PLÁTICA EN EL COLISEO, OSLO
Amigos: Ustedes saben, vamos de creencia en creencia, de experiencia en experiencia, con la esperanza de encontrar alguna comprensión permanente que nos dará iluminación, sabiduría; y, con eso, también esperamos descubrir por nosotros mismos qué es la verdad. Así comenzamos la búsqueda de la verdad, de Dios, o de la vida. Ahora bien, yo siento que esta búsqueda misma de la verdad es una negación de la verdad, porque esa vida eterna, esa verdad, puede ser comprendida sólo cuando la mente y el corazón están libres de todas las ideas, de todas las doctrinas, de todas las creencias, y cuando comprendemos la verdadera función de la individualidad. Yo digo que existe una vida eterna que conozco y de la que hablo, pero que uno no puede comprenderla buscándola. ¿Qué es actualmente nuestra búsqueda? No es más que un escapar de nuestros sufrimientos y conflictos, de nuestras confusiones de todos los días; un escapar de nuestra confusión del amor, en el que hay una batalla constante de confusión y de celos; un escapar de la continua lucha por la existencia. Por eso decimos: “Si puedo comprender qué es la verdad, si puedo comprender qué es Dios, entonces comprenderé y superaré la confusión, la lucha, el sufrimiento, las innumerables batallas de la opción. Descubramos, por lo tanto, lo que es y, al comprender eso, comprenderé la vida cotidiana en la que hay tanto sufrimiento”. Para mí, la comprensión de la verdad no radica en su búsqueda; está en la comprensión del verdadero significado de todas las cosas; toda la significación de la verdad se encuentra en lo transitorio y no aparte de ello.
Por lo tanto, nuestra búsqueda de la verdad no es sino un escape. Nuestra búsqueda y nuestra indagación, nuestro estudio de las filosofías, nuestra imitación de sistemas éticos y nuestro continuo andar a tientas en pos de esa realidad que yo digo que existe, no son más que vías de escape. Comprender esa realidad es comprender la causa de nuestros múltiples conflictos, luchas y sufrimientos; pero, a causa del deseo de escapar de estos conflictos, hemos elaborado muchas formas sutiles de evitar el conflicto y en ellas nos refugiamos. Así, la verdad se vuelve nada más que otro refugio en el cual la mente y el corazón pueden hallar consuelo. Ahora bien, esa idea misma de consuelo es un obstáculo; ese concepto mismo del cual derivamos consuelo no es sino una forma de evadir el conflicto de todos los días. Durante siglos hemos estado construyendo vías de escape, tales como la autoridad; puede ser la autoridad de las normas sociales, de la opinión pública o de las doctrinas religiosas; puede ser un patrón externo, como los que la mayoría de la gente instruida descarta hoy en día, o un patrón interno, como los que uno crea después de descartar el externo. Pero una mente que estima a la autoridad, es decir, una mente que acepta las cosas sin cuestionarlas, una mente que imita, no puede comprender la libertad de la vida. Por eso, si bien durante los siglos pasados hemos establecido esta autoridad que nos proporciona una momentánea pacificación, un consuelo momentáneo, un bienestar transitorio, tal autoridad ha llegado a ser nada más que nuestro escape. Lo mismo ocurre con la imitación, la imitación de normas, la imitación de un sistema o un método de vida; para mí, esto también es un obstáculo. Y nuestra búsqueda de certidumbre no es más que una manera de escapar; queremos estar seguros, nuestras mentes desean aferrarse a las certidumbres, de modo que, desde ese trasfondo, desde ese refugio podamos mirar la vida e ir hacia adelante. Ahora bien, para mí todas estas cosas son obstáculos que impiden la acción natural y espontánea, la única que libera a la mente y al corazón de modo que el hombre pueda vivir armoniosamente y pueda comprender la genuina función de la individualidad. Cuando sufrimos buscamos certidumbre, queremos recurrir a los valores que nos darán consuelo -y ese consuelo no es sino memoria-. Entonces volvemos a entrar en contacto con la vida y otra vez experimentamos sufrimiento. De este modo pensamos que aprendemos del sufrimiento, que cosechamos comprensión gracias al sufrimiento. Una creencia o una idea o una teoría nos producen una satisfacción momentánea cuando sufrimos y, a causa de esta satisfacción, pensamos que hemos comprendido o que hemos cosechado comprensión de esa experiencia. Así vamos de sufrimiento en sufrimiento aprendiendo cómo amoldarnos a las condiciones externas. O sea, no comprendemos el verdadero proceso del sufrimiento; sólo nos volvemos más hábiles y sutiles en nuestro trato con el sufrimiento. Ésta es la superficialidad de la cultura y civilización modernas: se exponen muchas teorías, muchas explicaciones de nuestro sufrimiento, y en estas explicaciones y teorías nos refugiamos, yendo de experiencia en experiencia, sufriendo, aprendiendo y esperando encontrar la sabiduría por medio de todo esto. Yo digo que la sabiduría no puede comprarse. La sabiduría no se encuentra en el proceso de acumulación, no es el resultado de innumerables experiencias, no se adquiere mediante el aprendizaje. La sabiduría, que es la vida misma, puede entenderse sólo cuando la mente está libre de todo sentido de búsqueda, de esta búsqueda de consuelo, de esta imitación, porque estas cosas no son sino vías de escape que hemos cultivado durante siglos. Si examinamos nuestra estructura del pensamiento, de la emoción, toda nuestra civilización, vemos que no es más que un proceso de escape, de amoldamiento. Cuando sufrimos, nuestra reacción inmediata es un deseo de alivio, de consuelo y, sin descubrir la causa de nuestro sufrimiento, aceptamos las teorías que nos ofrecen; o sea, que quedamos momentáneamente satisfechos, viviendo de manera superficial y, de este modo, no descubrimos por nosotros mismos cuál es la causa de nuestro sufrimiento.
Y nuestra búsqueda de certidumbre no es más que una manera de escapar; queremos estar seguros, nuestras mentes desean aferrarse a las certidumbres, de modo que, desde ese trasfondo, desde ese refugio podamos mirar la vida e ir hacia adelante. Ahora bien, para mí todas estas cosas son obstáculos que impiden la acción natural y espontánea, la única que libera a la mente y al corazón de modo que el hombre pueda vivir armoniosamente y pueda comprender la genuina función de la individualidad. Cuando sufrimos buscamos certidumbre, queremos recurrir a los valores que nos darán consuelo -y ese consuelo no es sino memoria-. Entonces volvemos a entrar en contacto con la vida y otra vez experimentamos sufrimiento. De este modo pensamos que aprendemos del sufrimiento, que cosechamos comprensión gracias al sufrimiento. Una creencia o una idea o una teoría nos producen una satisfacción momentánea cuando sufrimos y, a causa de esta satisfacción, pensamos que hemos comprendido o que hemos cosechado comprensión de esa experiencia. Así vamos de sufrimiento en sufrimiento aprendiendo cómo amoldarnos a las condiciones externas. O sea, no comprendemos el verdadero proceso del sufrimiento; sólo nos volvemos más hábiles y sutiles en nuestro trato con el sufrimiento. Ésta es la superficialidad de la cultura y civilización modernas: se exponen muchas teorías, muchas explicaciones de nuestro sufrimiento, y en estas explicaciones y teorías nos refugiamos, yendo de experiencia en experiencia, sufriendo, aprendiendo y esperando encontrar la sabiduría por medio de todo esto. Yo digo que la sabiduría no puede comprarse. La sabiduría no se encuentra en el proceso de acumulación, no es el resultado de innumerables experiencias, no se adquiere mediante el aprendizaje. La sabiduría, que es la vida misma, puede entenderse sólo cuando la mente está libre de todo sentido de búsqueda, de esta búsqueda de consuelo, de esta imitación, porque estas cosas no son sino vías de escape que hemos cultivado durante siglos. Si examinamos nuestra estructura del pensamiento, de la emoción, toda nuestra civilización, vemos que no es más que un proceso de escape, de amoldamiento. Cuando sufrimos, nuestra reacción inmediata es un deseo de alivio, de consuelo y, sin descubrir la causa de nuestro sufrimiento, aceptamos las teorías que nos ofrecen; o sea, que quedamos momentáneamente satisfechos, viviendo de manera superficial y, de este modo, no descubrimos por nosotros mismos cuál es la causa de nuestro sufrimiento.
Permítanme exponer esto de otro modo: Aun cuando tenemos experiencias, estas experiencias no nos mantienen despiertos, sino que más bien nos adormecen, porque nuestras mentes y nuestros corazones, generación tras generación, han sido educados meramente para imitar, para amoldarse. Después de todo, cuando hay cualquier clase de sufrimiento, no deberíamos recurrir a ese sufrimiento en procura de enseñanza, sino más bien mantenernos plenamente despiertos a fin de poder encarar la vida con total percepción alerta, no en ese estado semiconsciente con que casi todos los seres humanos se enfrentan al vivir. Explicaré esto nuevamente como para que quede bien claro, porque si lo comprenden, comprenderán naturalmente lo que voy a decir. Digo que la vida no es un proceso de aprender, de acumular. La vida no es una escuela en la que aprueban exámenes aprendiendo, aprendiendo de las experiencias, de las acciones, del sufrimiento. La vida es para ser vivida, no para aprender de ella. Si consideran a la vida como algo de lo cual tienen que aprender, sólo actúan superficialmente. O sea, que si la acción, si el diario vivir, no es más que un medio para alcanzar una recompensa, un objetivo, entonces la acción en sí carece de valor. Hoy por hoy, cuando ustedes tienen experiencias, dicen que deben aprender de ellas, comprenderlas. Por lo tanto, la experiencia en sí carece de valor porque buscan una ganancia por intermedio de la experiencia, del sufrimiento, de la acción. Pero para comprender la acción completamente, lo cual es para mí el éxtasis de la vida -éxtasis que es inmortalidad-, la mente debe estar libre de la idea de adquirir, de la idea de aprender mediante la experiencia, mediante la acción. Ahora tanto la mente como el corazón están atrapados en esta idea de adquirir, esta idea de que la vida es un medio para alguna otra cosa. Pero cuando ustedes ven la falsedad de este concepto, ya no tratan al sufrimiento como un medio para un fin. Ya no aceptan consuelo en las ideas, en las creencias; ya no aceptan refugio en patrones de pensamiento o sentimiento. Entonces empiezan a estar totalmente alerta, no con el propósito de ver qué pueden ganar con ello, sino para liberar a la acción, inteligentemente, de la imitación y de la búsqueda de una recompensa. O sea, ven el significado de la acción y no meramente qué beneficio les traerá. En la actualidad, casi todas las mentes están atrapadas en la idea de adquisición, en la búsqueda de recompensa. El sufrimiento llega para despertarlas de esta ilusión, para despertarlas de su estado de semiconciencia, pero no para enseñarles una lección. Cuando la mente y el corazón actúan con un sentido de dualidad, creando de este modo opuestos, tiene que haber conflicto y sufrimiento. ¿Qué ocurre cuando ustedes sufren? Buscan alivio inmediato, ya sea en la bebida o en la diversión o en la idea de Dios. Para mí, todas estas cosas son lo mismo, porque son meramente vías de escape que la mente sutil ha ideado, haciendo del sufrimiento una cosa superficial. Por lo tanto, les digo que se vuelvan plenamente conscientes de sus acciones, cualesquiera que puedan ser; entonces percibirán cómo la mente está todo el tiempo encontrando un escape; verán que no están enfrentándose a las experiencias de manera completa, con todo el ser, sino sólo parcialmente, semiconscientemente.
Hemos construido muchos obstáculos que se han vuelto refugios en los que nos amparamos en momentos de dolor. Estos refugios no son sino escapes y, por lo tanto, carecen en sí mismos de cualquier valor intrínseco. Pero para descubrir estos refugios, estos falsos valores que hemos creado respecto de nosotros, que nos retienen y aprisionan, no debemos tratar de analizar las acciones que emanan de estos refugios. En mi sentir, el análisis es la negación misma de la acción completa. Uno no puede comprender un obstáculo, examinándolo. No hay comprensión en el análisis de una experiencia pasada, porque está muerta; la comprensión existe sólo en la acción viva del presente. Por lo tanto, el autoanálisis es destructivo. Descubrir las innumerables barreras que nos rodean es tornarnos plenamente conscientes y alerta a cualquier acción que tenga lugar cerca de nosotros o en cualquier cosa que estemos haciendo. Entonces todos los obstáculos del pasado, tales como la tradición, la imitación, el miedo, las reacciones defensivas, el deseo de seguridad, de certidumbre, todo esto entra en actividad; y sólo en aquello que está activo hay comprensión. En esta llama de la percepción alerta, la mente y el corazón se liberan de todos los obstáculos, de todos los valores falsos; entonces hay liberación en la acción misma, y esa liberación es la libertad de la vida, la cual es inmortalidad.
Pregunta: ¿Es sólo a causa del dolor y el sufrimiento que uno despierta a la realidad de la vida?
KRISHNAMURTI: El sufrimiento es la cosa con la que más familiarizados estamos, con la cual vivimos constantemente. Conocemos el amor y su dicha, pero en su estela siguen muchos conflictos. Cualquier cosa que nos provoque la gran conmoción que llamamos sufrimiento, nos mantendrá despiertos para afrontar la vida plenamente, nos ayudará a descartar las muchas ilusiones que hemos creado en y alrededor de nosotros. No es sólo el sufrimiento del conflicto lo que nos mantiene despiertos, sino cualquier cosa que nos sacuda, que nos haga cuestionar todos los patrones y valores falsos que hemos creado respecto de nosotros en nuestra búsqueda de seguridad. Cuando usted sufre intensamente se vuelve totalmente alerta, y en esa intensidad de percepción alerta descubre los valores genuinos. Esto libera a la mente de crear ulteriores ilusiones.
Pregunta: ¿Por qué temo a la muerte? ¿Y qué hay más allá de la muerte?
KRISHNAMURTI: Pienso que uno teme a la muerte porque siente que no ha vivido. Si usted es un artista, quizá tenga miedo de que la muerte se lo llevará antes de que haya acabado su obra; teme porque no se ha realizado. O si es un hombre con una vida común, sin capacidades especiales, teme porque tampoco se ha realizado. Dice: “Si me lleva la muerte, ¿qué hay allá? Como no comprendo esta confusión, este afán, esta opción y este conflicto constantes, ¿hay para mí una nueva oportunidad?” Usted teme a la muerte cuando no se ha realizado plenamente en la acción; es decir, teme a la muerte cuando no encara la vida totalmente, completamente, con plenitud de mente y corazón. En consecuencia, la pregunta no es por qué teme a la muerte, sino más bien qué es lo que le impide encarar plenamente la vida. Todo se desgasta, debe morir. Pero si usted tiene la comprensión que lo capacita para afrontar la vida plenamente, entonces en eso hay vida eterna, inmortalidad, no hay principio ni final, y no existe el miedo a la muerte. Repito, la cuestión no es cómo liberar a la mente del miedo a la muerte, sino cómo afrontar la vida enteramente, de modo que haya realización plena.
Para afrontar la vida enteramente, uno debe estar libre de todos los valores defensivos. Pero nuestras mentes y corazones están sofocados con tales valores, los cuales tornan incompleta nuestra acción y, en consecuencia, hay miedo a la muerte. Para encontrar los valores genuinos, para estar libres de este miedo continuo a la muerte y del problema del más allá, tenemos que conocer la verdadera función del individuo, tanto en el aspecto creativo como en el colectivo. Ahora vamos a la segunda parte de la pregunta: “¿Qué hay más allá de la muerte?” ¿Hay un más allá? ¿Sabe usted por qué una persona formula habitualmente tales preguntas, por qué quiere saber qué hay del otro lado? Pregunta porque no sabe cómo vivir en el presente; está más muerta que viva. Dice: “Debo averiguar qué viene después de la muerte”, porque no tiene la capacidad de comprender este presente eterno. Para mí, el presente es eternidad; la eternidad se encuentra en el presente, no en el futuro. Pero para un interlocutor así, la vida ha sido toda una serie de experiencias incompletas, sin comprensión, sin sabiduría. Por lo tanto, el más allá es para él más atractivo que el presente; por eso las innumerables preguntas acerca de lo que hay más allá. El hombre que indaga en el más allá, ya está muerto. Si uno vive en el presente eterno, el más allá no existe; entonces la vida no se divide en pasado, presente y futuro. Entonces sólo hay plenitud, y en eso radica el éxtasis de la vida.
Pregunta: ¿Piensa usted que la comunicación con los espíritus de los muertos es una ayuda para comprender la vida en su totalidad?
KRISHNAMURTI: ¿Por qué debe usted considerar a los muertos más útiles que los vivos? Porque los muertos no pueden contradecirlo, no pueden oponerse a usted, mientras que los vivos sí pueden hacerlo. En la comunicación con los muertos usted puede imaginar cosas; por lo tanto, recurre a los muertos antes que a los vivos, en procura de ayuda. Para mí, la cuestión no es si hay una vida más allá de lo que llamamos muerte, no es si podemos comunicarnos con los espíritus de los muertos; considero que todo eso no viene al caso. Algunas personas dicen que uno puede comunicarse con los espíritus de los muertos; otras dicen que no. Para mí, la discusión parece tener muy poco valor, porque para comprender la vida con sus rápidos movimientos, con su sabiduría, uno no puede recurrir a otro para librarse de las ilusiones que uno mismo ha creado. Ni los muertos ni los vivos pueden librarlo de sus ilusiones. Sólo en el despierto e intenso interés por la vida, en el alerta constante de la mente y del corazón, hay un vivir armonioso, hay realización plena; sólo en eso está la riqueza de la vida. Pregunta: ¿Cuál es su opinión respecto del problema del sexo y del ascetismo, a la luz de la presente crisis social? KRISHNAMURTI: Si es que se me permite sugerirlo, no miremos este problema desde el punto de vista de la condición actual, porque las condiciones cambian constantemente. Consideremos más bien el problema mismo, porque si comprendemos el problema, entonces también podremos comprender la crisis actual. El problema del sexo, que parece perturbar a tanta gente, ha surgido a causa de que hemos perdido la llama de la creatividad, del vivir armonioso. Nos hemos vuelto nada más que máquinas imitativas; hemos cerrado las puertas a la emoción y al pensamiento creativos. Nos estamos amoldando constantemente, atados a la autoridad, a la opinión pública, al temor, y así tenemos que enfrentarnos con este problema del sexo. Pero si la mente y el corazón se liberan a sí mismos del sentido de imitación, de los valores falsos, de la exageración del intelecto, y de ese modo liberan su propia función creativa, entonces el problema no existe. Se ha vuelto un gran problema porque nos gusta sentirnos seguros, porque pensamos que la felicidad se encuentra en el sentimiento de posesión. Pero si comprendemos el verdadero significado y la naturaleza ilusoria de la posesión, entonces la mente y el corazón se liberan tanto de la posesión como de la no posesión. Lo mismo, entonces, con respecto a la segunda parte de la pregunta, que concierne al ascetismo. Usted sabe, creemos que cuando nos enfrentamos con un problema en este caso, el problema del sexo-, podemos comprenderlo y resolverlo acudiendo a su opuesto. Vengo de un país donde el ascetismo está en nuestra sangre. El clima estimula ese hábito. La India es calurosa, y allá es mucho mejor poseer muy pocas cosas, sentarse a la sombra de un árbol y discutir sobre filosofía, o apartarse enteramente de la vida inquietante y conflictiva y retirarse al bosque para meditar. El problema del ascetismo surge también cuando uno es un esclavo de la posesión. El ascetismo carece de valor intrínseco. Cuando usted lo practica, está escapando meramente de la posesión hacia su opuesto, que es el ascetismo. Es como el hombre que busca el desapego porque experimenta dolor en el apego. “Debo desapegarme”, dice. De igual modo, usted dice: “Me convertiré en un asceta”, porque la posesión ocasiona sufrimiento. Lo que usted hace, en realidad, es ir meramente de la posesión a la no posesión, la cual es otra forma de posesión. Pero en ese movimiento también hay conflicto, porque usted no comprende el significado de la posesión. O sea, que recurre a la posesión en procura de bienestar. Piensa que la seguridad, la felicidad, el halago de la opinión pública radican en poseer muchas cosas, ya sea ideas, virtudes, tierras o títulos. Debido a que pensamos que la felicidad y la seguridad y el poder están en la posesión, acumulamos, nos esforzamos en poseer, luchamos y competimos con otros, nos ahogamos y explotamos el uno al otro. Eso es lo que pasa en todo el mundo, y una mente lista dice: “Convirtámonos en ascetas, no poseamos, volvámonos esclavos del ascetismo; hagamos leyes que obliguen al hombre a no poseer”. En otras palabras, uno no hace más que cambiar una prisión por otra, sólo que llamando a la nueva con un nombre diferente. Pero si uno comprende de verdad el valor transitorio de la posesión, ni se convierte en asceta ni es una persona agobiada por el deseo de la posesión; entonces uno es verdaderamente un ser humano.
Pregunta: He recibido la impresión de que usted siente cierto desdén por la adquisición de conocimientos. ¿Entiende usted que la educación o el estudio de los, libros -por ejemplo, el estudio de la historia o la ciencia- no tiene valor? ¿Quiere decir que usted mismo no ha aprendido nada de sus maestros?
KRISHNAMURTI: Hablo de vivir una vida completa, una vida humana, y de que ninguna cantidad, de explicaciones, sean de la ciencia o de la historia, librarán del sufrimiento a la mente y al corazón. Usted puede estudiar, puede aprender de memoria la enciclopedia, pero es un ser humano que actúa; sus acciones son voluntarias, su mente es flexible y usted no puede sofocarla mediante, el conocimiento. El conocimiento es necesario, la ciencia es necesaria. Pero si la mente está atrapada en las explicaciones y la causa del sufrimiento se justifica con explicaciones intelectuales, entonces usted lleva una vida superficial, una vida sin profundidad. Y eso es lo que está sucediendo con nosotros. Nuestra educación nos torna cada vez más superficiales; no nos enseña ni hondura en el sentir ni libertad en el pensar, y nuestras vidas carecen de armonía. El interlocutor quiere saber si no he aprendido de los maestros. Me temo que no, porque no hay nada que aprender. Alguien puede enseñarle a tocar el piano, o a resolver problemas de matemáticas, pueden enseñarle los principios de la ingeniería o la técnica de la pintura; pero nadie puede enseñarle la realización creadora, que es la vida misma. Sin embargo, ustedes piden constantemente que se les enseñe. Dicen: “Enséñeme la técnica del vivir y sabré qué es la vida”. Yo digo que el deseo mismo, la propia idea de un método, destruye nuestra libertad de acción, que es la verdadera libertad de la vida en sí.
Pregunta: Usted dice que nadie más que nosotros mismos puede ayudarnos. ¿No cree que la vida de Cristo fue una reparación por nuestros pecados? ¿No cree en la gracia de Dios?
KRISHNAMURTI: Me temo que éstas son palabras que no comprendo. Si usted quiere decir que otro puede salvarlo, entonces le digo que nadie puede salvarlo. Esta idea de que otro puede salvarlo es una ilusión consoladora. La grandeza del hombre consiste en que nadie puede ayudarlo o salvarlo más que el hombre mismo. Usted tiene la idea de que un Dios externo puede mostrarnos el camino a través de este conflictivo laberinto de la vida, de que un maestro, un salvador del hombre puede enseñarnos el modo, puede sacarnos y conducirnos fuera de las prisiones que nosotros mismos nos hemos creado. Si alguno le ofrece la libertad, cuídese de esa persona, porque usted creará otras prisiones a causa de su propia falta de comprensión. Pero si cuestiona, si está despierto, alerta, constantemente atento a su acción, entonces su vida es armoniosa, entonces su acción es completa porque nace de la armonía creativa, y ésta es la verdadera realización.
Pregunta: Cualquier actividad que una persona emprenda, ¿cómo puede hacer otra cosa que una labor de remiendos, mientras no haya logrado plenamente la realización de la verdad?
KRISHNAMURTI: Usted piensa que el trabajo y la asistencia social pueden ayudar a aquéllos que sufren. Para mí, un intento semejante de actuar socialmente para el bienestar del hombre es una labor de remiendos. No digo que esté mal; es, indudablemente, necesario, porque la sociedad se encuentra en un estado que requiere que existan los que trabajan para que haya un cambio social, los que trabajan por mejores condiciones sociales. Pero también tienen que existir los trabajadores del otro tipo, aquéllos que trabajan para evitar que las nuevas estructuras de la sociedad se basen en ideas falsas. Para expresarle de una manera diferente: Supongamos que algunos de ustedes se interesan en la educación; han escuchado lo que he estado diciendo, y supongamos que fundan una escuela o que enseñan en una escuela. Ante todo, averigüen si están meramente interesados en mejorar las condiciones educativas o si les interesa sembrar la semilla de la verdadera comprensión, despertar a las personas al vivir creativo; descubran si están meramente interesados en mostrarles una salida para las dificultades, en darles consuelo, panaceas, o si están realmente ávidos de despertarlas a una comprensión de sus propias limitaciones, de modo que ellas mismas puedan destruir las barreras que ahora las detienen.
Pregunta: Por favor, explique qué entiende usted por inmortalidad. ¿Es la inmortalidad tan real para usted como el suelo sobre el que está parado, o es sólo una idea sublime?
KRISHNAMURTI: Lo que voy a decirle acerca de la inmortalidad será difícil de comprender, porque para mí la inmortalidad no es una creencia; existe. Lo cual es una cosa muy diferente. Existe la inmortalidad -y no se trata de que yo la conozca o que crea en ella-. Espero que vea la diferencia. Tan pronto digo “la conozco”, la inmortalidad se vuelve un objetivo, una cosa estática. Pero cuando no hay “yo”, hay inmortalidad. Cuídese de la persona que dice: “Yo conozco la inmortalidad”, porque para ella la inmortalidad es una cosa estática, lo cual implica que hay dualidad: están el “yo” y aquello que es inmortal, dos cosas distintas. Lo que digo es que existe la inmortalidad, y existe porque no existe la conciencia del “yo”. Ahora, por favor, no diga que no creo en la inmortalidad. Para mí, la creencia no tiene nada que ver con eso. La inmortalidad no es externa. Pero donde hay una creencia en algo, tiene que haber un objeto y un sujeto. Por ejemplo, uno no cree en la luz del Sol: ésta existe. Sólo una persona ciega que nunca haya visto la luz del Sol tiene que creer en ella. Para mí hay vida eterna, una vida que es un eterno devenir; es un devenir eterno, no un crecimiento eterno, porque aquello que crece es transitorio. Ahora bien, para comprender esa inmortalidad que yo digo que existe, la mente tiene que estar libre de la idea de continuidad y no continuidad. Cuando una persona pregunta: “¿Existe la inmortalidad?”, quiere saber si, como individuo, continuará o si, como individuo, será destruida. O sea, piensa sólo en términos de opuestos, en términos de dualidad: o existe o no existe. Si trata de comprender mi respuesta desde el punto de vista de la dualidad, fracasará totalmente. Yo digo que la inmortalidad existe. Pero para realizar esa inmortalidad, que es el éxtasis de la vida, la mente y el corazón deben estar libres de la identificación con el conflicto que da origen a la conciencia del “yo”, y también deben estar libres de la idea de aniquilación de la conciencia egocéntrico. Pongámoslo de otro modo. Uno conoce sólo los opuestos: valor y miedo, posesión y no posesión, desapego y apego. Toda nuestra vida está dividida en opuestos -virtud y falta de virtud, bueno y maloporque jamás afrontamos la vida completamente, sino que siempre lo hacemos con esta reacción, con este trasfondo de la división. Nosotros hemos creado este trasfondo, nosotros hemos mutilado nuestra mente con estas ideas y entonces preguntamos: “¿Existe la inmortalidad?” Yo digo que existe, pero para comprenderla, la mente tiene que librarse de esta división. O sea, si usted tiene miedo, no busque valor, deje que la mente se libere a sí misma del miedo; vea la futilidad de lo que usted llama valor, comprenda que no es otra cosa que un escapar del miedo, y que el miedo existirá en tanto exista esta idea de ganar y perder. En vez de estar siempre tratando de alcanzar el opuesto, en vez de esforzarse en desarrollar la cualidad opuesta, permita que la mente y el corazón se liberen a sí mismos de aquello en que están atrapados. No trate de desarrollar lo opuesto. Entonces sabrá por sí mismo, sin que nadie se lo diga ni lo conduzca a ello, qué es la inmortalidad, inmortalidad que no es ni el “yo” ni el “tú”, sino la vida misma.
10 de septiembre de 1.933