LA MUTACIÓN PSICOLÓGICA - J.K. - CAPÍTULO 3 -

 Capítulo Tercero 

Hay, creo, mucha diferencia entre comunicación y comunión. En la comunicación se comparten las ideas por medio de palabras, agradables o desagradables, por medio de símbolos, por gestos, y las ideas pueden traducirse ideológicamente o interpretarse con arreglo a las peculiaridades, idiosincrasias y trasfondo de uno mismo. Mas en la comunión creo que se realiza algo muy distinto: en ella no se comparten ni interpretan ideas. Podéis o no estar comunicándoos por medio de palabras, pero estáis en relación directa con lo que estas observando y estáis en comunión con vuestra propia mente, con vuestro propio corazón. Puede uno estar en comunión con un árbol, por ejemplo, o con una montaña o con un río. No sé si alguna vez os habréis sentado bajo un árbol y habréis tratado realmente de estar en comunión con él. No es sentimentalismo, no es emotividad: estáis directamente en contacto con el árbol. Hay una extraordinaria intimidad de relación; en tal comunión tiene que haber silencio, tiene que haber un hondo sentido de quietud; vuestros nervios, vuestro cuerpo, están en calma; el corazón mismo casi se detiene. No hay interpretación, no hay comunicación o participación. No sois el árbol, ni estáis identificados con él; sólo existe un sentido de intimidad dentro de una gran profundidad silenciosa. No sé si lo habréis intentado alguna vez. Ensayadlo en alguna ocasión, cuando vuestra mente no esté parloteando, cuando no esté vagando por todas partes, cuando no estéis monologando, cuando no recordéis las cosas que se han hecho o que hay que hacer. Olvidando todo esto, tratad sencillamente de entrar en comunión con una montaña, con un arroyo, una persona, un árbol, con el movimiento mismo de la vida. Eso requiere un asombroso sentido de quietud y una peculiar atención, no concentración, sino una atención que venga con facilidad, con agrado.

Pues bien, me gustaría entrar en comunión con vosotros esta mañana sobre lo que estuvimos discutiendo el otro día. Hablábamos sobre la libertad y su calidad. La libertad no es un ideal, algo que esté lejos; no es la formación de ideas de una mente retenida en prisión, lo que sería sólo una teoría. La libertad sólo puede existir cuando la mente ya no está impedida por ninguna clase de problemas. Una mente que tenga problemas nunca podrá estar en comunión con la libertad o darse cuenta de la extraordinaria calidad de ésta. La mayoría de las personas tienen problemas y se limitan a soportarlos; se acostumbran a los que tienen y los aceptan como parte de sus vidas, pero esos problemas no se resuelven aceptándolos ni acostumbrándose a ellos, y, si arañáis la superficie, ahí están todavía supurando; y la mayoría de las personas viven en ese estado: aceptando perpetuamente problema tras problema, un dolor tras otro. Hay un sentimiento de desilusión, de ansiedad, desesperación, y lo aceptan. Ahora bien, si nos limitamos a aceptar problemas y vivir con ellos, es evidente que no habremos resuelto sus problemas en absoluto. Podemos decir que están olvidados o que ya no importan; pero si importan infinitamente, porque pervierten la mente, falsean la percepción y destruyen la claridad. Para la mayoría de nosotros, cuando tenemos un problema este ocupa todo el campo de nuestra vida. Puede ser un problema de dinero, de sexo, de ignorancia o el deseo de realizarse, de llegar ha ser famoso; sea lo que fuere, nos interesa tanto ese problema que consume nuestro ser, y creemos que resolviéndolo quedaremos libres de toda nuestra desdicha, pero mientras una mente pequeña, estrecha, está tratando de resolver su problema particular, sin relación con el movimiento entero de la vida, nunca podrá estar libre de problemas, cada uno de ellos está relacionado con otro, y si os limitáis a tomar uno y tratar de resolverlo de un modo fragmentario, lo que estáis haciendo será completamente inútil. Es como cultivar un rincón de un campo y creer que lo habéis cultivado todo. Tenéis que cultivar todo el campo, tenéis que mirar todos los problemas. Como decía el otro día, lo importante no es la resolución de un problema, sino su comprensión, por muy doloroso, por demandante, por inminente y apremiante que sea. No soy dogmático ni autoritario, pero me parece que el interesarse sólo en un problema determinado indica una mente muy mezquina, pequeña; y una mente así, que esté perpetuamente tratando de resolver su propio problema particular, nunca puede hallar la salida de los problemas. Puede escapar de varios modos, puede volverse amargada, cínica o entregarse a la desesperación; pero nunca podrá comprender todo el problema de la existencia.

Así es que, si hemos de tratar con problemas, tenemos que hacerlo con todo el campo del cual surgen los mismos, y no simplemente con un solo problema. Cualquiera de ellos, por muy intrincado, por demandante o apremiante, está relacionado con todos los demás; es pues, importante no pensar fragmentariamente en ese problema, una de las cosas más difíciles de hacer. Cuando tenemos un problema urgente, doloroso, insistente, la mayoría de nosotros creemos que debemos resolverlo aisladamente, sin tomar en consideración toda la red de problemas. Pensamos en él de un modo fragmentario, y una mente fragmentaria es realmente mezquina. Es, si se me permite la palabra, una mente burguesa. Escuchad, no estoy insultando, no uso esa palabra en forma despectiva, sino simplemente es indicación de lo que en realidad es la mente. Es mediocre la mente que quiere resolver aisladamente un problema determinado. Una persona que esté consumida por los celos quiere obrar en el acto, hacer algo, reprimir sus celos o vengarse. Pero ese problema particular está relacionado muy profundamente con otros; tenemos pues, que considerar todo el asunto, y no simplemente una parte de él. Cuando estamos discutiendo alrededor de los problemas, a de comprenderse que no tratamos de hallar respuesta para ninguno. Como he señalado, la indagación que trate meramente de hallar respuesta par un problema es una evasión de éste. Tal evasión puede ser cómoda o dolorosa, puede requerir cierta capacidad intelectual, etc., pero, sea lo que fuere, sigue siendo una evasión. Si hemos de resolver nuestros problemas, si hemos de quedar libres de ellos, liberados de todas las presiones que implican, de modo que la mente quede en completa calma y pueda percibir (porque sólo puede percibir en libertad),  entonces vuestro primer interés tiene que estar no en saber como resolver cualquier problema, sino en comprenderlo. Comprender es mucho más importante que resolver un problema. La comprensión no es la capacidad ni la agudeza de una mente que ha adquirido diversas formas de conocimiento analítico y que es capaz de analizar un problema determinado; mas una mente que comprende está en comunión con el problema. Estar en comunión no es estar identificado con él. Como dije, para estar en comunión con un árbol, con un ser humano, con un río, con la extraordinaria belleza de la naturaleza, tiene que haber cierta calma, cierto sentido de apartamiento, de estar lejos de las cosas. Lo que tratamos de hacer aquí es, aprender el modo de estar en comunión con el problema. Pero ¿comprendéis la dificultad en esta afirmación? Cuando hay comunión con otro, el pensamiento del “yo” está ausente. Cuando estáis en comunión con una persona amada, con vuestra esposa, con vuestro hijo, cuando estrecháis la mano de un amigo, en ese momento (si no es meramente el falso sentimentalismo, la sensación y todo eso que se llama amor, sino algo muy distinto, algo vital, dinámico, real), hay una ausencia total de todo el mecanismo del “yo” con su proceso del pensamiento. Del mismo modo, el estar en comunión con un problema implica observación completa sin identificación. ¿No es verdad? Vuestros nervios, cerebro, cuerpo, la entidad completa, están en calma. En ese estado podéis observar el problema sin identificación, y ese es el único estado en que puede haber comprensión del mismo. Como sabéis, el que llaman artista puede pintar un árbol o escribir un poema sobre él, mas yo me pregunto si está realmente en comunión con el árbol. En el estado de comunión, no se busca un medio de expresión. Es de muy escasa importancia el que expreséis esa comunión en palabras, en el lienzo o en piedra; pero el sentido de importancia llega en el momento en que queréis expresarla, mostrarla, venderla legar a ser famoso, etc.

Comprender un problema por completo es estar en comunión con él. Entonces hallaréis que el problema no es nada importante y que lo que si importa es el estado de la mente que se haya en comunión con el problema. Una mente así no crea problemas; mas la que no sea capaz de comunión con el problema, que sea egocéntrica, egoísta, que quiera expresarse y todas las demás cosas inmaduras, esa mente mezquina es la que crea los problemas. Así es que, como decía el otro día, para comprender el problema, cualquier problema; tenéis que comprender todo el proceso del deseo. Somos autocontradictorios psicológicamente y, por tanto en nuestra acción. Pensamos una cosa y hacemos otra, vivimos en un estado de contradicción con nosotros mismo, pues, si no, no habría problema; y la autocontradicción surge cuando no hay comprensión del deseo. Para vivir sin conflicto de ninguna clase en absoluto, tiene uno que comprender la estructura y la naturaleza del deseo, no reprimirlo, someterlo a control, tratar de destruirlo, ni meramente entregarse a él, como hace la mayoría. Esto no significa echarse a dormir, vegetar y limitarse a aceptar la vida con toda su degeneración. Lo que significa es ver por sí mismo que el conflicto, en cualquier forma –ya sea reñir con la esposa o el marido, con la comunidad, con la sociedad, con lo que sea-, deteriora la mente, la vuelve obtusa, insensible.

Como dije el otro día, el deseo por sí mismo no está en estado de contradicción; son los objetos del deseo y la relación de éste con tales objetos lo que crea la contradicción. El deseo sólo tiene continuidad cuando hay identificación del pensamiento con ese deseo. Para observar tiene que haber sensibilidad; nuestros nervios, ojos y oídos, todo nuestro ser tiene que estar vivo y, sin embargo, la mente ha de estar en calma. Entonces puede uno mirar un hermoso automóvil, una bella mujer, una espléndida casa, o una cara extraordinariamente viva e inteligente; puede uno observar estas cosas, verlas como son, y ahí termina el asunto. Pero ¿qué es lo que suele suceder? Hay deseo; y el pensamiento al identificarse con ese deseo le da continuidad. No sé si me explico claramente. Discutiremos este punto un poco más adelante. Lo importante es observar sin aportar pensamiento. Mas no convirtáis esta información en un problema. No digáis: “¿Cómo voy a observar, como voy a ver y sentir, sin dejar que intervenga el pensamiento?”. Si percibís por vosotros mismos todo el proceso del deseo y la contradicción producida por sus objetos, y la continuidad que el pensamiento da al deseo, si veis toda esta maquinaria en funcionamiento, entonces no haréis esa pregunta. Como sabéis, para aprender a conducir un auto no basta con que nos hablen sobre ello, tenéis que sentaros al volante, hacer arrancar el vehículo, aplicar los frenos, aprender todos los movimientos de la conducción. Del mismo modo tenéis que conocer el mecanismo extraordinariamente delicado del pensamiento y el deseo, y no limitaros a ser instruidos sobre el. Tenéis que mirarlo, aprender por vosotros mismo, y eso requiere una actitud sensible.

 Lo importante es, pues, no la resolución del problema, sino su comprensión. Un problema surge sólo cuando hay contradicción, conflicto; y este último implica esfuerzo. El esfuerzo para lograr, para llegar a ser, para cambiar esto en aquello, el esfuerzo para acercar una cosa y alejar alguna otra. Este esfuerzo tiene su origen en el deseo: el deseo al que el pensamiento ha dado continuidad. Tenéis, pues, que aprender a cerca de todo este proceso: aprender, y no limitaros a que os instruya el que habla, cosa que no tiene valor alguno. Lo que oís por el teléfono puede ser bonito o puede ser desagradable; puede ser real o bien tonto, falso por completo; mas lo importante es lo que oís y no el instrumento mismo. Los más de nosotros concedemos importancia al instrumento; creemos que éste nos va a enseñar algo, y yo he prevenido constantemente contra esta forma particular de estupidez. Estáis aquí para aprender; y escucháis, no simplemente al orador, sino a vosotros mismos. Estáis en comunión con vuestra propia mente. Estáis observando el funcionamiento del deseo y la forma en que surgen los problemas. Estáis entrando en intimidad con vosotros mismos, y esa intimidad sólo puede sentirse profundamente cuando abordáis el problema muy en calma, sin decir: “Tengo que resolver esta cosa brutal”, ni agitaros o excitaros sobre ello. Estáis descubriendo cómo surge un problema y cómo lo perpetúa el pensamiento, dando continuidad a un deseo determinado. Vamos, pues, a aprender sobre la aparición de un problema y su terminación, no tomándonos tiempo para pensar sobre él, sino acabar con él de manera inmediata.

Sea el que fuere el problema, el pensamiento le da continuidad. Si decís algo que me agrada, el pensamiento se identifica con ese placer y quiere seguir viviendo en él; por lo tanto, os considero mi amigo y os veo con frecuencia. Pero si decís algo que me ofende, ¿qué pasa? También le doy continuidad a ese particular sentimiento al pensar en él. Lo que habéis dicho puede ser verdad, pero no me gusta, y por lo tanto os eludo o quiero devolver el golpe. Éste es el mecanismo que crea problemas y que los mantiene en marcha. Creo que esto está ya bastante claro. Al pensar constantemente sobre algo, le da uno continuidad. Ya conocéis la confusión con que pensáis sobre vosotros mismos y vuestra familia, todos los recuerdos placenteros y las ilusiones que tenéis sobre vosotros mismos; pensáis constantemente en todo eso y, por tanto, tiene continuidad. Mas, si empezáis a comprender todo el proceso y a aprender por vosotros mismos los caminos de la continuidad, entonces, cuando surge un problema, podéis estar en completa comunión con él, porque no interviene el pensamiento; y por tanto, se da la inmediata terminación del problema. ¿Entendéis? Mirad, señores, tomemos un problema muy común: el deseo de seguridad. La mayoría de nosotros queremos sentirnos seguros. Ésta es un de las exigencias de la parte animal de los seres humanos. Es evidente que debéis tener cierta seguridad en el sentido físico, debéis tener un lugar en que vivir y debéis saber dónde vais a comer la próxima vez, a no ser que viváis en Oriente, donde podéis andar jugando con la inseguridad física, vagando de pueblo en pueblo y todo eso. Afortunada o desgraciadamente, aquí no podéis hacer eso; si lo hicierais, os meterían en la cárcel por vagabundos.

En el animal, en el bebe, en el niño, es muy fuerte el impulso a sentirse físicamente seguros, y la mayoría de nosotros exigimos sentirnos psicológicamente seguros, queremos estar seguros, ciertos. Por eso somos competidores, por eso somos celosos, tenemos codicia, envidia, somos brutales; por eso nos preocupamos tanto de cosas que nada importan. Esta demanda insistente de seguridad psicológicamente ha existido durante millones de años, y nunca hemos investigado su verdad. Hemos dado por sentado que debemos tener seguridad psicológica en nuestra relación con nuestra familia, con nuestra esposa o nuestro marido, con los hijos, con la propiedad, con lo que llamamos Dios. A toda costa queremos sentirnos seguros. Ahora bien, yo quiero estar en comunión con esta demanda de seguridad psicológica, porque es un problema real, ¿comprendéis? El no sentirnos psicológicamente seguros significa, para la mayoría de nosotros, hundirnos, o bien volvernos neuróticos, raros. Podéis ver esa mirada peculiar en la cara de muchas personas. Quiero descubrir la verdad del asunto, quiero comprender toda esta exigencia de seguridad; pues es el deseo de estar seguro en la relación lo que engendra celos, ansiedad, lo que hace surgir el odio y la desdicha en que vivimos la mayoría de nosotros. Y habiendo exigido seguridad durante tantos millones de años, ¿cómo va la mente, estando tan condicionada, a descubrir la verdad de la seguridad? Para descubrir su verdad, ciertamente, tengo que estar en comunión con ella. No puede decírmelo otra persona. Eso sería demasiado tonto. Tengo que aprender yo mismo sobre ello, tengo que investigarlo, descubrirlo; tengo que estar en completa intimidad con esta exigencia de seguridad; si no, nunca sabré si existe o no eso de la seguridad. Éste es probablemente el gran problema para la mayoría de nosotros. Si descubro que no existe la seguridad en absoluto, entonces no hay problema, ¿verdad? Entonces estoy fuera de esta batalla por la seguridad, y, por lo tanto, mi acción en la relación humana es enteramente distinta. Si mi esposa quiere escaparse, escapará, y yo no convierto esto en un problema, no odio a nadie, no me vuelvo celoso, envidioso, furioso, y todo lo demás. Veo que ahora estáis mucho más familiarizados que yo con esta clase de cosas. Personalmente, no quiero convertir la seguridad en un problema; no quiero crear en mi vida un problema de ninguna clase: económico, social, psicológico o el llamado religioso. Veo muy claramente que una mente que tenga problemas; se vuelve obtusa, insensible, y que sólo es inteligente una mente sensible en alto grado. Y como este anhelo de seguridad es tan hondo y perpetuo en cada uno de nosotros, quiero descubrir la verdad sobre la seguridad, mas ésta es una cuestión muy difícil de investigar, porque, no sólo desde la niñez, sino desde el principio mismo del tiempo, siempre hemos querido sentirnos seguros: seguros en nuestro trabajo, en nuestros pensamientos y sentimientos, creencias y dioses, en nuestra nación, familia y propiedad. Por eso la memoria, la tradición, todo el trasfondo del pasado desempeñan un papel tan extraordinariamente importante en nuestra vida. Mas toda esa experiencia hace aumentar mi sensación de seguridad. ¿Comprendéis? Toda experiencia se registra en la memoria, se añade al almacén de cosas que han pasado. Esta experiencia acumulada llega a ser mi trasfondo permanente mientras yo viva, y con ese trasfondo sigo experimentando; por lo tanto, toda ulterior experiencia se añade a ese trasfondo de memoria en que me siento salvo y seguro, y lo refuerza. ¿Entendéis? Tengo, pues, que darme cuenta de todo este extraordinario proceso de mi condicionamiento. No se trata de saber como librarme de mi condicionamiento, sino de estar en comunión con él en todo momento. Entonces puedo mirar el deseo de seguridad sin convertirlo en un problema.

¿Está claro esto hasta aquí? ¿Queréis hacer preguntas al llegar a este punto? 

Pregunta: No hay comunión porque la mente está abrumada por el “yo”. 

Krishnamurti: Señor, os estoy preguntando algo. Os pregunto: ¿Qué es comunión? Pero ¿qué pasa cuando oís esa pregunta? Entra en funcionamiento todo el mecanismo de vuestra mente condicionada, y así contestáis; mas no habéis escuchado realmente la pregunta. Podéis haber pensado o no en ella antes, podéis haber pensado en ella casualmente; o tal vez habéis leído sobre esto en un libro u otro, y repetís lo que habéis leído. Pero no estáis escuchando. Cuando el que habla os dice: “Tratad de estar en comunión con un árbol”, necesariamente si estáis interesados, primero tenéis que descubrir lo que significa. Id a sentaros bajo un árbol, o a orillas del río, o a la sombra de un monte, o simplemente mirad a vuestra esposa, a vuestro hijo. ¿Qué significa estar en comunión? Significa que no haya barrera de pensamiento entre el observador y lo que es observado. El observador no se identifica con el árbol, con la persona, con el río, con la montaña, con el cielo. Sencillamente, no hay barrera. Si hay un “yo”, con sus complejos pensamientos y ansiedades, que está observando el árbol, entonces no hay comunión con él. Estar en comunión con alguien o con algo requiere espacio, silencio; vuestro cuerpo, nervios, mente, corazón, todo vuestro ser ha de estar en calma, en completa quietud. No digáis: “¿Cómo voy a estar en quietud?” No convirtáis la quietud en otro problema. Sencillamente ved que no hay comunión si el mecanismo del pensamiento está actuando, lo que no quiere decir que os echéis a dormir. Probablemente nunca habréis echo esto; nunca habréis estado en comunión con vuestra esposa o vuestro marido, con quien dormís, respiráis, coméis, tenéis hijos, y todo lo demás. Probablemente nunca habréis estado en comunión ni aún con vosotros mismos. Si sois católicos, vais a la iglesia y recibís lo que se llama la comunión; pero no es eso. Tales cosas carecen de madurez. Cuando hablamos así sobre comunión con la naturaleza, con las montañas, o de unos con otros, la mayoría no sabemos lo que significa y tratamos de imaginarlo. ¿Entendéis? Especulamos sobre eso y decimos que es el “yo” el que impide esta comunión. ¡Por Dios, no convirtáis la comunión en otro problema más! Ya tenemos bastantes. De modo que limitaos a escuchar. Estáis en comunión conmigo y yo lo estoy con vosotros. Os estoy diciendo algo y, para comprenderlo, tenéis que escuchar, pero el escuchar significa atención sin esfuerzo, dar descanso a vuestros nervios; no significa decir: “Tengo que escuchar”, y, por tanto, poner en tensión lo nervios y todo el cuerpo. Significa que escuchéis con placidez, facilidad, en silencio, para descubrir qué es lo que quiere trasmitir el que habla. Aquello de que les hablo puede ser un completo disparate, o puede ser algo real, y tenéis que escuchar para descubrirlo. Pero ésa parece ser una de vuestras mayores dificultades. No estáis realmente escuchando; en vuestra mente estáis disputando conmigo, levantando una muralla de palabras.

Digo que lo importante en todo esto es aprender a estar en comunión con vosotros mismos de un modo agradable, feliz, para que podáis seguir todos los pequeños movimientos del propio pensar, del sentir, sin tratar de corregirlos, sin decir que son buenos o malos, sin todos esos juicios tontos, burgueses, de pequeñas mentes mezquinas. Sencillamente observar; y, al hacerlo, sin identificaros con ningún pensamiento o sentimiento agradable o desagradable, hallaréis que podéis tener comunión con vosotros mismos. La mayoría de nosotros queremos sentirnos psicológicamente seguros, insistimos en ello y, por eso, la familia se convierte en una pesadilla; llega a ser una cosa terrible, porque la usamos como medio de nuestra propia seguridad. Luego es la nación la que llega a ser nuestra seguridad, y pasamos por todo eso del nacionalismo. La familia está bien, pero cuando se utiliza como medio de seguridad se convierte en un veneno mortal. Para descubrir lo verdadero sobre la seguridad, tenéis que estar en comunión con el profundamente arraigado deseo de estar seguros, que se está repitiendo constantemente en diversas formas: buscáis la seguridad, no sólo en la familia, sino también en recuerdos y en el dominio o la influencia de otro. Volvéis al recuerdo de alguna experiencia o relación que os ha complacido, que os dio esperanza, seguridad, y en ese recuerdo os refugiáis. Existe la seguridad de la habilidad, del conocimiento; existe la del nombre y la posición, y existe la de la capacidad: podéis pintar o tocar el violín o hacer cualquier otra cosa que os dé una sensación de seguridad.

 Sin embargo, una vez que estáis en comunión con el deseo que os impulsa a buscar seguridad, y percibís que es este deseo el que crea contradicción, porque nada en la Tierra está nunca seguro, incluso vosotros mismos; cuando habéis descubierto eso y no os habéis limitado a que os hablen de ello, y habéis resuelto el problema por completo, entonces habéis salido de todo este campo de contradicción y estáis, pues, libres de temor. ¿Es esto suficiente por esta mañana? No sé si estáis alguna vez en silencio en vuestro interior. Cuando camináis por la calle, la mente está en completa calma, observando y escuchando sin pensamiento; cuando conducís, miráis el camino, los árboles, los automóviles que pasan al lado, os limitáis a observar sin reconocimiento, sin que se ponga a actuar todo el mecanismo del pensamiento. Cuanto más actúa el mecanismo del pensamiento, más desgasta la mente, no deja espacio para la inocencia, y sólo la mente inocente es la que puede ver la realidad. 

16 de julio de 1964.

Saanen




LA MUTACIÓN PSICOLÓGICA - J.K. - CAPÍTULO 2 -

 Capítulo Segundo 

El otro día, cuando nos reunimos aquí, estuve hablando sobre la necesidad de libertad; y con esa palabra, “libertad”, no me refiero a libertad superficial o fragmentaria, a ciertos niveles de la propia conciencia. Yo hablaba de ser enteramente libre: libre en la raíz misma de la propia mente, en todas las actividades físicas, psicológicas y parasicológicas de uno. La libertad implica la total ausencia de problemas, ¿no es así? Porque cuando la mente es libre puede observar y actuar con completa claridad; puede ser lo que es sin ningún sentido de contradicción. Para mi, una vida de problemas, económicos y sociales, privados o públicos, destruye y pervierte la claridad. Y uno necesita claridad, necesita una mente que vea claro todo problema, a medida que surge, una mente que puede pensar sin confusión, sin condicionamiento, una mente que tenga la calidad del afecto y del amor, que no tiene nada que ver con la emotividad ni con el sentimentalismo. Para encontrarse en ese estado de libertad –que es sumamente difícil de comprender y que requiere mucha exploración- debe uno tener una mente no perturbada, tranquila; una mente que este funcionando por entero, no sólo en la periferia sino también en el centro. Esta libertad no es una abstracción, no es un ideal. El movimiento de la mente en libertad es una realidad, y los ideales y abstracciones no tienen nada que ver con él en absoluto. Tal libertad sobreviene de modo natural, espontáneo, si problema según va surgiendo, en cualquier nivel que sea, (físico, psicológico, emocional), no puede haber libertad ni, por tanto, claridad de pensamiento, de actitud, de percepción. La mayoría de los seres humanos tienen problemas. Entiendo por “problema” la prolongada perturbación creada por la inadecuada respuesta a un reto, es decir, por la incapacidad para hacer frente a una cuestión de manera total, con nuestro ser entero; o por la indiferencia, que da por resultado la aceptación habitual de los problemas y el limitarse a soportarlos. Hay un problema cuando no se hace frente a cada cuestión ni se va hasta su fin mismo, no mañana ni en alguna fecha futura, sino cuando surge, cada minuto, cada hora, cada día. Cualquier problema, a cualquier nivel, consciente o inconsciente, es un factor que destruye la libertad. Es algo que no comprendemos por completo. Un problema puede ser el dolor moral, la molestia física, la muerte de alguien o la falta de dinero; o puede ser la incapacidad para descubrir por si mismo si dios es una realidad o simplemente una palabra sin sustancia. Y existen los problemas de la relación, tanto privados como públicos, individuales lo mismo que colectivos. El no comprender la totalidad de la relación humana engendra efectivamente problemas; y la mayoría de nosotros tenemos estos problemas –de los cuales surgen las enfermedades psicosomáticas- que paralizan nuestra mente y nuestro corazón. Estando agobiados por estos problemas, recurrimos a varias formas de evasión; rendimos culto al Estado, aceptamos la autoridad, esperamos que algún otro nos resuelva los problemas, nos unimos en una inútil repetición de plegarias y ritos, nos entregamos a la bebida, al sexo, al odio, a la lastima de nosotros mismos, etc.

Hemos cultivado, pues, cuidadosamente una red de evasiones –racionales o irracionales, neuróticas o intelectuales- que nos capacitan par aceptar y, por lo tanto, soportar todos los problemas humanos que surgen. Pero estos, inevitablemente, engendran confusión, y la mente no es libre. Ahora bien, no sé si veis como yo la necesidad, no una necesidad fragmentaria, no la necesidad de un día, porque os veáis forzados súbitamente a enfrentaros con una cuestión, sino la absoluta necesidad, desde el principio mismo del propio pensamiento, sobre estas cosas hasta el fin mismo de la propia vida, de no tener ningún problema. Es probable que no sintáis la urgencia de ello. Más. Si uno ve en forma muy clara y objetiva, no abstracta, que el estar libre de problemas es tan necesario como el alimento o el aire puro, entonces, partiendo de esa percepción, uno actúa, tanto psicológicamente como en la ocupación de la vida diaria; está presente en todo lo que uno hace, piensa y siente. Al menos durante esta mañana, el asunto principal es la liberación de los problemas. Mañana podemos abordarlo de modo distinto, pero no importa. Lo que importa es ver que una mente en conflicto es destructiva, porque está constantemente deteriorándose. El deterioro no es cuestión de vejez ni de juventud, sino que sobreviene cuando la mente está presa del conflicto y tiene muchos problemas sin resolver. El conflicto es el núcleo del deterioro y de la decadencia. No se si veis la verdad de eso. Si la veis, entonces la cuestión es como resolver el conflicto. Mas primero tiene uno que percibir por si mismo la verdad de que una mente que tenga un problema de cualquier clase, a cualquier nivel, de cualquier  duración, es incapaz de pensar claro, de ver las cosas como son, de manera brutal, implacable, sin ningún sentimiento de lastima de sí mismo. Pero la mayoría de nosotros estamos acostumbrados a eludir de modo inmediato un problema que surja, y hayamos muy difícil estar con él. Simplemente observando sin interpretar, condenar ni comparar, sin tratar de modificarlo o de hacer algo con él. Esto requiere la completa atención de uno; mas, para la mayoría de nosotros, ningún problema es nunca tan serio que queramos prestarle toda nuestra atención, pues hacemos una vida muy superficial y fácilmente nos contentamos con respuestas plausibles, reacciones rápidas. Queremos olvidar el problema, relegarlo a un lado y seguir con alguna otra cosa. Sólo cuando el problema nos afecta íntimamente, como en el caso de la muerte o de una completa falta de dinero, o cuando el marido o la esposa nos ha abandonado, sólo entonces es cuando el problema puede llegar ha ser crítico. Mas nunca dejamos que un problema produzca una crisis real en nuestra vida, siempre lo relegamos con explicaciones, palabras, las diversas cosas que utilizamos como defensa. Sabemos, pues, lo que entendemos por la palabra problema. Es una cuestión hasta cuyo fondo mismo no hemos llegado y que no hemos comprendido por completo; No está pues terminada, se repite una y otra vez. Para comprender un problema tenemos que comprender las contradicciones –las extremas tanto como las cotidianas- de nuestro propio ser. Pensamos una cosa y hacemos otras. Decimos una cosa y sentimos de modo muy distinto. Existe el conflicto del respeto y la falta de respeto, la grosería y la cortesía; por un lado está el sentido de la arrogancia, el orgullo, y por el otro jugamos con la humildad. Ya sabéis las muchas contradicciones que todos tenemos, tanto conscientes como ocultas. Pero ¿cómo surgen estas contradicciones?

Por favor, como he dicho repetidamente, no os limitéis a escuchar al que habla, sino escuchad también vuestro propio pensamiento; observad como actúan vuestras propias reacciones, daos cuenta de vuestra propia respuesta cuando se formula la pregunta, de modo que os vayáis conociendo. La mayoría de nosotros, cuando tenemos un problema, queremos saber como resolverlo, que hacer con él, como trascenderlo, como librarnos de él o cual es la respuesta. No estoy interesado en todo eso, quiero saber porque surge el problema; porque si puedo hallar la raíz de un problema, comprenderlo, llegar a su mismo fin, entonces habré hallado la respuesta a todos los problemas. Si sé como hay que mirar de forma completa uno de ellos, entonces puedo comprender cualquier otro que surja en el provenir. ¿Cómo surge un problema psicológico? Veamos esto primero, porque los problemas psicológicos falsean toda actividad de la vida. Cuando la mente, al aparecer un problema psicológico, lo comprende, lo resuelve y no arrastra su recuerdo hasta la hora siguiente o hasta el día siguiente, sólo entonces es capaz de hacer frente al nuevo reto, con frescura, con claridad. Nuestra vida es una serie de retos y respuestas y debemos ser capaces de encararlos por completo con cada reto, porque de lo contrario todos los momentos nos traerán más problemas. ¿Comprendéis? Todo mi interés está en ser libre en no tener problemas: con Dios, con el sexo, con cualquier cosa. Si Dios se convierte en mi problema, entonces no vale la pena buscar a Dios; porque para descubrir si existe eso que se llama  Dios, un algo supremo que rebasa la medida de la mente, mi propia mente ha de ser muy clara, inocente, libre, no impedida por un problema. Por eso he dicho desde el principio mismo que la libertad es necesaria. Se me dice que aún Carl Marx, el dios de los comunistas, escribió diciendo que los seres humanos han de tener libertad. Para mi, la libertad es absolutamente necesaria: Libertad al principio, al medio y al fin. Y esa libertad se niega cuando yo arrastro un problema hasta el día siguiente. Esto significa que no sólo tengo que descubrir como surge el problema, sino también como terminar con él por completo, quirúrgicamente, para que no haya repetición, para no ir cargando con él, para no sentir que pensando en él voy a encontrar la respuesta mañana. Si arrastro el problema hasta el día siguiente, propicio el terreno en el cual el problema se arraiga entonces la necesidad de podar el problema se convierte en otro problema. Por consiguiente, tengo que actuar de modo tan drástico e inmediato que el problema termine por completo. Así pues, ahí están las dos cuestiones: descubrir como surge el problema y también como acabar con él instantáneamente; tanto si el problema es la esposa, los hijos, la falta de dinero, Dios, o lo que sea. Lo que estoy diciendo no es ilógico. Os he mostrado en forma lógica, razonable, la necesidad de acabar con el problema y o arrastrarlo hasta el día siguiente. ¿Os gustaría hacer algunas preguntas sobre esto?

Pregunta: no comprendo porque decís que el dinero no es un problema. 

Krishnamurti: Es un problema para muchos. Nunca he dicho que no lo sea. Mirad, dije que un problema es algo que no comprendéis por completo, ya sea con respecto al dinero, el sexo, Dios, a vuestra relación con la esposa, con alguien que os odia, no importa lo que sea. Si tengo una dolencia o muy poco dinero, esto se convierte en un problema psicológico. O puede ser que el sexo llegue a ser un problema. Estamos investigando como surgen los problemas psicológicos, no como hacer frente a uno determinado. ¿Comprendéis? ¡Dios mío! Esto es muy sencillo. Como sabéis, hay personas en oriente que abandonan el mundo y vagan de pueblo en pueblo, con un cuenco de mendicante. Los brahmanes de la India han establecido, al correr de los siglos, la costumbre de que se respete al hombre que abandona el mundo, y que la gente lo debe alimentar y vestir. Para un hombre así, el dinero no es problema, evidentemente; pero conste que yo no estoy aconsejando aquí esa costumbre. Me limito a señalar que la mayoría de nosotros tenemos problemas psicológicos. ¿No tenéis problemas, no sólo con respecto al dinero, sino también con el sexo, Dios, las relaciones humanas? ¿No os interesáis sobre si se os ama o no? Si tengo muy poco dinero y quiero más entonces eso se convierte en mi problema, me preocupo por ello, hay un sentimiento de ansiedad; o me vuelvo envidioso, porque tenéis más dinero que yo. Todo esto falsea la percepción, y estos son los problemas de que hablamos. Tratamos de descubrir como surge un problema de esta clase. Creo que he dejado esto bastante claro. ¿O queréis que ahonde más en ello?

Seguramente que un problema surge cuando hay en mí una contradicción. Si no la hay, a ningún nivel, no habrá problema; si no tengo dinero trabajaré, mendigaré, pediré prestado, haré algo, y no será problema. 

Pregunta: Pero ¿qué pasa cuando no se puede hacer nada? 

Krishnamurti: ¿Qué queréis decir con eso de que “no se puede hacer nada”? Si tenéis una técnica o algún conocimiento especializado, ejerceréis alguna profesión. Si no, os pondréis a cavar. 

Comentario: Después de cierta edad, un hombre ya no puede trabajar en nada. 

Krishnamurti: Pero tiene la previsión social del Estado. 

Comentario: No, no la tiene. 

Krishnamurti: Entonces se muere y ya no hay problema. Pero este no es vuestro problema, señora, ¿verdad? 

Pregunta: No es mi propio problema personal. 

Krishnamurti: Entonces estáis hablando de otra persona y no nos ocupamos de eso. Aquí hablamos de nosotros como seres humanos con problemas, y no de algún pariente o amigo.

Comentario: Aparte de mi no tiene nadie que lo cuide; sólo yo. ¿Cómo voy a venir a escucharos y dejarlo sin ayuda? 

Krishnamurti: No vengáis. 

Comentario: Pero es que yo quiero venir. 

Krishnamurti: Entonces, no lo convirtáis en problema. 

Pregunta: ¿Estáis diciendo que cuando existe una situación embarazosa o inconveniente, como la falta de dinero, puede la mente elevarse por encima de ella? 

Krishnamurti: No. Como veis ya os habéis adelantado a mí, tratando de resolver el problema. Queréis saber como hacerle frente, Y yo no he llegado a eso todavía. Me he limitado a exponer el problema; y no he dicho lo que hay que hacer con él. Cuando decís que la mente tiene que elevarse por encima del problema, o cuando preguntáis lo que tiene que hacer un pariente o amigo que es viejo y no tiene dinero, ¿veis lo que estáis haciendo? Estáis escapando del hecho real. Un minuto, escuchad lo que estoy diciendo, no aceptéis ni rechacéis lo que diga, sino simplemente escuchadlo. No queréis encararos con el hecho de que sois vosotros los que tenéis el problema y no otra persona. Si podéis resolver el vuestro propio como seres humanos, podéis ayudar a otro o no, según sea el caso a resolver el suyo; pero en cuanto paséis a los problemas de otros y preguntéis: “¿qué tengo que hacer yo?”, os habréis colocado en una posición en la cual no podéis tener respuesta, y por lo tanto eso llega a hacer una contradicción. No se si ha quedado claro todo esto. 

Pregunta: Soy analfabeto, debido a una incapacidad de la infancia, y este ha sido un gran problema para mi durante toda mi vida. ¿Cómo puedo resolverlo? 

Krishnamurti: Todos os preocupáis terriblemente por la resolución de un problema, ¿no? Yo no. Lo siento. Os dije al principio mismo de estas charlas que no estoy interesado en resolver problemas, vuestros o míos. No Soy vuestro auxiliar o guía. Vosotros sois vuestro propio maestro, vuestro propio discípulo. Estáis aquí para aprender, y no para preguntar a otro lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer. No es cuestión de lo que debáis hacer con la persona impedida o con la que no tiene bastante dinero o con el analfabetismo, etc. Estáis aquí para aprender vosotros mismos sobre los problemas que tenéis, y no para que yo os instruya. No me pongáis, pues, en esa falsa posición, porque no os instruiré si lo hiciera, me convertiría en un guía, en un gurú, aumentando así la propia explotación que existe en el mundo. Estamos pues aquí, ustedes y yo, para aprender, y no para ser instruidos. Estamos aprendiendo, no por estudio, no por experiencia, sino para estar alerta, despiertos, totalmente concientes de nosotros mismos; de modo que nuestra relación es enteramente distinta de la del instructor y el enseñado. El que habla no os está instruyendo ni diciendo lo que hay que hacer. Esto carecería por completo de madurez.

Pregunta: Cuando somos incapaces de ver todo lo que está implicado en un problema, ¿cómo podemos llegar a su raíz y resolverlo? 

Krishnamurti: Tanto anheláis descubrir lo que hay que hacer, que no me habéis dado oportunidad de tratarlo. Os ruego que escuchéis durante dos minutos, si queréis. Yo no os estoy diciendo lo que hacer con vuestros problemas. Señalo cómo hay que aprender y lo que es aprender; y descubriréis que al aprender sobre vuestro problema éste termina; mas, si esperáis que alguien os diga lo que hay que hacer con un problema, entonces os volveréis como un niño irresponsable, que está siendo dirigido por otra persona, y tendréis aún más problemas. Esto es así de fácil y sencillo. De modo que os ruego, de una vez y para siempre, que quede claro en vuestro corazón y vuestra mente. Estamos aquí para aprender, no para que se nos instruya. Ser instruido es confiar a la memoria lo que se oye; pero la mera repetición de memoria no produce la resolución de los problemas. Sólo hay madurez en el proceso de aprender. De la falta de madurez nace el uso del conocimiento, de lo que simplemente ha sido memorizado como medio de resolver los problemas humanos, y sólo sirve para crear ulteriores modelos, más problemas.

El simple deseo de resolver un problema es eludirlo, ¿no? No he penetrado en él, no lo he estudiado, explorado, comprendido. No conozco su belleza, ni su fealdad, ni su hondura; mi único interés está en resolverlo, dejarlo de lado. Este impulso para resolver un problema sin haberlo comprendido es una evasión del mismo, y por lo tanto, se convierte en otro problema. Toda evasión engendra ulteriores problemas. Ahora bien, tengo un problema y quiero comprenderlo por completo, no quiero escapar de él, no quiero verbalizar sobre él, ni contárselo a nadie, simplemente quiero comprenderlo. No estoy esperando a que alguien me diga lo que hay que hacer. Veo que nadie puede decirme lo que debo hacer; y si alguien me lo dijera y yo aceptase sus palabras, eso sería sumamente tonto y absurdo. Tengo pues, que aprender sin que me instruyan y sin hacer intervenir el recuerdo de lo que he aprendido sobre anteriores problemas al encararme con el actual. ¡Que pena que no veis la belleza de esto!

¿Sabéis lo que significa vivir en el presente? No, me temo que no. Vivir en el presente es no tener continuidad en absoluto. Pero éste es un tema que discutiremos en alguna otra ocasión. Tengo un problema y quiero comprender, quiero aprender sobre él. Para esto no puedo traer los recuerdos del pasado a fin de enfrentarme con él, porque el nuevo problema reclama un nuevo enfoque, y yo no puedo venir a él con mis recuerdos muertos, estúpidos. El problema es activo de modo que tengo que tratar con él en el presente activo y por lo tanto el elemento tiempo hay que relegarlo por completo. Quiero descubrir como surgen los problemas psicológicos. Como dije, si puedo comprender toda la estructura de la causalidad de los problemas y por lo tanto, estoy libre de creármelos, entonces sabré como actuar en relación con el dinero, con el sexo, con el odio, con respecto a todo en la vida; y en el proceso de tratar con estas cosas, no crearé otro problema. Tengo pues, que descubrir como surge un problema psicológico y no como resolverlo. ¿Me entendéis?. Nadie puede decirme como surge; tengo que comprenderlo por mi mismo. Así como yo exploro en mi mismo, tenéis que explorar también en vosotros mismos y no limitaros a escuchar mis palabras. Si no vais más allá de las palabras y si no os miráis a vosotros mismos, las palabras no os ayudarán nada. Llegarán a ser mera abstracción, no una realidad. La realidad es el movimiento efectivo de vuestra propia indagación, que descubre, y no la indicación verbal de ese movimiento. Está claro todo esto hasta aquí.

Para mi, como dije, la libertad es de la más alta importancia. Mas la libertad no puede comprenderse en modo alguno sin inteligencia; y la inteligencia sólo puede venir cuando uno ha comprendido completamente, por si mismo, la causa de los problemas. La mente ha de estar alerta, atenta; ha de hallarse en estado de supersensibilidad, para que cada problema se resuelva a medida que surja. De lo contrario, no hay verdadera libertad, sólo hay libertad fragmentada y superficial, que no tiene valor alguno. Es como el hombre rico que dice ser libre. ¡Dios mío!, es esclavo de la bebida, del sexo, de la comodidad, de una docena de cosas. O como el hombre pobre que dice: “Soy libre porque no tengo dinero”, pero tiene otros problemas. Así, la libertad y la conservación de esta libertad no pueden ser una mera abstracción; tienen que ser la absoluta demanda, por vuestra parte, como seres humanos, porque sólo cuando hay libertad es cuando podéis amar. ¿Cómo podéis amar si sois ambiciosos, codicioso, competitivos?. No asintáis señores. Me estáis dejando que haga yo todo el trabajo.

No estoy nada interesado en resolver el problema, ni en buscar a alguien que me diga el modo de resolverlo. No me lo puede decir ningún libro, ningún guía, ninguna iglesia, sacerdote, salvador. Hemos jugado con eso miles de años y todavía seguimos cargados de problemas, que lo único que hacen es seguir multiplicándose, como ocurre ahora. Así que, ¿cómo surge un problema?. Como dije, cuando no hay contradicción en nuestro interior, no hay problema. La auto-contradicción implica un conflicto del deseo, pero el deseo mismo nunca es contradictorio. Desde luego que lo que crea contradicción son los objetos del deseo; como pinto cuadros, o escribo libros, o hago alguna cosa tonta, quiero ser famoso, reconocido. Cuando nadie me reconoce, hay una contradicción y me siento desgraciado, tengo miedo de la muerte, que no he comprendido; y en lo que llamo amor hay una contradicción. Veo pues, que el deseo es el principio de la contradicción; no el deseo mismo, sino los objetos del deseo son los contradictorios. Si trato de cambiar o negar los objetos del deseo, diciendo que me voy a aferrar a una sola cosa y a nada más, entonces eso también se vuelve un problema, porque tengo que resistir, tengo que levantar barreras contra todo lo demás. Así es que lo que tengo que hacer no es meramente cambiar o reducir los objetos del deseo, sino comprender el deseo mismo. Podéis decir: ¿Qué tiene que ver todo esto con el problema? Creemos que es el deseo el que crea conflicto, contradicción; y yo indico que no es el deseo, sino los objetos o fines en conflicto con el deseo los que crean la contradicción. Y no es bueno tratar de no tener más que un deseo.

Eso es como el sacerdote que dice: “Sólo tengo un deseo, el de alcanzar a Dios”, y que tiene innumerables deseos, de los cuales no es consciente siquiera. Tiene uno, pues, que comprender la naturaleza del deseo, y no limitarse a someterlo a control o a negarlo. Toda la literatura religiosa dice que tenéis que destruir el deseo, estar sin él, cosa que nada vale. Tiene uno que comprender como surge el deseo y que es lo que le da continuidad. ¿Entendéis el problema? Podéis ver como surge el deseo; es bastante sencillo. Hay percepción, contacto, sensación, incluso sensación sin contacto; y de la sensación viene el principio del deseo. Veo un automóvil; sus líneas, su forma, su belleza, me atraen, y lo quiero. Pero destruir el deseo es no ser sensible para nada. Desde el momento en que soy sensible, ya estoy en el proceso del deseo. Veo un objeto bello, o una bella mujer, lo que sea, y surge el deseo; o veo un hombre de enorme inteligencia e integridad y quiero ser así. De la percepción viene la sensación, y de esta el principio del deseo. Esto es lo que realmente sucede. No hay en ello nada complicado. La complejidad empieza cuando interviene el pensamiento y da continuidad al deseo. Pienso en el auto o en la mujer o en el hombre inteligente, y por ese pensamiento se le da continuidad al deseo. De lo contrario, este no tiene continuidad. Puedo mirar el vehículo, y con eso se acabó. ¿Comprendéis esto? Pero en el momento en que le concedo un momento de mi pensamiento a ese vehículo, entonces el deseo tiene continuidad, y la contradicción empieza.

Pregunta: ¿Puede haber deseo sin objeto? 

Krishnamurti: No existe tal cosa. No hay deseo abstracto. 

Pregunta: Entonces el deseo está siempre conectado con un objeto, pero dijisteis antes que tenemos que comprender el mecanismo del propio deseo y no preocuparnos de su objeto. 

Krishnamurti: Señor, he señalado como surge el deseo y como, por el pensamiento, le damos continuidad al deseo. Lo siento, pero tenemos que detenernos ahora y continuar el jueves próximo. 

14 de julio de 1964.

Saanen 



LA MUTACIÓN PSICOLÓGICA - J.K. - CAPÍTULO 1

 La Mutación Psicológica 

Conversaciones en Saanen 1964 

Capítulo Primero 

Como sabéis, van a darse aquí diez charlas y habrá algunas discusiones después de que terminen, por lo cual tendremos mucho tiempo para hablar de estas cosas. 

Me gustaría empezar esta mañana señalando la extraordinaria importancia de la libertad. La mayoría de nosotros no queremos ser libres. Tenemos nuestra familia, responsabilidades, deberes, y a esas cosas nos atenemos. Estamos limitados por leyes sociales, por cierto código de moral, y estamos agobiados por diarias perturbaciones y problemas; si podemos encontrar alguna clase de consuelo, algún medio de escape de todo este conflicto y desdicha, muy fácilmente quedamos satisfechos. La mayoría de nosotros no queremos ser libres en modo alguno, en ninguna dirección, a ninguna profundidad; y, sin embargo, me parece que una de las cosas más esenciales de la vida, es el descubrir por si mismo como ser libre de manera completa y total. ¿Es posible que la mente humana estando tan fuertemente condicionada, tan estrechamente aprisionada en sus afanes cotidianos tan llena de miedos y ansiedades, tan insegura del futuro y en constante demanda de seguridad, es posible que una mente así produzca en si misma una radical mutación, que sólo puede realizarse en la libertad completa?.

Creo que cada uno de nosotros debería interesarse realmente por este problema, al menos durante las tres semanas que estaremos aquí. Deberíamos interesarnos, no sólo verbalmente, sino ahondar mucho más en nosotros mismos, a través del análisis verbal o lingüístico para descubrir si es posible ser libres. Sin libertad no puede uno descubrir lo que es verdadero y lo que es falso; sin libertad no hay profundidad en la vida; sin libertad somos esclavos de toda clase de influencias, de todas las presiones sociales, de las innumerables exigencias con las que constantemente nos encontramos. ¿Se puede, pues, como individuo, penetrar realmente en uno mismo, investigando mucho, implacablemente, y descubrir si es posible que cada uno de nosotros sea completamente libre? Desde luego que sólo en la libertad puede haber cambio. Y, en efecto tenemos que cambiar, no superficialmente, no en el sentido de recortar meramente, un poquito acá y allá, sino que tenemos que producir una mutación radical en la estructura misma de la propia mente. Por eso me parece que es tan importante hablar sobre el cambio, discutirlo y ver hasta donde puede llegar cada uno de nosotros en este problema. ¿Sabéis lo que entiendo por “cambio”?. Cambiar es pensar de una manera totalmente distinta. Es producir un estado mental en que no haya nunca ninguna ansiedad, ninguna sensación de conflicto, de pugna por lograr, por ser o llegar a ser algo. Es liberarse por completo del miedo. Para descubrir lo que significa estar libre de temor, creo que tiene uno que comprender esta cuestión del que enseña y el enseñado, y con ello descubrir lo que es el aprender. Aquí no hay maestro ni persona a la que se enseñe. Todos estamos aprendiendo. Tenéis pues, que libraros por completo de la idea de que alguien os va a instruir o deciros lo que hay que hacer, lo cual significa que la relación con el que habla es por completo distinta. Estamos aprendiendo, no se os está enseñando. Si realmente comprendéis que no estáis aquí para que alguien os enseñe, que no hay instructor que os instruya, ni salvador que os salve, ni gurú que os diga lo que hay que hacer, si en realidad comprendéis este hecho, entonces tenéis que hacerlo todo vosotros mismos; y eso requiere una enorme cantidad de energía. La energía se disipa, se degrada, se pierde del todo cuando existe la relación del que enseña y el enseñado; así que, durante estas charlas aquí y en las discusiones que van a seguir, espero que no haya una relación semejante. Sería en realidad maravilloso que pudiéramos eliminarla por completo, de modo que solo quedase el movimiento de aprender. Generalmente aprendemos por el estudio, por los libros, por la experiencia o por instrucción ajena. Estas son las formas usuales de aprender: Confiamos a la memoria lo que hay y lo que no hay que hacer, lo que hay y no hay que pensar, como sentir, como reaccionar. Por la experiencia, el estudio, el análisis, por la exploración, por el examen introspectivo, almacenamos conocimientos en forma de memoria, y esta entonces responde a ulteriores retos y exigencia, de lo cual surge más y más aprendizaje. Estamos bien familiarizados con este proceso, es nuestra única manera de aprender. Como no sé dirigir un avión, aprendo, se me instruye, adquiero experiencia, cuyo recuerdo retengo, y entonces vuelo. Este es el único proceso de aprender que conocemos la mayoría de nosotros. Aprendemos por el estudio, la experiencia, la instrucción. Lo que se aprende se confía a la memoria como conocimiento, y ese conocimiento funciona siempre que hay un reto o siempre que tenemos que hacer algo.

  Pues bien, yo creo que hay una manera de aprender enteramente distinta y voy a hablar un poquito sobre ello; mas, para comprenderlo y para aprender esta forma distinta, tenéis que estar por completo libres de autoridad, pues si no simplemente se os instruirá y repetiréis lo que hayáis oído. Por eso es muy importante comprender la naturaleza de la autoridad. La autoridad impide aprender, un aprender que no es la acumulación de conocimientos como memoria. La memoria siempre responde en modelos; no hay libertad. Un hombre que este cargado de conocimiento, de instrucciones, que este agobiado por las cosas que ha aprendido, nunca será libre. Puede ser sumamente erudito, de modo extraordinario, pero su acumulación de conocimientos le impide ser libre, y por lo tanto es incapaz de aprender. Acumulamos diversas formas de conocimiento: El científico, psicológico, el técnico etc., y este conocimiento es necesario para el bienestar físico del hombre. Pero también acumulamos conocimientos para estar seguros, para funcionar sin trastornos, para actuar siempre dentro de los límites de nuestra propia información, y por ello nos sentimos seguros. Siempre queremos estar seguros, nos da miedo la incertidumbre y por tanto, acumulamos conocimientos. De esta acumulación sicológica es de lo que estoy hablando, y esto es lo que obstaculiza por completo la libertad. Así es que, desde el momento en que empieza uno a inquirir sobre lo que es la libertad, tiene que poner en tela de juicio no sólo la autoridad sino el conocimiento. Si simplemente se os instruye, si os limitáis a escuchar lo que oís, lo que leéis, lo que experimentáis, entonces hallaréis que nunca podéis ser libres, porque siempre estáis funcionando dentro del patrón de lo conocido. Esto es lo que nos pasa efectivamente a la mayoría; ¿qué va uno pues a hacer? Uno ve como funciona la mente y el cerebro. El cerebro es una cosa del mundo animal, progresiva, evolutiva, que vive y funciona dentro de los muros de su propia experiencia, su propio conocimiento, sus esperanzas y temores. Está perpetuamente activo en salvaguardarse y protegerse y, en cierta medida, tiene que estarlo, porque de lo contrario pronto se destruiría. Tiene que tener cierto grado de seguridad, de modo que habitualmente se beneficia acumulando toda clase de información, obedeciendo toda clase de instrucción, creando un patrón al que se ajuste la vida propia, no siendo así nunca libre. Si uno ha observado su propio cerebro, todo el funcionamiento de si mismo, se da cuenta de este modo de existencia ajustando a un patrón, en el cual no hay espontaneidad alguna. ¿Qué es, pues, aprender? ¿Hay un aprender de distinta clase, un aprender que no sea acumulativo, que no llegue a ser sólo un trasfondo de memoria o conocimiento que crea modelos y obstaculiza la libertad? ¿Existe una manera de aprender que no llegue a ser una carga, que no paralice la mente, sino que, por el contrario le de libertad? Si os habéis formulado alguna vez esta pregunta no de modo superficial, sino profundamente, sabréis que uno tiene que descubrir porque se aferra la mente a la autoridad. Ya sea la autoridad del instructor, del salvador, del libro, o la del conocimiento y la experiencia propia, ¿por qué se aferra la mente a esa autoridad?

Como sabéis, la autoridad adopta muchas formas. Tenemos la autoridad de los libros, la de la iglesia, la del ideal, la de vuestra propia experiencia y la del conocimiento que habéis acumulado. ¿Por qué os aferráis a esas autoridades? Técnicamente hay necesidad de ellas. Esto es sencillo y evidente. Más nosotros hablamos del estado psicológico de la mente; y, prescindiendo del todo de la autoridad técnica, ¿por qué se aferra la mente a la autoridad en el sentido psicológico? Es evidente que la mente se aferra a la autoridad porque le da miedo la incertidumbre, la inseguridad; le da miedo lo desconocido, lo que puede pasar mañana. Y ¿podemos nosotros vivir sin ninguna autoridad en absoluto, autoridad en el sentido de dominación, aserción, dogmatismo, agresividad, querer tener éxito, querer ser famoso, querer llegar a ser alguien? ¿Podemos vivir en este mundo: ir a la oficina y todo lo demás, en un estado de completa humildad? Esa es una cosa muy difícil de descubrir, ¿no? Más yo creo que es sólo en ese estado de completa humildad (que es el estado de una mente que esta siempre dispuesta a no saber) en el que puede uno aprender. De lo contrario siempre estará uno acumulando y, por tanto, dejando de aprender. ¿Puede uno, pues, vivir de un día para otro, en ese estado? ¿Comprendéis mi pregunta? Seguramente una mente que en realidad esté aprendiendo no tendrá autoridad ni tampoco la buscará; porque se encuentra en un estado de constante aprender, no sólo las cosas exteriores, sino también las internas y no pertenece a ningún grupo, a ninguna sociedad, a ninguna raza o cultura. Si estas constantemente aprendiendo de todo sin acumulación, ¿cómo puede haber una autoridad, un instructor? ¿Cómo es posible que sigáis a alguien? Y esa es la única manera de vivir: no aprendiendo de los libros. Yo no me refiero a eso. Sino  aprendiendo de vuestras propias demandas, de los movimientos de vuestro propio pensar, de vuestro propio ser. Entonces vuestra mente siempre estará fresca, lo mirará todo como nuevo y no con la cansada mirada del conocimiento, de la experiencia, de lo que ha aprendido. Si uno comprende esto, real y profundamente, entonces cesa toda autoridad; entonces el que habla carece en absoluto de importancia. El extraordinario que la verdad revela, lo inmenso de la realidad, no os lo puede dar otro. No hay autoridad, no hay guía. Tenéis que descubrirlo por vosotros mismos y, con ello, traer algún sentido a este caos que llamamos vida. Es un viaje que hay que emprender completamente sólo, sin marido, sin esposa, sin libros. Sólo podéis partir para este viaje cuando realmente veis la verdad de que tenéis que caminar completamente solos. Entonces estáis solos; no por amargura, no por cinismo, ni por desesperación, sino porque veis el hecho de que la soledad es absolutamente necesaria. Este hecho y la percepción del mismo es lo que le libera a uno para caminar solo. Uno es el libro, el salvador, el maestro. Tenéis pues, que investigar, tenéis que aprender sobre vosotros mismos, lo cual no significa acumular conocimientos de un mismo y mirar los movimientos de vuestro propio pensar con ese conocimiento. ¿Comprendéis? Para aprender sobre uno mismo, para conoceros, debéis observaros con frescura, con libertad. No podéis aprender sobre vosotros mismos si os limitáis a aplicar conocimiento, es decir, a miraros en términos de lo que habéis aprendido de algún instructor, de algún libro o de vuestra propia experiencia. El “yo” es una extraordinaria entidad, es una cosa compleja, vital, enormemente viva en constante cambio, sufriendo toda clase de experiencias; es un torbellino de enorme energía, y no hay nadie que pueda enseñaros sobre él: ¿nadie? Esto es lo primero que hay que ver. Una vez que comprendéis esto, que realmente veis su verdad, ya estáis liberados de una pesada carga, habéis dejado de esperar que algún otro os diga lo que hay que hacer. Ya existe el principio de este extraordinario aire de libertad. Tengo, pues, que conocerme, porque sin conocerme a mi mismo el conflicto no puede terminar, no pueden acabar el miedo ni la desesperación, no puede haber comprensión de la muerte. Cuando me comprendo, comprendo también a todos los seres humanos, la totalidad de las relaciones humanas. Comprenderse a si mismo es aprender sobre el cuerpo físico y las varias respuestas de los nervios, es darse cuenta de todo el movimiento del pensar, es comprender los celos, la brutalidad, y descubrir lo que es el afecto, lo que es el amor; es comprender todo eso que es el “yo”, el “tu”. Aprender no es un proceso de sentar las bases del conocimiento. Aprender es de instante en instante, es un movimiento que os observáis infinitamente, sin condenar, interpretar ni evaluar nunca, sino meramente observando. En el momento en que condenáis, interpretáis o evaluáis, tendréis un patrón de conocimiento, de experiencia, y ese modelo os impide aprender. Sólo es posible una mutación en la raíz misma de la mente cuando os comprendéis, y tiene que haber tal mutación, tiene que haber un cambio. No uso la palabra “cambio” en el sentido de ser influido por la sociedad, por el clima, la experiencia o la presión en alguna otra forma. Presiones e influencias meramente os impulsaran en cierta dirección. Me refiero al cambio que se produce sin esfuerzo, porque os comprendéis. Desde luego que hay una que hay que hacer. Ya existe el principio de este extraordinario aire de libertad. Tengo, pues, que conocerme, porque sin conocerme a mi mismo el conflicto no puede terminar, no pueden acabar el miedo ni la desesperación, no puede haber comprensión de la muerte. Cuando me comprendo, comprendo también a todos los seres humanos, la totalidad de las relaciones humanas. Comprenderse a si mismo es aprender sobre el cuerpo físico y las varias respuestas de los nervios, es darse cuenta de todo el movimiento del pensar, es comprender los celos, la brutalidad, y descubrir lo que es el afecto, lo que es el amor; es comprender todo eso que es el “yo”, el “tu”. Aprender no es un proceso de sentar las bases del conocimiento. Aprender es de instante en instante, es un movimiento que os observáis infinitamente, sin condenar, interpretar ni evaluar nunca, sino meramente observando. En el momento en que condenáis, interpretáis o evaluáis, tendréis un patrón de conocimiento, de experiencia, y ese modelo os impide aprender. Sólo es posible una mutación en la raíz misma de la mente cuando os comprendéis, y tiene que haber tal mutación, tiene que haber un cambio. No uso la palabra “cambio” en el sentido de ser influido por la sociedad, por el clima, la experiencia o la presión en alguna otra forma. Presiones e influencias meramente os impulsaran en cierta dirección. Me refiero al cambio que se produce sin esfuerzo, porque os comprendéis. Desde luego que hay una basta diferencia entre los dos: entre el cambio producido por compulsión y el que viene de modo espontáneo, natural, libre. Pues bien, si sois serios (y creo que sería un poco absurdo haber recorrido todo el camino para asistir a estas charlas con este calor y aguantar una serie de incomodidades si no fuerais serios), entonces estas tres semanas aquí ofrecerán una buena oportunidad para aprender, para la observación real, para la indagación profunda. Porque, mirad, me parece que nuestra vida es tan superficial, sabemos y hemos experimentado mucho, podemos hablar muy inteligentemente, y en realidad no tenemos profundidad. Vivimos en la superficie y, al hacerlo, tratamos de conseguir que ese vivir superficial sea muy serio. Mas yo hablo de una seriedad que no está meramente al nivel superficial, una seriedad que penetra hasta las profundidades mismas del propio ser. La mayoría de nosotros no somos realmente libres; y creo que, a menos que seamos libres: libres de las preocupaciones, de los hábitos, de las incapacidades psicosomáticas, del miedo nuestra vida seguirá siendo terriblemente superficial y vacía, y en ese estado envejecemos y morimos.

Así que, durante estas tres semanas, descubramos si podemos abrirnos paso por esta superficial existencia que hemos cultivado tan cuidadosamente y sumergirnos en algo que está mucho más hondo. Y el proceso de ahondar no es por medio de la autoridad; no es cuestión de que nos diga otro como hay que hacerlo, porque no hay nadie que os lo pueda decir. Lo que vamos a hacer aquí es aprender juntos lo que hay de verdad en todo esto; y un vez que realmente comprendáis lo que es verdadero, entonces habrán terminado todas las esperanzas puestas en la autoridad; entonces no necesitáis ningún libro, no necesitáis ir a ninguna iglesia o templo, habéis dejado de ser seguidores. Hay gran belleza, gran profundidad, gran amor en la libertad, cosas de las cuales ahora no sabemos nada en absoluto, porque no somos libres. De modo que nuestro primer interés, me parece, es inquirir sobre esta libertad, no sólo a través del análisis verbal o lingüístico, sino también por el hecho de vernos libres de la palabra. Hace mucho calor, pero me parece que hemos hecho todo lo que podíamos para lograr que el interior de la tienda esté bastante fresco. No podemos celebrar estas reuniones más temprano, porque hay muchos que vienen desde lejos. Tendremos, pues, que soportar este calor como parte de las molestias. Como sabéis, uno tiene que ser disciplinado, no por imposición ni control rígido, sino por la comprensión de toda la cuestión de la disciplina, aprendiendo sobre ella. Tomad por ejemplo algo inmediato: el calor. Puede uno darse cuenta de este calor y no estar molesto por el, porque nuestro interés, nuestra indagación, que es el movimiento mismo del aprender, es mucho más importante que el calor y la incomodidad del cuerpo. El aprender requiere, pues, disciplina, y el acto mismo de aprender es disciplina; y, por tanto, no tiene que haber disciplina impuesta ni control artificial. Es decir, quiero escuchar, no sólo lo que se está diciendo, sino también todas las reacciones que despiertan en mi esas palabras.

 Quiero percibir todo movimiento del pensar, de todo sentimiento, de todo gesto. Esto, en si, es disciplina, y tal disciplina siempre es extraordinariamente flexible. Creo, pues, que lo primero que tenéis que descubrir es si, como seres humanos que viven en una cultura o comunidad determinada, reclamáis realmente libertad como reclamáis alimento, sexo, comodidad; y hasta que punto y que tan profundamente estáis dispuestos a llegar para ser libres. Creo que eso es lo único que podemos hacer en la primera charla o, más bien, lo único que podemos hacer durante estas tres semanas, porque es lo único que podemos compartir. Eso y ninguna otra cosa. Porque todo lo demás llega a ser mero sentimentalismo, devoción, emotividad, cosas que carecen grandemente de madurez. Mas si ustedes y yo estamos realmente buscando inquiriendo, aprendiendo lo que significa ser libres o estar libres, entonces esa abundancia la podemos compartir todos.

Como dije al principio, aquí no hay instructor, aquí no hay instruidos, cada uno de nosotros está aprendiendo, pero no sobre algún otro. No estáis aprendiendo sobre el que habla ni sobre vuestro prójimo; estáis aprendiendo sobre vosotros mismos, y si aprendéis así, entonces sois el que habla sois vuestro vecino. Si aprendemos sobre nosotros mismos, podéis amar a vuestro prójimo. De lo contrario, no podéis, y todo esto seguirán siendo meras palabras. No podéis amar a vuestro prójimo si sois competidores. Toda nuestra estructura social, económica, política, moral, religiosa, se basa en la competencia. Y al mismo tiempo, decimos que tenemos que amar al prójimo. Tal cosa es imposible, porque donde haya competencia no puede haber amor. Así es que, para comprender lo que es el amor, lo que es la verdad tiene que haber libertad. Y nadie puede daros eso, tenéis que descubrirla por vosotros mismos trabajando de firme. 

12 de julio de 1964.

LIBERESE DEL PASADO -J.K. - CAPÍTULO 16 - ÚLTIMO DE ESTA SERIE -

 CAPÍTULO XVI 

La Revolución Total - La Mente Religiosa - La Energía - La Pasión 

A través de todo este libro nos ha movido el interés de producir en nosotros mismos y, por lo tanto, en nuestras vidas, una total revolución que nada tiene que ver con la estructura de la sociedad tal como es. La sociedad se ha convertido en una cosa horripilante con sus continuas guerras de agresión, ya sean éstas defensivas u ofensivas. Lo que necesitamos es algo totalmente nuevo -una revolución, una mutación en la misma psiquis-. No es posible que el viejo cerebro pueda resolver los problemas humanos de relación. El viejo cerebro es asiático, europeo, americano o africano; por ese motivo nos estamos preguntando: ¿Seremos capaces de producir una mutación en las células mismas de ese cerebro? Preguntémonos de nuevo, ahora que hemos llegado a comprendernos mejor: “¿Será posible para un ser humano, que vive una vida rutinaria en este mundo brutal, violento y despiadado -un mundo que se vuelve más y más eficiente y, por lo tanto, más y más cruel- será posible para él, producir una revolución no sólo en sus relaciones exteriores, sino también en el campo total de sus pensamientos, sentimientos, acciones y reacciones?” 

Diariamente vemos o leemos acerca de las cosas aterradoras que ocurren en el mundo como resultado de la violencia en el hombre. Usted quizá diga: “Yo nada puedo hacer”, o bien, “¿cómo puedo influir en el mundo?” Yo pienso que sí puede influir tremendamente, si en su interior no es violento, si cada día lleva usted en efecto una vida pacífica -una vida sin competencia, sin ambición o envidia- una vida que no esté creando enemistad. Los pequeños fuegos pueden volverse una hoguera. Nosotros hemos reducido la tierra a su presente estado de caos por nuestra actividad egocéntrica, por nuestros prejuicios, nuestros odios, nuestro nacionalismo, y cuando decimos que nada podemos hacer, estamos aceptando el desorden en nosotros mismos como inevitable. Hemos dividido el mundo en fragmentos, y si nosotros mismos estamos divididos, fragmentados, también lo estarán nuestras relaciones con el mundo. Pero si al hacer algo, actuamos totalmente, entonces nuestras relaciones con el mundo sufrirán una revolución tremenda.

Después de todo, cualquier movimiento que valga la pena, cualquier acción que tenga profundo significado, debe empezar en cada uno de nosotros. Yo debo cambiar primero, debo ver cual es la naturaleza y la estructura de mi relación con el mundo -y precisamente en el mismo ver está el actuar-; por lo tanto, yo, como ser humano que vivo en el mundo, produzco una cualidad diferente, que es, me parece a mí, la cualidad de la mente religiosa. La mente religiosa es por completo distinta a la mente que cree en la religión. Usted no puede ser religioso, y ser a la vez hindú, un musulmán, un cristiano, un budista. Una mente religiosa no busca nada, no puede experimentar con la realidad. La Verdad no es algo que a usted le dictan su placer o su dolor o su condicionamiento como hindú o como cualquiera otra religión a que pertenezca. La mente religiosa es un estado en que no hay temor, y, por lo tanto, ninguna creencia; sólo hay lo que es, lo que realmente es. En la mente religiosa existe ese estado de silencio -que ya hemos examinado antes- y que no es producto del pensamiento, sino resultado de estar conscientemente alerta (awareness). Cuando el meditador está totalmente ausente, ese estado de ser consciente es meditación. En ese silencio hay un estado de energía sin conflicto. La energía es acción y movimiento. Toda acción es movimiento, y toda acción es energía. Toda la vida es energía. Si a esa energía se le permite fluir sin contradicción, sin fricción, sin ningún conflicto, entonces será inmensa, inagotable. Sin fricción no hay fronteras para la energía. Es la fricción la que la limita. ¿Por qué entonces, viendo esto, el ser humano produce fricción dentro de esta energía? ¿Por qué crea fricción en este movimiento al que llamamos vida? ¿Es la energía pura, la energía sin limitaciones, simplemente una idea para él? ¿No tiene realidad?

Necesitamos energía no sólo para producir una revolución total en nosotros mismos, sino también para investigar, para observar, para actuar. Y mientras haya fricción de algún tipo en cualquiera de nuestras relaciones, ya sea entre esposa y esposo, entre hombre y hombre, entre una comunidad y otra, uno y otro país, o una y otra ideología -si hay fricción interna, o conflicto externo en alguna forma, por sutil que pueda ser- habrá desperdicio de energía. Siempre que hay un intervalo de tiempo entre el observador y lo observado, se crea fricción y, por lo tanto, se malgasta energía. Esa energía se eleva a su punto más alto, cuando el observador es lo observado, en que no hay intervalo de tiempo en absoluto. Siendo así, habrá energía sin motivación, y ésta descubrirá su propio canal de acción, porque entonces el Yo no existe. Necesitamos una tremenda cantidad de energía para comprender la confusión en que vivimos, y el sentir “tengo que comprender”, produce la vitalidad para investigar. Pero la búsqueda, la investigación implica tiempo, y como hemos visto, el descondicionamiento gradual de la mente no es el camino. El tiempo no es el medio. Ya seamos viejos o jóvenes, es ahora cuando el proceso total de la vida puede llevarse a una dimensión diferente. Buscar lo opuesto de lo que somos tampoco es el medio, ni lo es la disciplina artificial impuesta por un sistema, un maestro, un filósofo, o un sacerdote -todo esto es muy infantil. Cuando nos damos cuenta de esto, nos preguntamos: ¿Será posible abrirse paso inmediatamente a través de este pesado condicionamiento de siglos, sin entrar en otro condicionamientoser libres para que la mente pueda ser del todo nueva, sensible, viva, alerta, intensa, capaz? Este es nuestro problema. No hay otro porque cuando la mente llega a ser nueva puede afrontar cualquier problema. Esa es la única pregunta que tenemos que formularnos. Pero no preguntamos. Deseamos información. Una de las cosas más curiosas en la estructura de nuestra psiquis es que todos queremos que se nos de información porque somos el resultado de diez mil años de propaganda. Queremos que otra persona confirme y corrobore lo que pensamos; sin embargo, la pregunta sólo es auténtica cuando uno se la hace a sí mismo. Lo que yo digo tiene muy poco valor; usted lo olvidará una vez cierre este libro, o recordará y repetirá ciertas frases, o comparará con lo que ha leído en otros libros, pero no se enfrentará a su propia vida. Y esto es lo único que importa -su vida, usted mismo, su pequeñez, su superficialidad, su brutalidad, su violencia, su codicia, su ambición, su agonía diaria y su dolor interminable- esto es lo que tiene que comprender, y nadie sobre la tierra o del cielo va librarlo de ello sino usted mismo. Al ver todo lo que ocurre en su vida diaria, en sus actividades cotidianas, cuando toma una pluma para escribir, cuando habla, cuando sale a dar un paseo, cuando camina solo por los bosques -¿puede usted en un instante, con una mirada, conocerse sencillamente tal como es?- Cuando usted se conoce tal como es, entonces comprende la total estructura de los empeños del hombre, sus decepciones, sus hipocresías, su búsqueda. Para conseguirlo tiene que ser tremendamente honrado con usted mismo, a través de todo su ser. Cuando actúa conforme a sus principios, ya no es honrado, porque esta actuando según lo que piensa que debe ser, y ya no es usted mismo. El tener ideales, creencias o principios es algo brutal, porque no se puede ver uno a sí mismo directamente. Entonces, ¿puede usted mantenerse en actitud completamente negativa, completamente serena, sin pensar ni temer, mientras está, sin embargo, extraordinariamente, apasionadamente vivo?

Ese estado mental en que uno es ya incapaz de esforzarse por nada, es la verdadera mente religiosa, y en tal estado usted puede encontrarse con esta cosa llamada verdad, o realidad, bienaventuranza, Dios, belleza o amor. Esta cosa no puede ser invitada. Por favor, comprenda este sencillo hecho. No puede ser invitada, no puede ser perseguida, porque la mente es demasiado tonta, demasiado pequeña; sus emociones son demasiado falsas, su modo de vivir demasiado confuso, para recibir eso tan enorme, esa cosa tan inmensa en su pequeña casa, su pequeño rincón de vida, que ha sido tan hollado y menospreciado. Usted no puede invitarla. Podría hacerlo si la conociera, y usted no la conoce. Cualquiera que diga, sea quien sea: “Yo la conozco”, en realidad, no la conoce. Una vez que usted dice que la ha encontrado, no la ha encontrado. Si afirma que la ha conocido por experiencia, no puede haberla conocido. Todos esos son medios de explotar a otra persona -su amigo o su enemigo-. Uno se pregunta entonces si será posible encontrarse con eso sin invitarlo, sin esperarlo, sin buscarlo o explotarlo, que llegue simplemente como una fresca brisa que entra cuando usted deja la ventana abierta. Usted no puede invitar al aire, pero tiene que dejar la ventana abierta. No quiere decir que se quede en estado de expectación; esta es otra forma de engaño. Tampoco quiere decir que se abra usted mismo para recibir; esta es otra clase de pensamiento. ¿Se ha preguntado alguna vez por qué carecen de esta cosa los seres humanos? Ellos engendran hijos, tienen sexo, ternura, la capacidad de compartir algo en compañía, en amistad, en hermandad, pero esta cosa: ¿por qué no la han hallado? ¿Ha tenido usted alguna vez la oportunidad de vagar ociosamente mientras caminaba solo por una calle sucia o sentado en un autobús, o en la playa en un día de fiesta, o andando por un bosque entre pájaros, árboles, arroyos y animales salvajes? ¿Se le ha ocurrido preguntarse alguna vez por qué el hombre, que ha vivido por millones y millones de años, no ha conseguido esta cosa, esta extraordinaria flor que nunca se marchita? ¿Por qué usted que como ser humano es tan capaz, tan ingenioso, tan astuto, tan hábil en la competencia, que posee tan maravillosa tecnología; que se eleva a los cielos y baja a las profundidades de la tierra y del mar, e inventa cerebros electrónicos extraordinarios -¿por qué no ha conseguido esta única cosa que importa?- No sé si usted alguna vez se ha enfrentado seriamente a este problema: ¿por qué su corazón está vació?

¿Cuál sería su respuesta si se formulara esta pregunta a usted mismo -su respuesta directa, sin equívocos o ingeniosidad alguna-? Su contestación estaría de acuerdo con la intensidad y la urgencia de la pregunta. Pero en usted no hay intensidad ni urgencia porque carece de energía, la energía que es pasión -y no podrá encontrar ninguna verdad sin pasión- pasión apoyada por exaltado entusiasmo; pasión tras la cual no se oculta el deseo. La pasión es más bien algo aterrador, porque si usted tiene pasión no sabe a dónde le llevará. Así, tal vez sea el temor el motivo por el cual no ha conseguido la energía de esa pasión, que es necesaria para descubrir por usted mismo por qué carece de esta cualidad del amor, por qué no arde esta llama en su corazón. Si ha examinado con cuidado su mente y corazón, hallará la respuesta. Si es apasionado en su intento de descubrir por qué no lo ha conseguido, sabrá que está ahí. Sólo a través de la completa negación, que es la más alta forma de pasión, surge esa cosa que es amor. Como sucede con la humildad, no se puede cultivar el amor. La humildad nace de una carencia total de presunción. En ese caso nunca se sabe lo que es ser humilde. El hombre que sabe lo que es tener humildad es un hombre vano. En la misma forma, cuando usted pone su mente, su corazón, sus nervios, sus ojos, todo su ser para encontrar el camino de la vida, para ver lo que es realmente, y logra transcenderlo, y niega completa y totalmente la vida que vive ahora, de esa misma negación de lo feo, de lo brutal, surge lo otro. Pero usted nunca lo sabrá. Un hombre que reconoce que está en silencio, o que ama, no sabe lo que es el amor o lo que es el silencio.


LIBERESE DEL PASADO - J.K. - CAPÍTULO 15 -

 CAPÍTULO XV

 La Experiencia - La Satisfacción - La Dualidad - La Meditación - 

Todos deseamos experiencia de cualquier tipo: la experiencia mística, la religiosa, la sexual, la experiencia de tener mucho dinero, poder, posición, dominio. Cuando envejecemos, puede ser que hayamos terminado con las urgencias de los apetitos físicos, pero entonces exigimos experiencias de mayor alcance, más profundas y significativas. Y ensayamos varios métodos para obtenerlas -ensanchar nuestra conciencia, por ejemplo, que es más bien un arte, o tomar varias clases de drogas-. Este viejo truco ha existido desde tiempo inmemorial: masticar cierta clase de hojas, o experimentar con los últimos adelantos de la química para producir una alteración temporal en la estructura de las células cerebrales, una mayor capacidad sensitiva, y una más elevada percepción que nos revelen una semblanza de realidad. Pero este deseo urgente de más y más experiencias muestra la pobreza interior del hombre. Pensamos que así podremos escapar de nosotros mismos, pero estas experiencias están condicionadas por lo que somos. Si la mente es mezquina, celosa, codiciosa, aunque tome la droga más reciente, sólo verá su propia y limitada creación, las pequeñas proyecciones que emanan de su mismo trasfondo condicionado. La mayoría de nosotros ansiamos experiencias que nos satisfagan completamente, experiencias perdurables que no puedan ser destruidas por el pensamiento, de modo que tras estos reclamos de experiencia está el deseo de satisfacción, y este mismo deseo dicta la experiencia; por lo tanto, no sólo tenemos que comprender todo este asunto de la satisfacción, sino también la cosa que experimentamos. Se siente gran placer cuando se está bien satisfecho, y mientras más perdurable, extensa y profunda es la experiencia, más agradable es. Así, pues, el placer dicta la forma de experiencia que requerimos, y es el placer la medida con que la valoramos. Lo que tiene medida está dentro de los límites del pensamiento y se presta para crear ilusión. Usted puede tener maravillosas experiencias y, sin embargo, estar por completo engañado. Inevitablemente sus visiones se acomodarán a su condicionamiento; verá al Cristo o al Buda o aquel en quien cree, y mientras más vigorosa sea su capacidad para creer, más potentes serán sus visiones, las proyecciones de sus propios deseos y urgencias.

Por esta razón, si al buscar algo tan fundamental como la verdad, el placer es la medida, usted ya tiene proyectado lo que esa experiencia ha de ser, pero, desde luego, ya no será válida. ¿Qué es para nosotros la experiencia? ¿Hay algo nuevo u original en ella? La experiencia es un manojo de memoria que responde a un reto. La experiencia sólo puede reaccionar de acuerdo con su trasfondo, y mientras más hábil sea usted para interpretar la experiencia, más extensas serán las respuestas. Por lo tanto, usted tiene que cuestionar su propia experiencia además de la del otro. Si no reconoce una experiencia, no es experiencia en absoluto. Y para reconocerla tiene que haber pasado por ella; de no ser así usted no la reconocería. Usted identifica una experiencia como buena, mala, hermosa, sagrada, etc., de acuerdo con su condicionamiento, de modo que el reconocerla así es inevitablemente un acto del pasado. Cuando deseamos una experiencia de la realidad como nos sucede a todos -¿No es cierto?- para pasar por ella, debemos conocerla, y tan pronto la reconocemos, es que ya la habíamos proyectado y, por lo tanto, no es real, ya que está dentro del campo del pensamiento y del tiempo. Si el pensamiento puede pensar acerca de la realidad, esa no puede ser realidad. No podemos reconocer una nueva experiencia. Es imposible. Sólo reconocemos lo que ya hemos conocido; entonces cuando afirmamos haber tenido una nueva experiencia, no es nueva en absoluto. El buscar una experiencia ulterior por la expansión de la conciencia, como se hace a través de las drogas psicodélicas, es un hecho que se halla dentro del campo de la conciencia y, por supuesto, muy limitado. Así, pues, hemos descubierto una verdad fundamental, o sea, que la mente está buscando y anhelando una experiencia más extensa y profunda, es una mente superficial y torpe, porque vive siempre de sus recuerdos.

Ahora bien, si no tuviéramos ninguna experiencia, ¿qué nos ocurriría? Dependemos de experiencias, de retos, para mantenernos despiertos. Si no hubiera conflictos dentro de nosotros, ni cambios, ni perturbaciones, estaríamos profundamente dormidos. Por esta razón los retos son necesarios para la mayoría de nosotros, pensamos que sin ellos la mente se volvería estúpida y pesada y, por lo tanto, dependemos de un reto, de una experiencia más excitante, más intensa, para que la mente llegue a ser más perspicaz. Pero de hecho, depender de estímulos y experiencias con el fin de mantenernos despiertos, sólo sirve para entorpecer aun más la mente; en realidad, no nos mantienen despiertos. Así, yo me pregunto: ¿me será posible permanecer despierto totalmente -no de manera superficial en unos cuantos aspectos de mi ser- sino totalmente despierto, sin ningún reto o experiencia? Esto implica una gran capacidad sensitiva, tanto física como psicológica; significa que debo estar libre a toda urgencia porque tan pronto anhelo algo, tendré la experiencia de ello. Y para estar libre de toda urgencia y satisfacción, necesito investigar dentro de mí mismo y comprender por completo la naturaleza de la urgencia. El deseo urgente nace de la dualidad: “Soy infeliz y debo ser feliz”. Precisamente en esta ansia de felicidad, hay infelicidad. Cuando uno hace un esfuerzo por ser bueno, en esa misma bondad está su opuesto, la maldad. Toda aseveración contiene su opuesto, y el esfuerzo por vencer, fortalece aquello contra lo cual se lucha. Cuando usted anhela una experiencia de la verdad o de la realidad, ese anhelo nace de su descontento con lo que es, y así crea su opuesto. Y en lo opuesto está lo que ha sido. Por lo tanto uno debe librarse de esta urgencia incesante; de otra manera no habrá salido del círculo de la dualidad. Es necesario, pues, conocerse uno mismo de manera tan completa que la mente ya no busque más.

Una mente así no reclama experiencia alguna, no le interesa el reto, ni aun conocerlo; no dice: “Estoy dormida o despierta”. Es plenamente lo que es. Sólo la mente superficial estrecha y frustrada, la mente condicionada, está siempre buscando algo más. ¿Será posible, entonces, vivir en este mundo sin el más, sin esta interminable comparación? ¿Seguro qué sí? Pero hay que descubrirlo por uno mismo. La investigación de todo este problema constituye la meditación. Esta palabra se ha usado, tanto en Oriente como en el Occidente, en la forma más desafortunada. Hay distintas escuelas de meditación, diferentes métodos y sistemas. Hay sistemas que explican: “Observe el movimiento de su dedo gordo, obsérvelo, obsérvelo, obsérvelo”. Hay otros sistemas que recomiendan sentarse en cierta postura, respirando con regularidad, o manteniéndose alerta como ejercicio. Todo esto es completamente mecánico. Otro método la da cierta palabra y le dice que si la pronuncia repetidamente tendrá una experiencia extraordinaria y trascendental. Esto carece de sentido. Es una forma de autohipnosis. Repitiendo Amén, u Om, Coca Cola indefinidamente es obvio que tendrá usted una determinada experiencia, porque la repetición aquieta la mente. Es un fenómeno bien conocido y que se ha practicado por miles de años en la India; se llama Mantra-Yoga. Con la repetición usted puede inducir a la mente para que sea suave y amable, pero seguirá siendo una mente mezquina, falsa y pequeña. Igualmente podría usted recoger una vara en el jardín, colocarla sobre la chimenea y poner ante ella una flor todos los días. Al mes, usted estaría adorándola y llegaría a ser un pecado no ponerle una flor al frente. La meditación no consiste en seguir sistema alguno, en imitar y repetir constantemente. La meditación no es concentración. Uno de los gambitos favoritos de algunos maestros en meditación es insistir en que sus discípulos aprendan a concentrarse, es decir, fijar la mente en un pensamiento, rechazando los demás. Pero ésta es la práctica más estúpida y desagradable que cualquier escolar puede seguir sólo por que se le impone. Eso significa que usted está librando continuamente una batalla: insistiendo por un lado en que debe concentrarse, y por otro su mente está divagando en todo género de cosas. Al contrario, usted debe estar atento a cualquier movimiento de la mente por donde quiera que vague. Cuando su mente se distrae es porque está interesada en otra cosa.

La meditación requiere una mente asombrosamente alerta. Meditar es comprender la totalidad de la vida, en que ha cesado toda forma de fragmentación. La meditación no es el control del pensamiento, porque si éste se controla, engendra conflicto en la mente. Pero cuando usted comprende la estructura y origen del pensamiento, de lo cual ya hemos hablado, entonces el pensamiento no interferirá. Esa misma comprensión de la estructura del pensamiento es su propia disciplina, que es meditación. La meditación consiste en darse cuenta de cada pensamiento y de cada sentimiento, sin decir nunca que está bien o mal, sino sólo observarlo y moverse con él. En esa observación usted comienza a comprender todo el movimiento del pensar y del sentir. Y de ese estado de ser consciente emana el silencio. El silencio que es resultado del pensamiento es estancamiento, es muerte. Pero el silencio que surge cuando el pensamiento ha comprendido su propio origen y su verdadera naturaleza y el hecho de nunca haber sido libre sino siempre viejo, este silencio es meditación en que el meditador está ausente por completo, porque la mente se ha vaciado a sí misma del pasado. Si usted ha leído este libro toda una hora atentamente, eso es meditación. Si sólo se ha quedado con unas cuantas palabras y ha reunido algunas ideas para pensar en ellas más tarde, entonces eso ya no es meditación. La meditación es un estado de la mente que mira todas las cosas con atención completa, totalmente, no sólo en partes. Y nadie puede enseñarle cómo estar atento. Si lo aprende de algún sistema, usted estará atento al sistema, pero eso no es atención. La meditación es una de las artes más admirables de la vida, quizás la más grande, y no es posible aprenderla de nadie; en eso consiste su belleza. No tiene técnica y, por lo tanto, tampoco autoridad. Cuando usted aprende a conocerse, se observa, observa su forma de caminar, de comer, de hablar, la murmuración, el odio, los celos; si se da cuenta de todo esto que ocurre dentro de usted mismo, sin elección alguna, está llevando a cabo parte de la meditación.

La meditación requiere una mente asombrosamente alerta. Meditar es comprender la totalidad de la vida, en que ha cesado toda forma de fragmentación. La meditación no es el control del pensamiento, porque si éste se controla, engendra conflicto en la mente. Pero cuando usted comprende la estructura y origen del pensamiento, de lo cual ya hemos hablado, entonces el pensamiento no interferirá. Esa misma comprensión de la estructura del pensamiento es su propia disciplina, que es meditación. La meditación consiste en darse cuenta de cada pensamiento y de cada sentimiento, sin decir nunca que está bien o mal, sino sólo observarlo y moverse con él. En esa observación usted comienza a comprender todo el movimiento del pensar y del sentir. Y de ese estado de ser consciente emana el silencio. El silencio que es resultado del pensamiento es estancamiento, es muerte. Pero el silencio que surge cuando el pensamiento ha comprendido su propio origen y su verdadera naturaleza y el hecho de nunca haber sido libre sino siempre viejo, este silencio es meditación en que el meditador está ausente por completo, porque la mente se ha vaciado a sí misma del pasado. Si usted ha leído este libro toda una hora atentamente, eso es meditación. Si sólo se ha quedado con unas cuantas palabras y ha reunido algunas ideas para pensar en ellas más tarde, entonces eso ya no es meditación. La meditación es un estado de la mente que mira todas las cosas con atención completa, totalmente, no sólo en partes. Y nadie puede enseñarle cómo estar atento. Si lo aprende de algún sistema, usted estará atento al sistema, pero eso no es atención. La meditación es una de las artes más admirables de la vida, quizás la más grande, y no es posible aprenderla de nadie; en eso consiste su belleza. No tiene técnica y, por lo tanto, tampoco autoridad. Cuando usted aprende a conocerse, se observa, observa su forma de caminar, de comer, de hablar, la murmuración, el odio, los celos; si se da cuenta de todo esto que ocurre dentro de usted mismo, sin elección alguna, está llevando a cabo parte de la meditación. Así, pues, la meditación puede realizarse mientras viaja en autobús, o cuando camina por los bosques llenos de luces y sombras, o escucha el canto de los pájaros, o mira el rostro de su esposa o hijo. Cuando se comprende la meditación, hay amor, y el amor no es producto de sistemas, de hábitos, de método alguno. El amor no puede ser cultivado por el pensamiento. El amor puede tal vez nacer del pleno silencio, un silencio en que el meditador está ausente por completo. Y la mente sólo puede estar silenciosa cuando comprende su propio movimiento como pensamiento y emoción. Para comprender este movimiento no se le debe condenar mientras se observa. Observar de esta manera es disciplina, y esa clase de disciplina es libre, fluida, no es la disciplina de la conformidad.




LIBERESE DEL PASADO - J.K. - CAPÍTULO 14 -

 CAPÍTULO 14

El Peso del Ayer - La Mente Serena - La Comunicación - La Realización - La Verdad y la Realidad

 Generalmente disfrutamos de muy poca soledad interna en nuestras vidas. Aun cuando nos encontramos solos, estamos presionados por tantas influencias, tantos conocimientos, recuerdos de tantas experiencias, tanta ansiedad, desdicha y conflicto, que nuestras mentes se vuelven más y más torpes, más y más insensibles y actúan sólo a través de una monótona rutina. ¿Estamos solos alguna vez? ¿O estamos cargando con todos los fardos del ayer? Se cuenta una fina anécdota de dos monjes que caminaban de un pueblo a otro y encuentran a una joven llorando a orillas de un río. Uno de los monjes se acerca a ella y le dice: “Hermana, ¿Por qué estás llorando?” Ella contesta: “¿Ve usted esa casa al otro lado del río? Vine esta mañana temprano, y no tuve dificultad en cruzarlo, pero ahora el río ha crecido y no puedo regresar. No hay ningún bote”. “¡Oh!”, -dice el monje- “eso no es ningún problema”. La levanta en brazos y cruza el río, dejándola en la orilla opuesta. Y los dos monjes siguen su camino. Después de un par de horas, dice el otro monje: “Hermano, hemos hecho voto de nunca aproximarnos a una mujer; has cometido un terrible pecado. ¿No sentiste placer, una gran sensación, al tocar a esa mujer?” Y el otro monje replico: “Yo la dejé atrás hace dos horas. Tú, la sigues cargando, ¿no es así?” 

Esto es lo que hacemos. Siempre llevamos nuestra carga; nunca morimos para ella, nunca la dejamos atrás. Sólo disfrutamos de soledad interna cuando damos completa atención a cada problema y lo resolvemos inmediatamente sin arrastrarlo hasta el próximo día, hasta el próximo minuto. Entonces, aunque vivamos en una casa llena de gente o viajemos en autobús, tendremos soledad interna. Y esta soledad interna revela una mente fresca, una mente inocente. Tener espacio y soledad interior es muy importante porque implica libertad de ser, de moverse, de ejercer actividad, de volar. Después de todo, la bondad sólo puede florecer en espacio, así como la virtud sólo puede florecer en libertad. Puede que haya libertad política, pero no libertad interna; entonces no habrá espacio. Ninguna virtud, ninguna cualidad que valga la pena puede manifestarse o crecer sin este vasto espacio dentro de nosotros mismos. Y el espacio y el silencio son necesarios porque la mente cuando está sola sin ser influenciada, adiestrada, sostenida por una infinita variedad de experiencias, puede encontrarse con algo totalmente nuevo.

Uno puede ver de manera directa que sólo es posible la claridad cuando la mente está silenciosa. Todo propósito de la meditación en el Oriente es producir tal estado interior -es decir, controlar el pensamiento, que es lo mismo que repetir constantemente una oración para aquietar la mente, esperando en ese estado mental comprender nuestros problemas-. Pero a menos que uno eche primero los cimientos librándose del temor, del dolor, de la ansiedad, de todas las artimañas empleadas por uno y contra uno mismo, no sé cómo pueda la mente aquietarse en realidad. Esta es una de las cosas más difíciles de comunicar. La comunicación entre nosotros implica, ¿no es así?, que no sólo debe usted comprender las palabras que estoy usando, sino que ha de haber la misma intensidad en usted y yo, al mismo tiempo, ni un momento antes ni un momento después, y que seamos capaces de encontrarnos uno con otro en el mismo nivel. Y tal comunicación es imposible cuando usted está interpretando lo que lee de acuerdo con su propio conocimiento, su placer u opiniones, o cuando está haciendo un tremendo esfuerzo por comprender. Me parece que uno de los mayores escollos en la vida es esta constante lucha por lograr, por alcanzar algo, por adquirir. Se nos ha adiestrado así desde la niñez; las mismas células cerebrales crean y exigen este patrón de logro, con objeto de obtener seguridad física, pero la seguridad psicológica no está dentro de su patrón. Tenemos urgencia de seguridad en todas nuestras relaciones, actitudes y actividades, pero como hemos visto, no existe realmente esa cosa que llamamos seguridad. Descubrir por uno mismo que no hay forma alguna de seguridad en ninguna relación -darse cuenta de que psicológicamente no hay nada permanente- nos permite acercarnos a la vida de manera totalmente distinta. Es esencial, por supuesto, tener seguridad exterior -techo, ropa y sustento- pero esa seguridad exterior se destruye con una urgencia de seguridad psicológica. El espacio y el silencio son necesarios para ir más allá de las limitaciones de la conciencia, pero, ¿cómo puede una mente aquietarse si está incesantemente activa con sus propios intereses? Uno puede disciplinarla, controlarla, moldearla, pero tal tortura no la aquieta; simplemente la entorpece. Es obvio que la mera persecución del ideal hacia el logro de silenciar la mente no tiene valor alguno, porque mientras más la presionamos, más estrecha e inactiva se vuelve. El control en cualquier forma, como la represión, sólo produce conflicto. Por lo tanto, no son medios de silenciar la mente el control y la disciplina exterior; pero tampoco tiene valor alguno una vida indisciplinada. En la mayoría de nosotros, la vida está exteriormente disciplinada por las exigencias de la sociedad, de la familia, por nuestro propio sufrimiento, por nuestra propia experiencia, por nuestra conformidad a cierta ideología o patrones establecidos, pero esa forma de disciplina es la cosa más destructiva. La disciplina debe surgir sin control, sin represión, sin ninguna forma de temor. ¿Cómo se logra esta disciplina? No viene la disciplina primero y después la libertad; la libertad está en el comienzo mismo, no al final. El comprender esta libertad, que implica no estar sujeto a la conformidad de la disciplina, es por sí la disciplina. El mismo acto de aprender es disciplina (después de todo, la raíz de la palabra disciplina significa aprender), el mismo acto de aprender se vuelve claridad. Para comprender toda la naturaleza y estructura del control, la represión y la indulgencia, se requiere atención. Usted no tiene que imponerse una disciplina para estudiarla; el mismo acto de estudiar produce su propia disciplina, en la cual no hay represión. Con objeto de negar la autoridad (estamos hablando de la autoridad psicológica, no de la ley), para negar la autoridad de todas las organizaciones religiosas, tradiciones y experiencias, uno tiene que ver por qué normalmente obedece, y examinar esto de verdad. Y para hacerlo se debe estar libre de condenación, justificación, opinión o aceptación. Pero no podemos aceptar la autoridad y a la vez estudiarla -esto es imposible. Para estudiar toda la estructura psicológica de la autoridad, dentro de nosotros mismos, debe haber libertad. Y cuando la estamos estudiando, estamos negando toda la estructura; y cuando de hecho la negamos, esta misma negación es la luz de la mente que está libre de toda autoridad. Negar todas las cosas que se han considerado valiosas, tal como la disciplina externa, el liderazgo, el idealismo, es estudiarlas. Entonces este mismo acto de estudiar es no sólo disciplina, sino también su negación, y tal negación es un acto positivo. Estamos, pues, negando todas esas cosas que se consideran importantes con objeto de lograr la quietud de la mente.

Así, vemos que no es el control lo que conduce a la quietud. Ni está quieta la mente cuando tiene un objeto que la observe en tal forma que se siente perdida en dicho objeto. Esto es como darle a un niño un juguete interesante; se aquieta; pero quítele el juguete y volverá a sus travesuras. Todos tenemos nuestros juguetes que nos absorben y creemos que estamos muy tranquilos. Pero si un hombre está dedicado a cualquier clase de actividad, científica, literaria o de otro tipo, el juguete simplemente lo absorbe; él no está en realidad sereno. El único silencio que conocemos es aquel que se produce cuando el ruido ha cesado, cuando los pensamientos se detienen, pero esto no es silencio. El silencio es algo enteramente distinto, como la belleza, como el amor. Y este silencio no es producto de una mente sosegada, no es producto de las células cerebrales que han entendido toda la estructura y dicen: “Por el amor de Dios, esténse quietas”. En este caso las células producen el silencio y eso no es silencio. Tampoco lo es el resultado de la atención en que el observador es lo observado; entonces no hay fricción, pero eso no es silencio. Usted espera que yo le describa ese silencio para poder compararlo, interpretarlo, llevarselo y enterrarlo. Pero no puede describirse. Lo que puede ser descrito es lo conocido. Y sólo es posible librarse de lo conocido cuando uno muere a lo conocido todos los días, muere a los insultos, a las adulaciones, a todas las imágenes que ha creado, a todas las experiencias; morir cada día para que las células mismas del cerebro se rejuvenezcan y sean lozanas, inocentes. Pero esa inocencia, esa frescura, esa cualidad de ternura y suavidad, no produce amor; esa no es la cualidad de la belleza o del silencio. Ese silencio, que no es el silencio de la cesación del ruido, es sólo un pequeño comienzo. Es como entrar por un estrecho agujero y salir a un enorme, extenso y vasto océano, o un estado inconmensurable sin tiempo. Pero usted no puede comprender esto verbalmente, a menos que haya comprendido toda la estructura de la conciencia y el significado del placer, del dolor y la desesperación, y que las mismas células cerebrales se hayan aquietado. Entonces, tal vez usted llegue a dar con ese misterio que nadie puede revelarle y nada puede destruir. Una mente viva es una mente quieta, una mente viva es una mente sin centro y, por lo tanto, sin espacio ni tiempo. Una mente así es ilimitada. Y esa es la única verdad, la única realidad.




LIBERESE DEL PASADO - J.K. - CAPÍTULO 13 -

 CAPÍTULO XIII 

¿Qué es el pensar? - Las Ideas y la Acción - El Reto - La Materia - El Origen del Pensamiento 

Entremos ahora en la investigación de lo que es el pensar, el significado de ese pensamiento que debe emplearse con cuidado, con lógica y cordura (en nuestro trabajo diario), y aquel que no tiene importancia alguna. A menos que conozcamos bien ambas clases, no podremos comprender algo mucho más profundo, que el pensamiento no puede tocar. Tratemos, pues, de comprender toda esta compleja estructura de lo que es el pensar, qué es la memoria, cómo se origina el pensamiento y cómo condiciona todas nuestras acciones. Al comprender todo esto tal vez lleguemos a encontrarnos con algo que el pensamiento nunca ha descubierto, y a lo cual no puede abrirle la puerta. ¿Por qué ha llegado a ser el pensamiento tan importante en nuestras vidas -el pensamiento que es sólo ideas, que es la respuesta a los recuerdos acumulados en las células del cerebro-? Tal vez muchos de ustedes ni siquiera se han formulado tal pregunta, o si lo han hecho puede que hayan dicho: “Es de muy poca importancia: lo importante es la emoción”. Pero yo no veo cómo pueden separarse los dos. Si el pensamiento no da continuidad al sentimiento, éste muere con gran rapidez. Entonces, ¿Por qué en nuestras vidas diarias, nuestras vidas rutinarias, aburridas y atemorizadas, ha asumido el pensamiento importancia tan desmedida? Pregúnteselo usted mismo, como yo me lo estoy preguntando: ¿por qué es uno esclavo del pensamiento, del sagaz e ingenioso pensamiento, que puede organizar, poner en marcha muchas cosas, que ha inventado tanto, engendrado tantas guerras, creando tanto temor, tanta ansiedad, que está siempre fabricando imágenes y persiguiendo su propio rabo; el pensamiento que ha disfrutado el placer del ayer, dándole continuidad en el presente y también en el futuro; el pensamiento que siempre esta activo, charlando, moviéndose, construyendo, añadiendo, quitando, suponiendo?

Las ideas se han vuelto mucho más importantes para nosotros que la acción; las ideas tan ingeniosamente expresadas en los libros por los intelectuales de todos los campos. Mientras más artificiosas y sutiles son esas ideas, más le rendimos culto, así como a los libros que las contienen. Nosotros somos esos libros, somos esas ideas porque hemos sido sumamente condicionados por ellos. Siempre estamos discutiendo ideas e ideales y ofreciendo opiniones dialécticamente. Toda religión tiene su dogma, su fórmula, su propio andamiaje para llegar a los dioses. Y cuando inquirimos acerca del origen del pensamiento, estamos cuestionando la importancia de toda esta estructura de ideas. Hemos separado las ideas de la acción, porque las ideas son siempre del pasado, y la acción es siempre del presente. Es decir, el vivir es de manera invariable el presente. Tenemos miedo a vivir, y por eso el pasado, como ideas, se ha vuelto tan importante para nosotros. Es en realidad muy interesante observar la operación de nuestro propio pensar, simplemente observar cómo se piensa, de dónde nace esa reacción a la que llamamos pensar. Es evidente que viene de la memoria. ¿Hay en efecto un origen del pensamiento? Si lo hay, ¿podemos descubrir ese origen, es decir, el de la memoria, porque si no tuviéramos memoria no tendríamos pensamiento? Hemos visto cómo el pensamiento alimenta y da continuidad a un placer que tuvimos ayer, y cómo lo contrario del placer, que es el dolor y temor, también se nutre del pensamiento. De modo que el experimentador, que es el pensador, ES el placer y el dolor y asimismo la entidad que nutre al placer y al dolor. El pensador separa el placer del dolor. No ve que con la misma búsqueda del placer está atrayendo al dolor y al temor. En las relaciones humanas el pensamiento está siempre exigiendo placer, que encubre con diferentes palabras tales como lealtad, ayuda, donación, sostenimiento, servicio. Yo me pregunto por qué queremos servir. La estación de gasolina ofrece buen servicio. ¿Qué significan las palabras ayudar, dar, servir? ¿Qué hay en todo esto? ¿Acaso una flor llena de belleza, luz y encanto dice: “Estoy dando, ayudando, sirviendo”? ¡Ella ES! Y porque no está tratando de hacer nada, su belleza cubre la tierra.

El pensamiento es tan astuto, tan ingenioso, que distorsiona todo para su propia conveniencia. La urgencia de placer lo lleva a su propia esclavitud. El pensamiento engendra dualidad en todas nuestras relaciones. En nosotros está la violencia que nos da placer, pero hay también deseo de paz, de ser amable y gentil. Esto es lo que sucede siempre en nuestras vidas. El pensamiento no sólo engendra esta dualidad en nosotros, esta contradicción, sino que también acumula los innumerables recuerdos placenteros y dolorosos que hemos tenido, y nace de nuevo en virtud de estos recuerdos. Así, pues, el pensamiento es el pasado, el pensamiento es siempre viejo, como ya lo he dicho antes. Como nos enfrentamos a todo reto en términos del pasado -siendo el reto siempre lo nuevo- nuestro encuentro con el reto siempre es totalmente inadecuado; de aquí la contradicción, el conflicto, la desdicha y el dolor, que es nuestra herencia. Nuestro pequeño cerebro está en conflicto con todo lo que hace. Ya sea que aspire, imite, se reprima, se adapte, se ensalce, tome drogas para expansionarse -haga lo que haga- se encuentra en estado de conflicto y producirá conflicto. Aquellos que piensan mucho son muy materialistas, porque el pensamiento es materia. El pensamiento es materia tanto como el piso, la pared, el teléfono. La energía que funciona dentro de un patrón se vuelve materia. Hay energía y hay materia; eso es lo que constituye toda vida. Podemos pensar que el pensamiento no es materia, pero sí lo es. Como idea es materia. Donde hay energía, ésta se vuelve materia. La materia y la energía están relacionadas entre sí. La una no puede existir sin la otra, y mientras más armonía hay entre las dos, más equilibrio y más actividad hay en las células del cerebro. El pensamiento ha establecido este patrón de placer, dolor, temor y dentro de él ha estado actuando durante miles de años. No puede romper el patrón porque él lo ha creado.

El pensamiento no puede ver un hecho nuevo. Puede comprenderlo más tarde, verbalmente, pero la comprensión de un hecho nuevo no es realidad para él. Jamás puede resolver el pensamiento un problema psicológico. Por listo, astuto, erudito que sea, no importa la estructura que haya creado por medio de la ciencia o por un cerebro electrónico, o a través de la compulsión o la necesidad, el pensamiento nunca es nuevo, y, por lo tanto, jamás podrá dar respuesta a una pregunta que sea realmente importante, El viejo cerebro no puede resolver el enorme problema del vivir. El pensamiento es tramposo porque puede inventar cualquier cosa, y ver cosas que no son. Puede hacer funcionar los trucos más extraordinarios y, por lo tanto, no es confiable. Pero si usted comprende toda la estructura de cómo usted piensa, por qué piensa, las palabras que usa, la manera en que se conduce en la vida diaria, la forma de hablar y de tratar a la gente, sus hábitos de caminar, de comer; si usted se da cuenta de todas estas cosas, su mente no lo engañará; entonces no hay engaño posible. La mente, entonces, no es algo que exige, que subyuga; se vuelve extraordinariamente serena, flexible, sensible, solitaria, y en ese estado no habrá decepción alguna. ¿Ha notado usted alguna vez que cuando se halla en estado de completa atención cesa el observador, el pensador, el centro, el “yo”? En ese estado de atención, el pensamiento empieza a desvanecerse. Si se quiere ver una cosa con mucha claridad, la mente debe estar muy serena, sin prejuicios, sin el charloteo, el diálogo, las imágenes y las representaciones -todo esto hay que desecharlo para mirar-. Y es únicamente en el silencio que puede usted observar el origen del pensamiento no cuando está buscando, haciendo preguntas, deseando una respuesta. Así, pues, solamente cuando usted esté en completa quietud, en todo su ser, y después que se haya hecho la pregunta: “¿Cuál es el origen del pensar?”, sólo entonces comenzará usted a ver desde ese silencio, cómo se va formando el pensamiento. Si uno se da cuenta de cómo el pensamiento se origina, no necesitamos controlar el pensamiento. Gastamos mucho tiempo y perdemos mucha energía no sólo en la escuela, sino a lo largo de toda la vida, tratando de controlar nuestros pensamientos: “Este es un buen pensamiento, debo pensar más en él; éste es un mal pensamiento, debo suprimirlo”. En todo momento hay una lucha entre un pensamiento y otro, y entre un deseo y otro, un goce dominando todos los demás. Pero si somos conscientes del origen del pensamiento, no habrá contradicción en él.

Ahora bien, cuando usted oye una afirmación como “El pensamiento es siempre lo viejo”, o “El tiempo es dolor”, el pensamiento empieza a traducirlo e interpretarlo. Pero ambos procesos, traducir o interpretar, se basan en el conocimiento y la experiencia del ayer, de modo que usted traducirá todo invariablemente de acuerdo con su condicionamiento. Pero si mira esas afirmaciones y no las interpreta, sino que sólo les da su completa atención (no su concentración), descubrirá que no existe el observador ni lo observado, el pensador ni el pensamiento. No diga: “¿Quién empezó primero?” Este es un argumento sagaz que no lleva a ninguna parte. Puede observar en usted mismo que en tanto no hay pensamiento -lo cual significa que la mente se halla en blanco o en estado de amnesia- mientras no hay pensamiento derivado de la memoria, de la experiencia o del conocimiento (todo lo cual pertenece al pasado) no hay pensador en absoluto. Esto no es un asunto filosófico o místico. Estamos bregando con hechos reales y usted verá, si ha llegado hasta aquí en este viaje, que responderá a cada reto, no con el viejo cerebro, sino en forma totalmente nueva.


LIBERESE DEL PASADO - J.K. - CAPÍTULO 12 -

 CAPÍTULO XII 

El Observador y lo Observado 

Por favor, siga conmigo un poco más adelante. Puede que este asunto sea más bien complejo, más bien sutil, pero, por favor, continúe examinándolo. Cuando yo construyo una imagen de usted o de alguna otra cosa, soy capaz de observar esa imagen; por lo tanto, está la imagen y el observador de ella. Digamos que veo a alguien con una camisa roja, y mi reacción inmediata es que me gusta o que no me gusta. El que me guste o no, es resultado de mi cultura, mi adiestramiento, mis asociaciones, mis inclinaciones, mis características adquiridas o heredadas. Es desde este centro que observo y juzgo, y así el observador está separado de la cosa observada. Pero el observador se da cuenta de más de una imagen; él crea miles de imágenes. Sin embargo, ¿es el observador diferente de esas imágenes? ¿No es él simplemente otra imagen? Siempre esta sumando y restando de lo que es él. Es algo viviente que continuamente esta pesando, comparando, juzgando, modificando y cambiando, como resultado de presiones tanto de afuera como de su interior, vive en el campo de la conciencia, que es su propio conocimiento, influencia, he innumerables conjeturas. Al mismo tiempo, cuando usted mira al observador que es usted mismo, ve que está hecho de recuerdos, experiencias, accidentes, influencias, tradiciones y de una infinita variedad de sufrimientos, todo lo cual es el pasado. Así, el observador es ambas cosas: el pasado y el presente, y el mañana que está por llegar, es también parte de él mismo. Está medio vivo y medio muerto, y con esta vida y muerte está mirando, con la hoja viva y muerta. Y en ese estado mental que esta dentro del campo del tiempo, usted (el observador), mira el temor, los celos, la guerra, la familia (esa fea entidad encerrada en sí misma, que se llama familia) y trata de resolver el problema de lo observado que es el reto, lo nuevo. Usted está siempre interpretando lo nuevo en términos de lo viejo y por ese motivo se halla en conflicto eternamente.

Una imagen, el observador, observa docenas de otras imágenes a su alrededor y dentro de sí mismo, y dice: “Me gusta esta imagen, la conservaré”; o “no me gusta esa imagen, la desecharé”. Pero el observador mismo esta compuesto de las varias imágenes que han surgido como reacción a otras diversas imágenes. Y así llegamos a un punto en que podemos decir: “El observador es también la imagen, sólo que se ha separado de ella y observa”. Este observador nacido de otras imágenes diversas, se considera permanente y hay una división, un intervalo de tiempo, entre él mismo y las imágenes que ha creado. De aquí surge el conflicto entre él y las imágenes que, según piensa, son la causa de sus dificultades. Entonces dice: “Debo deshacerme de este conflicto”, pero el mismo deseo de desembarazarse del conflicto crea otra imagen. El ser consciente (to be aware) de este hecho, que es la verdadera meditación, ha revelado la existencia de una imagen central, compuesta de todas las otras imágenes, y esta imagen central, el observador, es el censor, el experimentador, el evaluador, el juez que quiere conquistar o subyugar las otras imágenes o destruirlas por completo. Las otras imágenes son el resultado de los juicios, opiniones y conclusiones del observador, y éste es el resultado de todas las otras imágenes -por lo tanto, el observador es lo observado-. Así, pues, el ser consciente (awareness) ha revelado estados mentales diferentes; ha descubierto las diversas imágenes y la contradicción entre ellas; ha puesto de manifiesto el conflicto resultante y la desesperación de no poder hacer algo con éste, también los varios intentos por escapar de él. Todo ello se ha revelado por medio de un estado de ser consciente, pero cauteloso y titubeante. Luego viene un estado en que se es consciente de que el observador es lo observado. No es una entidad superior la que llega a darse cuenta de esto; no es un ser superior (la entidad superior, el yo superior son simples invenciones, que son también imágenes); es el mismo estado de ser consciente (awareness) lo que había revelado que el observador es lo observado. Si usted se hace una pregunta, ¿quién es la entidad que va a recibir la respuesta? ¿Y quién es la entidad que va a investigar? Si la entidad es parte de la conciencia, parte del pensamiento, entonces es incapaz de descubrirlo. Lo único que puede descubrirlo es un estado de ser consciente (awareness). Pero si en ese estado hay aun una entidad que dice: “Debo darme cuenta, debo practicar para estar alerta”, esa es también otra imagen.

El darse cuenta de que el observador es lo observado no es un proceso de identificación con lo observado. Identificarnos con alguna cosa es demasiado fácil. La mayoría de nosotros nos identificamos con algo -con nuestra familia, nuestro esposo o esposa, nuestra nación- y eso causa gran aflicción y grandes guerras. Estamos examinando algo enteramente distinto, y debemos comprenderlo no verbalmente, sino corazón adentro, directamente en la raíz de nuestro ser. En la antigua China, antes que un artista empezara a pintar cualquier cosa -un árbol, por ejemplo- se sentaba frente a él por días, meses, años, no importaba cuánto tiempo, hasta que él era el árbol. No se identificaba con el árbol sino que era el árbol. Esto significa que no había espacio entre él y el árbol, ningún espacio entre el observador y lo observado, no había experimentador percibiendo la belleza, el movimiento, las sombras, la profundidad de una hoja, la calidad del color. Él era totalmente el árbol, y solo en ese estado podía pintar.

Cualquier movimiento de parte del observador, si no se ha dado cuenta de que el observador es lo observado, crea solamente otra serie de imágenes, y de nuevo se ve cogido en ellas. Pero ¿qué ocurre cuando el observador se da cuenta de que el observador es lo observado? Vaya lentamente, siga bien despacio, porque ahora tratamos de penetrar en algo muy complejo. ¿Qué ocurre? El observador no actúa en absoluto. El observador ha dicho siempre: “Debo hacer algo con estas imágenes, debo suprimirlas o darle una forma diferente”. Siempre está activo respecto de lo observado, actuando o reaccionando de manera apasionada o casual, y esta acción de agrado o desagrado la llaman acción positiva. “Me gusta; por lo tanto, debo conservarla. Me disgusta; por lo tanto, debo desecharla”. Pero cuando el observador se da cuenta de que la cosa con respecto a la cual está actuando es él mismo, entonces ya no hay conflicto entre él y la imagen. Él es eso. No están separados. Cuando había separación entre ambos, actuaba o trataba de actuar, de hacer algo al respecto, pero cuando el observador se da cuenta de que él es eso, ya no hay agrado ni desagrado, y el conflicto cesa. ¿Para qué actuar? Si algo es usted mismo, ¿qué puede hacer con ello? No puede revelarse, ni huir, ni siquiera aceptar. Está ahí. Por lo tanto, termina toda acción que sea consecuencia de reacción al agrado o desagrado. Entonces descubrirá que hay un estado de ser consciente (awareness) que se ha vuelto tremendamente vital. No está sujeto a ningún problema central o a ninguna imagen, y de la intensidad de ese estado de ser consciente surge una calidad diferente de atención y, por lo tanto, la mente -por ser ella ese estado de ser consciente- se ha vuelto extraordinariamente sensible e inteligente en grado sumo.