LA MUTACIÓN PSICOLÓGICA - J.K. - CAPÍTULO 8 -

 Capítulo Octavo 

Esta mañana tal vez podríamos dejar a un lado todos nuestros problemas: los económicos, los de relación personal, los de mala salud y también los muchos problemas mayores que nos rodean, nacionales e internacionales, los de la guerra, del hambre, los motines, etc. No es que estemos eludiéndolos, mas si podemos, al menos esta mañana, dejarlos a un lado, quizá entonces seamos capaces de acometerlos de modo distinto, con una mente más fresca, con una percepción más aguda, y por ello tratarlos de manera nueva, con mayor vigor y claridad. Me parece que sólo el amor puede producir la acertada revolución, y que toda otra clase de revolución, es decir, la basada en teorías económicas, en ideologías sociales, y así sucesivamente, sólo puede producir más desorden, más confusión y desdicha. No podemos esperar resolver el problema humano, fundamental, reformando y recomponiendo sus muchas piezas. Sólo cuando hay gran amor es cuando podemos tener una perspectiva total y, por tanto, una total acción, en vez de esta actividad parcial, fragmentaria, que ahora llamamos revolución y que no conduce a ninguna parte. Esta mañana me gustaría hablar sobre algo que incluye la totalidad de la vida, algo que no es fragmentario, sino una actitud total ante la existencia entera del hombre; y para examinarlo con alguna profundidad me parece que tiene que dejar uno de estar preso en teorías, creencias, dogmas. La mayoría de nosotros aramos sin cesar en el suelo de la mente, mas parece que nunca sembramos; analizamos, discutimos, fragmentamos las cosas, mas no comprendemos el movimiento total de la vida. Pues bien, creo que hay tres cosas que tenemos que comprender de modo muy profundo si hemos de comprender todo el movimiento de la vida. Son el tiempo, el dolor y la muerte. Para comprender el tiempo, para abarcar el pleno significado del dolor y para convivir con la muerte, para todo eso hace falta la claridad del amor. El amor no es una teoría ni un ideal. O amáis o no amáis. El amor no puede enseñarse. No podéis tomar lecciones sobre cómo amar, ni existe un método por cuya práctica diaria podáis saber lo que es el amor. Mas yo creo que llega uno al amor de forma natural, fácil, espontánea, cuando realmente comprende el sentido del tiempo, la extraordinaria profundidad del dolor y la pureza que viene con la muerte. Acaso podamos, pues, considerar –en la realidad, no en teoría o de manera abstracta- la naturaleza del tiempo, la calidad o estructura del dolor y eso tan extraordinario que llamamos muerte. Estas tres cosas no están separadas. Si comprendemos el tiempo, comprenderemos lo que es la muerte, y también comprenderemos lo que es el dolor. Mas si consideramos el tiempo como algo que está aparte del dolor y la muerte, e intentamos tratarlo separadamente, entonces nuestro enfoque será fragmentario y, por tanto, nunca comprenderemos la extraordinaria belleza y vitalidad del amor.

Vamos, pues, esta mañana a tratar del tiempo, no como una abstracción, sino como una cosa real, siendo el tiempo duración, la continuidad de la existencia. Está el tiempo cronológico, las horas y días que se extienden hasta millones de años; y es el tiempo cronológico el que ha producido la mente con que operamos; ésta es el resultado del tiempo como continuidad de la existencia, y se llama progreso el perfeccionamiento o pulimento de la mente por esa continuidad. El tiempo es también la duración psicológica creada por el pensamiento como medio para lograr algo. Utilizamos el tiempo para progresar, para conseguir, para llegar a ser, para producir cierto resultado. El tiempo, para la mayoría de nosotros, es un peldaño hacia algo que es mucho más grande: hacia el desarrollo de ciertas facultades, hacia el perfeccionamiento de determinada técnica, hacia el logro de un fin, una meta, sea loable o no; y así hemos llegado a pensar que el tiempo es necesario para comprender lo que es verdadero, lo que es Dios, lo que está más allá de todo el afán del hombre. La mayoría de nosotros consideramos el tiempo como el periodo de duración entre el momento presente y algún momento futuro, en que habremos conseguido algo, y utilizamos ese tiempo para cultivar el carácter, para librarnos de cierto hábito, para desarrollar un músculo o un punto de vista. Durante dos mil años, la mente cristiana ha sido condicionada para creer en un Salvador, en el infierno, en el cielo; en Oriente se ha producido un similar condicionamiento mental a lo largo de un periodo mucho más dilatado. Creemos que el tiempo es necesario para todo lo que tenemos que hacer o comprender y, por tanto, el tiempo se convierte en una carga, en una barrera contra la percepción afectiva; nos impide ver de manera inmediata la verdad de algo, porque creemos que hay que tomarse tiempo para ello. Decimos: “Mañana o dentro de un par de años comprenderé esto con extraordinaria claridad.” Desde el momento en que admitimos el tiempo, estamos cultivando la indolencia, esa peculiar pereza que nos impide ver inmediatamente la cosa como es en realidad. Creemos necesitar el tiempo para abrirnos paso a través del condicionamiento que sobre la mente ha impuesto la sociedad, con sus religiones organizadas, sus códigos de moral, sus dogmas, su arrogancia y su espíritu de competencia. Pensamos en términos de tiempo, porque el pensamiento es del tiempo; el pensamiento es la respuesta de la memoria, y esta es toda la experiencia que se ha ido acumulando, que hemos heredado y adquirido por la raza, la comunidad, el grupo, la familia y el individuo. Estos conocimientos son el resultado del proceso aditivo de la mente, y su acumulación ha requerido tiempo. Para la mayoría de nosotros, la mente es memoria, y siempre que hay un estimulo, una demanda, es la memoria la que responde. Es como la respuesta del cerebro electrónico, que funciona por tiempo es necesario para todo lo que tenemos que hacer o comprender y, por tanto, el tiempo se convierte en una carga, en una barrera contra la percepción afectiva; nos impide ver de manera inmediata la verdad de algo, porque creemos que hay que tomarse tiempo para ello. Decimos: “Mañana o dentro de un par de años comprenderé esto con extraordinaria claridad.” Desde el momento en que admitimos el tiempo, estamos cultivando la indolencia, esa peculiar pereza que nos impide ver inmediatamente la cosa como es en realidad. Creemos necesitar el tiempo para abrirnos paso a través del condicionamiento que sobre la mente ha impuesto la sociedad, con sus religiones organizadas, sus códigos de moral, sus dogmas, su arrogancia y su espíritu de competencia. Pensamos en términos de tiempo, porque el pensamiento es del tiempo; el pensamiento es la respuesta de la memoria, y esta es toda la experiencia que se ha ido acumulando, que hemos heredado y adquirido por la raza, la comunidad, el grupo, la familia y el individuo. Estos conocimientos son el resultado del proceso aditivo de la mente, y su acumulación ha requerido tiempo. Para la mayoría de nosotros, la mente es memoria, y siempre que hay un estimulo, una demanda, es la memoria la que responde. Es como la respuesta del cerebro electrónico, que funciona por  asociación. Como el pensamiento es la reacción de la memoria, es, en su naturaleza misma, producto del tiempo y creador del mismo. Por favor, lo que estoy diciendo no es una teoría, no es algo sobre lo cual tengáis que pensar. No tenéis que pensar sobre ello, sino más bien verlo porque es así. No voy a entrar en todos los intrincados detalles, pero he indicado los hechos esenciales, y o lo veis o no lo veis. Si estáis siguiendo lo que se dice, no sólo de modo verbal, lingüístico o analítico, sino viendo efectivamente que es así, comprenderéis como engaña el tiempo; y entonces la cuestión es si el tiempo puede cesar; si podemos ver todo el proceso de nuestra propia actividad, ver su profundidad, su superficialidad, su belleza, su fealdad, no mañana sino inmediatamente, entonces esa misma percepción es la acción que destruye el tiempo. Sin comprender el tiempo no podemos comprender el dolor. No son dos cosas diferentes, como tratamos de hacer creer. Ir a la oficina, estar con la familia, procrear hijos, no son incidentes separados, aislados; al contrario, están profunda e íntimamente relacionados unos con otros; y no podemos ver esta extraordinaria intimidad de relación si no existe la sensibilidad que el amor conlleva.

Para comprender el dolor, tenemos en realidad que comprender la naturaleza del tiempo y la estructura del pensamiento. El tiempo tiene que detenerse pues de lo contrario sólo estaremos repitiendo la información que hemos acumulado como un cerebro electrónico. Si no termina el tiempo lo cual significa la terminación del pensamiento, habrá mera repetición, ajuste, una continua modificación; nunca habrá nada nuevo. Somos como cerebros electrónicos glorificados, tal vez un poco más independientes, pero, sin embargo, maquinales en la forma en que funcionamos. Así, para comprender la naturaleza del dolor y para acabar con él, tiene uno que comprender el tiempo; y comprender el tiempo es comprender el pensamiento. No están separados. Al comprender el tiempo nos encontramos con el pensamiento, y la comprensión de este es la terminación del tiempo y por tanto, la del dolor. Si eso está muy claro, entonces podemos mirar el dolor sin rendirle culto, como hacen los cristianos. Aquello que no comprendemos lo adoramos o lo destruimos, lo ponemos en una iglesia, en un templo o en un oscuro rincón de la mente, y le tenemos mucho miedo; o le damos de puntapiés, lo tiramos o lo eludimos más aquí no estamos haciendo ninguna de esas cosas. Vemos que durante miles de años el hombre ha luchado con este problema del dolor, y que no ha podido resolver; se ha habituado, pues, a él, lo ha aceptado, diciendo que es una parte inevitable de la vida. Más el limitarse a aceptar el dolor es no sólo estúpido sino que contribuye a embotar la mente la vuelve insensible, brutal, superficial, y así la mediocridad invade la vida, la deja reducida únicamente a trabajo y placer. Uno vive una existencia fragmentada, como hombre de negocios, científico, artista, como persona sentimental o de las llamadas religiosas, etc. Mas para comprender el dolor y librarse de él tenéis que comprender el tiempo y por consiguiente el pensamiento. No podéis negar el dolor ni huir, eludirlo por las diversiones, las iglesias, las creencias organizadas; ni podéis aceptarlo y rendirle culto; y para no hacer ninguna de estas cosas, hace falta mucha atención, que es energía. El dolor hecha raíces en la autocompasión, y para comprenderlo tiene primero que haber una implacable actuación frente a toda autocompasión. No se si habréis observado como os compadecéis de vosotros mismos, por ejemplo cuando decís: “me siento sólo”. Desde el momento en que os tenéis lástima ya habéis proporcionado el terreno en que arraiga el dolor. Por mucho que justifiquéis la autocompasión y la racionalicéis, le deis lustre, la tapéis con ideas, ahí seguirá, enconándose hondamente en vuestro interior. Así pues, un hombre que quiere comprender el dolor tiene que empezar por librarse de esta trivialidad brutal, egocéntrica, egoísta, que es la lástima de si mismo. Podéis teneros lástima por tener una dolencia o porque hayáis perdido a alguien por la muerte, o porque no os hayáis realizado y en vista de ello os sintáis frustrados, embotados; pero, sea la que fuere la causa, la lástima de si mismo es la raíz del dolor. Una vez que estéis libres de esta lástima, podréis mirar el dolor sin rendirle culto ni escapar de él ni darle un significado espiritual, como  tiramos o lo eludimos más aquí no estamos haciendo ninguna de esas cosas. Vemos que durante miles de años el hombre ha luchado con este problema del dolor, y que no ha podido resolver; se ha habituado, pues, a él, lo ha aceptado, diciendo que es una parte inevitable de la vida. Más el limitarse a aceptar el dolor es no sólo estúpido sino que contribuye a embotar la mente la vuelve insensible, brutal, superficial, y así la mediocridad invade la vida, la deja reducida únicamente a trabajo y placer. Uno vive una existencia fragmentada, como hombre de negocios, científico, artista, como persona sentimental o de las llamadas religiosas, etc. Mas para comprender el dolor y librarse de él tenéis que comprender el tiempo y por consiguiente el pensamiento. No podéis negar el dolor ni huir, eludirlo por las diversiones, las iglesias, las creencias organizadas; ni podéis aceptarlo y rendirle culto; y para no hacer ninguna de estas cosas, hace falta mucha atención, que es energía. El dolor hecha raíces en la autocompasión, y para comprenderlo tiene primero que haber una implacable actuación frente a toda autocompasión. No se si habréis observado como os compadecéis de vosotros mismos, por ejemplo cuando decís: “me siento sólo”. Desde el momento en que os tenéis lástima ya habéis proporcionado el terreno en que arraiga el dolor. Por mucho que justifiquéis la autocompasión y la racionalicéis, le deis lustre, la tapéis con ideas, ahí seguirá, enconándose hondamente en vuestro interior. Así pues, un hombre que quiere comprender el dolor tiene que empezar por librarse de esta trivialidad brutal, egocéntrica, egoísta, que es la lástima de si mismo. Podéis teneros lástima por tener una dolencia o porque hayáis perdido a alguien por la muerte, o porque no os hayáis realizado y en vista de ello os sintáis frustrados, embotados; pero, sea la que fuere la causa, la lástima de si mismo es la raíz del dolor. Una vez que estéis libres de esta lástima, podréis mirar el dolor sin rendirle culto ni escapar de él ni darle un significado espiritual, como tiramos o lo eludimos más aquí no estamos haciendo ninguna de esas cosas. Vemos que durante miles de años el hombre ha luchado con este problema del dolor, y que no ha podido resolver; se ha habituado, pues, a él, lo ha aceptado, diciendo que es una parte inevitable de la vida. Más el limitarse a aceptar el dolor es no sólo estúpido sino que contribuye a embotar la mente la vuelve insensible, brutal, superficial, y así la mediocridad invade la vida, la deja reducida únicamente a trabajo y placer. Uno vive una existencia fragmentada, como hombre de negocios, científico, artista, como persona sentimental o de las llamadas religiosas, etc. Mas para comprender el dolor y librarse de él tenéis que comprender el tiempo y por consiguiente el pensamiento. No podéis negar el dolor ni huir, eludirlo por las diversiones, las iglesias, las creencias organizadas; ni podéis aceptarlo y rendirle culto; y para no hacer ninguna de estas cosas, hace falta mucha atención, que es energía. El dolor hecha raíces en la autocompasión, y para comprenderlo tiene primero que haber una implacable actuación frente a toda autocompasión. No se si habréis observado como os compadecéis de vosotros mismos, por ejemplo cuando decís: “me siento sólo”. Desde el momento en que os tenéis lástima ya habéis proporcionado el terreno en que arraiga el dolor. Por mucho que justifiquéis la autocompasión y la racionalicéis, le deis lustre, la tapéis con ideas, ahí seguirá, enconándose hondamente en vuestro interior. Así pues, un hombre que quiere comprender el dolor tiene que empezar por librarse de esta trivialidad brutal, egocéntrica, egoísta, que es la lástima de si mismo. Podéis teneros lástima por tener una dolencia o porque hayáis perdido a alguien por la muerte, o porque no os hayáis realizado y en vista de ello os sintáis frustrados, embotados; pero, sea la que fuere la causa, la lástima de si mismo es la raíz del dolor. 

No estamos analizando, no investigamos analíticamente el dolor para librarnos de él, porque eso no es más que una jugarreta de la mente. Ésta analiza el dolor y entonces imagina que ha comprendido y que está libre de ese dolor, lo cual es un disparate. Podéis libraros de una clase determinada de dolor, pero éste volverá a surgir en otra forma. Hablamos del dolor como una cosa total –del dolor en si-, sea vuestro, mío o de cualquier otro ser humano. Como he dicho, para comprender el dolor tiene que haber comprensión del tiempo y del pensamiento, tiene que haber una comprensión sin selección, de todos los modos de escapar, de toda lástima de si mismo, de todas las verbalizaciones, para que la mente llegue a estar en completa quietud frente a algo que tiene que comprenderse. No hay entonces división alguna entre el observador y la cosa observada. No es que vosotros –el observador, el pensador- sintáis dolor y estéis observándolo, sino que existe sólo el estado de dolor. Ese estado de dolor no dividido es necesario, porque cuando miráis el dolor como observador creáis conflicto, que embota la mente y disipa la energía, y por consiguiente no hay atención.

Cuando la mente comprende la naturaleza del tiempo y del pensamiento, cuando se ha despojado de la autocompasión, el sentimentalismo, el emocionalismo y todo eso, entonces el pensamiento –que ha creado toda esa complejidad- termina, y no existe el tiempo; por tanto, estáis directa e íntimamente en contacto con eso que llamáis dolor. Éste se sostiene sólo cuando uno escapa de él, cuando desea eludirlo o resolverlo o adorarlo. Mas cuando no hay nada de todo eso, porque la mente está en contacto directo con el dolor y por tanto, en completo silencio con respecto a él, entonces descubriréis por vosotros mismos que en la mente no hay dolor en absoluto. Desde el momento en que la mente está en completo contacto con el hecho del dolor, ese mismo hecho resuelve todas las cualidades del tiempo y del pensamiento que producen el dolor. Éste por consiguiente, termina. ¿Cómo vamos a comprender eso que llamamos muerte y de lo que tanto nos asustamos? El hombre ha creado muchas enrevesadas maneras de hacer frente a la muerte: rindiéndole culto, negándola, aferrándose a innumerables creencias, etc. Mas, para comprender la muerte, tenéis ciertamente que llegar a ella con una mente fresca; porque, en realidad, no sabéis nada sobre la muerte, ¿verdad? Puede ser que hayáis visto morir a personas y hayáis observado en vosotros mismos o en otros la llegada de la vejez, con su deterioro. Sabéis que la vida física termina por el envejecimiento, por accidente, enfermedad, asesinato, o suicidio, mas no conocéis la muerte como conocéis el sexo, el hambre, la crueldad, la brutalidad. No sabéis realmente lo que es morir, y hasta que no lo sepáis no tendrá sentido alguno la muerte ni cuales son sus implicaciones, se asusta de ella, se asusta del pensamiento, no del hecho, que no conoce.

Os ruego que examinéis esto un momento conmigo. Si murieseis instantáneamente, no habría tiempo para pensar sobre la muerte y asustarse de ella, pero hay un lapso entre ahora y el momento en que la muerte vendrá, y durante ese intervalo tenéis mucho tiempo para preocuparos, para racionalizar. Queréis llevar a la próxima vida –si es que hay una próxima vida –todas las preocupaciones, los deseos y el conocimiento que habéis acumulado, y así inventáis teorías o creéis en alguna clase de inmortalidad. Para vosotros, la muerte es algo que está separado de la vida; la muerte está allá, mientras que vosotros estáis acá, ocupados en vivir conduciendo el auto, dedicados al sexo, sintiendo hambre, inquietud, yendo a la oficina, acumulando conocimientos etc. No queréis morir, porque no habéis acabado de escribir vuestro libro o tocar perfectamente el violín. Separáis, pues, la muerte de la vida y decís: “Quiero comprender la vida ahora y luego ya comprenderé la muerte.” Mas no están separadas una de otra y eso es lo primero que hay que comprender. La vida y la muerte son una, están íntimamente relacionadas, y no podéis aislar una de ellas y tratar de comprenderla aparte de la otra. Pero la mayoría de nosotros hacemos esto, separamos la vida en compartimientos impenetrables, no relacionados. Si sois economistas, entonces la economía es lo único en que os interesáis, y no sabéis nada sobre lo demás. Si sois un médico cuya especialidad es la nariz y la garganta, o el corazón, vivís en ese limitado campo de conocimiento durante cuarenta años, y os sentís en el paraíso cuando morís.

Como dije, tratar la vida de modo fragmentario es vivir en constante confusión, contradicción, desdicha. Tenéis que ver la totalidad de la vida; y sólo podéis ver esta totalidad cuando hay afecto, amor. El amor es la única revolución que producirá orden. De nada sirve adquirir cada vez más conocimientos sobre matemáticas, medicina, historia, economía y luego juntar los fragmentos. Eso no resolverá nada. Sin amor, la revolución sólo lleva al culto del estado o al de una imagen, o bien al de innumerables corrupciones tiránicas y a la destrucción del hombre. Del mismo modo, cuando la mente, por estar asustada, aleja la muerte y la separa del vivir cotidiano, esa separación sólo sirve para engendrar más miedo, más inquietud, y para multiplicar las teorías sobre la muerte. Para comprender la muerte tenéis que comprender la vida, la vida no es la continuidad del pensamiento. Esta continuidad misma es lo que ha engendrado toda nuestra desdicha. ¿Puede, pues, la mente traer la muerte desde la distancia a que la proyectamos, al presente inmediato? ¿Comprendéis? La muerte no está en realidad lejos: está aquí y ahora, está aquí cuando estáis hablando, cuando disfrutáis, cuando escucháis, cuando vais a la oficina; está aquí en cada minuto de la vida, lo mismo que está el amor. Una vez que percibáis este hecho, encontraréis que no hay miedo alguno a la muerte. Teme uno no lo desconocido, sino perder lo conocido; teméis perder vuestra familia, quedaros solos, sin compañía; os da miedo la pena de la soledad, estar sin las experiencias, sin las posesiones que habéis acumulado. Es lo conocido lo que nos da miedo dejar. Lo conocido es memoria, y a esa memoria se aferra la mente. Pero la memoria es sólo algo mecánico, como lo demuestran muy bellamente los ordenadores.

Para comprender la belleza y la extraordinaria naturaleza de la mente tiene que haber liberación de lo conocido. Al morir para lo conocido empieza la comprensión de la muerte, porque entonces la mente se vuelve fresca, nueva, y no hay miedo; por eso puede uno entrar en ese estado que se llama la muerte. Así que, desde el principio hasta el fin, vida y muerte son una sola cosa. El sabio comprende el tiempo, el pensamiento y el dolor, y sólo él puede comprender la muerte. La mente que está muriendo a cada minuto, sin acumular nunca, sin acopiar jamás experiencia, es inocente y por lo tanto, se halla en un constante estado de amor. No se si querréis preguntar algo sobre todo esto, así podríamos profundizar con más detalle.

Pregunta: Señor, ¿cuál es la diferencia entre vuestro pensamiento sobre el amor y el pensamiento cristiano acerca del mismo? 

Krishnamurti: Temo no poder decíroslo. No estoy pensando en el amor. No podéis pensar en él; si pensáis, no será amor. Ya sabéis, hay una enorme diferencia entre el sexo y el pensamiento sobre el sexo, que estimula la sensación. La mente que sólo se ocupa del disfrute del sexo, que sólo piensa en el sexo, que se excita con imágenes, ilustraciones o pensamientos, esa mente tiene un rasgo destructivo. Pero lo otro, el sentimiento, cuando no hay pensamiento sobre él, es por completo distinto. Del mismo modo, no podéis pensar sobre el amor. Podéis pensar en él con arreglo al modelo de vuestro recuerdo, o en términos de lo que se os ha dicho: que es bueno, profano, sagrado, etc. Mas ese pensar no es amor. El amor no es cristiano ni hindú, no es oriental ni occidental, no es vuestro ni mío. Sólo cuando os libráis de todas esas ideas de vuestra nacionalidad, raza, religión y todo lo demás, sólo entonces es cuando sabéis lo que es amar. 

Como veis, he hablado esta mañana sobre la muerte, para que realmente comprendáis todo esto, no sólo mientras estéis aquí en esta tienda, sino durante el resto de vuestra vida, y así os liberéis del dolor, del miedo, y sepáis efectivamente lo que significa morir. Si ahora en los días venideros vuestra mente no está completamente alerta, inocente, profundamente atenta, entonces el escuchar palabras es del todo fútil. Mas si os dais cuenta, si estáis profundamente atentos, concientes, de vuestros propios pensamientos y sentimientos, si no estáis interpretando lo que dice el que habla, sino que en realidad os observáis mientras él describe y profundiza en el problema, entonces, cuando salgáis de esta tienda, viviréis, no sólo con gozo, sino con la muerte y el amor.

28 de julio de 1964

Saanen

 


EL LIBRO DE LA VIDA - J.K. - 14 DE FEBRERO

 La creencia impide la verdadera comprensión 

Si no tuviéramos ninguna creencia, ¿qué nos sucedería? ¿No estaríamos muy asustados de lo que podría pasar? Si no tuviéramos un modelo de acción basado en una creencia -ya sea en Dios, en el comunismo, en el socialismo en el imperialismo, o en alguna fórmula religiosa, en algún dogma al cual estamos condicionados-, nos sentiríamos totalmente perdidos, ¿no es así? Y esta aceptación de una creencia, ¿no es un modo de disimular ese miedo, el miedo de ser realmente nada, el miedo al vacío? Después de todo, una copa es útil cuando está vacía; y una mente llena de creencias, dogmas, afirmaciones, citas, es de hecho una mente que carece de creatividad; es una mente tan sólo repetitiva. El escapar de ese miedo, miedo al vacío, a la soledad, al estancamiento, miedo de no alcanzar la meta, de no triunfar, de no obtener lo que queremos, de no ser o de no llegar a ser esto o aquello, es seguramente una de las razones por las que aceptamos tan ansiosa y ávidamente las creencias, ¿verdad? Ahora bien, mediante la aceptación de una creencia, ¿nos comprendemos a nosotros mismos? Todo lo contrario. Una creencia, religiosa o política, impide que nos comprendamos a nosotros mismos. Actúa como una pantalla a través de la cual nos miramos. ¿Podemos, pues, mirarnos sin las creencias? Si eliminamos estas creencias, las numerosas creencias que tenemos, ¿nos queda algo para mirar? Si no tenemos creencias con las que la mente se haya identificado, entonces la mente, sin identificación alguna, es capaz de mirarse y verse tal como es; eso constituye, por cierto, el principio de la comprensión de uno mismo. 

14 DE FEBRERO LDU

EL LIBRO DE LA VIDA

LA MUTACIÓN PSICOLÓGICA - J.K. - CAPÍTULO 7

 Capítulo Séptimo 

Me gustaría continuar desde donde terminamos el otro día. Creo que es muy importante comprender toda la cuestión de la acción; y uso esa palabra no en ningún sentido abstracto ni meramente como una idea. Me refiero al hecho real de la acción, de hacer algo. Tanto si estáis cavando en un jardín como si vais a la oficina, si miráis un árbol, si seguís el movimiento de un río, o simplemente marcháis por un camino, sin pensamiento, observando calladamente las cosas, sea lo que fuere lo que hagáis, forma parte de la acción, y en la mayoría de nosotros la acción crea conflicto. Nuestra acción, por muy profunda que la llamemos o por muy superficial que sea, se vuelve repetitiva, cansada, fastidiosa, mera actividad sin apenas importancia. Creo, pues, que es muy importante comprender lo que es la acción. Para hacer cualquier cosa: caminar, hablar, mirar, pensar, sentir, hace falta energía; y la energía se disipa cuando hay conflicto inherente en la expresión de esa energía. Como podemos observar, todas nuestras actividades, a cualquier nivel que sea, engendran alguna clase de conflicto, crean dentro de nosotros un sentido de esfuerzo, cierta resistencia, negación. Y ¿es posible actuar sin conflicto, sin resistencia y aún sin esfuerzo? De esto es de lo que si se me permite, quisiera hablar esta mañana.

Uno ve lo que está pasando en el mundo: las máquinas calculadoras, los cerebros electrónicos y diversas formas de automatización, dan al hombre cada vez más ocio, y ese tiempo libre va a ser monopolizado por la religión organizada y por las diversiones organizadas. No se si hay mucha diferencia entre ambas. Más por el momento, dejémoslas separadas. Cuando el hombre tiene muchos ratos de ocio, tiene más energía –mucha más energía- y la sociedad reclama que utilice esa energía, no en forma antisocial; para dominar el sentimiento antisocial, se sumergirá en la religión organizada o en las diversiones de todas clases, o bien se zambullirá en la literatura, en el arte, en la música, lo cual es otra forma de diversión. Como resultado de ello, el hombre se volverá cada vez más superficial. Puede leer todos los libros del mundo y tratar de comprender las complejidades de la teología, de la filosofía, de la ciencia; puede familiarizarse con ciertos hechos y verdades en la literatura, pero seguirá siendo una cosa externa, lo mismo que lo son las varias formas de religión y diversión. Las religiones organizadas afirman que buscan las cosas internas de la vida, pero reclaman creencia, dogma, rito, conformidad, como todos sabemos.

Ahora bien, si no estamos alerta de todas estas cosas inherentes en la civilización moderna, nuestras energías serán consumidas por estas condiciones, y nuestra acción seguirá, pues, siendo muy superficial; y, debido a esa superficialidad, seguiremos teniendo conflicto dentro de nosotros, lo mismo que con otras personas, con la sociedad; seguirá habiendo conflicto en toda forma de esfuerzo humano –artístico, científico, matemático, industrial- y en la relación de uno mismo con la esposa propia o el marido, con los hijos, con el prójimo; y el conflicto es un derroche de energía. Para que el conflicto deje de existir y con ello haya conservación de energía, tiene uno que comprender lo que es la acción; y sin esa comprensión nuestra vida se volverá cada vez más externa y seremos cada vez más vacuos internamente. Éste no es un punto que haya de discutirse o dudarse, no se trata de mi opinión frente a la vuestra. Ante todo, ¿qué es, pues, la acción tal como la conocemos ahora? Toda nuestra acción tiene un motivo, sutil o evidente, ¿no es así? O vamos tras una recompensa o actuamos por miedo, o tratamos de ganar algo. Nuestra acción siempre es un ajuste a un modelo, a una idea, o es una aproximación a algún ideal; la conformidad, el ajuste, la aproximación, la resistencia, la negación: eso es todo lo que conocemos de la acción, e implica una serie de conflictos.

Como decía el otro día, entrar en comunión con algo con lo cual no tenemos honda relación es siempre bastante difícil. Quiero entrar en comunión con vosotros sobre un estado de mente que es la antítesis completa de este conflicto al que llamamos acción. Hay una acción total, acción sin conflicto, y quiero deciros algo sobre ella. No es que debáis aceptar ni rechazar lo que digo, ni dejaros hipnotizar. Como sabéis una de las cosas más difíciles de hacer es sentarse en una plataforma y hablar mientras otros escuchan –si es que en efecto escucháis- y establecer la acertada relación entre el que escucha y el que habla. No estáis aquí para ser hipnotizados por una serie de palabras, ni quiero yo influir sobre vosotros en forma alguna. No estoy haciendo propaganda a favor de una idea ni es mi propósito instruiros. Como he señalado muchas veces, no hay ni enseñante ni enseñados. Sólo hay un estado de aprender; y no es posible que vosotros y yo podamos aprender si estáis esperando a que se os instruya o que se os diga lo que hay que hacer. No tratamos sobre opiniones, yo no las tengo. Lo que trato de hacer es sencillamente exponer ciertos hechos, y vosotros mismos podéis mirarlos examinarlos o no. Esto significa que vosotros y yo debemos tener la acertada relación, para que haya comunión que no sea meramente intelectual, sino la percepción total de un hecho que ambos estamos contemplando. No estamos en comunión unos con otros, sino que más bien lo estamos con el hecho y, por tanto, este llega a ser mucho más importante que vosotros y yo. Es el hecho y nuestra mutua percepción de él lo único que puede crear el acertado ambiente o atmósfera, y esto tiene que afectarnos. Me  parece, pues, que llega a ser extraordinariamente importante escuchar algo: ese riachuelo, o el murmullo de esos árboles, o los propios pensamientos y sentimientos, cuando consideramos el hecho mismo y no una idea u opinión sobre el mismo. Todos sabemos que nuestra acción crea conflicto; tiene que crearlo inevitablemente toda acción que se base en una idea, un concepto, una formula, o que se acerque a un ideal; tiene inevitablemente que crearlo. Eso es evidente. Si actúa con arreglo a una formula, un modelo, un concepto, entonces estoy siempre dividido entre el hecho de lo que soy y lo que creo que yo debería hacer sobre ese hecho; de modo que nunca hay una acción completa; siempre hay un acercamiento a una idea o a un ideal, y por eso el conflicto es inherente en toda acción tal como la conocemos, la cual es un desperdicio de energía y produce deterioro de la mente. Os ruego observéis el estado y la actividad de vuestra propia mente y veréis que esto es verdad. Mas yo me pregunto: ¿existe una acción si idea y por tanto, sin conflicto? O, para decirlo de un modo distinto: ¿es que la acción tiene siempre que engendrar esfuerzo, lucha, conflicto? Por ejemplo yo estoy hablando, lo cual es una forma de acción. Seguramente que en esta acción sólo hay conflicto si trato de afirmarme, de ser alguien, de convenceros. Es, pues, enormemente importante descubrir por uno mismo si hay una posibilidad de vivir y hacer las cosas sin el más leve conflicto, es decir, si puede haber una acción en que la mente quede intacta, sin deterioro, sin ninguna forma de distorsión; y tiene que haber distorsión si la mente es influida de alguna manera o si queda presa de conflicto, que es un derroche de energía. Es de verdadero interés para mi, y tiene que serlo también para vosotros, descubrir la verdad de esta cuestión, porque lo que tratamos de hacer aquí es ver si es posible vivir sin pena, sin desesperación, sin miedo, sin alguna forma de actividad que produzca deterioro de la mente. Si es posible ¿qué le pasa entonces a una mente así? ¿Qué le ocurre a una mente a la que nunca toca la sociedad que no tiene miedo, ni codicia, que no sustente envidia ni ambición, que no busca poder?

Para descubrir, tenemos que empezar por darnos cuenta del estado actual de nuestra mente, con todos sus conflictos, desdichas, frustraciones, perversiones, deterioro, desesperación. Tenemos que ser conscientes de nosotros mismos y con ello hacer acopio de energía; y el acopio mismo de esa energía es la acción que limpiará la mente de toda la basura que el hombre ha acumulado a lo largo de los siglos. No estamos, pues, interesados en la acción por si misma; queremos descubrir si hay una acción que no engendre contradicción en forma alguna. Como hemos visto, las ideas, los conceptos, las formulas, los modelos, métodos, dogmas, ideales, estas cosas son las que crean contradicción en la acción. Y ¿es posible vivir sin ideas, sin un modelo, sin un ideal, sin un concepto o creencia? Seguramente que es muy importante descubrir por uno mismo la verdad de este asunto; porque uno puede ver muy bien que el amor no es una idea, un patrón, un concepto. La mayoría de nosotros tenemos un concepto del amor, pero es evidente que ese concepto no es el amor. O amamos o no amamos. ¿Es posible vivir en este mundo e ir a la oficina, guisar, lavar platos, conducir un automóvil y hacer todas las demás cosas de la vida que actualmente se han vuelto repetitivas y crean conflicto, es posible hacer todas estas cosas, vivir y actuar, sin ninguna ideación y así librar la acción de toda contradicción?

Me pregunto si habréis caminado alguna vez a lo largo de una calle concurrida o de un camino solitario, simplemente, mirando las cosas sin pensamiento. Existe un estado de observación sin la intromisión del pensamiento. Aunque os dais cuenta de todo lo que os rodea y podéis reconocer a la persona, la montaña, el árbol, o el vehículo que se acerca, sin embargo, la mente no está funcionando con el patrón usual de pensamiento. No se si esto os habrá ocurrido alguna vez. Probad hacerlo alguna vez, cuando vayáis conduciendo o andando. Observad sin el pensamiento; observad sin la reacción que produce el pensamiento. Aunque reconozcáis el color y la forma, aunque veáis el arroyo, el auto, la cabra, el autobús, no hay reacción, sino simplemente observación negativa; y ese estado mismo de la llamada observación negativa es acción. Una mente así puede utilizar el conocimiento para la realización de lo que tiene que hacer, pero está libre de pensamiento, en el sentido de que no funciona en términos de reacción. Con una mente así –una mente que está atenta sin reacción- podéis ir a la oficina y hacer cualquier cosa. La mayoría de nosotros estamos pensando en nosotros mismos de la mañana a la noche, y nos movemos dentro del patrón de esa actividad egocéntrica. Toda actividad así, que es reacción, tiene que llegar a varias formas de conflicto y deterioro. Y, ¿es posible no actuar dentro de ese patrón y sin embargo, vivir en este mundo? No me refiero a que viváis apartados y solos, en la cueva de una montaña o algo parecido; más ¿es posible vivir en este mundo y manifestarse como ser humano total, partiendo de ese estado de vacuidad, si es que no habéis malentendido el uso que hago de esta palabra? Tanto si pintáis como si escribís poemas o vais a una oficina o habláis ¿podéis tener siempre en el interior un espacio vacío, y actuar a través de el? Por que cuando existe tal espacio la acción no engendra contradicción.

Creo que es cosa muy importante descubrir esto. Y tenéis que descubrirlo vosotros mismos, porque no puede enseñarse ni explicarse. Para descubrirlo tenéis antes que comprender de que modo engendra conflicto toda acción egocéntrica, y luego preguntaros si la mente puede estar satisfecha con este tipo de acción. Quizá lo esté momentáneamente, pero, cuando percibís que en toda acción así es inevitable el conflicto, ya estáis tratando de descubrir si existe otra clase de acción, una acción que no lleve al conflicto; y entonces tenéis que llegar al hecho de que efectivamente existe. Surge pues, la cuestión: ¿por qué estamos siempre buscando satisfacción? En todas nuestras relaciones y en cualquier cosa que hagamos con él siempre hay el deseo de quedar satisfechos, de quedar complacidos y de seguir en esa satisfacción. Lo que llamamos descontento sólo surge cuando las cosas no nos complacen, y tal descontento no hace sino engendrar otra serie de reacciones. Pues bien, a mi me parece que un hombre que sea muy serio y vea todo esto: la forma en que los seres humanos han vivido durante millares de años en completa confusión y desdicha, nunca en una acción completa, tiene que descubrir por si mismo si es capaz de manifestarse partiendo de una mente que no esté contaminada por la sociedad; y eso sólo lo puede averiguar cuando esté libre de la sociedad. Hablo de la liberación de la estructura psicológica de la sociedad, que es la codicia, la envidia, la ambición y el afán de engreimiento. Cuando se ha comprendido y desechado toda esa estructura psicológica, está uno libre de la sociedad; y se puede seguir yendo a la oficina, comprando pantalones, y  todo lo demás; pero se está libre de la estructura psicológica que tanto distorsiona a la mente. Llega uno, pues, a un punto en que descubre por si mismo que la liberación completa de la estructura psicológica de la sociedad es completa inacción; y esa inacción completa es acción total, que no crea contradicción ni, por tanto, deterioro. He dicho lo que quería decir esta mañana, y acaso podamos ahora discutirlo, o podéis hacer preguntas si queréis.

 Pregunta: ¿podemos ir a nuestros empleos y trabajar sin competencia? 

Krishnamurti: Señor, ¿acaso no puede uno? ¿Podéis ir a vuestra oficina y conservar vuestro empleo sin competir? No me toca a mi decir si podéis o no, o si tenéis que hacerlo, etc. Mas veis lo que hace la competencia, como engendra antagonismo, miedo, una busca implacable de satisfacer vuestras propias demandas, no sólo en vuestro interior, sino exteriormente en el mundo. Veis todo eso, y os preguntáis si es posible vivir en este mundo sin competir. Esto significa vivir sin comparar; significa hacer algo que realmente nos gusta hacer, que os interesa enormemente. O bien, si estáis presos en un empleo que no os gusta, porque tenéis responsabilidades, significa descubrir el modo de hacer esa tarea eficazmente, sin competir, y eso requiere mucha atención, ¿no? Tenéis que prestar una gran atención a todo pensamiento, a todo sentimiento en vuestro interior, pues de lo contrario, sólo estaréis imponiéndoos la idea de que no debéis competir y entonces eso se convierte en otro problema. Mas podéis percibir todas las implicaciones en la competencia; podéis ver la realidad de cómo trae conflicto, incesante pugna; podéis percibir que la competencia lleva al hombre inevitablemente (aunque pueda haber mucho del llamado progreso y eficiencia competitiva) al antagonismo, a la falta de afecto. Si veis todo esto, entonces, partiendo de esa percepción, actuaréis ya sea competitivamente o sin competencia alguna.

 Comentarios: No creo que la acción repetitiva sea necesariamente fastidiosa. 

Krishnamurti: Sabéis que se está descubriendo que un hombre que trabaja en una fabrica, haciendo una y otra vez la misma cosa, no es una entidad muy productiva, y me dicen que en Norteamérica están experimentando con dejar que los obreros de ciertas fábricas aprendan durante su trabajo. El resultado es que este último no es tan repetitivo, por lo tanto, los hombres producen mucho más. Aunque os complazca mucho hacer algo, si seguís incesantemente repitiendo esa acción, se vuelve muy rutinaria y bastante cansada. 

Pregunta: ¿Que decís sobre el artista? 

Krishnamurti: Si el artista se limita a repetir, seguramente que ha dejado de serlo. Creo que confundimos las dos palabras, “repetición” y “creación”. ¿No es cierto? ¿Qué es creación? 

Comentario: Un hombre que haga buenos zapatos es creador. 

Krishnamurti: ¿Es creación hacer buenos zapatos, crear niños, escribir poemas, y todo lo demás? Por favor, no asintáis ni disintáis. Esperad un momento.

Comentario: No veo como puede uno vivir en un espacio vacío. 

Krishnamurti: Señora, creo que no nos hemos entendido. Lo siento. Es posible que ello se deba a las palabras que escogí, que tal vez no sea lo bastante adecuadas, y probablemente, no comprendéis exactamente lo que quiero decir con la palabra “vacío” pero ahora estamos hablando sobre creación. Mirad, he oído que en cierta universidad enseñan lo que llamamos literatura y pintura creadoras. ¿Puede enseñarse la calidad creadora? ¿Producirá espíritu creador la práctica continua de algo? Podéis aprender de un maestro la técnica de tocar el violín, pero es evidente que por la técnica no podéis tener el genio, mientras que, si uno tiene ese espíritu creador, producirá la técnica, mas no al revés. La mayoría de nosotros creemos que adquiriendo la técnica encontraremos lo otro. Tomad un ejemplo muy sencillo (aunque todos los ejemplos son defectuosos): ¿Qué es la vida sencilla? Decimos que vida sencilla es tener muy pocas posesiones, comer muy poco y abstenernos de hacer esto o aquello. En Asia se considera que está haciendo una vida muy sencilla un hombre que viste un taparrabo, que vive sólo y no hace más que una comida al día. Pero interiormente, puede estar en un torbellino volcánico, ardiendo en sus deseos, pasiones, ambiciones. La vida simple de tal hombre no es un espectáculo exterior, que puede ser reconocido por otros y decir ellos: “¡Que hombre tan sencillo!” Ése es el estado efectivo de la mayoría de los santos: exteriormente, son muy sencillos, pero en lo interno son ambiciosos, disciplinan la mente, se esfuerzan por ajustarse a cierto modelo, y todo eso. Me parece, pues, que la sencillez primero empieza desde dentro, y no desde fuera. Del mismo modo, la creación no puede venir por la expresión. Tiene uno que estar en ese estado de creación y no buscar a través de la expresión. Estar en ese estado de creación es el descubrimiento de lo supremo.

Y eso sólo puede ocurrir cuando no hay actividad del “yo” en ninguna dirección. Volvamos a lo que dijo esa señora sobre el vacío. La mayoría de nosotros, aunque estemos mutuamente relacionados en lo exterior, vivimos en el aislamiento, y no es de ese aislamiento de lo que estoy hablando. El vacío es algo por completo distinto del aislamiento. Tiene que haber vacío entre vosotros y yo para que no nos veamos; tiene que haber un espacio por el cual yo pueda oír lo que decís y podáis oír lo que yo digo. Del mismo modo, tiene que haber espacio en la mente, es decir, ésta no debe hallarse tan llena de cosas que no quede ningún espacio. Sólo cuando hay espacio dentro de la mente (lo que significa que no está atiborrada de actividad egocéntrica), sólo entonces es posible saber lo que es vivir. Pero vivir en aislamiento, eso no es posible. 

Pregunta: ¿Querríais hablar más sobre la energía? 

Krishnamurti: Para hacer cualquier cosa, por pequeña que sea, hace falta energía, ¿no? Para levantarse y salir de esta tienda, para pensar, comer, conducir un automóvil, para la acción de cualquier clase que sea, se requiere energía. Y, en la mayoría de nosotros, cuando estamos haciendo algo, hay una forma de resistencia que disipa la energía, a menos que de la casualidad de que lo que estamos haciendo nos cause placer, y en tal caso no hay conflicto, no hay resistencia en la continuidad de la energía.

Como iba diciendo antes, uno necesita de energía para estar por completo atentos, y en esa energía no hay resistencia mientras no haya distracción, es decir, desde el momento en que queráis concentraros en algo pero al mismo tiempo queráis mirar por la ventana, habrá resistencia, conflicto. Pues bien, el mirar por la ventana es exactamente tan importante como cualquier otro mirar. Y una vez que veis que esto es así, entonces no hay distracción ni conflicto. Para tener energía física, es evidente que debéis tomar la adecuada clase de alimento, etc. eso es algo con lo cual vosotros mismos podéis experimentar y no necesitamos discutirlo. Tenemos también la energía psicológica, que se disipa de varias maneras. Para tener esa energía psicológica, la mente busca estímulo. El ir a la iglesia, presenciar un partido de fútbol, leer literatura, escuchar música, asistir a reuniones como ésta: todas estas cosas os estimulan; y si lo que queréis es que se os estimule, ello significa que psicológicamente sois dependientes. Todas las formas de buscar estímulo implican depender de algo, ya sea una bebida, una droga, un orador o la asistencia a la iglesia; y seguramente que el depender del estímulo, en cualquier forma que sea, no sólo embota la mente, sino que también contribuye a disipar la energía. Así que, para conservar la energía propia, tiene que desaparecer toda forma de dependencia, toda clase de estímulos; y para la desaparición de esa dependencia tiene uno que darse cuenta de ella. Tanto si depende uno del estímulo de la propia esposa o marido, como de un libro, del trabajo que hace en la oficina de ir al cine, es decir de cualquier estímulo que uno busque, tiene ante todo que darse cuenta de este. El limitarse a aceptar estímulos y vivir con ellos disipa la energía y deteriora la mente. Mas, si uno percibe los estímulos y descubre todo su significado en la propia vida, podrá librarse de ellos. Por medio del conocimiento de si mismo que no es condenación de si mismo, ni todo eso, sino simplemente darse cuenta de si mismo, sin escoger aprende uno a cerca de todas las cosas de influencia, de dependencia, de estímulos; y ese movimiento mismo de aprender le da a uno la energía necesaria para liberarse de toda dependencia del estímulo.

 26 de julio de 1964

Saanen

LA MUTACIÓN PSICOLÓGICA - J.K. - CAPÍTULO 6 -

 Capítulo Sexto 

Me parece bastante importante que descubramos por nosotros mismos lo que se está buscando. La palabra “buscar” tiene un extraordinario significado, ¿no es así? Prescindiendo del significado del diccionario, el acto de buscar implica que uno avanza desde la periferia hacia el centro. Y este buscar, este investigar, depende del propio temperamento, de las presiones y tensiones del ambiente, de las calamidades de la experiencia, de las penalidades de la vida, de los innumerables afanes de nuestra existencia. Todos estos factores lo fuerzan a uno a buscar. Si no hubiera presión, reto, calamidad, desdicha, yo me pregunto cuantos de nosotros buscaríamos algo. Investigar significa andar buscando algo, con la esperanza de encontrarlo. Esta mañana busque esta palabra en el diccionario. Viene de una palabra latina cuyo significado es ir a buscar, pedir, preguntar, inquirir, explorar. Yo me pregunto para que estamos explorando, que es lo que buscamos. ¿Podremos descubrirlo alguna vez? ¿O es algo vago, fugaz, en cambio constante según las circunstancias, según el propio temperamento, los propios placeres y dolores peculiares de uno?

Perpetuamente habremos de buscar, investigar. ¿Qué implican esas palabras? Implican que desde lo exterior os trasladáis gradualmente al centro, con arreglo a vuestras particularidades idiosincrasias, gustos y presiones del ambiente. Es como ir de tienda en tienda probándose varios trajes hasta que os viene bien algo que os gusta, Y os lo quedáis. Cuando decís que estáis buscando, lo que en realidad queréis decir es que estáis experimentando diferentes ideas, conceptos, formulas, pasando de una religión a otra, de un maestro a otro, hasta que con el tiempo hayáis algo que os gusta, Algo que se ajusta a vuestro particular temperamento o idiosincrasia. Si no os gusta lo que hayáis en occidente, acudís al oriente, con su antigua y compleja filosofía, en la que hay innumerables maestros y gurus entre los cuales escoger; y ahí quedáis presos, en un grupo de pensamiento, imaginando que es la realidad perenne. O bien, si no hacéis eso, os volvéis un católico aún más ardiente, o os sumáis a los existencialistas. ¡Oh Dios mío! ¡Hay tantas cosas de estas en el mundo! Para mi no hay ni Occidente ni Oriente; la mente humana no es Occidental ni Oriental. Sea que fuere su origen, Todas las teologías son inmaduras, como lo son todas las  filosofías. Son invenciones del hombre, que, como está preso en una cárcel de su propia construcción, cree en algo, y en torno a esa fe crea una teología o proyecta alguna extraordinaria filosofía; y cuanto más listo sea el filosofo o el teólogo, tanto más aceptable resulta para el público, para el lector, para el seguidor. Mas, ¿es eso lo que todos estamos haciendo? Venís y pasáis aquí dos o tres semanas, escuchando lo que se dice. Si os parece que no es muy satisfactorio, que no se os da lo que queréis, acudís a  algún otro instructor o adoptáis alguna otra filosofía, de la que sacáis un poco más de satisfacción. Así que, si no quedáis retenidos de modo permanente en un remanzo de pensamiento, seguís adelante, hasta que en otro año tal vez volveréis aquí; y entonces empezáis de nuevo. Creo, pues, que deberíamos comprender éste fenómeno extraordinario, sea en occidente o en oriente, de pasar de una cosa a otra, para buscar, preguntar, pedir, reclamar, tantear de modo incesante. Es decir, creo que deberíamos ver muy claramente nosotros mismos que es lo que estamos buscando y por qué. Y si hay necesidad siquiera alguna de buscar. Seguramente que toda búsqueda implica un movimiento de la periferia al centro, de la circunstancia a la causa de los confines al verdadero origen de la existencia. Es decir pasamos de lo externo a lo interno, esperando encontrar algo real profundo, vital, algo de extraordinario significado.

En el curso de éste movimiento, pugnamos por practicar distintos métodos, sistemas, nos torturamos con varias formas de disciplinas, de modo que al fin de nuestras vidas estamos machacados, con la mente casi paralizada. Me temo que a la mayoría de nosotros nos ocurre esto entramos de la periferia al centro, porque queremos descubrir el modo de ser felices, que es la verdad, si existe Dios, algo que sea perpetuo, y, por ello, estamos luchando, respetando, imitando, siguiendo, brutalizándonos las mentes y los corazones con la disciplina, hasta que no queda nada de nosotros que sea original, verdadero, real. Ésa es nuestra vida; y cuanto mayor sea la presión, dolor, la furia de la vida en periferia, tanto mas queremos avanzar hacia el centro. Y empero, ¿hay una llegada inmediata al centro – sin esta pugna interminable por llegar a él- y un florecimiento desde el centro? ¿Comprendéis mi pregunta? Durante millones de años nos hemos esforzado para pasar de lo exterior a lo interior con el fin de descubrir lo que es real, y acabamos de ver lo que esta implicado en este proceso. Me digo, pues: “¡que absurdo es todo esto! ¿Por qué he de torturarme? ¿Por que he de copiar, de imitar, seguir? ¿No hay una posibilidad de descubrir o estar en el centro mismo y florecer desde ahí, en vez de ir al revés?”. Porque, para mí al menos el hacerlo al revés carece de sentido; no tiene sentido alguno y, por tato, lo rechazo por completo. No quiero atormentarme ni seguir a nadie. No quiero leer, un solo leer o sobre filosofía ni aguzarme la mente con sutiles argumentos. Mi mente ya esta bastante aguzada tal como está, por ambición, por la ansiedad y la desesperación, por todas las brutalidades de la vida y no quiero practicar otro método, otro sistema, ni seguir a otro gurú, maestro, salvador: No quiero hacer nada de eso. Mirad, estoy pensando en voz alta, no sólo para mi mismo, sino para aclarar ciertas cosas y para que vosotros y yo podamos entrar en comunión uno con otro sobre lo que es real, y no luchar perpetuamente mediante la reacción para pasar de lo externo a lo internos. Estoy poniendo en palabras lo que sintáis en raros momentos, cuando estéis harto de todo de todo, de vuestras iglesias, vuestros políticos, vuestros bancos y la mezquindad de nuestras relaciones en el hogar, del fastidio de la oficina, de todas las tonterías de la vida que son un insulto a la dignidad humana. Después de haber pasado veinte años o más en ir a la oficina día tras día o guisando comidas y pariendo hijos, uno tras otro; después de haber experimentado placer tanto como el fastidio, la mezquindad, la desesperación de todo eso, tenéis que haberos preguntado a veces si no hay una posibilidad de llegar de repente, de modo inesperado, a la fuente original, a la esencia misma de las cosas y vivir desde allí funcionando, floreciendo para que nunca tengáis que leer un sólo libro, estudiar ninguna filosofía, adoptar ninguna imagen ni salvador, porque, desde donde miréis, ahí estará ese centro del que parten toda acción, todo amor, todas las cosas. El hecho evidente es que, con nuestra codicia, nuestros celos, nuestro afán de poseer, con nuestro temor, sentimentalismo, nuestros fugaces placeres, nuestro ronroneo de satisfacción, somos animales; animales altamente evolucionados. Si contempláis un animal, veréis que tiene los mismos conflictos que vosotros. Los monos antropoides son celosos y tienen sus dificultades matrimoniales; se unen en grupos, primero la familia, luego la tribu, y todo eso, lo mismo que nosotros; y alguien decía el otro día que estos monos podrían sentarse en las Naciones Unidas, exactamente igual que cualquier humano. Es un hecho evidente que nuestro carácter, nuestra devoción, nuestro valor, el miedo, las guerras, nuestra llamada paz social, nuestras luchas, todo parte de este trasfondo animal. No tenéis que discutir esto conmigo. Los biólogos, los antropólogos dicen que es así, si es que queréis tener autoridades.

Pues bien, ¿es posible estar libre de todo eso, no con el tiempo, gradualmente, sin poder desligarse de golpe, para que todo termine y uno tenga una moralidad, del trasfondo animal? Es evidente que para vivir juntos en el mundo necesitamos una moralidad en la conducta social; pero actualmente nuestra moralidad, diaria- siguen siendo los del animal, y no queremos reconocerlo. Nos gusta creer que, porque somos un poco más capaces, más eficientes, más inventivos que los monos, somos también más humanos; pero aun los monos mismos utilizan instrumentos para captar cosas, inventan a medida que avanzan, de modo que hay muy escasa diferencia entre ellos y nosotros. Así, pues, existe esta extraordinaria actividad de los animales y la igualmente extraordinaria actividad de la mente humana, que quiere estar segura, no sólo en el mundo físico, sino también interiormente, lo cual es todavía un resultado del instinto animal. Y existe, al mismo tiempo, el deseo de encontrar alguna cosa real, original, un estado sin contaminación, inocente. Pues, bien, ¿es posible llegar a ese estado de manera súbita, de modo que no sea cultivado, buscado? Porque la belleza no puede cultivarse; lo mismo que ocurre con el amor. Tenéis que llegar a ella de repente, como llegarías a una vista que nunca hubierais contemplado. De súbito ahí está, frente a vosotros, rica, plena, vital, y formáis parte de ella; y desde ahí vivís, actuáis, sois. Sin hacer esfuerzo, sin disciplinar, controlar, forzar lo externo, sin imitar, ni todo eso, de súbito llegáis a la fuente de la vida, al manantial originario de la existencia. Y, una vez que la mente ha bebido de esa fuente, habrá vivido y vive de ella para siempre. ¿Es posible tal cosa?

¿Comprendéis mi pregunta? Esto no es algo sentimental ni místico, no es algo que deba entusiasmarnos o inspirarnos, ni es nada que sintáis intuitivamente. No es ninguna de esas cosas, Mientras llevamos vida animal, con nuestras envidias, celos desesperanzas, eso no es posible; las dos no pueden ir juntas. ¿Es posible cortar, romper de un golpe todo el trasfondo animal y entonces empezar de nuevo? Os mostraré cuán importante, cuán necesario es que esto se haga posible. Si admitís el tiempo: ayer, hoy, y mañana, entonces quedáis inevitablemente cautivos del proceso de degeneración, porque siempre estaréis mirando al mañana y siempre habrá un ayer que condicione el presente. Y, así, la mente, que es el resultado de siglos, tiene que olvidar el tiempo. De lo contrario, queda presa en sus redes, en la pugna por lograr, por llegar a ser, por alcanzar, pasa por todo eso que sólo conduce a la pena, a la desdicha, o a la decadencia. ¿Qué ha de hacer uno, pues? Quiero descubrir de modo inmediato lo que es la verdad, y no esperar unos pocos segundos ni hasta pasado mañana; quiero salir allá, estoy demasiado impaciente para esperar. No me sirve el tiempo, la idea de alcanzar algo, al término de mi vida O después de diez mil vidas. Para mí, eso es totalmente infantil, inmaduro. Todo eso es una invención de la mente en su pereza, en su confusión, en su desesperación. Quiero estar tan despierto que, cuando abra mis ojos, mi corazón, mi mente, esté ahí la verdad; y, partiendo de ahí, funcionar, actuar, vivir, disfrutar de las bellezas de la tierra. Ahora vamos a hablar de algo que no puede, en modo alguno, copiarse, imitarse. Voy a explorar, y espero que exploréis vosotros conmigo, mas, si os limitáis a seguirme, entonces estáis perdidos. Por muy distintas que sean las variedades de temperamentos, todo movimiento de la periferia al centro es un movimiento positivo, una búsqueda deliberada, una reacción de hallar y, por tanto, implica disciplina, imitación, seguimiento, obediencia, la práctica de un sistema. Todo esto es un proceso positivo; por lo menos es lo que llamáis positivo.

Comprended esto. No disputéis interiormente conmigo. Veréis cuán verdadero es a medida que avancemos. No os estoy hipnotizando, ni tratando de imponeros algo, ni estoy haciendo ninguna clase de propaganda. Eso sería ridículo. Percibe uno, pues, este movimiento positivo y ve toda su importancia, la ve uno inmediatamente, y no de una manera casual, distraída, con la idea de “mañana lo pensaré”. No hay pensamiento del mañana, no hay idea de “entre tanto”. Lo ve uno de modo inmediato y, por tanto, cesa por completo el movimiento positivo. Uno no ha hecho nada; no ha habido ningún acto de voluntad, causa deliberada, investigación o llegada a un resultado. Uno ve lo inmaduro de este movimiento positivo, con sus sacerdotes; ve uno la completa inutilidad de todo eso. Sacerdotes, iglesias, teologías, los inventores de ideas, todo esto se desvanece, porque uno percibe la verdad de que este movimiento positivo de la periferia al centro nunca puede llegar a este último. Es el movimiento de lo exterior que trata de entrar y, por tanto, sigue siendo lo exterior. Ve uno ese hecho con agudeza, con una extraordinaria claridad; y entonces empieza a comprender la belleza del movimiento negativo, ese movimiento negativo de la mente que no es lo opuesto de lo positivo, sino que viene a la existencia cuando la mente ha captado el significado de todo movimiento positivo. Así, la mente ya no esta presa en el movimiento positivo y, por ello, se encuentra en un estado de negación. Es decir, habiendo visto, no de modo fragmentario sino completo, la trascendencia de este movimiento positivo, la mente ya no está en movimiento, ya no esta actuando o haciendo; esta, pues, en un estado que puede llamarse negativo. ¿Comprendéis? Voy a explicarlo de manera distinta. Personalmente, nunca leo libros de estas cosas, no quiero, no me interesa, porque, veo en mi mismo a la humanidad entera, no en forma mística, metafórica o simbólica, sino real. Yo soy vosotros y el mundo. En mí está todo el tesoro del mundo y, para descubrirlo, tengo que comprenderme e ir más allá de mí mismo. Si no me comprendo, no tengo razón de ser, no tengo esencia; no soy más que una entidad confusa. Y cuanto más busco, estudio, sigo, tanto más confuso me vuelvo; dependo del maestro, de mi temperamento, de mis deseos y, por tanto, mi confusión crece. Veo, pues, lo importante que es comprenderme a mí mismo por entero, sin esfuerzo, es decir, sin convertir en un problema la comprensión de mí mismo. Para comprenderme a mí mismo debo tener una mente que no haga ningún movimiento positivo para corregir o no corregir lo que ve. Como dije el otro día, tanto la mente consciente como la inconsciente son triviales, y tengo que comprender esta trivialidad; tengo que comprenderla inmediatamente, para que el inconsciente no me gaste bromas, no proyecte visiones, imágenes, secretos deseos, cuando no le presto una atención total, lo cual se convierte a su vez en otro problema. ¿Entendéis todo esto?

Veo que, para comprenderme por completo, hace falta una mente que no esté influida, sin motivo, sin movimiento, una mente vacía por completo de acción positiva. Y cuando, con esa claridad mental, puedo mirarme, ese mirar mismo disuelve lo trivial, que es el “yo”. Fíjense que no estoy inventando una filosofía y, por el amor de Dios, no interpreten esto como algo peculiar de Oriente y todos esos disparates. No es una idiosincrasia del que habla, que casualmente ha nacido en un país donde el sol calienta mucho y pone morena la piel. Por ese calor y por la indolencia que suscita, y también por la pobreza, existen los que siguiendo un camino interior escriben filosofía, inventan religiones, dioses y todo lo demás. Dejad eso para ellos, no estoy hablando de estas cosas. Estoy hablando sobre algo que no es de Oriente ni Occidente, que no es personal ni impersonal: es lo verdadero. Ha llegado uno de modo súbito a un estado en que la mente ya no está movida por el deseo de quedar satisfecha, ya no exige experiencia ni la busca. Tiene uno que dar con ello, Porque no hay nadie que lo enseñe, y esto requiere energía. Con la palabra “energía” me refiero al enfoque de toda nuestra atención, sin ningún sentido de distracción. En realidad, no existe la distracción, sólo existe la inatención. ¿No? Me alegro de que alguien no esté conforme.

¿Existe eso que llamamos distracción? Al caminar, al avanzar, miro. La mente va de acá para allá, a distintos puntos, y si se mueve, si se sale del camino principal, del propio centro, lo llamo distracción. Más cuando no hay un centro propio, ni un sendero recto por el cual caminar, entonces no hay distracción. Es muy importante comprender esto. Si comprendéis esto con toda claridad, veréis que desaparece por completo todo esfuerzo para concentraros, con el conflicto que ello crea; y entonces no hay distracción. El mirar al cielo, ver la faz de un bello niño, oír el murmullo de ese riachuelo y el terrible ruido de un reactor que pasa por alto, observar a la gente, a los políticos, a los sacerdotes, escuchar vuestra propia mente y vuestro propio corazón, percibir vuestras propias exigencias, desesperaciones: no hay distracción de ninguna de estas cosas, desde el mirar al cielo hasta el miraros a vosotros mismos. Todo ello forma parte de una formalidad. Y esta sólo puede ser vista cuando hay completa atención; y la atención completa se niega cuando admitís la distracción. ¡Ojala veáis esto! Cuando hay atención completa, nunca consideráis algo como distracción. Sexo, celos, ansiedad, miedo, amor, pasión, nada de lo que miráis es distracción, todo está dentro de la llama de la atención, y, por tanto, no hay nada fragmentario. El político, el sacerdote, el rito, todos ellos forman parte de la totalidad. En el movimiento positivo de la mente hay distracción, fragmentación; mas cuando la mente no tiene movimiento y es, por tanto, negativa, si puedo usar esta palabra, no hay fragmentación de la vida. Entonces la nube del cielo, el polvo del camino, la flor al lado de él y el susurro de vuestro propio pensamiento, todo ello forma parte de la totalidad. Mas esa totalidad sólo puede comprenderse cuando ha cesado por completo el movimiento positivo de la mente.

Veis, pues, por vosotros mismos, que para dar con este centro, con esta fuente original de las cosas, que es lo supremo, tiene que terminar todo movimiento de la mente, mas no torturándola con la disciplina ni, como hacen en ciertas sectas, planteando la cuestión de manera tan extraordinariamente difícil o fantástica, que la mente tenga que callarse asustada. Eso carece por completo de madurez. Desde el principio tenéis que ver la verdad de todo movimiento de vuestro pensar y sentir; y eso sólo lo podéis hacer cuando la mente es por completo “negativa”, está en silencio, quieta. Y eso puede hacerse de modo inmediato. Es como salirse del camino, el camino de la acción positiva que el hombre ha seguido por costumbre durante miles y miles de años. Podéis, simplemente, saliros de ese camino sin ninguna expectación, sin exigir ni buscar nada. Sólo lo podéis hacer cuando veis todo el movimiento del hombre y no sólo el de un hombre determinado; es decir, cuando veáis en vosotros mismo el movimiento de la totalidad. Cuando percibís todo esto de una ojeada (y esto es lo único que tenéis que hacer, nada más), Entonces estáis realmente caminando en libertad; y partiendo de esa libertad hay acción, que no deja la mente paralizada. Os ruego que, si así lo deseáis, preguntéis sobre todo lo tratado. ¿O no hay nada que preguntar? 

Pregunta: ¿Que es la madurez?

Krishnamurti: ¿Estamos hablando sobre la madurez? Muy bien. Señor, ¿que es la madurez? ¿Tiene algo que ver la madurez con la edad? ¿Tiene algo que ver la madurez con la experiencia, con el conocimiento, con la capacidad? ¿Tiene algo que ver con la competencia y con la acumulación de dinero? Si no es ninguna de estas cosas, entonces ¿qué es la madurez? ¿Tiene algo que ver con el tiempo? No digáis que “no” tan fácilmente. Si en realidad estuvierais libres del tiempo, si el tiempo no tuviera importancia alguna para vosotros, ¿cual sería el estado de vuestra mente? No hablo del tiempo cronológico; es evidente que este tiene importancia. Mas, si el tiempo no significa nada para vosotros, en el sentido psicológico –tiempo para lograr, para triunfar, vencer, conquistar, para volveros listos, captar, comparar-, ¿no seríais entonces maduros? Es, pues, solo la mente inocente la que está madura, no la que haya acumulado conocimientos durante un millar de años. Se necesita el conocimiento y tiene importancia a cierto nivel; mas el conocimiento no contribuye a la claridad, a la inocencia. Sólo hay inocencia cuando todo conflicto ha terminado. Cuando la mente ya no se mueve en ninguna dirección determinada porque se han comprendido todas las direcciones, está entonces en ese estado original que es inocencia, y desde ahí puede penetrar en la distancia sin medida en donde puede estar lo supremo; y sólo una mente así es madura.

 23 de julio de 1964

Saanen.


LA MUTACIÓN PSICOLÓGICA - J.K. - CAPÍTULO 5 -

 Capítulo Quinto 

Esta mañana me gustaría, si se me permite, hablar de algo que me parece muy importante. No es una idea ni un concepto, ni una formula que se haya de aplicar. Conceptos, formulas, ideas, realmente impiden la honda comprensión de los hechos tales como son. Al decir “comprender un hecho” me refiero a observar una actividad. Un movimiento del pensar o sentir, y a percibir su significado en el momento mismo de la acción. La percepción de un hecho tal como es tiene que realizarse en el momento mismo de la acción; y si uno no comprende en profundidad los hechos siempre estará acosado por el miedo. Creo que la mayoría de nosotros tenemos esta enorme carga del miedo, consciente o inconsciente, y esta mañana quisiera examinar este problema con vosotros y ver si podemos lograr una comprensión total y, por consiguiente, una completa resolución del miedo, para que cuando uno salga de esta cálida tienda esté literalmente y en verdad libre del temor. Permitidme pues, sugerir que escuchéis en silencio, más bien que disputando interiormente conmigo. Un poco más adelante discutiremos intercambiaremos palabras verbalizaremos nuestros pensamientos y sentimientos. Mas, por el momento, escuchemos en cierto sentido negativamente, es decir, sin ninguna aserción positiva del acto de escuchar. Simplemente escuchar, me estoy comunicando con vosotros. Vosotros no os estáis comunicando conmigo. Os estoy diciendo algo. Para comprender que es lo que quiero transmitir, tenéis que escuchar, y en el acto mismo de escuchar podréis entrar en comunicación con el que habla.

Desgraciadamente la mayoría de nosotros somos incapaces de esta escucha negativa, silenciosa, no sólo aquí, sino también en nuestra existencia cotidiana. Cuando salimos a dar un paseo, no escuchamos los pájaros, el susurro de los árboles, el murmullo del río, no escuchamos las montañas, ni los cielos que están más allá. Para estar directamente en comunión con la naturaleza y con las personas, tenéis que escuchar; y sólo podéis escuchar cuando estáis en silencio negativamente, es decir, cuando escucháis sin esfuerzo, sin que haya acción mental, sin verbalizar, disputar, discutir. No sé si habéis tratado alguna vez de escuchar de manera completa a vuestra esposa o vuestro marido, a los hijos, el automóvil que pasa al lado, los movimientos de vuestro propio pensar y sentir. En tal escucha no hay acción alguna, no hay intención ni interpretación; y ese acto mismo de escuchar produce una enorme revolución en la raíz misma de la mente.

 Pero la mayoría de nosotros estamos muy poco acostumbrados a escuchar. Si oímos cualquier cosa contraria a nuestro habitual pensamiento, o si alguien trata a puntapiés uno de nuestros ideales favoritos, nos agitamos terriblemente. Tenemos intereses creados en ciertas ideas y en ciertos ideales, lo mismo que los tenemos en propiedades y en nuestra experiencia y conocimiento, y, cuando se pone en tela de juicio cualquier cosa de estas, perdemos el equilibrio, resistimos a todo lo que se dice. Pues bien, si realmente queréis escuchar esta mañana lo que se está diciendo, escuchar con percepción alerta, sin elección, entonces hallaréis que seguís en forma no verbal al que habla, es decir, sin análisis lingüístico y, por tanto avanzáis con el sentido, con el significado que está tras la palabra. Ello no significa que os echéis a dormir o que os encontréis en algún estado beatífico de sentimentalismo autosatisfactorio. Al contrario, escuchar requiere mucha atención, no concentración, sino atención. Las dos cosas son enteramente distintas. Si escucháis con atención, tal vez vosotros y yo podamos llegar a esas grandes profundidades en las cuales puede realizarse la creación. Esto es esencial, porque una mente que sea superficial, ansiosa, incesantemente preocupada por muchos problemas, no es posible que comprenda el temor, una de las cosas más fundamentales de la vida. Si no comprendemos el miedo, no puede haber amor ni puede haber creación, que no es el acto de crear, sino es ese estado de creación intemporal que no puede expresarse en palabras, en cuadros, en libros.

Tiene uno, pues, que estar libre del miedo. El temor no es una abstracción, no es simplemente una palabra, aunque para la mayoría de nosotros la palabra ha llegado a ser mucho más importante que el hecho mismo. No sé si habéis pensado alguna vez en liberaros del miedo de modo total y absoluto. Puede hacerse tan completamente que nunca haya una sombra de temor, porque la mente irá siempre por delante del acontecimiento, es decir, en vez de perseguir al temor y tratar de vencerlo después que haya surgido, la mente irá delante de él y por tanto, estará libre del temor. Ahora bien, para comprender el miedo, tiene uno que entrar en la cuestión de la comparación. ¿Por qué comparamos? En las cosas técnicas la comparación revela progreso, lo cual es algo relativo. Hace cincuenta años no había bomba atómica, no existían los aviones supersónicos, pero ahora tenemos esas cosas; y pasados otros cincuenta años, tendremos alguna otra que ahora no tenemos. A esto se le llama progreso, que es siempre comparativo, relativo, y nuestra mente está presa de esa manera de pensar. No sólo por fuera de la piel como si dijéramos, sino también por dentro de ella, en la estructura psicológica de nuestro propio ser, pensamos comparativamente. Decimos: “Soy esto, he sido aquello y seré algo más en el porvenir”. A este pensar comparativo lo llamamos progreso, evolución, y toda nuestra conducta, en lo moral, ético, religioso, en nuestras relaciones profesionales y sociales, se basa en eso. Nos observamos a nosotros mismos comparativamente en relación con una sociedad que es ella misma resultado precisamente de esta pugna comparativa.

 La comparación engendra miedo. Observad este hecho en vosotros mismos. Quiero ser mejor escritor o una persona más bella e inteligente, quiero tener más conocimientos que otros; quiero tener éxito, llegar a ser alguien, tener más fama en el mundo. El éxito y la fama son psicológicamente la esencia misma de la comparación, por la cual constantemente engendramos el miedo. Y la comparación hace surgir también el conflicto, la lucha, lo cual se considera altamente respetable. Decís que tenéis que ser competidores para sobrevivir en este mundo, por lo cual comparáis y competís en los negocios, en la familia y en las llamadas cuestiones religiosas. Tenéis que llegar al cielo y sentaros junto a Jesús, o quien quiera que sea vuestro salvador. El espíritu comparativo se refleja en el sacerdote que se hace arzobispo, cardenal y, por fin papa. Cultivamos este mismo espíritu muy asiduamente durante nuestra vida, pugnando por ser mejores o por alcanzar una categoría mejor que algún otro. En eso se basa nuestra estructura social y moral. Hay, pues, en nuestra vida este constante estado de comparación, competencia y la perpetua pugna por ser alguien o por no ser nadie, que es lo mismo. Esto, creo, es la raíz de todo temor, porque crea envidia, celos, odio. Donde hay odio es evidente que no hay amor y que se engendra cada vez más miedo. Como dije, os ruego que escuchéis sencillamente. No preguntéis: ¿Cómo voy a no ser comparativo? ¿Qué voy a hacer para dejar de comparar? No podéis hacer nada. Si lo hicierais, vuestro motivo nacería también de la comparación. Lo único que podéis hacer es limitaros a ver el hecho de que esta cosa compleja que llamamos nuestra existencia es una lucha comparativa y que, si actuáis sobre ella, si tratáis de cambiarla, de nuevo quedáis preso del espíritu comparativo, competidor. Lo importante es escuchar sin ninguna distorsión; y habrá distorsión de lo que estéis escuchando desde el momento en que queráis hacer algo.

Ve uno, pues, las implicaciones y el significado de esta evaluación comparativa de la vida y la ilusión de creer que la comparación trae comprensión: comparar las obras de dos pintores o dos escritores, compararse uno mismo con otra persona que no es tan lista, que es menos eficiente, más bella, etc. Y ¿puede uno vivir en el mundo, tanto interior como exteriormente, sin comparar jamás? Ya sabéis, el darse cuenta del estado de la mente que está siempre comparando, simplemente el reconocerlo como un hecho y permanecer con ese hecho, requiere mucha atención. Esa atención trae su propia disciplina, que es extraordinariamente flexible; no tiene modelos, no es compulsiva, no es el acto de someter a control, subyugar, negar, con la esperanza de comprender más toda la cuestión del temor. Esta actitud frente a la vida, que se basa en la comparación, es un gran factor en el deterioro de la mente, ¿no? El deterioro de la mente implica embotamiento, insensibilidad, decadencia y por tanto, una completa falta de inteligencia. El cuerpo va deteriorándose lentamente, porque vamos envejeciendo; pero la mente también se deteriora, y la causa de ese deterioro es la comparación, el conflicto, el esfuerzo competidor. Es como un motor que funciona con gran fricción: no puede funcionar debidamente y se deteriora con rapidez durante todo el tiempo que esté en marcha. Como hemos visto, la comparación, el conflicto, la competencia, no sólo crean más conflicto, sino también miedo; y donde hay miedo hay oscuridad, no hay afecto, ni comprensión, ni amor.

Pero, ¿qué es el miedo? ¿Os habéis enfrentado alguna vez de verdad, cara a cara, con el temor, o sólo con la idea del temor? Hay diferencia entre los dos, ¿no? El hecho real del miedo y la idea del mismo son dos cosas enteramente distintas. La mayoría de nosotros estamos presos en la idea del miedo, de una opinión, de un juicio, o de una valoración del miedo, y nunca estamos en contacto con el hecho real del miedo mismo. Creo que esto es algo que tenemos que comprender más bien amplia y profundamente. Tengo miedo, por ejemplo, de las serpientes. Un día vi una y me causó mucho miedo. Aquella experiencia me ha quedado en la mente como recuerdo. Cuando salgo de paseo alguna tarde. Este recuerdo entra en acción y ya tengo miedo de encontrarme con una serpiente; la idea, pues, del miedo es mucho más vital, más potente que el hecho mismo, lo cual ¿qué significa? Que nunca estamos en contacto con el temor, sino sólo con la idea del temor. Observad simplemente este hecho en vosotros mismos. No podéis eliminar artificialmente la idea. Podéis decir: “Bueno, trataré de hacer frente al miedo sin la idea”, pero no podéis. Mientras que, si realmente veis que la memoria y la ideación os están impidiendo estar directamente en comunión con el hecho (con el hecho del miedo, con el hecho de los celos, con el hecho de la muerte), entonces observaréis que entre el hecho y vosotros hay una relación completamente distinta. Para la mayoría de nosotros, la idea es mucho más importante que la acción, nunca actuamos de manera completa, siempre estamos limitando la acción con una idea, ajustando o interpretando la acción con arreglo a una formula, un concepto y por tanto, no hay acción en absoluto, o, mejor dicho, la acción es tan incompleta que crea problemas; pero una vez que comprendéis este hecho extraordinario, entonces la acción llega a ser una cosa asombrosamente vital, porque ya nos está acercando a una idea.

El miedo no es una abstracción, siempre existe en relación con algo. Temo a la muerte, temo a la opinión pública, temo no ser popular, no ser conocido, no conseguir nada, etc. La palabra “miedo” no es el hecho real, es sólo un símbolo que representa el hecho y para la mayoría de nosotros el símbolo es mucho más importante que el hecho, en lo religioso y en todo lo demás. Pero ¿puede la mente librarse de la palabra, del símbolo, de la idea, y observar el hecho sin interpretación, sin decir: “Tengo que mirar el hecho”, sin ninguna idea sobre ese hecho? Si la mente mira el hecho con una opinión sobre el, entonces está tratando meramente con ideas, ¿no? Así pues, esto es algo cuya comprensión es muy importante: que cuando miro un hecho a través de una idea no hay ninguna comunión con el hecho. Si quiero estar en comunión con él, entonces la idea tiene que desaparecer por completo. Ahora, sigamos adelante desde aquí y veamos a donde conduce. Existe el hecho de que teméis la muerte, teméis lo que alguien diga y teméis unas cuantas cosas más. Cuando ya no miráis ese hecho a través de una idea, de una conclusión, de un concepto, o de un recuerdo, “que es lo que realmente sucede”. Ante todo, no hay división entre el observador y la cosa observada, no hay ningún “yo” separado de esa cosa, se ha eliminado la causa de la separación y, por tanto, estáis directamente en relación con la sensación que llamáis miedo. Entonces, el “yo”, con sus opiniones, ideas, juicios, valoraciones, conceptos, recuerdos, todo eso está ausente y sólo existe esa cosa.

Lo que estamos haciendo es arduo, no es simplemente la diversión de una mañana. Creo que cuando salgáis de esta tienda al final de la mañana podéis estar honda y completamente libres de temor, y entonces uno es un ser humano. Os encaráis, pues, con el hecho: la sensación o aprehensión que llamáis miedo y que ha sido producida por una idea. Teméis a la muerte. Tomo esto como ejemplo. De ordinario, la muerte es para vosotros simplemente una idea no un hecho. El hecho surge sólo cuando uno mismo está muriendo. Sabéis de otras personas moribundas, y la comprensión de que vosotros también vais a morir llega a ser una idea que engendra temor. Miráis el hecho a través de la idea, y esto os impide estar directamente en contacto con el hecho. Hay un intervalo entre el observador y la cosa observada. En este intervalo es donde surge el pensamiento, siendo este la ideación, la verbalización, el recuerdo, que ofrece resistencia al hecho. Mas, cuando no hay esta laguna, es decir, cuando no hay pensamiento, que es tiempo, entonces estáis plenamente enfrentados al hecho; y entonces este último actúa sobre vosotros, no vosotros sobre el hecho. Espero que estéis captando todo esto. ¿Es demasiado para esta calurosa mañana?

Como veis, me parece que vivir con temor de cualquier clase que sea, si se me permite hablar así, es algo horrible. Es horrible vivir con el miedo, porque este engendra odio, falsea vuestro pensar y pervierte toda vuestra vida. Es pues, absolutamente necesario que el hombre religioso esté por completo libre de temor, en lo exterior lo mismo que en lo interior. No me refiero a la espontánea reacción del cuerpo físico, en defensa propia que es natural. Es normal saltar a un lado cuando de repente veis una serpiente, eso no es más que el instinto físico autodefensivo, y sería anormal no tener tal reacción. Pero el deseo de estar seguros interiormente, en lo psicológico, en cualquier nivel de nuestro ser, crea miedo. Ve uno en torno suyo los efectos del miedo y se da cuenta de lo esencial que es que la mente no sea creadora de temor en ningún movimiento. Si habéis escuchado con atención lo que se ha dicho esta mañana, habréis visto que el miedo nunca está en el presente, sino siempre en el futuro; es evocado por el pensamiento, por pensar en lo que puede pasar mañana o en el próximo minuto. Así, el miedo, el pensamiento y el tiempo van juntos; y si uno ha de comprender y trascender el miedo, tiene que haber comprensión del pensamiento, así como del tiempo. Tiene que cesar todo pensamiento comparativo; todo sentido del esfuerzo, en el cual están implicados la competencia, la ambición, el culto al éxito y la pugna por ser alguien, tiene que terminar; y cuando todo este proceso esté comprendido no habrá conflicto alguno, ¿verdad? Así la mente ya no se encuentra en estado de deterioro, porque es capaz de hacer frente al temor y ya no es su campo de cultivo. Así que este estado de liberación del temor es absolutamente necesario si uno ha de comprender lo que es la creación.

Para la mayoría de nosotros, la vida es una rutina fastidiosa y no hay nada nuevo en ella. Cualquier cosa nueva que surja la convertimos inmediatamente en una rutina. Alguien pinta un cuadro y, durante un segundo, esto es una cosa nueva, pero luego todo ha pasado. Placer, dolor, esfuerzo, todo se vuelve una cosa rutinaria, un fastidio, una perpetua pugna de muy escaso sentido. Siempre estamos buscando algo nuevo: lo nuevo en los cuadros, lo nuevo en la pintura. Queremos sentir, expresar algo nuevo, algo que no se traduzca de modo inmediato en términos de lo viejo. Esperamos hallar alguna treta o ingeniosa técnica por medio de la cual podemos expresarnos y sentirnos satisfechos. Pero eso también llega a ser una terrible molestia, una cosa fea, algo para darle de puntapiés. Estamos pues, siempre en estado de reconocimiento, cualquier cosa nueva es inmediatamente reconocida y por ello, absorbida en lo viejo. El proceso de reconocimiento es, para la mayoría de nosotros, asombrosamente importante, porque el pensamiento está siempre funcionando desde dentro del campo de lo conocido.

En el momento en que reconocéis algo, deja de ser nuevo. ¿Comprendéis? Nuestra educación, nuestra experiencia, nuestro vivir diario, todo esto es un proceso de reconocimiento, de constante repetición y da continuidad a nuestra existencia. Cautivas nuestras mentes en este proceso, preguntamos si existe algo nuevo; queremos descubrir si hay Dios o no. Desde lo conocido tratamos de hallar lo desconocido. Es lo conocido lo que causa el miedo a lo desconocido, por lo cual decimos: “Tengo que encontrar lo desconocido, tengo que reconocerlo y traerlo a lo conocido.” Esto es lo que buscamos con la pintura, con la música, con todo: lo nuevo, que siempre se interpreta en términos de lo viejo. Mas este proceso de reconocimiento e interpretación, de acción y realización, no es creación; no es posible que podáis expresar lo desconocido, lo que podéis expresar es una interpretación o un reconocimiento de lo que llamáis lo desconocido. Tenéis, pues, que descubrir por nosotros mismos lo que es creación, porque si no, vuestra vida se volverá mera rutina, en la que no hay cambio ni mutación, y de la cual os aburrís muy rápidamente. Creación en el movimiento mismo de la propia creación no es la interpretación de ese movimiento en el lienzo, en la música, en los libros o en cualquier relación humana.

Después de todo, la mente tiene en su interior millones de años de recuerdos, de instintos y el impulso a trascender todo eso sigue formando parte de la mente. Desde este trasfondo de lo viejo surge el deseo de reconocer lo nuevo; pero lo nuevo es algo enteramente distinto, es amor, y no puede ser comprendido por una mente que este presa en el proceso de lo viejo que trata de reconocer lo nuevo. Ésta es una de cosas más difíciles de comunicar; mas yo desearía comunicarla, si puedo, porque, si la mente no se halla en ese estado de creación, siempre estará en el proceso de deterioro. Ese estado es intemporal, eterno. No es comparativo, no es utilitario, no tiene valor alguno en términos de acción; no podéis usarlo para pintar vuestros detestables cuadros ni para escribir vuestra maravillosa poesía de Shakespeare. Pero sin él no hay realmente amor en absoluto. El amor que conocemos es el de los celos, está aislado por el odio, la ansiedad, la desesperación, la desdicha, el conflicto; y nada de eso es amor. El amor es algo perpetuamente nuevo irreconocible; nunca es el mismo y por ello es el estado más elevado de incertidumbre. Y sólo en el estado de amor es en el que la mente puede comprender aquella cosa extraordinaria llamada creación, que es Dios, o cualquier otro nombre que os guste darle. Sólo la mente que ha comprendido las limitaciones de lo conocido y, que, por lo tanto, estará libre de él, pueda hallarse en ese estado de creación en que no hay factor de deterioro. ¿Queréis hacer alguna pregunta sobre lo que hemos estado hablando esta mañana?

Pregunta: ¿Es la causa del miedo la sensación de tener una voluntad individual? 

Krishnamurti: Probablemente lo es, pero ¿qué queréis decir con esa palabra, “individual”?. ¿Sois un individuo? Tenéis un cuerpo, un nombre, una cuenta bancaria; pero si estáis internamente atados, impedidos, limitados, ¿sois un individuo? Como todos los demás, estáis condicionados, ¿no? Y dentro del área limitada de vuestro condicionamiento, que llamáis un individuo, surgen todas las cosas: vuestras desdichas, desesperaciones, celos, miedos. De esa cosa estrecha, fragmentaria, con su alma individual, su voluntad individual, y toda esa pequeña sustancia confusa, estáis muy orgullosos y con eso queréis descubrir a Dios, la verdad y el amor. No podéis. Lo único que podéis hacer es daros cuenta de vuestro fragmento y sus pugnas y ver que el fragmento nunca puede llegar a ser el todo. Haga lo que haga, el radio nunca puede llegar a ser la rueda. Tiene uno pues, que inquirir y comprender esta existencia separada, estrecha, limitada, el llamado individuo.

Lo importante en todo esto no es vuestra opinión ni la mía, sino descubrir lo que es verdadero, y para descubrir lo verdadero la mente tiene que estar sin temor, tan por completo despojada de temor que sea del todo inocente. Sólo partiendo de esa inocencia hay creación. 

21 de julio de 1964.

Saanen

LA MUTACIÓN PSICOLÓGICA - J.K. - CAPÍTULO 4 -

 Capítulo Cuarto 

Considero que hay una enorme diferencia entre cambio y mutación. El mero cambio no llevará a ninguna parte. Puede uno llegar a ser superficialmente adaptable, muy listo para ajustarse a los distintos ambientes y circunstancias de la sociedad y a diversas formas de presión interior y exterior; pero la mutación requiere un estado mental del todo distinto, y esta mañana desearía señalar la diferencia entre estas dos cosas. Cambio es alteración, reforma, la sustitución de una cosa por otra. El cambio implica un acto de voluntad, conciente o inconsciente. Y teniendo en cuenta la confusión, el hambre, la opresión, la completa desdicha que existe en los países asiáticos subdesarrollados, es evidente que tiene que haber un cambio radical, un cambio radical revolucionario. Tiene que haber un cambio físico o económico, sino también psicológico: cambio en todos los niveles de nuestro ser, exteriores lo mismo que interiores, para crear una mejor existencia humana. Creo que esto es bastante obvio y aún los más conservadores lo aceptan. Mas aunque aceptemos este hecho evidente, me temo que la mayoría de nosotros no hemos penetrado muy profundamente en la cuestión de que es lo que está implicado en el cambio. ¿Alcanzan alguna profundidad el ajuste, la sustitución, la reforma? ¿O se trata meramente de un pulimento superficial, una limpieza de la moralidad en la relación humana? Creo que deberíamos comprender lo mejor posible todo lo relacionado con este proceso de cambio, antes de que entremos en la cuestión de la mutación.

Aunque el cambio es necesario, para mi es siempre superficial. Al decir cambio, me refiero a un movimiento producido por el deseo o la voluntad, una iniciativa enfocada en una dirección particular, hacia una actitud o acción bien definida. Todo cambio tiene evidentemente un motivo tras de sí. El motivo puede ser personal o colectivo, puede ser manifiesto u oculto; puede ser un motivo bondadoso, generoso o bien de miedo, de desesperación; pero cualquiera que sea la naturaleza del motivo, a cualquier nivel, la iniciativa o el movimiento que surge de tal motivo producen efectivamente cierto cambio. Creo que esto está bastante claro. La mayoría de nosotros somos muy susceptibles, individual y colectivamente, a modificar nuestras actitudes bajo influencia, bajo presión y también cuando hay una nueva invención de alguna clase que afecta directa o indirectamente nuestras vidas. Se nos puede hacer cambiar los pensamientos, orientarlos en distinta dirección por un artículo de periódico o por la propaganda de una idea. La religión organizada insiste en educarnos desde la niñez en cierta forma de creencia, condicionando por tanto la mente, y cualquier cambio que hagamos durante el resto de nuestra vida está generalmente dentro de los modificados limites de esa creencia.

Así, muy pocos de nosotros cambiamos, si no es por un motivo. El motivo puede ser altruista o personal, limitado o amplio; puede ser el miedo de perder un premio o de no alcanzar algún prometido estado futuro. Uno se sacrifica por lo colectivo, por el estado, por una ideología o por una forma determinada de creencia en Dios. Todo esto implica cierto cambio producido conciente o inconscientemente. Pues bien, lo que llamamos cambio es una continuidad modificada de lo que ha existido, y en este llamado cambio hemos llegado a ser muy hábiles. Estamos haciendo constantemente nuevos descubrimientos en física, matemáticas, inventando nuevas cosa, preparando el viaje a la luna, etc. En ciertas áreas nos estamos volviendo extraordinariamente cultos, muy bien informados; y esta clase de cambio implica la capacidad para ajustarse al nuevo ambiente, a las nuevas presiones que este crea. Pero ¿es eso todo? Uno percibe las implicaciones de esta forma superficial de cambio, y, sin embargo, uno sabe interiormente, en lo profundo, que tiene que haber un cambio radical, un cambio no producido por ningún motivo o como resultado de alguna presión. Comprende uno que tiene que haber una mutación en la raíz misma de la mente, porque si no seremos sólo como los monos listos, con extraordinarias capacidades, pero no seremos realmente seres humanos en absoluto. Comprendiendo, pues, todo esto hondamente dentro de uno mismo, ¿qué va uno a hacer? Vemos que tiene que haber un cambio revolucionario, una completa mutación en la raíz misma de nuestro ser; sino, nuestros problemas, tanto económicos como sociales, inevitablemente aumentarán y se volverán cada vez más críticos. Uno necesita una mente nueva, fresca y para esto tiene que haber en la totalidad de la propia conciencia una mutación que no sea producida por un acto de voluntad y que, por tanto, no tenga motivo. No sé si me estoy explicando claramente.

Viendo la necesidad de un cambio, puede uno ejercer la voluntad para producirlo, entendiéndose por voluntad el deseo reforzado en una particular dirección por la determinación, e iniciado por el pensamiento, el miedo, la rebeldía. Pero ese cambio producido por la acción del deseo, de la voluntad, sigue siendo limitado, es una continuidad modificada de lo que ha existido, como puede uno ver por lo que está ocurriendo en el mundo comunista, y también en los países capitalistas. Tiene que haber, pues, una extraordinaria revolución, una revolución psicológica en el ser humano, en el hombre mismo; mas si tiene una mira, si su revolución es con arreglo a un plan, entonces sigue estando dentro de los limites de lo conocido y, por tanto, no será cambio en absoluto. Mirad, yo puedo cambiarme, puedo forzarme pensar de modo diferente o adoptar una serie distinta de creencias; puedo acabar con un habito determinado, librarme del nacionalismo, reforzar mi pensamiento, lavarme el cerebro, en vez de que lo haga un partido o una iglesia. Tales cambios en mi mismo son bastante fáciles de hacer; mas yo veo la completa futilidad  de todo eso, porque es superficial y no lleva a una gran profundidad de comprensión desde la cual pueda uno vivir, ser y actuar. ¿Qué va uno pues a hacer? ¿Comprendéis mi pregunta? Espero haberla expuesto claramente. Si hago un esfuerzo para cambiar, ese esfuerzo tiene un motivo, lo que significa que el deseo inicia un movimiento en determinada dirección. Existe la acción de la voluntad, y por tanto, cualquier cambio que sea producido es meramente una modificación, en realidad no tiene nada de cambio. Veo muy claramente que tengo que cambiar y que el cambio tiene que producirse sin esfuerzo. Todo esfuerzo para cambiar se derrota a sí mismo, porque implica la acción del deseo, de la voluntad, con arreglo a un modelo, una formula o concepto preestablecido. ¿Que va uno a hacer, pues? No sé si sentís del mismo modo que yo sobre todo esto, sobre cuan extraordinariamente es, no sólo en lo intelectual, sino como factor vital en la propia vida. Durante millones de años el hombre ha estado haciendo un incesante esfuerzo para cambiar y, sin embargo, aún está preso de la desdicha, de la desesperación, del miedo, y tiene sólo algún ocasional destello de gozo y de delicia. Y ¿cómo va a desprenderse de su carga, sin hacer esfuerzo, esta entidad que ha sido tan fuertemente condicionada durante tanto tiempo? Esta es la pregunta que nos estamos haciendo. Pero el desprenderse de la carga no debe convertirse en otro problema; porque, como señalé el otro día un problema es algo que no comprendemos, algo cuya terminación no tenemos capacidad de alcanzar.

Para producir esta mutación –no, no “producir”, no es esta la palabra... Tiene que haber mutación, y esta debe ocurrir ahora. Si introducís el tiempo como factor en la mutación, entonces el tiempo crea el problema. No hay mañana no hay tiempo en absoluto, para que yo cambie dentro de él, pues el tiempo es pensamiento. Es ahora o nunca. ¿Comprendéis? Veo la necesidad de este cambio radical en mí, como ser humano, como parte de toda la raza humana; y también veo que el tiempo –que es pensamiento- no tiene que ser uno de esos factores. El pensamiento no puede resolver este problema. He ejercitado el pensamiento durante miles y miles de años, pero no he cambiado, continúo con mis hábitos, con mi codicia, mi envida, mis temores, y aún estoy atrapado en el modelo competitivo de la vida. Es el pensamiento el que ha creado este modelo; y el pensamiento no puede, en ninguna circunstancia, cambiar este modelo sin crear otro, pues el pensamiento es tiempo. No puedo, pues, recurrir al pensamiento, al tiempo, para producir una mutación, un cambio radical. No puedo ejercer la voluntad ni dejar que el pensamiento guíe el cambio. ¿Qué me queda pues? Veo que el deseo, que es voluntad, no puede producir una mutación real en mí. El hombre ha jugado con ese durante siglos, y no se ha producido ningún cambio fundamental en él. Ha usado también el pensamiento para producir un cambio en sí mismo (el pensamiento en forma de tiempo, de “mañana”, con todas sus exigencias, invenciones, presiones, influencias) y tampoco ha habido transformación radical. ¿Qué va uno pues a hacer?

Pues bien, si uno ha comprendido toda la estructura y el movimiento de la voluntad, entonces esta no actúa en absoluto, y si uno ve que el uso del pensamiento o del tiempo como instrumento de cambio no es más que un aplazamiento, entonces el proceso del pensamiento termina. Pero ¿a que nos referimos cuando decimos que vemos o comprendemos algo? ¿Es la comprensión meramente intelectual, verbal, o significa ver algo como un hecho real? Yo puede decir que comprendo, pero la palabra no es la cosa. La comprensión intelectual de un problema no es su resolución. Cuando sólo verbalmente comprendemos algo que es lo que llamamos comprensión intelectual, la palabra llega a ser extraordinariamente importante; mas, cuando hay verdadera comprensión, la palabra no es nada importante, no es más que un medio de comunicación. Hay un contacto directo con la realidad, con el hecho. Si vemos como hecho real la futilidad de la voluntad, y también la del pensamiento o el tiempo para producir esta transformación radical, entonces la mente, habiendo rechazado toda la estructura de la voluntad, del pensamiento, carece de instrumento con que iniciar la acción. Ahora bien, hasta aquí, vosotros y yo hemos estado en comunicación uno con el otro verbalmente, y tal vez hayamos establecido también entre nosotros cierta comunión; mas antes de seguir adelante, creo importante comprender lo que entendemos por comunión. Si habéis caminado alguna vez solos, entre los árboles de un bosque o a lo largo de la orilla de un arroyo, y habéis sentido la quietud, el sentido de vivir plenamente con todo: con las peñas, con las flores, con el arroyo, con los árboles, con el cielo, entonces sabréis lo que es la comunión. El “yo”, con sus pensamientos, ansiedades, placeres, recuerdos, reminiscencias, desesperaciones, a cesado por completo. No hay un “yo” como observador aparte de la cosa observada; hay sólo el estado de completa comunión. Y eso, espero, es lo que hemos establecido aquí. No es un estado hipnótico. El que habla no está hipnotizado.

 Ha explicado con mucho cuidado, verbalmente, ciertas cosas, pero hay algo más que no puede explicarse verbalmente. Hasta cierto punto, podéis ser informados por las palabras que usa el que habla, pero, al mismo tiempo, tenéis que recordar que la palabra no es la cosa y que no debe dejarse que la palabra interfiera en vuestra propia percepción directa del hecho. Cuando estáis en comunión con un árbol –si alguna vez lo estáis-, no tenéis la mente ocupada con que clase de árbol es o si es útil o no. Estáis directamente en comunión con el árbol. Del mismo modo, debemos establecer este estado de comunión entre vosotros y el que habla, porque lo que viene ahora es una de las cosas más difíciles de que se puede hablar. Como dije, a terminado la acción de la voluntad, la acción del pensamiento como tiempo y el movimiento que se inicia por cualquier influencia o presión de cualquier cosa. Por lo tanto, la mente que ha observado y comprendido todo esto, no de modo verbal, está en completa quietud, no es iniciadora de ningún movimiento consciente o inconsciente. Todo esto es algo que hay que ver antes de que podamos avanzar algo más. Puede ser que conscientemente no queráis actuar en ninguna dirección determinada porque hayáis observado la futilidad de toda clase de cambio calculado, desde el de los comunistas hasta el de los más reaccionarios conservadores. Veis cuán tonto es todo esto, pero interiormente, en lo inconsciente, tenéis el enorme peso del pasado, que os empuja en cierta dirección. Estáis condicionados por ser europeos, cristianos, científicos, matemáticos, artistas, técnicos; y existe la tradición de mil años, muy cuidadosamente explotada por la iglesia, que ha instilado en el inconsciente ciertas creencias y dogmas. Puede ser que rechacéis todo esto concientemente, pero en lo inconsciente su peso aún está ahí, seguís siendo cristianos, ingleses, alemanes, italianos, franceses; aún estáis gobernados por intereses nacionales, económicos y familiares y por las tradiciones de la raza a la que pertenecéis; y cuando se trata de una raza muy antigua, su influencia es mucho más honda. Mas ¿cómo va uno a eliminar todo esto? ¿Cómo podemos librar al inconsciente de su pasado de un solo golpe? Los analistas creen que el inconsciente puede limpiarse de modo parcial o aún total, por medio del análisis: por la investigación, la exploración, la confesión, la interpretación de los sueños, etc., para que, por lo menos, os volváis seres humanos normales, capaces de ajustarse al medio ambiente actual; pero en el análisis están siempre el analizador y lo analizado, un observador que interpreta la cosa observada, lo cual es una dualidad, una fuente de conflicto. Veo, pues, que el mero análisis de lo inconsciente no nos llevará a ninguna parte; puede ayudarme a ser un poco menos neurótico, un poco más bueno con mi esposa, con mi prójimo, o algo así de superficial; pero no es de eso de lo que estamos hablando. Veo que el proceso analítico – que implica tiempo, interpretación, el movimiento de pensar en forma de observador que analiza la cosa observada- no puede liberar lo inconsciente; por lo tanto, rechazo por completo el proceso analítico. Desde el momento en que percibo el hecho de que el análisis no puede, en ninguna circunstancia, eliminar la carga del inconsciente, queda descartado el análisis, estoy fuera del análisis. ¿Qué ha pasado pues? Como ya no hay analizador separado de la cosa que analiza, él es esa cosa, no es una entidad aparte de ella. Entonces encuentra uno que lo inconsciente es de muy poca importancia. ¿Entendéis?

He señalado lo trivial que es lo consciente, con sus actividades superficiales, su parloteo incesante, etc., y lo inconsciente también es muy trivial. Lo inconsciente, como lo consciente, llega a ser importante sólo cuando el pensamiento le da continuidad. El pensamiento resulta adecuado, es útil en las cuestiones técnicas y todo eso; pero el pensamiento es por completo inútil para producir esta radical transformación. Cuando veo como da continuidad el pensamiento, termina la continuidad en forma del pensador. Espero que todo esto se comprenda; se necesita una gran atención. Lo consciente o lo inconsciente tiene muy poca importancia, sólo la tiene cuando el pensamiento le da continuidad. Cuando percibís la verdad de que todo el proceso del pensar es una reacción del pasado y que no es posible que haga frente a la enorme demanda que significa la mutación, entonces tanto lo consciente como lo inconsciente pierden su importancia, y la mente ya no está influida o dirigida por ninguno de los dos; por lo tanto, ya no está iniciando ningún movimiento; está en completa quietud, en calma, en silencio. Aunque la mente percibe que tiene que haber cambio, revolución, una completa transformación en la raíz de nuestro propio ser, no inicia sin embargo, ningún movimiento en ninguna dirección; y en esa percepción total, en ese completo silencio, ya se ha realizado la mutación. Así, pues, la mutación sólo puede realizarse en una forma no directa, cuando la mente ya no inicia ningún movimiento y por tanto, está en completa calma. En esa calma hay mutación, por que queda a la vista y se disipa la raíz de nuestro ser. Esa es la única revolución real, no la del tipo económico o social, y no puede ser producida par la voluntad, por el pensamiento. Sólo en ese estado de mutación es en el que podéis percibir algo que está más allá de la medida de las palabras, algo que es supremo, más allá de toda teología y de todo reconocimiento. Espero que no os halléis dormido. Tal vez tengáis la amabilidad de hacerme alguna pregunta. 

Pregunta: Por lo que he experimentado, el pensar me encadena al aislamiento, porque me impide entrar en comunión con las cosas que me rodean, y también me impide llegar a las raíces de mi mismo. Desearía, pues, preguntar: ¿por qué piensan los seres humanos? ¿Cuál es la función del pensar humano? Y ¿por qué exageramos tanto la importancia del pensar? 

Krishnamurti: Creí que ya habíamos dejado eso muy atrás. Muy bien, señor, voy a explicarlo. El limitarse a escuchar una explicación no es ver el hecho, y no podemos entrar en comunión uno con otro por medio de la explicación, a menos que usted y yo veamos el hecho y lo dejemos así, es decir, sin interferir en él. Entonces estamos también en comunión con el hecho. Mas, si vos interpretáis el hecho de una manera y yo de otra, entonces no estamos en comunión, ni con el hecho ni uno con otro.

 Veamos, ¿como surge el pensamiento, ese que aísla y que no da amor, el amor que es el único medio de comunicación?, y ¿como puede terminar ese pensamiento? El pensamiento y todo su mecanismo tiene que ser comprendido, y la misma comprensión de él es su terminación. Con su permiso, vamos a examinar esto. Surge el pensamiento como una reacción cuando hay un estímulo. Si no hubiera un estímulo no pensaríais. El estímulo puede adoptar la forma de una pregunta, sea o no importante, y con arreglo a esa pregunta, respondéis. En el intervalo entre la pregunta y la respuesta empieza el proceso del pensamiento, ¿no? Si me preguntáis por algo que conozco bien, mi respuesta es inmediata. Sí, por ejemplo, me preguntáis que donde vivo, no habrá intervalo, porque no tengo que pensarlo, y a vuestra pregunta respondo de manera inmediata. Pero si vuestra pregunta es un poco más compleja, hay un intervalo (durante el cual estoy consultando la memoria) entre vuestra pregunta y mi replica. Podéis preguntarme cual es la distancia entre la tierra y la luna, y yo digo: “¡Cielos! ¿Sé cual es?”. Si, lo sé y entonces respondo. Entre vuestra pregunta y mi respuesta hay un intervalo durante el cual la memoria ha funcionado y ha facilitado la respuesta, de modo que, cuando se me plantea una pregunta mi respuesta puede ser inmediata o puede llevar cierto tiempo. Si me hacéis una pregunta sobre algo de lo cual no sé nada en absoluto, el intervalo es mucho más largo. Yo digo: “No lo sé, pero lo averiguaré”; y al no encontrar la respuesta entre las cosas que recuerdo, recurro a alguien para que me lo diga, o lo busco en un libro. También durante este intervalo mucho más largo está en marcha el proceso del pensamiento. Con estas tres fases estamos muy familiarizados.

Ahora, hay una cuarta fase, que tal vez no conozcáis, o no la hayáis distinguido con claridad nunca antes, y es esta: me hacéis una pregunta, y en realidad no conozco la respuesta. Mi memoria no la recuerda, y no espero que nadie me la diga. No tengo respuesta ni expectativa. En realidad, no sé. No hay intervalo, ni por tanto, pensamiento, porque la mente no está mirando, no busca, no está a la espera. Ese estado es efectivamente una completa negación, es liberación de todo lo que la mente ha conocido, y sólo en ese estado es como puede comprender lo nuevo, lo supremo, o cualquier otra palabra con que queráis designarlo. En ese estado ha concluido todo el proceso del pensar; no hay el observador ni lo observado, el experimentador ni la cosa experimentada. Toda experiencia ha cesado y en ese silencio total hay mutación completa. 

19 de julio de 1964.

Saanen.