PREGUNTAS Y RESPUESTAS -J.K. - 10. LA GUERRA -

 10. LA GUERRA 

Pregunta: ¿Cómo podemos resolver, nuestro caos político actual y la crisis del mundo? ¿Hay algo que un individuo pueda hacer para atajar la guerra que se avecina?

KRISHNAMURTI: La guerra es la proyección espectacular y sangrienta de nuestra vida diaria, ¿no es así? La guerra es una mera expresión externa de nuestro estado interno, una amplificación de nuestra actividad diaria. Es más espectacular, más sangrienta, más destructiva, pero es el resultado colectivo de nuestras actividades individuales. De suerte que vosotros y yo somos responsables de la guerra, ¿y qué podemos hacer para detenerla? Es obvio que la guerra que nos amenaza constantemente no puede ser detenida por vosotros ni por mi porque ya está en movimiento; ya está desencadenándose, aunque todavía en el nivel psicológico principalmente. Como ya está en movimiento, no puede ser detenida; los puntos en litigio son demasiados, excesivamente graves, y la suerte ya está echada. 

Pero vosotros y yo, viendo que la casa está ardiendo, podemos comprender las causas de ese incendio, alejamos de él y edificar en un nuevo lugar con materiales diferentes que no sean combustibles, que no produzcan otras guerras. Eso es todo lo que podemos hacer. Vosotros y yo podemos ver qué es lo que engendra las guerras, y si nos interesa detenerlas, podemos empezar a transformamos a nosotros mismos, que somos las causas de la guerra.

 Una señora americana vino a verme hace un par de años, durante la guerra. Me dijo que había perdido a su hijo en Italia y que tenía otro hijo de dieciséis años al que quería salvar; de suerte que charlamos del asunto. Yo le sugerí que para salvar a su hijo debía dejar de ser americana; debía dejar de ser codiciosa, de acumular riquezas, de buscar el poder y la dominación, y ser moralmente sencilla, no sólo sencilla en cuanto a vestidos, a las cosas externas, sino sencilla en sus pensamientos y sentimientos, en su vida de relación. Ella dijo: “Eso es demasiado. Me pide usted demasiado. Yo no puedo hacer eso, porque las circunstancias son demasiado poderosas para que yo las altere”. Por lo tanto, resultaba responsable de la destrucción de su hijo. Las circunstancias pueden ser dominadas por nosotros, porque nosotros hemos creado las circunstancias. La sociedad es el producto de la relación; de vuestras relaciones y las mías, de todas ellas juntas. Si cambiamos en nuestra vida de relación, la sociedad cambia. El confiar únicamente en la legislación, en la compulsión, para la transformación externa de la sociedad mientras interiormente seguimos siendo corrompidos, mientras en nuestro fuero íntimo continuamos en busca del poder, de las posiciones, de la dominación, es destruir lo externo, por muy cuidadosa y científicamente que se lo haya construido. Lo que es del fuero íntimo se sobrepone siempre a lo externo.

¿Qué es lo que causa la guerra religiosa, política o económica? Es evidente que la creencia, ya sea en el nacionalismo, en una ideología o en un dogma determinado. Si en vez de creencias tuviéramos buena voluntad, amor y consideración entre nosotros, no habría guerras. Pero se nos alimenta con creencias, ideas y dogmas, y por lo tanto, engendramos descontento. La presente crisis, por cierto, es de naturaleza excepcional, y nosotros, como seres humanos, o tenemos que seguir el sendero de los conflictos constantes y continuas guerras, que son el resultado de nuestra acción cotidiana, o de lo contrario ver las causas de la guerra y volverles la espalda.

  Lo que causa la guerra, evidentemente, es el deseo de poder, de posición, de prestigio, de dinero, como asimismo la enfermedad llamada nacionalismo -el culto de una bandera- y la enfermedad de la religión organizada, el culto de un dogma. Todo eso es causa de guerra; y si vosotros como individuos pertenecéis a cualquiera de las religiones organizadas, si sois codiciosos de poder, si sois envidiosos, forzosamente produciréis una sociedad que acabará en la destrucción. Nuevamente: ello depende de vosotros y no de los dirigentes, no de los llamados hombres de Estado, ni de ninguno de los otros. Depende de vosotros y de mí, pero no parecemos darnos cuenta de ello. Si por una vez sintiéramos realmente la responsabilidad de nuestros propios actos, ¡cuán pronto podríamos poner fin a todas estas guerras, a toda esta miseria aterradora! Pero, como veis, somos indiferentes. Comemos tres veces al día, tenemos nuestros empleos, nuestra cuenta bancaria, grande o pequeña, y decimos: “por el amor de Dios, no nos moleste, déjenos tranquilos”. Cuanto más alta es nuestra posición, más deseamos seguridad, permanencia, tranquilidad, menos injerencia admitimos, y más deseamos mantener las cosas fijas, como están; pero ellas no pueden mantenerse como están, porque no hay nada que mantener. Todo se desintegra. No queremos hacer frente a estas cosas, no queremos encarar el hecho de que vosotros y yo somos responsables de las guerras. Vosotros y yo charlamos de paz, nos reunimos en conferencias, nos sentamos en torno a una mesa y discutimos; pero en nuestro fuero íntimo, en lo psicológico, deseamos poder y posición, y nos mueve la codicia. Intrigamos, somos nacionalistas; nos atan las creencias, los dogmas, por los cuales estamos dispuestos a morir y a destruirnos unos a otros. ¿Creéis que semejantes hombres -vosotros y yo- podemos tener paz en el mundo? Para que haya paz, debemos ser pacíficos; vivir en paz significa no crear antagonismos. La paz no es un ideal. Para mí un ideal es simple evasión, un modo de eludir lo que es, una contradicción con lo que es. Un ideal impide la acción directa sobre lo que es. Mas para que haya paz tendremos que amar, tendremos que empezar, no a vivir una vida ideal sino a ver las cosas como son y obrar sobre ellas, a transformarlas. Mientras cada uno de nosotros busque seguridad psicológica, la seguridad fisiológica que necesitamos -alimento, vestido y albergue- se ve destruida. Andamos en busca de seguridad psicológica, que no existe; y, si podemos, la buscamos por medio del poder, de la posición, de los títulos, de los nombres, todo lo cual destruye la seguridad física. Esto, cuando se lo considera, resulta un hecho evidente.

Para traer paz al mundo, por lo tanto, para detener todas las guerras, tiene que haber una revolución en el individuo, en vosotros y en mí. La revolución económica sin esta revolución interna carece de sentido, pues el hambre es el resultado del defectuoso ajuste de las condiciones económicas producido por nuestros estados psicológicos: codicia, envidia, mala voluntad y espíritu de posesión. Para poner fin al dolor, al hambre, a la guerra, es preciso que haya una revolución psicológica, y pocos de nosotros están dispuestos a enfrentar tal cosa. Discutiremos sobre la paz, proyectaremos leyes, crearemos nuevas ligas, las Naciones Unidas, y lo demás. Pero no lograremos la paz porque no queremos renunciar a nuestra posición, a nuestra autoridad, a nuestros dineros, a nuestras propiedades, a nuestra estúpida vida. Confiar en los demás es absolutamente vano; los demás no nos traerán la paz. Ningún dirigente, ni gobierno, ni ejército, ni patria, va a darnos la paz. Lo que traerá la paz es la transformación interna que conducir a la acción externa. La transformación interna no es aislamiento; no consiste en retirarse de la acción externa. Por el contrario, sólo puede haber acción verdadera cuando hay verdadero pensar; y no hay pensar verdadero cuando no hay el conocimiento propio. Si no os conocéis a vosotros mismos, no hay paz.

 Para traer paz al mundo, por lo tanto, para detener todas las guerras, tiene que haber una revolución en el individuo, en vosotros y en mí. La revolución económica sin esta revolución interna carece de sentido, pues el hambre es el resultado del defectuoso ajuste de las condiciones económicas producido por nuestros estados psicológicos: codicia, envidia, mala voluntad y espíritu de posesión. Para poner fin al dolor, al hambre, a la guerra, es preciso que haya una revolución psicológica, y pocos de nosotros están dispuestos a enfrentar tal cosa. Discutiremos sobre la paz, proyectaremos leyes, crearemos nuevas ligas, las Naciones Unidas, y lo demás. Pero no lograremos la paz porque no queremos renunciar a nuestra posición, a nuestra autoridad, a nuestros dineros, a nuestras propiedades, a nuestra estúpida vida. Confiar en los demás es absolutamente vano; los demás no nos traerán la paz. Ningún dirigente, ni gobierno, ni ejército, ni patria, va a darnos la paz. Lo que traerá la paz es la transformación interna que conducir a la acción externa. La transformación interna no es aislamiento; no consiste en retirarse de la acción externa. Por el contrario, sólo puede haber acción verdadera cuando hay verdadero pensar; y no hay pensar verdadero cuando no hay el conocimiento propio. Si no os conocéis a vosotros mismos, no hay paz.

Para poner fin a la guerra externa, debéis empezar por poner fin a la guerra en vosotros mismos. Algunos de vosotros moverán la cabeza y dirán “estoy de acuerdo”, y saldrán y harán exactamente lo mismo que han estado haciendo durante los últimos diez o veinte años. Vuestra conformidad es puramente verbal y carece de significación, pues las miserias y las guerras del mundo no van a ser detenidas por vuestro fortuito asentimiento. Sólo serán detenidas cuando os deis cuenta del peligro, cuando percibáis vuestra responsabilidad, cuando no dejéis eso en manos de otros. Si os dais cuenta del sufrimiento, si veis la urgencia de la acción inmediata y no la aplazáis, entonces os transformaréis; y la paz vendrá tan sólo cuando vosotros mismos seáis pacíficos, cuando vosotros mismos estéis en paz con vuestro prójimo.  

PREGUNTAS Y RESPUESTAS - J.K. - 9. LA VIDA DE RELACIÓN -

 9. LA VIDA DE RELACIÓN 

Pregunta: A menudo ha hablado usted de la vida de relación. ¿Qué significa para usted?

 KRISHNAMURTI: En primer término, no hay ser alguno que esté aislado. Ser es estar en relación, y sin relación no hay existencia. ¿Qué entendemos por relación? Es la conexión entre el reto y la respuesta en el trato de dos personas, de vosotros conmigo; es el reto que vosotros lanzáis y que yo acepto o al cual respondo; también el reto que yo os lanzo. La relación de dos personas crea la sociedad; la sociedad no es independiente de vosotros y de mí; la masa no es por sí misma una entidad separada, sino que vosotros y yo, en nuestra mutua relación, creamos la masa, el grupo, la sociedad. La relación es el darse cuenta de la conexión existente entre dos personas. ¿En qué se basa por lo general esa relación? ¿No se basa acaso en la llamada “interdependencia”, en la ayuda mutua? Decimos por lo menos que ella es ayuda mutua, auxilio mutuo, y así sucesivamente; pero en realidad, independientemente de las palabras, de la resistencia emocional que ofrecemos los unos a los otros, ¿en qué se basa la relación? En la mutua satisfacción, ¿no es así? Si yo no os agrado, prescindís de mí; si yo os agrado, me aceptáis como esposa, vecino o amigo. Ese es el hecho.

¿Qué es lo que llamáis “familia”? Evidentemente, es una relación de intimidad, de comunión. En vuestra familia, en la relación con vuestra esposa, con vuestro esposo, ¿existe comunión? Eso, por cierto, es lo que entendemos por relación, ¿verdad? La relación significa comunión en la que no hay temor, libertad para comprenderse el uno al otro, para comunicarse al instante. Es obvio que la relación significa eso, estar en comunión con otro. ¿Lo estáis vosotros? ¿Estáis en comunión con vuestra esposa? Tal vez lo estéis físicamente, pero eso no es relación. Vosotros y vuestra esposa vivís en lados opuestos de un muro de aislamiento, ¿no es así? Tenéis vuestros propios empeños, vuestras ambiciones, y ella tiene los suyos. Vivís detrás del muro y de vez en cuando miráis por encima de él, y a eso le llamáis “relación”. Eso es un hecho, ¿verdad? Podéis magnificarlo, suavizarlo, introducir un nuevo juego de palabras para describirlo, pero el hecho es ése: que vosotros y los que os rodean vivís aislados, y a esa vida en aislamiento le llamáis “relación”.

 Si hay verdadera relación entre dos personas, lo cual significa que entre ellas hay comunión, entonces las implicaciones son enormes. Entonces no hay aislamiento; hay amor y no responsabilidad o deber. Las personas que se aíslan detrás de sus muros son las que hablan de deber y responsabilidad. El hombre que ama, no habla de responsabilidad, ama. Por lo tanto comparte con otro su júbilo, su pena, su dinero. ¿Son así vuestras familias? ¿Existe comunión directa con vuestra esposa, con vuestros hijos? Es obvio que no. Por consiguiente la familia es un mero pretexto para continuar con vuestro nombre y tradición, para que ella os dé lo que deseáis, en lo sexual o en lo psicológico, de suerte que la familia llega a ser un medio de autoperpetuación, de prolongar vuestro nombre. Esa es una clase de inmortalidad, de permanencia. Si hay verdadera relación entre dos personas, lo cual significa que entre ellas hay comunión, entonces las implicaciones son enormes. Entonces no hay aislamiento; hay amor y no responsabilidad o deber. Las personas que se aíslan detrás de sus muros son las que hablan de deber y responsabilidad. El hombre que ama, no habla de responsabilidad, ama. Por lo tanto comparte con otro su júbilo, su pena, su dinero. ¿Son así vuestras familias? ¿Existe comunión directa con vuestra esposa, con vuestros hijos? Es obvio que no. Por consiguiente la familia es un mero pretexto para continuar con vuestro nombre y tradición, para que ella os dé lo que deseáis, en lo sexual o en lo psicológico, de suerte que la familia llega a ser un medio de autoperpetuación, de prolongar vuestro nombre. Esa es una clase de inmortalidad, de permanencia.  La familia también se utiliza como medio de satisfacción. Yo exploto a los demás sin piedad, en el mundo de los negocios, en el mundo exterior político o social; y en el hogar procuro ser bueno y generoso. ¡Qué absurdo! O bien el mundo me agobia y quiero paz, y me voy a casa. En el mundo exterior yo sufro; me voy a casa y trato de hallar consuelo. Utilizo, pues, la relación como medio de satisfacción, lo cual significa que no me quiero ver perturbado por mis relaciones. De suerte que la relación se busca donde hay mutua satisfacción, halago. Donde no halláis esa satisfacción, cambiáis de relaciones; o bien os divorciáis, o continuáis juntos pero buscáis satisfacción en otra parte, hasta hallar lo que buscáis, es decir, satisfacción, halago, y una sensación de estar protegidos y cómodos. Después de todo, esa es nuestra vida de relación en el mundo; y así es, en realidad. Se busca la relación donde pueda haber seguridad, donde vosotros como individuos podáis vivir en un estado de seguridad, en un estado de satisfacción, en un estado de ignorancia, todo lo cual causa siempre conflicto, ¿no es así? Si vosotros no me satisfacéis y yo busco satisfacción, es natural que haya conflicto, porque ambos buscamos seguridad el uno en el otro; y cuando esa seguridad se torna incierta, os ponéis celosos, os volvéis violentos, posesivos, y lo demás. La relación, pues, conduce a la posesión, a la condenación, a las exigencias autoafirmativas de seguridad, de comodidad y de satisfacción; y en eso, naturalmente, no hay amor.

Hablamos de amor, hablamos de responsabilidad, de deber, pero en realidad no hay amor; la realización se basa en la satisfacción, de lo cual vemos el efecto en la civilización actual. El modo como tratamos a nuestras esposas, a nuestros hijos, a los vecinos y amigos, es un indicio de que en nuestra vida de relación no hay realmente nada de amor. Ella es mera búsqueda de satisfacción. Y siendo ello así, ¿qué objeto tiene entonces la relación? ¿Cuál es su significación esencial? Si os observáis a vosotros mismos en relación con los demás, ¿no encontráis que la relación es un proceso de autorrevelación? ¿Mi contacto con vosotros no revela acaso el estado de mi propio ser, si me doy cuenta, si estoy bastante alerta para tener conciencia de mi propia reacción en la vida de relación? La relación es realmente un proceso de revelación de uno mismo, es decir, un proceso de conocimiento propio; y en esa revelación hay muchas cosas desagradables, pensamientos y actividades inquietantes, molestos. Como no me gusta lo que  descubro, huyo de una relación que no es agradable hacia una relación que sea grata. La relación, por lo tanto, tiene muy poco sentido cuando sólo buscamos satisfacción mutua; pero se vuelve en extremo significativa cuando es un medio de revelación y conocimiento de uno mismo. Después de todo, en el amor no hay relación, ¿verdad? Sólo cuando amáis algo y esperáis retribución de vuestro amor, hay una relación. Cuando amáis, es decir, cuando os entregáis a algo enteramente, plenamente, entonces no hay relación. Si realmente amáis, si existe un amor así surge entonces algo maravilloso. En semejante amor no hay razonamiento, no existe el uno y el otro, hay unidad completa. Es un estado de integración, un completo ser. Esos momentos tan raros, dichosos, jubilosos, existen, entonces hay completo amor, comunión total. Lo que generalmente ocurre es que lo importante no es el amor sino el otro, el objeto del amor; aquel a quien se da el amor se vuelve lo importante, no el amor en sí. Por diversas razones, ya sean biológicas o verbales, o por un deseo de satisfacción, de consuelo, y lo demás, el objeto del amor llega entonces a ser lo importante; y el amor se aleja. Entonces la posesión, los celos y las exigencias causan conflicto, y el amor se aleja cada vez más; y cuanto más se aleja, tanto más el problema de la relación pierde su significación, su valor y su sentido. Por eso el amor es una de las cosas más difíciles de comprender. No puede provenir de una urgencia intelectual, no puede ser fabricado por diversos métodos, medios y disciplinas. Es un estado de ser cuando las actividades del “yo” han cesado; pero ellas no cesarán si simplemente las reprimís, las rehuís o las disciplináis. Es preciso que comprendáis las actividades del “yo” en todas las diferentes capas de la conciencia. Hay momentos en que realmente amamos, en que no hay pensamiento ni móvil; pero esos momentos son muy raros. Y es porque son raros que nos aferramos a ellos en el recuerdo y así creamos una barrera entre la viviente realidad y la acción de nuestra existencia diaria. Para comprender la vida de relación es importante comprender primero lo que es, lo que realmente está ocurriendo en nuestra vida, en todas las diferentes formas sutiles; y también lo que la relación significa en realidad. La relación es autorrevelación. Es porque no queremos revelarnos a nosotros mismos que nos refugiamos en la comodidad, y entonces la relación pierde su extraordinaria hondura, significación y belleza. Sólo puede haber verdadera relación cuando hay amor, pero el amor no es la búsqueda de satisfacción. El amor existe tan sólo cuando hay olvido de uno mismo, cuando hay completa comunión, no entre uno o dos sino comunión con lo supremo; y eso sólo puede acontecer cuando se olvida el “yo”. 


PREGUNTAS Y RESPUESTAS - J.K. - 8. LA COMPRENSIÓN -

 8. LA COMPRENSIÓN 

Pregunta: ¿Cuál es la diferencia entre introspección y comprensión? ¿Quién, en la comprensión, comprende? 

KRISHNAMURTI: Examinemos primero lo que entendemos por introspección. Por introspección entendemos el mirar dentro de uno mismo, el examinarse a sí mismo. ¿Por qué se examina uno a sí mismo? A fin de mejorar, de cambiar, de modificarse. Es decir, practicáis la introspección para llegar a ser “algo”, pues de otro modo no os entregaríais a la introspección. No os examinaríais si no existiese el deseo de modificaros, de cambiaros, de haceros diferentes de lo que sois. Esa, por cierto, es la razón evidente de la introspección. Soy iracundo, y para librarme de la ira, o hacer que ésta cambie o se modifique, me examino mediante la introspección. Donde hay introspección -que es el deseo de modificar o cambiar las respuestas, las reacciones del “yo”- hay siempre un fin en vista; y cuando ese fin no se logra, hay mal humor, depresión. La introspección, pues, siempre va acompañada de depresión. No sé si habéis advertido que cuando practicáis la introspección, cuando miráis dentro de vosotros mismos a fin de cambiaros, siempre hay una ola de depresión. Siempre hay una ola de mal humor contra la cual tenéis que batallar; necesitáis examinaros de nuevo para sobreponeros a ese estado de ánimo, y así sucesivamente. La introspección es un proceso en el que no hay liberación, porque es un proceso de transformar lo que uno es en algo que no es. Es evidente que esto, exactamente, es lo que ocurre cuando practicamos la introspección, cuando nos entregamos a ese acto en particular. En ese acto existe siempre un proceso acumulativo: el del “yo” que examina algo con el objeto de cambiarla. Hay siempre, pues, un conflicto de dualidad, y por lo tanto, un proceso de frustración. Jamás hay una liberación y, comprendiendo esa frustración, uno se siente deprimido.

La comprensión es enteramente diferente. La comprensión es observar sin condenar. La comprensión produce entendimiento porque no hay condenación ni identificación, sino observación silenciosa. Si quiero comprender algo, debo observarlo; no debo criticar, no debo condenar, no debo perseguirlo cuando es placer, ni evitarlo cuando no es placer. Lo único que debe haber es silenciosa observación de un hecho. No hay un fin en vista, sino comprensión de todo lo que va surgiendo. Esa observación, y la comprensión de esa observación, cesan cuando hay condenación, identificación o justificación. La introspección es mejoramiento de uno mismo, y, por lo tanto, la introspección es egocéntrica. La comprensión no es mejoramiento del “yo”. Por el contrario, es la terminación del “yo”, con toda su idiosincrasia y peculiares recuerdos, exigencias y empeños. En la introspección hay identificación y condenación. En la comprensión no hay condenación ni identificación; por consiguiente no hay mejoramiento del “yo”. Entre ambas hay una enorme diferencia.

 El hombre que desea mejorarse a sí mismo jamás puede comprender, porque el mejoramiento implica condenación de algo y logro de un resultado; mientras que en la comprensión hay observación sin condenación, sin negación ni aceptación. La comprensión empieza con las cosas externas, dándose uno cuenta de los objetos, de la naturaleza, y estando en comunión con ellos. Primero hay percepción de las cosas que a uno le rodean, el ser sensible a los objetos, a la naturaleza; después de la gente, lo cual significa relación, y luego está la comprensión de las ideas. Esa comprensión, el ser sensible a las cosas, a la naturaleza, a la gente, a las ideas, no está hecho de procesos separados, sino que es un proceso unitario. Es una constante observación de todo, de todo pensamiento, sentimiento y acción, a medida que surgen dentro de uno mismo. Como la comprensión no es condenatoria, no hay acumulación. Condenáis tan sólo cuando tenéis una norma, lo cual significa que hay acumulación, y por lo tanto mejoramiento del “yo”. Comprensión es el entendimiento de las actividades del “yo”, en su relación con las personas, con las ideas y con las cosas. Esa comprensión es de instante en instante, y, por lo tanto, no puede ser practicada. Cuando practicáis una cosa, se convierte en hábito; y la comprensión no es hábito. Una mente que actúa por hábito es insensible; una mente que funciona dentro del surco de determinada acción es torpe, rígida. El “darse cuenta”, antes bien, requiere constante flexibilidad, vigilancia. Esto no es difícil. Es lo que hacéis cuando estáis interesados en algo, cuando os interesa observar a vuestro hijo, a vuestra esposa, cuidar vuestras plantas, mirar los árboles, las aves. Observáis sin condenación, sin identificación. En esa observación, por lo tanto, hay completa comunión; el observador y lo observado están en comunión completa. Esto ocurre efectivamente cuando estáis hondamente profundamente interesados en algo.

Hay, pues, una enorme diferencia entre la comprensión y el mejoramiento expansivo del “yo” en la introspección. La introspección conduce a la frustración, a nuevos y mayores conflictos. La comprensión, en cambio, es un proceso de liberación dé la acción del “yo”, y consiste en daros cuenta de vuestros diarios movimientos, de vuestros pensamientos y sentimientos, de vuestros actos, y en daros cuenta de otra persona, en observarla. Eso podéis hacerlo tan sólo cuando amáis a alguien, cuando os halláis hondamente interesados en algo. Y cuando yo quiero conocerme a mí mismo, todo mi ser, todo el contenido de mí mismo y no una o dos capas tan sólo, es obvio que no debe haber condenación. Tengo entonces que estar abierto a todo pensamiento, a todo sentimiento, a todos los estados de ánimo, a todas las represiones; y a medida que hay más y más comprensión expansiva, más y más libre me hallo de todo el movimiento oculto de los pensamientos, móviles y empeños. De suerte que la comprensión es libertad, ella trae libertad, ella brinda libertad. La introspección, en cambio, fomenta el conflicto, el proceso de autoencierro; siempre hay en ella, por lo tanto, frustración y miedo.

 El interlocutor desea también saber quién es el que comprende. ¿Qué ocurre cuando tenéis una profunda vivencia de cualquier índole? Cuando tenéis tal vivencia, ¿os dais cuenta de que estáis experimentándola? Cuando os sacude la ira, en la fracción de segundo de ira, o de celos, o de júbilo, ¿os dais cuenta de que estáis gozosos o de que estáis encolerizados? Tan sólo cuando la vivencia ha terminado, surge el experimentador y lo experimentado. Entonces el experimentador observa lo experimentado, el objeto de la experiencia. En el momento de la vivencia, no hay observador ni cosa observada: sólo existe la vivencia. Pero la mayoría de nosotros no “vivenciamos”. Siempre nos hallamos fuera del estado de vivencia, y es por ello que formulamos la pregunta de quién es el observador, quién es el que percibe. Tal pregunta, por cierto, es equivocada, ¿verdad? En el momento en que hay vivencia, no existen la persona que percibe, que comprende, ni el objeto del que ella se da cuenta. No hay observador ni cosa observada, sino tan sólo un estado de vivencia. La mayoría de nosotros encontramos que es extremadamente difícil vivir en un estado de vivencia, porque ello exige extraordinaria flexibilidad, presteza, un alto grado de sensibilidad; y eso resulta imposible cuando deseamos triunfar, cuando tenemos un fin en vista, cuando calculamos, todo lo cual trae frustración. Pero el hombre que nada exige, que no persigue una finalidad, que no anda en busca de un resultado con todo lo que ello implica, un hombre así se halla en estado de constante vivencia. Todo tiene entonces un movimiento, un significado, y nada es viejo, nada se carboniza, nada resulta repetido, porque lo que es jamás es viejo. El reto es siempre nuevo. Sólo la respuesta al reto es lo pasado; y lo pasado crea más residuo, que es el recuerdo, el observador, que se separa de lo observado, del reto, de la experiencia.

Podéis experimentar con esto por vosotros mismos de un modo muy simple y muy fácil. La próxima vez que estéis encolerizados o celosos, o que sintáis codicia, o que seáis violentos o lo que sea, observaos a vosotros mismos. En ese estado “vosotros” no existís. Sólo hay ese estado del ser. Pero al momento, al segundo siguiente, dais nombre y definís el sentimiento, le llamáis celos, ira, codicia. Habéis, pues, creado de inmediato el observador y lo observado, el experimentador y lo experimentado. Cuando hay experimentador y cosa experimentada, el experimentador procura modificar la experiencia, cambiarla, recordar cosas con ella asociadas, y lo demás. Mantiene, por lo tanto, la división entre sí mismo y lo experimentado. Pero si no dais nombre a ese sentimiento -lo que significa que no buscáis un resultado, que no condenáis, que simplemente os dais cuenta del sentimiento, en silencio-, entonces veréis que en ese estado de sentir, en vivencia, no hay observador ni cosa observada. El observador y lo observado, en efecto, son un fenómeno concomitante -existen conjuntamente-, sólo hay vivencia. De suerte que la introspección y la comprensión son enteramente diferentes. La introspección lleva a la frustración, a mayor conflicto, puesto que en ella está implícito el deseo de cambio, y el cambio es mera continuidad modificada. La comprensión es un estado en el que no hay condenación, justificación ni identificación, y en el que, por lo tanto, hay entendimiento, y en ese estado de pasiva comprensión, no existe el experimentador ni lo experimentado.

 La introspección, que es una forma de mejoramiento, de expansión del “yo”, jamás podrá conducir a la verdad porque es siempre un proceso de encierro en uno mismo; mientras que la comprensión es un estado en el que la verdad puede manifestarse: la verdad de lo que se es, la simple verdad de la existencia diaria. Es sólo cuando comprendemos la verdad de la existencia diaria, cuando podemos ir lejos. Debéis empezar cerca para ir lejos; pero la mayoría de nosotros queremos saltar, empezar lejos sin comprender lo que está cerca. A medida que comprendemos lo cercano, encontraremos que no existe distancia entre lo cercano y lo lejano. No hay distancia alguna: el comienzo y el fin son uno solo.


PREGUNTAS Y RESPUESTA -J.K. - 7. EL SUFRIMIENTO -

7. EL SUFRIMIENTO 

Pregunta: ¿Cuál es el significado del dolor y del sufrimiento? 

KRISHNAMURTI: Cuando sufrís, cuando sentís dolor, ¿qué es lo que ello significa? El dolor físico tiene un significado, pero probablemente nos referimos al dolor y al sufrimiento psicológicos, que tienen un significado muy distinto en diferentes niveles. ¿Cuál es la significación del sufrimiento? ¿Por que queréis averiguar la significación del sufrimiento? No es que él carezca de significado; eso lo vamos a averiguar. ¿Pero por qué deseáis descubrirlo? ¿Por qué queréis averiguar la razón por la cual sufrís? Cuando os hacéis la pregunta “¿por qué sufro?”, y buscáis la causa del sufrimiento, ¿no huís del sufrimiento? Cuando busco el significado del sufrimiento, ¿no lo evito, no lo eludo, no huyo de él? El hecho es que sufro; pero no bien la mente se ocupa del sufrimiento y digo “y bien, ¿por qué?”, ya he diluido la intensidad del sufrimiento. En otras palabras: queremos que el sufrimiento se diluya, se alivie, se aleje, se elimine mediante una explicación. Eso, por cierto, no brinda comprensión del sufrimiento. Si me libro, pues, de ese deseo de huir del sufrimiento, empiezo a comprender cuál es su contenido. 

¿Qué es el sufrimiento? Una perturbación en diferentes niveles: en el físico y en los distintos niveles del subconsciente. ¿No es así? Es una forma aguda de perturbación, que me disgusta. Mi hijo ha muerto. He erigido en torno de él todas mis esperanzas; o en torno de mi hija, de mi esposo, de lo que sea. Lo tenía en un altar, junto con todas las cosas que deseaba que él fuera. Y lo he tenido por compañero -ya conocéis todo eso- y de pronto se ha ido. Hay por lo tanto una perturbación, ¿no es así? A esa perturbación le llamo sufrimiento.

 Si no me gusta ese sufrimiento, entonces digo: “¿por qué sufro?”, lo “amaba tanto”, “él era esto” y “yo tenía aquello”. Y trato de hallar solaz en las palabras, en los títulos, en las creencias; como casi todos lo hacemos. Todo ello obra a modo de narcótico. Pero si no hago eso, ¿qué sucede? Simplemente, capto el sufrimiento. No lo condeno ni lo justifico; sufro. Entonces puedo seguir su movimiento, ¿no es así? Entonces puedo captar todo el contenido de lo que él significa; “sigo”, en el sentido de tratar de comprender alguna cosa. ¿Qué significa, pues? ¿Qué es lo que sufre? No se trata de saber por qué hay sufrimiento, ni cuál es la causa del sufrimiento, sino qué es lo que realmente ocurre. No sé si veis la diferencia. Simplemente capto el sufrimiento no como cosa distinta de mí, no como un observador que observa el sufrimiento, sino que éste forma parte de “mí mismo”, es decir, la totalidad de mí mismo sufre. Entonces puedo seguir su movimiento, ver adónde conduce. Si hago esto, es seguro que el dolor me revela su sentido, ¿no es así? Entonces veo que he puesto énfasis en “mí mismo”, no en la persona a quien amo. Esa persona servía para ocultarme de mi propia miseria, mi vacío, mi soledad, mi infortunio. Como yo no soy “algo”, esperaba que él lo fuese. Eso ya terminó; estoy abandonado, perdido, vacío, solo. Sin él o ella, nada soy. Por eso lloro. No es que se haya ido; es que estoy abandonado, que estoy vacío, solo. Es muy difícil llegar a ese punto, ¿verdad? Es difícil darse cuenta realmente, y no decir, simplemente, “estoy solo, vacío, ¿y cómo he de librarme de esa soledad?”, lo cual es otra forma de huida. Es difícil ser consciente de ese vacío, mantenerse en él, ver su movimiento. Esto lo tomo tan sólo como un ejemplo. Así gradualmente, si dejo que el sufrimiento se manifieste, y revele su significación, veo que sufro porque estoy perdido; se me fuerza a prestar atención a algo que no quiero mirar. Se me impone algo que me resisto a ver y a comprender. Y hay un sinnúmero de personas para ayudarme a huir, a evadir, miles de personas llamadas “religiosas”, con sus creencias y dogmas, esperanzas y fantasías. “Es el karma, es la voluntad de Dios”; todos me brindan una salida, bien lo sabéis. Pero si puedo permanecer con el dolor y no apartarlo de mí, ni tratar de circunscribirlo o negado, ¿qué ocurre? ¿Cuál es el estado de mi mente cuando sigue de ese modo el movimiento del sufrir? ¿El sufrimiento es tan sólo una palabra, o es una realidad? Si es una realidad y no una mera palabra, entonces la palabra ya no tiene sentido. Lo único que existe, pues, es el sentimiento de intenso dolor. ¿Con respecto a qué? Con respecto a una imagen, a una experiencia, a algo que poseéis o no poseéis. Si lo poseéis, le llamáis placer; si no lo poseéis es dolor. De modo que el dolor, el sufrimiento, está en relación con algo. ¿Ese “algo” es mera verbalización o una realidad? Es decir, cuando hay sufrimiento, él existe tan sólo en relación con algo. No puede existir por si sólo, así como el temor no puede existir por sí sólo, sino en relación con algo: un individuo, un incidente, un sentimiento. Ahora os dais plena cuenta del sufrimiento. ¿Es ese sufrimiento distinto de vosotros, y por lo tanto sois simplemente el observador que capta el sufrimiento, o es ese sufrimiento vosotros mismos?

Cuando no hay observador que sufre, ¿es el sufrimiento diferente de vosotros? Sois el sufrimiento, ¿no es así? No estáis separados del dolor; sois el dolor. ¿Y ahora, qué ocurre? No se lo evalúa, no se le da nombre, y, por lo tanto, no se lo echa a un lado; sois ese dolor, simplemente; sois ese sentimiento, esa sensación de agonía. Entonces, cuando sois eso, ¿qué sucede? Cuando no le dais nombre, cuando no hay temor a su respecto, ¿hay relación entre el centro, el yo, y el sufrimiento? Si el centro está en relación con él, entonces le teme. Entonces tiene que actuar y hacer algo a su respecto. Pero si el centro es dolor, ¿qué hacéis? No hay nada que hacer, ¿verdad? Si sois dolor y no lo aceptáis, ni lo evaluáis, ni lo hacéis a un lado; si sois esa cosa, ¿qué ocurre? ¿Decís entonces que sufrís? Ha ocurrido, por cierto, una transformación fundamental. Entonces ya no existe el “yo sufro”, porque no hay centro que sufra; y el centro sufre porque nunca hemos examinado lo que es el centro. Sólo vivimos de palabra en palabra, de reacción en reacción. Jamás decimos: “veamos qué cosa es esa que sufre”. Y no lo podéis ver por coacción, por disciplina. Habéis de mirar con interés, con espontánea comprensión. Entonces veréis que lo que llamamos sufrimiento, dolor, eso que evitamos, así como la disciplina, todo se ha desvanecido. Si en mi relación con el sentimiento no lo considero como “algo” separado de mí, no hay problema. Si lo considero como “algo” aparte de mí, sí hay problema.  Mientras trato el sufrimiento como algo fuera de mí -sufro porque he perdido mi hermano, porque no tengo dinero, por esto, por aquello- establezco una relación con ese “algo”, y esa relación es ficticia. Pero si soy esa cosa, si veo el hecho, entonces todo ello se transforma, todo ello tiene un significado diferente. Entonces hay completa atención, atención integrada; y aquello que se considera en su totalidad se comprende, y se disuelve, y así no hay temor; y, por lo tanto, la palabra “sufrimiento” resulta inexistente.



 

PREGUNTAS Y RESPUESTAS - J.K. - 6. LA SOLEDAD -

 6. LA SOLEDAD 

Pregunta: Empiezo a darme cuenta de que estoy muy solo. ¿Qué debo hacer? 

KRISHNAMURTI: El interlocutor desea saber por qué siente la soledad. ¿Sabéis qué significa la soledad, y os dais cuenta de ella? Lo dudo mucho, porque nos hemos sumido en actividades, libros, relaciones, ideas que nos impiden darnos realmente cuenta de la soledad. ¿Qué entendemos por soledad? Es una sensación de vacío, de no tener nada, de estar extraordinariamente inseguros, sin puerto donde anclar. No es desesperación ni falta de esperanza, sino una sensación de vacuidad, de vacío, y de frustración. Estoy seguro de que hemos sentido eso, los felices como los desdichados, los muy, muy activos como los que tienen afición al saber. Todos conocemos esto. Es una sensación de dolor real e inextinguible, un dolor que no se puede disimular aunque intentemos disimularlo. Abordemos este problema de nuevo para ver qué es lo que realmente ocurre, para ver qué hacéis cuando sentís esa soledad. Tratáis de esquivar vuestra sensación de soledad, intentáis evitarla con un libro, seguís a algún líder, o vais al cine, o socialmente os volvéis muy, muy activos, u os dedicáis al culto y la oración, o pintáis un cuadro, o escribís un poema sobre la soledad. Eso es lo que de hecho ocurre. Dándoos cuenta de la soledad, del dolor que la acompaña, del temor extraordinario e insondable que ella provoca, buscáis una evasión, y esa evasión llega a ser más importante; y por lo tanto, vuestras actividades, vuestros conocimientos, vuestros dioses, vuestras radios, todo ello os resulta importante, ¿no es así? Cuando dais importancia a valores secundarios, ellos os llevan a la desdicha y al caos; los valores secundarios son inevitablemente los valores sensorios; y la civilización moderna, que se basa en esto, os brinda estas evasiones: evasión mediante vuestro trabajo, vuestra familia, vuestro nombre, vuestros estudios, mediante la pintura, y lo demás. Toda nuestra cultura tiene por base esa evasión. Nuestra civilización se funda en ella, lo cual es un hecho.

¿Habéis tratado alguna vez de estar solos? Cuando lo intentéis, veréis cuán extraordinariamente difícil ello es y cuán extraordinariamente inteligentes debemos ser para estar solos, porque la mente no nos dejará estar solos. La mente se vuelve inquieta, se ocupa en evadirse. ¿Qué hacemos, pues? Tratamos de llenar ese extraordinario vacío con lo conocido. Descubrimos cómo estar activos, cómo ser sociables; sabemos estudiar, escuchar la radio. Llenamos esa cosa que no conocemos con las cosas que conocemos. Intentamos llenar ese vacío con diversas clases de conocimientos, relaciones o cosas. ¿No es así? Ese es nuestro proceso, esa es nuestra existencia. Ahora bien, cuando os dais cuenta de eso qué hacéis, ¿seguís creyendo que podéis llenar ese vacío? Habéis probado todos los medios de llenar ese vacío de la soledad. ¿Lo habéis logrado? Lo habéis intentado con el cine, sin éxito; y por eso seguís a vuestros guías espirituales o a vuestros libros, u os volvéis muy activos socialmente. ¿Habéis conseguido llenar el vacío, o simplemente lo habéis encubierto? Si sólo lo habéis encubierto, siempre está ahí; por lo tanto volverá. Si sois capaces de huir totalmente, entonces vais a parar a un manicomio u os volvéis sumamente torpes. Eso es lo que está ocurriendo en el mundo.

 ¿Es posible llenar esta vacuidad, este vacío? Si no lo es, ¿podemos huir de él, escaparnos? Si hemos experimentado y encontrado que una evasión carece de valor, ¿no carecen acaso de valor todas las otras evasiones? Es indiferente que llenéis el vacío con esto o con aquello. La llamada “meditación” es también una escapatoria. Poco importa que cambiéis vuestro medio de evasión.

¿Cómo, entonces, hallaréis qué hacer con esta soledad? Sólo podréis saber qué hacer cuando hayáis dejado de evadiros. ¿No es así? Cuando estéis dispuestos a enfrentaros con lo que es -lo cual significa que no debéis recurrir a la radio, y que debéis volver la espalda a la “civilización”-, entonces aquella soledad termina, porque ha sufrido una completa transformación. Ya no es soledad. Si comprendéis lo que es, entonces lo que es, es lo real. Es porque la mente está continuamente evitando, evadiéndose, rehusando ver lo que es, que ella crea sus propios estorbos. Como tenemos tantos estorbos que nos impiden ver, no comprendemos lo que es y por lo tanto nos alejamos de la realidad; todos esos estorbos han sido creados por la mente para no ver lo que es. El ver lo que es no sólo requiere buena dosis de capacidad y comprensión de la acción, sino que también significa volver la espalda a todo lo que os habéis fabricado: vuestra cuenta bancaria, vuestro nombre y todo aquello que llamáis “civilización”. Cuando veáis lo que es, veréis cómo se transforma la soledad. 

PREGUNTAS Y RESPUESTAS - J.K. - 5. LA DISCIPLINA -

 5. LA DISCIPLINA 

Pregunta: Todas las religiones han insistido en alguna clase de autodisciplina para moderar los instintos del bruto en el hombre. Los santos y los místicos han afirmado haber alcanzado la Divinidad por medio de la autodisciplina. Ahora bien, usted parece dar a entender que tales disciplinas son un obstáculo para la realización de Dios. Estoy perplejo. ¿Quién está en lo cierto en este asunto?

KRISHNAMURTI: En este asunto, ciertamente, no se trata de saber quién está en lo cierto. Lo importante es descubrir por nosotros mismos la verdad al respecto, no de acuerdo con lo que diga tal o cual santo, o una persona procedente de la India o de otro lugar, cuanto más exótico mejor. Vosotros estáis atrapados entre estas dos cosas: alguien dice “disciplina”, otro dice “no disciplina”. Ocurre en general que elegís lo más cómodo, lo más satisfactorio: os gusta la persona, su aspecto, su personal idiosincrasia, favoritismo y todo lo demás. Descartando, pues, todo eso, examinemos esta cuestión directamente y descubramos la verdad a su respecto por nosotros mismos. Porque esta cuestión implica muchas cosas, y tenemos que enfocarla con mucha cautela y a modo de ensayo.

 Casi todos deseamos que alguien con autoridad nos diga lo que debemos hacer. Buscamos directivas para nuestra conducta porque nuestro instinto es estar a salvo, no sufrir más. Se dice que alguien ha realizado la felicidad, la suprema dicha, o lo que sea, y esperamos que él nos diga qué hay que hacer para llegar a ese estado. Eso es lo que queremos: deseamos esa misma felicidad, esa misma quietud interior, ese júbilo; y en este enloquecido mundo de confusión, queremos que alguien nos diga lo que debemos hacer. Ese es, en realidad, el instinto fundamental de casi todos nosotros; y, conforme a ese instinto, establecemos nuestra norma de acción. ¿Se alcanza a Dios, ese algo supremo, innominable y que no puede medirse con palabras, se alcanza eso por medio de la disciplina, siguiendo determinada norma de acción? Deseamos llegar a una meta determinada, a un fin establecido, y creemos que con la práctica, mediante la disciplina, reprimiendo o dando rienda suelta, sublimando o substituyendo, seremos capaces de encontrar lo que buscamos.

¿Qué hay implícito en la disciplina? ¿Por qué nos disciplinamos, si es que lo hacemos? ¿Pueden ir juntas la disciplina y la inteligencia? Porque casi todos sienten que debemos, mediante alguna clase de disciplina, subyugar o dominar al bruto, a eso repugnante que hay en nosotros. ¿Y ese bruto, esa faz repugnante, ¿puede dominarse mediante la disciplina? ¿Qué entendemos por disciplina? Una línea de acción que promete una recompensa; una línea de acción que, si la seguimos, nos dará lo que deseamos, ya sea positivo o negativo. Una norma de conducta que, si se la pone en práctica de un modo diligente, asiduo y lleno de ardor, me dará al final lo que yo deseo. Puede que sea doloroso, pero estoy dispuesto a pasar por ello para conseguir lo que quiero. Es decir, al “yo” que es agresivo, egoísta, hipócrita, impaciente, miedoso -todo lo que sabéis-, a ese “yo” que es la causa del bruto en nosotros, lo queremos transformar, subyugar, destruir. ¿Y esto, cómo se va a hacer? ¿Ha de hacerse por medio de la disciplina, o de una comprensión inteligente del pasado del “yo”, de lo que es el “yo”, de cómo surge a la existencia, y todo lo demás? Es decir, ¿destruiremos al bruto en el hombre por medio de la coacción o por medio de la inteligencia? ¿Y es la inteligencia cuestión de disciplina? Olvidemos por ahora lo que han dicho los santos y todo el resto de la gente, y ahondemos el asunto por nosotros mismos, como si por primera vez considerásemos este problema; y entonces, al final, quizá podamos obtener algo  creador, no meras citas de lo que otras personas han dicho, todo lo cual es tan vano e inútil. Primero decimos que en nosotros hay conflicto: lo negro contra lo blanco, la codicia contra la “no codicia”, y todo lo demás. Yo soy codicioso, lo cual trae dolor; y para librarme de esa codicia, debo disciplinarme. Esto es, debo resistir cualquier forma de conflicto que me cause dolor, conflicto que en este caso llamo codicia. Luego digo que ello es antisocial, inmoral, que no es santo, y lo demás -las diversas razones de índole social y religiosa que damos para resistirle. ¿Nuestra codicia se destruye o se elimina por la coacción? Examinemos, en primer lugar, el proceso que implica la represión, la compulsión, el eliminar la codicia; el resistirle. ¿Qué ocurre cuando hacéis eso, cuando ofrecéis resistencia a la codicia? ¿Qué es eso que resiste a la codicia? Esa es la primera cuestión, ¿no es así? ¿Por qué ofrecéis resistencia a la codicia, y cuál es el ente que dice “yo” debo estar libre de codicia”? El ente que dice “yo debo estar libre”, es también codicia, ¿no es así? Porque hasta aquí la codicia le ha traído ventaja, pero ahora ella resulta penosa, y por lo tanto dice: “debo librarme de la codicia”. El motivo para librarse de ella continúa siendo un proceso de codicia, porque él quiere ser algo que no es. La “no codicia” es ahora provechosa, y por ello busco la “no codicia”; pero el móvil, la intención, sigue siendo el ser algo, el ser “no codicioso”, lo cual continúa siendo codicia, indudablemente. Y ello es asimismo una forma negativa de la acentuación del “yo”.

Encontramos, pues, que por diversas razones que son obvias, el ser codicioso causa dolor. Mientras disfrutamos de ello, mientras vale la pena ser codicioso, no hay problema. La sociedad nos estimula de diferentes maneras a ser codiciosos; también nos estimulan de diverso modo las religiones. Mientras resulta provechoso, mientras no causa dolor, proseguimos con ello. Pero no bien se vuelve penoso, deseamos resistirle. Esa resistencia es lo que llamamos “disciplina contra la codicia”. ¿Pero acaso nos libramos de la codicia por la resistencia, por la sublimación, por la represión? Cualquier acto por parte del “yo”, con el deseo de librarse de la codicia, sigue siendo codicia. Es evidente, por lo tanto, que ninguna reacción de mi parte respecto de la codicia es la solución. Antes que nada se necesita una mente serena, una mente no perturbada, para comprender cualquier cosa, especialmente algo que uno no conoce, algo en lo que la mente no puede penetrar: eso que el interlocutor dice que es Dios. Para comprender cualquier cosa, cualquier problema intrincado -de la vida de relación, cualquier problema, en realidad-, la mente necesita cierta serena profundidad. ¿Y a esa serena profundidad se llega por alguna forma de coacción? La mente superficial puede forzarse, hacerse serena; pero, sin duda, esa serenidad es la quietud de la decadencia, de la muerte. No es capaz de adaptabilidad, de flexibilidad, de sensibilidad. La resistencia, pues, no es el camino.

 Ahora bien, para ver eso se requiere inteligencia, ¿no es así? Comprender que la mente se embota con la coacción, es ya el principio de la inteligencia, ¿verdad? Lo es el ver que la disciplina es mera conformidad a una norma de acción, por obra del temor. Porque eso es lo que está implícito en el hecho de disciplinarnos a nosotros mismos: tememos no conseguir lo que deseamos. ¿Y qué ocurre cuando disciplináis la mente, cuando disciplináis vuestro ser? No hay duda -¿verdad?- de que él se torna muy duro, inflexible, falto de agilidad, inadaptable. ¿No conocéis personas que se han disciplinado, si es que tales personas existen? El resultado, evidentemente, es un proceso de decadencia. Hay un conflicto interior que uno echa a un lado, que uno oculta; pero siempre está ahí, candente.

Vemos, pues, que la disciplina, que es resistencia, crea un hábito, y el hábito, evidentemente, no puede ser productor de inteligencia: el hábito jamás lo es, la práctica jamás lo es. Podéis ser muy hábiles con los dedos practicando en el piano todo el día, haciendo algo con las manos; pero se requiere inteligencia para dirigir las manos, y ahora estamos investigando esa inteligencia. Si veis a alguien que consideráis feliz o que creéis ha “alcanzado”, y él hace ciertas cosas, vosotros, deseando esa felicidad, lo imitáis. Esa imitación se llama disciplina, ¿no es así? Imitamos a fin de recibir lo que otro tiene; copiamos a fin de ser felices, como nos figuramos que él es. ¿La felicidad se encuentra por medio de la disciplina? Y poniendo en práctica cierta regla, practicando cierta disciplina, una norma de conducta, ¿sois libres alguna vez? Para descubrir, tiene sin duda que haber libertad, ¿no es así? Si habéis de descubrir algo, debéis ser interiormente libres, lo cual es obvio. ¿Acaso sois libres dirigiendo vuestra mente de un modo determinado, cosa que llamáis disciplina? No lo sois, evidentemente. Sois una simple máquina de repetir; resistís de acuerdo con cierta conclusión, con cierto modo de conducta. La libertad, pues, no puede llegar por medio de la disciplina. La libertad sólo puede surgir con la inteligencia; y esa inteligencia se despierta, o tenéis esa inteligencia, tan pronto veis que cualquier forma de coacción niega la libertad, interior o externa.

 De modo que el primer requisito -no se trata de disciplina- es evidentemente la libertad; y sólo la virtud brinda esa libertad. La codicia es confusión; la ira es confusión, la aspereza es confusión. Cuando eso lo veis, es evidente que ya estáis libres de tales cosas. No es que vayáis a resistirles; veis que sólo siendo libres podéis descubrir, que ninguna forma de coacción es libertad, y que así no hay descubrimiento. Lo que la virtud hace, es daros libertad. La persona que no es virtuosa está confundida; ¿y cómo podéis descubrir cosa alguna en medio de la confusión? ¿Cómo lo podréis? La virtud no es, pues, el producto final de una disciplina; la virtud es libertad, y la libertad no puede surgir mediante acción alguna que no sea virtuosa, que no sea verdadera en sí misma. Nuestra dificultad consiste en que la mayoría de nosotros hemos leído tanto, hemos seguido superficialmente tantas disciplinas: levantarnos todas las mañanas a cierta hora, sentarnos en cierta postura, tratando de dominar la mente de cierta manera. Ya lo sabéis: práctica, práctica, disciplina. Porque se os ha dicho que si hacéis esas cosas durante un cierto número de años, al final tendréis a Dios. Puede que yo lo exprese con crudeza, pero esa es la base de nuestro pensar. Pero Dios, a buen seguro, no llega con tanta facilidad. Dios no es artículo negociable: yo hago esto y tú me das aquello. La mayoría de nosotros está tan condicionada por influencias externas, por doctrinas religiosas, por creencias y por nuestra propia exigencia íntima de llegar a algo, de ganar algo, que es muy difícil para nosotros pensar de un modo nuevo sobre este problema, sin hacerlo en términos de disciplina. Primero debemos ver muy claramente lo que implica la disciplina, cómo contrae la mente, cómo la limita, cómo la obliga a una acción determinada por obra de nuestro deseo, de las influencias y de todo lo demás. Y no es posible que una mente condicionada sea libre, por “virtuoso” que sea ese “condicionamiento”; y ella, por lo tanto, no puede comprender la realidad. Y Dios, la realidad, o como os plazca llamarle -el nombre no importa- sólo puede manifestarlo cuando hay libertad; y no hay libertad donde hay coacción, positiva o negativa, por causa del temor. No hay libertad si buscáis un fin, porque ese fin os ata. Puede que estéis libres del pasado, pero el futuro os retiene; y eso no es libertad. Y sólo en la libertad puede uno descubrir algo: una nueva idea, un sentimiento nuevo, una nueva percepción. Y toda forma de disciplina basada en la coacción niega esa libertad, ya sea política o religiosa. Y puesto que la disciplina -que es adaptación a una acción con un fin en vista- ata la mente, ésta nunca puede ser libre. Sólo puede funcionar dentro de ese surco, a semejanza de un disco de fonógrafo.

De suerte que por la práctica, por el hábito, por el cultivo de un ideal, la mente sólo logra el objetivo que tiene en vista. No es libre, por lo tanto; no puede realizar aquello que es inconmensurable. La comprensión de ese proceso total, de por qué os disciplináis constantemente de acuerdo con la opinión pública; con ciertos santos; -eso de adaptarse a la opinión, ya sea la de un santo o la del vecino, pues lo mismo da-; el darse cuenta de toda esa conformidad por medio de la práctica, de los modos sutiles de someteros, de negar, de afirmar, de reprimir, de sublimar, todo lo cual implica adaptación a un modelo: el darse cuenta de todo eso es ya el principio de la libertad, de la cual surge la virtud. La virtud, por cierto, no es el cultivo de una idea en particular. La “no codicia”, por ejemplo, si se la persigue como un fin, ya no es virtud, ¿verdad? En otras palabras, ¿sois virtuosos si tenéis conciencia de no ser codiciosos? Y, sin embargo, eso es lo que hacemos por medio de la disciplina.

 La disciplina, la conformidad, la práctica, no hacen más que acentuar la autoconciencia de ser algo. La mente practica la “no codicia”, y, por lo tanto, no está libre de su propia conciencia de ser “no codiciosa”; ella no es, pues, en realidad, “no codiciosa”. Lo que ha hecho es ponerse un nuevo manto, que denomina “no codicia”. Podemos ver el proceso total de todo esto: la “motivación, el deseo de un resultado, la adaptación a un modelo, el deseo de seguridad siguiendo una norma; todo eso no es más que el movimiento do lo conocido a lo conocido, siempre dentro de los límites del proceso por el que la mente se aprisiona a sí misma. El ver todo eso, el captarlo, es el principio de la inteligencia, y la inteligencia no es en sí virtuosa ni “no virtuosa”; no se la puede acomodar dentro de un molde en calidad de virtud o de “no virtud”. La inteligencia trae libertad, que no es libertinaje ni desorden. Sin esa inteligencia no puede haber virtud; y la virtud da libertad, y en la libertad surge la realidad. Si veis todo el proceso integralmente, en su totalidad, descubriréis que no hay conflicto.  Es porque estamos en conflicto, y porque deseamos escapar a ese conflicto, que recurrimos a diversas formas de disciplinas, abnegaciones y ajustes. Mas cuando vemos lo que es el proceso del conflicto, ya no hay problema de disciplina porque entonces comprendemos de instante en instante las modalidades del conflicto. Eso requiere estar muy alerta, una vigilancia incesante; y lo curioso de ello es que, aunque no os vigiléis de continuo, interiormente continúa un proceso de registro, una vez que la intención existe. La sensibilidad -la sensibilidad interior- registra toda impresión a cada instante, de modo que lo interno proyectará esas impresiones en el momento en que estemos serenos. Por consiguiente, no se trata de disciplina. La sensibilidad jamás puede manifestarse por la fuerza. Podéis obligar a un niño a hacer algo, sentarlo en un rincón, y puede que él esté quieto; pero en su fuero intimo estará furioso, mirando por la ventana, haciendo algo para escaparse. Eso es lo que seguimos haciendo. De suerte que el problema de la disciplina, y el de decidir quién está en lo cierto y quién está equivocado, sólo uno mismo puede resolverlo.

Observad que tememos equivocarnos porque deseamos tener éxito. El temor está en lo profundo del deseo de ser disciplinado; pero lo desconocido no puede ser atrapado en la red de la disciplina. Todo lo contrario. Lo desconocido requiere libertad, no el molde de vuestra mente. Por eso es que la tranquilidad de la mente es esencial. Cuando la mente es consciente de que está tranquila, deja de estarlo; cuando es consciente de ser “no codiciosa” de que está libre de codicia, se reconoce a sí misma en su nuevo atavío de “no codicia”; pero eso no es quietud. Por tal motivo debe uno también comprender el problema que implica este asunto de la persona que reprime y aquello que es reprimido. No son, por cierto, fenómenos separados, sino un fenómeno conjunto: el dominador y lo dominado son uno solo.

 

PREGUNTAS Y RESPUESTAS - J.K. - 4. EL CONOCIMIENTO

 4. EL CONOCIMIENTO 

Pregunta: De todo lo que usted ha dicho, saco la conclusión definida de que la erudición y el saber son impedimentos. ¿Para qué son impedimentos? 

KRISHNAMURTI: Evidentemente, el saber y la erudición son impedimentos para la comprensión de lo nuevo, de lo atemporal, de lo eterno. El desarrollo de una técnica perfecta no os hace creadores. Puede que sepáis pintar maravillosamente, que poseáis la técnica; mas no es seguro que seáis creadores en materia de pintura. Tal vez sepáis escribir poemas técnicamente perfectos, pero es posible que no seáis poetas. Ser poeta significa -¿no es así?- tener capacidad para recibir lo nuevo, ser lo bastante sensible para responder a algo nuevo, a la lozanía de lo nuevo. Pero en la mayoría de nosotros el saber o la erudición se han convertido en afición, y creemos que por el hecho de saber seremos creadores. Una mente que está repleta, encajada en hechos, en conocimientos, ¿será capaz de recibir algo nuevo, súbito, espontáneo? Si vuestra mente está atestada de lo conocido, ¿queda en ella espacio alguno para recibir algo que sea de lo desconocido? Sin duda, el saber es siempre de lo conocido; y con lo conocido tratamos de comprender lo desconocido, algo que es inconmensurable. Tomad, por ejemplo, una cosa muy corriente que nos sucede a la mayoría de nosotros. Aquellos que son religiosos -sea cual fuere por el momento el significado de esa palabra- tratan de imaginarse lo que es Dios, o de pensar en lo que es Dios. Han leído innumerables libros, han leído acerca de las experiencias de los diversos santos, de los Maestros, “mahatmas”, y todo lo demás, y procuran imaginarse o sentir lo que es esa experiencia ajena. En otras palabras: con lo conocido tratáis de enfocar lo desconocido”. ¿Podéis hacerlo? ¿Podéis pensar en algo que no es cognoscible? Sólo podéis pensar en algo que conocéis. Pero en el mundo actual ocurre esta extraordinaria perversión: creemos que habremos de comprender si poseemos más información más libros, más hechos, más material impreso.

Para darnos cuenta de algo que no sea la proyección de lo conocido, hay que eliminar lo conocido mediante la comprensión de su proceso. ¿Por qué es que la mente se aferra siempre a lo conocido? ¿No es porque constantemente busca certidumbre, seguridad? Su naturaleza misma está asentada en lo conocido, en el tiempo; ¿y cómo puede una mente así, cuyo fundamento mismo se sustenta en el pasado, en el tiempo, tener la vivencia de lo eterno? Tal vez conciba, formule o imagine lo desconocido, pero todo eso es absurdo. Sólo cuando lo conocido se comprende, se disuelve y se desecha, puede surgir lo desconocido. Y eso es difícil en extremo, porque no bien tenéis una vivencia de algo, la mente la traduce en términos de lo conocido y la reduce al pasado. No sé si habéis notado que cada vivencia es traducida de inmediato a lo conocido; recibe un nombre se la clasifica y se la registra. Así, pues, el saber es la actividad de lo conocido. Y es obvio que tal saber, tal erudición, es un obstáculo.

 Suponed que nunca hubierais leído un libro sobre religión o psicología, y que tuvierais que hallar el sentido, la significación de la vida. ¿Cómo emprenderíais la tarea? Suponed que no hubiera Maestros, ni organizaciones religiosas, ni Buda, ni Cristo, y tuvierais que empezar desde el principio. ¿Cómo emprenderíais la tarea? Tendríais primero que comprender el proceso de vuestro pensar -¿no es así?- y no proyectaros vosotros mismos, vuestro pensamiento, en lo por venir, creando un Dios que os agrade; eso sería demasiado pueril. En primer término, pues, tendríais que comprender el proceso de vuestro pensar. Esa, a no dudarlo, es la única manera de descubrir algo nuevo, ¿no es cierto? Cuando decimos que la erudición o el saber es un impedimento, un estorbo, no incluimos el conocimiento técnico: cómo guiar un coche, cómo hacer funcionar una máquina; tampoco incluimos la eficiencia que trae ese conocimiento. Tenemos en vista una cosa muy distinta: el sentimiento de felicidad creadora que ninguna suma de conocimientos o de erudición puede traer. Y, ser creador en el sentido cabal y verdadero de la palabra, es estar libre del pasado, de instante en instante. Porque es el pasado lo que siempre oscurece el presente. Limitarse a depender de la información, de las experiencias ajenas, de lo que alguien haya dicho, por grande que él sea, y tratar de que nuestra acción se aproxime a eso; todo eso es conocimiento, ¿verdad? Mas para descubrir cualquier cosa nueva debéis empezar por vosotros mismos; tenéis que emprender un viaje completamente despojados de todo, especialmente de conocimientos. Porque es muy fácil tener experiencias como resultado de la creencia y del saber, pero esas experiencias no son sino el producto de la autoproyección, y, por lo tanto, absolutamente falsas e ilusorias. Y si habéis de descubrir por vosotros mismos qué es lo nuevo, lo creador, de nada sirve que carguéis con el peso de lo viejo, sobre todo del saber; el saber de otra persona, por grande que ella sea. Vosotros hacéis uso del saber como medio de autoprotección, de seguridad, y queréis estar enteramente seguros de que tendréis las mismas experiencias de Buda, de Cristo o de X. Pero es obvio que el hombre que constantemente se protege a sí mismo por medio del saber, no es un buscador de la verdad.

No hay camino que conduzca al descubrimiento de la verdad. Debéis lanzaros al mar inexplorado, lo cual no es para deprimiros ni implica intrepidez. Cuando queréis descubrir algo nuevo, por cierto, cuando experimentáis con alguna cosa, vuestra mente tiene que estar muy serena, ¿no es así? Pero si vuestra mente está abarrotada, llena de hechos y conocimientos, éstos actúan como un estorbo para lo nuevo; y la dificultad, para la mayoría de nosotros, estriba en que la mente ha llegado a ser tan importante, de tan predominante significación, que ella obstaculiza de continuo a todo lo que pueda ser nuevo, a todo lo que pueda existir simultáneamente con lo conocido. Así, pues, el saber y la erudición son obstáculos para los que quisieran buscar, para los que quisieran tratar de comprender lo atemporal. 

PREGUNTAS Y RESPUESTAS - J.K. - 3. ¿SE NECESITAN INSTRUCTORES ESPIRITUALES? -

 3. ¿SE NECESITAN INSTRUCTORES ESPIRITUALES? 

Pregunta: Dice usted que los ‘gurús’ o ‘guías espirituales’ son innecesarios, ¿pero cómo puedo yo encontrar la verdad sin la sabia guía y ayuda que sólo un ‘gurú’ puede brindar?

KRISHNAMURTI: Se trata de saber si un ‘gurú’ es necesario o no. ¿Puede hallarse la verdad por intermedio de otro? Algunos dicen que sí se puede, y otros dicen que no. Queremos conocer la verdad acerca de esto, no mi opinión como contraria a la opinión de otro. En este asunto yo no tengo opinión. O es así, o no lo es. Que sea esencial el que tengáis o no un ‘gurú’, no es cuestión de opinión. La verdad en este asunto no depende de opiniones, por profundas, eruditas o universales que sean. La verdad sobre la materia ha de ser descubierta, en realidad. En primer lugar, ¿por qué queremos un ‘gurú’? Decimos que queremos un ‘gurú’ porque estamos confusos, y él resulta provechoso: él señalará qué es la verdad, nos ayudará a comprender, sabe mucho más acerca de la vida que nosotros, actuará como un padre, como un maestro para enseñarnos a vivir; posee vasta experiencia, y nosotros muy poca; nos ayudará gracias a su mayor experiencia, y así sucesivamente. Es decir, fundamentalmente, recurrís a un instructor porque estáis confusos. Si en vosotros hubiese claridad, no os aproximaríais a un ‘gurú’. Es evidente que si fuerais profundamente felices, si no hubiera problemas, si comprendieseis la vida completamente, no recurriríais a ningún ‘gurú’. Espero que veáis el significado de esto. Es porque estáis confusos que buscáis un instructor. Acudís a él para que os muestre un camino en la vida, para que disipe vuestra confusión, para hallar la verdad. Escogéis vuestro ‘gurú’ porque estáis confusos, y esperáis que él os dé lo que pedís. Es decir, elegís un ‘gurú’ que satisfaga vuestro deseo; escogéis de acuerdo con la satisfacción que él os brindará, y vuestra elección depende de vuestra satisfacción. No escogéis un ‘gurú’  que diga “depended de vosotros mismos”; lo escogéis según vuestros prejuicios. Y puesto que escogéis vuestro ‘gurú’ según la satisfacción que os brinda, no buscáis la verdad sino una salida de la confusión; y a la salida de la confusión se le llama equivocadamente “verdad”.

Examinemos primero esta idea de que un ‘gurú’ pueda disipar nuestra confusión. ¿Es que puede alguien disipar nuestra confusión? La confusión es el producto de nuestras reacciones. Nosotros la hemos creado. ¿Creéis que alguna otro persona haya causado estas miserias, esta batalla en todos los niveles de la existencia, interna y externamente? Ella es el resultado de nuestra propia falta de conocimiento de nosotros mismos. Es porque no nos comprendemos a nosotros mismos, porque no comprendemos nuestros conflictos, nuestras reacciones, nuestras miserias, que recurrimos a un ‘gurú’, el cual, según creemos, nos ayudará a librarnos de esa confusión. Sólo podemos comprendernos a nosotros mismos en relación con el presente; y esa relación misma es el ‘gurú’, no alguien de afuera. Si no comprendo esa relación, cualquier cosa que el ‘gurú’ diga resulta inútil; porque  si no comprendo la vida de relación -mi relación con la propiedad, la gente, las ideas-, ¿quién puede resolver el conflicto dentro mí? Para resolver ese conflicto, debo comprenderlo yo mismo, lo cual significa que debo darme cuenta de mí mismo en las relaciones. Para comprender, no es necesario ningún ‘gurú’. Si no me reconozco a mí mismo, ¿para qué sirve un ‘gurú’? Tal como un dirigente político es elegido por los que están en confusión -y cuya elección es también confusa- así yo elijo un ‘gurú’. Sólo puedo elegirlo conforme a mi confusión; de ahí que, como el dirigente político, él está confuso. Lo importante, pues, no es quién está en lo cierto, si yo o los que dicen que un ‘gurú’ es necesario, sino el descubrir por qué necesitáis un ‘gurú’. Los ‘gurús’ existen para diversas clases de explotación, pero eso no viene al caso. Os brinda satisfacción que alguien os diga que estáis progresando. Pero el descubrir por qué necesitáis un ‘gurú’: ahí está la clave. Otro puede señalar el camino; pero vosotros tenéis que hacer todo el trabajo, aun cuando tengáis un ‘gurú’. Como no queréis enfrentaros con eso, descargáis en el ‘gurú’ la responsabilidad. El ‘gurú’ se vuelve inútil cuando existe una partícula de conocimiento propio. Ningún ‘gurú’, ningún libro ni escritura puede daros conocimiento propio; éste llega cuando os dais cuenta de vosotros mismos en vuestras relaciones. Ser, es estar relacionado; no comprender nuestras relaciones es desgracia, lucha. No daros cuenta de vuestra relación con la propiedad, es una de las causas de confusión. Si no conocéis vuestra verdadera relación con los bienes, por fuerza tiene que haber conflicto, lo cual acrecienta el conflicto en la sociedad. Si no comprendéis la relación entre vosotros y vuestra esposa, entre vosotros y vuestro hijo, ¿cómo puede otra persona resolver el conflicto que surge de esa relación? Algo análogo ocurre tratándose de nuestra relación con las ideas, las creencias, y los demás. Estando confusos en vuestra relación con las personas, con los bienes, con las ideas, buscáis un ‘gurú’. Si él es un verdadero ‘gurú’, os dirá que os comprendáis a vosotros mismos. Vosotros sois la fuente de todo malentendido, desavenencia y confusión; y sólo podéis resolver ese conflicto cuando os comprendáis a vosotros mismos en la vida de relación.

No podéis hallar la verdad por intermedio de nadie. ¿Cómo lo podríais? La verdad, por cierto, no es cosa estática; no tiene morada fija; no es un fin, una meta. Por el contrario, ella es viviente, dinámica, alerta, animada. ¿Cómo podría ser un fin? Si la verdad es un punto fijo, ya no es la verdad; es entonces una mera opinión. La verdad es lo desconocido, y una mente que busca la verdad jamás la encontrará. Porque la mente está formada de lo conocido; es el resultado del pasado, del tiempo, cosa que podéis observar por vosotros mismos. La mente es el instrumento de lo conocido, y de ahí que no puede hallar lo desconocido; sólo puede moverse de lo conocido a lo conocido. Cuando la mente busca la verdad, la verdad sobre la que ha leído en libros, esa “verdad” es autoproyectada; pues entonces la mente sólo anda en busca de lo conocido, de algo “conocido” más satisfactorio que lo anterior. Cuando la mente busca la verdad, lo que busca es una proyección de sí misma, no la verdad. Un ideal, después de todo, es  autoproyectado; es ficticio, irreal. Lo real es aquello que es, no lo opuesto. Pero una mente que busca la realidad, Dios, busca lo ya concebido, lo conocido. Cuando pensáis en Dios, vuestro Dios es la proyección de vuestra propia concepción, el resultado de influencias sociales. Sólo podéis pensar en lo conocido; no podéis pensar en lo desconocido, no podéis concentraros en la verdad. En el momento en que pensáis en lo desconocido, ello es simplemente lo conocido, una proyección de “mí mismo”. En Dios o en la verdad no se puede pensar. Si pensáis al respecto, no es la verdad. La verdad no puede buscarse: ella viene a nosotros. Sólo podéis ir en pos de lo que es conocido. Cuando la mente no está torturada por lo conocido, por los efectos de lo conocido, sólo entonces la verdad puede revelarse. La verdad está en toda hoja, en toda lágrima; ha de ser captada de instante en instante. Nadie puede conduciros a la verdad; y si alguien os conduce, sólo puede ser a lo conocido.

La verdad sólo puede venir a la mente que está vacía de lo conocido. Adviene en un estado en el cual lo conocido está ausente, no actúa. La mente es el almacén de lo conocido, el residuo de lo conocido; y para que la mente se halle en ese estado en que lo desconocido se manifiesta; ella debe darse cuenta de sí misma, de sus experiencias anteriores, conscientes así como inconscientes, de sus respuestas, reacciones y estructura. Cuando hay completo conocimiento de uno mismo, entonces lo conocido tiene fin y la mente está del todo vacía de lo conocido. Sólo entonces la verdad puede venir a vosotros, sin que la invitéis. La verdad no pertenece a vosotros ni a mí. No podéis rendirle culto. No bien es conocida, ella es irreal. El símbolo no es la realidad, la imagen no es lo real; mas cuando hay comprensión de uno mismo, cesación “yo”, entonces adviene lo eterno.


PREGUNTAS Y RESPUESTAS - J.K. - 2- EL NACIONALISMO -

 2. EL NACIONALISMO 

Pregunta: ¿Qué es lo que viene cuando el nacionalismo se va? 

KRISHNAMURTI: La inteligencia, evidentemente. Pero temo que eso no sea lo que esta pregunta implica. Lo que ella implica es esto: ¿qué es lo que puede substituir al nacionalismo? Ninguna substitución es acto que traiga inteligencia. Si abandono una religión y me adhiero a otra, o dejo un partido político para ingresar más tarde en alguna otra cosa, esta constante substitución indica un estado en el que no hay inteligencia.

¿Cómo nos libramos del nacionalismo? Sólo comprendiendo plenamente lo que él implica, examinándolo, captando su significación en la acción externa e interna. En lo externo, él causa divisiones entre los hombres, clasificaciones, guerras y destrucción, lo cual es obvio para cualquiera que sea observador. En el fuero íntimo, psicológicamente, esta identificación con lo más grande, con la patria, con una idea, es evidentemente una forma de autoexpansión. Viviendo en una pequeña aldea, o en una gran ciudad, o donde sea, yo no soy nadie; pero si me identifico con lo más grande, con el país, si me llamo a mí mismo hindú, ello halaga mi vanidad, me brinda satisfacción, prestigio, una sensación de bienestar; y esa identificación con lo más grande, que es una necesidad psicológica para los que sienten que la expansión del “yo” es esencial, engendra asimismo conflicto, lucha entre los hombres. De suerte que el nacionalismo no sólo causa conflictos externos, sino frustraciones íntimas; y cuando uno comprende el nacionalismo, todo el proceso del nacionalismo, éste se desvanece. La comprensión del nacionalismo llega mediante la inteligencia. Es decir, observando cuidadosamente, penetrando el proceso integro del nacionalismo, del patriotismo, surge de ese examen la inteligencia; y entonces no se produce la substitución del nacionalismo por alguna otra cosa. En el momento en que reemplazáis el nacionalismo por la religión, la religión se convierte en otro medie, de autoexpansión, en una fuente más de ansiedad psicológica, en un medio de alimentarse uno mismo con una creencia. Por lo tanto, cualquier forma de substitución, por noble que sea, es una forma de ignorancia. Es como alguien que substituyera el fumar por la goma de mascar o el fruto del betel. En cambio, si uno comprende realmente, y en su totalidad, el problema del fumar, de los hábitos, sensaciones, de las exigencias psicológicas y todo lo demás, el vicio de fumar desaparece. Sólo podéis comprender cuando hay un desarrollo de la inteligencia, cuando la inteligencia funciona; y la inteligencia no funciona cuando hay substitución. La substitución es simplemente una forma de autosoborno, de incitaros a que no hagáis esto pero sí hagáis aquello. El nacionalismo -con su veneno, sus miserias y la lucha mundial que acarrea- sólo desaparece cuando hay inteligencia, y la inteligencia no surge por el mero hecho de pasar exámenes y estudiar libros. La inteligencia surge cuando comprendemos los problemas a medida que se presentan. Cuando hay comprensión del problema en sus diferentes niveles -no sólo en la parte externa sino de lo que él implica en su aspecto interno, psicológico-, entonces, en ese proceso, la inteligencia se manifiesta. Cuando hay, pues, inteligencia, no hay substitución; y cuando hay inteligencia desaparece el nacionalismo, el patriotismo, que es una forma de estupidez.


PREGUNTAS Y RESPUESTAS - J.K. - 1 - LA CRISIS ACTUAL -

 PREGUNTAS Y RESPUESTAS 

1. LA CRISIS ACTUAL 

Pregunta: Dice usted que la crisis actual es sin precedentes. ¿En qué sentido es excepcional?

KRISHNAMURTI: Es evidente que la crisis actual en el mundo entero es excepcional, sin precedentes. A través de la historia, ha habido crisis de diferentes tipos en diferentes períodos, crisis sociales, nacionales, políticas. Las crisis vienen y pasan; los recesos económicos, las depresiones, se producen, se modifican y continúan en forma diferente. Eso lo sabemos; el proceso nos resulta conocido. La crisis actual es sin duda diferente, ¿verdad? Es diferente, ante todo, porque no se trata de dinero, de cosas tangibles, sino de ideas. La crisis es excepcional porque ella ocurre en el campo de la ideación. Reñimos por ideas, justificamos el asesinato. En todas partes del mundo, justificamos el asesinato como medio para un fin recto, lo cual, de por sí, es sin precedentes. Antes, el mal era reconocido como mal, el asesinato era reconocido como asesinato; pero ahora el asesinato es un medio de lograr un resultado noble. El asesinato, ya sea de una persona o de un grupo de personas, se ve justificado porque el asesino, o el grupo que el asesino representa, lo justifica como medio de logras un resultado que será beneficioso para el hombre. Es decir, sacrificamos el presente por el futuro; y no importan los medios que empleemos mientras nuestro propósito declarado sea alcanzar un resultado que, según decimos, será beneficioso para el hombre. Lo que ello implica, por lo tanto, es que un mal medio producirá un fin bueno; y el mal medio lo justificáis por la ideación. En las diversas crisis que antes se produjeron, el problema fue la explotación de las cosas o del hombre; ahora es la explotación de las ideas, que es mucho más perniciosa, mucho más peligrosa, porque la explotación de las ideas es sumamente devastadora, destructiva. Ahora hemos aprendido el poder de la propaganda, y esa es una de las mayores calamidades que puedan ocurrir: utilizar las ideas como medio de transformar al hombre. Eso es lo que hoy está sucediendo en el mundo. El hombre no importa; los sistemas, las ideas han llegado a ser lo importante. El hombre ya no tiene significación alguna. Podemos destruir millones de hombres mientras produzcamos un resultado, y al resultado se lo justifica por las ideas. Tenemos una magnifica estructura de ideas para justificar el mal; y eso, por cierto, no tiene precedentes. El mal es el mal; no puede traer el bien. La guerra no es un medio de paz. La guerra podrá producir beneficios secundarios, tales como aeroplanos más eficaces, pero no traerá paz al hombre. A la guerra se la justifica intelectualmente como medio de alcanzar la paz; cuando el intelecto manda en la vida humana, acarrea una crisis sin precedentes. Hay también otras causas que indican una crisis sin precedentes. Una de ellas es la extraordinaria importancia que el hombre da a los valores sensorios, a la propiedad, al nombre, a la casta, a la patria, y al rótulo particular que ostenta. Sois musulmanes o hindúes, cristianos o comunistas. El nombre y la propiedad, la casta y el país, han adquirido predominante importancia, lo cual significa que el hombre está atrapado en el valor sensual, en el valor de las cosas, sean ellas producto de la mente o de la mano. Las cosas hechas por la mano o por la mente han llegado a ser tan importantes, que nos matamos, nos destruimos, nos descuartizamos, nos liquidamos unos a otros por causa de ellas. Estamos acercándonos al borde de un precipicio; toda acción nos conduce hacia él, toda acción política, toda acción económica, nos lleva inevitablemente al precipicio, arrastrándonos a ese abismo de caos y confusión. La crisis, pues, es sin precedentes, y ella exige una acción sin precedentes. Para apartarse, para salirse de esa crisis, se necesita una acción creadora, atemporal, una acción que no se base en ideas, en sistemas; porque toda acción basada en un sistema, en una idea, inevitablemente conducirá a la frustración. Semejante acción no hace más que llevarnos de vuelta al abismo por diferente ruta. Como la crisis no tiene precedentes, también es preciso que haya acción sin precedentes, lo cual significa que la regeneración del individuo debe ser instantánea, no un proceso de tiempo. Debe producirse ahora, no mañana; porque “mañana” es un proceso de desintegración. Si pienso en transformarme mañana, fomento la confusión, sigo en la esfera de la destrucción. ¿Es posible cambiar ahora mismo? ¿Es posible que uno se transforme completamente en seguida, en el ahora? Yo digo que si lo es.

La cuestión es que, como la crisis es de carácter excepcional, para enfrentarla tiene que haber una revolución en el pensamiento; y esta revolución no puede producirse por intermedio de otra persona, de ningún libro, de ninguna organización. Debe llegar a través de nosotros mismos, de cada uno de nosotros. Sólo entonces podremos crear una nueva sociedad, una nueva estructura alejada de este horror, ajena a estas fuerzas extraordinariamente destructivas que se están acumulando, amontonando. Y esa transformación ocurre tan sólo cuando vosotros, como individuos, empezáis a daros cuenta de vosotros mismos en todo pensamiento, acción y sentimiento. 

CAPÍTULO 21 - J.K. - EL PODER Y LA COMPRENSIÓN -

 CAPÍTULO XXI 

EL PODER Y LA COMPRENSIÓN 

Vemos que es necesario un cambio radical en la sociedad, en nosotros mismos, en nuestras relaciones individuales y de grupos. ¿Cómo se lo habrá de producir? Si el cambio es mediante la adaptación a un modelo proyectado por la mente, mediante un plan razonable, bien estudiado, entonces sigue estando dentro del ámbito de la mente; por lo tanto, sea lo que fuere que la mente proyecte, ello se convierte en el fin, en la visión por la cual estamos dispuestos a sacrificarnos a nosotros mismos y a los demás. Si sostenéis eso, de ahí se desprende que nosotros, como seres humanos, somos mera creación de la mente, lo cual implica conformismo, compulsión, brutalidad, dictaduras, campos de concentración -todo ese tipo de cosas. Cuando rendimos culto a la mente, todo ello va implícito, ¿no es así? Si eso lo comprendo, si veo la inutilidad de la disciplina, de la dominación, si veo que las diversas formas de represión sólo refuerzan el “yo” y el “mío’ ¿qué debo hacer entonces?

Para considerar este problema plenamente debemos examinar la cuestión de lo que es la conciencia. Me pregunto si habéis pensado en él por vosotros mismos o sólo habéis citado lo que las autoridades han dicho acerca de la conciencia. No sé cómo habéis comprendido por experiencia propia, por vuestro propio estudio de vosotros mismos, que es lo que la conciencia implica, no sólo la conciencia de la actividad y empeños cotidianos, sino la conciencia oculta, más profunda, más rica y mucho más difícil de alcanzar. Si es que hemos de discutir esta cuestión de un cambio fundamental en nosotros mismos y por consiguiente en el mundo, y con este cambio hemos de despertar cierta visión, un entusiasmo, fervor, una fe, esperanza, una certeza que nos dé el ímpetu necesario para la acción, ¿no resulta necesario, si hemos de comprender eso, examinar esta cuestión de la conciencia? Podemos ver qué entendemos por conciencia en el nivel superficial de la mente. Es evidente que ella es el proceso de pensar, el pensamiento. El pensamiento es el resultado de la memoria, de la verbalización, es el nombrar, registrar y almacenar ciertas experiencias para poder comunicarse; y en este nivel también hay diversas inhibiciones, dominio, sanciones, disciplinas. Todo esto nos resulta bastante conocido. Y, cuando ahondamos un poco más, están todas las acumulaciones de la raza, los móviles ocultos, las ambiciones colectivas y personales, los prejuicios, que son el resultado de la percepción, contacto y deseo. Esta conciencia total, la oculta a la vez que la perceptible, está centralizada en torno de la idea del “yo”, del “mí mismo”. Cuando discutimos cómo producir un cambio, generalmente nos referimos a un cambio en el nivel superficial, ¿no es así? Por medio de determinaciones, conclusiones, creencias, controles, inhibiciones, luchamos por alcanzar un fin superficial que deseamos, que anhelamos, y esperamos llegar a eso con la ayuda de lo inconsciente, de las capas más profundas de la mente; por lo tanto, creemos necesario poner al descubierto las profundidades de uno mismo. 

Pero hay un eterno conflicto entre los niveles superficiales y los niveles llamados más profundos; todos los psicólogos, todos los que han buscado el conocimiento propio, se dan plena cuenta de eso.

¿Traerá un cambio este conflicto interior? ¿Y no es esa la cuestión más fundamental e importante de nuestra vida diaria: cómo producir un cambio radical en nosotros mismos? ¿Lo traerá la mera alteración en el nivel superficial? El comprender las diferentes capas de la conciencia, del “yo”, el sacar a luz el pasado, las diversas experiencias personales desde la infancia hasta ahora, examinando en mí mismo las experiencias colectivas de mi padre, mi madre, mis antepasados, mi raza, el condicionamiento de la sociedad determinada en que vivo, ¿traerá el análisis de todo eso un cambio que no sea mera adaptación?

 En mi sentir, y seguramente también en el vuestro, un cambio fundamental en la propia vida es esencial; un cambio que no sea una mera reacción ni el resultado de la presión y compulsión de las exigencias ambientales. ¿Y cómo se habrá de producir semejante cambio? Mi conciencia es la suma total de la experiencia humana, más mi contacto particular con el presente; ¿y es que eso puede producir un cambio? El estudio de mi propia conciencia, de mis actividades, la comprensión de mis pensamientos y sentimientos, y el aquietar la mente a fin de observar sin condenación, ¿ese proceso traerá un cambio? ¿Puede haber cambio mediante la creencia, la identificación con una imagen proyectada que se llama el ideal? ¿Todo esto no implica cierto conflicto entre lo que soy y lo que yo debiera ser? ¿Y acaso el conflicto traerá un cambio fundamental? Estoy en una constante batalla dentro de mí mismo y con la sociedad, ¿no es cierto? Hay un conflicto incesante entre lo que soy y lo que deseo ser; ¿y este conflicto, esta lucha, traerá acaso un cambio? Veo que un cambio es esencial; ¿y acaso puedo lograrlo examinando todo el proceso de mi conciencia, luchando, disciplinándome, practicando diversas formas de represión? Tal proceso, en mi sentir, no puede producir un cambio radical. De esto hay que estar completamente seguro. Y si ese proceso no puede traer una transformación fundamental, una profunda revolución interior, ¿qué la traerá entonces?

¿Cómo habréis de lograr la verdadera revolución? ¿Cuál es el poder, la energía creadora que produce esa revolución y cómo se le ha de liberar? Habéis probado las disciplinas habéis probado el seguir ideales y diversas teorías especulativas: que sois Dios, y que si podéis realizar esa divinidad o tener la experiencia del “atman”, de lo supremo o de lo que os plazca, entonces esa comprensión misma traerá un cambio fundamental. ¿Será ello así? Primero postuláis que hay una realidad de la que formáis parte, y en torno de ella elaboráis diversas teorías, especulaciones, creencias, doctrinas, suposiciones, de acuerdo con las cuales vivís; y pensando y actuando conforme a esa norma, esperáis producir un cambio fundamental. ¿Lo conseguiréis?

 Vosotros dais por sentado, supongamos, como lo hace la mayoría de la gente llamada religiosa, que en lo hondo de vosotros, fundamentalmente, está la esencia de la realidad; y que si cultivando la virtud, por medio de diversas formas de disciplina, de dominio, de represión, de negación, de sacrificio, podéis poneros en contacto con esa realidad, la necesaria transformación se producirá entonces. ¿No sigue formando parte del pensamiento esa suposición? ¿No proviene ella de una mente condicionada, de una mente que ha sido educada para pensar de determinada manera, según ciertas normas? Habiendo creado la imagen, la idea, la teoría, la creencia, la esperanza, esperáis entonces de vuestra creación que produzca este cambio radical.

Debe uno ver primero, pues, las actividades en extremo sutiles del “yo”, de la mente. Es preciso darse cuenta de las ideas, creencias, especulaciones, y dejarlas todas de lado; porque en realidad ellas son engaños, ¿no es cierto? Puede que otros hayan tenido la vivencia de la realidad; pero si vosotros no la habéis vivenciado, ¿de qué sirve especular acerca de ella o imaginar que en esencia sois algo real, inmortal, divino? Eso sigue estando en el ámbito del pensamiento, y cualquier cosa que dimane del pensamiento es condicionada, pertenece al tiempo, a la memoria; por lo tanto, no es real. Si uno comprende eso de veras, no de un modo especulativo, imaginativo ni disparatado, sino que capta efectivamente la verdad de que cualquier actividad de la mente en su búsqueda especulativa, en su filosófico andar a tientas, cualquier conjetura, cualquier esperanza o vuelo de la imaginación, sólo es autoengaño, ¿cuál es entonces el poder, la energía creadora que produce esta transformación fundamental”

 Al llegar a este punto, hemos quizá usado la mente consciente; hemos seguido el argumento, lo hemos impugnado o aceptado, lo hemos visto clara u oscuramente. Pero el ir más lejos y “vivenciar” más profundamente requiere una mente que esté quieta y alerta para descubrir, ¿no es así? Ya no sigue ideas; porque, si seguís una idea, ahí está el pensador siguiendo lo que se dice, de suerte que inmediatamente creáis una dualidad. Si queréis penetrar más a fondo en este asunto del cambio fundamental, ¿no es necesario que la mente activa esté quieta? Lo cierto es que sólo cuando la mente está quieta puede comprender la enorme dificultad, las complejas implicaciones del pensador y del pensamiento como dos procesos separados: el experimentador y lo experimentado, el observador y lo observado. La revolución -la revolución psicológica, creadora, en que no hay “yo”- sólo llega cuando el pensador y el pensamiento son uno solo; cuando no hay dualidad en que el pensador domina el pensamiento. Y yo insinúo que únicamente esta vivencia libera la energía creadora que a su vez trae una revolución fundamental: la desintegración del “yo” psicológico.

Conocemos la senda del poder: poder por dominación poder por disciplina, poder por compulsión. Por medio del poder político, esperamos cambiar fundamentalmente; pero tal poder sólo engendra más tinieblas, más desintegración, mayores males, el fortalecimiento del “yo”. Nos son conocidas las diversas formas de adquisición, tanto individualmente como en grupos; pero nunca hemos ensayado la senda del amor, y ni siquiera sabemos qué significa. El amor no es posible mientras exista el pensador, el centro del “yo”. Comprendiendo todo esto, ¿qué habrá uno de hacer?

 Lo único, por cierto, que puede traer un cambio fundamental, una liberación psicológica creadora, es la diaria vigilancia, el darse cuenta de instante en instante de nuestros móviles, los conscientes a la vez que los inconscientes. Cuando comprendemos que las disciplinas, las creencias, los ideales, sólo fortalecen el “yo” y por lo tanto son enteramente inútiles, cuando eso lo captamos día a día y vemos la verdad al respecto, ¿no llegamos al punto central en que el pensador constantemente se separa de su pensamiento, de sus observaciones, de sus experiencias? Mientras exista el pensador aparte de su pensamiento, que él trata de dominar, no puede haber transformación fundamental. Mientras el “yo” sea el observador, el que acopia experiencia y se fortalece a sí mismo por la experiencia, no puede haber cambio radical, liberación creadora. Esa liberación creadora sólo llega cuando el pensador es el pensamiento, pero el intervalo no puede salvarse mediante ningún esfuerzo. Cuando la mente comprende que cualquier especulación, cualquier verbalización, cualquier forma de pensamiento sólo da vigor al “yo”, cuando ve que mientras el pensador exista aparte del pensamiento tiene que haber limitación, tiene que producirse el conflicto de la dualidad, cuando la mente se da cuenta de eso, entonces está alerta y capta sin cesar cómo ella se separa de la experiencia, afirmándose, buscando poder. En esa comprensión, si la mente se dedica a ella cada vez más profunda y extensivamente sin buscar un fin, una meta, se llega a un estado en que el pensador y el pensamiento son uno solo. En ese estado no hay esfuerzo, no hay devenir, no hay deseo de cambiar; en ese estado no hay “yo”, pues ocurre una transformación que no es de la mente.

Sólo cuando la mente está vacía existe una posibilidad de creación; pero no me refiero a ese vacío superficial que la mayoría de nosotros tenemos. La mayoría somos superficialmente vacíos, corno lo muestra el deseo de distracción. Queremos divertirnos, para lo cual recurrimos a los libros, a la radio, acudimos presurosos a las conferencias, a las autoridades; la mente está llenándose a sí misma sin cesar. No me refiero a esta última vacuidad, que es falta de reflexión. Yo hablo, por el contrario, del vacío que se produce a través de una extraordinaria reflexión cuando la mente capta su propio poder de crear ilusión, y va más allá.

 El vacío creador no es posible mientras exista el pensador, que está a la espera, en acecho, observando, a fin de acopiar experiencias, de fortalecerse a sí mismo. ¿Y puede la mente estar libre de todos los símbolos, de todas las palabras con sus sensaciones, para que no haya experimentador que acumule? ¿Será posible que la mente deje de lado completamente todos los razonamientos, las experiencias, las imposiciones, las autoridades, para hallarse en un estado de vacuidad? No podréis contestar esta pregunta, naturalmente; es una pregunta imposible de contestar para vosotros, porque no lo sabéis, nunca lo habéis intentado. Pero, si se me permite sugerirlo, escuchad la pregunta, dejad que os la hagan, que se siembre la semilla; y ella dará frutos si realmente la escucháis, si no le resistís.

Sólo lo nuevo puede transformar, no lo viejo. Si seguís la norma de lo viejo, cualquier cambio es una continuidad modificada de lo viejo; nada nuevo, nada creador hay en ello. Lo creador sólo puede advenir cuando la mente misma es nueva; y la mente puede renovarse tan sólo cuando es capaz de ver todas las actividades de ella misma, no sólo en el nivel superficial sino en lo profundo. Cuando la mente ve sus propias actividades, cuando se da cuenta de sus propios deseos, reclamos, impulsos, empeños, la creación de sus propias autoridades, de sus propios temores; cuando ella capta en sí misma la resistencia creada por la disciplina, por el control, y la esperanza que proyecta creencias, ideales; cuando la mente ve más allá de todo este proceso, cuando se da cuenta de él, ¿puede ella dejar de lado todas estas cosas y ser nueva, estar creadoramente vacía? Sólo descubriréis si lo puede o no, experimentando sin tener una opinión al respecto, sin querer “vivenciar” ese estado creador. Si queréis, lo experimentaréis; pero lo que experimentaréis no será el vacío creador sino tan sólo una proyección del deseo. Si deseáis experimentar lo nuevo, lo creador, no hacéis más que entregaros a una ilusión. Pero si empezáis a observar, a percibir vuestras propias actividades día a día, de instante en instante, captando el proceso integro de vosotros mismos, como en un espejo, entonces, según ahondáis más y más, llegaréis a la cuestión fundamental de este vacío en el cual tan sólo puede estar lo nuevo.

 La verdad, Dios o lo que fuere, no es algo que haya de experimentarse; pues el experimentador es resultado del tiempo, de la memoria, del pasado; y mientras haya experimentador no puede haber realidad. Sólo hay realidad cuando la mente se halla completamente libre del analizador, del experimentador y lo experimentado. Entonces encontraréis la respuesta, entonces veréis que el cambio llega sin que lo pidáis, que el estado de vacío creador no es cosa que haya de cultivarse: está aquí, llega oscuramente, sin invitación. Y sólo en ese estado hay una posibilidad, de renovación de novedad, de revolución.


CAPÍTULO 20 - J.K. - EL TIEMPO Y LA TRANSFORMACIÓN -

 CAPÍTULO XX 

EL TIEMPO Y LA TRANSFORMACIÓN 

Desearía hablar un poco acerca de lo que es el tiempo, porque creo que el enriquecimiento, la belleza y la significación de aquello que es atemporal, de aquello que es verdadero, sólo puede experimentarse cuando comprendemos todo el proceso del tiempo. Después de todo, cada uno a su manera, nosotros buscamos una sensación de felicidad, de enriquecimiento. Una vida que tenga significación, la riqueza de la verdadera felicidad, no pertenece al tiempo. Como el amor, una vida así es atemporal; y para comprender aquello que es atemporal, no debemos enfocarlo a través del tiempo sino más bien comprender el tiempo. No debemos utilizar el tiempo como medio de lograr, de realizar, de captar lo atemporal. Pero eso es lo que hacemos en la mayor parte de nuestra vida; pasar el tiempo tratando de captar aquello que es atemporal, de modo que es importante comprender qué entendemos por tiempo, porque yo creo que es posible estar libre del tiempo. Es muy importante comprender el tiempo como un todo, no parcialmente.

Es interesante comprender que nuestra vida transcurre principalmente en el tiempo; no en el sentido de la sucesión cronológica, de los minutos, las horas, los días y los años, sino en el sentido de la memoria psicológica. Vivimos por el tiempo, somos el resultado del tiempo. Nuestra mente es el producto de muchos “ayeres”, y el presente es mero pasaje del pasado hacia el futuro. Nuestras actividades, nuestro ser, se basan en el tiempo; sin el tiempo no podemos pensar, porque el pensamiento es resultado del tiempo, el pensamiento es producto de muchos “ayeres”, y no hay pensamiento sin memoria. La memoria es tiempo; porque hay dos clases de tiempo, el cronológico y el psicológico. Hay tiempo que es ayer por el reloj, y hay tiempo que es ayer por el recuerdo. No podéis desechar el tiempo cronológico, lo cual sería absurdo; entonces perderíais el tren. ¿Pero existe realmente tiempo alguno aparte del tiempo cronológico? Es evidente que hay un tiempo que es el ayer; ¿pero existe el tiempo, tal como la mente lo piensa? Esto es, ¿existe el tiempo aparte de la mente? El tiempo -el tiempo psicológico- es por cierto producto de la mente. Sin la base del pensamiento no hay tiempo alguno; el tiempo es mero recuerdo, es ayer en conjunción con el presente, lo cual moldea el mañana. Es decir, el recuerdo de la vivencia de ayer respondiendo al presente, crea el futuro; y ello sigue siendo el proceso del pensamiento, un sendero de la mente. El proceso del pensamiento produce progreso psicológico en el tiempo; ¿pero es él real, tan real como el tiempo cronológico? ¿Y podemos emplear ese tiempo que es de la mente como medio de comprender lo eterno, lo atemporal? Porque, como lo he dicho, la felicidad no es de ayer, la felicidad no es producto del tiempo, la felicidad es siempre en el presente, un estado atemporal.

 ¿Es la transformación asunto de tiempo? La mayoría de nosotros estamos acostumbrados a pensar que el tiempo es necesario para la transformación: yo soy algo, y para cambiar lo que soy en lo que yo debería ser, se requiere tiempo. Soy codicioso, y la codicia me trae confusión, antagonismos conflictos y miserias; y para producir una transformación o sea la “no codicia”, creemos que el tiempo es necesario. Es decir, se considera que el tiempo es un medio para desarrollar algo más grande, para llegar a ser alguna cosa. El problema es éste: uno es violento, codicioso, envidioso, iracundo, vicioso o apasionado. ¿Se necesita el tiempo para transformar lo que es? En primer lugar, ¿por qué queremos cambiar lo que es, o producir una transformación? ¿Por qué? Porque lo que somos nos desagrada; engendra conflicto, perturbación. Y no gustándonos ese estado, deseamos algo mejor, algo más noble, más idealista. Deseamos, pues, la transformación, porque hay dolor, malestar, conflicto. ¿Pero al conflicto se lo vence con el tiempo? Si decís que él será superado por el tiempo, aún estáis en conflicto. Podréis decir que os tomará veinte días o veinte años el libraros del conflicto, el cambiar lo que sois; pero durante ese tiempo estáis todavía en conflicto, y por lo tanto el tiempo no trae transformación. Cuando utilizamos el tiempo como medio de adquirir una cualidad, una virtud o un estado del ser, no hacemos más que aplazar o esquivar lo que se es; y creo que es importante comprender este punto.La codicia o la violencia causa dolor, perturbación, en el mundo de nuestras relaciones con el prójimo, o sea en la sociedad; y siendo conscientes de ese estado de perturbación, que denominamos codicia o violencia, nos decimos a nosotros mismos: “me librare de él con el tiempo; practicaré la no violencia, practicaré la no envidia, practicaré la paz”. Ahora bien, vosotros deseáis practicar la “no violencia” porque la violencia es un estado de perturbación, de conflicto, y creéis que con el tiempo lograréis la “no violencia” y os sobrepondréis al conflicto. ¿Qué ocurre, pues, en realidad? Hallándoos en estado de conflicto, queréis lograr un estado en el que no haya conflicto. ¿Pero ese estado de “no conflicto” es el resultado del tiempo, de una duración? No, evidentemente. Porque, mientras estáis logrando un estado de “no violencia”, seguís siendo violentos y, por lo tanto, estáis todavía en conflicto. Nuestro problema es éste: ¿es posible superar un conflicto, una perturbación, en un período de tiempo, ya se trate de días, de años o de vidas? ¿Qué ocurre cuando decís: “voy a practicar la no violencia durante cierto período de tiempo”? La práctica misma indica que estáis en conflicto, ¿no es así? No practicaríais si no resistierais al conflicto; y decís que la resistencia al conflicto es necesaria a fin de superar el conflicto, y para esa resistencia os hace falta tiempo. Pero la resistencia misma al conflicto es aun una forma de conflicto. Gastáis vuestra energía en resistir al conflicto en la forma de lo que llamáis codicia, envidia o violencia, pero vuestra mente sigue en conflicto. Es importante, pues, ver cuán falso es el proceso de depender del tiempo como medio de superar la violencia, y, con ello, librarse de dicho proceso. Entonces sois capaces de ser lo que sois: una perturbación psicológica, que es la violencia misma. Para comprender algo, cualquier problema humano o científico, ¿qué es lo importante, qué es lo esencial? Una mente tranquila, ¿no es así? Una mente que esté resuelta a comprender. No una mente que sea exclusivista, que trate de concentrarse, lo cual, una vez más, es un esfuerzo de resistencia. Si yo deseo realmente comprender algo, en seguida se produce en mi mente un estado de quietud. Cuando queréis escuchar música o mirar un cuadro que os gusta, que os emociona, ¿cuál es el estado de vuestra mente? Ella queda inmediatamente en calma, ¿no es así? Cuando escucháis música, vuestra mente no vaga por todas partes; escucháis. De un modo análogo, cuando queréis comprender el conflicto, ya no dependéis para nada del tiempo; os enfrentáis simplemente con lo que es, o sea con el conflicto. Entonces se produce de inmediato una quietud, una serenidad de la mente. Cuando ya no dependéis del tiempo como medio de transformar lo que es, porque veis la falsedad de ese proceso, entonces os enfrentáis con lo que es y como estáis interesados en comprender lo que es, resulta natural que tengáis la mente quieta. En ese estado mental alerta y sin embargo pasivo, surge la  surge la comprensión Mientras la mente esté en conflicto, censurando, resistiendo, condenando, no puede haber comprensión. Si quiero comprenderos es obvio que no debo condenaros. Es, pues, esa mente tranquila, esa mente serena, la que trae la transformación. Cuando la mente ya no resiste, ya no elude, ya no descarta ni censura lo que es, sino que se encuentra simplemente perceptiva de un modo pasivo, en esa pasividad de la mente, si ahondáis de veras en el problema, hallaréis que ocurre una transformación. La revolución sólo es posible ahora, no en el futuro, la regeneración es ahora, no mañana. Si queréis experimentar con lo que acabo de decir, encontraréis que habrá una regeneración inmediata, una cualidad de cosa nueva, fresca, por que la mente siempre está serena cuando está interesada, cuando desea o tiene intención de comprender. La dificultad para la mayoría de nosotros está en que no tenemos la intención de comprender, porque tenemos miedo de que si comprendemos, ello podría traer una acción revolucionaria en nuestra vida; y es por eso que resistimos. Es el mecanismo defensivo lo que está en acción cuando nos valemos del tiempo o de un ideal como medio de transformación De suerte que la regeneración sólo es posible  en el presente, no en el futuro ni mañana. El hombre que confía en el tiempo como medio por el cual puede lograr la felicidad, comprender la verdad o Dios, sólo se engaña a sí mismo; vive en la ignorancia, y por lo tanto en conflicto. Pero el que ve que el tiempo no es la salida de nuestra dificultad, y por lo tanto está libre de lo falso, un hombre así, naturalmente, tiene la intención de comprender; su mente por consiguiente, está quieta espontáneamente, sin compulsión, sin ejercitación. Cuando la mente está serena, tranquila sin buscar respuesta ni solución alguna, sin resistir ni esquivar, sólo entonces puede haber regeneración, porque entonces la mente es capaz de captar lo que es verdadero; y es la verdad lo que libera, no vuestro esfuerzo por ser libres.