencia, no tiene deseo de visiones. Toda búsqueda de visiones, toda intensificación artificial de la sensibilidad –por medio de drogas, disciplina, rituales, culto, plegaria- es actividad egocéntrica.

Nuestra pregunta es, pues: una mente que se haya superficializado por la tradición, por el tiempo, por la mente, por la experiencia, ¿cómo podrá una mente así liberarse sin esfuerzo de su superficialidad? ¿Cómo puede estar tan por completo despierta que ya no tenga sentido alguno la búsqueda de experiencia? ¿Comprendéis? Lo que está lleno de luz no pide más luz: es la luz misma; y toda influencia, toda experiencia que penetre en esa luz, se quema, desaparece en ese mismo momento, de modo que la mente queda siempre clara, inmaculada, inocente. 

Sólo la mente clara, inocente, es la que puede ver lo que está más allá de la medida del tiempo. Y ¿cómo va a producirse ese estado mental?

 ¿He planteado con claridad la pregunta? 

No es mi Pregunta: es, o debe ser, la de todos, de modo que yo os la estoy formulando. 

Si yo os impusiera esta pregunta, la convertiríais en un problema, diríais: “¿Cómo voy a hacerlo?” 

Esa pregunta ha de nacer de vuestra percepción, porque habéis vivido, habéis observado y visto lo que es el mundo, y os habéis observado a vosotros mismos en vuestras acciones; habéis leído y acumulado información, habéis progresado en conocimiento, habéis visto personas muy listas de mente, como las máquinas computadoras; profesores que pueden soltar una retahíla de conocimientos, y os habéis encontrado con teólogos de ideas fijas, alrededor de las cuales han edificado maravillosas teorías. Habiendo percibido todo esto, debéis haberos formulado inevitablemente la Pregunta: “¿Cómo va la mente, que es esclava del tiempo, producto del pasado, cómo va una mente así a prescindir por completo, fácilmente y sin esfuerzo, del pasado? ¿Cómo se va a librar del tiempo sin ninguna directiva o motivo, de modo que se encuentre en la fuente original de la vida?”.

Ahora bien, cuando os hacéis esa pregunta, u os la hace otro, ¿cuál es vuestra respuesta? Por favor, no me respondáis, sino escuchad simplemente. Es una pregunta inmensa, no es una simple cuestión retórica que podáis contestar rápidamente o desecharla; es una pregunta de enorme importancia para una mente que haya visto claramente las tonterías de la religión organizada y haya dejado de hacer caso a sacerdotes, gurus, templos, iglesias, rituales, inciensos, que no haga ningún caso a nada de eso. 

Y, si habéis llegado a este punto, entonces tenéis que haberos preguntado: ¿cómo va la mente a ir más allá de si misma? 

¿Qué hacéis cuando os veis enfrentados directamente con un inmenso problema, cuando os sucede algo tremendo e inmediato? 

La experiencia es tan vital, tan exigente, que os absorbe por completo, ¿no? 

La mente se sobrecoge ante ese enorme acontecimiento, de modo que se queda quieta. Ésa es una forma de silencio. 

Vuestra mente responde como un niño al que se ha dado un juguete muy interesante. Este juguete lo absorbe, le hace concentrarse de modo que, de momento, deja de ser travieso, ya no alborota ni hace nada de eso. 

Y lo mismo les ocurre a los adultos cuando se enfrentan con algún gran problema. Como la mente no comprende todo su significado, se entrega a esa experiencia y se embota, sufre una conmoción, se queda paralizada, de modo que queda fugazmente silenciosa. Esto es algo que hemos experimentado la mayoría de nosotros. 

Luego existe un silencio de la mente que viene cuando se mira el problema con completa concentración. En ese estado no hay distracción, porque por el momento la mente no tiene otro pensamiento, otro interés, no mira a ninguna parte, pues sólo le interesa esa única cosa; se intensifica la concentración y se excluye todo lo demás. En ese esfuerzo hay vitalidad, una demanda, una urgencia que también produce un cierto silencio.

Cuando la mente está absorta en un juguete, en un problema cualquiera, lo único que está haciendo es escapar. Cuando se apoderan de la mente imágenes, símbolos, palabras tales como “Dios”, “Salvador”, etc., todo esto es una profunda evasión, una huída de lo real, y en esa fuga hay un cierto silencio. Cuando la mente se sacrifica o se olvida de si misma mediante la completa identificación con algo, puede estar perfectamente quieta, pero se encuentra entonces en un estado neurótico. 

La demanda de identificarse con un propósito, con una idea, con un símbolo, con un país, con una raza: todo eso es neurótico, como lo son todas las personas supuestamente religiosas. Se han identificado con el salvador, con el Maestro, con esto o con aquello, lo cual les da una enorme sensación de alivio y les trae cierta perspectiva beatífica de la vida, cosa que es una actitud enteramente neurótica.

Existe luego la mente que ha aprendido a concentrarse, que se ha enseñado a no desviar nunca la mirada de la idea, de la imagen, del símbolo que ha proyectado frente a sí misma. 

Y ¿que ocurre en ese estado de concentración? 

Toda concentración es esfuerzo y todo esfuerzo es resistencia. 

Es como construir una muralla defensiva en torno vuestro, con un agujerito por el cual miráis sólo una idea o un pensamiento, de modo que nunca podáis ser sacudidos, nunca os volváis inseguros. 

No estáis nunca abiertos, sino que siempre vivís en vuestra concha de concentración, tras los muros de vuestra inspirada persecución de algo, y de esto sacáis una enorme sensación de vitalidad, un impulso que os permite hacer cosas extraordinarias: ayudar a personas que están en los barrios pobres, a las que viven en los desiertos, hacer toda clase de buenas obras; pero es aún la actividad egocéntrica de una mente que se concentra en una sola cosa, excluyendo toda otra. 

Y eso da también a la mente una cierta paz, un cierto silencio.

Bueno, pues existe un silencio que no tiene nada que ver con ninguno de estos estados neuróticos, y ahí es donde reside nuestra dificultad; porque desgraciadamente, y digo eso con mucha cortesía, la mayoría de nosotros somos neuróticos. Así, pues, para comprender lo que es el silencio tiene uno primero que estar libre de toda neurosis. En el silencio de que estoy hablando no hay autocompasión, no se percibe un resultado, no se proyecta una imagen; no hay visiones, ni pugna uno por concentrarse. Ese silencio viene sin llamarlo, cuando habéis comprendido la absorción de la mente en una idea y las diversas formas de concentración que practica; y cuando habéis comprendido también el proceso del pensar. Partiendo del hecho de observar, de vigilar la actividad egocéntrica de la mente, viene un sentido de disciplina extraordinariamente flexible. Y esa es la disciplina que habéis de tener. No la disciplina defensiva, reaccionaria; no tiene nada que ver con sentarse con las piernas cruzadas en un rincón, ni todas esas cosas tan pueriles. Y en ello no hay imitación no hay conformidad, no hay esfuerzo para lograr un resultado. El observar todos los movimientos del pensamiento y del deseo, el hambre de nuevas experiencias, el proceso de identificarse con algo: meramente el observar y comprender todo eso produce de modo natural una facilidad de disciplina en libertad. Con esta disciplina de comprensión viene un peculiar darse cuenta de inmediato, una percepción directa, un estado de completa atención. En esta atención hay virtud, y esa es la única virtud. La moral social, el carácter que se desarrolla por la resistencia de acuerdo con la respetabilidad y la ética de la sociedad: esto no es virtud en absoluto. Virtud es la comprensión de toda esta estructura social que el hombre ha construido en torno de si mismo; y también la comprensión del llamado autosacrificio de la mente mediante la identificación y el control. La atención nace de esa comprensión, y sólo en la atención hay virtud.

 Debéis tener una mente virtuosa, pero no es virtud la que se limita a ajustarse a los patrones sociales y religiosos de una determinada sociedad, ya sea capitalista o comunista. Tiene que haber virtud, porque sin ella no hay libertad. Más, como la humildad, la virtud no puede cultivarse. No podéis cultivar la virtud, lo mismo que no podéis cultivar el amor. Pero cuando hay atención completa hay también virtud y amor. De la atención completa viene el silencio total, no sólo al nivel de la mente consciente, sino también del inconsciente. Tanto lo consciente como lo inconsciente son, en realidad, muy triviales, y la percepción de su trivialidad libera la mente del pasado, lo mismo que del presente. Al prestar toda la atención a lo presente, viene un silencio en el cual la mente ya no está experimentando. Toda experimentación ha terminado, porque ya no hay nada que experimentar. Como está del todo despierta la mente es luz para sí misma. En este silencio hay paz. No es la paz de los políticos ni la que hay entre dos guerras. Es una paz que no nace de la reacción. Y cuando la mente está así, en quietud completa, puede seguir adelante. El movimiento de la quietud es enteramente distinto del movimiento de la actividad egocéntrica. Este movimiento de la quietud es creación. Cuando la mente es capaz de moverse en quietud, conoce la muerte y el amor, y puede entonces vivir en este mundo y sin embargo estar libre de él.

¿Queréis hacer alguna pregunta?

Pregunta: Anhelo el silencio, pero veo que mis intentos para alcanzarlo son cada vez más lastimosos a medida que pasa el tiempo.

Krishnamurti: Ante todo, no podéis anhelar este silencio; no sabéis nada sobre él. Aun cuando lo supierais, no sería así, porque lo que conoceríais no sería lo que es. Tiene uno pues que andar con mucho cuidado para no decir nunca “yo lo sé.”

Señor, mirad, lo que conocéis lo reconocéis. Os reconozco porque os encontré ayer. Como entonces oí lo que decíais y vi vuestro modo de ser, digo que os conozco. Lo que conozco ya es del pasado, y desde ese pasado puedo reconoceros. Mas este silencio no puede reconocerse; en él no hay proceso alguno de reconocimiento. Esto es lo primero que hay que comprender. Para reconocer algo tenéis que haberlo experimentado ya, haberlo conocido, o tenéis que haber leído sobre ello, o alguien tiene que haberlo descrito; mas lo que se reconoce, lo que se conoce, lo que se describe, no es este silencio porque nuestra vida es tan superficial, tan vacía, tan monótona, tan estúpida, que queremos escapar de toda su fealdad. Mas no podemos escapar de algo tan deplorable. No podemos huir. Lo que tenemos que hacer es comprenderlo, y para comprender algo es preciso que no lo rechacéis, que no escapéis. Debéis tener un gran amor, un verdadero afecto por aquello que queréis comprender. Si queréis comprender a un niño, no podéis obligarlo o forzarlo, ni compararlo con su hermano mayor; tenéis que mirarlo, observarlo muy cuidadosamente, con ternura, con afecto, con todo lo que tengáis. Del mismo modo debemos comprender eso tan mezquino que llamamos nuestra vida, con todos sus celos, conflictos, desdichas, afanes y sufrimientos. De esa comprensión viene una cierta paz, que no podéis buscar a ciegas.

Tal vez ya os es conocida aquella bonita historia del discípulo que fue a ver a su maestro. Éste se encontraba sentado en un hermoso jardín, bien regado, y el discípulo vino a sentarse cerca de él, no enfrente, porque sentarse directamente ante el Maestro no es muy respetuoso. Así, sentado un poco a un lado, cruza las piernas y cierra los ojos. Entonces el Maestro Pregunta: “Amigo mío, ¿qué estás haciendo? “ Al abrir los ojos el discípulo dice: “Maestro trato de llegar a la conciencia del Buda”, y cierra los ojos de nuevo. Poco después el Maestro coge dos piedras y empieza frotarlas una contra otra, haciendo mucho ruido; así, el discípulo desciende de su gran elevación y dice: Maestro, ¿qué estáis haciendo?” El Maestro replica: “Estoy frotando estas dos piedras para convertir una de ellas en espejo.” Y dice el discípulo: “Pero, Maestro, seguramente que nunca lo conseguiréis, aunque las estéis frotando durante un millón de años.” Entonces sonríe el Maestro y responde: “De la misma manera, amigo mío, puedes estar sentado así durante un millón de años, y nunca llegarás a lo que estás tratando de alcanzar,” y eso es lo que todos estamos haciendo. Todos adoptamos posturas; todos queremos algo, andamos a tientas en busca de algo, cosa que requiere esfuerzo, pugna, disciplina. Pero me temo que ninguna de estas cosas abra la puerta; lo que sí la abrirá es comprender sin esfuerzo; simplemente mirar, observar con afecto, con amor, mas no podéis tener amor si no sois humildes; y la humildad sólo es posible cuando no queréis ninguna cosa, ni de los dioses ni de ningún ser humano. 

30 de julio de 1964

Saanen

EL LIBRO DE LA VIDA - J.K. - 15 DE FEBRERO -

 Observación directa 

¿Por qué las ideas arraigan en nuestras mentes? ¿Por qué no se vuelven sumamente importantes los hechos, no las ideas? ¿Por qué llegan a ser tan significativas las teorías, los conceptos, y no el hecho? ¿Es, acaso, porque no podemos comprender el hecho, porque nos falta la capacidad de enfrentarnos a él, o porque nos atemoriza hacerlo? Así pues, las ideas, las especulaciones, las teorías, son recursos para escapar del hecho... Uno puede huir, puede hacer toda clase de cosas, los hechos están ahí: el hecho de que uno es irascible, el hecho de que es ambicioso, el hecho de que es sensual, muchísimas cosas. Podrá reprimir los hechos, transmutarlos -que es otra forma de represión-, controlarlos, pero todos esos hechos fueron reprimidos, controlados, disciplinados con ideas [...]. ¿No desperdician nuestra energía las ideas? No embotan la mente? Uno podrá ser hábil en especulaciones mentales, en citas, pero la mente que apela a las citas es una mente embotada; ha leído muchísimo y cita. ... Uno elimina de un solo golpe el conflicto de lo opuesto, si vive con el hecho y, por lo tanto, libera la energía para enfrentarse al hecho. Para la mayoría de nosotros, la contradicción es un campo extraordinario en el que la mente queda atrapada. Quiero hacer esto, y hago algo por completo diferente; pero si me enfrento al hecho de querer hacer esto, no hay contradicción alguna; en consecuencia, de un solo golpe he abolido íntegramente todo sentido de lo opuesto, y mi mente está entonces interesada por completo en lo que es y en la comprensión de lo que es. 

15 DE FEBRERO OCK- Vol. XIII

EL LIBRO DE LA VIDA

LA MUTACIÓN PSICOLÓGICA - J.K. - CAPÍTULO 8 -

 Capítulo Octavo 

Esta mañana tal vez podríamos dejar a un lado todos nuestros problemas: los económicos, los de relación personal, los de mala salud y también los muchos problemas mayores que nos rodean, nacionales e internacionales, los de la guerra, del hambre, los motines, etc. No es que estemos eludiéndolos, mas si podemos, al menos esta mañana, dejarlos a un lado, quizá entonces seamos capaces de acometerlos de modo distinto, con una mente más fresca, con una percepción más aguda, y por ello tratarlos de manera nueva, con mayor vigor y claridad. Me parece que sólo el amor puede producir la acertada revolución, y que toda otra clase de revolución, es decir, la basada en teorías económicas, en ideologías sociales, y así sucesivamente, sólo puede producir más desorden, más confusión y desdicha. No podemos esperar resolver el problema humano, fundamental, reformando y recomponiendo sus muchas piezas. Sólo cuando hay gran amor es cuando podemos tener una perspectiva total y, por tanto, una total acción, en vez de esta actividad parcial, fragmentaria, que ahora llamamos revolución y que no conduce a ninguna parte. Esta mañana me gustaría hablar sobre algo que incluye la totalidad de la vida, algo que no es fragmentario, sino una actitud total ante la existencia entera del hombre; y para examinarlo con alguna profundidad me parece que tiene que dejar uno de estar preso en teorías, creencias, dogmas. La mayoría de nosotros aramos sin cesar en el suelo de la mente, mas parece que nunca sembramos; analizamos, discutimos, fragmentamos las cosas, mas no comprendemos el movimiento total de la vida. Pues bien, creo que hay tres cosas que tenemos que comprender de modo muy profundo si hemos de comprender todo el movimiento de la vida. Son el tiempo, el dolor y la muerte. Para comprender el tiempo, para abarcar el pleno significado del dolor y para convivir con la muerte, para todo eso hace falta la claridad del amor. El amor no es una teoría ni un ideal. O amáis o no amáis. El amor no puede enseñarse. No podéis tomar lecciones sobre cómo amar, ni existe un método por cuya práctica diaria podáis saber lo que es el amor. Mas yo creo que llega uno al amor de forma natural, fácil, espontánea, cuando realmente comprende el sentido del tiempo, la extraordinaria profundidad del dolor y la pureza que viene con la muerte. Acaso podamos, pues, considerar –en la realidad, no en teoría o de manera abstracta- la naturaleza del tiempo, la calidad o estructura del dolor y eso tan extraordinario que llamamos muerte. Estas tres cosas no están separadas. Si comprendemos el tiempo, comprenderemos lo que es la muerte, y también comprenderemos lo que es el dolor. Mas si consideramos el tiempo como algo que está aparte del dolor y la muerte, e intentamos tratarlo separadamente, entonces nuestro enfoque será fragmentario y, por tanto, nunca comprenderemos la extraordinaria belleza y vitalidad del amor.

Vamos, pues, esta mañana a tratar del tiempo, no como una abstracción, sino como una cosa real, siendo el tiempo duración, la continuidad de la existencia. Está el tiempo cronológico, las horas y días que se extienden hasta millones de años; y es el tiempo cronológico el que ha producido la mente con que operamos; ésta es el resultado del tiempo como continuidad de la existencia, y se llama progreso el perfeccionamiento o pulimento de la mente por esa continuidad. El tiempo es también la duración psicológica creada por el pensamiento como medio para lograr algo. Utilizamos el tiempo para progresar, para conseguir, para llegar a ser, para producir cierto resultado. El tiempo, para la mayoría de nosotros, es un peldaño hacia algo que es mucho más grande: hacia el desarrollo de ciertas facultades, hacia el perfeccionamiento de determinada técnica, hacia el logro de un fin, una meta, sea loable o no; y así hemos llegado a pensar que el tiempo es necesario para comprender lo que es verdadero, lo que es Dios, lo que está más allá de todo el afán del hombre. La mayoría de nosotros consideramos el tiempo como el periodo de duración entre el momento presente y algún momento futuro, en que habremos conseguido algo, y utilizamos ese tiempo para cultivar el carácter, para librarnos de cierto hábito, para desarrollar un músculo o un punto de vista. Durante dos mil años, la mente cristiana ha sido condicionada para creer en un Salvador, en el infierno, en el cielo; en Oriente se ha producido un similar condicionamiento mental a lo largo de un periodo mucho más dilatado. Creemos que el tiempo es necesario para todo lo que tenemos que hacer o comprender y, por tanto, el tiempo se convierte en una carga, en una barrera contra la percepción afectiva; nos impide ver de manera inmediata la verdad de algo, porque creemos que hay que tomarse tiempo para ello. Decimos: “Mañana o dentro de un par de años comprenderé esto con extraordinaria claridad.” Desde el momento en que admitimos el tiempo, estamos cultivando la indolencia, esa peculiar pereza que nos impide ver inmediatamente la cosa como es en realidad. Creemos necesitar el tiempo para abrirnos paso a través del condicionamiento que sobre la mente ha impuesto la sociedad, con sus religiones organizadas, sus códigos de moral, sus dogmas, su arrogancia y su espíritu de competencia. Pensamos en términos de tiempo, porque el pensamiento es del tiempo; el pensamiento es la respuesta de la memoria, y esta es toda la experiencia que se ha ido acumulando, que hemos heredado y adquirido por la raza, la comunidad, el grupo, la familia y el individuo. Estos conocimientos son el resultado del proceso aditivo de la mente, y su acumulación ha requerido tiempo. Para la mayoría de nosotros, la mente es memoria, y siempre que hay un estimulo, una demanda, es la memoria la que responde. Es como la respuesta del cerebro electrónico, que funciona por tiempo es necesario para todo lo que tenemos que hacer o comprender y, por tanto, el tiempo se convierte en una carga, en una barrera contra la percepción afectiva; nos impide ver de manera inmediata la verdad de algo, porque creemos que hay que tomarse tiempo para ello. Decimos: “Mañana o dentro de un par de años comprenderé esto con extraordinaria claridad.” Desde el momento en que admitimos el tiempo, estamos cultivando la indolencia, esa peculiar pereza que nos impide ver inmediatamente la cosa como es en realidad. Creemos necesitar el tiempo para abrirnos paso a través del condicionamiento que sobre la mente ha impuesto la sociedad, con sus religiones organizadas, sus códigos de moral, sus dogmas, su arrogancia y su espíritu de competencia. Pensamos en términos de tiempo, porque el pensamiento es del tiempo; el pensamiento es la respuesta de la memoria, y esta es toda la experiencia que se ha ido acumulando, que hemos heredado y adquirido por la raza, la comunidad, el grupo, la familia y el individuo. Estos conocimientos son el resultado del proceso aditivo de la mente, y su acumulación ha requerido tiempo. Para la mayoría de nosotros, la mente es memoria, y siempre que hay un estimulo, una demanda, es la memoria la que responde. Es como la respuesta del cerebro electrónico, que funciona por  asociación. Como el pensamiento es la reacción de la memoria, es, en su naturaleza misma, producto del tiempo y creador del mismo. Por favor, lo que estoy diciendo no es una teoría, no es algo sobre lo cual tengáis que pensar. No tenéis que pensar sobre ello, sino más bien verlo porque es así. No voy a entrar en todos los intrincados detalles, pero he indicado los hechos esenciales, y o lo veis o no lo veis. Si estáis siguiendo lo que se dice, no sólo de modo verbal, lingüístico o analítico, sino viendo efectivamente que es así, comprenderéis como engaña el tiempo; y entonces la cuestión es si el tiempo puede cesar; si podemos ver todo el proceso de nuestra propia actividad, ver su profundidad, su superficialidad, su belleza, su fealdad, no mañana sino inmediatamente, entonces esa misma percepción es la acción que destruye el tiempo. Sin comprender el tiempo no podemos comprender el dolor. No son dos cosas diferentes, como tratamos de hacer creer. Ir a la oficina, estar con la familia, procrear hijos, no son incidentes separados, aislados; al contrario, están profunda e íntimamente relacionados unos con otros; y no podemos ver esta extraordinaria intimidad de relación si no existe la sensibilidad que el amor conlleva.

Para comprender el dolor, tenemos en realidad que comprender la naturaleza del tiempo y la estructura del pensamiento. El tiempo tiene que detenerse pues de lo contrario sólo estaremos repitiendo la información que hemos acumulado como un cerebro electrónico. Si no termina el tiempo lo cual significa la terminación del pensamiento, habrá mera repetición, ajuste, una continua modificación; nunca habrá nada nuevo. Somos como cerebros electrónicos glorificados, tal vez un poco más independientes, pero, sin embargo, maquinales en la forma en que funcionamos. Así, para comprender la naturaleza del dolor y para acabar con él, tiene uno que comprender el tiempo; y comprender el tiempo es comprender el pensamiento. No están separados. Al comprender el tiempo nos encontramos con el pensamiento, y la comprensión de este es la terminación del tiempo y por tanto, la del dolor. Si eso está muy claro, entonces podemos mirar el dolor sin rendirle culto, como hacen los cristianos. Aquello que no comprendemos lo adoramos o lo destruimos, lo ponemos en una iglesia, en un templo o en un oscuro rincón de la mente, y le tenemos mucho miedo; o le damos de puntapiés, lo tiramos o lo eludimos más aquí no estamos haciendo ninguna de esas cosas. Vemos que durante miles de años el hombre ha luchado con este problema del dolor, y que no ha podido resolver; se ha habituado, pues, a él, lo ha aceptado, diciendo que es una parte inevitable de la vida. Más el limitarse a aceptar el dolor es no sólo estúpido sino que contribuye a embotar la mente la vuelve insensible, brutal, superficial, y así la mediocridad invade la vida, la deja reducida únicamente a trabajo y placer. Uno vive una existencia fragmentada, como hombre de negocios, científico, artista, como persona sentimental o de las llamadas religiosas, etc. Mas para comprender el dolor y librarse de él tenéis que comprender el tiempo y por consiguiente el pensamiento. No podéis negar el dolor ni huir, eludirlo por las diversiones, las iglesias, las creencias organizadas; ni podéis aceptarlo y rendirle culto; y para no hacer ninguna de estas cosas, hace falta mucha atención, que es energía. El dolor hecha raíces en la autocompasión, y para comprenderlo tiene primero que haber una implacable actuación frente a toda autocompasión. No se si habréis observado como os compadecéis de vosotros mismos, por ejemplo cuando decís: “me siento sólo”. Desde el momento en que os tenéis lástima ya habéis proporcionado el terreno en que arraiga el dolor. Por mucho que justifiquéis la autocompasión y la racionalicéis, le deis lustre, la tapéis con ideas, ahí seguirá, enconándose hondamente en vuestro interior. Así pues, un hombre que quiere comprender el dolor tiene que empezar por librarse de esta trivialidad brutal, egocéntrica, egoísta, que es la lástima de si mismo. Podéis teneros lástima por tener una dolencia o porque hayáis perdido a alguien por la muerte, o porque no os hayáis realizado y en vista de ello os sintáis frustrados, embotados; pero, sea la que fuere la causa, la lástima de si mismo es la raíz del dolor. Una vez que estéis libres de esta lástima, podréis mirar el dolor sin rendirle culto ni escapar de él ni darle un significado espiritual, como  tiramos o lo eludimos más aquí no estamos haciendo ninguna de esas cosas. Vemos que durante miles de años el hombre ha luchado con este problema del dolor, y que no ha podido resolver; se ha habituado, pues, a él, lo ha aceptado, diciendo que es una parte inevitable de la vida. Más el limitarse a aceptar el dolor es no sólo estúpido sino que contribuye a embotar la mente la vuelve insensible, brutal, superficial, y así la mediocridad invade la vida, la deja reducida únicamente a trabajo y placer. Uno vive una existencia fragmentada, como hombre de negocios, científico, artista, como persona sentimental o de las llamadas religiosas, etc. Mas para comprender el dolor y librarse de él tenéis que comprender el tiempo y por consiguiente el pensamiento. No podéis negar el dolor ni huir, eludirlo por las diversiones, las iglesias, las creencias organizadas; ni podéis aceptarlo y rendirle culto; y para no hacer ninguna de estas cosas, hace falta mucha atención, que es energía. El dolor hecha raíces en la autocompasión, y para comprenderlo tiene primero que haber una implacable actuación frente a toda autocompasión. No se si habréis observado como os compadecéis de vosotros mismos, por ejemplo cuando decís: “me siento sólo”. Desde el momento en que os tenéis lástima ya habéis proporcionado el terreno en que arraiga el dolor. Por mucho que justifiquéis la autocompasión y la racionalicéis, le deis lustre, la tapéis con ideas, ahí seguirá, enconándose hondamente en vuestro interior. Así pues, un hombre que quiere comprender el dolor tiene que empezar por librarse de esta trivialidad brutal, egocéntrica, egoísta, que es la lástima de si mismo. Podéis teneros lástima por tener una dolencia o porque hayáis perdido a alguien por la muerte, o porque no os hayáis realizado y en vista de ello os sintáis frustrados, embotados; pero, sea la que fuere la causa, la lástima de si mismo es la raíz del dolor. Una vez que estéis libres de esta lástima, podréis mirar el dolor sin rendirle culto ni escapar de él ni darle un significado espiritual, como tiramos o lo eludimos más aquí no estamos haciendo ninguna de esas cosas. Vemos que durante miles de años el hombre ha luchado con este problema del dolor, y que no ha podido resolver; se ha habituado, pues, a él, lo ha aceptado, diciendo que es una parte inevitable de la vida. Más el limitarse a aceptar el dolor es no sólo estúpido sino que contribuye a embotar la mente la vuelve insensible, brutal, superficial, y así la mediocridad invade la vida, la deja reducida únicamente a trabajo y placer. Uno vive una existencia fragmentada, como hombre de negocios, científico, artista, como persona sentimental o de las llamadas religiosas, etc. Mas para comprender el dolor y librarse de él tenéis que comprender el tiempo y por consiguiente el pensamiento. No podéis negar el dolor ni huir, eludirlo por las diversiones, las iglesias, las creencias organizadas; ni podéis aceptarlo y rendirle culto; y para no hacer ninguna de estas cosas, hace falta mucha atención, que es energía. El dolor hecha raíces en la autocompasión, y para comprenderlo tiene primero que haber una implacable actuación frente a toda autocompasión. No se si habréis observado como os compadecéis de vosotros mismos, por ejemplo cuando decís: “me siento sólo”. Desde el momento en que os tenéis lástima ya habéis proporcionado el terreno en que arraiga el dolor. Por mucho que justifiquéis la autocompasión y la racionalicéis, le deis lustre, la tapéis con ideas, ahí seguirá, enconándose hondamente en vuestro interior. Así pues, un hombre que quiere comprender el dolor tiene que empezar por librarse de esta trivialidad brutal, egocéntrica, egoísta, que es la lástima de si mismo. Podéis teneros lástima por tener una dolencia o porque hayáis perdido a alguien por la muerte, o porque no os hayáis realizado y en vista de ello os sintáis frustrados, embotados; pero, sea la que fuere la causa, la lástima de si mismo es la raíz del dolor. 

No estamos analizando, no investigamos analíticamente el dolor para librarnos de él, porque eso no es más que una jugarreta de la mente. Ésta analiza el dolor y entonces imagina que ha comprendido y que está libre de ese dolor, lo cual es un disparate. Podéis libraros de una clase determinada de dolor, pero éste volverá a surgir en otra forma. Hablamos del dolor como una cosa total –del dolor en si-, sea vuestro, mío o de cualquier otro ser humano. Como he dicho, para comprender el dolor tiene que haber comprensión del tiempo y del pensamiento, tiene que haber una comprensión sin selección, de todos los modos de escapar, de toda lástima de si mismo, de todas las verbalizaciones, para que la mente llegue a estar en completa quietud frente a algo que tiene que comprenderse. No hay entonces división alguna entre el observador y la cosa observada. No es que vosotros –el observador, el pensador- sintáis dolor y estéis observándolo, sino que existe sólo el estado de dolor. Ese estado de dolor no dividido es necesario, porque cuando miráis el dolor como observador creáis conflicto, que embota la mente y disipa la energía, y por consiguiente no hay atención.

Cuando la mente comprende la naturaleza del tiempo y del pensamiento, cuando se ha despojado de la autocompasión, el sentimentalismo, el emocionalismo y todo eso, entonces el pensamiento –que ha creado toda esa complejidad- termina, y no existe el tiempo; por tanto, estáis directa e íntimamente en contacto con eso que llamáis dolor. Éste se sostiene sólo cuando uno escapa de él, cuando desea eludirlo o resolverlo o adorarlo. Mas cuando no hay nada de todo eso, porque la mente está en contacto directo con el dolor y por tanto, en completo silencio con respecto a él, entonces descubriréis por vosotros mismos que en la mente no hay dolor en absoluto. Desde el momento en que la mente está en completo contacto con el hecho del dolor, ese mismo hecho resuelve todas las cualidades del tiempo y del pensamiento que producen el dolor. Éste por consiguiente, termina. ¿Cómo vamos a comprender eso que llamamos muerte y de lo que tanto nos asustamos? El hombre ha creado muchas enrevesadas maneras de hacer frente a la muerte: rindiéndole culto, negándola, aferrándose a innumerables creencias, etc. Mas, para comprender la muerte, tenéis ciertamente que llegar a ella con una mente fresca; porque, en realidad, no sabéis nada sobre la muerte, ¿verdad? Puede ser que hayáis visto morir a personas y hayáis observado en vosotros mismos o en otros la llegada de la vejez, con su deterioro. Sabéis que la vida física termina por el envejecimiento, por accidente, enfermedad, asesinato, o suicidio, mas no conocéis la muerte como conocéis el sexo, el hambre, la crueldad, la brutalidad. No sabéis realmente lo que es morir, y hasta que no lo sepáis no tendrá sentido alguno la muerte ni cuales son sus implicaciones, se asusta de ella, se asusta del pensamiento, no del hecho, que no conoce.

Os ruego que examinéis esto un momento conmigo. Si murieseis instantáneamente, no habría tiempo para pensar sobre la muerte y asustarse de ella, pero hay un lapso entre ahora y el momento en que la muerte vendrá, y durante ese intervalo tenéis mucho tiempo para preocuparos, para racionalizar. Queréis llevar a la próxima vida –si es que hay una próxima vida –todas las preocupaciones, los deseos y el conocimiento que habéis acumulado, y así inventáis teorías o creéis en alguna clase de inmortalidad. Para vosotros, la muerte es algo que está separado de la vida; la muerte está allá, mientras que vosotros estáis acá, ocupados en vivir conduciendo el auto, dedicados al sexo, sintiendo hambre, inquietud, yendo a la oficina, acumulando conocimientos etc. No queréis morir, porque no habéis acabado de escribir vuestro libro o tocar perfectamente el violín. Separáis, pues, la muerte de la vida y decís: “Quiero comprender la vida ahora y luego ya comprenderé la muerte.” Mas no están separadas una de otra y eso es lo primero que hay que comprender. La vida y la muerte son una, están íntimamente relacionadas, y no podéis aislar una de ellas y tratar de comprenderla aparte de la otra. Pero la mayoría de nosotros hacemos esto, separamos la vida en compartimientos impenetrables, no relacionados. Si sois economistas, entonces la economía es lo único en que os interesáis, y no sabéis nada sobre lo demás. Si sois un médico cuya especialidad es la nariz y la garganta, o el corazón, vivís en ese limitado campo de conocimiento durante cuarenta años, y os sentís en el paraíso cuando morís.

Como dije, tratar la vida de modo fragmentario es vivir en constante confusión, contradicción, desdicha. Tenéis que ver la totalidad de la vida; y sólo podéis ver esta totalidad cuando hay afecto, amor. El amor es la única revolución que producirá orden. De nada sirve adquirir cada vez más conocimientos sobre matemáticas, medicina, historia, economía y luego juntar los fragmentos. Eso no resolverá nada. Sin amor, la revolución sólo lleva al culto del estado o al de una imagen, o bien al de innumerables corrupciones tiránicas y a la destrucción del hombre. Del mismo modo, cuando la mente, por estar asustada, aleja la muerte y la separa del vivir cotidiano, esa separación sólo sirve para engendrar más miedo, más inquietud, y para multiplicar las teorías sobre la muerte. Para comprender la muerte tenéis que comprender la vida, la vida no es la continuidad del pensamiento. Esta continuidad misma es lo que ha engendrado toda nuestra desdicha. ¿Puede, pues, la mente traer la muerte desde la distancia a que la proyectamos, al presente inmediato? ¿Comprendéis? La muerte no está en realidad lejos: está aquí y ahora, está aquí cuando estáis hablando, cuando disfrutáis, cuando escucháis, cuando vais a la oficina; está aquí en cada minuto de la vida, lo mismo que está el amor. Una vez que percibáis este hecho, encontraréis que no hay miedo alguno a la muerte. Teme uno no lo desconocido, sino perder lo conocido; teméis perder vuestra familia, quedaros solos, sin compañía; os da miedo la pena de la soledad, estar sin las experiencias, sin las posesiones que habéis acumulado. Es lo conocido lo que nos da miedo dejar. Lo conocido es memoria, y a esa memoria se aferra la mente. Pero la memoria es sólo algo mecánico, como lo demuestran muy bellamente los ordenadores.

Para comprender la belleza y la extraordinaria naturaleza de la mente tiene que haber liberación de lo conocido. Al morir para lo conocido empieza la comprensión de la muerte, porque entonces la mente se vuelve fresca, nueva, y no hay miedo; por eso puede uno entrar en ese estado que se llama la muerte. Así que, desde el principio hasta el fin, vida y muerte son una sola cosa. El sabio comprende el tiempo, el pensamiento y el dolor, y sólo él puede comprender la muerte. La mente que está muriendo a cada minuto, sin acumular nunca, sin acopiar jamás experiencia, es inocente y por lo tanto, se halla en un constante estado de amor. No se si querréis preguntar algo sobre todo esto, así podríamos profundizar con más detalle.

Pregunta: Señor, ¿cuál es la diferencia entre vuestro pensamiento sobre el amor y el pensamiento cristiano acerca del mismo? 

Krishnamurti: Temo no poder decíroslo. No estoy pensando en el amor. No podéis pensar en él; si pensáis, no será amor. Ya sabéis, hay una enorme diferencia entre el sexo y el pensamiento sobre el sexo, que estimula la sensación. La mente que sólo se ocupa del disfrute del sexo, que sólo piensa en el sexo, que se excita con imágenes, ilustraciones o pensamientos, esa mente tiene un rasgo destructivo. Pero lo otro, el sentimiento, cuando no hay pensamiento sobre él, es por completo distinto. Del mismo modo, no podéis pensar sobre el amor. Podéis pensar en él con arreglo al modelo de vuestro recuerdo, o en términos de lo que se os ha dicho: que es bueno, profano, sagrado, etc. Mas ese pensar no es amor. El amor no es cristiano ni hindú, no es oriental ni occidental, no es vuestro ni mío. Sólo cuando os libráis de todas esas ideas de vuestra nacionalidad, raza, religión y todo lo demás, sólo entonces es cuando sabéis lo que es amar. 

Como veis, he hablado esta mañana sobre la muerte, para que realmente comprendáis todo esto, no sólo mientras estéis aquí en esta tienda, sino durante el resto de vuestra vida, y así os liberéis del dolor, del miedo, y sepáis efectivamente lo que significa morir. Si ahora en los días venideros vuestra mente no está completamente alerta, inocente, profundamente atenta, entonces el escuchar palabras es del todo fútil. Mas si os dais cuenta, si estáis profundamente atentos, concientes, de vuestros propios pensamientos y sentimientos, si no estáis interpretando lo que dice el que habla, sino que en realidad os observáis mientras él describe y profundiza en el problema, entonces, cuando salgáis de esta tienda, viviréis, no sólo con gozo, sino con la muerte y el amor.

28 de julio de 1964

Saanen

 


EL LIBRO DE LA VIDA - J.K. - 14 DE FEBRERO

 La creencia impide la verdadera comprensión 

Si no tuviéramos ninguna creencia, ¿qué nos sucedería? ¿No estaríamos muy asustados de lo que podría pasar? Si no tuviéramos un modelo de acción basado en una creencia -ya sea en Dios, en el comunismo, en el socialismo en el imperialismo, o en alguna fórmula religiosa, en algún dogma al cual estamos condicionados-, nos sentiríamos totalmente perdidos, ¿no es así? Y esta aceptación de una creencia, ¿no es un modo de disimular ese miedo, el miedo de ser realmente nada, el miedo al vacío? Después de todo, una copa es útil cuando está vacía; y una mente llena de creencias, dogmas, afirmaciones, citas, es de hecho una mente que carece de creatividad; es una mente tan sólo repetitiva. El escapar de ese miedo, miedo al vacío, a la soledad, al estancamiento, miedo de no alcanzar la meta, de no triunfar, de no obtener lo que queremos, de no ser o de no llegar a ser esto o aquello, es seguramente una de las razones por las que aceptamos tan ansiosa y ávidamente las creencias, ¿verdad? Ahora bien, mediante la aceptación de una creencia, ¿nos comprendemos a nosotros mismos? Todo lo contrario. Una creencia, religiosa o política, impide que nos comprendamos a nosotros mismos. Actúa como una pantalla a través de la cual nos miramos. ¿Podemos, pues, mirarnos sin las creencias? Si eliminamos estas creencias, las numerosas creencias que tenemos, ¿nos queda algo para mirar? Si no tenemos creencias con las que la mente se haya identificado, entonces la mente, sin identificación alguna, es capaz de mirarse y verse tal como es; eso constituye, por cierto, el principio de la comprensión de uno mismo. 

14 DE FEBRERO LDU

EL LIBRO DE LA VIDA

LA MUTACIÓN PSICOLÓGICA - J.K. - CAPÍTULO 7

 Capítulo Séptimo 

Me gustaría continuar desde donde terminamos el otro día. Creo que es muy importante comprender toda la cuestión de la acción; y uso esa palabra no en ningún sentido abstracto ni meramente como una idea. Me refiero al hecho real de la acción, de hacer algo. Tanto si estáis cavando en un jardín como si vais a la oficina, si miráis un árbol, si seguís el movimiento de un río, o simplemente marcháis por un camino, sin pensamiento, observando calladamente las cosas, sea lo que fuere lo que hagáis, forma parte de la acción, y en la mayoría de nosotros la acción crea conflicto. Nuestra acción, por muy profunda que la llamemos o por muy superficial que sea, se vuelve repetitiva, cansada, fastidiosa, mera actividad sin apenas importancia. Creo, pues, que es muy importante comprender lo que es la acción. Para hacer cualquier cosa: caminar, hablar, mirar, pensar, sentir, hace falta energía; y la energía se disipa cuando hay conflicto inherente en la expresión de esa energía. Como podemos observar, todas nuestras actividades, a cualquier nivel que sea, engendran alguna clase de conflicto, crean dentro de nosotros un sentido de esfuerzo, cierta resistencia, negación. Y ¿es posible actuar sin conflicto, sin resistencia y aún sin esfuerzo? De esto es de lo que si se me permite, quisiera hablar esta mañana.

Uno ve lo que está pasando en el mundo: las máquinas calculadoras, los cerebros electrónicos y diversas formas de automatización, dan al hombre cada vez más ocio, y ese tiempo libre va a ser monopolizado por la religión organizada y por las diversiones organizadas. No se si hay mucha diferencia entre ambas. Más por el momento, dejémoslas separadas. Cuando el hombre tiene muchos ratos de ocio, tiene más energía –mucha más energía- y la sociedad reclama que utilice esa energía, no en forma antisocial; para dominar el sentimiento antisocial, se sumergirá en la religión organizada o en las diversiones de todas clases, o bien se zambullirá en la literatura, en el arte, en la música, lo cual es otra forma de diversión. Como resultado de ello, el hombre se volverá cada vez más superficial. Puede leer todos los libros del mundo y tratar de comprender las complejidades de la teología, de la filosofía, de la ciencia; puede familiarizarse con ciertos hechos y verdades en la literatura, pero seguirá siendo una cosa externa, lo mismo que lo son las varias formas de religión y diversión. Las religiones organizadas afirman que buscan las cosas internas de la vida, pero reclaman creencia, dogma, rito, conformidad, como todos sabemos.

Ahora bien, si no estamos alerta de todas estas cosas inherentes en la civilización moderna, nuestras energías serán consumidas por estas condiciones, y nuestra acción seguirá, pues, siendo muy superficial; y, debido a esa superficialidad, seguiremos teniendo conflicto dentro de nosotros, lo mismo que con otras personas, con la sociedad; seguirá habiendo conflicto en toda forma de esfuerzo humano –artístico, científico, matemático, industrial- y en la relación de uno mismo con la esposa propia o el marido, con los hijos, con el prójimo; y el conflicto es un derroche de energía. Para que el conflicto deje de existir y con ello haya conservación de energía, tiene uno que comprender lo que es la acción; y sin esa comprensión nuestra vida se volverá cada vez más externa y seremos cada vez más vacuos internamente. Éste no es un punto que haya de discutirse o dudarse, no se trata de mi opinión frente a la vuestra. Ante todo, ¿qué es, pues, la acción tal como la conocemos ahora? Toda nuestra acción tiene un motivo, sutil o evidente, ¿no es así? O vamos tras una recompensa o actuamos por miedo, o tratamos de ganar algo. Nuestra acción siempre es un ajuste a un modelo, a una idea, o es una aproximación a algún ideal; la conformidad, el ajuste, la aproximación, la resistencia, la negación: eso es todo lo que conocemos de la acción, e implica una serie de conflictos.

Como decía el otro día, entrar en comunión con algo con lo cual no tenemos honda relación es siempre bastante difícil. Quiero entrar en comunión con vosotros sobre un estado de mente que es la antítesis completa de este conflicto al que llamamos acción. Hay una acción total, acción sin conflicto, y quiero deciros algo sobre ella. No es que debáis aceptar ni rechazar lo que digo, ni dejaros hipnotizar. Como sabéis una de las cosas más difíciles de hacer es sentarse en una plataforma y hablar mientras otros escuchan –si es que en efecto escucháis- y establecer la acertada relación entre el que escucha y el que habla. No estáis aquí para ser hipnotizados por una serie de palabras, ni quiero yo influir sobre vosotros en forma alguna. No estoy haciendo propaganda a favor de una idea ni es mi propósito instruiros. Como he señalado muchas veces, no hay ni enseñante ni enseñados. Sólo hay un estado de aprender; y no es posible que vosotros y yo podamos aprender si estáis esperando a que se os instruya o que se os diga lo que hay que hacer. No tratamos sobre opiniones, yo no las tengo. Lo que trato de hacer es sencillamente exponer ciertos hechos, y vosotros mismos podéis mirarlos examinarlos o no. Esto significa que vosotros y yo debemos tener la acertada relación, para que haya comunión que no sea meramente intelectual, sino la percepción total de un hecho que ambos estamos contemplando. No estamos en comunión unos con otros, sino que más bien lo estamos con el hecho y, por tanto, este llega a ser mucho más importante que vosotros y yo. Es el hecho y nuestra mutua percepción de él lo único que puede crear el acertado ambiente o atmósfera, y esto tiene que afectarnos. Me  parece, pues, que llega a ser extraordinariamente importante escuchar algo: ese riachuelo, o el murmullo de esos árboles, o los propios pensamientos y sentimientos, cuando consideramos el hecho mismo y no una idea u opinión sobre el mismo. Todos sabemos que nuestra acción crea conflicto; tiene que crearlo inevitablemente toda acción que se base en una idea, un concepto, una formula, o que se acerque a un ideal; tiene inevitablemente que crearlo. Eso es evidente. Si actúa con arreglo a una formula, un modelo, un concepto, entonces estoy siempre dividido entre el hecho de lo que soy y lo que creo que yo debería hacer sobre ese hecho; de modo que nunca hay una acción completa; siempre hay un acercamiento a una idea o a un ideal, y por eso el conflicto es inherente en toda acción tal como la conocemos, la cual es un desperdicio de energía y produce deterioro de la mente. Os ruego observéis el estado y la actividad de vuestra propia mente y veréis que esto es verdad. Mas yo me pregunto: ¿existe una acción si idea y por tanto, sin conflicto? O, para decirlo de un modo distinto: ¿es que la acción tiene siempre que engendrar esfuerzo, lucha, conflicto? Por ejemplo yo estoy hablando, lo cual es una forma de acción. Seguramente que en esta acción sólo hay conflicto si trato de afirmarme, de ser alguien, de convenceros. Es, pues, enormemente importante descubrir por uno mismo si hay una posibilidad de vivir y hacer las cosas sin el más leve conflicto, es decir, si puede haber una acción en que la mente quede intacta, sin deterioro, sin ninguna forma de distorsión; y tiene que haber distorsión si la mente es influida de alguna manera o si queda presa de conflicto, que es un derroche de energía. Es de verdadero interés para mi, y tiene que serlo también para vosotros, descubrir la verdad de esta cuestión, porque lo que tratamos de hacer aquí es ver si es posible vivir sin pena, sin desesperación, sin miedo, sin alguna forma de actividad que produzca deterioro de la mente. Si es posible ¿qué le pasa entonces a una mente así? ¿Qué le ocurre a una mente a la que nunca toca la sociedad que no tiene miedo, ni codicia, que no sustente envidia ni ambición, que no busca poder?

Para descubrir, tenemos que empezar por darnos cuenta del estado actual de nuestra mente, con todos sus conflictos, desdichas, frustraciones, perversiones, deterioro, desesperación. Tenemos que ser conscientes de nosotros mismos y con ello hacer acopio de energía; y el acopio mismo de esa energía es la acción que limpiará la mente de toda la basura que el hombre ha acumulado a lo largo de los siglos. No estamos, pues, interesados en la acción por si misma; queremos descubrir si hay una acción que no engendre contradicción en forma alguna. Como hemos visto, las ideas, los conceptos, las formulas, los modelos, métodos, dogmas, ideales, estas cosas son las que crean contradicción en la acción. Y ¿es posible vivir sin ideas, sin un modelo, sin un ideal, sin un concepto o creencia? Seguramente que es muy importante descubrir por uno mismo la verdad de este asunto; porque uno puede ver muy bien que el amor no es una idea, un patrón, un concepto. La mayoría de nosotros tenemos un concepto del amor, pero es evidente que ese concepto no es el amor. O amamos o no amamos. ¿Es posible vivir en este mundo e ir a la oficina, guisar, lavar platos, conducir un automóvil y hacer todas las demás cosas de la vida que actualmente se han vuelto repetitivas y crean conflicto, es posible hacer todas estas cosas, vivir y actuar, sin ninguna ideación y así librar la acción de toda contradicción?

Me pregunto si habréis caminado alguna vez a lo largo de una calle concurrida o de un camino solitario, simplemente, mirando las cosas sin pensamiento. Existe un estado de observación sin la intromisión del pensamiento. Aunque os dais cuenta de todo lo que os rodea y podéis reconocer a la persona, la montaña, el árbol, o el vehículo que se acerca, sin embargo, la mente no está funcionando con el patrón usual de pensamiento. No se si esto os habrá ocurrido alguna vez. Probad hacerlo alguna vez, cuando vayáis conduciendo o andando. Observad sin el pensamiento; observad sin la reacción que produce el pensamiento. Aunque reconozcáis el color y la forma, aunque veáis el arroyo, el auto, la cabra, el autobús, no hay reacción, sino simplemente observación negativa; y ese estado mismo de la llamada observación negativa es acción. Una mente así puede utilizar el conocimiento para la realización de lo que tiene que hacer, pero está libre de pensamiento, en el sentido de que no funciona en términos de reacción. Con una mente así –una mente que está atenta sin reacción- podéis ir a la oficina y hacer cualquier cosa. La mayoría de nosotros estamos pensando en nosotros mismos de la mañana a la noche, y nos movemos dentro del patrón de esa actividad egocéntrica. Toda actividad así, que es reacción, tiene que llegar a varias formas de conflicto y deterioro. Y, ¿es posible no actuar dentro de ese patrón y sin embargo, vivir en este mundo? No me refiero a que viváis apartados y solos, en la cueva de una montaña o algo parecido; más ¿es posible vivir en este mundo y manifestarse como ser humano total, partiendo de ese estado de vacuidad, si es que no habéis malentendido el uso que hago de esta palabra? Tanto si pintáis como si escribís poemas o vais a una oficina o habláis ¿podéis tener siempre en el interior un espacio vacío, y actuar a través de el? Por que cuando existe tal espacio la acción no engendra contradicción.

Creo que es cosa muy importante descubrir esto. Y tenéis que descubrirlo vosotros mismos, porque no puede enseñarse ni explicarse. Para descubrirlo tenéis antes que comprender de que modo engendra conflicto toda acción egocéntrica, y luego preguntaros si la mente puede estar satisfecha con este tipo de acción. Quizá lo esté momentáneamente, pero, cuando percibís que en toda acción así es inevitable el conflicto, ya estáis tratando de descubrir si existe otra clase de acción, una acción que no lleve al conflicto; y entonces tenéis que llegar al hecho de que efectivamente existe. Surge pues, la cuestión: ¿por qué estamos siempre buscando satisfacción? En todas nuestras relaciones y en cualquier cosa que hagamos con él siempre hay el deseo de quedar satisfechos, de quedar complacidos y de seguir en esa satisfacción. Lo que llamamos descontento sólo surge cuando las cosas no nos complacen, y tal descontento no hace sino engendrar otra serie de reacciones. Pues bien, a mi me parece que un hombre que sea muy serio y vea todo esto: la forma en que los seres humanos han vivido durante millares de años en completa confusión y desdicha, nunca en una acción completa, tiene que descubrir por si mismo si es capaz de manifestarse partiendo de una mente que no esté contaminada por la sociedad; y eso sólo lo puede averiguar cuando esté libre de la sociedad. Hablo de la liberación de la estructura psicológica de la sociedad, que es la codicia, la envidia, la ambición y el afán de engreimiento. Cuando se ha comprendido y desechado toda esa estructura psicológica, está uno libre de la sociedad; y se puede seguir yendo a la oficina, comprando pantalones, y  todo lo demás; pero se está libre de la estructura psicológica que tanto distorsiona a la mente. Llega uno, pues, a un punto en que descubre por si mismo que la liberación completa de la estructura psicológica de la sociedad es completa inacción; y esa inacción completa es acción total, que no crea contradicción ni, por tanto, deterioro. He dicho lo que quería decir esta mañana, y acaso podamos ahora discutirlo, o podéis hacer preguntas si queréis.

 Pregunta: ¿podemos ir a nuestros empleos y trabajar sin competencia? 

Krishnamurti: Señor, ¿acaso no puede uno? ¿Podéis ir a vuestra oficina y conservar vuestro empleo sin competir? No me toca a mi decir si podéis o no, o si tenéis que hacerlo, etc. Mas veis lo que hace la competencia, como engendra antagonismo, miedo, una busca implacable de satisfacer vuestras propias demandas, no sólo en vuestro interior, sino exteriormente en el mundo. Veis todo eso, y os preguntáis si es posible vivir en este mundo sin competir. Esto significa vivir sin comparar; significa hacer algo que realmente nos gusta hacer, que os interesa enormemente. O bien, si estáis presos en un empleo que no os gusta, porque tenéis responsabilidades, significa descubrir el modo de hacer esa tarea eficazmente, sin competir, y eso requiere mucha atención, ¿no? Tenéis que prestar una gran atención a todo pensamiento, a todo sentimiento en vuestro interior, pues de lo contrario, sólo estaréis imponiéndoos la idea de que no debéis competir y entonces eso se convierte en otro problema. Mas podéis percibir todas las implicaciones en la competencia; podéis ver la realidad de cómo trae conflicto, incesante pugna; podéis percibir que la competencia lleva al hombre inevitablemente (aunque pueda haber mucho del llamado progreso y eficiencia competitiva) al antagonismo, a la falta de afecto. Si veis todo esto, entonces, partiendo de esa percepción, actuaréis ya sea competitivamente o sin competencia alguna.

 Comentarios: No creo que la acción repetitiva sea necesariamente fastidiosa. 

Krishnamurti: Sabéis que se está descubriendo que un hombre que trabaja en una fabrica, haciendo una y otra vez la misma cosa, no es una entidad muy productiva, y me dicen que en Norteamérica están experimentando con dejar que los obreros de ciertas fábricas aprendan durante su trabajo. El resultado es que este último no es tan repetitivo, por lo tanto, los hombres producen mucho más. Aunque os complazca mucho hacer algo, si seguís incesantemente repitiendo esa acción, se vuelve muy rutinaria y bastante cansada. 

Pregunta: ¿Que decís sobre el artista? 

Krishnamurti: Si el artista se limita a repetir, seguramente que ha dejado de serlo. Creo que confundimos las dos palabras, “repetición” y “creación”. ¿No es cierto? ¿Qué es creación? 

Comentario: Un hombre que haga buenos zapatos es creador. 

Krishnamurti: ¿Es creación hacer buenos zapatos, crear niños, escribir poemas, y todo lo demás? Por favor, no asintáis ni disintáis. Esperad un momento.

Comentario: No veo como puede uno vivir en un espacio vacío. 

Krishnamurti: Señora, creo que no nos hemos entendido. Lo siento. Es posible que ello se deba a las palabras que escogí, que tal vez no sea lo bastante adecuadas, y probablemente, no comprendéis exactamente lo que quiero decir con la palabra “vacío” pero ahora estamos hablando sobre creación. Mirad, he oído que en cierta universidad enseñan lo que llamamos literatura y pintura creadoras. ¿Puede enseñarse la calidad creadora? ¿Producirá espíritu creador la práctica continua de algo? Podéis aprender de un maestro la técnica de tocar el violín, pero es evidente que por la técnica no podéis tener el genio, mientras que, si uno tiene ese espíritu creador, producirá la técnica, mas no al revés. La mayoría de nosotros creemos que adquiriendo la técnica encontraremos lo otro. Tomad un ejemplo muy sencillo (aunque todos los ejemplos son defectuosos): ¿Qué es la vida sencilla? Decimos que vida sencilla es tener muy pocas posesiones, comer muy poco y abstenernos de hacer esto o aquello. En Asia se considera que está haciendo una vida muy sencilla un hombre que viste un taparrabo, que vive sólo y no hace más que una comida al día. Pero interiormente, puede estar en un torbellino volcánico, ardiendo en sus deseos, pasiones, ambiciones. La vida simple de tal hombre no es un espectáculo exterior, que puede ser reconocido por otros y decir ellos: “¡Que hombre tan sencillo!” Ése es el estado efectivo de la mayoría de los santos: exteriormente, son muy sencillos, pero en lo interno son ambiciosos, disciplinan la mente, se esfuerzan por ajustarse a cierto modelo, y todo eso. Me parece, pues, que la sencillez primero empieza desde dentro, y no desde fuera. Del mismo modo, la creación no puede venir por la expresión. Tiene uno que estar en ese estado de creación y no buscar a través de la expresión. Estar en ese estado de creación es el descubrimiento de lo supremo.

Y eso sólo puede ocurrir cuando no hay actividad del “yo” en ninguna dirección. Volvamos a lo que dijo esa señora sobre el vacío. La mayoría de nosotros, aunque estemos mutuamente relacionados en lo exterior, vivimos en el aislamiento, y no es de ese aislamiento de lo que estoy hablando. El vacío es algo por completo distinto del aislamiento. Tiene que haber vacío entre vosotros y yo para que no nos veamos; tiene que haber un espacio por el cual yo pueda oír lo que decís y podáis oír lo que yo digo. Del mismo modo, tiene que haber espacio en la mente, es decir, ésta no debe hallarse tan llena de cosas que no quede ningún espacio. Sólo cuando hay espacio dentro de la mente (lo que significa que no está atiborrada de actividad egocéntrica), sólo entonces es posible saber lo que es vivir. Pero vivir en aislamiento, eso no es posible. 

Pregunta: ¿Querríais hablar más sobre la energía? 

Krishnamurti: Para hacer cualquier cosa, por pequeña que sea, hace falta energía, ¿no? Para levantarse y salir de esta tienda, para pensar, comer, conducir un automóvil, para la acción de cualquier clase que sea, se requiere energía. Y, en la mayoría de nosotros, cuando estamos haciendo algo, hay una forma de resistencia que disipa la energía, a menos que de la casualidad de que lo que estamos haciendo nos cause placer, y en tal caso no hay conflicto, no hay resistencia en la continuidad de la energía.

Como iba diciendo antes, uno necesita de energía para estar por completo atentos, y en esa energía no hay resistencia mientras no haya distracción, es decir, desde el momento en que queráis concentraros en algo pero al mismo tiempo queráis mirar por la ventana, habrá resistencia, conflicto. Pues bien, el mirar por la ventana es exactamente tan importante como cualquier otro mirar. Y una vez que veis que esto es así, entonces no hay distracción ni conflicto. Para tener energía física, es evidente que debéis tomar la adecuada clase de alimento, etc. eso es algo con lo cual vosotros mismos podéis experimentar y no necesitamos discutirlo. Tenemos también la energía psicológica, que se disipa de varias maneras. Para tener esa energía psicológica, la mente busca estímulo. El ir a la iglesia, presenciar un partido de fútbol, leer literatura, escuchar música, asistir a reuniones como ésta: todas estas cosas os estimulan; y si lo que queréis es que se os estimule, ello significa que psicológicamente sois dependientes. Todas las formas de buscar estímulo implican depender de algo, ya sea una bebida, una droga, un orador o la asistencia a la iglesia; y seguramente que el depender del estímulo, en cualquier forma que sea, no sólo embota la mente, sino que también contribuye a disipar la energía. Así que, para conservar la energía propia, tiene que desaparecer toda forma de dependencia, toda clase de estímulos; y para la desaparición de esa dependencia tiene uno que darse cuenta de ella. Tanto si depende uno del estímulo de la propia esposa o marido, como de un libro, del trabajo que hace en la oficina de ir al cine, es decir de cualquier estímulo que uno busque, tiene ante todo que darse cuenta de este. El limitarse a aceptar estímulos y vivir con ellos disipa la energía y deteriora la mente. Mas, si uno percibe los estímulos y descubre todo su significado en la propia vida, podrá librarse de ellos. Por medio del conocimiento de si mismo que no es condenación de si mismo, ni todo eso, sino simplemente darse cuenta de si mismo, sin escoger aprende uno a cerca de todas las cosas de influencia, de dependencia, de estímulos; y ese movimiento mismo de aprender le da a uno la energía necesaria para liberarse de toda dependencia del estímulo.

 26 de julio de 1964

Saanen

LA MUTACIÓN PSICOLÓGICA - J.K. - CAPÍTULO 6 -

 Capítulo Sexto 

Me parece bastante importante que descubramos por nosotros mismos lo que se está buscando. La palabra “buscar” tiene un extraordinario significado, ¿no es así? Prescindiendo del significado del diccionario, el acto de buscar implica que uno avanza desde la periferia hacia el centro. Y este buscar, este investigar, depende del propio temperamento, de las presiones y tensiones del ambiente, de las calamidades de la experiencia, de las penalidades de la vida, de los innumerables afanes de nuestra existencia. Todos estos factores lo fuerzan a uno a buscar. Si no hubiera presión, reto, calamidad, desdicha, yo me pregunto cuantos de nosotros buscaríamos algo. Investigar significa andar buscando algo, con la esperanza de encontrarlo. Esta mañana busque esta palabra en el diccionario. Viene de una palabra latina cuyo significado es ir a buscar, pedir, preguntar, inquirir, explorar. Yo me pregunto para que estamos explorando, que es lo que buscamos. ¿Podremos descubrirlo alguna vez? ¿O es algo vago, fugaz, en cambio constante según las circunstancias, según el propio temperamento, los propios placeres y dolores peculiares de uno?

Perpetuamente habremos de buscar, investigar. ¿Qué implican esas palabras? Implican que desde lo exterior os trasladáis gradualmente al centro, con arreglo a vuestras particularidades idiosincrasias, gustos y presiones del ambiente. Es como ir de tienda en tienda probándose varios trajes hasta que os viene bien algo que os gusta, Y os lo quedáis. Cuando decís que estáis buscando, lo que en realidad queréis decir es que estáis experimentando diferentes ideas, conceptos, formulas, pasando de una religión a otra, de un maestro a otro, hasta que con el tiempo hayáis algo que os gusta, Algo que se ajusta a vuestro particular temperamento o idiosincrasia. Si no os gusta lo que hayáis en occidente, acudís al oriente, con su antigua y compleja filosofía, en la que hay innumerables maestros y gurus entre los cuales escoger; y ahí quedáis presos, en un grupo de pensamiento, imaginando que es la realidad perenne. O bien, si no hacéis eso, os volvéis un católico aún más ardiente, o os sumáis a los existencialistas. ¡Oh Dios mío! ¡Hay tantas cosas de estas en el mundo! Para mi no hay ni Occidente ni Oriente; la mente humana no es Occidental ni Oriental. Sea que fuere su origen, Todas las teologías son inmaduras, como lo son todas las  filosofías. Son invenciones del hombre, que, como está preso en una cárcel de su propia construcción, cree en algo, y en torno a esa fe crea una teología o proyecta alguna extraordinaria filosofía; y cuanto más listo sea el filosofo o el teólogo, tanto más aceptable resulta para el público, para el lector, para el seguidor. Mas, ¿es eso lo que todos estamos haciendo? Venís y pasáis aquí dos o tres semanas, escuchando lo que se dice. Si os parece que no es muy satisfactorio, que no se os da lo que queréis, acudís a  algún otro instructor o adoptáis alguna otra filosofía, de la que sacáis un poco más de satisfacción. Así que, si no quedáis retenidos de modo permanente en un remanzo de pensamiento, seguís adelante, hasta que en otro año tal vez volveréis aquí; y entonces empezáis de nuevo. Creo, pues, que deberíamos comprender éste fenómeno extraordinario, sea en occidente o en oriente, de pasar de una cosa a otra, para buscar, preguntar, pedir, reclamar, tantear de modo incesante. Es decir, creo que deberíamos ver muy claramente nosotros mismos que es lo que estamos buscando y por qué. Y si hay necesidad siquiera alguna de buscar. Seguramente que toda búsqueda implica un movimiento de la periferia al centro, de la circunstancia a la causa de los confines al verdadero origen de la existencia. Es decir pasamos de lo externo a lo interno, esperando encontrar algo real profundo, vital, algo de extraordinario significado.

En el curso de éste movimiento, pugnamos por practicar distintos métodos, sistemas, nos torturamos con varias formas de disciplinas, de modo que al fin de nuestras vidas estamos machacados, con la mente casi paralizada. Me temo que a la mayoría de nosotros nos ocurre esto entramos de la periferia al centro, porque queremos descubrir el modo de ser felices, que es la verdad, si existe Dios, algo que sea perpetuo, y, por ello, estamos luchando, respetando, imitando, siguiendo, brutalizándonos las mentes y los corazones con la disciplina, hasta que no queda nada de nosotros que sea original, verdadero, real. Ésa es nuestra vida; y cuanto mayor sea la presión, dolor, la furia de la vida en periferia, tanto mas queremos avanzar hacia el centro. Y empero, ¿hay una llegada inmediata al centro – sin esta pugna interminable por llegar a él- y un florecimiento desde el centro? ¿Comprendéis mi pregunta? Durante millones de años nos hemos esforzado para pasar de lo exterior a lo interior con el fin de descubrir lo que es real, y acabamos de ver lo que esta implicado en este proceso. Me digo, pues: “¡que absurdo es todo esto! ¿Por qué he de torturarme? ¿Por que he de copiar, de imitar, seguir? ¿No hay una posibilidad de descubrir o estar en el centro mismo y florecer desde ahí, en vez de ir al revés?”. Porque, para mí al menos el hacerlo al revés carece de sentido; no tiene sentido alguno y, por tato, lo rechazo por completo. No quiero atormentarme ni seguir a nadie. No quiero leer, un solo leer o sobre filosofía ni aguzarme la mente con sutiles argumentos. Mi mente ya esta bastante aguzada tal como está, por ambición, por la ansiedad y la desesperación, por todas las brutalidades de la vida y no quiero practicar otro método, otro sistema, ni seguir a otro gurú, maestro, salvador: No quiero hacer nada de eso. Mirad, estoy pensando en voz alta, no sólo para mi mismo, sino para aclarar ciertas cosas y para que vosotros y yo podamos entrar en comunión uno con otro sobre lo que es real, y no luchar perpetuamente mediante la reacción para pasar de lo externo a lo internos. Estoy poniendo en palabras lo que sintáis en raros momentos, cuando estéis harto de todo de todo, de vuestras iglesias, vuestros políticos, vuestros bancos y la mezquindad de nuestras relaciones en el hogar, del fastidio de la oficina, de todas las tonterías de la vida que son un insulto a la dignidad humana. Después de haber pasado veinte años o más en ir a la oficina día tras día o guisando comidas y pariendo hijos, uno tras otro; después de haber experimentado placer tanto como el fastidio, la mezquindad, la desesperación de todo eso, tenéis que haberos preguntado a veces si no hay una posibilidad de llegar de repente, de modo inesperado, a la fuente original, a la esencia misma de las cosas y vivir desde allí funcionando, floreciendo para que nunca tengáis que leer un sólo libro, estudiar ninguna filosofía, adoptar ninguna imagen ni salvador, porque, desde donde miréis, ahí estará ese centro del que parten toda acción, todo amor, todas las cosas. El hecho evidente es que, con nuestra codicia, nuestros celos, nuestro afán de poseer, con nuestro temor, sentimentalismo, nuestros fugaces placeres, nuestro ronroneo de satisfacción, somos animales; animales altamente evolucionados. Si contempláis un animal, veréis que tiene los mismos conflictos que vosotros. Los monos antropoides son celosos y tienen sus dificultades matrimoniales; se unen en grupos, primero la familia, luego la tribu, y todo eso, lo mismo que nosotros; y alguien decía el otro día que estos monos podrían sentarse en las Naciones Unidas, exactamente igual que cualquier humano. Es un hecho evidente que nuestro carácter, nuestra devoción, nuestro valor, el miedo, las guerras, nuestra llamada paz social, nuestras luchas, todo parte de este trasfondo animal. No tenéis que discutir esto conmigo. Los biólogos, los antropólogos dicen que es así, si es que queréis tener autoridades.

Pues bien, ¿es posible estar libre de todo eso, no con el tiempo, gradualmente, sin poder desligarse de golpe, para que todo termine y uno tenga una moralidad, del trasfondo animal? Es evidente que para vivir juntos en el mundo necesitamos una moralidad en la conducta social; pero actualmente nuestra moralidad, diaria- siguen siendo los del animal, y no queremos reconocerlo. Nos gusta creer que, porque somos un poco más capaces, más eficientes, más inventivos que los monos, somos también más humanos; pero aun los monos mismos utilizan instrumentos para captar cosas, inventan a medida que avanzan, de modo que hay muy escasa diferencia entre ellos y nosotros. Así, pues, existe esta extraordinaria actividad de los animales y la igualmente extraordinaria actividad de la mente humana, que quiere estar segura, no sólo en el mundo físico, sino también interiormente, lo cual es todavía un resultado del instinto animal. Y existe, al mismo tiempo, el deseo de encontrar alguna cosa real, original, un estado sin contaminación, inocente. Pues, bien, ¿es posible llegar a ese estado de manera súbita, de modo que no sea cultivado, buscado? Porque la belleza no puede cultivarse; lo mismo que ocurre con el amor. Tenéis que llegar a ella de repente, como llegarías a una vista que nunca hubierais contemplado. De súbito ahí está, frente a vosotros, rica, plena, vital, y formáis parte de ella; y desde ahí vivís, actuáis, sois. Sin hacer esfuerzo, sin disciplinar, controlar, forzar lo externo, sin imitar, ni todo eso, de súbito llegáis a la fuente de la vida, al manantial originario de la existencia. Y, una vez que la mente ha bebido de esa fuente, habrá vivido y vive de ella para siempre. ¿Es posible tal cosa?

¿Comprendéis mi pregunta? Esto no es algo sentimental ni místico, no es algo que deba entusiasmarnos o inspirarnos, ni es nada que sintáis intuitivamente. No es ninguna de esas cosas, Mientras llevamos vida animal, con nuestras envidias, celos desesperanzas, eso no es posible; las dos no pueden ir juntas. ¿Es posible cortar, romper de un golpe todo el trasfondo animal y entonces empezar de nuevo? Os mostraré cuán importante, cuán necesario es que esto se haga posible. Si admitís el tiempo: ayer, hoy, y mañana, entonces quedáis inevitablemente cautivos del proceso de degeneración, porque siempre estaréis mirando al mañana y siempre habrá un ayer que condicione el presente. Y, así, la mente, que es el resultado de siglos, tiene que olvidar el tiempo. De lo contrario, queda presa en sus redes, en la pugna por lograr, por llegar a ser, por alcanzar, pasa por todo eso que sólo conduce a la pena, a la desdicha, o a la decadencia. ¿Qué ha de hacer uno, pues? Quiero descubrir de modo inmediato lo que es la verdad, y no esperar unos pocos segundos ni hasta pasado mañana; quiero salir allá, estoy demasiado impaciente para esperar. No me sirve el tiempo, la idea de alcanzar algo, al término de mi vida O después de diez mil vidas. Para mí, eso es totalmente infantil, inmaduro. Todo eso es una invención de la mente en su pereza, en su confusión, en su desesperación. Quiero estar tan despierto que, cuando abra mis ojos, mi corazón, mi mente, esté ahí la verdad; y, partiendo de ahí, funcionar, actuar, vivir, disfrutar de las bellezas de la tierra. Ahora vamos a hablar de algo que no puede, en modo alguno, copiarse, imitarse. Voy a explorar, y espero que exploréis vosotros conmigo, mas, si os limitáis a seguirme, entonces estáis perdidos. Por muy distintas que sean las variedades de temperamentos, todo movimiento de la periferia al centro es un movimiento positivo, una búsqueda deliberada, una reacción de hallar y, por tanto, implica disciplina, imitación, seguimiento, obediencia, la práctica de un sistema. Todo esto es un proceso positivo; por lo menos es lo que llamáis positivo.

Comprended esto. No disputéis interiormente conmigo. Veréis cuán verdadero es a medida que avancemos. No os estoy hipnotizando, ni tratando de imponeros algo, ni estoy haciendo ninguna clase de propaganda. Eso sería ridículo. Percibe uno, pues, este movimiento positivo y ve toda su importancia, la ve uno inmediatamente, y no de una manera casual, distraída, con la idea de “mañana lo pensaré”. No hay pensamiento del mañana, no hay idea de “entre tanto”. Lo ve uno de modo inmediato y, por tanto, cesa por completo el movimiento positivo. Uno no ha hecho nada; no ha habido ningún acto de voluntad, causa deliberada, investigación o llegada a un resultado. Uno ve lo inmaduro de este movimiento positivo, con sus sacerdotes; ve uno la completa inutilidad de todo eso. Sacerdotes, iglesias, teologías, los inventores de ideas, todo esto se desvanece, porque uno percibe la verdad de que este movimiento positivo de la periferia al centro nunca puede llegar a este último. Es el movimiento de lo exterior que trata de entrar y, por tanto, sigue siendo lo exterior. Ve uno ese hecho con agudeza, con una extraordinaria claridad; y entonces empieza a comprender la belleza del movimiento negativo, ese movimiento negativo de la mente que no es lo opuesto de lo positivo, sino que viene a la existencia cuando la mente ha captado el significado de todo movimiento positivo. Así, la mente ya no esta presa en el movimiento positivo y, por ello, se encuentra en un estado de negación. Es decir, habiendo visto, no de modo fragmentario sino completo, la trascendencia de este movimiento positivo, la mente ya no está en movimiento, ya no esta actuando o haciendo; esta, pues, en un estado que puede llamarse negativo. ¿Comprendéis? Voy a explicarlo de manera distinta. Personalmente, nunca leo libros de estas cosas, no quiero, no me interesa, porque, veo en mi mismo a la humanidad entera, no en forma mística, metafórica o simbólica, sino real. Yo soy vosotros y el mundo. En mí está todo el tesoro del mundo y, para descubrirlo, tengo que comprenderme e ir más allá de mí mismo. Si no me comprendo, no tengo razón de ser, no tengo esencia; no soy más que una entidad confusa. Y cuanto más busco, estudio, sigo, tanto más confuso me vuelvo; dependo del maestro, de mi temperamento, de mis deseos y, por tanto, mi confusión crece. Veo, pues, lo importante que es comprenderme a mí mismo por entero, sin esfuerzo, es decir, sin convertir en un problema la comprensión de mí mismo. Para comprenderme a mí mismo debo tener una mente que no haga ningún movimiento positivo para corregir o no corregir lo que ve. Como dije el otro día, tanto la mente consciente como la inconsciente son triviales, y tengo que comprender esta trivialidad; tengo que comprenderla inmediatamente, para que el inconsciente no me gaste bromas, no proyecte visiones, imágenes, secretos deseos, cuando no le presto una atención total, lo cual se convierte a su vez en otro problema. ¿Entendéis todo esto?

Veo que, para comprenderme por completo, hace falta una mente que no esté influida, sin motivo, sin movimiento, una mente vacía por completo de acción positiva. Y cuando, con esa claridad mental, puedo mirarme, ese mirar mismo disuelve lo trivial, que es el “yo”. Fíjense que no estoy inventando una filosofía y, por el amor de Dios, no interpreten esto como algo peculiar de Oriente y todos esos disparates. No es una idiosincrasia del que habla, que casualmente ha nacido en un país donde el sol calienta mucho y pone morena la piel. Por ese calor y por la indolencia que suscita, y también por la pobreza, existen los que siguiendo un camino interior escriben filosofía, inventan religiones, dioses y todo lo demás. Dejad eso para ellos, no estoy hablando de estas cosas. Estoy hablando sobre algo que no es de Oriente ni Occidente, que no es personal ni impersonal: es lo verdadero. Ha llegado uno de modo súbito a un estado en que la mente ya no está movida por el deseo de quedar satisfecha, ya no exige experiencia ni la busca. Tiene uno que dar con ello, Porque no hay nadie que lo enseñe, y esto requiere energía. Con la palabra “energía” me refiero al enfoque de toda nuestra atención, sin ningún sentido de distracción. En realidad, no existe la distracción, sólo existe la inatención. ¿No? Me alegro de que alguien no esté conforme.

¿Existe eso que llamamos distracción? Al caminar, al avanzar, miro. La mente va de acá para allá, a distintos puntos, y si se mueve, si se sale del camino principal, del propio centro, lo llamo distracción. Más cuando no hay un centro propio, ni un sendero recto por el cual caminar, entonces no hay distracción. Es muy importante comprender esto. Si comprendéis esto con toda claridad, veréis que desaparece por completo todo esfuerzo para concentraros, con el conflicto que ello crea; y entonces no hay distracción. El mirar al cielo, ver la faz de un bello niño, oír el murmullo de ese riachuelo y el terrible ruido de un reactor que pasa por alto, observar a la gente, a los políticos, a los sacerdotes, escuchar vuestra propia mente y vuestro propio corazón, percibir vuestras propias exigencias, desesperaciones: no hay distracción de ninguna de estas cosas, desde el mirar al cielo hasta el miraros a vosotros mismos. Todo ello forma parte de una formalidad. Y esta sólo puede ser vista cuando hay completa atención; y la atención completa se niega cuando admitís la distracción. ¡Ojala veáis esto! Cuando hay atención completa, nunca consideráis algo como distracción. Sexo, celos, ansiedad, miedo, amor, pasión, nada de lo que miráis es distracción, todo está dentro de la llama de la atención, y, por tanto, no hay nada fragmentario. El político, el sacerdote, el rito, todos ellos forman parte de la totalidad. En el movimiento positivo de la mente hay distracción, fragmentación; mas cuando la mente no tiene movimiento y es, por tanto, negativa, si puedo usar esta palabra, no hay fragmentación de la vida. Entonces la nube del cielo, el polvo del camino, la flor al lado de él y el susurro de vuestro propio pensamiento, todo ello forma parte de la totalidad. Mas esa totalidad sólo puede comprenderse cuando ha cesado por completo el movimiento positivo de la mente.

Veis, pues, por vosotros mismos, que para dar con este centro, con esta fuente original de las cosas, que es lo supremo, tiene que terminar todo movimiento de la mente, mas no torturándola con la disciplina ni, como hacen en ciertas sectas, planteando la cuestión de manera tan extraordinariamente difícil o fantástica, que la mente tenga que callarse asustada. Eso carece por completo de madurez. Desde el principio tenéis que ver la verdad de todo movimiento de vuestro pensar y sentir; y eso sólo lo podéis hacer cuando la mente es por completo “negativa”, está en silencio, quieta. Y eso puede hacerse de modo inmediato. Es como salirse del camino, el camino de la acción positiva que el hombre ha seguido por costumbre durante miles y miles de años. Podéis, simplemente, saliros de ese camino sin ninguna expectación, sin exigir ni buscar nada. Sólo lo podéis hacer cuando veis todo el movimiento del hombre y no sólo el de un hombre determinado; es decir, cuando veáis en vosotros mismo el movimiento de la totalidad. Cuando percibís todo esto de una ojeada (y esto es lo único que tenéis que hacer, nada más), Entonces estáis realmente caminando en libertad; y partiendo de esa libertad hay acción, que no deja la mente paralizada. Os ruego que, si así lo deseáis, preguntéis sobre todo lo tratado. ¿O no hay nada que preguntar? 

Pregunta: ¿Que es la madurez?

Krishnamurti: ¿Estamos hablando sobre la madurez? Muy bien. Señor, ¿que es la madurez? ¿Tiene algo que ver la madurez con la edad? ¿Tiene algo que ver la madurez con la experiencia, con el conocimiento, con la capacidad? ¿Tiene algo que ver con la competencia y con la acumulación de dinero? Si no es ninguna de estas cosas, entonces ¿qué es la madurez? ¿Tiene algo que ver con el tiempo? No digáis que “no” tan fácilmente. Si en realidad estuvierais libres del tiempo, si el tiempo no tuviera importancia alguna para vosotros, ¿cual sería el estado de vuestra mente? No hablo del tiempo cronológico; es evidente que este tiene importancia. Mas, si el tiempo no significa nada para vosotros, en el sentido psicológico –tiempo para lograr, para triunfar, vencer, conquistar, para volveros listos, captar, comparar-, ¿no seríais entonces maduros? Es, pues, solo la mente inocente la que está madura, no la que haya acumulado conocimientos durante un millar de años. Se necesita el conocimiento y tiene importancia a cierto nivel; mas el conocimiento no contribuye a la claridad, a la inocencia. Sólo hay inocencia cuando todo conflicto ha terminado. Cuando la mente ya no se mueve en ninguna dirección determinada porque se han comprendido todas las direcciones, está entonces en ese estado original que es inocencia, y desde ahí puede penetrar en la distancia sin medida en donde puede estar lo supremo; y sólo una mente así es madura.

 23 de julio de 1964

Saanen.