OBRAS COMPLETAS - TOMO 1 - J.K. - CONTINUACIÓN -

 OCTAVA PLÁTICA EN OMMEN 

Voy a tratar de explicar, de una manera diferente, lo que he estado diciendo durante los últimos cuatro días y también con anterioridad. Sin que pensemos deliberadamente en ello, de modo inconsciente tratamos de buscar certidumbre, certidumbre nacida del conocimiento que hemos recogido de los libros o de nuestras experiencias o de las experiencias de un hombre sabio. Así, al buscar esta certidumbre, establecemos ideales basados en lo que otros han dicho con convicción sazonada en las tradiciones. Ellos se convierten, por decirlo así, en la piedra de toque mediante la cual elegimos -como si ese ideal fuera una pesa, una medida que podemos usar- juzgando lo que es falso y lo que es verdadero, lo esencial y lo no esencial. Ustedes verán que esto es así cuando consideren toda la literatura sagrada de diversos países y lo que los hombres han hecho de ella. Verán que ellos han creado, a base de eso, lo que deseaban que fuera la verdad o Dios, o lo que pensaban que debía ser una vida espiritual perfecta. Y, habiendo creado esa certidumbre, la usan como medida con la cual juzgan su conducta, sus acciones, de modo que puedan elegir así entre lo que es esencial y lo que no es esencial. Este establecimiento de la certidumbre crea una necesidad constante de opción y, de tal modo, incrementa el esfuerzo. Una vez que hemos establecido una norma, existe la constante opción, porque actuamos conforme a esa norma. De acuerdo con eso, decidimos nuestra conducta. Por lo tanto, dondequiera que deba haber una opción, una decisión, decidimos conforme a eso, con lo cual establecemos una serie de continuas opciones. Naturalmente, este constante trabajo de optar se incrementa, y el continuado esfuerzo dedicado a la opción, a la decisión, diferenciando entre lo esencial y lo no esencial, es llamado crecimiento, progreso y evolución. Esta permanente elección de lo esencial porque estamos buscando una certidumbre, necesita un esfuerzo continuado. Y, después de acumular mediante la opción, tenemos miedo de perder lo acumulado. Por eso nos atemoriza la muerte. Hacemos todos los esfuerzos para optar y la opción se basa en la certidumbre; y después de acumular, tenemos miedo de perder. Ante la muerte, tenemos miedo de que ella pondrá fin al plan que hemos elaborado para acumular; por eso tememos a la muerte. Repito: mediante la opción empezarnos a acumular, y tenemos miedo de morir porque ello implica una pérdida de esa acumulación. También hay un final para los planes, para ulteriores acumulaciones. En consecuencia, el miedo a la muerte es constante y, naturalmente, cuando hay miedo a la muerte, encontramos consuelo en el más allá o en la idea de la reencarnación. Después de acumular, tenemos miedo a la pérdida o a la vacuidad que surge con el acontecimiento de la muerte, que nos impide seguir acumulando. Queremos estar seguros de que acumularemos, de que continuaremos con eso que hemos acumulado y, en consecuencia, hemos encontrado consuelo en el más allá, en el cielo, en el infierno -no bienestar en el infierno, por supuesto-, en la idea de la reencarnación. Nuestra búsqueda es de certidumbre, no de la verdad; la verdad no es una certidumbre, para mí la certidumbre es falsa. Buscamos la certidumbre y eso se ha vuelto la meta, y a esa certidumbre la llamamos paz, tranquilidad, armonía, silencio, luz, todas las palabras espirituales que tenemos, el plano superior, etcétera. Por lo tanto -tengan la bondad de seguir esto-, la certidumbre que estamos buscando nos impide dudar. A causa de que buscarnos una certidumbre, negamos la duda, la cual nada tiene que ver con la suspicacia. Si se observan, verán que todo el tiempo están evitando encontrarse en una condición de duda, o sea, en una condición de flexibilidad; quieren estar seguros, lo cual, a mi entender, necesita de una opción previa. En la duda no hay opciones, la duda les impide optar. Así, cuando anhelan la certidumbre, cuando buscan la seguridad deben, por cierto, descartar la duda, deben temerla. Ahora bien, para mí la duda es un movimiento continuo del pensar y de la emoción, no bloqueado por la certidumbre. Cuando ustedes buscan la certidumbre, necesitan gurús, guías, salvadores y, sobre todo, un método, y preguntan constantemente: “¿Cuál es el método para alcanzar esta verdad?” Cuando preguntan eso, lo que quieren decir es: “¿Cuál es el método por el cual puedo tener seguridad, certidumbre?” La verdad, no tiene nada que ver con la certidumbre; por lo tanto, no hay métodos ni técnicas ni caminos que conduzcan a ella.

Cuando ustedes buscan certidumbre, también tiene que haber disciplina, organización espiritual y religiosa, todo lo cual los estimula y les da el apoyo que desean para poder actuar desde ahí. Entiendo, pues, que la certidumbre destruye esta constante renovación de los pensamientos y las emociones, esta constante flexibilidad y sutileza. Una mente que está segura, no puede ser sutil, rápida. Para que haya sabiduría, la cual es un valor genuino, uno debe estar libre de esta falsa idea de la certidumbre. Así que la opción o la decisión y, por ende, la resistencia en términos de certidumbre -la cual es una ilusión-, cristalizan y petrifican el pensamiento y el sentimiento. Eso es lo que ustedes llaman autodisciplina. Por favor, estoy usando palabras para que ustedes miren a través de ellas. Para mí las palabras son como un cristal para mirar a través de él el verdadero significado de lo que estoy diciendo. Esto es, pues, lo que les ocurre a las personas que acogen la certidumbre en sus corazones y lo que les ocurre a las que ofrecen certidumbre. Donde hay exceso de certidumbre, ni siquiera fluyen el pensamiento y las emociones. Donde hay certidumbre no puede haber comprensión. La certidumbre es una ilusión, es inherentemente falsa, como la seguridad. Donde una mente está buscando la seguridad, debe por fuerza tener disciplina, debe tener un ideal por el cual poder guiarse. Entonces necesita de aquéllos que le darán esos ideales, y necesita de muchas ilusiones en las cuales pueda encontrar refugio; así se crea este estancamiento de la mente donde se origina la opción. Donde la mente está segura, cristalizada, existen la opción y los opuestos.

 Ahora bien, si han comprendido lo que he dicho, o sea, la ilusión de esta certidumbre que todos están buscando, esta certidumbre con todos sus engaños y sutilezas, si la han comprendido no sólo mentalmente, sino de manera completa, percibirán su total inutilidad. Entonces el ser no está fragmentado, la mente no trata de controlar la emoción que anhela certeza, no impone la disciplina sobre esa emoción. Pero si emocionalmente deseamos la certidumbre, entonces nuestra mente impondrá una disciplina, entonces hay conflicto, esfuerzo continuo. Mientras que si comprendemos con todo nuestro ser, tanto con la mente como con el corazón, totalmente, la inutilidad de la certidumbre -la cual crea al tiempo, crea el miedo a la muerte, un principio y un final-, entonces nuestra acción misma se libera, sin esfuerzo alguno, de la certidumbre. El esfuerzo existe cuando nuestra mente y nuestro corazón no están en pleno acuerdo armonioso, cuando nuestra emoción anhela certidumbre y nuestra mente no desea la certidumbre. Para hacer que mente y emoción marchen en unión perfecta, cada una debe ser plenamente consciente de la otra, ¿no es así? Lo que sucede es que deseamos certidumbre emocionalmente, lo cual mantenemos oculto, y mentalmente no deseamos certidumbre, lo cual está al descubierto. Así mente y emoción jamás se encuentran. Mientras que si somos francos y dejamos que se encuentren, conoceremos entonces esa llama de la percepción alerta que destruye las falsas ilusiones. Quizás hayan comprendido más o menos intelectualmente, es natural, no en toda su significación, porque no han tenido tiempo para reflexionar al respecto. Desde el punto de vista intelectual han entendido lo suficiente, pero en lo emocional puede que sigan anhelando ciertas cosas y, en consecuencia, surge el conflicto de no desear y desear. No traten de que uno domine a lo otro o de identificar lo uno con lo otro, sino dejen que la mente tome conciencia del deseo emocional de certidumbre y dejen que la emoción tome conciencia de la comprensión mental acerca de la futilidad de la certidumbre. Esto es muy simple, si lo siguen. La dificultad es que están tan llenos de conocimiento, tan llenos de certidumbre, que eso los destruye. No hay flexibilidad, no existe la avidez por descubrir. Cuando están deseosos de descubrir, no puede haber certidumbre. Tiene que haber libertad, tiene que haber un movimiento, rapidez mental. Pero una mente anclada en la certidumbre del conocimiento, no puede viajar, no puede seguir ese movimiento veloz de la sabiduría.

Pregunta: ¿Por qué dice usted: “Cuídense del hombre que dice ‘yo sé”’? ¿Acaso no puede ser veraz aquél que dice “yo sé”? 

KRISHNAMURTI: Él puede ser veraz, pero un hombre así no sabe qué es la verdad. ¿Por qué prestan atención al hombre que dice: “Yo sé que Dios existe, que existen la verdad, la inmortalidad, que hay un Maestro”? ¿Por qué le prestan atención? Porque están buscando certidumbre. Uno sólo puede conocer lo que es estático, no lo que es dinámico, lo que se mueve. Uno no puede decir: “Conozco una cosa que se mueve”. La verdad es eso, es algo viviente. Ustedes pueden describirla, ponerla en un marco y decir: “Ésta es la verdad”. A causa de que estamos buscando esta constante certidumbre, esta certeza, esta seguridad, entregamos todo nuestro amor, nuestra devoción, nuestra confianza, todo, al hombre que dice “yo sé”. Nosotros mismos deseamos estar tranquilos, nosotros mismos deseamos esta constante seguridad, la cual pensamos que va a librarnos del conflicto. No lo hace, tan sólo nos embota. La verdad no es para ser conocida, no es estática, no es una finalidad, una meta. Es una continua renovación, un devenir eterno. Por lo tanto, cuídese del hombre que dice “yo sé”. No del hombre, sino de usted mismo, porque respeta a ese hombre, quien le da lo que usted necesita: consuelo. En eso reside la explotación. Usted está creando al hombre que va a explotarlo.

Pregunta: Usted habla con intensidad acerca de la comprensión, pero desprecia la tolerancia. Un hombre de verdadera comprensión, ¿no es realmente tolerante? 

KRISHNAMURTI: La comprensión no tiene nada que ver con la tolerancia. Usted no ama grandemente a nadie cuando lo tolera, ¿verdad? La tolerancia es cosa del intelecto. Usted dice: “La verdad tiene muchísimos aspectos, muchísimos senderos. Todos los senderos conducen a la verdad, sea cual fuere el método o modo que uno emplee”. Así, habiendo creado una teoría, procede a ser tolerante con esa teoría, con las personas que la siguen. Mientras que la comprensión es completa, en ella no existe la tolerancia, que, desde mi punto de vista, es una cosa tan falsa. Una persona, o bien vive en la ilusión, o no vive en la ilusión. Pero a causa de que no podemos ser verdaderamente amigables, inventamos la palabra tolerancia. Porque el caso es que ustedes están en desacuerdo conmigo, con lo que expreso; pienso que casi todos lo están, no sacudan las cabezas, lo están, de lo contrario sus acciones serían diferentes. Y yo no soy tolerante con ustedes. Si yo fuera alguien superior a ustedes, si yo les dijera, intelectualmente hablando: “Ustedes también llegarán a esa verdad desde su propia ilusión particular”, entonces sería tolerante. Pero yo digo que no pueden saber qué es la verdad, mediante ninguna ilusión, la ilusión de las ceremonias, de los Maestros, de la disciplina, mediante ninguna de estas cosas. Por lo tanto, no hay tolerancia. No es que yo no sea amigable, no es que quiera persuadirlos a que adopten mi modo de comprensión. Vea, cuando hay verdadero afecto, uno no es tolerante. Usted no es tolerante en su amor, es tolerante con el hombre que piensa distinto de usted. A causa de que no hay comprensión, ustedes han inventado esta palabra tolerancia o usan una palabra aún más grande: hermandad. ¿No ven que sólo hay dos cosas: verdad e ilusión? El hombre que comprende la verdad, no es tolerante con una ilusión. La ilusión es una ilusión. Él la comprende, y la comprende sólo cuando descubre el verdadero valor de esas ilusiones. Si usted no lo descubre, entonces tendrá que ser tolerante respecto de esas ilusiones. Para expresarle de manera diferente: cada uno de ustedes desea seguir su propio sendero particular y estrecho, ya sea el nacionalista, el capitalista, el de las diferencias de clase o el de las diferencias religiosas o temperamentales. Desean perseguir de manera individualista su propio sendero estrecho, y tienen que inventar las palabras tolerancia y hermandad para mantenerse dentro de límites decentes. Mientras que si estuvieran libres de todas estas limitaciones, si realmente estuvieran luchando contra eso, destruyendo eso, no serían tolerantes, serían verdaderamente amigables porque habría comprensión. Ahora desean aferrarse a sus propias banderas nacionalistas y se sienten tan exaltados cuando lo hacen, que cuando otro hace la misma cosa, tienen que ser tolerantes con él. Si no tuvieran banderas, si internamente estuvieran vacíos, desnudos de esas cosas, entonces comprenderían la verdadera sabiduría, a la cual no puede llegarse por esta estrecha idea de la hermandad o la tolerancia.

 Pregunta: No comprendo la frase: “No amen con la mente”. ¿Querría usted explicarla?

 KRISHNAMURTI: La tolerancia es amar con la mente, la hermandad es amar con la mente. Nuestras mentes se han desarrollado de manera tan aguda en la astucia, en la sutileza, en el egocentrismo, que nos obligamos a nosotros mismos a ser tolerantes el uno con el otro, a amarnos, a ayudar al otro o a servirlo, todas cosas del intelecto. Mientras que si de verdad amamos, tanto con la mente como con el corazón, con todo nuestro ser, no somos tolerantes, no buscamos ser serviciales. Somos; por lo tanto, amamos y, en consecuencia, servimos, ayudamos. 

Pregunta: Usted ha dicho que una o dos personas como usted podrían cambiar la faz del mundo. ¿No sería bueno para nosotros si usted se casara y educara a unos cuantos hijos, a quienes podría ayudar desde el comienzo mismo a estar libres de reacciones? Hoy día, todos mis virtudes y todos mis vicios se hallan realmente despiertos, y parece haber pocas esperanzas de que, como adulto, pueda librarme de mis vicios. Si yo pudiera llegar a ser hijo suyo en la próximo vida, ¿no podría usted educarme como un hombre libre, liberado? 

KRISHNAMURTI: Pienso que la respuesta a esta pregunta está dada por las risas de ustedes.

Pregunta: Usted dice que las ceremonias nacen de la ausencia de virtud. ¿No es ése un punto de vista, digamos, tanto suyo como de aquéllos que tienen un temperamento particular? ¿O usted sostiene esto como una verdad universal en su aplicación? 

 KRISHNAMURTI: ¿Advirtió usted ayer y anteayer, qué atención había cuando hablé del sexo y de las ceremonias? Me pregunto cuántos lo habrán notado. ¿Por qué había esta atención? Porque estaban interesados. Esa atención no existe cuando hablo de algo verdadero (no es que el sexo y las ceremonias no sean verdaderos para ustedes). ¿No es extraordinario? No estoy juntando las dos cosas, pero ocurre, la vida es así. Mi planteo es que ustedes se interesan en el sexo y en las ceremonias y, no obstante, buscan -o al menos intentan buscar- a Dios, la verdad o cualquiera de estas cosas. Y sus instintos naturales son éstos, porque con su atención lo demostraron. Ahora estoy hablando de algo que les interesa realmente. Eso es lo que me impresionó tanto ayer y anteayer. Ustedes quieren una salida para el sexo, una salida para las ceremonias, quieren saber si deben o no den practicarlas. Para un hombre completo, realmente rico y suficiente en sí mismo, no existe esta confusión; no hay opciones. Ahora usted me pregunta si donde hay ceremonias hay ausencia de virtud, si ése es mi punto de vista particular, si representa un temperamento particular o si es tan universal como un axioma. Un hombre temperamental no puede comprender la verdad; un hombre particular no puede comprender lo total. Yo digo que he comprendido lo total. Digo que la ceremonia es una ilusión; no lo digo como un ser humano particular llamado Krishnamurti, sino como algo verdadero. La ceremonia carece de validez. Usted, en su búsqueda de sensación, de seguridad, puede asignar toda clase de atributos a la ceremonia. Es el anhelo de crecer, que implica acumulación y, por lo tanto, temor a la muerte. Sé que algunos de ustedes son partidarios de las ceremonias, desean practicarlas y entonces no hay nada más que decir. No soy tolerante con ustedes, no me siento diferente para serlo. Si ustedes sienten de ese modo, continúen con las ceremonias, practíquenlas. Pero puesto que se encuentran aquí y quieren comprender lo que estoy diciendo respecto de las ceremonias, deben tener una mente abierta. No pueden decir que es mi temperamento particular y que, por eso, siento así las cosas. Dicen que “por estar yo rodeado de tantos amantes de las ceremonias, mi reacción es contraria a las ceremonias”, o que “ustedes la practican por su belleza intrínseca, como mi pianista practica el piano”. Un pianista no habla así. Las personas que no son sinceras, que no son francas, hablan así. No soy duro con ustedes, honestamente les digo que no me importa si practican ceremonias. Es lo que quiero decir. No es que sea tolerante, porque comprendo -al menos así lo pienso- por qué practican ceremonias, por qué las ceremonias son tan importantes para ustedes, al igual que la búsqueda del Maestro, el discipulado y todas esas cosas. Comprendo que es porque les proporciona cierta clase de sensación esta idea de que son cuidados, de que tienen un Dios personal, seguridad, certidumbre, consuelo. Por lo tanto, cuando uno ve una cosa de manera tan clara, tan evidente, no puede ser tolerante con ella. La comprende. Así que no estoy hablando desde la aspereza o dureza del corazón, ni desde la impaciencia ni desde un temperamento particular, o porque quiera que ustedes sigan lo que digo. Realmente, no me preocupa, porque no estoy buscando un resultado. No deseo persuadirlos a mi punto de vista particular, porque no tengo a este respecto punto de vista en absoluto. No tengo una cosa fija que dice: Esto es la verdad, esto es falso. Digo que en la ilusión misma, si ustedes la comprenden en toda su significación, está el florecimiento de la verdad -en la ilusión misma-. Como están rodeados de ilusiones, no se aferren a ellas, examínenlas, investíguenlas profundamente. No digan: “Me gusta, por lo tanto, lo acepto”. Quieren aferrarse a ello debido a los muchos prejuicios que tienen. No puedo pensar en todas las excusas que dan cuando practican una ceremonia. Así que no digan: “Él no dijo eso, por consiguiente, puedo continuar practicándolas”. Para mí, toda la idea carece intrínsecamente de verdadero valor, porque esta búsqueda de solución, de sensación, nace del miedo. Y yo digo que, si realmente comprenden eso, si lo abordan no sólo intelectualmente sino con todo el ser, maduran su pensamiento en relación con la ceremonia y maduran su emoción en relación con la ceremonia; sin identificarse con ninguno de los dos, dejan que el pensamiento y la emoción se unan y descubran.

Déjenlos flotar como dejan que una cometa flote en el cielo. Dejen en libertad sus pensamientos y sus emociones y descubrirán. Si sienten que deben hacerlo, háganlo, no discutan al respecto. Es como las personas que vienen a verme y preguntan: “¿Debo abandonar esta sociedad particular o debo adoptar cierta actitud hacia esta sociedad particular?” Si la desean, permanecen en ella. Ustedes no ven que la vida se vuelve bellamente simple cuando la tratan simplemente. Sólo cuando intentan obtener algo de ella, tienen complicaciones. Uno puede ser como el salvaje que está satisfecho con lo que tiene, o un hombre verdaderamente completo que está libre de todo sentimiento de deseo. 

Pregunta: ¿Cómo considera usted hoy en día su pequeño libro “A los Pies del Maestro”?

KRISHNAMURTI: No sé por qué me pregunta eso. O bien quiere usted que censure mi libro del pasado, o que le pida que no lo lea. En otras palabras, quiere que yo actúe como censor de lo que usted debe o no debe leer. Esta pregunta implica si yo creo todavía en los Maestros, o si usted, que difunde mis ideas en el extranjero, debería introducir este libro, porque ahora yo ya no creo en los Maestros. Por consiguiente, está actuando como el censor de lo que otras personas deberían leer y me pide que haga exactamente lo mismo con lo que usted debería leer. Léalo, si está interesado en leerlo. No diga: “Debo leer este libro y no este otro libro”. Esta pregunta implica mucho más. Usted trata de crear una secta a mi alrededor. Tiene esa mente sectaria que está buscando un resultado, y se pregunta: “¿Debo distribuir esto o no?” Si un hombre lo quiere, déselo, deje, ¡por Dios!, que él descubra si el Maestro existe, si uno debe pasar por el discipulado y todo eso. Si usted no se lo da, algún otro lo hará. Entonces, ¿por qué no dárselo? Volvemos, entonces, otra vez a esta cuestión, a esta idea de un gurú que nos conduce hacia la verdad, a esta idea de un Maestro, un guía, un líder. Vea, pasamos por esto todos los años. Toda esta idea del discipulado, de seguir a un Maestro que nos conducirá hacia la verdad, es totalmente falsa. Por favor, no estoy hablando desde cierto temperamento, ni se trata de que lo tuve a menos al Maestro porque me haya realizado. No piensen en todas estas cosas, lleguen a ello con sus mentes frescas, libres, no cargadas con tales ideas. Ahora bien, ¿qué significan fundamentalmente el discipulado y los Maestros, aparte de los nombres y de las personas que les dicen a ustedes que ellos existen? No estamos discutiendo eso, si existen o no existen -eso es una cosa muy banal-, sino la idea que hay tras de eso. ¿Por qué los necesitan en absoluto? ¿Por qué los buscan? Porque quieren estar seguros de que llegarán a esa verdad y, de ese modo, crean a los explotadores, a las personas que les dirán si ustedes son discípulos o si no lo son, a los sacerdotes y a todos los hombres que toman posesión de ustedes, toda la tribu de capitalistas o comunistas o lo que fueren. Ustedes quieren que les aseguren que están progresando, que están creciendo, que sus esfuerzos tienen un fin y que producirán un resultado. Así, cuando eso es lo que buscan, es natural que surjan las personas que les dirán: “Hay resultados, te lo aseguro, puedes tener la certeza de ello”. Y entonces se sienten sumamente felices en su acción porque, al final de ella, van a obtener algo. O sea, si se comportan virtuosamente, si hacen ciertas cosas, obtendrán algo a cambio -que es la vieja idea primitiva de que matan a un animal para agradar a Dios-. Sólo que ahora lo hacemos intelectualmente, de una manera más sutil: matamos nuestro propio pensar individual, nuestra libertad, ese éxtasis del vivir, por una recompensa que buscamos. Uno no puede realizar la verdad con ninguna acción; no puede conocer ese éxtasis inmortal mediante la búsqueda de una recompensa, ni puede encontrar esa verdad o realizarla o comprenderla por medio de otro. Sólo cuando la mente es absolutamente flexible, cuando está libre de todas las opciones, cuando la acción es completa, conocerá uno ese éxtasis viviente, esa realidad infinita, la perpetua renovación, el perpetuo devenir, la vida eterna. 

Pregunta: Usted ha dicho que, si bien uno debe estar libre de la autoridad en la vida espiritual, tal autoridad era necesario en el trabajo material. ¿No existe en esta declaración el peligro de que la autoridad de quienes la ejercen y aún siguen “condicionados por el miedo”, sea excusada, incluso donde puede estorbar y sofocar la mentalidad evolucionada de la acción pura y espontánea en aquéllos que operan bajo esta autoridad? ¿Cuál es su opinión al respecto? 

KRISHNAMURTI: Expondré de manera diferente lo mismo que he expresado hace dos años. Donde hay autoridad no puede haber comprensión. Si uno se está liberando de la autoridad porque la comprende -no porque la tira por la borda diciendo: “No debo obedecer tal cosa”-, entonces obedecerá algo y a alguien, porque de lo contrario le caerá encima el gobierno y lo obligará a cumplir. Pero si uno mismo se está liberando, si lo hace porque comprende qué es la autoridad, entonces la autoridad no existe para uno, ni siquiera en las cosas materiales.

Ustedes no cooperan a causa de la autoridad -sé que lo hacen a causa del temor-, pero si comprenden la significación, el sentido de la autoridad, lo que hay detrás de ella y, debido a esa comprensión, en sí mismos están libres de la autoridad, entonces cooperarán con la autoridad. Es decir, a causa de que en sí mismos son ricos, nada puede moldearlos; a causa de que son infinitamente flexibles, no tienen miedo de examinar esa cosa que los está sujetando, porque entonces nada podrá sujetarlos. No estando libres del ejercicio de la autoridad o de mirar las cosas a través de la autoridad, no siendo ricos internamente, tenemos miedo de que la autoridad externa pueda corromper sutilmente nuestro pensar y nuestro sentir. Así, cuando comprendemos la autoridad de la certidumbre, cuando nos hallamos realmente libres de este deseo de estar seguros, asegurados, cuando todo nuestro ser está lleno como la Luna llena, sin nada que perder, entonces no hay autoridad ni su opuesto, la sumisión. 

Pregunta: Al estar continuamente mirando y escudriñando dentro de sí mismo, ¿no se vuelve uno egotista? 

KRISHNAMURTI: Por cierto, se vuelve usted egotista. Eso es lo que ha sucedido. ¿Por qué formula una pregunta semejante? Yo jamás he estado abogando por eso. Al contrario, todos estos procesos de psicoanálisis, de disecarse uno mismo, de vigilarse en la acción, toda esta introspección, deben limitar por fuerza la mente y el corazón, y a eso lo llamarnos egotismo. He estado hablando exactamente de lo contrario. He dicho que en el autoanálisis hay destrucción y he explicado por qué. Ustedes analizan sólo cuando no han comprendido, y comprender no es analizar, no es mirar hacia atrás, sino encarar todas las cosas de una manera fresca, nueva. No es reabrir una cosa muerta y examinar esa cosa muerta; así no comprenderán. Pero si están plenamente despiertos, atentos, alerta, y afrontan una cosa viva, la comprenderán. Y en ese interés despierto surgen todos los obstáculos del pasado sin que ustedes tengan que sondear en el subconsciente para sacarlos a relucir. No es posible comprender una cosa muerta, sólo podemos comprender algo que está vivo. Es natural, pues, que cuanto más piensa uno acerca de sus acciones, cuanto más vigila, analiza y practica la introspección, tanto más estrecha, fastidiosa, pesada y llena de esfuerzo se vuelve su vida. Eso es lo que ha sucedido. Esta autodisciplina, esta búsqueda de certidumbre, de seguridad, todo esto ha conducido a un profundo, sutil egotismo. Y, para mí, esta dualidad en la acción -el observador y la cosa que está actuando- destruye la acción armoniosa. Únicamente en la acción armoniosa, la cual tiene lugar sólo cuando hay una crisis, descubrimos el verdadero valor de las cosas, y eso es lo que nos da la riqueza de la comprensión; en consecuencia, desaparecen todos los conflictos de la introspección y el autoanálisis. 

6 de agosto de 1933


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